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	<title>INVENTIVASOCIAL</title>
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		<title>INVENTIVASOCIAL</title>
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		<title>EN IRSE SIN QUERER Y NO PODER VOLVER&#8230;</title>
		<link>http://inventivasocial.wordpress.com/2012/01/15/en-irse-sin-querer-y-no-poder-volver/</link>
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		<pubDate>Sun, 15 Jan 2012 01:34:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[ALGUIEN RONCA EN EL CUARTO* A Sarah y Pepe, los mejores abuelos del mundo Miguel no podía dormir por causa de los ronquidos de su abuela. Desde que nació su hermanita lo habían trasladado al cuarto de la abuela, con el pretexto de que era más amplio y no le molestaría el llanto de la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=245&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>ALGUIEN RONCA EN EL CUARTO*</p>
<p>A Sarah y Pepe, los mejores abuelos del mundo</p>
<p>Miguel no podía dormir por causa de los ronquidos de su abuela.</p>
<p>Desde que nació su hermanita lo habían trasladado al cuarto de la abuela, con el pretexto de que era más amplio y no le molestaría el llanto de la bebé. Lo cierto es que el cuarto de los padres se había hecho pequeño con la llegada de la bebé y él aceptó gustoso la mudanza, adoraba a su abuelita, un ser mágico, lleno de historias y que le permitía casi cualquier travesura – sumándose a veces como un niño más -, pero no contaron con los ronquidos. La abuela roncaba no más posar la cabeza en la almohada, como si muchos leñadores se hubieran puesto de acuerdo para talar un bosque.  </p>
<p>Aquella noche sucedió algo diferente. Cuando comenzaron los sonidos “ronc, ronc”, descubrió que su abuela aún estaba despierta, mirándolo con ojos muy abiertos.</p>
<p>-         ¿Quién está roncando, Miguelito? – preguntó, sentándose en la cama.</p>
<p>-         No sé, normalmente eres tú quien lo hace.</p>
<p>-         ¡Pamplinas! ¡Yo no ronco! – saltó de la cama &#8211; Vamos a buscar de dónde vienen los sonidos.</p>
<p>Encendieron las luces y miraron en cada rincón del cuarto. Nada… pero eso no fue todo, lo peor es que afuera, lo mismo saliendo hacia la sala, que saltando por la ventana hacia el patio, encontraban un silencio absoluto. </p>
<p>Cuando volvían al cuarto, allí estaban los ronquidos&#8230; Al final, la abuela decidió que había que dormir, no iba a alterar su sueño porque a algún fantasma le hubiera dado por roncar. Le dio una linterna, aclarándole que no la encendiera por gusto para no gastarle las baterías. Al momento estaba sumando sus “ronc, ronc” a los que ya ocupaban el cuarto.</p>
<p>Si con su abuela roncando no podía conciliar el sueño, ¿cómo pretendían que lo hiciera ahora? Se cubrió la cabeza con la sábana, luego puso la almohada encima&#8230; Emergió jadeando, tras descubrir que tenía un excelente sentido de la audición, capaz de traspasar murallas.</p>
<p>Estaba pensando contar ovejas cuando un nuevo sonido lo sorprendió: ya no eran dos, sino tres ronquidos, eco del eco. Apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando uno más se sumó al extraño coro. Encendió la linterna y se acercó a su abuelita, que no escuchaba más que las voces de sus sueños. ¡Se veía tan feliz y apacible! </p>
<p>Una tenue luz frente a él le hizo alzar los ojos. Vio un cuarto muy semejante al suyo, en él un niño verde, de orejas puntiagudas, farol en mano, contemplaba dormir a un viejo ogro de larguísima barba. </p>
<p>Más allá se iluminó una sutil lamparita hecha de luciérnagas, un pequeño elfo vigilaba el sueño de una abuela con alas de mariposa, roncando en su cama de hojas. </p>
<p>Bajo el mar, a la tenue luz de una perla, una sirenita contaba las burbujas que salían de los labios de su abuela. </p>
<p>En otra galaxia, un joven emitía rayos de luz desde sus tentáculos para iluminar la noche de un abuelo que roncaba.</p>
<p>Miguel comprendió que existen mundos paralelos, vidas semejantes, y que lo que hacemos o pensamos, en cierto modo repercute en ellos y los afecta, para bien o para mal. Entendió, mientras regresaba a su camita, que los abuelitos roncan porque no pueden evitarlo, que era su negativa a aceptarlo lo que le impedía dormir; mientras él no lo aceptara, tampoco lo harían los nietos que en otros mundos habían encendido sus luces.</p>
<p>Y arrullado por los sonidos “ronc, ronc”, que ahora se le antojaban una canción de cuna, apagó su linterna y se durmió.</p>
<p>*De Marié Rojas Tamayo.<br />
La Habana. Cuba.</p>
<p>EN IRSE SIN QUERER Y NO PODER VOLVER&#8230;</p>
<p>RENACER*</p>
<p>                  Poesía Haiku</p>
<p>El viento hila<br />
recuerdos y promesas<br />
que agonizan.</p>
<p>Pregonan desvíos<br />
de caminos híbridos<br />
muertos al nacer.</p>
<p>En mis canteros<br />
maduran las semillas<br />
que planté ayer.</p>
<p>En primavera<br />
habrá flores azules<br />
luciendo allí.</p>
<p>ARABESCOS*</p>
<p>Cristales vacíos<br />
esculpen arabescos<br />
como palabras.</p>
<p>Dejan misterios<br />
escondidos, esclavos<br />
a viejos ritos.</p>
<p>Blanca arena<br />
cuentas hora por hora<br />
en cárcel cristal.</p>
<p>Eternamente<br />
define vida, muerte,<br />
amanecer, fin.</p>
<p>*Poemas de Emilse Zorzut.  zurmy@yahoo.com.ar </p>
<p>ESTACIÓN DE LOS VIENTOS DE AGOSTO* </p>
<p>Estación de las búsquedas </p>
<p>Va y viene la mujer. Busca.<br />
El perro intenta mover su cola.<br />
Su mitad, ha perdido su pérdida.<br />
Sale de la noche y a la noche llega. </p>
<p>Estación  del perdón </p>
<p>Los ojos vacíos de no ver.<br />
Los pies entran en la boca del lobo.<br />
Su piel tiene la textura del perdón.<br />
El lobo, levemente la deposita en la leve hierba. </p>
<p>Estación de la tibieza. </p>
<p>Algo toca, roza los dedos del pié.<br />
Nace en la planta y se arraiga. Sube por el empeine.<br />
La tibia soporta el peso del cuerpo. El venir y el devenir<br />
Se acurruca en la tibieza de la pantorrilla. </p>
<p>Estación de los vientos de agosto </p>
<p>El hombre y la mujer encienden un círculo de fuego.<br />
Tiemblas los dos. Soplan.<br />
Los vientos de agosto los empujan.<br />
Algo, que puede ser una luz, un jazmín de aire.<br />
Intensamente perfuman la pausa del deseo. </p>
<p>-De la Serie Tiempo de las Estaciones.  </p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>Medio centímetro de tristeza*</p>
<p>*Por Juan Forn</p>
<p>Había una vez una princesa que fue a ver a Freud para no suicidarse. Tenía 44 años, la habían criado para casarse, la habían casado con el príncipe heredero de la corona de Grecia y Dinamarca, que resultó ser un homosexual rampante; desde entonces llevaba veinte años buscando desesperadamente alcanzar la volupté (como llamaba al orgasmo) con diferentes amantes, que la habían despreciado por fría. Freud, que registró de inmediato la calidez humana debajo del título nobiliario, la angustia sexual y la desesperación suicida de la princesa, y logró hablarle como nunca nadie le había hablado, fracasó sin embargo con ella, según los anales del psicoanálisis. Logró que no se suicidara, sí (la princesa Bonaparte murió de muerte natural a los ochenta años, en su residencia de verano de Saint Tropez, sin haber probado jamás el sabor de la volupté, según propia confesión); logró incluso que encontrara un sentido a la vida, y un poco el problema está ahí, para los anales del psicoanálisis: porque luego de paciente, la princesa Marie Bonaparte se convirtió en discípula de Freud y luego en terapeuta, dedicó sus desvelos y su fortuna a difundir el psicoanálisis en Francia, sacó a Freud y a su familia de Viena y los instaló en Londres, pagó de su bolsillo la edición de las obras completas de su maestro en alemán, tradujo ella misma algunas al francés y solventó durante años la Sociedad Psicoanalítica de París. Pero su terapia con Freud y su figura son una aberración para los anales psi, y ni les cuento para las feministas.<br />
Me explico: Marie Bonaparte era bisnieta del hermano libertino de Napoleón, Lucien. El padre la crió para casarse. El mismo se había casado con la heredera del casino de Montecarlo, y para su hija aspiraba a lo más alto: alguna de las casas reales europeas. Marie perdió a la madre al mes de nacer. El padre la puso en manos de una abuela despótica, pero la dejaba curiosear en el gabinete donde daba rienda suelta a su afición: una cruza un poco macabra entre la etnografía y la biología (pagaba expediciones al Africa, tenía en su estudio la calavera de Charlotte Corday, la asesina de Marat, y el cuerpo disecado de una mujer prehistórica). Una de esas tardes en el gabinete, Marie le dijo que quería estudiar medicina. El padre le dijo que su destino era el altar, no la universidad. Ella se casó, le dio un título a su padre y dos hijos a la corona griega, se entregó en vano a diferentes amantes (ella misma escribió sobre ellos, así que se los puede nombrar: Leandri, el edecán corso de su padre; Aristide Briand, el primer ministro francés; Rudolph Löwenstein, el psiquiatra que la derivó a Freud; el cirujano Josef Halban, del que hablaremos en breve), y cuando nada de eso funcionó, se armó un gabinete parecido al de su padre y se sentó a estudiar su problema: haciéndose pasar por médica, logró 243 testimonios de mujeres que confirmaron su presentimiento hasta entonces inmencionable. La frigidez se debía a que su clítoris estaba a tres centímetros de su vagina. El problema era anatómico. Las mujeres que tenían el clítoris a más de dos centímetros y medio de la vagina eran frígidas por eso. Había solución quirúrgica y ella misma se sometió a la prueba: le pidió al doctor Halban que le desplazara el clítoris medio centímetro hacia abajo. La operación se hizo, los resultados fueron nulos.<br />
Freud escuchó con espanto el relato de la princesa. En vano intentó convencerla de que debía superar la etapa fálica, que la atención al clítoris era mera nostalgia del pene, una forma de no asumir su condición de mujer. La princesa se operó con Halban una segunda vez y Freud logró frenarla cuando iba a someterse por tercera vez a quirófano. Pero no pudo disuadirla del rol crucial del clítoris en la consecución de la volupté. Por diferencias mucho menores, Freud echó de su lado a un montón de gente. Pero a la princesa la bancó. Fue su amigo, su confesor y su consejero, y también confió en ella, le dio la bendición para que lo representara (y lo tradujera) en Francia, se puso en sus manos para que lo sacara de Austria, pidió que sus cenizas se guardaran en una urna griega que le había regalado la princesa. Por eso es doblemente significativo que estuviera refiriéndose a ella cuando escribió años después su famosa frase: “La gran pregunta que nunca recibe respuesta y yo no estoy capacitado para responder, después de treinta años de estudios sobre el alma femenina, es qué desea una mujer”.<br />
La muerte eximió piadosamente a Freud de leer los libros de su amiga. La princesa Bonaparte no supo trabajar con otro criterio que el de su padre: el del aficionado asistemático. Cuando teoriza es una catástrofe (Melanie Klein primero y las feministas después han escarnecido su summa teórica, el libro La sexualidad de la mujer), pero cuando es confesional, como en sus Cuadernos negros (donde habla de sus amantes, de su madre muerta, de su infancia, de su angustiosa insatisfacción sexual), se expone con una franqueza que desarma. Dicen que también como terapeuta era igual de heterodoxa: cuando partía con los primeros calores a su casa de Saint Tropez, recibía allí a sus pacientes, les daba alojamiento y los mandaba de vuelta a París con su chofer (atendía en el jardín, bajo un castaño: una chaise longue para el paciente, y ella detrás en un sillón de mimbre, tejiendo crochet). Durante la guerra salvó a más de doscientas personas antes de irse ella misma a Egipto. Sus hijos dicen que fue flor de madre, su marido –el príncipe helénico– le pidió que fuesen enterrados juntos (él murió primero) porque nadie le daba tanta paz como ella, fue generosa, amiga de mucha gente y enemiga de algunos que no tuvieron piedad con ella (Lacan fue el peor). En su vejez confesó que el psicoanálisis le había procurado resignación, paz mental y la posibilidad de trabajar, pero que su vida estaba marcada por el fracaso y la añoranza de la volupté.<br />
Así como Freud no llegó a leer los libros de la princesa, la princesa no llegó a enterarse del status de pionera que le adjudicaría la sexología poco después de su muerte: Kinsey primero y Masters &amp; Johnson después reivindicaron los estudios de Marie Bonaparte, en especial la importancia del clítoris en el orgasmo de las mujeres. También el descubrimiento del Punto G se lo debemos a la princesa: Ernst Grafenberg (el Señor G del Punto G) siguió sus textos en busca de zonas erógenas en la pared frontal de la vagina. Pero lo que más me alucina a mí es que incluso aquel excéntrico trabajo de campo con 243 mujeres resultó asombrosamente preciso: los cirujanos plásticos de la actualidad que se especializan en reconstrucción vaginal fijan en exactamente dos centímetros y medio “la distancia armoniosa que debe haber entre el clítoris y la vagina”. Incluso esa leve versión de la volupté –la de tener razón– le fue negada en vida a la princesa Marie Bonaparte.</p>
<p>*Fuente:  http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-185340-2012-01-13.html</p>
<p>Ese sentir*</p>
<p>                                               Por lo lejano</p>
<p>No quiere morir<br />
no,<br />
no quiere<br />
como la arena tibia<br />
se deja caminar de punta a punta<br />
la playa sola<br />
la extensión vacía y<br />
junta piedras<br />
porque los caracoles traen llanto<br />
sin fatiga rumorea el agua<br />
luego vendrán familias sombrillas y<br />
perros y racimos<br />
se comerán por unas horas la hondura<br />
pero ahora solo el mar es deseado<br />
y camina camina<br />
y mira mira<br />
y a veces un velero<br />
un aguaviva</p>
<p>y no es una ficción<br />
esa forma extraña para la época<br />
no necesita máscara no es ficción<br />
sin relleno<br />
e inconveniente<br />
en su contra embisten días y noches<br />
lo sabe y tararea la dulce canción del envero</p>
<p>se percibe por ejemplo en el aroma<br />
de los viejos paraísos dispersos acá y allá por los barrios<br />
en las conversaciones lentas y mesuradas<br />
en la virilidad del proveedor de tomates y estrellas<br />
que aún se la cree<br />
en la suave curva de unas caderas<br />
que sostienen la física del sexo</p>
<p>en quedarse mirando<br />
cuando en realidad<br />
lo que quiere es irse<br />
o en irse sin querer<br />
y no poder volver</p>
<p>la forma de la que hablo<br />
es un brazo arrojando el cuerpo por la ventana<br />
sin otro interés que hacerlo sentir<br />
vivo<br />
y que pegue en el asfalto y vuelva al<br />
gusto  de<br />
una  flor<br />
sin explicaciones,<br />
la forma como una alteridad<br />
inconformista<br />
no iluminada<br />
difusa<br />
pero con la precisión del ácido<br />
esa forma de sentir que te preocupa<br />
pueda tentar un día a la soga<br />
“con una reserva inagotable<br />
de inocencia y abandono”</p>
<p>Puede ser tan profunda como la muerte<br />
pero no quiere ahí, no<br />
no quiere…<br />
juega con el recuerdo a la rayuela<br />
si tuviese con quién seguiría jugando<br />
pero los cuerpo han quedado<br />
muy solos<br />
a pesar del temblor<br />
y del exceso<br />
“los amantes primero se muestran<br />
nerviosos y tiernos<br />
hasta que lo hacen todo añicos<br />
porque el corazón es un órgano de fuego”</p>
<p>maravilla el sentir sol y pequeños<br />
insectos y yuyos que pican<br />
en las extremidades de los sueños…</p>
<p>*De Patricia Verón. rocambole49@hotmail.com</p>
<p>Conjuros para el 2012*</p>
<p>*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com</p>
<p>*</p>
<p>Crear un mundo. En lo posible, esférico, de tal modo que navegando siempre en dirección inversa, pueda llegarse al punto de partida. Evitar los mundos planos para que todo aquel que se adentre en el Océano no llegue hasta el límite final y caiga en el abismo habitado por Leviatán con sus monstruos marinos.<br />
Colocar en el cielo del mundo una luna sujeta a sus propias vicisitudes.<br />
Adorar al hombre y a la mujer por sobre todas las cosas.<br />
No tomar su erótica en vano.<br />
Santificar esa fiesta.<br />
No matar el amorío.<br />
Evitar la insatisfacción del prójimo y de la prójima.<br />
Comulgar la luna en rebanadas sopadas con ron y cantarse: &#8220;Dame, solamente, lo que más te guste, y nada más&#8221;, hasta que se haga carne.<br />
(Fuente: Deuteronomio 5: 6-21 remixado y &#8220;Sencillamente&#8221;, Bersuit Vergarabat, textual).</p>
<p>*</p>
<p>Colocar en el mundo una flor. Siempre la misma flor con variaciones en la forma, en el color, en el aroma. Una flor de cuatro pétalos si contamos los mayores, larguísimos, y los menores, frutales, dramáticos, hechos para morir a gritos en cada cuchillada seminal.<br />
Que para cada flor haya un tallo, serpollo, pitón, sierpe, estolón o junco desplegable.<br />
Que el tamaño no importe.<br />
Que la flor no sea jaula.<br />
Que el tallo, serpollo, estolón o junco no caiga siempre en el mismo lugar a hacer siempre las mismas cosas.</p>
<p>*</p>
<p>Incitar la rebeldía y el brío. Engendrar un relato padre y una poesía madre que engendren hijos breves, de todo compás y catadura. Hijos de tamaños mínimos e imaginería máxima. De apariencia exigua y resonancia perdurable. Que madre y padre se seduzcan, se embelesen, se arrebaten, se apareen hasta dar a luz pequeñas ficciones sin raza, miniaturas estéticas sin linaje, monedas de aleación trashumante. Que sean padrinos de esta progenie el arreolado Zabala, el brevólogo Brasca, la clepsidra Pollastri y la sensualera Tomassini. Que en la ceremonia de bautizo la Diosa Madre Literatura bendiga su acrisolado nombre: microficción.</p>
<p>*</p>
<p>Con una pluma de organdí, borrar la línea imaginaria que divide el centro de la periferia.</p>
<p>*</p>
<p>Buscar magia antes que imposibles. Creer en el demonio de los ensueños.</p>
<p>*</p>
<p>Quitar el envoltorio de las grandes estupideces y dejar que se consuman en el fuego de su propia estulticia.<br />
Arremangarse.<br />
Aplaudir.</p>
<p>*</p>
<p>Crear también los mundos abolidos y los firmamentos extintos. Los mundos y los cielos que no existen todavía.</p>
<p>*</p>
<p>Abrir las puertas tapiadas del corazón y soltar al monstruo que teníamos como rehén perdido en el laberinto.</p>
<p>*</p>
<p>Despejar la idea del tiempo como algo que se va. Reparar en que el 2011 no deja de chorrear sobre nosotros cuando se le saca el tapón al 2012. Ya es hora de eximirnos de la línea pedagógica del tiempo: ningún poeta se acuesta renacentista y se despierta barroco, como bien lo sabe decir en sus clases de literatura, la hechicera Graci Sosa. Es hora de brindar por el fin del año cero, por el fin del año uno, por el fin de los años como un acontecer numérico.</p>
<p>*</p>
<p>Llenar una y otra vez la copa con líquidos de toda especie, color y catadura y brindar hasta desatar los nudos, hasta soltar la legión de sombras, hasta mudar de piel, hasta nacer de la profunda garganta de los sueños.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-31895-2011-12-31.html</p>
<p>Nado en la escasez*</p>
<p>Nado en la escasez<br />
(extenuante proeza)</p>
<p>Por lo demás<br />
estoy orgulloso:<br />
sé que me prefiere<br />
mi mujer</p>
<p>a sus dos amantes.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
<p>Inventren Próxima estación: Morea.</p>
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		<title>A LO MEJOR RESULTA BIEN&#8230;</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Jan 2012 23:12:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[ANTIHISTORIA DE UN PRÍNCIPE ENCANTADOR* *De Marié Rojas. Como es de esperar, todo comienza en un reino muy, muy lejano, donde un príncipe encantador, hecho a la medida de todos los de su época, aburrido de esperar porque su hada madrina le encontrara la doncella de sus sueños, robó el libro de hechizos, se encerró [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=243&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>ANTIHISTORIA DE UN PRÍNCIPE ENCANTADOR*</p>
<p>*De Marié Rojas.</p>
<p>Como es de esperar, todo comienza en un reino muy, muy lejano, donde un príncipe encantador, hecho a la medida de todos los de su época, aburrido de esperar porque su hada madrina le encontrara la doncella de sus sueños, robó el libro de hechizos, se encerró en la más alta torre del castillo y, sabiendo que el hada no tendría que hacer mucho para encontrarlo, buscó entre las páginas hasta encontrar el adecuado. Lo leyó en voz alta pero, tal vez con el apuro, equivocó algún dato… Y vino a caer en este mes y este año en que están leyendo la historia.</p>
<p>Aterrizó al pie de la ventana del cuarto de una muchacha que se disponía a salir para sus clases de la universidad. Golpeó los cristales hasta llamar su atención, esperó a que abriera y le contó la razón de su presencia. Ella le creyó, porque era muy fantasiosa, porque estudiaba física cuántica, por la vestimenta que ostentaba – incluía un vistoso sombrero de plumas y una espada con puño de rubíes -, la forma de hablar, los gestos y por la cantidad de veces que se arrodillaba a ofrecerle su corazón, por tanto lo dejó entrar a su cuarto, temiendo que los chicos le hicieran burla cuando comenzaran a pasar camino a sus escuelas… Pero comprendió que debía enfrentarse a un problema mayor, ¿cómo esconder a un príncipe en una casa pequeñita, sin pasadizos, ni túneles, ni catacumbas, con el despertador de la madre sonando en el cuarto de al lado y él intentando desenvainar la espada para matar al hechicero que hacía tanto ruido?</p>
<p>Comprendiendo que si lo abandonaba terminaría con una camisa de fuerza o preso por indocumentado, optó por llevárselo… algo se le ocurriría al regresar. Al pasar frente a la madre, el muchacho le dijo con una elegante reverencia: “Oh, mi dulce señora, le ruego que me entregue la mano de su bellísima hija, y le prometo llenar su mansión de herederos”… La joven salió airosa, explicándole a la madre, mientras lo halaba hacia la puerta, que era un amigo que había ido a una fiesta de disfraces y había bebido de más, no pudo recordar su dirección, le encontraron la suya encima, todavía no se le había pasado la resaca y adiós mamita que se nos hace tarde. </p>
<p>Corramos un piadoso velo sobre las peripecias de sacar un príncipe a la calle, en medio del tráfico, las luces del semáforo, los anuncios, las gentes con sus atuendos cómodos, tener que hacer el camino a pie porque le tomó fobia a los autobuses y no tenía dinero para un taxi – igual les hubiera cogido miedo -… y lleguemos al momento en que arriban a la universidad. </p>
<p>Allí fue peor, iba derramando reverencias y les llamaba “dignos y nobles caballeros, donceles, doncellas”, intentó saludar al busto de un pensador, preguntó al profesor de álgebra si era el bufón de la corte – llevaba una camisa floreada -, y peor aún, se arrodillaba cada dos minutos delante de ella. Se fue librando con elegancia, usando lo primero que le venía a la mente: dijo desde que era un primo desquiciado que le habían mandado de provincias y le tocaba cuidarlo hasta que encontraran plaza en el psiquiátrico, hasta que era un actor que había alquilado sus servicios para ensayar su próxima película. Lo mejor era cuando decía bajito, haciendo señas para la empuñadura de la espada, que era una cámara oculta. Se mostraban muy afectados, se acomodaban el pelo y miraban a la cámara con su mejor sonrisa. El profe de la camisa de flores se la abotonó hasta arriba y se caló las gafas doradas, el príncipe lo aplaudió. </p>
<p>Tras una agotadora jornada, regresó casa con el príncipe ya no tan encantador; desarrapado, sin sombrero y molido tras haberlo montado a empujones en el transporte público en la peor hora de abarrotamiento. Por suerte conservaba su espada y su dignidad… hasta que se derrumbó en el sofá.</p>
<p>-          Y bien – le dijo alcanzándole un vaso de agua -, es hora de terminar con este hechizo y regresarte a casa, a tu época, a tus botines por conquistar y a tu verdadero amor.<br />
-          Me temo que es imposible, mi dulce dama – dijo él mientras se quitaba las botas y se miraba las ampollitas de los dedos.<br />
-          ¡Ah, eso no puede ser cierto! – gritó ella corriendo a cerrar la ventana por donde se estaba asomando una vecina &#8211; ¿Puedes decirme por qué?<br />
-          Por varias razones – suspiró -… ¿Podemos comer antes, mi bella? Desde el faisán relleno de trufas de anoche no he probado bocado.<br />
-          Faisán… trufas… &#8211; protestó, yendo a preparar dos panes con lechuga y mayonesa y aclarándole con un gesto que uno era para ella &#8211; ¿Ahora, me las puedes enumerar?<br />
-          Con sumo gusto, mi hermosa doncella – habló chupándose los dedos -. Pero antes quiero decirte que este manjar es delicioso, uno más para tus dones, ¡apuesto a que eres una excelente danzarina!<br />
-          Se me da el baile, sí – respondió, sentándose a su lado -, ahora vamos a ver por qué no puedo mandarte de vuelta…<br />
-          Número uno: porque he dejado el libro en la torre más alta de mi palacio, y no sé ni un solo conjuro de memoria…<br />
-          ¿Y el hada madrina no puede venir a buscarte? – dijo, pensando que algún modo habría de comunicarse con ella, una vela o algo.<br />
-          Debe estar tan enfadada que me dejaría aquí, incluso si supiera donde estoy y se lo pidiera de rodillas.<br />
-          ¡Ni una rodilla más, te van a salir ampollas ahí también! ¿Y qué más?<br />
-          Dos: porque el hechizo se ha cumplido y no hay por qué revocarlo. Pedí conocer a una verdadera princesa y he comprobado que lo eres, más allá de tu educación, tu belleza, tu mirada, tu porte – comenzó a hacer una genuflexión y ella lo detuvo, él se incorporó y señaló un cuaderno donde aparecía su nombre.<br />
-          ¿Qué quieres decir?<br />
-          El Rey del país vecino tenía ese apellido, su hijo fue raptado y llevado a un incierto destino, pero siempre le aseguraron los magos que seguía con vida y tendría descendencia, una fuerte línea infinita.<br />
-          Mi tatarabuelo me decía que su abuelo había sido un pirata que nació príncipe. Pensé que su mente fallaba… tenía cien años.<br />
-          Pues ya ves, eres de noble cuna.<br />
-          ¡Y no alcanza, incluso si fuera princesa! – se miró al espejo de la sala y corrigió su postura &#8211; ¡No puedes quedarte, contempla mi mundo, mira el desastre que te has hecho en solo ocho horas… hago mis deberes ayudándome con la computadora!<br />
-          ¿Conoceré a esa dama que te auxilia en los deberes?<br />
-          ¿Es que no entiendes? ¡No soy una princesa de tu época!<br />
-          Yo tampoco soy un príncipe de tu era. La tercera razón, la más fuerte, es que he encontrado el amor verdadero. No solo eres bella sin par, en el transcurso de esta maravillosa jornada has demostrado ser leal, al mantener tu palabra de ayudarme, al presentarme a tu madre, a los demás doncellas y donceles de tu reino, has probado ser inteligente y creativa al salir airosa de todas las situaciones y, como si fuera poco, has mostrado tu intrepidez en ese monstruo rodante que echa más humo que los dragones, ¿dónde encontrar tantos dones reunidos? – se volvió a arrodillar -. Dulce damisela que ha robado mi corazón, ¿quieres concederme el honor de tu mano?</p>
<p>Ella lo miró… Si obviaba su vestimenta medieval arrugada, la postura, el vocabulario… era bien apuesto, alto, atlético, romántico, sincero, leal, valiente puesto que sobrevivió a una jornada universitaria en un mundo imposible desde su visión, ¿y dónde encontrar en estos tiempos tantos dones reunidos?</p>
<p>-          Puede que no sea una doncella de tu época, pero puedo convertirte en un joven de la mía.</p>
<p>Así comenzó una nueva vida para el príncipe, que en su castillo solo hubiera conocido herederas de otros reinos y estaba destinado a ser infeliz para siempre al lado de cualquiera de ellas. La muchacha se afanó tanto en enseñarle el mundo actual y él se aplicó tanto en aprender, que ese fin de semana estaban yendo a una discoteca.</p>
<p>“Colorín colorado, este cuento ha comenzado…”, tecleó en su ordenador el hada madrina de la joven, que se hacía pasar por una vecina común y corriente, cuando los vio salir con camisetas de Megadeth, tarareando algo que sonaba francés, “a tout le monde, a tous les amis”.  Y pulsó el botoncito “enviar”. La Maginet trabajaba de maravillas: en un segundo su colega del reino medieval muy lejano, estaba tachando ese asunto pendiente en su agenda y se alistaba para sacar a su cachorro de dragón a las lecciones de vuelo nocturno. </p>
<p>-Marié Rojas.<br />
La Habana. Cuba.</p>
<p>A LO MEJOR RESULTA BIEN&#8230;</p>
<p>LA TÍA Y EL PELO BATIDO* </p>
<p>                                                                                      Gracias a Gabriela Benítez</p>
<p> Baglietto canta “la vida es una moneda”. Su voz en la radio guía la melodía cómoda, familiar, largamente degustada al través de los años. “La vida es una moneda” –dice- , “quien la rebusca la tiene, ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes”.<br />
     Baglieto es una voz en la radio, no lo veo, pero surge en mi mente nítido y preciso en imágenes superpuestas desde el muchachito delgado de cabellos largos hasta este señor pelado de gorrito. Sigue cantando.<br />
     “Sólo se trata de vivir, esa es la historia, con un amor sin un amor, con la idiotez y la locura de todos los días…”<br />
     La canción relata la vida como un corte de muchas capas. Lo bueno, lo malo, lo admirable, la vida así como esa cosa indefinible por exceso de seres, de situaciones, de historias.<br />
     Y Gabriela contó una historia. Era de noche, claro, y era una historia de esas tan a lo Gabriela, tan de pueblo y de viejos, tan breves y extensas, con esa extensión que les da el derramarse sobre muchos recuerdos, penetrar en poros como aceite en la madera, quedar prendidas en la memoria.<br />
     “Sólo se trata de vivir” canta Baglietto, y Gabriela cuenta que habló por teléfono con la tía vieja de allá donde la laguna tiene sabor amargo y donde comienza la sequía.<br />
     Esta tía tuvo dos hijos. Uno que se fue tempranito a la tierra, otro que emigró a Norteamérica hace un siglo, hace mucho, hace un escándalo de años más tiempo de lo que nadie hubiese debido, y más que nada cuando jamás volvió y allá entre maíz y carreteras crecen dos hijos que nacieron aquí y otros dos ya tan extranjeros, tan otros, dos nietos que la tía de Gabriela no va a conocer, que vivieron en el vientre materno su oscuro mundo de peces y luego fueron arrojados, y lloraron, y crecieron sin un rastro de la laguna amarga, sin historias de pueblos polvorientos, sin abuela.<br />
     La tía de Gabriela se quedó sola entonces, y la diabetes la fue dejando casi ciega.<br />
     Gabriela, que habló con la tía por teléfono, le preguntó a la mujer vieja, y sola, y rodeada por la penumbra, le preguntó a la tía que cómo había pasado el fin de año.<br />
     “Yo tengo muchos amigos” –dijo la tía. “Mucha gente me invitó a ir a su casa, pero yo fuera de mis cosas y mis muebles me pierdo, me tropiezo, no doy con las puertas ni con los cuartos”.<br />
     Una de las mujeres que llamó para invitarla convino en que bueno, que está bien, que se quedase sola pero le pidió una cosa. Que no fuera a pensar en lo malo, en lo que le falta, en lo que no fue o se fue o ya no es. Le dijo que por favor pensase sólo en lo bueno que le dio la vida.<br />
     Y las palabras le quedaron rondando a la tía. A veces sucede que alguien dice algo y no cae en saco roto, cierta frase, un consejo aparentemente obvio, un salvavidas naranja en el agua marrón rescata un náufrago.<br />
     La voz de la tía en el auricular le contó a Gabriela cómo pasó las fiestas. Le dijo que se batió el pelo (lo tiene largo, la ceguera le dificulta ir a la peluquería), se peinó, se puso una blusa y una pollera blancas y negras, unas sandalias blancas, se adornó con los aros y collares del cajón grande de la cómoda, se maquilló, se perfumó, tomó una silla y se fue, como quien sale al baile, a sentarse a la vereda.<br />
     La voz de la tía que viene de allá lejos, que atraviesa mil cuatrocientos alambrados, dos riachos y múltiples bañados, la lejana voz de la tía llega al auricular. Y le cuenta a Gabriela “los vecinos me aplaudieron”.<br />
     “Sólo se trata de vivir” dice Baglietto en la radio. Con lo que se tiene y se puede. Como se pueda, sólo se trata de vivir, canta Baglietto. Y dice, abriendo los brazos, “a lo mejor resulta bien”.<br />
     No le veo la cara, no hace falta, cuando llega a esa estrofa (y escuché esta canción mil veces), cada vez que dice que a lo mejor resulta bien le creo y me convence, y canto con él, y deseo que el sol nos alumbre, y con su sonrisa que no veo pero le oigo en la voz me vuelve a decir que quién sabe, que quizás las cosas al fin y al cabo sí resulten.</p>
<p>*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com</p>
<p>  Reyes Magos*</p>
<p>Hace tiempo que dudaba sobre la existencia de los Reyes. Sospechas tontas, todo por seguir a los adultos. Los adultos a veces se ríen de los niños por sus creencias ¡Pero ellos en cúantas cosas creen que no se sostienen  ni siquiera en la magia!.<br />
Hoy 6 de enero una mano maga, reina del espacio abierto del amor, me dejó un regalo de tiempo, un reloj.. Por él me prometo disfrutar y acrecentar mis horas sensibles, las de creer en los reinos invisibles  que pueden trasformar un momento cualquiera en un pequeño cielo. Reyes, Quijotes, arte, la belleza , la verdad , la búsqueda de la justicia. Esos ratos, dónde solos, acompañados por pocos, o  por multitudes, volvemos a creer en lo que nos dijeron que ya no es creíble, que otra vida  y otro mundo son posibles.</p>
<p> *De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p>
<p>Su vida es aprendizaje y perfeccionamiento de un oficio que ama*</p>
<p>*Por Enrique Pérez Díaz<br />
Fecha: 2012-01-05 Fuente: www.auroraboreal.net<br />
Escritora Marié Rojas Tamayo</p>
<p>Marié Rojas Tamayo: medio centenar de premios internacionales, una decena de libros publicados, una obra sugerente, inquieta, llena de vericuetos imposibles que propician el deleite y crecimiento intelectual del lector.<br />
Una mujer, madre, profesional, amiga, llena de sueños y de memorias que se niega a borrar incluso por dolorosas que resulten. Su vida es aprendizaje y perfeccionamiento de un oficio que ama y que se le da de manera natural. Sus pies se asientan en la realidad de la que toma cuanto puede inspirarla para que su ánima viaje a Fantasía, a reinos por otros impensados que ella habita en varias dimensiones con esa soltura y gracia de los magos. Apenas conocida en Cuba -Gente Nueva publicará en breve su libro emblemático Adoptando a Mini- es, sin embargo, uno de los pocos autores de la Isla en quedar<br />
finalista del Premio Lazarillo de España, del cual fue Mención Especial por unanimidad del jurado. Abrimos al lector, el umbral del Mundomaire, un entorno de duendes, hadas, brujas, elfos, troles y la savia milenaria y milagrosa de que ellos viven: mucho amor por cuanto le rodea.</p>
<p>Marié, se suele decir que en cada libro escrito por nosotros va un gran porcentaje de la personalidad de su autor. ¿Te pareces a sus personajes?</p>
<p>Soy todos mis personajes, todos tienen algo de mí, partiendo de mi luz hasta mis facetas más oscuras. El escritor se desnuda al mundo a través de su obra, es su exorcismo, su emancipación. En mi novela Villa Beatriz, soy la Estrella, la Sota, el arpa, la casa misma. En otra soy el personaje de la Cuentacuentos, pero también soy cada habitante del pueblo, sus episodios son parte de mis recuerdos, desde el hechizo que los rodea hasta el aroma que ronda las calles.</p>
<p>¿Tienes algún modelo ideal de autor para niños?</p>
<p>Andersen, sin duda. Carroll, Tolkien, Ende, creadores de mundos.</p>
<p>¿Reconoces alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?</p>
<p>Los que he mencionado como modelos ideales: lo han sido para mí, los recomiendo a los que se inician en la literatura infantil y espero que sigan siendo inspiración y escuela para generaciones venideras.</p>
<p>¿Qué solías leer cuando pequeña?</p>
<p>Todo lo que me caía en la mano, lo que me prestaban otros niños, lo que me regalaban, lo que tomaba de los estantes de mis abuelos o de mi tía. Era poco selectiva, voraz, desde revistas &#8220;Selecciones&#8221; hasta novelas policiacas. En primer grado recuerdo haber leído El pequeño príncipe y acto seguido La expedición de la Kon Tikki. Lo mejor fue cuando me hice amiga de la hija de un ginecólogo que me prestaba los libros de su padre. cuando me fueron a explicar ciertas cosas, yo las había visto por fuera y por dentro.<br />
Me gustaban Poe y Quiroga, aunque sus cuentos me robaban el sueño, o tal vez por eso.</p>
<p>¿Qué atributos morales debe portar consigo un buen libro infantil?</p>
<p>Ser creíble, ser sincero. Mostrar respeto hacia el público a quien está dirigido. El escritor de libros infantiles debe amar a los niños.</p>
<p>¿Cuál es tu libro más entrañable y por qué?</p>
<p>Alicia en el país de las maravillas, tengo 4 ejemplares, son sagrados. Uno de ellos vive en mi buró, es un libro de consulta, matemáticamente perfecto, lo vengo leyendo desde los 9 años y siempre descubro algo en sus páginas. No podría decir por qué, tiene la magia de las cosas que amamos sin preguntarnos la razón, la sonrisa de un niño, los atardeceres, acariciar un gato, ver caer una estrella, un beso en los labios, una melodía que nos llega al alma.</p>
<p>¿De qué modo te acercas al inicio de una historia?</p>
<p>Surge en mi mente, como una imagen o la secuencia de una película. Escucho el diálogo, o la narración de fondo, y me siento a escribirla.</p>
<p>¿En qué género te sientes más cómoda?</p>
<p>El cuento breve de carácter fantástico, con final inesperado. Juegos entre fantasía y realidad, algo de ciencia y algo de ficción corriendo por la página.</p>
<p>En tu obra se ve una seria inclinación a dos tendencias fundamentales, primero, una recurrencia evidente al mundo de las criaturas de Fantasía, segundo una literatura que se centra más en los sentimientos y las emociones que en la misma acción. Si tuvieras que salvar solamente diez libros de un naufragio, ¿cuáles escogerías? ¿Cuál de los que has escrito?</p>
<p>Desearía no verme jamás en esta situación, porque si depende del peso de la balsa, me arrojaría al mar para dar cabida a más libros. Colocaría entre los primeros: Alicia en el país de las maravillas, los cuentos completos de Andersen, La historia interminable, Pinocho, La familia Mumín, toda la obra<br />
de Tolkien, El Mago de Oz, Corazón, la obra de los hermanos Grimm, El maravilloso viaje de Nils Holgersson. He mencionado diez, solo voy por la literatura infantil, y me faltan muchos por nombrar. Lo dicho, me hundo por salvarlos.<br />
De mi obra salvaría ese libro misterioso que aún no he escrito. Y solo si pudiera salvarme yo, porque iría dentro de mí.</p>
<p>¿Qué prefieres más de la vida? ¿Qué quisieras borrar para siempre?</p>
<p>El amor, la sinceridad, la capacidad de soñar y de reír. No borraría nada, en especial de mi pasado porque de todo he aprendido y cada momento, por pequeño que haya sido, me ha traído a este instante. Si perder un segundo de tristeza me hiciera borrar un ápice de lo que soy, sería devastador. Borrar<br />
para siempre es algo que me atemoriza, no se puede borrar nada para siempre porque habría que borrar también su recuerdo del pasado -para eliminar el riesgo de que se repitiera-. En su lugar, intentaría hacer mejor, desde mi pequeña posición en el universo, aquello con lo cual no estoy de acuerdo; de<br />
hecho lo intento, y creo que lo intentan muchos, cada vez más. Tal vez un día logremos esa masa crítica de la que hablan los textos de física e iniciemos una reacción en cadena que, sin borrar, sea capaz de sobrescribir.</p>
<p>Una persona tan imaginativa como tú y con tanta carga de inspiración y fantasía en sus obras, ¿de qué modo consigue nutrirse para ellas de la realidad cotidiana?</p>
<p>La realidad, tal como la veo, no es &#8220;cotidiana&#8221;, en el sentido de &#8220;rutinaria, vulgar, ordinaria&#8221;. Es fuente inagotable de inspiración, la magia nos salta a cada paso, lo increíble nace de lo cotidiano que se<br />
renueva constantemente, del modo en que nuestra mente acomoda y rehace los recuerdos. Hay sucesos generadores de historias por doquier, hilarantes, tristes, misteriosos. A nuestro paso vemos casas encantadas, sueños hechos realidad, predicciones que se cumplen, conflictos familiares o sociales, romances que surgen y se deshacen, pasiones que se desatan, miedos, retos: es imposible abstraerse de la realidad al crear la ficción. Cada persona que conozco es un &#8220;personaje&#8221; a punto de formarse -he convertido a alguien en zarigüeya, a un amigo en dragón y a una amiga en arañita tejedora-, y me ha<br />
sucedido algo mejor: un día tocó a mi puerta un personaje de mis cuentos, lo reconocí al momento pero no se lo dije hasta que nos convertimos en amigos, le mostré historias escritas antes de conocerlo. Fue una experiencia fantástica, como que a la puerta de Spielberg tocara el E.T. pidiéndole el teléfono para llamar a su casa.</p>
<p>¿Podrías hacer un breve recorrido-cuento argumental por tus libros publicados, como si tú misma fueras adentrándote en ellos?</p>
<p>Más que por mis libros publicados, me gustaría viajar por mis libros escritos: Adoptando a Mini soy yo, abandonada a temprana edad en un mundo adverso, siendo adoptada por criaturas mágicas que me educan según su modo de ver la vida. Villa Beatriz es ese mundo, más detallado y lleno de recuerdos, tal como lo veía yo, y como lo sigo viendo en mis recuerdos, sumando experiencias actuales. Arpegios de una melodía solitaria es mi infancia, tal como la verían otros, desde una perspectiva más real, pero no menos extraordinaria. En busca de una historia es el hijo que busca a sus padres para encontrar en sus raíces su propia historia, un viaje interior que nos lleva a universos impensables donde rescribir la fantasía puede transformar la realidad. El libertador del confín es un homenaje a todos los libros que me ayudaron a crecer, lo que sería capaz de hacer por salvarlos.<br />
Laurel y orégano es un recorrido por el poder que habita en las mujeres de mi familia, tal como lo viví en mis vacaciones en el campo, el sortilegio de descubrir y reencontrar el amor a través de un ente que viaja conmigo a través de sucesivas existencias, mis dudas y temores, mi incesante búsqueda de una verdad más allá de la circunscrita. Y están mis libros de cuentos -cuentos de circo, libro inédito escrito contigo; cuentos de ángeles, cuentos de casas, cuentos de gatos, cuentos habaneros, cuentos infantiles.-, de los cuales prefiero Cinco minutos a solas con las musas, De príncipes y princesas y El mundo al revés, episodios de mi vida junto a mi hija Sarah, la princesa majadera; el diario de doce años, aprendiendo de esa pequeña sabia.</p>
<p>¿En otra vida serías escritora?</p>
<p>Sería hacedora de cuentos, siempre. Escribir es la tabla que me salva de los naufragios, es mi burbuja de silencio, mi sinfonía perfecta, mi sortilegio contra todo lo adverso y a favor de todo lo bello, mi modo de ver y comunicarme con el mundo. No sabría ni querría hacer otra cosa.<br />
No sé en qué universo o tiempo podría renacer, o haber nacido antes. Si es un mundo anterior a la escritura sería narradora oral, cuentacuentos, hechicera que cura con historias. Si voy a un mundo más avanzado estaré a favor de la narrativa, sea como sea, creándola a partir de los medios disponibles. Tal vez en un mundo paralelo baste con soñarla y todos los que duerman o descansen, y quieran conectarse con mi mente, puedan hacerlo.<br />
Soñarán mi sueño -tal como ahora nos conectamos a internet o al correo electrónico-, verán las imágenes e historias que pueblan mi mente. Y puedan hasta participar en el proceso de creación, un inmenso e infinito libro interactivo sin soporte físico.</p>
<p>*Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/periodico/entrevistas/su-vida-es-aprendizaje-y-perfeccionamiento-de-un-oficio-que-ama/20971.html</p>
<p>LA TORMENTA DEL REY*</p>
<p>*De Anabel Orona</p>
<p>Remolinos de hojas. Relámpagos y truenos empujaban las primeras gotas del día.<br />
El rey entró en la tintorería y llamó al hombrecito que planchaba contra el ventanal de vidrio.<br />
- Eh Yamashiro! dónde estás?<br />
- Acá mi señor, exigiste que en tu traje no quedaran arrugas, encontraste alguna?<br />
- No. Vengo por otra cosa. Compré un libro japonés y exijo que me leas los haikus! &#8211; contestó fastidioso.<br />
- Permitime el libro mi señor, a ver a ver&#8230; acá dice&#8230; dice&#8230;mmm&#8230; dice&#8230;<br />
- Dale! Apurate! sabés que odio esperar! qué cosas dicen los haikus?<br />
- Mi señor&#8230; lamento informarte que&#8230; es un libro de arquitectura, mirá, aquí dice: modelo casa Takeda,<br />
acá en ésta página, modelo casa Kimoshaki y en ésta otra, modelo casa Fukuda&#8230; no hay haikus!<br />
- Será posible que la vendedora haya sido tan inútil?- dijo el rey dando un golpe seco sobre el mostrador.<br />
Alterado se dirigió a la salida y de un portazo se retiró sin saludar. El hombrecito, con la tranquilidad que lo caracterizaba volvió a su plancha mientras las campanillas de la puerta lo devolvían a sus pensamientos de un Agosto Hiroshimado tan lejos del solvente y el vapor. El rey en la vereda necesitó fumar, buscó entre sus ropas el tabaco y encontró el paquete vacío, apretó los dientes y cerrando los ojos pegó un puñetazo contra la pared.<br />
- Será posible?- protestó, luego mientras metía la nariz dentro del paquete, un aroma a menta y chocolate lo fué calmando, abolló el envoltorio y lo arrojó en la alcantarilla.<br />
- ¿En qué cajón habrá quedado mi humor?- se preguntó abatido mientras caminaba suave, por la ciudad del otoño, con la mirada baja. De repente, se descolgó una garúa brillante y fría. Al doblar la esquina se topó con ellos. Los observó espantado. Meditó.<br />
- Qué pareja mas pareja! un drogadicto y una alcohólica! puaj! uno tropieza y la otra se bambolea!<br />
Por Dios qué feos son! por Dios, qué feos! pero&#8230; qué hermoso se besan abrazados bajo la llovizna&#8230;-<br />
Acomodó la piel de su capa abrigándose y hundió la corona dorada aplastando su largo cabello canoso,<br />
en tanto los enamorados pasaban a su lado, riendo sin poder hallar el equilibrio. Los siguió con la vista<br />
murmurando.<br />
-  En qué cajón habrá quedado mi amor?-<br />
El rey levantó su cara al cielo, la lluvia caía desordenada empapando el bigote, la barba, el cuello.<br />
Resignado, cruzó la calle.</p>
<p>La felicidad se movía con el viento y su tristeza, era un gemido que angustiaba la mañana.</p>
<p>- Anabel Orona, provincia de Buenos Aires<br />
-Enviado para compartir por Ruben Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar</p>
<p>*</p>
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		<title>EDICIÓN ENERO 2012</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Jan 2012 23:11:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[LA MARLERA* *Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar Cuando me distraigo es cuando suceden las cosas y todo se vuelve en un cono de magia. Como cuando me dormía, de niño, sentado sobre la marlera pintada de verde. Allí, cuando todos se olvidaban de mí, era cuando me sentía más feliz, porque cuando alguien tomaba la palabra [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=241&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>LA MARLERA*</p>
<p> *Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>  Cuando me distraigo es cuando suceden las cosas y todo se vuelve en un cono de magia.<br />
            Como cuando me dormía, de niño, sentado sobre la marlera pintada de verde.<br />
Allí, cuando todos se olvidaban de mí, era cuando me sentía más feliz, porque cuando alguien tomaba la palabra y contaba las historias.<br />
            ¿Ustedes saben qué era una marlera?<br />
Era un gran cajón de madera que se construía ad hoc para guardar marlos en la cocina, combustible para la cocina económica, esas grandes de hierro fundido que producían un gran calor en las casas, en especial las que se levantaban en el campo donde vivían los chacareros con sus familias, más que numerosas según eran los tiempos.<br />
            Cuando Roque Vasalli inventó el cabezal maicero que trituraba por un método de absorción la espiga, el marlo quedaba en partículas que se iban diseminando por el campo. Allí aparecieron las primeras cocinas a kerosén y yo contribuí al “progreso” cuando el Taio Peiró, mi patrón de entonces me vendió la suya en cómodas cuotas, para que a su vez comprarse una a gas. Mi padre vendió o regaló nuestra cocina económica número uno, de marca Istilart, que se fabricaba en Tandil o Tres Arroyos, ahora no recuerdo. Y su ausencia, no pudo resolverse con ninguna otra en los últimos cincuenta años.<br />
Era próximo ya el tiempo en que la gente abandonaba los campos para radicarse en los pueblos, para tener más comodidades y sus casas se convertían en taperas habitadas por ratas y arañas pollito.           En ese tiempo sin embargo, es decir, en el tiempo de mi relato, los candidatos naturales para reponer los marlos en ese gran cajón que se fabricaba a golpe de martillo, cortes de serrucho y clavos grandes, y se ubicaba en un lugar estratégico de la cocina desde donde se producía todo el calor de la casa, éramos los niños.<br />
Se nos mandaba a la troja con un canasto de mimbre, entre pequeño y mediano hasta volver a cargar hasta el tope ese reservorio natural de energías. Los marlos también se usaban como combustible para los asados. Mi padre decía que era lo único que le daba un sabor natural y y exquisito a la carne.<br />
Si no había niños en las chacras –cosa muy difícil entonces-, los encargados eran los quinteros, refugiados de guerra, inmigrantes  ya ancianos, que estaban para las tareas menores y que eran de algún modo protegidos por los chacareros, como si fueran de la familia. Tal el caso de Chiquín  Cantoni , con los Clérici o de don José Alberti, en la chacra vecina de los Milani.  Don José, ese viejito veneciano que me enseñó la palabra “Otoño“ y su mera existencia, ya que yo suponía al mundo dividido en tres estaciones por entonces: Verano, Primavera e Invierno.<br />
Para nosotros era toda una aventura cruzar con ese canasto al hombro los cien metros o más que separaban la troja de marlos blanquísimos de la casa, ingresar a ella y pasar a esas inmensas cocinas de entonces, con su grandes azulejos blancos, grandes paredes, que estaban orladas de grandes ollas como colgantes a la espera de la exquisitez que hacían nuestras tías y abuelas con el sólo producto de la quinta, industria de sus manos y de la tradición que heredaron de sus mayores, todos venidos del otro lado del mar.<br />
Los olores por lo tanto de esas grandes cocinas eran predominantemente el romero, la albahaca o el laurel, que cultivaban con profusión en esas quintas primorosas y bien regadas, siempre protegidas por plantas frutales y que no era raro que allí, junto a este trío infaltable de condimentos culinarios se mezclacaran el olor de los limoneros, de los mandarinos y de los naranjos en flor, cuyos azahares inundaban el aire bucólico y muy feliz de aquellos tiempos ya perdidos en el arcón tan lejano que sin embargo no me cuesta para nada recordar.<br />
Y viene también con el aroma de los azahares, el vuelo de los pájaros que siempre merodeaban en sus círculos en ese aire límpido, mientras debajo de la bomba de mano se formaban los charcos del agua que iban a beber las abejas, y los perros  dormían debajo de las conejeras y allá lejos volaban las cigüeñas, tan grandes que uno podía suponerlas una sábana blanca, suspendida de los últimos cielos altos que tuvimos y  perdimos para siempre.</p>
<p>Boletos*</p>
<p>A mi amigo Miguel,<br />
que despertó estas palabras.</p>
<p>No nombraré la ciudad porque la ciudad es múltiple, y porque lo que allí sucede, bien puede suceder a diario en otra ciudad, en otro país. Acaso cambien los nombres, los rostros, los objetos.</p>
<p>Yo, turista en todas partes, eterno extranjero, pertinaz inhabitante, venía caminando hacia la estación, con mi maleta medio vacía (maleta de nómada incurable, brevísimo catálogo de recuerdos y ausencias, inútil equipaje), y un creciente cansancio que se iba acentuando a medida que mis pies cruzaban más fronteras, a medida que mi pasaporte acumulaba sellos. Puesto que aún faltaba más de una hora para la salida de mi tren, tomé asiento en una terraza sombreada. Enfrente, al sol, había varios niños jugando. Niños pobres, harapientos, de los que abundan en los alrededores de casi todas las estaciones del Sur. Cuando pasaba alguien con traje, o con aspecto de turista, uno de ellos se separaba del grupo y se acercaba al desconocido, ofreciéndole un billete de lotería. El timo es antiguo. Se trata de billetes<br />
viejos, sin premio, que los chicos recogen del suelo o de las papeleras y planchan lo mejor que pueden para darles apariencia de nuevos. A veces, algún despistado compra un billete, pero generalmente hay gritos y amenazas, y a menudo, los chicos tienen que salir corriendo para no caer en manos de la policía.</p>
<p>No muy lejos de allí, las máquinas excavaban lo que muy probablemente se convertiría con el tiempo en un centro comercial o un edificio de oficinas.<br />
Quizá a causa del monótono ruido de las excavadoras, me amodorré un poco.</p>
<p>Una voz suave me despertó.</p>
<p>- Señor&#8230;</p>
<p>Cuando levanté la vista, una chiquilla morena, con dos trenzas medio deshechas y una mancha oscura en la mejilla, me ofrecía uno de aquellos billetes.</p>
<p>Mi primer impulso fue echarme a reír y despedir a la mocosa con unos céntimos o con la amenaza de la policía, que es el remedio habitual en estos casos, pero algo en su mirada me impedía hacer una cosa así.</p>
<p>- El número es lindo -dijo, tratando de vencer mi indecisión con esas simples palabras.</p>
<p>Entonces la miré con más detenimiento. Sus ojos no eran los de una niñita suplicante, no eran ojos mendicantes, ni ojos víctimas; tampoco eran los ojos pícaros de quien está estafando a un turista crédulo; aquéllos eran los ojos firmes y tranquilos de alguien que sólo pide lo que por derecho le<br />
corresponde.</p>
<p>No lo dudé un instante. Conté algunas monedas y puse en su mano el dinero que costaba el billete. Ella me dio las gracias, sonrió dulcemente y regresó junto a sus amigos. Mientras la miraba alejarse correteando alegremente, guarde el papelito en mi cartera, junto a la fotografía de Mariela.</p>
<p>Miré el reloj. Había que irse. Mi tren estaba a punto de llegar.</p>
<p>Sé que es innecesario contar lo que sigue, decir que aquel fue el primero de una larga colección de boletos caducados, que hubo en mi camino otras muchas estaciones, otros niños y otras excusas, que en cada lugar que visité fui atesorando con avidez los boletos que aquellos niños famélicos me ofrecían,<br />
siempre ante la atenta y burlona mirada de los testigos, ciegos, incapaces de percibir que todos y cada uno de aquellos papelitos medio arrugados tenían un premio mucho más valioso que el que indicaban los números impresos.</p>
<p>Durante años he llevado conmigo ese primer boleto, prueba irrefutable de que la escena anteriormente narrada no fue un sueño. A veces, contemplo la cifra, (&#8220;-El número es lindo&#8221;) como si en ella pudiera leerse algo que no fuese una sucesión más o menos armoniosa de dígitos. A veces, contemplo la cifra como esperando que esos signos revelen algo que en realidad no necesita ser revelado.</p>
<p>-De Prosas breves.</p>
<p>*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com</p>
<p>http://sergioborao2011.blogspot.com/</p>
<p>Canción para Acompañar un Sepelio*</p>
<p>[Puede cantarse acompañada de marimba,<br />
o con cualquier instrumento regional]</p>
<p>Se llena de luz,<br />
Tu piel resplandece,<br />
Se hace de lluvia,<br />
Sacia los campos.</p>
<p>Se llena de luz,<br />
Evapora tu carne,<br />
Se entrega tu cuerpo,<br />
Habita en los ríos.</p>
<p>Se llena de luz,<br />
Tu cuerpo insurgente<br />
Quiere ser de maíz,<br />
Quiere nacer de la tierra.</p>
<p>Se llena de luz,<br />
Tus entrañas renacen,<br />
Se pudren como fétido lodo:<br />
Se hacen de luz.</p>
<p>*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com</p>
<p>Entrevista laboral*</p>
<p>Cuarenta años  recién estrenados, mente lúcida y reflejos veloces. Frente a él, el psicólogo pone a prueba su autodominio azuzándolo, tratando de hallar en su sólida personalidad un  punto que lo haga enojar, que provoque una respuesta descontrolada y reveladora. Busca  una  grieta en  su honestidad.<br />
Eduardo comprende el juego y lo disfruta; se mantiene sereno y esquiva las  estocadas hábilmente.<br />
De pronto el psicólogo  atraviesa su guardia:  Eduardo vuelve a la infancia,  a aquella tarde en el  patio de su casa, cuando él, todo flequillo,  ojazos negros y piernas trepadoras, cortara dos limones del árbol del vecino que estaban del  lado “de acá” del tapial. Desde la altura pudo observar el patio ajeno: nadie a la vista&#8230; y su mano avanzó y aumentó la cosecha .<br />
Su madre vio los limones y comprendió. Y lo obligó a devolver los frutos mal habidos.<br />
No valieron de nada  las protestas de Eduardo ni sus lágrimas: un momento después se empinaba  para tocar el timbre de la casa vecina.<br />
- Era un viejo divino, con bigotazos blancos y mirada de abuelo. Me acarició la cabeza y me dijo que en adelante sacara todos los limones que quisiera,  que  hablaría con mamá para decirle que él me había dado  permiso.<br />
Sus ojos  toman un brillo húmedo al relatar el episodio que recién en ese momento consigue digerir.<br />
El psicólogo lo mira profundamente:<br />
- Por fin conseguí ver tus cimientos.<br />
Y añade en tono amistoso:<br />
- El martes a las ocho presentate a revisación médica.<br />
Se estrechan las manos sin decir nada más.<br />
No hace falta.</p>
<p>*De María Amelia Schaller. masch@arnet.com.ar</p>
<p>NANA DE LAS PALABRAS* </p>
<p>Mis palabras, suben volando, mis pensamientos se quedan aquí abajo;<br />
palabras sin pensamientos , nunca llegan al cielo.<br />
WILLIAM SHAKESPEARE </p>
<p>Todos los días. Todos.<br />
Menos los  tiempos de los errantes miedos.<br />
Ella, encierra todas las mujeres, todas.<br />
Hija, madre, esposa. Nona, hermana.<br />
Acaso amante desterrada.<br />
Las que están acá.<br />
Las que quedaron en la patria lejana.<br />
Las que se fueron en esta nueva tierra.<br />
Guarda  sus palabras espejadas.<br />
Ella. </p>
<p>Todo sirve.<br />
El baúl de la abuela.<br />
Las cajitas de sándalo.<br />
Un vaso de cristal de camafeo.<br />
Un cántaro de barro.<br />
Mamushkas.<br />
Una concha de nácar.<br />
Una nuez. Una almendra.<br />
Un poliedro de cuarzo.<br />
Un libro. Un corazón.<br />
Los ojos de un infante dormido. </p>
<p>Las desbroza de penas y las guarda.<br />
Luego las saca, claro.<br />
En tiempos de sequía, en hambrunas.<br />
En éxodos. En destierros. </p>
<p>Algunas, vuelven, en amores tardíos.<br />
Pequeñas rosas negras se enredan en su pelo.<br />
Otras, caen como cascadas de golondrinas blancas.<br />
Salen guaguas, con sabor a frutilla.<br />
Buscan la panza de los niños de barro.<br />
Pájaros surgen. Pañuelitos. Pétalos, Lino. Raso.<br />
Dócilmente calman la exaltación del hombre.<br />
-Saben, que el amor es ardor y ternura- </p>
<p>Las más frágiles, caen en barquitos de papel, al mar.<br />
Ella  sube, las acuna, les canta, las escucha, las piensa.<br />
Les da vuelo. Aova.<br />
Deposita nuevamente en la arena&#8230;y las nace.<br />
En la arena&#8230; las nace&#8230; </p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>Territorio de infancia*   </p>
<p>*Por Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar </p>
<p>Haciendo caso a Rilke, si no puedo decir nada, puedo decir de mi infancia, porque verme sin escribir se hace muy difícil.<br />
Y uno recurre a contar hechos del pasado. De un mundo que ya fue. Queda el polvo de los recuerdos y, en muchos casos, la nostalgia. Pero, personalmente, no me acuno en ella. Sé que ese mundo ya fue. Con sus códigos, su lenguaje, sus percepciones del mundo y de la vida.<br />
Más allá de ello, convengamos que han sido, cada uno de esos hechos, la materia con la que estamos compuestos en buena parte en nuestra forma de ser y obrar. Y lo están las generaciones que nos siguieron y las que seguirán. El abrazo oportuno de papá y/o mamá, el consejo del abuelo, los juegos con mis hermanos o compañeros de edad y escuela, los viajes, los amigos nuevos, los amores infantiles y los metejones juveniles&#8230;<br />
Es cierto, además, que no todos tenemos la misma infancia. Cada uno está signado por el lugar donde nació y creció. Y hay diferencias. Uno las percibe con claridad, ya adulto. De niño solo sabemos que somos niños.<br />
Y los amigos son amigos del alma. Para toda la vida. Eso creemos. Y queremos hacer todo con ellos: ir de paseo, comer un alfajor, tomar la merienda, ir a la escuela, ir a la iglesia para prepararnos para la primera comunión. ¿Cómo no voy a ir con mi mejor amigo? Y ahí fui. La primera vez fue una charla del cura. Como la pasamos bastante bien, lo invité. Y él, sin ninguna traba, aceptó y vino conmigo. La pasamos bien.<br />
Claro, había un detalle: mi amigo era judío. Las nacionalidades y confesiones religiosas siempre las pase por alto pero, los mayores, nos pusieron en regla de adultos. Uno aquí y el otro allá. En los juegos, no había problemas: los piratas, el tren, trepar los árboles, comer frutos silvestres o correr tras la pelota. Pero en lo religioso, nones.<br />
Así fue como empecé a distinguir ciertas diferencias, pero que no me movieron en mis siete: la amistad no tiene religión, ni raza, ni territorio.</p>
<p>Emilse Zorzut en Aurora Boreal*</p>
<p>Poesía Emilse Zorzut </p>
<p>Emilse Zorzut, Argentina. Es psicóloga clínica egresada de la Universidad Nacional de La Plata. Cursó estudios de periodismo en la Escuela del Círculo de Periodismo de la misma ciudad. Incursiona en narrativa. -cuento y novela, poesía, teatro, guiones de cine y televisión. Ha publicadoSobre mundos abismales compartido con la escritora Marta Multini, Al compás de la ronda, Morada de los cuatro vientos, Morada de mi sombra (Premia Platero 2000 &#8211; Naciones Unidas &#8211; Ginebra, Suiza), Caleidoscpio, Síndrome X, Peregrinaje, Morada de mi ser, Morada mirando al sur.</p>
<p>SOLEDAD DEL POETA</p>
<p>Todo lo que el poeta escriba<br />
está resumido<br />
en una única palabra: Soledad.<br />
Antonio Miranda</p>
<p>Cada palabra una gota<br />
dentro del cántaro<br />
de uno mismo,<br />
cada imagen un suicidio<br />
en tornasoles de grises<br />
que marca el límite.<br />
Habitación cerrada,<br />
puertas y ventanas ficticia;<br />
abrirlas es hallar la nada,<br />
beber la no espera<br />
que confirma el silencio<br />
y nos define solos.<br />
¿Con qué color bautizamos<br />
a la soledad nodriza<br />
que nos acunó en la cuiva<br />
y nos bendijo poetas?</p>
<p>DE OLVIDO Y SOMBRA</p>
<p>Si pudiera de noche,<br />
perdidamente solo<br />
acumular olvido y sombra&#8230;<br />
Pablo Neruda </p>
<p>La noche abriga recuerdos<br />
que acunamos en soledad<br />
pretendiendo evaporarlos<br />
y que partan con el día.<br />
Solo que forman esfinges<br />
que se lucen como olvidos<br />
vestidos con añoranzas<br />
que acusan, que lastiman&#8230;<br />
Y clamamos por la noche<br />
para que llegue el sueño<br />
siempre solos y con frío;<br />
los cobertores del alma<br />
vuelan siempre al infinito&#8230;</p>
<p>MI LÍMITE</p>
<p>Atravesado el límite<br />
encapsulé mis lágrimas<br />
para que nadie supiera<br />
de la orfandad de mis búsquedas.<br />
Era un error abrirse<br />
a toda mirada extraña,<br />
mi cuerpo solo era sombra<br />
confundida en la arboleda.<br />
A nadie importa si el árbol<br />
busca el cielo o lo elude<br />
hundiéndose en la tierra<br />
o decorando el asfalto.<br />
Tampoco importa si vuelo<br />
o me sepulto en abismos,<br />
ni siquiera si sonrío<br />
para eludir alimañas&#8230;</p>
<p>-Poemas Soledad del poeta, De olvido y sombra, Mi límite enviados a Aurora Boreal® por Emilse Zorzut. </p>
<p>*Fuente: http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&amp;view=article&amp;id=1056%3Apoesia-emilse-zorzut&amp;catid=82%3Apoesia&amp;Itemid=199</p>
<p>AQUEL TIEMPO*</p>
<p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p> En ese tiempo traslúcido yo me iba silbando con mi perro y mis tramperas, mis boleadoras de plomo y mi honda matadora de pájaros.<br />
Cuando escribo “en ese tiempo”, es como si no hubiese existido o estuviera allí, esperándome, como una película detenida que espera el accionar de la manivela para que todo vuelva a andar. Si bien los medios de locomoción eran más primitivos con respecto al presente, y la vida más sacrificada, y tal vez gracias a eso había más movimiento y más  gente en los negocios y en las calles, que, si no fabulo con el paso de los años, la población era más numerosa. Pero no, no fabulo porque están los censos para atestiguar el lento desgranamiento de numerosas familias que comenzaron a migrar hace setenta años y hoy lo hacen con mayor premura, aunque no se van las enteras familias sino la parte más joven y dinámicamente expectante del pueblo. No obstante, a veces, se me van cruzando algunos nombres, fechas, situaciones que hoy son el olvido y que  resultaron interesantes en su momento.<br />
Sé que no conmuevo a nadie si escribo algunos nombres, pero alguien debe hacerse cargo de ejercer una justicia melancólica, o un gesto reparador, pese a los vientos de olvido y desolvido.<br />
            ¿Quién se acuerda de Adrian Oscare, a quien apodaban “El Juez”, siendo que no era sino un oscuro hombreador de bolsas de la Casa Arregui? ¿Y los hermanos Aróstegui?, Vicente y Ricardo, eran “el Vasco grande” y “el Vasco chico”, respectivamente. ¿Y Faustino Brochero, apodado “Pancita”? Y Cipriano Carmen Herrera, el popular “Chocolate”? ¿Y Rosalino Mansilla, Raúl Cornelio Arias, apodado “El Manco”, y su hermano Albino, negro como la noche, no hacía honor a su nombre?. ¿Y Juan Amalio Herrera a quien todos llamaban “El Chino”, y don Horacio Vega, y el “turco” Abraham Salí, a quien llamaban “El turco sucio”, o a Francisco Alí, a quien decían “El turco Francisco”?<br />
¿Y don Esteban Echeverría casado con doña Dolores Fino que vendía chocolatines y helados en la puerta de la cancha?<br />
Toda esta gente vivía en el pueblo antiguo y sus gestos estaban nimbados como por una luz tan clara que casi siempre enceguecía, como el sol si se mira muy de frente.<br />
Los primeros diecisiete años de mi vida estuvieron absolutamente tiranizados por una sola pasión excluyente: el fútbol.<br />
 En el primer equipo que yo vi, el primer equipo al que mi viejo me llevó a mirar como jugaban estaban aquellos ídolos que hoy permanecen intactos en la memoria de los veteranos: Tin Morón, arquerito heroico: en defensa Quique Moreno, Anselmo Vera, a que llamábamos “Verita”, Juicho Becerro,”Tit” Gardella, Capobianco, “Tuto” Vega.<br />
Y adelante: Morenito, Carbonin, Parabatti: Remigio Gramajo, el “Loco” Moreno que se vendió en un clásico y como era ferroviario llamó ese domingo a la 11 de la mañana al club diciendo que había atropellado una vaca y estaba  detenido.<br />
¡Las pasiones que producían en ese entonces los clásicos! Empezaban las ansiedades y los pronósticos quince  días antes y se comentaba una semana después el terror de la circunstancia de una derrota o las mieles de un triunfo. Todo el barrio “El Jazmín” participaba de los preparativos aunque la emoción ese día tenía que ser agasajada. Doña Emilia Latini de Peralta era nuestra vecina y consultaba a sus amistades, nobles señoras que se fanatizaban por la camiseta roja y entre ellas hacían una cadena de oraciones y en esos días el “Ramos Generales” del Cholo Belluschi incrementaba la venta de velas y se concurría más  a la Iglesia para reforzar “in situ” las oraciones.<br />
El reducido, el cuasi recoleto, pero visto a la distancia, el inmenso tiempo de entonces era amplio como el mismo universo, en esas primeras emociones en que todo se daba por amor a una camiseta, no importa si del barrio, o del Club, a esas protoremeras a la cual le colgábamos unas chapas de gaseosas de entonces a modo de distintivo o esas blancas, muy usadas que osábamos pintarle una inscripción o un distintivo porque entre los agujeros que ostentaba su uso auguraba un pronto pase al indecoroso destino del trapo de piso o siquiera repasador que limpiaba la plancha de las cocinas económicas ahítas de marlo o de leña seca esa que no hacía llorar los ojos de las señoras de entonces. Sus lagrimales se preparaban para ser usados oyendo las radionovelas ingenuas: “El paisano mala suerte” con Federico Fábrega y su compañía que recorría los polvorientos caminos de entonces, donde los pueblitos se colgaban en ese bordado asequible y lloroso en el hilo sentimental y cuasi ingenuo a prueba de corazones sensibles.<br />
Nosotros, en ese tiempo, habíamos armado un equipito aguerrido con el cual competíamos en partidos de hacha y tiza con otros barrios de entonces.<br />
Sin embargo,  por más que recorro mi memoria quienes eran esos otros pibes que con entusiasmo armaban sus propios cuadros para jugarnos un desafío, han sido olvidados.<br />
Sólo recuerdo como entusiasta “armador” de otros cuadros rivales al buenazo de “Nenucho” Faravelli,  a quien todavía suelo ver por las calles de esta ciudad donde transcurrimos nuestro exilio de años. Sin embargo, hace poco le hice esta misma pregunta.¿quienes jugaba con vos contra la barrita dura del barrio “El Jazmín”?. Yo sólo recuerdo a Edgardo Tossini, le digo. Y él siempre amable me dio alguna respuesta que no me satisfizo porque los que me nombró  eran muy chicos con respecto a nosotros. Hubo, lo digo amablemente, un desacuerdo o un desacople entre su recuerdo y el mío, que al ser dos subjetividades persiguiendo el retazo percudido de la memoria, es factible que se pierdan en los vericuetos insomnes de la nada.</p>
<p>Ella es*</p>
<p>Ella va por la vida</p>
<p>Con su impronta y energía<br />
Todos la miran, la oyen<br />
Van  sus curvas bamboleando<br />
Y sus faroles  a punto y  a avanzar</p>
<p>Con su risa y su picardía<br />
Recoge las  miradas de los varones<br />
Con su  instruida seducción<br />
Atropella delicadamente  con palabras,<br />
Gestos y mohines</p>
<p>Su vestir, por demás  elegante y   ajustado<br />
Anuncia, a cada paso,  su generosa humanidad<br />
Ondulante, perspicaz  y orgullosa.<br />
Con el arte de una  mujer policía<br />
Examina  como testigo encubierta<br />
A otra buena  presa para capturar.- </p>
<p>*De Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>GOMERA DE JUGUETE*</p>
<p> Si moría el ave, su belleza moría con él…</p>
<p>No podría decir que no tiré nunca con la gomera, pero lo hacía porqué todos los compañeros lo hacían, y me divertía más el hecho mismo de tirar, ver donde iba la piedra, si acertaba, o  iba cerca del blanco; pero no sentía ninguna alegría en tirarle a los pájaros.<br />
Más bien nunca les acertaba, un poco porque inconscientemente tiraba  quizás a errarle. Me gustaba saber que era capaz de acertarle, pero me conformaba cuando pegaba en la rama donde estaba asentado, o mejor aún cuando el pajarito advirtiendo el disparo, volaba antes que llegara el cascotito, y este cortaba las hojas justo en el lugar que había ocupado.<br />
Me alegraba verlo escaparse.<br />
A lo sumo era un triunfo si le sacaba una pluma, la prueba del acierto, máxime si tenía testigos, que pudieran luego avalar mi pequeña hazaña.<br />
Ver al pájaro muerto me conmocionaba, como que me deprimía. Asumía que entonces su belleza se terminaba, y sentía como que algo me lo recriminaba, incluso de ser cómplice, si estaba junto a quién lo hizo, y no podía dejar de sentirme culpable.<br />
Así y todo me unía a los demás, o incluso sólo me paseaba con mi honda como un arma, pero siempre viendo otras cosas como blanco, y actuaba de ese modo. Tiraba más a las cosas quietas, jugando, o bien tratando sólo de demostrar mi puntería…<br />
Pero sin lastimar a los pájaros…<br />
Los sentía tan llenos de vida.</p>
<p>*De Celso H Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar<br />
Avellaneda- Santa Fe; 18/07/2004</p>
<p>En la incerteza de una cifra*</p>
<p>En mi vida tuve muchas, muchas minas<br />
pero nunca un hombre</p>
<p>Tuve muchos, muchos balurdos<br />
pero nunca una sensata concreción</p>
<p>Tuve muchos, muchos chirimbolos<br />
pero nunca una pieza preciada</p>
<p>Muchísimos<br />
nunca tuve<br />
tuve<br />
       en mi vida.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>¿DE DONDE SON LAS GAVIOTAS?*</p>
<p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>¿De dónde salían las gaviotas que vi volar alrededor del arado donde mi abuelo iba sentado, roturando la tierra?<br />
¿De dónde venían, tan blancas, a veces con un pequeño luto en la punta de las alas, siempre voraces, siempre hambrientas?<br />
Tal vez de aquellos cañadones, en cuyas orillas que festonaban los juncos, las espadañas, los espartillos, las plantas acuáticas en medio.<br />
La tierra al ser volcada era muy negra, al paso del sol y de las horas iba tomando un color más claro, tal vez influyeran también los minerales que durante siglos estaban en el vientre del mundo.<br />
Las tres rejas pobrísimas iban dando vuelta la tierra y sacaban al aire los gusanos, gusanillos e isocas blancas que  eran el manjar no sólo de las gaviotas sino de numerosos pájaros menores que iban a la arrebatiña que producían las gaviotas con sus gritos y sus vuelos rasantes.<br />
A veces yo seguía a mi abuelo y me ponía a distancia prudente, mi presencia no era respetada por el hambre y la angurria de las aves diversas. Cuando mi abuelo me descubría invariablemente me marcaba de regreso. ¡Cómo me hubiera gustado que me subiera en su falda!  Si eran mis tíos los que araban la cosa era distinta. Me alzaban y me sentaban en sus rodillas ya que el aradito tenía un solo asiento, y hasta me dejaban tocar ese doble par de riendas, para darme la ilusión que yo manejaba los ocho percherones que trabajosamente arrastraban esas tres pequeñas rejas de hierro que la tierra ponía brillosa y cuando se dejaba de arar por medio de una palanca se alzaban y el sol se veía allí en su plenitud y lo reflejaba como  espejos.<br />
Por el camino rural de vez en cuando se veía una polvareda que se iba acercando y luego al pasar junto al alambrado donde mi abuelo estaba arando el conductor saludaba con un grito, mi abuelo levantaba apenas el látigo a modo de respuesta, y enseguida el silencio del campo que llegaba antes de que el polvo se asentara de nuevo en la calle.<br />
A veces pasaban los obreros de Vialidad Nacional que estaban reparando los caminos con esas grandes aplanadoras “Champion”, o algún jinete de vez en cuando y más raramente aún un auto. Los que sí se veían con más frecuencia eran los pequeños Ford T o la “Justicialista”, una chatita de industria nacional que fue fabricada previamente al popular rastrojero allá por los cincuenta del siglo pasado. Estos vehículos eran más frecuentes porque transportaban tambores de gasoil o de aceite hacia las chacras que las usaban de combustible, o bolsas de harina para amasar el pan, que no entraban en el espacio reducido de un sulky.<br />
 Los tractores eran pocos todavía, y sólo muy raros chacareros lo tenían. Estaban los Massey Ferguson, los Hanomag y el popular y criollísimo “Pampa”, todo pintado de verde. Eso recuerdo.<br />
 Y volviendo a las gaviotas, aunque no he averiguado el origen, no las supongo sobrevolando las orillas de un mar lejano y creo comprender que éstas de los bañados eran más chicas, y a su vez, alternaban con otras especies como las cigüeñas, los chorlitos, las bandurrias, la diversidad de patos: crestones, picazos, siriríes, zambullidores, maiceros, etc. También con los flamencos blancos y los rosados, y con las garzas blancas y las garzas moras que cruzan el aire solitarias con ese silbido tan triste que zurce el horizonte plano y sangrante del atardecer.<br />
Estas gaviotas merodeaban la tierra cuando todavía se araba porque le producía una vasta y surtida oferta de alimentos para ellas y sus crías que usaban ese graznido tan desagradable y lastimero.<br />
Con lo que ellas dejaban se alimentaba toda familia de pájaros menores menos el biguá que lo hacía estrictamente de los caracoles que pescaban a la orilla de los cañadones donde corría poco el agua.<br />
En los atardeceres cuando mi abuelo levantaba esa palanca y las rejas ya no brillaban al sol porque con su sangre iba pintando los campos, la estribación de los montes, el lomo de los terneros que balaban sangradamente buscando a sus madres y algo de ese fleco rojizo del crepúsculo se posaba en el sombrero lleno de tierra y sus bigotes cansados que a la noche, como siempre, filtrarían el vino antes de pasar airoso y feliz por su garganta italiana.<br />
A lo lejos las luces del pueblo no llegarían a iluminar las numerosas perdices echadas en medio del campo, en silencio como una araña dormida.</p>
<p>DESVELAR*</p>
<p>“Todo número es cero ante el infinito”<br />
VICTOR HUGO</p>
<p>Tengo un número tatuado en mi frente.<br />
Un código de barras en mi espalda.<br />
Me horroriza mi ingenuidad.<br />
Mi inocencia, mí obcecada tendencia a ser ilusa.<br />
A ser más cándida que una infanta dormida.</p>
<p>Que hago yo, me pregunto, con este muro en blanco.<br />
Con mi pupila ciega y mi mano dormida.<br />
Tantas, tantas peleas con molinos de viento.<br />
Tonta necesidad de reconstruir historias.</p>
<p>Un mundo de cosas me rodean.<br />
El otro es no, nulo, inexistente, también yo.<br />
Pozos en la memoria.<br />
Resistir la tentación de levantar los velos.<br />
De raspar mi frente y mi espalda contra el muro.<br />
Teñirlo en sangre.<br />
Teñir el muro hasta el infinito.<br />
Solo un número hueco, solo, vacío.<br />
Luego, partir.<br />
Conjugar los verbos.<br />
Desmurar. Desmorir. Desvelar.</p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>*</p>
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		<item>
		<title>TAN LEJOS Y ESCRIBIENDO PALABRAS EN EL VIENTO&#8230;</title>
		<link>http://inventivasocial.wordpress.com/2011/12/31/tan-lejos-y-escribiendo-palabras-en-el-viento/</link>
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		<pubDate>Sat, 31 Dec 2011 17:28:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[El Relojero Mayor* Soy una de las personas más importantes del mundo. El tiempo de la gente despende de mi desde hace 36 años. Cuando me dieron en cargo de Relojero Mayor del Big Ben, pusieron en mis manos, no sólo la responsabilidad de mantener el reloj en marcha sino también la de impedir cualquier [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=239&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El Relojero Mayor*</p>
<p>Soy una de las personas más importantes del mundo. El tiempo de la gente despende de mi desde hace 36 años. Cuando me dieron en cargo de Relojero Mayor del Big Ben, pusieron en mis manos, no sólo la responsabilidad de mantener el reloj en marcha sino también la de impedir cualquier variación en el horario. A fin y al cabo todo el mundo se regía por la hora que daba mi reloj. Jamás se adelantó ni retraso un solo segundo en todo este tiempo.</p>
<p>Cuando me anunciaron una jubilación anticipada, el mundo se hundió bajo mis pies ¿acaso no había cumplido mi cometido? ¿No había sido eficiente y fiel? ¿Treinta y seis años de dedicación absoluta no merecían otra recompensa que una jubilación inmediata?. La excusa del cambio de los tiempos y del ordenador que controlaría la hora con &#8220;más rigor y seguridad&#8221; fue el detonante. </p>
<p>El último día de trabajo, empujado por la sed de venganza, adelanté el reloj una hora creando una cadena de despropósitos increíbles. La bolsa cerró antes con millones de operaciones a medias, los trenes llegaron antes de hora, las bodas se suspendieron, los juzgados no pudieron acabar sus juicios, los colegios dejaron los niños en la calle&#8230; El caos. </p>
<p>Con una sonrisa malévola cerré, por última vez,  la portalada del Big Ben y me fui a casa. Ahora solamente me quedaba acabar de pasar el resto de mi vida con mi mujer, que pacientemente, se había sacrificado como yo en la exactitud de los horarios durante toda una vida. Cuando abrí la puerta alcance a oír al vecino de al lado que decía desde mi habitación. &#8220;Diana, ven rápido que sólo nos queda una hora&#8221;</p>
<p>*De Joan Mateu. joan@cimat.es</p>
<p>PALABRAS EN EL VIENTO*</p>
<p>Con este correo saludo al Lic. Eduardo Coiro , a los colaboradores de la Revista , a sus lectores , a los pájaros exiliados. </p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>“No digas que no sé atrapar el viento y tú en la distancia,<br />
alguien vino y violó la cerradura.”<br />
CRISTINA LARCO </p>
<p>No, no  me escribas palabras en el viento.<br />
Se convierten en cuervos.<br />
Picotean si piedad mis intensos girasoles.<br />
Luego dices que no se atraparlas. </p>
<p>A veces se transforman en noche.<br />
Descienden por mis hombros.<br />
Mueren en la curva de mi espalda.<br />
Luego me dices que mi nombre es Edith. </p>
<p>No escribas palabras en el viento.<br />
El viento es un tristísimo extranjero.<br />
No me condenes a ser mujer de sal.<br />
A ser ángel de arena. </p>
<p>Borra la fecha, el lugar, la hora.<br />
Quita a septiembre de tu calendario.<br />
Sé, una vez más, mi casa.<br />
Mi puente derribado, mi lirio blanco. </p>
<p>No digas que mi puerta está cerrada.<br />
“No digas que no sé atrapar el viento”<br />
La puerta de  mi alcoba abierta está.<br />
El aliento del viento, tan cercano.<br />
Tan ardiente , tan ebrio , tan febril.<br />
Y tú, tan lejos.<br />
Tan lejos y escribiendo palabras en el viento.</p>
<p>*</p>
<p>LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ</p>
<p>Habla la morada de su sombra*</p>
<p>*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com </p>
<p>Distinguida en tres oportunidades con la Faja de Honor de la Sociedad de Escritores, obtuvo el premio ”Platero”, otorgado por la UN, Ginebra, Suiza.”Este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo”. En algún lugar del cemento, llámese como guste, hay quienes vivieron con la puerta cerrada mucho tiempo, el viento, la lluvia, el sol, algún pájaro, curiosearon. La literatura de Emilse Zorzut parece hablar de un desatar y desatarse, aunque no haya certezas de esto.<br />
Una importante pluma cuyos valores han trascendido las fronteras y su trabajo es material que habita distintas geografías y el cual ella accede explicar.<br />
Una profesional que enlaza mundos y los cuenta como cuentas de un rosario que se desliza en la memoria. Veamos cuanto es posible compartir de su historia que es además parte del presente.</p>
<p>–¿Quién es Emilse, cuál es su pasado y cómo influyó en el presente?</p>
<p>–¿Quién soy? Bueno, nací en la localidad de Tolosa, Ciudad de La Plata, en la Provincia de Buenos Aires. Mis abuelos paternos fueron oriundos de Austría y los maternos de las regiones vascas españolas. Una combinación algo especial. Un recuerdo de mi niñez es cuando me columpiaba en la hamaca construida por mi padre mientras miraba aparecer las estrellas al caer la tarde.<br />
Escribí mi primera poesía a los 11 años y fue una mala experiencia porque mi maestra no creyó que era de mi autoría. Con el tiempo, me di cuenta que no debía haber sido tan mala. Comencé a trabajar a los 16 como secretaria privada de la presidenta de una institución que ayudaba a enfermos incurables para luego pasar a un comercio y terminar, obteniendo por concurso, un puesto en la administración pública.<br />
Pero mi sueño era ser periodista, por lo que me inscribí en la car r e ra que se dictaba en el Círculo de Periodistas de La Plata, pero c u a n d o cursaba las cuatro última s materias en la Facultad de Humanidades, por razones políticas, cerraron la escuela y bueno, nuevamente a buscar otro rumbo que terminó en la Facultad de Humanidades donde me recibí de Psicóloga Clínica.</p>
<p>–¿Cómo te formaste profesionalmente y dónde? ¿Tu carrera te permite trasladar información a la literatura, cuando se produce el cruce?</p>
<p>–Pertenecí a la primera promoción de esa carrera, aunque de todos modos mi vocación por la literatura seguía en pie y nunca abandoné mi inclinación hacia la poesía.<br />
Mi carrera, el importante aporte que me dio, fue el conocimiento a fondo de la naturaleza humana que me permitió crear mis personajes cuando comencé a incursionar en cuento y novela.</p>
<p>–Publicaste varias cosas, sobre todo en papel ¿Podrías mencionar tu obra completa?</p>
<p>–Mis obras publicadas en papel son: Sobre mundos abismales –Poesía– (1990) compartido con la escritora Marta Beatriz Multini; Al compás de la ronda –Cuentos– (1995); Morada de los cuatro vientos –Prosa Poética– (2000); Morada de mi sombra –Poesía– (2001), con el cual obtuve el Premio Platero 2000 de Naciones las Unidas en Ginebra, Suiza; Caleidoscopio –Poesía Haiku– (2003) con el cual participé en un intercambio cultural Argentino- Cubano; Síndrome X – Cuentos – (2006); Moradas, una recopilación de ocho poemarios cuyos títulos comienzan con la palabra Morada (2010). También tengo publicaciones en Antologías nacionales e internacionales.<br />
Colaboro con revisas literarias de Argentina, América y Europa. Además, publico en diversos sitios web. Con la escritora Marta Beatriz Multini incursionamos en guiones de cine y TV que están a la búsqueda de algún director que quiera llevarnos al cine.</p>
<p>– ¿ Cuáles son tus referentes literarios?</p>
<p>–En poesía fueron Lao Tse y Basho, por mi acercamiento a la poesía oriental. En nuestra lengua, Neruda y Alfonsina Storni son mis predilectos. En prosa decididamente Cortázar, porque su sola lectura me devuelve a las musas cuando éstas se adormecen.</p>
<p>–¿Qué es para vos la literatura, qué te provoca?</p>
<p>–Es la supervivencia del alma, y a través de ella canalizo sueños e ideales que me permiten sobrevivir en un mundo gris.</p>
<p>¿Estás trabajando en algo en este momento?</p>
<p>–Con la escritora Marta B. Multini estamos incursionando en guiones de cine y TV. Por mi parte estoy encarando el género novela. </p>
<p>Tres preguntas delirantes que sólo una autora con musas despabiladas puede responder:</p>
<p>–¿El sol tarda en salir en una época del año porque se siente avergonzado?</p>
<p>–Creo que el sol prefiere la noche para no ver lo que sucede en la tierra y que no puede modificar.</p>
<p>–¿Las marcas del tiempo, son heridas, cicatrices, espejos indeseados o qué?</p>
<p>–Las marcas del tiempo son enseñanzas que se deben capitalizar para lograr que el mundo interno sea una fuente de paz y goce de vida, una tarea que muchas veces nos cuesta asumir.</p>
<p>–¿Dios, el que elijas, puede ser olvidadizo?</p>
<p>–No creo que Dios sea olvidadizo, creo que recuerda para qué nos creó, tal vez lo hayamos decepcionado. Debe estar esperando que en algún momento cumplamos nuestra parte.</p>
<p>*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 30/12/11  http://www.launion.com.ar/?p=76595</p>
<p>Carta por un nuevo año*</p>
<p>Estás allá,<br />
lejana,<br />
viviendo la ilusión tan bien soñada,<br />
cargando a un Santa Claus,<br />
cubriendo con guirnalda palma ajena.<br />
 Así eres feliz, a tu manera.<br />
                                   Yo sigo aquí,<br />
renuente,<br />
viviendo realidad,<br />
soñando un poco;<br />
encendiendo velas fuera de los altares,<br />
esperando cualquier día pájaros negros,<br />
cargando con flecha la ballesta.<br />
Es cierto, cada cual es feliz a su manera.</p>
<p>*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu<br />
-Tomado del poemario “Fantasmas de Quijote” (2006)</p>
<p>Volver a casa*</p>
<p>*Por Juan Forn</p>
<p>Mi madre no quiere que le lean, desde que perdió la vista. Le ofrecí traerle audiolibros, le ofrecí conseguirle una persona que le vaya a leer, y ocupar yo ese lugar los días que voy a Buenos Aires. Le ofrecí que encarásemos juntos los siete tomos de En busca del tiempo perdido (yo leería cada noche<br />
en Gesell hasta donde ella hubiera leído ese día en Buenos Aires, y en mis días allá podíamos seguir leyendo los dos juntos o comentar lo leído hasta entonces). Propuse Proust porque ella se ha jactado siempre de su ascendencia francesa y nada le gusta más que conversar sobre gente conocida:<br />
&#8220;¿Te acordás cuando el Francés Dubois sobrevolaba con su avioneta la casa de La Cumbre, para avisar que lo fueran a buscar al aerodromo (ella pronuncia la palabra con el acento grave, en la segunda o) y que estuvieran los coloraditos listos cuando llegara?&#8221; (el coloradito era el trago de rigor en aquella casa: gin, campari y ralladura de limón). Pero mi madre me contesta en monosílabos que Proust era un snob; por un instante asoma su vieja personalidad, taxativamente pasional; es apenas un chispazo pero tiene su gracia escalofriante ver hasta dónde llega su influencia subterránea en mí<br />
(¿por haberle oído decir eso alguna vez yo no he podido nunca leer a Proust?).<br />
Traté entonces de tentarla con Los gozos y las sombras, perspectiva poco promisoria para mí pero sabía cuánto había disfrutado ella los tres tomazos de la novela y la miniserie (y me resultaba difícil imaginar una lectura que fuese más visual para ella, que creo que es lo que más añora). Pero tampoco conseguí interesarla. En cambio, para mi sorpresa, me pidió que le contara qué estaba leyendo yo, qué libro llevaba ese día en la mochila. Yo le he mentido descaradamente a mi madre a lo largo de la vida, me llevó su tiempo pero aprendí al fin a decirle lo que ella quiere oír. Y me pareció improbable que quisiera oír las impresionantes historias sobre trastornos de la vista que cuenta el neurólogo Oliver Sacks en El ojo de la mente. Pero ella se mostró interesada en los casos cuando empecé a contarle con cierta<br />
vacilación de un trastorno llamado alexia, que es la incapacidad de leer.<br />
Uno se levanta una mañana, abre el diario y es como si estuviera escrito en cirílico (puede leer la hora en su reloj, pero no por los números sino por la ubicación de las agujas; puede &#8220;leer&#8221; un durazno pero no por su aspecto sino por el tacto, el olor o el sabor). Un escritor canadiense llamado Engel se despertó un día así. Llegó desesperado al hospital y una enfermera le preguntó si podía escribir y Engel descubrió para su estupor que sí (pero no podía leer lo que había escrito). En una época se la llamó ceguera a la<br />
palabra, hasta que Freud la bautizó agnosia visual. Engel miraba el cielo y veía azul, veía la calle y las personas como cualquiera de nosotros, pero como escritor era ciego: debió pasar de leer a escuchar y de escribir a dictar.<br />
&#8220;Esa historia es más para vos que para mí&#8221;, se limita a decir mi madre. Le interesa más lo de un profesor inglés de religión llamado Hull a quien le pasó algo peor cuando se quedó ciego, a los cuarenta, y su memoria e imaginación visual empezaron a escurrírsele entre los dedos: cada día perdía un rostro, un paisaje, un color. Estaba tan pendiente de esa pérdida que tardó en darse cuenta de cómo se le iban desarrollando los otros sentidos.<br />
Hull dice que de a poco empezó a &#8220;oír&#8221; los objetos silenciosos, como los faroles de la calle o los autos estacionados: cuando pasaba junto a ellos era como si se espesara la atmósfera, los objetos le devolvían el sonido de sus pisadas. A una pianista húngara que sufrió una afasia a los sesenta le pasó lo contrario, pero a la vez lo mismo. El afásico se despierta una mañana y descubre que no puede hablar. Poco a poco descubre que también ha perdido el habla interna; ya no puede hablarse a sí mismo tampoco. De pronto<br />
toda queda limitado a lo visual: sólo puede expresar sus pensamientos y sentimientos a través de gestos mímicos. Pero muchas víctimas de afasia son capaces de desarrollar una intensificación compensatoria de sus capacidades no lingüísticas, sobre todo la capacidad para &#8220;leer&#8221; las intenciones de los demás a partir de sus gestos faciales e inflexiones vocales: tienen un don para detectar cuándo la gente miente, por ejemplo.<br />
El escritor canadiense descubrió un día que podía identificar las letras individualmente, si tenía un lápiz en la mano o dibujaba mentalmente el signo (lo entendía con la mano: sólo era capaz de &#8220;leer&#8221; al escribir). El profesor inglés de religión cuenta que cuando perdió la visión central y se quedó sólo con visión periférica descubrió cuánto la subvaloramos: lo que vemos con el rabillo del ojo es lo que vemos más distraídamente, pero es la visión periférica, &#8220;rodeando&#8221; nuestra visión central, lo que nos proporciona un contexto. Dice Hull que la identificación se basa en el conocimiento y la familiaridad se basa en el sentimiento. Y después se pregunta si la pérdida de imaginación visual no es un prerrequisito para el desarrollo pleno de los otros sentidos (Hull, como dije, es profesor de religión). Miro a mi<br />
madre, que ha sido siempre muy religiosa, mientras digo esto. Ella está con la cara vuelta hacia la ventana, hacia la luz dorada de la tarde. Le digo que dice Hull que la ceguera lo acercó a la naturaleza (los sonidos, los olores, el tacto). Le digo que Hull tiene la costumbre de hacer preguntas cuando viaja, y que esas preguntas obligan al interlocutor a fijarse en cosas que había pasado por alto, lo obliga a ver mejor. El lenguaje sirve para ver, le digo a mi madre que dicen Hull y Oliver Sacks y el escritor<br />
canadiense y la pianista húngara. Mi madre sonríe tristemente, gira la cabeza hacia mí y dice: &#8220;¿No se está haciendo ya la hora de irte, mi querido? No quiero que pierdas el ómnibus por mí&#8221;.<br />
Cuando Norman Mailer contestó el Cuestionario Proust, describió así cuál era su viaje favorito: &#8220;El de vuelta a casa. La visión desde el camino de las luces de mi casa de Provincetown&#8221;. Yo vuelvo a casa cada vez que salgo de la residencia donde vive mi madre en Belgrano. Camino por esas calles arboladas<br />
hasta el subte que me lleva a Retiro, donde espera el ómnibus que me trae de vuelta a Gesell. Esas calles arboladas son en cierto modo como la entrada a Gesell, el momento en que uno sale de la ruta por la rotonda, baja la velocidad, abre la ventanilla, siente que ya está en casa. Son hermosas esas callecitas de Belgrano. Sin embargo, no hay trayecto más triste para mí que ése, desde que salgo de la residencia donde vive mi madre hasta que el fárrago y el apretujamiento del subte me distraen misericordiosamente, a codazos.<br />
Volver a casa. Eso quiere mi madre, eso queremos todos. Les deseo feliz año, les deseo que puedan volver a casa.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-184432-2011-12-30.html</p>
<p>Habitaciones*</p>
<p>Habitaciones que se bifurcan,<br />
que se multiplican y no terminan.<br />
Que son distintas y son todas la misma.</p>
<p>Pasillos que no conducen ni extravían.</p>
<p>Helados muros que devuelven, indiferentes,<br />
el eco angustiado de mi voz que te llama.</p>
<p>Y en el medio de todo<br />
mis pasos, quietos, sin destino,<br />
mi alma yacente, precipitada<br />
en el abismo de tu ausencia.</p>
<p>-De Destierro</p>
<p>*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com</p>
<p>http://sergioborao2011.blogspot.com/</p>
<p>https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop</p>
<p>LA FORMA MÁS CRUDA DE LA SOLEDAD*</p>
<p> Lo cuenta Marabú, el joven de Senegal que vende relojes y cadenitas cargando con su valija por la ciudad.<br />
Dice que entro en un bar casi desierto y que un hombre de barba candado lo invito a sentarse hablando en francés. Marabú habla francés y wólof. Apenas comprende lo elemental del español.<br />
Le preguntó si había comido. Marabú, no tuvo vergüenza: le dijo que desde la mañana no había probado un bocado.<br />
El hombre de la barba candado llamó al mozo, pidió un sanguche y una gaseosa para Marabú.<br />
Y un café cortado para él.<br />
Antonio, el mozo, avisó que ese día el bar cerraba temprano por ser fin de año.<br />
El hombre, inmutable esperó que Marabú comiera tranquilo.</p>
<p>Mientras, se largo a monologar sobre la posibilidad de hablar y ser escuchado:</p>
<p>-Todos los años vengo a sentarme en esta mesa a la misma hora. No tengo respuestas. Sólo una profunda angustia.<br />
-Entendeme Marabú: -Puedo hablar, pero no puedo expresarme con las palabras.<br />
(&#8230;.) y las palabras que tengo no pueden darle forma a lo que siento, a lo que me pasa.<br />
(&#8230;) más de 53 años y no aprendí a liberar mi voz.</p>
<p>A veces pienso que es aun mucho peor.<br />
Que no solo las palabras que dispongo no pueden expresar mis sentimientos, sino que además no están las personas adecuadas para escucharme.</p>
<p>Después el hombre quedó en silencio, siguió hundido en pensamientos que surgieron desde una historia imposible de imaginar para Marabú, que luego de una media hora se despidió agradeciendo el gesto.</p>
<p>-Que tengas un feliz año nuevo, le dijo el hombre de la barba candado.</p>
<p>-Pensé: Es posible que esta sea una de las formas más crudas de la soledad.</p>
<p>*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar </p>
<p>Los puentes*</p>
<p>De los puentes enterrados<br />
sólo asoma<br />
un herrumbre inmemorial.<br />
Los visitadores se preguntan<br />
por una ciudad sin transbordo<br />
sin pasarelas<br />
ni emociones<br />
ni encuentros.<br />
Ruidos ferrosos responden<br />
desde el centro de la arcilla herida<br />
con voces<br />
de viejas estaciones de sembraduras.<br />
Pero el intercambio no se produce.<br />
Las terceras personas<br />
intuyen que el subsuelo oculta algo<br />
tal vez<br />
un pasado que no conocieron.</p>
<p>Soterrado el pasado pontonero<br />
de la memoria<br />
las manos muertas de la piel<br />
lograron<br />
despoblar el vínculo<br />
olvidado.</p>
<p>*De Juan Disante. disante.juan@gmail.com<br />
Buenos Aires &#8211; Argentina<br />
www.teoriasyalboroto.blogspot.com</p>
<p>Correo:</p>
<p>A mis compañeras y compañeros de sueños*</p>
<p>*Por Nechi Dorado.  nechi.dorado@gmail.com</p>
<p>(Mi deseo se extiende a mis compañeras y compañeros no sólo en  “mi patria” sino también en las patrias hermanas)</p>
<p>Este año que termina dejó cosas.<br />
Dejó huellas, heridas, alegrías, tristezas y esperanza.<br />
Dejó las  huellas  de los seres a los que pude tener cerca y se convirtieron en inolvidables, imprescindibles ¡Tan necesarios que deseo tener cerca para siempre! Y los atrapo en el alma, me vuelvo ¿”carcelera”? de amores y de afectos.<br />
Dejó heridas, esas que aparecen de pronto pero que con el tiempo se convierten en cicatrices que habrán de recordarme siempre el dolor pasado. También recordarán que pude superarlo y eso es lo maravilloso.<br />
Dejó alegrías por toda la gente hermosa que fui recogiendo en el camino, por su ternura y apoyo. Por estar y por ser.<br />
Dejó tristezas porque algunos se fueron a destiempo ¡Vaya a saber por qué cosas que algunos llaman destino! Son los que se van pero nunca del todo. Simplemente pasan a engrosar el arcón de los recuerdos más lindos y quedan allí dando vueltas sin encontrar la puerta de salida.<br />
Otros se fueron para siempre, algunos porque cumplieron su etapa y hubo de los que  partieron a destiempo, apresurados. ¡Vaya a saber, también, qué cosa cruel es la que decide cuando debemos irnos…!<br />
Y no faltaron los que fueron arrancados, de prepo, sin lógica y sin excusa valedera.<br />
¡Eran los insolentes, esos y esas a los que se les ocurrió soñar con otro mundo que es posible pero no les gusta a muchos!<br />
A los adoradores de la muerte, sobre todo, que no aceptan que subviertan el esquema establecido aunque aniquile, aunque desangre, viole o torture.<br />
El recuerdo tiene la propiedad de permitirnos dibujar sonrisas allí donde quedó una mueca.<br />
El recuerdo hace que la muerte sufra su peor derrota.<br />
Y el abandono también.<br />
A todos esos seres que viven en mi corazón y seguirán latiendo hasta mi último respiro les digo GRACIAS.<br />
A los otros también les digo gracias porque lograron de mí alguien más fuerte, totalmente convencida de que el camino elegido ha sido el que quiero y debo seguir transitando…<br />
A todos y a todas mi deseo de un 2012 lleno de felicidad, de memoria para que no se vuelvan a repetir los errores, de compromiso para que el mundo alcance lo que no debió perder nunca: la JUSTICIA, la LIBERTAD, los CODIGOS hoy suplantados por algunos que vienen en “barras”.<br />
Por un 2012 justo nos corresponde la tarea impostergable de despertar conciencias anquilosadas, repudiar lo imperdonable y sobre todo mantener viva la esperanza.<br />
Esa que también nos deja el año que ya se aleja y nos toca acunar entre canciones de amor y resistencia…</p>
<p>*Nechi Dorado<br />
 Argentina </p>
<p>*</p>
<p>¡Hasta siempre, 2011!</p>
<p>Brindemos por los Indignados,<br />
occupy&#8217;s, manifestantes;<br />
por los asesinados en cada plaza de la Libertad,<br />
cada guerra imperialista,<br />
cada tierra usurpada y río seco;<br />
por todas las víctimas invisibles<br />
y por las derribadas a flor de tierra y de llanto:<br />
vidas sangradas, sangre sagrada.</p>
<p>¡Bienvenido, 2012!</p>
<p>¡Brindemos por los triunfantes<br />
que derrocaron dictaduras,<br />
que defendieron derechos,<br />
que encarcelaron a asesinos,<br />
que conquistaron libertades!</p>
<p>¡Salud, amor, coraje, conciencia<br />
y tiempo para hacerlos realidad!</p>
<p>*De Eugenia Cabral. ecabral54@yahoo.com.ar </p>
<p>*</p>
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		<item>
		<title>LA LUZ QUE NO VES&#8230;</title>
		<link>http://inventivasocial.wordpress.com/2011/12/30/la-luz-que-no-ves/</link>
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		<pubDate>Fri, 30 Dec 2011 02:03:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[TIEMPO* Poesía Haiku Podamos sueños, cuando no volamos matamos vida. La flor de un día goza en un instante la eternidad. Soy pasajera del tiempo diluido en la luz astral. El breve ciclo copia en el espacio la luz interior. INEXISTENTE* Soñé utopías corriendo como río entre las piedras. Las transgresiones sutiles y sin saña [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=237&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>TIEMPO*</p>
<p>            Poesía Haiku</p>
<p>Podamos sueños,<br />
cuando no volamos<br />
matamos vida.</p>
<p>La flor de un día<br />
goza en un instante<br />
la eternidad.</p>
<p>Soy pasajera<br />
del tiempo diluido<br />
en la luz astral.</p>
<p>El breve ciclo<br />
copia en el espacio<br />
la luz interior.</p>
<p>INEXISTENTE*</p>
<p>Soñé utopías<br />
corriendo como río<br />
entre las piedras.</p>
<p>Las transgresiones<br />
sutiles y sin saña<br />
arman las fugas.</p>
<p>Creí en el amor<br />
gestando los aromas<br />
que tiñen deseos.</p>
<p>Soñé y soñé<br />
un universo azul<br />
inexistente&#8230;</p>
<p>*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>LA LUZ QUE NO VES&#8230;</p>
<p>SOMBRAS*</p>
<p>“La sombra no existe, lo que tu llamas sombra es la luz que no ves”<br />
HENRI BARBUSSE </p>
<p>Porque te demoraste tanto amor.<br />
Yo, te esperaba con el alma a la altura  de la luz del alba.<br />
Me hundía en la ventana abierta y aguardaba.<br />
Había olvidado tu nombre.<br />
Y tu sombra, ah, tu amada sombra.<br />
¿Como llamarte entonces?<br />
¿Como olvidarte, conociéndote tanto?<br />
No, no era un  sueño, los ojos se abrían  al deseo.<br />
Y no moría, y no vivía porque no llegabas.<br />
Y llegaste. Por fin. Llegaste.<br />
Pero aun ignoro la lentitud de tu sombra nocturna<br />
Y tu llegada cava en mí una pena silenciosa.<br />
Una pena que ignora, si ha de envejecer junto a tu cuerpo.<br />
Pero me envuelve .Como el mar. El dolor. El goce.<br />
Con un abrazo de oleaje furibundo.<br />
Y me cubres de espuma hasta el borde del miedo.<br />
Y eres mi tierra nativa. Mi amada soledad.<br />
Y aunque la  higuera ya ha dado dos cosechas al año.<br />
Y el follaje ya anuncia el amarillo.<br />
La higuera ha florecido.<br />
Y no es dogma, ni virtud, ni pecado.<br />
Y se que no te irás aunque te vayas.<br />
Y puedo elevar y derrumbar mi cuerpo.<br />
Porque has llegado, amor, y te bendigo.<br />
Y consagro tu nombre…y tus sombras azules.<br />
Y tus luces.<br />
Tus luces tan azules  y tus sombras.<br />
Tus luces y tus sombras y  mi beso. </p>
<p>*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>LA VIDA SIN MENTIRAS*</p>
<p>Crónicas del Hombre Alto (n° 73)</p>
<p>Si no fuera por esos 20 minutos finales en que la historia pierde vuelo y termina enredándose en los clichés propios de las comedias románticas hollywoodenses, “La mentira original” sería una película impecable. No obstante, a esta comedia -codirigida por Ricky Gervais y Matthew Robinson y protagonizada por el primero- le alcanza con los méritos que exhibe antes de ese final anodino para erigirse como una película conmocionante y movilizadora.<br />
Con un humor inteligente, notable agudeza y acertadas dosis de un sarcasmo que a veces recuerda al de “Los Simpson”, el guión plantea la existencia de un mundo utópico donde no existe el engaño por la simple razón de que todas las personas dicen siempre lo que sienten y piensan. Todo allí es transparente y explícito; nada se calla. No hay diplomacia, es cierto, pero tampoco hipocresía. En su primera cita, hombres y mujeres verbalizan sin pudores sus miedos y frustraciones al respecto en tiempo real. Los compañeros de trabajo se demuestran con naturalidad sus celos y antipatías. Los camareros critican con libertad los platos que eligen los clientes. Los jefes confiesan a sus empleados la incomodidad que les provoca despedirlos. Los médicos informan a sus pacientes que probablemente morirán en cuestión de horas, con la misma liviandad con la que se anuncia que va a llover.<br />
En un mundo así, anclado a la inevitabilidad de lo verídico, no hay lugar para la desconfianza, claro, pero tampoco para la ficción. Las películas consisten en un actor que se limita a leer guiones que cuentan episodios históricos estrictamente reales. Y también las propagandas resultan muy singulares, al menos para nuestros ojos contaminados de marketing (en tal sentido, la ironía que destila la escena de la publicidad televisiva de Coca-Cola es demoledora).<br />
El conflicto surge cuando, un buen día, el protagonista Mark Bellison, flamante desempleado y a punto ce quedar literalmente en la calle, siente un impulso irrefrenable que lo lleva a afirmar. por primera vez en la historia de la humanidad, algo que no se corresponde con la realidad de los hechos. Es un impulso al que no sabe cómo calificar ni describir pues, lógicamente, el concepto de mentira no existe; es él quien, sin saberlo, lo acaba de inventar. A partir de ese pecado original, Mark descubrirá que no decir la verdad trae muchos beneficios, sobre todo cuando uno cuenta a su favor con la credulidad absoluta de los demás. Pero muy pronto descubrirá también que, simultáneamente, la mentira puede ayudar a la gente a ser más feliz. Ha nacido el engaño en el mundo, sí, pero con él han nacido también la esperanza y –he aquí el sarcasmo mayúsculo- la fe religiosa. Y es quizás en la formulación y desarrollo de esta ambivalencia moral donde se asientan los mayores aciertos de la película.<br />
“La mentira original” es divertida, y si bien se conforma con cumplir eficazmente su noble objetivo de entretener, se las ingenia, entre carcajadas y sonrisas, para embarcarnos en profundas reflexiones. En primer lugar, nos muestra un mundo en el que la comunicación humana carece de filtros morales y afectivos y, al hacerlo, por oposición, pone en evidencia la gigantesca red de ocultamientos y falsedades cotidianas en la que estamos atrapados y de la cual somos cómplices. Como en uno de esos teoremas cuya hipótesis queda demostrada por el absurdo, la exageración sirve aquí para desnudar cuánto de nosotros permanece sumergido en nuestra vida diaria, cuántas cosas callamos por conveniencia, compasión o buenos modales.<br />
En segundo lugar, esa ácida confrontación entre el mundo utópico y el real nos obliga a imaginar cómo sería vivir en aquél y nos coloca ante la incomodidad de no darnos una respuesta unívoca. Es que, pasadas las risas iniciales, esa honestidad sin concesiones que se nos va mostrando empieza de a poco a volverse difícil de digerir. Es un mundo brutal el de la película, sí, pero la paradoja es que en él nadie se siente ofendido pues nadie conoce otra forma de relacionarse. Somos nosotros, los espectadores, acostumbrados como estamos a vivir en una sociedad regida por el doble discurso, los que sentimos que no podríamos sobrevivir demasiado tiempo en semejantes condiciones de sinceridad.<br />
En tercer lugar, la película nos interroga acerca de nuestra propia credulidad y la inquietante posibilidad de que algunas -o muchas- de las cosas que damos por sentadas como verdades inobjetables sean, en realidad, la obra de algún gran fabulador. Si se piensa, por ejemplo, en las estrategias publicitarias que buscan convencernos de las virtudes de tal o cual producto, o en la manipulación constante a que somos sometidos por los medios masivos de comunicación, es imposible no preguntarse hasta dónde esa sociedad candorosa de la cual se aprovecha Mark Bellison no es un reflejo caricaturesco de la nuestra.<br />
              “La mentira original” propone con ironía un dilema sobre límites éticos. ¿Hasta qué punto es valiosa la honestidad? ¿Hasta qué punto resulta dañosa la mentira? Al exponer en paralelo el costado filoso de la sinceridad y la dimensión piadosa de la mentira no cuestiona, por lo tanto, nuestras elecciones, sino las posturas absolutas al respecto. A todos nos gustaría poder decir siempre lo que pensamos sin temer a las consecuencias. Y sin embargo, sospechamos que afrontar el reverso de esa libertad sería una experiencia acaso intolerable. El infierno sería -sartreana resonancia- la imposibilidad de sustraernos a la constante certeza del veredicto de los otros. Del mismo modo, a todos nos gustaría sabernos a salvo de las decepciones, pero ¿cómo soportar una vida en la que no hay lugar para la desilusión simplemente porque es imposible haberse ilusionado antes?<br />
          “No existe el mundo perfecto; toda opción tiene su precio”, parece advertirnos burlonamente la película. Y tiene razón.</p>
<p>*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar</p>
<p>DESMURAMOS*</p>
<p>“La poesía empieza allí, donde la última palabra<br />
no la tiene la muerte”<br />
ODYSSEAS ELITIS</p>
<p>Ya no quiero más muros, corazón<br />
Pircas, de ideas, de silencios ¡Tantos muros, tantos!<br />
Condenada al muro de lamentos:<br />
A un campo santo de ausencias y distancias.<br />
A una horda de olvidos. A manos separadas, a un pañuelo negro.<br />
A la esquizofrenia. A un basilisco multicéfalo.<br />
A la placidez embriagada de la adormidera verde.<br />
A un yacuzi sin agua, con algas babosas y ojos de pescado.<br />
A un galeote. Sin remos. Sin rumbo.<br />
Sin bandera.<br />
A un buitre con cara de rectángulo.<br />
Convidada a comer entre los muertos.<br />
A un viejo verso aprendido en mi infancia<br />
“Piden pan, no le dan; piden queso, les dan hueso<br />
y les cortan el pescuezo”<br />
A una torre de Babel. Ignorado. Ignorante. Ignoto.<br />
A un león domesticado, con su lacia melena peinada por Giordano.<br />
A una vaca cansina con sus ubres repletas y el ternero muerto.<br />
A una actual Sodoma en el mar muerto.<br />
Sin Viagra. Sin Champagne. Sin siliconas.<br />
A un pastor sin rebaño. A una noche sin luna.<br />
A un poeta sin versos.</p>
<p>Desmuremos, mi sol.<br />
Desmuramos.</p>
<p>*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>Etimología*</p>
<p>Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama &#8220;huevo&#8221;, a la tortilla, &#8220;tortilla&#8221; y a Don José &#8220;Don Pepe&#8221;, es imprescindible en estos tiempos.</p>
<p>Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática, ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a<br />
una de sus innumerables conferencias.</p>
<p>En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.</p>
<p>Su voz resonaba en el claustro: &#8220;En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico, fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán<br />
humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol.&#8221;</p>
<p>&#8220;El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo, nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro&#8221; &#8211; Siguió Plumkier &#8211; &#8220;Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz&#8221;</p>
<p>La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció automáticamente.</p>
<p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es </p>
<p>*</p>
<p>&#8220;El amor es un tren que parte, un pañuelo saludando desde el andén, una lágrima que rueda buscando asirse al recuerdo, imborrable y eterno&#8221;.</p>
<p>¿Dónde había leído aquella frase? ¿A quién se la había escuchado decir? ¿La habría imaginado? ¿Estaría escribiendo en el aire? ¿Cuántas cosas puede uno llegar a inventar cuando lo domina el dolor, cuando la única vía de escape hacia alguna de las formas del placer es la propia imaginación?<br />
Quizá, lo sea también un vagón de tren, una locomotora desbocada, un par de rieles que se pierden en el horizonte.<br />
Subió los peldaños del vagón con el peso de su propio desamor sobre los hombros. Se sentía vacío, como si le faltara algo dentro del pecho, eso que hasta no hace mucho le otorgaba consistencia a su propia persona. Y al mismo tiempo, estaba desbordante de recuerdos. Extraña sensación la de la pérdida,<br />
pensó: te llena la cabeza de virtualidades, al tiempo que te vacía de materialidades.<br />
Eludió a los pasajeros que se demoraban en el descanso, fumándose un pucho en un lugar prohibido, para encarar el pasillo y deambular apenas hasta encontrar un asiento vacío donde apoltronarse. Se recostó contra la ventanilla cerrada, cerrándose aún más el abrigo sobre el pecho, como si el frío interior le brotara por los poros, estremeciéndole con un escalofrío.<br />
Un silbato se oyó en la tarde, el suelo del vagón crujió bajo sus pies, y la formación comenzó a moverse, como se movían las hojas de los árboles que circundaban el andén, retrocediendo dentro de su campo visual. Oyó el retumbar de la locomotora dándose ánimos para continuar viaje, y se abandonó a sus<br />
-cíclicos- erráticos pensamientos.<br />
¿Cómo seguir viaje desde ahora? El asiento que quedara vacío a su lado era algo mucho más concreto que cualquier símbolo que pudiese representar su actual estado de ánimo. Vacío de materialidades, vacío de cuerpos, vacío de afectos, vacío. Eterno y creciente dolor.<br />
De pronto, descubrió que ya no recordaba ni su rostro. Sentía la ausencia de su figura, su perfume, su calor. Pero no podía recordar sus facciones. Su cabello, quizás, oscuro y lacio; más no sus rasgos. ¿Cómo era posible?<br />
¿Estaría acaso comenzando a olvidarla? Lo dudaba; si así lo fuera, no sentiría este frío que le ascendía por el cuerpo como gélidas rachas de viento invernal. No: aún la recordaba, intensamente; este olvido sólo era otro ejemplo más de la constante presencia de su ausencia.<br />
Clara. Su nombre apareció en su memoria como un oasis en el desierto.<br />
Nombrarla, musitar ese familiar par de sílabas con un silencioso murmullo, no le hizo recordar aquel rostro que tantas veces contemplara extasiado, pero le abrió una puerta. Allí, hecho un ovillo contra la ventanilla del vagón, se abrió delante suyo un acceso hasta entonces velado por el dolor.<br />
Ingresó de pronto en un pasadizo mental que velozmente lo condujo hacia terrenos inaccesibles para él durante mucho tiempo; terrenos anímicos que le parecían demasiado extraños, como si le perteneciesen a otra persona.<br />
El paisaje se desplazaba hacia atrás, oscilando con el rítmico vaivén del tren; y por encima de él, emergiendo con una misteriosa luminosidad, apareció ella. Clara, recortada contra el marco de la ventanilla, como un tierno fantasma que quisiese penetrar en el vagón y sentarse a su lado, haciéndole compañía en este sombrío momento. Clara, extendiendo sus manos con ramalazos de un calor pleno de ternura, deseosa de ahuyentar para siempre esta devastadora languidez que le enturbiaba los afectos.<br />
Su rostro se acercó al suyo, y aunque percibía el aroma de su piel, aún no conseguía discernir sus rasgos. Podría ser ella, u otra cualquiera. Pero era Clara, no había ninguna duda. Su corazón se lo afirmaba, más que su razón.<br />
¿Razón? ¿Existía alguna clase de racionalidad en este momento dentro suyo?<br />
Su mano derecha se aferró aún más a las solapas del abrigo, queriendo asirla, retenerla, abrazarla.<br />
El calor se extendió por debajo de sus axilas, rodeando su cuerpo, mientras una boca respiraba ansiosa sobre su cuello. La calidez se desplazó hasta rodear sus muslos, mientras una leve pero creciente excitación comenzaba a dominarlo. El frío que sintiera hasta entonces parecía haberse extinguido.<br />
Clara volvía a abrazarlo, a quererlo, a darle más de su calor.<br />
Entreabrió la boca, buscando robarle un beso. Sus labios se encontraron con cierta torpeza, intercambiando sabrosas humedades que ya parecían no recordarse. Su mano quiso desplazarse, pero sólo consiguió aferrar apenas el hombro izquierdo, entrecerrando los párpados, mientras un brazo virtual, luminoso y protector, se desplazaba sobre la brillante piel de la espalda de Clara, y su boca se deshacía del encuentro labial para recorrerle un hombro, inhalando ese perfume que tanto deseara y lo embriagara durante días, semanas, meses.<br />
Entonces descubrió, apenas registrando el escaso contacto que tenía con la realidad que lo circundaba, que el duro asiento del vagón había dado lugar a un mullido sillón de pana, iluminado por una tibia lámpara de pie, que le recordaba una agradable y soleada tarde de otoño. Clara se movía sobre sus<br />
muslos, sin dejar de adherirse contra su cuerpo, con una indescriptible desnudez. Los besos recorrían infinitas distancias, procedentes de un ayer tan maleable que muy pronto se convertía en este presente, reactualizado, vívido, inmortal.<br />
Los brazos de él la aferraron vigorosos, rodeándole la espalda y la cintura, impidiendo que se aleje, provocando que ambas caderas se refregaran entre sí, aumentando el imaginable caudal de excitación. Clara gemía sobre su oído, suspiraba entrecortada, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, al desplazar sus tibias manos por encima de sus tetillas, rozándolas apenas con sus pezones al izarse y dejarse caer, volviendo a besarlo, hundiéndole la lengua, cerrando ambas piernas para apretarlo cada vez más.<br />
La excitación de él cobraba vigor muy rápidamente, como hacía mucho tiempo no experimentaba. El frío lo había abandonado. Volvía a sentirse amado, deseado, efecto que retribuía con ardor, mientras el traqueteo del tren lo mecía a un lado y al otro, potenciando el vaivén amoroso que le imprimía Clara con sus ondulantes arqueos, sinuosos movimientos que alejaban de sí toda realidad.<br />
Hasta que ya no pudo resistirse más y se dejó ir, liberando sus recuerdos, abriendo los brazos para recibirla y entregarle su savia, permitiendo un encuentro tantas veces negado, compartiendo ese calor inenarrable que siempre deseara retener junto a su corazón. Y así la recordó, sus rasgos afilados, los ojos claros, una nariz recta que prevalecía sobre unos labios pequeños pero carnosos, las cejas oscuras y tupidas, la tensa expresión orgásmica de un intenso amor que por siempre existiría dentro suyo.<br />
Recordó la liviandad con que encaraba la vida al estar junto a ella, la etérea sensación de volar sobre las calles y las playas durante los extensos paseos que disfrutaran juntos, la trascendencia de cada detalle hecho signo, el calor que le transmitiera su mirada durante tanto tiempo, la consistencia de un vínculo que le otorgaba solidez e impedía que se desmembrara en su propia confusión. Comprendió el estatuto que había adquirido el peso de la propia angustia al estar alejado de ella, el horror que experimentara cada noche que se acostara a solas en una cama absurdamente vacía, con la noche<br />
por delante y el sueño resistente a abrazarlo, para conducirlo dentro de ese mágico espacio que creaba cada noche para reencontrarlo con su deseo. Supo que, al convertirse el amor en algo tan leve y el desamor en algo tan pesado, aquello podía conducirlo a una locura tan adherente que jamás conseguiría apartarse de ella, al menos mientras viviera, cargando con aquel dolor hasta el final de sus días. Y el calor que recordara sobre este preciso vagón de tren sólo sería un vano espejismo de los momentos idos,<br />
insustancial y evanescente.<br />
Se resistió a recordar más, a enfrentarse con el dolor, a tolerar la realidad. La creciente sensación cobró una entidad casi física a lo largo de todo su cuerpo. Entonces se dejó ir, llevado en brazos por un orgasmo de raíces tanto físicas como mentales, arropado por una tibieza solar que provenía de sus profundidades anímicas más entrañables, abrazando a su propia Clara en un instante amoroso que él hubiera deseado no se acabase nunca.<br />
Así, mientras continuaba alejándose del dolor de la ausencia, se dejó llevar por el traqueteo hasta la próxima estación, rogando porque siempre existiese una estación más en su camino, y esa extensa vía que lo conducía al recuerdo jamás tuviese un final.</p>
<p>*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar </p>
<p>“Feliz daño nuevo!” * </p>
<p>Martín Micharvegas (de &#8220;Parajodas (II)&#8221;, 1998 (II)</p>
<p>En el daño que viene<br />
seremos probable y comparativamente<br />
más dichosos que en el daño actual</p>
<p>Este daño nos dejará resabios penosos<br />
Como todo daño se irá pero no muy lejos<br />
Nos merecemos otro daño<br />
después de la seguidilla de desbarranques<br />
de daños anteriores</p>
<p>Brindemos por un daño mejor<br />
y despidámonos de éste:</p>
<p>¡Feliz<br />
          Daño<br />
                   Nuevo!</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>*<br />
Inventren Próxima estación: Morea.</p>
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	</item>
		<item>
		<title>BAJO UN ARBUSTO DE NÚMEROS DESNUDOS&#8230;</title>
		<link>http://inventivasocial.wordpress.com/2011/12/30/bajo-un-arbusto-de-numeros-desnudos/</link>
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		<pubDate>Fri, 30 Dec 2011 02:01:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[* Un personaje se escapó de mi novela Era nítido y susceptible No deseaba estar allí Quería tener su propia vida No me imaginaba que podía salirse de mis papeles Pertenecía a mis locuras de la fantasía Pero él se negaba a seguirla Tenía su propio destino Aunque intentaba aferrarlo entre signos de paréntesis o [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=235&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>*</p>
<p>Un personaje se escapó de mi novela<br />
Era nítido y susceptible<br />
No deseaba estar allí<br />
Quería tener su propia vida<br />
No me imaginaba que podía salirse de mis papeles<br />
Pertenecía a mis locuras de la fantasía<br />
Pero él se negaba a seguirla<br />
Tenía su propio destino</p>
<p>Aunque intentaba aferrarlo entre signos de paréntesis<br />
o lo engañara invitándole a participar en una estrofa poética<br />
Él quería vivir su vida.</p>
<p>Como un globo soplado hasta la medianía<br />
Tenía una gran flexibilidad<br />
para escurrirse de mis ideas de vanidad<br />
Entre soplos y sus desiguales formas<br />
iba mutando para escaparse airoso<br />
de mis impertinencias</p>
<p>Quería volar por los aires de la montaña<br />
Se mecía intuitivamente franqueando las redes<br />
Que intentaban envolverlo.</p>
<p>Con una viveza casi perfecta<br />
Dejó su impresión en blanco y en suspenso…</p>
<p>*De Azul. azulaki@hotmail.com<br />
14/12/11</p>
<p>BAJO UN ARBUSTO DE NÚMEROS DESNUDOS&#8230;</p>
<p>PARLAMENTO DE LAS MONTAÑAS*</p>
<p>[para Mariel Sofía Maldonado Bonilla]</p>
<p>Eres caer del agua.</p>
<p>Eres subir de los árboles. </p>
<p>Eres tierra,<br />
Tu piel es de flores. </p>
<p>Eres briza,<br />
Tu piel es fruta dulce,<br />
Tu corazón un conjunto abierto de semillas. </p>
<p>Eres luz de Luna y luz de Sol,<br />
Tu piel son las calles,<br />
Tu corazón el alumbrado público,<br />
Tu nombre reposa hace años bajo el concreto,<br />
Yo soy quien te escribe. </p>
<p>Eres canción de perfume entre lluvia,<br />
Tu piel es el agua,<br />
Tu corazón es el bosque que de ti se baña,<br />
Tu nombre deambula y se encuentra entre estrellas,<br />
Yo soy quien te sueña,<br />
Yo soy quien te nombra,<br />
Somos la madera que se cubre de musgo<br />
Y que las hormigas convierten en su morada. </p>
<p>*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com</p>
<p>DOS MAESTRAS*</p>
<p>  Lidia Manavella y Carolina Iglesis, i.m</p>
<p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p> De los veranos vienen las antiguas cosas.<br />
            De los amaneceres de cuando el sol iba recogiendo imperceptiblemente las gotas del rocío.<br />
            Del olor a romero, a albahaca, a limón partido sobre la tabla basta donde mi madre cortaba con precisión la panceta ahumada que serviría con pan casero y un café con leche humeante recibiendo ese mañana auspiciosa de frescor infrecuente, pero que se iría desvaneciendo a medida que el transcurriera el día, y cuando el zurear sostenido de las palomas que anidaban en los ceibos, presagiaban un calor  intenso e insoportable al entrar de pleno en la siesta.<br />
            El olor sin embargo a pan tostado se recuerda, como una rémora interminable que somete a los inviernos.<br />
            En los inviernos era la escuela, la paspadura de los puños, los sabañones en las orejas: indefensas, la escarcha que nos esperaba en  los charcos. Evitábamos  romper ese hielo pese a nuestra tentación porque la leyenda popular decía que entonces se levantaba viento y tendríamos más frío.<br />
            La escuela traía, de suyo, más concentración y más disciplina pero otros placeres. Y sobre todo la sonrisa ancha de la señorita Lidia, con esa trenza tan rubia.<br />
            La señorita Lidia  era rosarina y vivía en época de clases en la casa de los Juárez, es decir de doña Blanquita y don Laureano.<br />
            La señorita Lidia compartía su habitación con una mujer delgada, alta, que tenía la nariz imperceptiblemente en gancho, se peinaba con rodete y era de Venado Tuerto. La señorita Carolina se llamaba y murió muy joven. No llegó a ser mi maestra porque ella daba en sexto y yo apenas estaba en primer grado y mi maestra era su amiga, la inefable señorita Lidia, quien el primer día de clase nos esperaba en la puerta de la escuela, para darnos la bienvenida. Como yo empecé mucho más tarde tuve el privilegio de ser ese día el único a quien ella dio un beso en la mejilla, me  tomó de la mano y me introdujo por esa puerta de arccos altos que todavía existe, y me llevó a través de aquella galería de grandes ventanales  con vidrios amarillos y verdes hasta el salón donde un tumulto de niños de mi edad se corrían entre los bancos y los pupitres. Allí fui presentado, pese a que a muchos conocía porque eran de mi barrio.<br />
            Durante todo ese año, ella estuvo a mi lado,  al menos eso siempre sentí, que era su único alumno y los grandes bolsillos de su guardapolvo impecablemente blanco y almidonado, ella sacaba una gran goma con la cual disimulaba, mis torpezas traslucidas en manchas  oprobiosas que me ponían tan en desventaja frente a varios compañeros míos, muy prolijos. Esa  no era mi virtud pero trataba de recomponer mi imagen al desorden con mis aplicadas dotes de lector, tratando de pronunciar con exactitud cada palabra nueva que aprendía.<br />
            Nunca fui de los primeros ni tampoco de los últimos, y trataba al portarme bien para que las quejas no fueran a mi padre, quien como todos en aquella época era muy severo. No siempre lo conseguía pero donde sí era el primero era en correr hacia el patio, en el campanazo del recreo para jugar ese partido breve con la pelota de trapo, que pese a su aparente inocencia también rompía de vez en cuando algún vidrio.<br />
            En ese edificio querido hoy funciona el Jardín de Infantes que no existía en mis tiempos de niño. Se cambiaron las tejas del techo por unas de chapa. Las tejas eran rojas, el nuevo fue pintado de verde. Tiene baños nuevos, a los vidrios de la galería los suplantó unas paredes que pintaron de blanco, pero los plátanos aquellos siguen en pie y las moreras que usábamos como arcos para jugar el fútbol, también. Ese patio de césped contra la Cortada Pascual Echagüe y la placita Sarmiento está igual. El frente que da al Club tiene unas inmensas lajas nuevas donde nosotros hacíamos la huerta y se me hace que el mástil es el mismo. No quedan las plantas de níspero en la casa de la directora, sobre la Cortada Mariano Vera.<br />
            Tampoco quedarán muchas personas que recuerden a esas dos maestras jóvenes -Lidia y Carolina- que en los recreos iban caminando, tomadas del brazo desde la puerta de entrada hasta la puerta del edificio, confesándose sus cuitas, mientras el bullicio de los alumnos con  sus gritos y sus corridas se mezclaba con el canto de las tacuaritas y las calandrias y el arrullo de las torcaza que  hacían sus nidos en esos ceibos que los años se llevaron para siempre. </p>
<p>El todo la parte*</p>
<p>*Jorge Santiago Perednik.<br />
(1952-2011)</p>
<p>Uno, bajo un arbusto de números</p>
<p>desnudos, multiplicamos y dividimos</p>
<p>sin poder sumar o restar</p>
<p>en un diluvio persistente</p>
<p>que los árabes llamaban el cero.</p>
<p>Cero es eros</p>
<p>uno es error </p>
<p>dos equivocación.</p>
<p>Bajo ese arbusto estabas vos</p>
<p>y yo no podía acercarme.</p>
<p>Bajo ese arbusto estaba yo</p>
<p>y no me reconocía.</p>
<p>Dos, detrás de un árbol silencioso</p>
<p>a su sombra, desnudos</p>
<p>como aprendices de amantes cartesianos</p>
<p>anotamos la aritmética del mundo</p>
<p>(aritmeticae mundi), las medidas de la bola terráquea</p>
<p>y soplamos nuestros alientos</p>
<p>moviendo nuestras caderas</p>
<p>tibi</p>
<p>la tibia gimnasia que tienta </p>
<p>a que el mundo se haga.</p>
<p>Es extraño hablar en plural y en primera persona</p>
<p>y en esa extrañeza de uno mismo está lo siniestro</p>
<p>de un poema de amor, el yo plural.</p>
<p>El sexo no es la verdad</p>
<p>no requiere velos sino artificios</p>
<p>que no requieren ser velados salvo que&#8230;</p>
<p>La guerra entre los sexos no existe</p>
<p>sino la guerra entre tal o cual persona</p>
<p>contra este o aquel sexo</p>
<p>tu guerra en contra de algo</p>
<p>que no es yo pero me pertenece.</p>
<p>La guerra entre las personas y los sexos como abstracción</p>
<p>es una fase preliminar</p>
<p>calculada, de la guerra entre el adentro y el afuera o</p>
<p>sociedad perfecta.</p>
<p>Según la ley</p>
<p>de las pequeñas equivalencias las inversiones no son tales.</p>
<p>Me decís que la parte es igual al todo</p>
<p>sesenta y nueve igual a infinito, o mejor</p>
<p>que sólo existe el todo, lo que sería cierto</p>
<p>si la sociedad fuera una masa mística.</p>
<p>La perspectiva desde una plaza circular </p>
<p>muestra que no lo es</p>
<p>nos hace ver otro tiempo, compartir la charla</p>
<p>con filósofos que sueñan que existimos</p>
<p>desnudos detrás del arbusto</p>
<p>practicando la pequeña escena sin prisa.</p>
<p>Tres, mirando el cielo arranco al arbusto un número</p>
<p>y tengo parte de una cifra.</p>
<p>¿La atribuiré al cielo? ¿Al arbusto? ¿A lo que sumamos?</p>
<p>Tengo parte de una cifra.</p>
<p>Tengo un sí.</p>
<p>Sólo así puedo decir, en lenguaje cifrado </p>
<p>que odio significa amor </p>
<p>y que si te odio</p>
<p>te amo y no puedo. Que amor no significa odio</p>
<p>tortuga no significa perro</p>
<p>techo puede significar piso</p>
<p>y que si te amo no te odio. </p>
<p>Por la ley de las grandes simplificaciones</p>
<p>tu camisa de seda puede quitarse</p>
<p>y lo que sigue se puede callar.</p>
<p>Tengo tu camisa en la mano</p>
<p>y me la pienso poner</p>
<p>operación dudosa</p>
<p>que obedece a una ley distinta.</p>
<p>Las leyes no pueden obedecerse porque</p>
<p>una ley es menor que uno mismo</p>
<p>salvo que la ley sea uno mismo</p>
<p>y uno mismo seas vos, en cuyo caso&#8230; </p>
<p>Una ley no es una regla y las reglas te pertenecen.</p>
<p>Entre la ley y la regla está el abismo de tu persona</p>
<p>y a la vera del abismo, desnudo</p>
<p>termino ladeado por una tradición ajena</p>
<p>en la que estoy inmerso, detrás de los matorrales</p>
<p>mirando tu nombre mientras quiero mirar la cosa</p>
<p>y no soporto lo que permitiría</p>
<p>que éste no fuese un poema de amor.</p>
<p>Cuatro, vos y yo nos reconciliamos </p>
<p>en un tercero, porque el todo no puede </p>
<p>existir sin las partes.</p>
<p>Los dos ancianos están dormidos, están durmiendo</p>
<p>y ambas cosas significan lo mismo.</p>
<p>Roncan en su sueño el ruido de la pequeña piedra</p>
<p>que cae por la ladera sin provocar avalanchas.</p>
<p>El milagro del uno que avanza</p>
<p>y no arrastra a muchos.</p>
<p>Esa paz en sus rostros indica que la guerra</p>
<p>llegó a su fin y hubo victoria:</p>
<p>sentir que no hubo guerra.</p>
<p>Devenimos ellos para alcanzar</p>
<p>eso a raíz de lo cual estamos</p>
<p>desnudos detrás del arbusto</p>
<p>con tus cejas agresivas y tus ojos que calculan</p>
<p>si somos partes en esto</p>
<p>y el todo lo autoriza.</p>
<p>Sin ese todo no habría partes</p>
<p>no habría número</p>
<p>no existiríamos.</p>
<p>(de “El todo, la parte” de Jorge Santiago Perednik)<br />
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>‘LA MUJER Y EL SEXO EN LA CULTURA OCCIDENTAL’, de James O. Pellicer. * </p>
<p>*Por Eduardo Pérsico. epersico@telecentro.com.ar</p>
<p>        Abarcar en un comentario bibliográfico lo expuesto en este libro de James O.Pellicer, un argentino residente en los Estados Unidos desde 1963, sería simplificar un trabajo que además de seriamente intelectual abarca detalles históricos inusuales en estas investigaciones. Desde el matriarcado en la historia primitiva, cuando la mujer fuera centro del clan y alrededor de ellas se formara cierta primaria organización social, al siguiente paso de predominio sexista y violento del hombre, &#8211; esa instancia de dogmática cultura sagrada en que la mujer pierde casi todo derecho- ellas fueron erigidas en origen del pecado. Y de ahí a los cánones modernizadores de la cultura occidental que confiriera a las mujeres derechos y equivalencias jurídicas similares al hombre, a veces muy retaceadas, pasó mucho tiempo. Y este siglo veintiuno no solamente  exhibe multitudes con mujeres de rostros más o menos velados postergadas como personas, según  acontece en regiones no muy exóticas del planeta, se suma el crecimiento del femicidio como crimen sexista y cotidiano. Ese retorno tribal o réplica de la dominación machista sobre las hembras expresado con  violencia, hoy por la acción de los grupos feministas recién conocemos más sobre los alarmantes crímenes de género en el mundo.  </p>
<p>      Con su documentado trabajo James O. Pellicer nos ilustra desde la Era Común, con la Venus Achelense, &#8211; una deidad femenina adorada varios cientos de miles de años antes de la sociedad patriarcal y dato inicial de la abstracción y el lenguaje primario de la especie humana- se demuestra una fértil tarea de investigación sobre épocas donde la mujer como expresión del poder cultural y religioso, no fuera considerada sierva del varón, señor y dueño de su cuerpo. Ya en el Antiguo Testamento el concepto de ‘esposo’ sería Baal, dueño, propietario, y ese Dios semítico se manifestaba entre varones y nunca en mujeres. Tan así que ‘algunos vigentes axiomas hebreos’ mencionarían ‘la bajeza del hombre es preferible a la virtud de la mujer’; y cuando al recuperar Sodoma los hombres quisieron abusar de los huéspedes de Lot, este le ofrece a sus hijas ‘que todavía no han estado con ningún hombre, pero no hagan nada a estos hombres que son mis invitados’. Una frase que según Pellicer no evitó que Lot  continuara siendo un respetable  personaje biblico, como igual nadie desaprobara al Rey David, autor de los Salmos, por adueñarse de tantas mujeres y concubinas de Jerusalén al retornar de Hebrón. </p>
<p>       La descalificación en la religión católica hacia la mujer en general no pareció preocupar a la feligresía femenina por ese papel secundario durante siglos, y recién en el Nuevo Testamento Jesucristo violó algunas reglas que especificaban la desigualdad de los sexos fijados por los esenios y los fariseos, y se mostró enseñando a las mujeres que lo seguían en una actitud inusual para la època. Y si al incluir a María Magdalena, Susan y Juana en su círculo íntimo se erigió en un defensor de los derechos de la mujer, al prohibir al varón despedir sin causa a su esposa evitaría que una mujer pudiera ser condenada sin juicio previo. Pero claro, él era Jesucristo y el autor lo distingue de otros que hoy asombrarían a cualquier practicante del catolicismo: La mujer debe portarse como Sara, obediente a su marido Abraham, a quien llama su Señor’( San Pedro: I 3: 1-6). Las casadas estén sujetas a sus maridos en todo porque el marido es la cabeza de la mujer’ (San Pablo, Efesios, 5:23-24), y luego el mismo Pablo dice ‘La mujer aprenda en silencio con toda sumisión porque no le permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Adán fue formado primero y después Eva, que se salvará engendrando hijos si permenece con modestia). I Tim. 2:11-15. Y siguen<br />
las firmas emitiendo opiniones tan machistas y descarriadas que casi  sugieren una sonrisa los dichos de personalidades  notorias de esa congregación religiosa, como la expresada por San Clemente de Alejandría, (150-215, Egipto) ‘La mujer debe llenarse de vergüenza por sólo pensar que es mujer’, similar en intención con lo dicho por San Agustín, el más grande escritor y Padre de la Iglesia, cuando asegurara La mujer no está creada a la imagen de Dios. Es siempre Eva, la tentadora, de la que debemos estar siempre prevenidos. No veo de qué utilidad puede ser la mujer para el varón si excluimos la función de tener hijos’.  Y en cuanto el libro de Jaime Pellicer prosigue con muchísimas referencias similares, elegimos un renglón antológico dicho por San Pedro Damián, año 1007 al 1072, ‘las mujeres, trampas de Satanás, basura del paraíso, veneno del espíritu, espada de las almas, fuentes de pecado, ocasión de corrupción, prostitutas, cortesanas, cerdos’, una definición que acaso por tratarse de un hombre tan Santo al Damián no le fuera bien con las mujeres. Pero claro, tal vez por esas cosas…  </p>
<p>     El mismo Pellicer que considera igualmente respetable a toda religión y un asunto de absoluta incumbencia personal, entiende que algunas definiciones ‘sagradas’ en todas ellas no dejan de ser el mejor testigo de sus ideas en todo trabajo de investigación didáctica. En síntesis, otro estudio más,  consustanciado y fundamental,  de un escritor que nos sorprende con sus aportes documentales y la amenidad inusual para desarrollarlas. Y nos incita a debatir sobre la mujer en la historia, esa cuestión que los sectores del Poder ocultaran durante siglos. Sencillamente dicho, hablamos de un libro magnífico y oportuno.   </p>
<p>*</p>
<p>N.de Redacción: ‘La mujer… cuenta con prólogo de María José Binetti. Yel autor  James O. Pellicer con varios doctorados obtenidos en Estados Unidos, publicó en Argentina en 1990 ‘El Facundo, Significante y Significado’, un texto sobre las ideas de Domingo F. Sarmiento.</p>
<p>-Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.  </p>
<p>A la mierda*</p>
<p>No iré<br />
ni aunque me manden<br />
No me mandaré<br />
Ya estuve allí demasiadas veces<br />
También en el carajo</p>
<p>Renovaré mis puntos<br />
(provisorios)<br />
de destino.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>*<br />
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		<item>
		<title>LA MÁQUINA DE LO IMPOSIBLE&#8230;.</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 23:07:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[EDICIÓN DIARIA DE INVENTIVA SOCIAL]]></category>

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		<description><![CDATA[HEREDERA DE SILENCIOS* Ella es la Heredera de todos los silencios. La veo aun, con su vaso vacío, Sorbiendo lentamente algo que parece escarcha. El verano pasa como un potro de fuego. El insomnio la acecha. La vigila. Esa vieja costumbre de llorar dormida. Pensar que le gustaba caminar con la lluvia. Ofrecer su rosa [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=233&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>HEREDERA DE SILENCIOS*</p>
<p>Ella es la Heredera de todos los silencios.<br />
La veo aun, con su vaso vacío,<br />
Sorbiendo lentamente algo que parece escarcha.<br />
El verano pasa como un potro de fuego.<br />
El insomnio la acecha. La vigila.<br />
Esa vieja costumbre de llorar dormida. </p>
<p>Pensar que le gustaba caminar con la lluvia.<br />
Ofrecer su rosa en destruidos desvanes.<br />
Ahora solo tiene el silencio.<br />
No habla. No le hablan.<br />
Solo las cucarachas murmuran.<br />
También los muertos, mas, no entiende el morado. </p>
<p>Y se va por los bares hasta que todos cierran.<br />
Y vuelve, y cuenta, uno a uno sus pasos.<br />
Y bebe. Bebe todos los silencios.<br />
Vacía lentamente la copa.<br />
Allí en el fondo una boca extranjera  habla.<br />
Tiernamente le habla…y la besa. </p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>LA MÁQUINA DE LO IMPOSIBLE&#8230;.</p>
<p>LA ABEJA DE MIGUEL HERNANDEZ*</p>
<p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>  En aquellas tardes lejanas de lo que se trataba era del silencio.<br />
El silencio supo escribir Miguel Hernández, que se paraba en el vuelo suspendido de una abeja.<br />
Era más que nada y sobre todo en los veranos, cuando íbamos por los callejones hacia aquellos numerosos espejos de agua que llamabamos cañadas: del bajo Vollenweider, de Compañy, del Noventa o el Veintidós ya en el campo Maldonado, o la más grande y casi mítica laguna de Insaurralde que en verdad  conocí hace cuatro o cinco años pero de la que oí hablar toda mi vida.<br />
 Del silencio de las siestas en los veranos del campo ya me hablaba mi padre cuando en su relato entraba ese callejón lejano más allá de Burki que nunca conocí y su paso breve y cansino con “el alambre” como llamaba a las boleadoras donde le ponía un par de puntas de plomo y en sus manos y en la de hermanos<br />
–es decir mis tíos- llegaban a ser muy peligrosas.<br />
De ese tiempo recuerdo sus palabras que siempre me hablaban del silencio del campo, que nunca es silencio porque si uno sabe escuchar puede sentir zumbar ese abejorro que a él lo perseguía por kilómetros, porque pienso  -ahora que él no está- que yo heredé ese zumbido y también lo recuerdo taladrando imperceptible, mis oídos. Es como decir que a mí no me bastan mis recuerdos sino que rememoro sobre el relato de los otros, en este caso mi padre, que era un gran narrador oral y tenía una minuciosa memoria que como una máquina podía poner a funcionar en cualquier momento que estuviese de buen humor, porque a veces pasaba días enteros sumido en una hosquedad cuyo origen se llevó a la tumba porque a nosotros nunca nos dejó entrar allí. Ni a mi madre, por caso, que tenía más derecho que nosotros.<br />
Nosotros, digo ahora, la barrita que formábamos mis amigos y yo, cuando hacíamos las incursiones a los cañadones tratábamos de no alejarnos mucho. Pocas veces hacia el camino al Matadero nuevo, nunca por el del Beto Delmaschio o el de Vollenweider. En general tomábamos el camino a Maldonado pero no pasábamos de la tapera del ruso Bay, justo enfrente de la cañada de Compañy. Muy de vez en cuando iniciábamos el trote parejo  por el Camino del Diablo, como quien dice Paco Aguiar, Ramón Camiscia, la familia Zampelungue o el puesto de los Pichio. Pero nosotros nos dábamos por hechos con incursionar por ese camino cuya primer parada era la tapera de Bay donde intentábamos matar esas huidizas iguanas, o las lagartijas eléctricas con nuestra temibles gomeras arrojadoras de recortes de acero o piedras distraídas de una obra en construcción o en su defecto algunos proyectiles que hacíamos con un pedazo de ladrillo, luego de romper pacientemente con el martillo.<br />
A ese camino que nosotros llamábamos el de Maldonado porque por allí se iba a la estancia del mismo nombre, o simplemente “a la tapera de Bay” y que las generaciones actuales bautizaron “El camino de los Tamariscos”, porque el ruso Bay había plantado algunos de estos árboles, que nosotros vimos jóvenes pero hoy se ven desde la ruta como un pequeño montecito, que ya tendré que inspeccionar desde más cerca porque el recuerdo que tengo de esa casa es su techo derruido y las paredes con agujeros por donde salían y entraban las alimañas a refugiarse allí de nuestras depredaciones. No he querido volver allí porque temo que ese lugar se haya agrandado en el recuerdo y no valga la pena confrontar con la agigantada memoria.<br />
 De los veranos también recuerdo cuando a don Manuel Gómez, que tenía un gallito de veleta en el techo, se le escapaba el canario y toda la pibada del barrio le ayudábamos a cazarlo. Corríamos con unos precarios baldes de lata llenos de agua. Nunca supe por qué había que tirarles agua a los canarios. ¿Para inmovilizarlos, tal vez?  Es lo que recuerdo. También que era muy raro que se nos escapara aunque tuviéramos que treparnos a ese inmenso eucalipto con hojas plateadas que llamábamos “medicinal” porque todo el barrio iba a pedirle ramas que nuestras madres hervían y nos hacía aspirar ese vaho para curarnos los resfríos.<br />
Hace poco lo mataron. Lo tiraron abajo. Algunos de los que éramos chicos entonces fuimos a pedir alguna rama para guardar como recuerdo.<br />
Por esas cosas maravillosamente raras de este oficio, noto que hoy puedo relacionar el silencio que el abejorro de mi padre quebraba como un vidrio inmenso y frágil, y el propio silencio en nuestras andanzas por el campo que recuerdo y la abeja detenida  del poema de Miguel Hernández que es todo silencio y todo poesía y hoy domina sobre todos los recuerdos.</p>
<p>  RETAZOS DE LLUVIA*</p>
<p>I</p>
<p>El día se transforma<br />
en la espera de la noche<br />
porque allí soy dueña<br />
de todos mis espacios.<br />
Y vuelo, me sumerjo<br />
en vaivenes utópicos<br />
y nada me reprime.<br />
nada me desborda.<br />
Soy libre en mis sueños,<br />
nadie vomita críticas<br />
y tengo el universo entero<br />
dentro de mis permisos<br />
porque abro todas las ventanas<br />
y dejo entrar al universo&#8230;<br />
Soy dueña de la magia<br />
de copiar los pentagramas<br />
que entre estrellas y astros<br />
se forman en el cielo.</p>
<p>II</p>
<p>Busco en mis recuerdos<br />
las estampas perdidas<br />
en el tiempo<br />
y te veo, Nodriza, sin palabras<br />
ofrecerme ternura<br />
sólo con gestos.<br />
Recibo el sol en mi piel<br />
hecho caricia<br />
sin lastimarme,<br />
resbalando como la lluvia<br />
cuando sola caminaba<br />
por mi senda.<br />
Siempre me veo sola<br />
transitando la vida<br />
pero aún no arribé<br />
a mi mágico puerto.</p>
<p>III</p>
<p>Dialogo con fantasmas<br />
que habitan el mundo del después.<br />
Son en mis horas<br />
perlas engarzadas a lo lejos.<br />
Busco sus sonrisas<br />
y me visto de alegría con sus guiños.<br />
Puedo llegar a verte,<br />
dulce Ama, que vuelves a escucharme<br />
y me contagias tu fuerza<br />
para seguir caminando<br />
aún en soledad.</p>
<p>IV</p>
<p>Ama, mi piel es mármol<br />
aterido de frío.<br />
He quedado huérfana de caricias<br />
expuesta al exterminio,<br />
abandonada en mi alcoba<br />
donde los leños que ardían<br />
se extinguieron.<br />
Tanteo sombras como recuerdos<br />
tan lejanos que se evaporan<br />
sin servir de consuelo.<br />
Se que me esperas, Ama,<br />
con la cena caliente,<br />
con el abrazo tibio<br />
y con esa sonrisa de aceptación<br />
que me elevaba a reina.</p>
<p>V</p>
<p>Ya no hay golondrinas<br />
que anuncien primaveras,<br />
sus rutas fueron borradas<br />
con prodigioso esmero;<br />
no sé si fue el sol<br />
que confundió sus turnos<br />
o el sello del hombre<br />
que entrelazó los vientos<br />
o las sendas del aire<br />
que fueron tapiadas<br />
para confundirnos<br />
y alterar los tiempos.<br />
Perdimos las golondrinas,<br />
las primaveras se anularon,<br />
el último adiós se enfrió<br />
dentro del reloj de arena.</p>
<p>VI</p>
<p>Intento perdonarme<br />
por mi torrente de ira<br />
que sale por mi piel<br />
como avalancha<br />
sin cordura ni –paz.<br />
Intento serenar mi espíritu,<br />
cantarle nanas al alma<br />
para que dormite<br />
sobre lecho de plumas<br />
y sin dolor.<br />
Intento reprimir lágrimas<br />
que forman ríos de impotencia<br />
y se lanzan ladera abajo<br />
derribando obstáculos<br />
sin matar al mal.<br />
Intento&#8230; sólo intento<br />
y culmino desprovista<br />
de las ilusiones mágicas<br />
que en mi mente crecían<br />
para poder luchar.</p>
<p>*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar</p>
<p>Recuerdo*</p>
<p>Que cuando nació mi chiquilín, a la hora del atardecer comenzaba a llorar y no se calmaba. Un día una amiga al comentarle mi preocupación me dijo que los bebes lloraban en ese tiempo  porque era las hora de las brujas. Conforme me quedé con esa explicación y  a través de mi experiencia pude consolarlo y quedarme más tranquila.</p>
<p>La hora de las brujas es un momento por el que he pasado tantas veces… es un período de soledad y de reencuentro con uno mismo,  la cotidianeidad pesa.<br />
Es la confluencia de estar sintiendo que necesito de alguien con quien hablar, aunque sea con un ser que ya no está aquí, sino lejos muy lejos. No es un momento grato,  en él persisten sensaciones de inquietud, de desamparo, de que las cosas no salen como un quisiera.<br />
Pueden aparecer ingredientes saborizados de reproches y culpas inscriptas en letras punzantes que taladran los por qué.</p>
<p>La otra tarde estaba compartiendo unos mates con otra compañera y de pronto empezó a relatarme que a esa hora, donde el sol comienza a caer sentía una sensación de querer estar en compañía, pues no soportaba el duelo. Su marido, un hermano del alma se ha ido al principio del verano. Ha sellado un hermoso recuerdo para ella: su esposa, su familia y todos los que lo sentimos como un verdadero caballero de la amistad.</p>
<p>La charla se interrumpió,  pero en mi quedó nadando nuevamente ese periodo de tiempo. En el que  se hunden el optimismo entre arenas movedizas  y la oscuridad del dolor derrama en lágrimas.  A veces hasta  no es posible suspirar por el ahogo de las perdidas y el corazón se halla comprimiendo sus latidos.<br />
Recuerdo que le dije que me llamara cuando se encontrara allí…<br />
Con un sentimiento de solidaridad y contención.</p>
<p>La hora de las brujas me ha tomado tantas veces a traición como en las más terribles películas de terror. Tan es así, que me ha convertido en una guerrera ante sus embates.<br />
En esos instantes de una insoportable levedad, he aprendido a combatirla. Y por qué no  a conquistarla o derrotarla.</p>
<p>Mi receta es muy dúctil y liviana, quizás a otros pueda servirle.</p>
<p>Comienzo a escribir guiada por la intuición, dejo que las palabras surjan sin renunciar a ninguna aunque parezca problemática o distante.<br />
Allí en ese cielo azulino de materiales inconclusos y fuertemente cargado de afectos, una pluma blanca recubre mis manos guiándolas para que vuelen los vocablos  hacia el horizonte. El viento  autoriza a unir las frases en grupos, el mar se lleva sensaciones cabalgando sobre sus orillas.<br />
El silencio se hace presente  en una vasija con agua fresca para beber en la pausa.</p>
<p>Y así fue trascurriendo  ese horario que de ser temido ha pasado a ser un compañero de plenitud.<br />
 La realidad de las letras, el lenguaje escrito se transforman en ideas cambiantes.<br />
En ese ciclo de la ambigüedad  el sol tiñe mis enunciados de un notable calor naranja.<br />
 Con una fuerza potente, mi figura  comienza a irradiar energía. Son las mismas palabras que ubicadas en otros sitios   rejuvenecen  mi silueta,  convierten ese instante inerte en un espacio para encontrarme frente a frente y ser azuladamente libre.-</p>
<p>*De Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.</p>
<p>Paiva, voces entre rieles*</p>
<p>*Por Florencia Scholnik.</p>
<p>&#8220;En sí mismo, el tren no era gran cosa, no era más que una máquina. pero eso es lo genial. No era una máquina que hacía lo que mil hombres podrían hacer.<br />
Una máquina que hacía lo que nunca había existido. La máquina de lo imposible.&#8221;<br />
Alessandro Baricco, Tierras de Cristal</p>
<p>Laguna Paiva o simplemente Paiva, ubicada a 40 kilómetros de la capital santafecina, supo ser una ciudad esencialmente ferroviaria. La mayor parte de su población estuvo abocada a las tareas del ferrocarril, ya en la reparación de coches, ya en la fabricación de piezas o el cuidado de las vías, el mantenimiento de la estación.<br />
Laguna Paiva, también conocida como &#8220;Ciudad del Riel&#8221; se vio profundamente afectada por la privatización del Belgrano, cuyas vías la atravesaban como arterias, otorgándole trabajo e, incluso, una identidad. El cierre de los talleres, y el decaimiento hasta la desaparición casi total de la actividad,<br />
generó una situación de grave descomposición social.<br />
Paiva sufrió una devastación, lenta pero sostenida, demoledora. Trataré de reconstruir ese fenómeno a partir de relatos, de las voces de los protagonistas, que irán sumándose como piezas de un rompecabezas hasta permitirnos una panorámica del cataclismo, desde la perspectiva de la memoria colectiva. Podríamos pensar a Paiva como una comunidad imaginada en la cual sus miembros poseen olvidos y recuerdos comunes, elementos compartidos que les permiten  sentirse  partícipes de un todo mayor, y no de una ciudad destrozada por el ferrocarril.<br />
En las entrevistas realizadas a distintos miembros de la sociedad Paivense, empleados municipales, ex ferroviarios, sus esposas, comerciantes varios, hay ciertos temas que se repiten. El lugar del Estado como fuerza motora principal de la economía, la salud y educación; la definición del perfil ferroviario de la ciudad, la identidad y ciertos acontecimientos que funcionan como hitos memorables.<br />
En todas las entrevistas agrupadas bajo la constante del papel del Estado encontramos una fuerte concepción asociada con el Estado de tipo keynesiano.<br />
Para todos los entrevistados el Estado es el encargado de garantizar y representar las necesidades de sus habitantes: salud, educación, trabajo.</p>
<p>&#8220;Acá la gente empezaba a trabajar muy joven, de adolescente y estaba la escuela de Artes y Oficios que de ahí, iban directo a trabajar al ferrocarril&#8221;&#8230;  (Empleada Municipal)</p>
<p>&#8220;Empecé de aprendiz a los diecisiete, por unos convenios que había entre la que era, en ese entonces, la Comisión de Aprendizaje y Orientación Profesional, de la que dependían todas las escuelas &#8211; fábrica. Había un convenio por el que los quince mejores promedios, de acuerdo a las especialidades -había mecánicos, electricistas, carpinteros, algún herrero-, y entrábamos como aprendices. Hacíamos un ciclo de dos años de práctica en el taller, nos pagaban el sueldo de aprendices y luego rendíamos un examen<br />
y, si lo aprobábamos quedábamos como aprendices con curso terminado, fuera de dotación, a la espera de que fueran surgiendo vacantes. De ahí íbamos tomado las categorías de oficiales, especialistas, hacíamos la carrera&#8221;. (Ex trabajador ferroviario)</p>
<p>&#8220;Entonces yo salía del servicio militar y. ¿qué hacemos? dice papá. Mirá dice, si te podés conseguir un trabajo por ahí, porque para nosotros tres ahora, es mucho, y. entonces le digo voy a tratar de rendir para aspirante de conductor de vapor, de la máquina del ferrocarril, porque tenía un compañero que había ido a la escuela junto, y ya había entrado de aspirante, y había entrado de aspirante acá en Paiva y ganaba bien, entonces yo me entusiasmé&#8221; (Ex Ferroviario)</p>
<p>En El imperialismo etapa superior del capitalismo de Lenin se plantea claramente la afinidad entre capitalismo y ferrocarril &#8220;Los ferrocarriles son el resumen de las industrias capitalistas fundamentales, el carbón, el hierro y el acero; el resumen y el índice más notorio del desarrollo del comercio mundial y de la civilización democráticoburguesa.&#8221;<br />
El interrogante se plantea cuando esta correspondencia entre el modo de producción y la máquina se distancian: ¿Dónde quedan y qué les queda a todos aquellos que supieron ser explotados?¿Cuál es la respuesta cuando aquella empresa, que el propio Lenin cataloga de opresora, abandona el juego?<br />
Nosotros como los habitantes de Paiva, la conocemos. Conocemos el destino de los ferrocarriles, de sus trabajadores, como así también la actitud que tomó el estado frente a ellos.</p>
<p>            De aquel Estado intervencionista, &#8220;entrometido&#8221; en la formación de mano de obra calificada fueron quedando sólo vestigios, debido a la lenta pero sostenida implementación de políticas liberales, a mediados de la década del 70 y neoliberales en los 90.<br />
&#8220;.porque hubo mucho, mucho intento de cerrar las puertas del ferrocarril acá, se venía y. de la época de. de Onganía por ahí, por ahí en el se. si. se venía se venía con intento de cerrar, y después a lo último lo vino a cerrar Menem. pero de anterior a Menem claro porque en esa huelga que. que fue ya. fue con gente. corrió hasta sangre porque hubo gente baliada. Y después ya (&#8230;..) volvieron a marchar los ferrocarriles, los trenes todo, como era. Pero después en el noventa vino, ahí vino ya. cerrojo<br />
por completo.&#8221; (Ex empleado del ferrocarril).</p>
<p>&#8220;. y en el setenta (laguna, bache, en general los entrevistados que nos tocaron, no han hablado de los 70), bueno, ahí, ahí, ahí se trabajaba en el setenta, en fin. se trabajaba. en el  ferrocarril, o sea acá en los<br />
talleres. trabajaban normalmente pero cuando llego ya. por allá en el. a fin de siglo, no cierto, el noventa, ahí ya se empezó. ir a menos hasta que después se cerró por completo, ahí no pasa nada, se cerró, esta como está hoy, esta. hoy está peor que aquella época porque. acá teníamos una planta de oxigeno que podía abastecer toda la provincia de Santa Fe, y queda nada más que los techos y las paredes. el transporte, el transporte, ¿cuánto más barato es el transporte por ferrocarril al del transporte por ruta? Hay mucha diferencia.&#8221; (Ex empleado del ferrocarril).</p>
<p>Con estos relatos comprendemos la devastación producida por las políticas de privatización llevadas a cabo lentamente en las últimas décadas del siglo XX, y expresadas en su máximo esplendor en la década del 90, en la que se las dotó de un discurso según el cual la idea de mayor productividad era, y sigue siendo, asociada a la menor contratación de fuerza de trabajo.<br />
Produciendo almas perdidas dentro del sistema laboral, en tanto invisibles en su condición de ser explotados.</p>
<p> &#8220;De pronto, familias que venían más o menos bien educando a sus hijos, de pronto estaban es esos Planes Trabajar, más bien humillados, porque estaban acostumbrados a poner su esfuerzo en el trabajo y cobrar su sueldo.  Todos esto fenómenos se notaron muchísimo&#8221;. (Ex trabajador ferroviario)</p>
<p>Espejismo y discurso. Los inadaptados.</p>
<p>En ese desplazamiento en el que los grandes capitales privados vienen a subrogar al Estado en el cumplimiento de sus cometidos, se instala una lógica perversa en donde los incompatibles son los hombres que no se reacomodan a las &#8220;nuevas&#8221; condiciones del mercado. El desarrollo económico en manos privadas sólo admite a quienes &#8220;se adaptan&#8221;; los que no están suficientemente preparados para la nueva modalidad, los irresponsables, no son las empresas, sino los individuos. &#8220;Es la relación capitalista la que<br />
sólo los trata [a los hombres] como portadores de funciones económicas y nada más. (.) tratar a los individuos como simples portadores de funciones económicas no carece de consecuencias para los individuos. (.) Tratar a los individuos como portadores de funciones intercambiables, equivale a (.)<br />
determinarlos, marcarlos de una manera irreductible en su carne y en su vida. &#8220;</p>
<p>&#8220;El 90%. nosotros hicimos el mea culpa: nacimos estatalmente, vivíamos del Estado, cosa que nunca se nos ocurrió decir, che, por qué no empezamos a hacer alguna cosa que no tenga nada que ver con el Estado por las dudas&#8221;.<br />
(Ex ferroviario)</p>
<p>&#8220;Pero creo que los responsables somos nosotros. Y me hago cargo. Nosotros que éramos los principales interesados en conservar esta fuente de trabajo no la supimos defender. No salimos a defenderlo&#8221;. (Ex empleado ferroviario)</p>
<p>&#8220;Acá [en el '91] no hubo huelga, porque, pareciera que todo el mundo [estaba] resignado de que las cosas tenían que ser así. Yo no sé si tanto nos metieron que los ferrocarriles una vez privatizados iba a ser una joya, y acá vemos en diez años o más de diez años, que siguen tan desastre o peor que cuando era estatal, y aparte pagaban lo mismo y mantenían mucha gente&#8221;&#8230;<br />
(Ex ferroviario)</p>
<p>&#8220;En el 93 o 94, lamentablemente se cerró.  Venían amenazando, porque ya en los 70 se decía que iba a cerrar y como esto es la razón de ser y la identidad, sobre todo de una población, no se puede creer que el único sostén de todo eso, la principal fuente de trabajo se cierre&#8230; no se puede creer, entonces nunca se creía&#8230; pero llegó en momento en que sucedió&#8221;. (Ex ferroviario)</p>
<p>El discurso predominante que homologaba lo estatal con lo inservible y desechable fue incorporado por los empleados del ferrocarril, en este caso, tal como se lo enunciaba desde el gobierno, esa famosa capacidad de resignificación se produce, tal como lo enuncia un ex trabajador a continuación, con el paso del tiempo:</p>
<p>&#8220;Creo que ha habido un lavado de cerebro, nos han metido eso de que la industria privada iba a ser mejor y que el ferrocarril no sirve, tiene déficit, que lo pagamos todos, que con ese déficit se podrían hacer tantos hospitales, etc. No sé si han estado en contacto con APDFA&#8221;&#8230; (Ex trabajador del ferrocarril)</p>
<p>&#8220;Acá en Paiva se absorbió todo el discurso de Argentina &#8216;primer mundo&#8217; la idea que a cada uno la indemnización era de 30.000 o 40.000 pesos-dólares. se imaginan que sensación de exitismo, de fantasía en la localidad. en Paiva no hubo resistencia en los 90 porque la resistencia la llevó adelante los<br />
grupos comunistas que son combativos por naturaleza y generaba en el resto de la población incertidumbre de decir: ¿Dónde estoy parado?&#8230;la sensación entonces se genera la cooperativa y s indemniza a todos los ferroviarios y el negocio automotor y el de electrodomésticos funcionaban a pleno y las indemnizaciones se licuaron en un año y el más visionario empezó a especular y se puso el traje de financiero haciendo depósitos&#8221;. (Comerciante de la zona)</p>
<p>En lo referido a la capacidad del Estado de asistir a los desempleados, también dejó de ser conveniente.</p>
<p> &#8220;El ferrocarril tenía noventa mil empleados, que en cierto modo era una solución a la desocupación también, ¿no? Sí, a lo mejor, donde tenía que haber uno había dos pero, por lo menos, la gente trabajaba. Ahora es peor porque se tiene que pagar planes sociales, se llamen Jefes y jefas de hogar<br />
o Trabajar, y en muchos casos para no prestar ningún servicio&#8221;.  (Ex trabajador del ferrocarril)</p>
<p>Este quedarse huérfano de actividad laboral que sufrieron grandes grupos es vivido por los paivenses como una metamorfosis social en tanto surgimiento de figuras sociales nuevas y lamentablemente permanentes:</p>
<p>&#8220;Laguna Paiva quedó con todo ese tejido social que sostener, y también está el tejido que sostiene a las instituciones, que está conformado por gente desocupada, gente de los Planes Jefas de Hogar&#8221;. (Ama de casa)</p>
<p>&#8220;&#8230; se estaba perdiendo la dignidad de la gente, y a eso se le suma la falta de trabajo, los Planes Trabajar, las mujeres barriendo las calles&#8230; todo eso es una transformación muy grande, y acá en una ciudad chica se nota más, porque nos conocemos todos&#8221;. (Empleada municipal)</p>
<p>Además existen transformaciones en otros aspectos de la vida cotidiana, como puede ser en el plano familiar, la desarticulación entre la herencia de la profesión y el futuro laboral. En este sentido entra en escena la memoria generacional entendida como algo que abarca mucho más que la familia: &#8220;Es la<br />
conciencia de ser los continuadores de nuestros predecesores. (.) del peso de las generaciones anteriores es manifiesta en expresiones de fuerte carga identitaria&#8221;</p>
<p>&#8220;Todos  llevamos muy adentro al ferrocarril en Laguna Paiva porque se viene transmitiendo de generación en generación. En mi caso, mi padre fue ferroviario, mis hermanos han seguido el mismo camino. Y con la idea de que esto siga, que el día de mañana mis hijos, como los hijos de mis compañeros,<br />
también sigan este camino&#8221;. (Empleado del ferrocarril)</p>
<p>&#8220;Aparte, mi papá había sido ferroviario, no trabajó en los talleres porque era maquinista, pero tenía tíos, primos, parientes, vecinos que eran todos ferroviarios&#8221;. (Ex trabajador del ferroviario)</p>
<p>&#8220;Yo no llegué a trabajar en el ferrocarril porque soy joven. Mi viejo, mi abuelo, mis tíos ellos están jubilados y otros quedaron fuera, como mis tíos .ellos hacen changas. algunos tienen el Plan&#8221;. (Trabajador de la construcción)</p>
<p>El eje central que ocupa el trabajo como organizador de la sociedad, como constructor de valores y sentidos, es un factor que todos consideran fundamental a la hora de sentirse miembros de su comunidad. Esto queda evidenciado en las propias familias paivenses, para las que &#8220;el legado ferroviario&#8221; se vio quebrantado</p>
<p>&#8220;Lo que pasa es que hasta le quitaron eso al padre, ahora dice trata de no ser ferroviario mirá lo que me hicieron a mí, 35 años en la empresa a ver si te pasa lo mismo, buscá otra cosa&#8221;. (Trabajador de la construcción)</p>
<p>&#8220;Estimular a los chicos hoy cuesta horrores. Buscan lo más fácil. Hay dos cárceles cerca y los chicos apuntan a terminar el secundario y hacerse policía o guardiacárcel. Incluso los profesionales, con carreras universitarias, se tiran al escalafón de oficiales. La población de Paiva es media envejecida, porque toda la gente que salió del ferrocarril se puso su kiosquito, su almacén, para hacer lo que se puede. Y los adolescentes que pudieron se fueron a estudiar afuera&#8221;. (Docente)</p>
<p>En tanto el trabajo se &#8220;flexibiliza&#8221; y las viejas estructuras se modifican, la ocupación como formador de identidad, se desvanece. Quedan individuos destrozados, sin trabajo, sin ferrocarril, desaparece ese lazo invisible que ataba a cada habitante de Paiva que, así, quedó sin su razón de ser. Sus habitantes quedaron sin su actividad, ergo, sin identidad. Lo único que se escucha es el mero recuerdo.</p>
<p>&#8220;.y La Fraternidad se mantiene, ya no como comisión ejecutiva sino como delegación, porque al no tener personal activo, pasa a ser delegación, se trabaja con un delegado titular y uno suplente. Yo tuve la mala suerte que el otro periodo anterior se me falleció el suplente, ahora que iba a tenerlo de suplente también, me fallece también, y ya inicié yo por cuatro años (risas) como titular. Y La Fraternidad se mantiene, la delegación ahora, le dan por gastos seccional $60 cada seis meses. Con $60 no me alcanzaría ni para pagar la luz ni el agua.&#8221;</p>
<p>Ciudad dormitorio</p>
<p>El cerramiento de los talleres no provoco únicamente frustración y desamparo, sino conllevó también a una sensación de soledad.</p>
<p>&#8220;Empezó a haber un problema social muy, muy grande. Nos fuimos transformando en lo que es hoy, una ciudad dormitorio. Los que tienen propiedades acá por más hayan conseguido trabajo en Santa Fe no pueden vender acá y comprar allá, porque no compran nada, alquilar es lo mismo. Una serie de cosas que<br />
hacen que vos viajes, son 40 km., viajas una hora y media antes y una hora y media después. Y si te ponés a pensar qué es lo que hay, son los jubilados, que quedan muy pocos porque van falleciendo; maestras, policías, guardiacárceles. No se hace nada para tratar de revertirlo&#8221;. (Docente)</p>
<p>&#8220;Ayer charlábamos que no se percibe del todo que pasa con la generación posterior. Porque los pibes tienen que haber absorbido ese discurso del orgullo de ser ferroviario, pero llegan a los 18 años y no hay ferrocarril donde trabajar. El quiebre tiene que ser muy grave, me parece&#8221;. (Comerciante de la zona)</p>
<p>Así, con el cerramiento de los talleres, se hizo tangible, palpable, lo que flotaba en el aire: Paiva perdió lo que hacía de ella un lugar en el mundo, un destino; &#8220;se van de Paiva porque en ella no queda nada.&#8221;, salvo su todo pero no es suficiente para vivir, así. Lo que les queda es el recuerdo de ellos mismos.<br />
El transcurso del tiempo es un tema que aparece en algunas reflexiones &#8220;Las representaciones del tiempo varían según las sociedades y, también, dentro de una misma sociedad (.) El tiempo puede percibirse de manera cíclica, reversible o continua y lineal, y cada una de estas representaciones<br />
constituye el fundamento del modo de búsqueda de la memoria&#8221;</p>
<p>En el caso de Paiva, se trata siempre de un tiempo material, ligado a una actividad concreta, por eso no importa el tiempo verbal de la expresión de los relatos (presente, pasado o futuro) pues la percepción está inexorablemente amarrada a aquella actividad pretérita y ferroviaria.</p>
<p>&#8220;En general, si no mejora la cosa, tampoco mejora acá. En Rosario han recuperado mucho, pero es un polo muy industrial, siempre lo tuvo. Santa Fe no, en su momento tuvo la Fiat, tuvo la ¿?, tuvo la Bahco, tuvo la Siderar que fabricaba tornos, tuvo ¿? Que hacía aparatos para la industria lechera, pero después se paró. Siderar desapareció, ¿? [la segunda] también, Bahco restringida sigue. Paiva nunca tuvo una industria fuerte, siempre se usó en economía el ferrocarril&#8221;. (Comerciante de la zona)</p>
<p>El tejido social se entramó en base al trabajo, no sólo como actividad genérica sino como formador de identidad. Ser ferroviario fue sinónimo de esfuerzo, de dignidad. En ello residió el orgullo, de sí mismo y de su país.<br />
Esa trama tendida al costado de las vías, quedó deshilachada por el cierre de los talleres ferroviarios. Los paivenses continúan pensándose como miembros de una entidad que supo ser colectiva y que hoy, crisis de por medio, perdió aquella mítica unidad. No obstante, el contar durante las entrevistas, recordar la actividad febril de antaño, el ferrocarril y los talleres, les permiten una suerte de unión momentánea, no en lo concreto (porque no es suficiente el recuerdo), pero sí en lo simbólico. Lo que<br />
necesariamente viene ligado al recuerdo es, de inmediato, la ausencia de un eje promotor de actividad laboral.<br />
Es innegable la supervivencia (mera y penosa) de todos los pueblos ferroviarios que subsisten luego del cierre de los distintos ramales, estaciones, talleres. Quedaron allí hombres y mujeres sin ocupación,<br />
quedaron máquinas en suspenso, desheredados adolescentes y niños, gente sin un futuro laboral, es decir, sin futuro, quedaron comunidades espectrales, fantasmas sin riel.<br />
El recuerdo de la época de oro de Laguna Paiva es productivo en tanto que enlaza a sus habitantes, pero es también negativo en tanto los paraliza. Así cuando escuchamos sus palabras notamos que &#8220;(.) cómo en cada ocasión el pasado que se resiste al futuro se mortifica perdidamente con tal de continuar poseyendo el presente aunque sea con el tiempo caduco, obstinado y obtuso.&#8221;</p>
<p>La huelga</p>
<p>Hay un hecho altamente significativo en la historia del pueblo: la huelga ferroviaria de 1961.<br />
Sin embargo retomamos las distinciones entre memoria e historia desarrolladas por Joel Candau en donde &#8220;la historia apunta a aclarar lo mejor posible el pasado, la memoria busca, más bien instaurarlo,<br />
instauración inmanente al acto de memorización. La historia busca revelar las formas del pasado, la memoria las modela (.). La preocupación de la primera es poner orden, la segunda está travesada por el desorden de la pasión, de las emociones y de los afectos.&#8221;</p>
<p>En los relatos escuchados se asoman estos dos elementos: hechos concretos y sentimientos. Sin embargo, el uso y la reutilización de la memoria parecen borrar el límite entre lo acontecido y el significado del acontecimiento.<br />
Pero esto no es, a nuestro entender, lo importante; lo relevante es cómo esta situación, de quienes vivieron en una ciudad de apogeo ferroviario, y otra, que únicamente conoce las ruinas de lo que supo ser, continúa entrelazando a los paivenses.<br />
Hablan los entrevistados, y describen lo acontecido en la huelga; aunque con algunas diferencias y distintos grados de participación, todos se sienten atravesados y partícipes del hecho:</p>
<p>&#8220;Una resistencia única a la destrucción de los ferrocarriles que quería hacer Frondizi. Duró 42 días la huelga. Cuando ya querían aflojar algunos ferroviarios -algunos habían trabajado toda la huelga y otros a mitad de la huelga, escondiéndose para que no les hicieran algo a ellos o a la familia-, pero ahí fue cuando en Rufino, pasa un tren manejado por un carnero o un policía por un paso a nivel, para tratar de romper la huelga. Un conductor o un foguista con otro compañero le gritaba de abajo a los tipos que iban conduciendo el tren, y de ahí le manda un tiro la policía que le pega en el pecho y lo mata. Ahí se encendió la pólvora, pero la pólvora grande se encendió acá en Laguna Paiva, donde reaccionó otra vez las ganas de luchar, a la gente que estaba medio desanimada. Acá empezó fiando el comercio, pero en cierto punto no aguantaba más tampoco. En una de esas perdían todo lo que habían fiado, pero se la aguantó. Largan un tren de Santa Fe con un vagón de carga. Avisan acá que había salido de allá, entonces e amontonan todos en las vías para no dejarlo pasar&#8230; Entonces pensamos que venía custodiado con<br />
la policía, había que tener cuidado. De un poco más allá de la estación venía el tren, conducido por un ferroviario que había sido exonerado -de paso, era un alcohólico-, bueno a ese tipo lo compran para que conduzca el tren. Todo lleno de policías el tren. Pasa y hay que hacerse a un lado&#8221; (Ex trabajador del ferrocarril).</p>
<p>&#8220;. si yo en el 61 vivía, no que vivía, yo había ido a visitar a mis padres en el 29 y estábamos escuchando en la radio por LT10, que había ido un tren de esos que querían romper huelga que querían pasar a San Cristóbal, y acá lo pararon le cruzaron durmientes y le prendieron fuego, y allá se veía la humareda, en el 29, son 12kms&#8221;. (Ex Empleado ferroviario)</p>
<p>&#8220;. en la huelga del 61, conflictos que hubo, como le estuve diciendo, eso que prendieron fuego los vagones, y rompieron todas las palancas de los ladines y dieron vuelta dos o tres vagones, los dieron vuelta y los tumbaron en la vía, y.ahh, y después el tiro que le pegaron al compañero Oliva y Gómez&#8221;. (Ex Empleado ferroviario)</p>
<p>&#8220;Ese día que venía el tren era a la hora de la siesta, la tranquila siesta pueblerina, entonces venía tocando pito, haciendo señas, avisando ¿no?  Un grupo de mujeres, muy bravas y luchadoras -en realidad no eran luchadoras históricas, sino que lo descubrieron ahí- que vivían cerca de las vías dijeron &#8220;por acá no va a pasar&#8221;, se lanzaron a la vía, se llamaban entre las vecinas, fueron a las vías y había una pila de durmientes por ahí y comenzaron a levantar esos durmientes pesados y los atravesaron en las vías&#8230; y el tren tuvo que parar.  Lo mismo hicieron del lado de atrás del tren, de manera que el tren quedó en una trampa.  Hubo tiros y hubo dos muertos.  No recuerdo si uno murió enseguida.  Fíjense que acto heroico el de las mujeres&#8230; cuando se desataron las mujeres, se sumaron los hombres que estaban por ahí, todos se lanzaron a las vías y ahí fue donde hubo el tiroteo, ya que venía con gendarmes el tren, porque quienes custodian el patrimonio es la gendarmería y también la policía local tuvo que tomar parte&#8230; no sé qué música tocaría el comisario de turno&#8230; no sé&#8221;. (Ama de casa)</p>
<p>&#8220;. yo acá tuve un grupo, bueno el grupo era. no era siempre la misma cantidad, a lo mejor muchas veces había 7 u 8 como había 25 o 30. allá en el campo, en un terreno que yo tengo, allá tenía como una. un refugio teníamos allá. El refugio estaba hecho. habíamos hecho, en los mismos espacios donde yo explotaba  la arena, quedaban como casamata, y bueno entonces ahí le poníamos varas de sauce y una lona, eso estaba cubierto, era el techo y abajo en la parte.donde estaba el pozo hundido -no había agua nada, era toda tierra- ahí dormían. Estaban adentro de una casamata (o cajamata) yo le decía, tipo del ejército, o vizcacheras le llamábamos también, igual me tuvieron. muchos días. y la mantención yo se la llevaba. venia a Paiva a repartir los pedidos de arena y llevaba la carne, los alimentos para allá&#8221;.<br />
(Trabajador agrario)</p>
<p>En las entrevistas emergía la emoción; como grupo nos sentíamos interpelados por y hacia estas sensaciones. A través de sucesos y pequeñas anécdotas, los habitantes de Paiva nos narraron su historia y con sus palabras construyeron y reconstruyeron una comunidad arrasada. Es tal vez allí, en el propio<br />
discurso, donde se encuentran los lazos que permiten y posibilitan pensar nuevamente en un futuro para Paiva<br />
&#8220;.descontando el perfil ferroviario, creo que lo mejor que tiene Paiva son las escuelas y la biblioteca..en el corto plazo se puede potenciar la educación y tratar de insertar a los chicos en fábricas.creo que el perfil de Paiva en tres o cuatro años es hacer una ciudad cultural. hacer alguna facultad.&#8221; (Empleada municipal).<br />
 El relato de los entrevistados recrea una idea del pasado, que actúa como memoria cohesionadora, como elemento pedagógico transmisible. Ello sucede con el Día del Ferroviario, evento conmemorativo en la ciudad que dejó de ser celebrado en el año 1992, cuando no hubo más motivos para festejar:</p>
<p>&#8220;.y bueno, se dejó de hacer, desde el 92. Anteriormente, sí, yo soy el ferroviario de bronce.y bueno.por mejor compañero, por la trayectoria. 20 años de servicio.y usted lo ve.en la estación no hay nada. no tenemos nada&#8221;.<br />
(Ex Empleado ferroviario)</p>
<p>Cabría preguntarse por qué lucen decadentes, abandonados, la plaza, la estatua, el vagón, si estos elementos son concreciones de los relatos de ese pasado &#8220;lejano y dorado&#8221;. Justamente esta contradicción este recordar y la necesidad de olvidar, es aquello que los paivenses nos trasmiten una y otra vez. Somos conscientes que es por medio de reelaboraciones del pasado como el hombre construye mitos, creencias y los traslada al presente desde distintos estados de ánimo. Si hay un sentimiento que se transmite y por el cual nos vimos afectados ese es la nostalgia que gobierna las entrevistas, y<br />
la impotencia, agazapada detrás de cada recuerdo.</p>
<p>&#8220;..sobre todo que acá hay una identidad ferroviaria, es como un espíritu sin cuerpo. está en el aire y hay una sensación en los jóvenes que si seguimos pensando en el ferrocarril no vamos a salir nunca de esa encrucijada. hay que borrar, no negar la historia, simplemente encontrar un cambio, otras expectativas, que surjan otros sectores, buscar una identidad distinta y que dejen de decir: &#8216;Paiva la ciudad del riel, la ciudad ferroviaria.que no sea un museo.&#8217;&#8221; (Empleado municipal)</p>
<p>La remembranza no funciona como recuerdo activo, al estilo del mito prospectivo que proponía Fanon para la acción sino, por el contrario, como elemento petrificador que trae como consecuencia la imposibilidad, la inmovilización, la cancelación de todo tipo de transformación.</p>
<p>A modo de conclusión</p>
<p>No importa la forma del discurso, ni su contenido (el taller que supo ser, la huelga del 61, los primeros retiros voluntarios, las situaciones cotidianas afectadas), en todas las voces, sin distinción de género, ni edad hay una sensación de abandono, de orfandad, de incertidumbre. No hay hilo capaz de recomponer el tejido deshilachado que la desaparición del ferrocarril causó entre los habitantes de Paiva.<br />
Se advierte, en ese sentir colectivo, una pequeña grieta por donde se vislumbra algún tipo esperanza, pero no desde la acción concreta de los propios paivenses, sino desde la espera a la llegada de un Mesías anónimo, genérico. Que las soluciones lleguen a Paiva de algún lado, ya sea por políticas ferroviarias nacionales, de la mano del Intendente, o de un grupo de universitarios.<br />
La comunidad está devastada y no encuentra en ella misma las fuerzas ni un camino para salir de la situación.<br />
La circularidad que encontramos tanto en los tópicos de las entrevistas, como en los recuerdos terminan asfixiando, puesto que plantean una situación sin salida.<br />
Volver sobre aquellas glorias pretéritas, sobre el destino o la identidad usurpada, ¿contribuye a reforzar la identidad, o ancla a los paivenses en un paraíso perdido y cada vez más lejano, impidiéndoles ver el presente?<br />
Sin memoria, se sabe, somos vagabundos del presente. Pero vivir sólo de la memoria, o más bien sólo en la memoria, no es menos atroz. No es posible prescindir de la historia, la experiencia social o política, pero tampoco es posible ese viaje recurrente a un pasado remoto, porque ello funciona como un gas paralizante.<br />
Precisamente en línea con esa preocupación, cabe entonces volver sobre los relatos aglutinados aquí deteniéndose ahora sobre aquellos que denotan resistencia y, a partir de allí, imaginar líneas de regreso al presente, y rieles hacia el futuro, sin ferrocarriles, sin talleres. Se impone a los paivenses la trémula y difícil búsqueda de una identidad y de un lugar en el mundo, lo cual de ordinario no se obtiene cruzándose de brazos a la espera de un Inspirado, ni dando giros interminables en el patio del pasado, como una noria de penas y glorias.</p>
<p>*Fuente: VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.<br />
milena caserola. 2010<br />
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		<title>TEÑIR EL MURO HASTA EL INFINITO&#8230;.</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 23:04:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[DESVELAR* “Todo número es cero ante el infinito” VICTOR HUGO Tengo un número tatuado en mi frente. Un código de barras en mi espalda. Me horroriza mi ingenuidad. Mi inocencia, mí obcecada tendencia a ser ilusa. A ser más cándida que una infanta dormida. Que hago yo, me pregunto, con este muro en blanco. Con [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=231&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>DESVELAR*</p>
<p>“Todo número es cero ante el infinito”<br />
VICTOR HUGO</p>
<p>Tengo un número tatuado en mi frente.<br />
Un código de barras en mi espalda.<br />
Me horroriza mi ingenuidad.<br />
Mi inocencia, mí obcecada tendencia a ser ilusa.<br />
A ser más cándida que una infanta dormida.</p>
<p>Que hago yo, me pregunto, con este muro en blanco.<br />
Con mi pupila ciega y mi mano dormida.<br />
Tantas, tantas peleas con molinos de viento.<br />
Tonta necesidad de reconstruir historias.</p>
<p>Un mundo de cosas me rodean.<br />
El otro es no, nulo, inexistente, también yo.<br />
Pozos en la memoria.<br />
Resistir la tentación de levantar los velos.<br />
De raspar mi frente y mi espalda contra el muro.<br />
Teñirlo en sangre.<br />
Teñir el muro hasta el infinito.<br />
Solo un número hueco, solo, vacío.<br />
Luego, partir.<br />
Conjugar los verbos.<br />
Desmurar. Desmorir. Desvelar.</p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p>TEÑIR EL MURO HASTA EL INFINITO&#8230;</p>
<p>DETENER LA INUNDACIÓN*</p>
<p>      La escena transcurre en un salón de tercer grado, la maestra ha dado el tema de los seres vivos y no vivos. Una vez finalizada la explicación, indica a los niños que levanten la mano para dar ejemplos y comprobar si han comprendido.<br />
     Seres vivos: Los conejos, las plantas, las mariposas, dicen los chicos.<br />
     Seres no vivos: Las piedras, las casas&#8230;.. los pobres.<br />
     ¿Cómo los pobres? Cómo los pobres, pregunta la maestra que ha comenzado a reír. El nene, con seriedad, explica, “mi papá siempre dice que la vida de los pobres no es vida”.<br />
     No es un chiste, ocurrió realmente en una de esas escuelas donde la ciudad se mezcla con los basurales y se degrada paulatinamente en la miseria de las casillas de cartón y chapa, en una de esas escuelas donde no se entregan las libretas de calificación porque los chicos no tienen un lugar seco, no tienen un mueble donde guardarlos.<br />
     Tiempo ha pasado desde que Borges narraba la belleza de la ciudad perdiéndose en el amplio horizonte del campo, las últimas casas confundidas con el atardecer de un cielo limpio y gigantesco.<br />
     Ahora las ciudades, todas las ciudades, se rodean de un amplio cinturón de odio. Un odio que brota como el humo de las quemas, como el hedor de los desechos descompuestos y el vaho amargo de las zanjas. Y de gente que no sabe de dónde viene, que solamente posee la seguridad de que su destino la forzará a permanecer dentro de esos paisajes, marcada por la pobreza que la estigmatiza con sus signos.<br />
     ¿Cómo eran los indios? Preguntó un niñito en el mismo salón. Cómo decirle que los aborígenes eran morenos como él, tenían el mismo pelo lacio, los mismos ojos rasgados. Cómo decirle que él es un descendiente de esos indios por los que pregunta, si decirle esto es una especie de insulto. Si ser un aborigen es un insulto.<br />
     Y cómo decirles que ni siquiera son pobres, que la pobreza pertenece a tiempos mejores, y que se ha añadido un peldaño más a la escalera descendente, se ha colocado un escalón suplementario hacia abajo, y tal como los basurales inconfesados rodean las ciudades, la indigencia rodea la sociedad. Y ninguno, ni el lugar físico ni el social tienen salida. Tal como en la caritativa Inglaterra de las leyes azules se marcaba la mejilla de los mendigos con la “s” de slave, esclavo, la indigencia marca el cuerpo y cierra la posibilidad de escapar.<br />
     Un adolescente era animado por sus profesores, que entusiasmados por sus logros lo instaban a continuar sus estudios. Demostrando su temprana comprensión del mundo, el chico les preguntó si realmente creían que valía la pena el esfuerzo, porque cuando fuese a buscar trabajo nadie lo iba a<br />
contratar. No con esta cara, no con el dialecto de la villa miseria prendido en el habla.<br />
     No hay folklore porque lo que los arrasa es la desesperación. La postal pintoresca del niñito barrigudo y el perro flaco no nos debería provocar ternura sino vergüenza. Con horror pensamos en esos europeos que seguían su vida cotidiana mientras a unas cuadras salía de las chimeneas de los campos un humo denso. No entendemos que no hayan irrumpido en las barracas, que los pueblos no hayan derribado las alambradas para detener el espanto.<br />
     Nosotros tampoco hacemos nada. Nos condolemos por la suerte de los pequeños que nos ofrecen estampitas, algunas veces somos tan generosos como para depositar una moneda en las manos ávidas. Nos apena que no hayan tenido la fortuna de nacer en una familia con comida sobre la mesa, que no hayan<br />
tenido una biblioteca en sus casas, que no hayan tenido casa. Qué pena. Pero consideramos con juicio la propiedad privada como un derecho inalienable, y nos parece natural que todo se nos haya dado por un nacimiento afortunado.<br />
Es más fácil así, es más seguro para conservar la paz mental.<br />
     Y nos dan miedo. “Ellos”, los otros, nos dan miedo.<br />
     Quizás sea absolutamente razonable temerles, como los cortesanos temieron a las hordas de villanos que desató la revolución en las calles de París, como los habitantes de Río de Janeiro que saben que una avalancha de brazos y piernas finalmente enfurecidos, finalmente conducidos por su odio<br />
puede descolgarse de los morros.<br />
     “Ellos”, los otros, nos dan miedo, porque sentimos que tenemos algo que les pertenece. En el fondo sabemos que disfrutamos de una situación injusta, que el haber quedado dentro de los muros es una suerte y no un derecho, porque sabemos que en algún momento la muralla puede caer como finalmente<br />
caen todas las murallas, y esos hombres que despreciamos se tomarán la revancha de los esclavos. No nos engañemos, no son los pobres amables y simpáticos de Dickens, con sus mejillas sonrosadas y sus sonrisas serviles.<br />
A los indigentes no les dejamos nada de nada, y no nos asiste el derecho de demandarles más piedad de la que les hemos demostrado.<br />
     Quizás haya tiempo. A lo mejor aún es posible desarticular la bomba que marca la cuenta regresiva en el cinturón de edificios degradados alrededor de París, desarmar los slums alrededor de Londres, desmontar Latinoamérica, ese gigantesco río que si se desborda puede inundar el mundo.<br />
     No será con caridad, será con justicia.<br />
     No será con represión y vallas de alambre y equipos especiales de la policía, será cuando se permita que cada hombre y cada mujer y cada niño acceda a la dignidad que requiere su condición humana.<br />
     Si no lo hacemos, si no comenzamos a favorecer el cambio, entonces<br />
quizás sea mejor que suba la marea, que los volcanes que ya están secretamente encendidos liberen su fuerza devastadora, que los anillos se vuelquen hacia adentro y estrangulen los centros, que haya un cataclismo social para que se comience de nuevo.<br />
     Y que no hallen los alumnos a sus maestras, los mendigos a los dueños de las casas donde fatigan sus súplicas, los aborígenes a aquellos que les quitaron sus tierras. Porque entonces ya no habrá tiempo de explicarles lo que es la economía de mercado, el neoliberalismo, la globalización, de explicarles que nosotros no tenemos nada que ver con su hambre o su ignorancia. No habrá tiempo de explicarles que nosotros estábamos en nuestros asuntos, ocupados en nuestras cosas. No habrá tiempo de decir que<br />
no sabíamos, de mentirles, de elaborar teorías, de culpar al orden mundial, al gobierno, a nuestros vecinos.<br />
     Si alguna vez el río de llanura, el río de brazos y piernas marrones se desborda, si alguna vez esto ocurriese, en el momento de ser arrastrados por las aguas vociferantes y de ahogarnos no podremos sentir que es una injusticia ni clamar por nuestra inocencia.</p>
<p>*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com<br />
-Octubre 2007-</p>
<p>Vivencias y recuerdos verídicos</p>
<p>LA MENTIRA Y SU TORMENTO.*</p>
<p>Ve a todos lados con la verdad,<br />
La mentira  pesa y ocupa lugar.</p>
<p>1950 Fue declarado “Año del Libertador Gral. San Martín”.- Recuerdo los actos a los que asistimos con el Colegio, el diecisiete de agosto, en la esquina de la Parroquia, frente al Edificio donde funcionaba la Biblioteca Popular y el Teatro Cultural, construido hacía apenas diez años, con aportes de la Nación.- En ese acto también se bautizó con ese nombre a la avenida principal del pueblo, veinte años antes de ser declarado ciudad.<br />
Cuando iban a comenzar las clases ese año, un amiguito próximo a los diez, como yo, compañero de juegos en nuestro vecindario; al salir de misa, me inducía a anotarme como alumno en el Colegio Parroquial, donde él iba. Yo me negaba en principio, porque no lo había hablado en casa, pero él insistió: que igual podría decírselo después que estuviera inscripto, y que debía hacerlo ese día, ya que después podría no haber lugar. Quizás algo más me impulsó, porqué ante el hecho consumado mis padres terminaron aceptándolo.<br />
De no haber sido así, nunca hubiera entrado en ese colegio de excelencia. Mi hermano mayor asistió todo el ciclo escolar allí, ¿por qué yo no?<br />
Además mi amigo decía que no era caro.- Que su papá y mi papá eran compañeros de trabajo en la fábrica, y ganaban lo mismo, tanto uno como el otro…<br />
Comenzaron las clases, y pronto advertí el gran cambio, Nuestros maestros eran todos profesores, sacerdotes católicos de la Orden Siervos de María, de gran formación y vocación por la docencia. Las materias eran avanzadas. El colegio tenía prestigio y había alumnos de otros pueblos, especialmente de<br />
la vecina ciudad de Reconquista.<br />
Había que pagar una cuota mensual, modestamente accesible.<br />
Al concluir cada mes el “Hermano Vittorio”, que administraba la economía del Colegio, además de ser un verdadero cerebro en matemáticas, daba educación física, dibujo y  manualidades; se encargaba de pasar a cada uno un sobre con el estado de cuenta de ese mes. Eran cinco pesos, más algún gasto extra<br />
por útiles, u otro cargo. Al día siguiente, o en los días próximos, cada alumno devolvía el sobre con el dinero del pago adentro del mismo.<br />
Era un Maestro de verdad, ya mayor, de cabello blanco, y su figura baja y muy gruesa no lo hacía muy agraciado. Pero lo respetábamos, y ya mayores, los que fuimos sus discípulos lo aprendimos a venerar.<br />
Recibía de él una dedicación especial, aunque le éramos todos especiales, y trataba de potenciar las virtudes que cada uno podía tener; ya sea por el deporte, que le apasionaba, o las demás materias. A mí por el dibujo. Hizo casi milagros conmigo, lograba que aprendiera diversas prácticas y técnicas, y consiguió que yo mismo valorara la facilidad que manifestaba, descubriera mis dones y amara el trabajo en este campo y me esforzara en busca de la creatividad y la perfección, como meta.<br />
El primer sobre mensual quedó en casa esperando la próxima semana, o la otra, o la de más allá. En el cole me sentía incómodo, y trataba de esquivar la situación, mientras reclamaba en casa tibiamente, porqué sabía que el salario era muy ajustado…<br />
Vencido el segundo mes, volvió la ceremonia rutinaria de repartir a cada uno el sobre nefasto. Al dármelo a mí, me daba la idea de sentir una mirada interrogante pero silenciosa.<br />
Esta vez mostré el sobre preocupado, pretendiendo lo regularizaran al día siguiente, o el otro, o el otro… Pero volvieron a pasar las semanas, y volvió a llegar el fin de mes. Qué rápido pasaban los días… Recibí el tercer sobre temblando. No levanté la cara, tampoco nadie me dijo nada, pero yo hubiera jurado que todos mis compañeros sabían lo que pasaba, y me miraban con una burla silenciosa, o al menos con lástima…<br />
Papá dijo:<br />
-En el colegio tendrán que esperar…- Lo mismo dijo al cuarto mes, y el quinto…<br />
Yo veía que era el único en esa situación.<br />
Recibía los sobres, seguramente con la cara colorada, y ahora estaba seguro que el Hermano se detenía conmigo, sin decir una palabra, un tiempo demasiado largo…,esperando algo de mí, y yo a que se alejara para volver a respirar, temeroso. Hasta que llegó el día que me llamó aparte, yo lo escuché apenas entre mis latidos acelerados, e  hizo mención muy brevemente de que las mensualidades estaban pendientes. Yo no decía nada, lo sabía de sobra, y no atinaba a responder…, pensaba sí, e impotente me atormentaba, y<br />
deseaba que un día encontrara, no sabía cómo, que todo se había arreglado, y volver a mirar a los demás sin esa  tremenda carga…<br />
En esos días papá me dio el equivalente a la mitad de la cuenta, el resto lo pagaríamos la próxima quincena. En vez de sentir alivio, sentí que se me caía el cielo encima…<br />
-No, yo no puedo llevarle sólo esto, después de tantos meses… ¿Cómo hago?<br />
¿Qué le digo? ¿Cómo le digo?<br />
-Dale esto…, más no tenemos…, dentro de una o dos semanas le pagaremos el resto.- Papá fue terminante. Mamá miraba sin decir nada, pero seguramente ella fue la que consiguió al menos eso.<br />
Yo resolví no llevar el dinero. Sentía que no me atrevería. No tenía el coraje y sentiría una enorme vergüenza  ante el Hermano y los chicos. Decidí que dentro de una semana cuando papá me completara, iría con todo el dinero junto, y muy dignamente saldaría toda la cuenta. Si entretanto me reclamaban, obraría una vez más como siempre, total, en pocos días lo arreglaba…<br />
Escondí el dinero en uno de los cajones grandes de la cómoda de mamá, bien al fondo, debajo de toda la ropa. A la vuelta del colegio, pasada la media tarde, merendé con apetito como siempre, pero sintiéndome distinto; como que tenía un secreto, algo que debía esconder, tomaba conciencia que había<br />
mentido, y tenía que ocultarlo. Me encontré cauteloso y reservado, callando, como si de golpe hubiera perdido un grado de inocencia, y debía cuidar que no se me notara, y menos compartirlo con nadie.<br />
Respondí a mamá sin poder eludirla, mintiendo a conciencia, necesariamente:<br />
-Si mamá, está todo bien, no hubo problemas…-<br />
Pasaron quince días, y algunos más. Papá no podía completar por ahora el pago…<br />
-Esperarán al mes que viene…-<br />
Resolví llevar entonces la parte del dinero y hacer la entrega, porqué no iba a haber más dinero por ahora. Era lo mejor. Peor era no llevar nada…<br />
Antes de salir al colegio pasé disimuladamente al dormitorio y busqué en el cajón rápidamente donde había dejado el dinero… y no lo encontré… Busqué un poco más, y tampoco… Sería mañana… Hoy no tenía más tiempo. Al día siguiente, impaciente, esperé un momento propicio para volver y buscar mejor… Tampoco encontré nada. Busqué al regreso del colegio aprovechando que mamá estaba afuera… Busque removiendo la ropa… Busqué y rebusqué. El dinero no estaba, o al menos no lo encontraba… No quería aceptarlo. Debía seguir buscando, así varios días. De noche pensaba en el lío que tenía… Me despertaba desesperado… ¿Qué habría pasado? ¿Alguien podía saber algo? No podía preguntar, estaba en una trampa… La única esperanza era encontrar el dinero, y seguía buscando, ya no en ese cajón, sino en todos, y por todos lados… ¿Dónde estaba?<br />
A fin de mes volvió el sobre de mis pesadillas. A la salida dejé a los demás y volví sólo,  caminaba despacio, mirando sin ver las grevileas de la plaza recortadas contra el cielo. Esa tarde tardé muchísimo en llegar a casa.<br />
Escondí el sobre y guardé otro secreto en silencio, sabiendo que estaba tremendamente solo. Casi no podía dormir. Seguí escondiendo el sobre… Hasta que mamá me preguntó, como nunca, si me lo habían dado… Casi me muero… Tardé un buen rato antes que me saliera un poco de voz…:<br />
-Nnno…,Nno…, No-nno me lo dieron…- mentí al fin, una vez más…<br />
Era terrible, evitaba a los de casa…, trataba de esconderme en el colegio…<br />
Mamá y papá, supieron que algo no andaba bien. Me volvieron a reclamar el sobre… ¡Antes nunca me lo pedían!<br />
Volví a mentir… Me exigieron que lo reclamara… (¿Para qué?&#8230;), y al fin el sobre apareció… A esta altura estaba dispuesto a mentir y seguir mintiendo, ya descaradamente.<br />
El sobre estaba equivocado…: ¡No estaba descontado el dinero de la entrega!<br />
.<br />
-¿Por qué? &#8211; ¿Entregaste ese dinero, no?, ¿Cómo no está descontado?&#8230;- me las tenía que ver con mamá, ya le tenía menos miedo, debía seguir mintiendo&#8230;:.<br />
-¡Claro que lo entregué! …- Al otro día papá le dejó dicho que reclamara en el colegio… ¿Qué iba a reclamar? Yo tenía ganas de llorar y  escaparme del mundo. Pero, sólo pensaba en intentar una nueva mentira; y terminé diciendo que el Hermano me dijo que no recordaba que yo le había efectuado la dichosa entrega…<br />
Y allí entró a tallar papá. Al principio seguía sosteniendo que yo llevé el dinero y que en el colegio me lo negaban…, pero fue cuando resolvió…:<br />
-Bueno, vamos a ir con vos a hablar con el Hermano Vittorio…- Y me miraban firmemente a los ojos, ya esperando que me retracte… Yo todavía resistía empecinado en sostenerme con más mentiras, tan encerrada estaba en el mundo que me había creado, que ni siquiera me daba cuenta que todo era inútil. El tormento de tantas noches me había vuelto insensible, y me había cambiado de tal manera,  me notaba tan desconocido, que tenía la sensación que era un extraño el que hablaba por mí… y sabiendo que estaba descubierto, seguía y seguía negando.<br />
Hasta que me largué a llorar, y lloré rompiendo por fin en pedazos la gruesa coraza, que me oprimía tan fuerte, desde hacía tanto tiempo…<br />
Pasó un largo rato, y algo más calmado, vi que estaban todos reunidos alrededor, y me sentía tan destruido, que no me importó verme descubierto, ni reconocía la tristeza que me carcomía por dentro…, sólo yo sabía cuantos disgustos me había deparado…<br />
Y todo por una mentira.<br />
Mamá terminó aclarando todo:<br />
Había encontrado el dinero sin saber de qué era, y necesitándolo, lo ocupó en cosas de la casa. Más tarde entendió lo que había pasado, pero no acababa de comprender mi actitud. Allí dije casi sin aliento, que yo no me animé a llevarle sólo una parte, y lo escondí entretanto, pero luego no lo encontré y traté de ganar tiempo mientras lo buscaba, y rebuscaba. Después fue tarde, una mentira, trajo la otra.<br />
Fueron a hablar en el colegio, y finalmente se arregló todo.<br />
Yo comprendí que la mentira lleva su propio tormento.<br />
No vale la pena.<br />
La mentira tiene patas cortas.<br />
Me costó caro aprenderlo.<br />
Pero nunca volví a mentir, al menos concientemente.</p>
<p>*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar<br />
–Avellaneda. Santa Fe;</p>
<p>¡A escena, actores!*</p>
<p>Helia Pérez Murillo, mi compañerita en las clases de interpretación, así como en las de expresión corporal, enseñaba literatura inglesa en un colegio religioso. Religiosa ella, rara avis, buen humor y mal aliento, no respondía a los cánones usuales de quien se prepara para ejercer de actor. Se anexaba<br />
a los grupúsculos más laburadores sin desestimar a los que apuntaban hacia un destino de reviente. No todos la querían (nunca ocurre) y menos aún, la comprendían. Detalles simpáticos la adornaban: en substancioso revoltijo portabas tijerita, carreteles de hilo blanco e hilo negro, dedal, aguja, alfileres de gancho. Costurera ambulante, un botón me cosiste apenas nos conocimos. Por años trazamos un mismo derrotero estudiantil. Realizamos, a propuesta mía, los seminarios de maquillaje y de foniatría. Hicimos “de pueblo” (categoría “figurante”), bajo contrato, en la tragedia campestre “Donde la muerte clava sus banderas” de Omar del Carlo, en el Cervantes.<br />
Vos, como “mujer ribereña”; yo, detrás de una decena de ursos también disfrazados de montoneros, en un cuadro secundábamos a Venancio Soria (Alfredo Duarte) peleando a facón con su padre, el general Dalmiro Soria (Fernando Labat), en el segundo acto. Se te veía en el escenario. A mí, en cambio, como dije, cubriendo las espaldas del pelotón, con barba y gorro, el más bajo, sólo se me hubiera distinguido con la perspicacia de la que mi padre y su primo Boche carecieron cuando recibíamos los aplausos. De ese saludo en la función del estreno, conservo una foto: allí estamos: vos, sobre la derecha, empollerada y con pañuelo en la cabeza; yo, en el otro lateral, inclinado, con poncho y lanza, respetuosamente.<br />
Nunca olvidaré aquella friega entusiasta que me propinaras con linimento Sloan, antes de irnos a comer Traviatas al barcito de la galería de la Sala Planeta. Ese calambre fue de lo más genuino, y por mí la pantorrilla hubiera podido quedarse agarrotada. Me dulcificaste. De qué buen grado te habría ofrecido todo mi territorio recontracontracturado. Te deseé con continuidad.<br />
Me enfebrecitabas al cerrarte el sacón de vizcacha o cuando te instilabas el colirio. Virginidad agazapada, Helia, vos, transida y amagante con tus treinta y cuatro años en ristra, mientras yo, con ocho menos, te alcanzaba mis versos esotéricos, mis silvas a la metalurgia y a la agricultura, mi única lectora, siempre una palabra amable, como una novia. También siempre tuviste hermanos mayores, todos machitos, y siempre confundía yo la voz de tu mamá con la tuya, por teléfono. Tu padre, siempre, además, fue un anciano delicado de salud. Vivías en una mansión de ésas que emputecen a un pequeño burgués que como yo la otearía desde afuera y de noche, a bordo de su Ami a dos tonos de colorado, bien de chapa, con vos sin terminar de despedirse ni de nada, en una callejuela de Adrogué, mucho árbol y parejo empedrado,<br />
mucho, muchísimo parque alrededor de la casona. Yo te dejaba, Helia, precisamente en el portón que se abría a toda esa manzana lóbrega y rodeada por ligustro.<br />
Estuve casado durante los dos primeros años de tratarnos. La conociste a Viviana. Te amedrentaba su independientismo enérgico, y su desconcertante labilidad. Por entonces, con Antonieta y Alejandro concurríamos a los café-concert, previa presentación de nuestros modestos carnés de la Asociación de Estudiantes de Teatro. Sucesos que acontecían cuando te mandaste con Samuel Gomara esa atrevida improvisación en clase, incorporando los diálogos de Ionesco en “Delirio a dúo”. No te notamos más que<br />
ligeramente turbada cuando tu ducho partenaire te lamía a través de la malla amarronada y te besuqueaba en la nuca y se entretenía en tus nalgas y hasta en el perineo con los avispados dedos de su pie derecho, el mocoso. Nos quedamos boquiabiertos, y encima el texto no molestaba, abstrusas líneas que habían logrado justificar, ustedes, el adolescente aventurado y la ex-catequista. El recuerdo de tus desmandadas acrobacias me impulsó a la paja, admito, las nítidas imágenes de aquel recíproco adobe juguetón.<br />
Durante un tiempillo disfrutaste de popularidad, pero tus remilgos, opiniones y falta de swing te remitieron a tu primitiva ubicación.<br />
María Palacini me informó de tu presencia en una velada de gala en el Teatro Colón con un joven británico, alto y rubio, con el que platicabas en su idioma. Al salir, con levedad, él te había tomado del brazo, según la chismosa que los siguiera hasta una parada de taxis.<br />
Nos extasiabas recitando en inglés los sonetos de Shakespeare. Y no te hacías rogar. Ya más nacionales (Dragún, Gambaro, Monti), nos divertíamos memorizando escenas, tirándonos almohadones, para automatizar la incorporación de la letra.<br />
No me gustaba ni medio que te trataras con un psiquiatra, que fueras a recibir consejos y medicación de ese vetusto chanta catolicón, amigo de tu padre. Te costaba dormirte, tenías sacudidas en la cama, súbita sudoración, lipotimia y taquicardia de origen emocional. Circulabas también con la farmacia a cuestas, y el kiosco:  pastillas de menta y mandarina, Genioles por las dudas, Efortil, antiespasmódico, Curitas, terrones de azúcar, saquitos de té. ¿Qué no he visto salir de tus carterones? ¡Ah, y el asma! El<br />
asma que habías superado tratándote con ese doctor, lo que hacía que sintieras por él una gratitud incondicional. Eras, en cierto modo, su cautiva. ¿Nunca de una pasión descontrolada?&#8230; En tus jornadas de retiro espiritual te imaginaba incandescente, aunque fuera por el divino Jesús, y después retornando a mí, aún sin el alivio procurado. Retornando, digo, vos, la no siempre macilenta. Cada tanto algo ocurría y tu cabellera lucía limpia y alborotada, vestías una ropa fantástica, calzabas zapatos acordes y todo<br />
así.<br />
Remanida en expresión corporal, tus progresos fueron magros al principio.<br />
Allí se expuso ejemplarmente tu confusión. El profesor soslayó la calentura larvada que resumabas. No por tus pies planos y jirones de pintoresquismo, menos eras un volcán. Gocé cuando me embadurnabas y desembadurnabas mientras realizabas las prácticas cosmetológicas y de caracterización: Ratón Mickey, villano, mariquita; cíclope, linyera, marciano, bucanero. Jamás desprovista de ahínco deslizabas tus algodones por mi cara.<br />
Cuando en pleno auge grotowskiano, Guido y Jorge se desnudaron recreando las circunstancias de un cuento originariamente infantil, vos eras observada al menos por mí: impávida, simulando, negándote al impacto visual. Retaceaste, luego, el imprescindible comentario.<br />
Vivía solo cuando me insinué y me disuadiste: nada cambiaría entre nosotros.<br />
Yo, en broma atropellaba: “Soy el hombre de tus&#8230;” Y apelabas a mi compostura. Me descubriste besando a un minón por el obelisco; y ciñendo de la cintura a una espigada pendejita del Bellas Artes, en la esquina de Quintana y Libertad. Y de esos encontrones, ni una palabra. Astuto, te sugerí preparar para el fin del cuarto año lectivo una pieza corta de Tennessee Williams: “Háblame como la lluvia y déjame escuchar&#8230;”<br />
Aceptaste de inmediato, conmovida. “La mujer alarga el brazo, un brazo delgado que sale de la deshilachada manga de su kimono de seda rosa y coge el vaso de agua, cuyo peso parece inclinarla un poco hacia adelante. Desde la cama el Hombre la observa con ternura mientras ella bebe agua.”<br />
Ensayaríamos en mi departamento una vez por semana. Con el texto nos meteríamos cuando la etapa de improvisaciones estuviera avanzada. En los dos primeros sábados estuvimos trabados. En el tercero ubiqué mi cabeza en tu regazo y me amparaste. “En la ciudad le hacen a uno cosas terribles cuando<br />
está inconsciente. Me duele todo el cuerpo, como si me hubieran tirado a puntapiés por una escalera. No como si me hubiera caído, sino como si me hubieran dado puntapiés.” En el siguiente sábado me acariciaste, no sin algún grado de entrega, breve, claro está. En el quinto, te retrajiste: previsible. “Me metieron en un cubo de basura que había en un callejón, y salí de allí con cortes y quemaduras en todo el cuerpo. La gente depravada abusa de uno cuando se está inconsciente. Cuando desperté estaba desnudo en una bañera llena de cubitos de hielo medio derretidos.”  En el sexto sábado, como había mucho ruido en el palier, nos mudamos al dormitorio. Incluimos el borde de la cama (matrimonial). En el séptimo, y habiendo adoptado ya ese ambiente, apagué la luz y susurré, mi voz entrecortada, la tuya opaca,<br />
neutra. “Recorreré mi cuerpo con las manos y percibiré lo asombrosamente delgada e ingrávida que me he quedado. ¡Oh, Dios mío, qué delgada estaré!<br />
Casi transparente. Apenas real, ya.”  En el otro fin de semana nos reunimos, además, el domingo. Vos arderías subrepticiamente, y yo, agitado sufría y cerraba la puerta, te invitaba a trastornarte con el auténtico temporal que zarandeaba la persiana, apagaba la luz y en completa oscuridad intercalaba<br />
frases de Williams, mientras con impericia me libraba del gastado pantalón de corderoy (de bastones anchos) y de la polera. Algo se me anunciaba desde la médula, al tantearte; sofrenado me encimé y desgarré de indeseado semen, todo mi ser ridículo y perentorio, me ofrendé al slip de nailon. Destemplado justifiqué el recule, atiné a desdecirme y vos te adaptabas, Helia querida, módica, en lo tuyo. Me fui vistiendo con ocultado desdoro, encendí la luz, alegué desconcentración y desánimo, tomamos mate con bizcochitos de anís en la cocina.<br />
Durante los días subsiguientes recobré ímpetus. Un tropezón no es caída. Mis antecedentes de eyaculación precoz habían sido aislados y en circunstancias atípicas o calamitosas. El ensayo de la obra, no obstante lo viciado del procedimiento, nos conformaba. Y fuimos consubstanciándonos con el texto.<br />
“Tendré una habitación grande, con postigos en las ventanas. Habrá una temporada de lluvia, lluvia, lluvia. Y me sentiré tan agotada después de mi vida en la ciudad, que no me importará estar sin hacer nada, simplemente oyendo caer la lluvia. Estaré tan tranquila. Las arrugas desaparecerán de mi cara. No se me inflamarán nunca los ojos. No tendré amigos. No tendré ni siquiera conocidos”: tu largo monólogo final, el poético y enrarecido clima de la pieza. El punto era cómo enajenarte, cómo enajenarte y mandar, mandar la escena al carajo. “Sus dedos recorren la frente y los ojos de ella. Ella cierra los ojos y levanta una mano como para tocarle. El le coge la mano y la mira volviéndola, y después oprime los dedos contra sus labios. Cuando se la suelta ella le roza con los dedos. Acaricia su pecho delgado y liso, como el de un niño, y luego sus labios. El levanta la mano y desliza sus dedos por el cuello y el escote de su kimono a medida que se afirma el sonido de la mandolina.” Creadas las condiciones de río revuelto, pescar, arrebatar los numerosos peces, los peces de tu soterrada lujuria. Y así, otra vez a oscuras la escena, impregnado, mórbido, con suavidad te bordeo, nictálope, busco tu boca con mis dedos, rozo tu nariz, beso tus párpados con alevosía, me desenvaso de las incordiosas prendas, doy contra tus dientes<br />
interceptando mi lengua, sin arredrarme aplasto tu mano con mi sexo, te aplasto, tenaz y corroído, te encepo los pies, girás la cabeza como que te dispararías, pero yo te sigo en el giro sin separarme, y resistís también con las piernas, aunque tu mano no pugna por zafarse de mi aplastamiento. Es más: me siento aferrado; advertirlo me nutre de renovadas ínfulas, no cejo, y tu boca y tus piernas algo se distienden; yo confío, me arrellano, tu lengua soliviantada no atina a organizarse; ¿qué es esto?: esto es mi nobilísimo tironeo de tu ropa, la cual desparramo, te quito las medias, te dejo en aros y en crucecita. ¿Y quién piensa en el inmenso dramaturgo norteamericano, si hiendo tus pezones y debajo te tenemos, transpirada y silenciosa?; “&#8230;el viento limpísimo que sopla desde el confín del mundo, desde más lejos aun, desde los fríos límites del espacio ultraterrestre, desde más allá de lo que haya más allá de los confines del espacio”; y tus brazos a los lados, como desmembrada, y a no distraerme, que esto en<br />
cualquier momento se quema, ya adviene lo superlativo, y se quemó cuando subiste las rodillas. Costó un poquito pero percibí que me alentabas.<br />
Respirabas mejor, acordáte, después de los espasmos.</p>
<p>Aún hoy, años después, ensayamos de vez en cuando la escena. Nunca presentamos en el curso nuestra versión libérrima. Nunca toleraste que encendiera la luz ni que subiera la persiana. Nunca me permitiste pasar a los papeles sin el ritual de “el suelo de aquel departamento junto al río&#8230;cosas, ropas&#8230; esparcidas&#8230; Sostenes&#8230; pantalones&#8230; camisas, corbatas, calcetines&#8230; y muchas cosas más&#8230;” Nunca te permitiste fuera de contexto un ademán extra-compañeril. Nunca aludimos al diafragma que aportaras a nuestros encuentros. Nunca me dejaste ni un mísero recado en la mensajería, en fin, ni un mísero recado de tinte qué ganas que tengo, y siempre arreglaste con prontitud para reunirte conmigo a ensayar cuando, como hasta ahora, te lo propongo.</p>
<p>Helia: siento urgencia por descristalizar esta trama. No te amo. Todo es perfecto. Quiero más con vos. Ansío secuestrarte. Variados argumentos. El epitalamio, el epitalamio. Pronto me mudo. Ensayemos otra obra. Proponé vos: Beckett, Jean Genet, Arrabal, Harold Pinter, Sartre, Schiller, García Lorca,<br />
Osborne, Ibsen, Armando Discépolo, Strinberg, Pirandello, Eurípides, Valle-Inclán, Racine, Benavente, Adellach, Camus, Albee, Leroi Jones, Aristófanes&#8230;</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>El hermano muerto*</p>
<p>*Por Juan Forn</p>
<p>Mark Twain tenía un hermano gemelo en su infancia. Para diferenciarlos le ataban a cada uno una cinta a la muñeca, de un color diferente. Un día los dejaron solos en la bañadera y uno se ahogó. El chapoteo en el agua había desatado las cintas, de manera que nunca se supo a ciencia cierta cuál de los dos había muerto. &#8220;Desde entonces no sé si yo soy yo o mi hermano&#8221;, remataba siempre la anécdota Twain.<br />
Philip Dick también nació con una hermana melliza. La llamaron Jane. La madre creyó que la leche que tenía alcanzaba para amamantar a los dos, que no iba a necesitar refuerzo. Los bebés pasaron hambre durante semanas, hasta que la pequeña Jane murió, y así fue cómo el pequeño Philip pasó a recibir<br />
la ración de leche materna que necesita un bebé para sobrevivir. Déjenme agregar que la mamá de Philip Dick tenía una hermana que, años después, también tuvo mellizos. Cuando los bebés eran pequeños murió la madre. El viudo dijo haber recibido un mensaje de ultratumba de la difunta en que le pedía que se casara con la cuñada. Fue a informárselo a la madre de Dick.<br />
Brevísimo perfil de la madre de Dick: era secretaria, era progre, crió sola a su hijo en el ambiente libertario de Berkeley, despreciaba en el marido de su cuñada todo lo que había despreciado en su propio marido (lo que ambos tenían de americano medio) pero, para sorpresa de todos, incluido el propio viudo, aceptó como una autómata la última voluntad de su hermana y hubo boda. Se celebró cuando Dick tenía 24 años. Desde entonces hasta que murió, treinta años después, Dick confesó a quien quisiera oírlo que su madre crió al más perfecto american style a los hijos mellizos de su hermana después de matar de hambre a uno de los mellizos salidos de su propio vientre y de repetirle al otro durante toda su infancia que quien debió haber muerto era él. A diferencia de Mark Twain, Dick tuvo desde su más temprana infancia quien le recordara cada día que él no era el muerto, que él era él y no su hermana.<br />
Quizá no se deba a eso, o al menos no enteramente, pero Philip Dick es El Paranoico Que Tenía Razón: el hombre que entendió mejor que nadie las implicaciones del Gran Hermano de Orwell de una manera que ni el propio Foucault pudo hacer, y ni hablemos del pobre, heroico, admirable Orwell. En 1971, cuando llevaba publicadas treinta novelitas de ciencia-ficción y varios años sin escribir, Dick volvió un día a su casa y se la encontró devastada. Con el módico monto del premio Hugo por El hombre en el castillo, se había comprado un enorme archivador metálico con cerradura donde guardaba todos sus papeles, toneladas de papeles. Que se llevaran su adorado equipo de música y sus discos (Dick era un melómano terminal, trabajó durante diez años de vendedor en una disquería) no le importó tanto como que hubieran despanzurrado su cofre, su ataúd de metal, su caja de Pandora. No eran meros ladrones si habían usado esa clase de explosivo y se habían llevado sus papeles. Por eso, lo primero que sintió Dick al toparse con ese espectáculo no fue desazón sino una satisfacción eufórica, que le duró escasísimos<br />
segundos, pero tuvo la potencia de un pico de anfetamina: &#8220;Yo sabía que no era paranoia. Yo sabía que tenía razón&#8221;.<br />
Por supuesto, el flujo de ideas no se detuvo ahí. Continuó, imparable, y acto seguido Dick ya estaba pensando que venían por él, que lo mandarían a un campo de concentración en Alaska, que Nixon era un rojo, un comunista infiltrado en las filas macartistas para llegar al poder y convertir al país de la libertad en una colonia criptosoviética. Nixon se había abierto paso como Stalin, eliminando rivales, ¿a quién otro habían favorecido los asesinatos de Jack y Bobby Kennedy y Martin Luther King y el atentado a Wallace? A Tricky Dick, a Richard Nixon, al hombre que reía como una hiena: su némesis. Como todos sabemos, el duelo entre El Hombre Que Ríe y El Paranoico Que Tenía Razón lo ganó Philip Dick. Ya no escribía, y creía que no escribiría más, cuando estalló Watergate. Ya se lo habían comido los demonios (había entrado en su etapa mística, para desazón de sus fans: ellos querían oírlo hablar de Ubik, de los clanes de la Luna Alfana, y él les decía que el Imperio del Mal era en realidad el Imperio Romano y que él era San Pablo y su misión era &#8220;contar la verdad&#8221;), pero igual celebró como un derviche la caída de Nixon, aullándole al televisor y hablándole a su doble, un cristiano de las primeras catacumbas llamado Tomás que habitaba en su interior y que, según Dick, era su coequiper en la tarea de difundir el mensaje, la verdad. Hasta aquel instante en que Dick desvió los ojos del televisor, le dijo: &#8220;Se acabó, ganamos&#8221;. Y descubrió que Tomás ya no estaba, que no tenía con quien celebrar aquel triunfo, que tendría que ocuparse solo de pregonar la verdad.<br />
Volvió a escribir. Ya no necesitaba anfetaminas, tenía adentro una droga más potente: el suero de la verdad, el verdadero Suero de la Verdad. Esas ocho mil páginas son sólo para los fans terminales de Dick, que por supuesto las consideran la cima de su obra, la verdad revelada. Y están quienes lo prefieren paranoico, antes de que supiera que tenía razón: esa especie de Kafka bestia, electrificado, corcoveando como cable de alto voltaje en la tormenta. Una vez le preguntaron cuándo y cómo había empezado a escribir ciencia ficción, y contestó que fue después de leer un cuentito de Fredric<br />
Brown en que un grupo internacional de científicos construye la computadora más compleja imaginable, le almacena todos los datos del saber humano y, cuando está lista, le hacen la primera pregunta (&#8220;¿Dios existe?&#8221;). Y la máquina contesta: &#8220;Ahora sí&#8221;.<br />
Dick le adjudicaba a Jung una frase que en realidad era su propia conclusión de lo que había leído en Jung: &#8220;Los dioses de antaño se han convertido en enfermedades para los hombres de hoy&#8221;. En Ubik escribió: &#8220;Lo real es aquello en lo que Dios cree&#8221; (ubik por &#8220;ubicuo&#8221;: el que está en todas partes).<br />
Cuando empezaron a admirarlo en los &#8217;60, dijo: &#8220;He escrito y vendido 23 novelas, y son todas horribles menos una, y no estoy seguro de cuál es&#8221;.<br />
Como dijo inigualablemente Pablo Capanna, lleva más tiempo leer sus libros que el tiempo que le llevó a él escribirlos. Pasa igual que con Arlt, dijo Piglia: no importa dónde uno tropiece con las torpezas, no se puede salir del trance. La última de las esposas de Dick le decía, en cambio, que era el nuevo Dostoievski, el hombre que lo había entendido todo.<br />
Cuando Dick murió, en 1982, apareció el padre a retirar el cuerpo y se lo llevó a enterrar a la parcela donde estaba enterrada la pequeña Jane. Era una parcela doble y tenía una doble lápida, con los nombres de los dos hermanos. Sólo hubo que grabar la fecha de muerte en la que correspondía a<br />
Philip. La doble lápida estaba esperando a su segundo ocupante con la fecha de deceso en blanco desde el lejano día en que habían enterrado a la pequeña Jane, cuando el pequeño Philip era un bebé de cinco semanas.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-179921-2011-10-28.html</p>
<p>*</p>
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		<title>PALABRAS SIN PENSAMIENTOS, NUNCA LLEGAN AL CIELO&#8230;.</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 23:02:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Ella* Ella es aire que respira con equipajes de andarines Ella es viento de torbellinos Ella aspira ser luz ante la incredulidad Y el aburrimiento Es cielo de arco iris Acoplada en las cascadas Es espuma de campanillas ante la indiferencia Y la melancolía Es secreto de silencios Inspiración de suspiros… *De Azul. azulaki@hotmail.com PALABRAS [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=229&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ella*</p>
<p>Ella es aire que respira con equipajes de andarines<br />
Ella es viento de torbellinos<br />
Ella aspira ser luz ante la incredulidad<br />
Y el aburrimiento</p>
<p>Es cielo de arco iris<br />
Acoplada en las cascadas<br />
Es espuma de campanillas ante la indiferencia<br />
Y la melancolía</p>
<p>Es secreto de silencios<br />
Inspiración de  suspiros…</p>
<p>*De Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>PALABRAS SIN PENSAMIENTOS, NUNCA LLEGAN AL CIELO&#8230;</p>
<p>NANA DE LAS PALABRAS* </p>
<p>Mis palabras, suben volando, mis pensamientos se quedan aquí abajo;<br />
palabras sin pensamientos , nunca llegan al cielo.<br />
WILLIAM SHAKESPEARE </p>
<p>Todos los días. Todos.<br />
Menos los  tiempos de los errantes miedos.<br />
Ella, encierra todas las mujeres, todas.<br />
Hija, madre, esposa. Nona, hermana.<br />
Acaso amante desterrada.<br />
Las que están acá.<br />
Las que quedaron en la patria lejana.<br />
Las que se fueron en esta nueva tierra.<br />
Guarda  sus palabras espejadas.<br />
Ella. </p>
<p>Todo sirve.<br />
El baúl de la abuela.<br />
Las cajitas de sándalo.<br />
Un vaso de cristal de camafeo.<br />
Un cántaro de barro.<br />
Mamushkas.<br />
Una concha de nácar.<br />
Una nuez. Una almendra.<br />
Un poliedro de cuarzo.<br />
Un libro. Un corazón.<br />
Los ojos de un infante dormido. </p>
<p>Las desbroza de penas y las guarda.<br />
Luego las saca, claro.<br />
En tiempos de sequía, en hambrunas.<br />
En éxodos. En destierros. </p>
<p>Algunas, vuelven, en amores tardíos.<br />
Pequeñas rosas negras se enredan en su pelo.<br />
Otras, caen como cascadas de golondrinas blancas.<br />
Salen guaguas, con sabor a frutilla.<br />
Buscan la panza de los niños de barro.<br />
Pájaros surgen. Pañuelitos. Pétalos, Lino. Raso.<br />
Dócilmente calman la exaltación del hombre.<br />
-Saben, que el amor es ardor y ternura- </p>
<p>Las más frágiles, caen en barquitos de papel, al mar.<br />
Ella  sube, las acuna, les canta, las escucha, las piensa.<br />
Les da vuelo. Aova.<br />
Deposita nuevamente en la arena&#8230;y las nace.<br />
En la arena&#8230; las nace&#8230; </p>
<p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p>
<p> VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.</p>
<p>En Ingeniero White hay cientos de museos ferroviarios*</p>
<p>Acerca de Ferrowhite (museo taller)</p>
<p>Ferrowhite es un museo que aloja herramientas y útiles recuperados tras la privatización y el desguace de los ferrocarriles en Ingeniero White, Bahía Blanca y su región. Es una colección de piezas provenientes de distintos talleres y dependencias, una suerte de rompecabezas. Saber cómo y para qué se utilizaban esas herramientas, de qué modo se organizaba el trabajo en el que se empleaban, y por sobre todo, quiénes las utilizaban, depende en gran medida del relato de los propios trabajadores ferroviarios. Por ese motivo una de las actividades básicas y continuas del museo es la realización de entrevistas. Lo que en esas entrevistas aparece, sin embargo, es mucho más que información técnica. Cada voz testimonia una experiencia de vida y va tramando con las otras una compleja red de identidad y disenso, de solidaridades y conflictos. Esa red, podría pensarse, es el retrato vivo que una comunidad hace de sí misma, pero hoy la existencia de tal comunidad ha dejado de ser dato, algo que podemos dar por descontado. La reducción del ferrocarril a la medida de los intereses de sus concesionarios privados es una de las principales razones históricas para que el sentido de esta palabra se haya vuelto también una suerte de rompecabezas. Por eso la otra actividad básica y continua del museo es la puesta en circulación de estos testimonios a partir de su cruce con múltiples soportes y lenguajes: cuadernos, volantes, videos, muestras, performances, instalaciones y, últimamente, obras de teatro intentan la apertura de un espacio de aparición de relatos colectivos que permita descubrir, tras las palabras, o por las palabras, un espacio para la acción común.<br />
Una memoria colectiva sería en principio plural. No solo en cuanto a sus contenidos -todos los ferroviarios cuentan historias distintas-, o a sus formas -hay historias que todos cuentan, pero nadie las cuenta igual- también en términos de los recursos y procedimientos que se ponen en práctica: en Ingeniero White, hay cientos de “museos ferroviarios”. Osvaldo Ceci tiene uno, debajo de su cama. Allí hay guardados, en cajas, volantes, boletines, carpetas con cartas de reclamo acumulados durante más de treinta años de lucha sindical. Y allí acude Osvaldo cuando tiene que explicarnos el Plan Larkin, las huelgas del ’58 y el ’61. Osvaldo era jefe en el galpón de locomotoras de Ingeniero White. Una sola frase, en su voz potente, vuelve todos esos papeles documentos de candente actualidad: “Aún no está escrito que no se pueda ganar”. El museo de Mario Mendiondo, soldador, está en otro lado. Mario va caminando todos los domingos después de almorzar al cementerio, 20 cuadras a pie, y recorre puntualmente todas las tumbas de sus conocidos y amigos ferroviarios. Son más de doscientos. La historia del ferrocarril que Mario cuenta varía seguramente con cada itinerario elegido. En cualquier caso lo que importa es el propio movimiento, mantener ágiles las piernas y la cabeza. Ya nos invitó a acompañarlo una de estas tardes. El museo de Pietro Morelli, carpintero del galpón, comienza (o termina) con una placa radiográfica: “este es mi corazón”, y continúa con los pedazos de quebracho que conserva en el taller que construyó en su casa. El esfuerzo tremendo de trabajar maderas duras agrandó su corazón, “usted tiene el corazón de un deportista, me dijo el doctor”. Aunque el recorrido incluye también la madera de una guitarra de sonido dulce: “Yo quise ser carpintero porque quería hacerme una guitarra, para poder cantar”, lo que el museo de Pietro insiste en recordar es que no hay historias sin cuerpos que las sostengan. Cada memoria supone un modo de conservar o recuperar el pasado y un modo de utilizarlo, de actualizar ese pasado en el presente. La posibilidad de lo común estaría en ligar, no de una sino de mil maneras, el pasado al presente y el futuro.</p>
<p>*</p>
<p> 951 Jilguero, 3961 Mirlo, 3952 Tordo, 3962 Cóndor, 3953 Churrinche, 3963 Águila, 3954 Chajá, 3964 Flamenco, 3955 Chorlito, 3965 Martineta, la 3956 Ruiseñor, 3966 Cardenal, 3957 Charrúa, 3967 Calandria, 3958 Picaflor, 3968 Gaviota, 3959 Golondrina 3969 Zorzal, 3960 Ñandú, 3970 Garza. </p>
<p>Lo anterior no es la cita de un poema experimental, es una lista de nombres de locomotoras a vapor en la voz de Pedro Caballero, ferroviario de memoria prodigiosa. Pedro llega al museo en bicicleta, dona las más variadas revistas, innumerables herramientas del galpón que ha guardado muchos años en el patio de su casa, y habla con nosotros. Horas y horas. Pedro no sólo recita los nombres de las “vaporeras” que dejaron de circular en los ‘70, también el de los ministros desde el primer gobierno de Perón hasta el presente, el de los intendentes de Bahía Blanca desde el ‘45 hasta el presente, y el de los compañeros fallecidos en los últimos años tanto del galpón de locomotoras como del taller Maldonado (“&#8230;todos los que se murieron, los voy llevando en un cuadernito”). Pedro cultiva un proliferante “lirismo de archivo” (suponiendo que algo así pueda existir), un placer por enhebrar palabras y objetos en catálogos orales ritmados (¿alguien recuerda el recuento de las naves aqueas en la Ilíada?). Todos admiramos su memoria y su velocidad para engarzar un nombre tras otro sin aparente esfuerzo. A Pedro lo apasiona la historia, y lo demuestra de ese modo, espectacularmente, agregando como en una coda: yo me acuerdo de todo, y hasta él mismo se asombra al decirlo. Pero la memoria de Pedro Caballero luce, más que en esos listados (que si por un lado ordenan y conservan datos, por el otro borran particularidades) en el fechado preciso de acontecimientos de todo tipo (práctica más extravagante, y en principio, inútil).</p>
<p>La costumbre de Pedro de recordar con precisión y no dejar detalle fuera tiene, al parecer, dos movimientos: comienza por fechar lo extraordinario (el choque de una locomotora con un auto que traía dos ministros, día y hora exactos) y continúa en el deseo de volver extraordinario todo lo que fecha (la última vez que viajó a Buenos Aires hace un mes, hora exacta de partida y llegada, temperatura y cantidad aproximada de kilómetros recorridos a pie desde Constitución hasta el Monumental de Nuñez). Desde su pasión desbordante por la historia, alimentada por revistas semanales y enciclopedias, Pedro desemboca en la poesía. Y esa pretensión que parece inocente (recordar todo, y para hacerlo, singularizar todo) es profundamente subversiva, es la voz del que no deja que la historia se vuelva una sucesión de acontecimientos que se encadenan “naturalmente”. ¿Quién es capaz de acarrear cuatro tornillos y una llave inglesa de fabricación industrial y donarlos al museo diciendo “esto es histórico”? Pedro Caballero. ¿A quién le importa que no se olvide el nombre de todos los ferroviarios que trabajaron en el galpón de locomotoras?.. A Pedro Caballero. Porque el reverso de las series que se recitan es la extrema precisión que singulariza. En vez de mil doscientos ferroviarios: Aliaga, Alonso, Marcaccio, Samataro, y así&#8230; No es que la memoria de Pedro trabaje desde el absurdo, todo lo contrario, se apoya en algo semejante a lo que Duchamp consideraba lo “infradelgado”, que es aquello que en un mundo que masifica y produce objetos en serie hace de cada cosa algo único e irrepetible.</p>
<p>Lo “infradelgado” no es un atributo de las cosas aisladas, es producto de una relación. ¿Y no es acaso necesario contemplar miles de razones económicas, tecnológicas, políticas, climáticas, psicológicas, azarosas, etc., para que se produzca ese acontecimiento único que es su llegada a Buenos Aires y su caminata hasta la cancha de River? ¿No es eso algo digno de asombro? Pedro recorre el ruido de la historia, lo que ya no se escucha, y de ahí trae objetos, nombres, historias. Por eso no debería sorprender que tras el vozarrón épico de Osvaldo Ceci repasando treinta años de lucha ferroviaria, asome la voz de Pedro Caballero contando la vez que en el andén lleno de ferroviarios un gorrión se paró en la cabeza del legendario Samataro, y todos se quedaron un instante inmóviles y en silencio, “a las dos de la tarde”. Tras el haiku ferroviario, el dato preciso. Porque lo que el acontecimiento tiene de irrepetible e irreductible al sentido, también lo tiene de datable: no fue a la mañana, no fue a la noche, no fue en el campo; fue en el andén, a las dos de la tarde, el momento exacto en que tantas variables confluyeron para que suceda lo extraordinario, lo que no estaba en los planes de nadie, y un gorrión suspendiera el movimiento del mundo. Y así como un gorrión pudo parar la respiración de tantos ferroviarios en un andén (ahora imaginamos que es la voz de Ceci la que retoma el relato), también unos cuantos miles de ferroviarios y sus familias, perseguidos, reprimidos y encarcelados por el ejército, pudieron parar el país, y el plan Larkin, y los deseos del Banco Mundial, y del gobierno de los Estados Unidos. Y eso tampoco estaba en los planes de nadie.</p>
<p>*Marcelo Díaz, Ana Miravalles, Nicolás Testoni</p>
<p>Nota<br />
Osvaldo Ceci, Mario Mendiondo, Pietro Morelli y Pedro Caballero trabajaron juntos en el galpón de locomotoras de Ingeniero White. Juntos conforman uno de los elencos de Nadie se despide en White, experiencia realizada en el museo en diciembre de 2006.<br />
Nadie se despide en White fue “un documental en vivo”, en el que vecinos de Ingeniero White, pusieron en escena sus historias, bajo la coordinación de la dramaturga Vivi Tellas y un grupo de directores teatrales. Este texto retoma algunas partes de la página en internet en la que se narra esta experiencia: www.undocumentalenvivo.blogspot.com   </p>
<p>Ferrowhite es un museo dependiente del Instituto Cultural de la Ciudad de Bahía Blanca. Se inauguró en noviembre de 2004. Ocupa el edificio que fuera taller de mantenimiento de la ex usina General San Martín. Su director es Reynaldo Merlino.<br />
Funciona en Juan B. Justo 3885, Ingeniero White, tel. (0291) 457-0335, http://ferrowhite.bahiablanca.gov.ar/</p>
<p>*Fuente: VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.<br />
milena caserola. 2010<br />
-Contacto con los autores: viasargentinas@yahoo.com.ar</p>
<p>Apenas*</p>
<p>Una gota de piel<br />
        un roce en la muñeca<br />
hebras del cuerpo.</p>
<p>Se oye el ir y venir. El tiempo:<br />
una tapicería de dulces jaguares</p>
<p>sobre la seda<br />
del espacio pequeño del contacto</p>
<p>*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p>
<p>Del saber, de la ignorancia y Venecia*</p>
<p>*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com</p>
<p>En el aeropuerto, en el tren o en el aula estoy a merced del narrador que me concede en la misma proporción milagros y sacrificios.<br />
A las ocho de la mañana llega el primer cordero, o ángel caído, o verbo no conjugado. Llega con los ojos irritados de haber dormido poco. En este cuento el narrador me asigna el rol secundario para que pueda vivenciar en toda su dimensión la purificación del martirio. Quien asume el rol protagónico del relato, llámese, por ejemplo, Puntos Suspensivos, reparte papeles fotocopiados: en el punto A, dudas hamletianas. En el punto B, preguntas edípicas. En ningún momento A y B se juntan. Son paralelas<br />
literarias.<br />
Los Puntos Suspensivos mandan y yo silencio. Porque silencio, el narrador se apiada y deja el cuerpo sentado en el sitio que me ha sido asignado, pero toma con la punta de los dedos el envés del alma y la sube al vaporetto, que me conduce al hotel La Fenice.<br />
Mi amante me espera en la Parada S. Angelo. Se alegra de verme llegar antes del anochecer porque de lo contrario nos pasaríamos horas entre canales, pasajes y escondrijos, prodigando improperios contra el narrador que nos escribe, pues de noche es imposible encontrar el hotel. El ángel caído garabatea en su hoja. El narrador me saca de Venecia y me coloca nuevamente en la silla del aula, a la vez que colma los labios de mi amante con cálidos sorbos de oporto mientras aguarda que regrese a su plano narrativo.<br />
El ángel caído escribe. Mi amante espera. Los Puntos Suspensivos, ajenos a estos menjunjes literarios, me cuentan, en voz baja, la historia de su alumno: hace cuatro años que viene a rendir la misma materia y siempre sale mal. Trabaja para ayudar a la familia. Hace cuatro años que los Puntos Suspensivos les toman el mismo examen y el muchacho no aprueba. (El narrador es un carnicero).<br />
El ángel caído entrega la hoja. Mientras los Puntos Suspensivos leen y se espantan, yo completo con letra de vocal de mesa cada renglón del libro de actas. Negra es la sangre vuelta tinta que se vierte sobre el papel. Con indignación, los Puntos Suspensivos me revelan que el ángel caído ha confundido a Hamlet con Edipo. Si el narrador se apiadara de mí y tuviera a bien traer a mi amante a este plano narrativo, él diría: &#8220;¡Joder! ¡El chico tiene razón! ¡El chico no sabe todo lo que sabe, y los Puntos Suspensivos no<br />
saben todo lo que no saben!&#8221;. Pero tengo claro que sacar a mi amante de Venecia y colocarlo entre los pupitres sería una maniobra fraudulenta, inverosímil, para un narrador de su estirpe.<br />
Los Puntos Suspensivos salen del aula. Mi amante me reclama. Llueve mucho, allá, en Venecia. Acá el sol de diciembre brilla como una linterna. Allá suena &#8220;Misty&#8221; en el piano de Erroll Garner, no sé si en el aire o en la cabeza de mi amante. Acá suenan los tacos negros de los Puntos Suspensivos que regresan al aula y dan el veredicto: uno.<br />
El narrador me asigna el derecho de formular una pregunta: &#8220;¿No le das oportunidad en el oral?&#8221;. &#8220;Ya fui a preguntarle y me dijo que no estudió, para qué vamos a perder el tiempo&#8221;. Con sangre hecha tinta echada a perder, lleno el casillero de las notas: 1 (uno), 1 (uno). Uno. Dentro de un paréntesis me pregunto de dónde les viene a los personajes protagónicos la convicción de su propia sabiduría. De dónde les viene la idea de la ignorancia. Por qué el narrador les ha hecho a ellos parcelas tan bien<br />
delimitadas de lo que es y de lo que no es, y en cambio, a mí me ha encomendado el revoltijo de las vinculaciones, el recóndito y difícil mar interpretativo, el inmensurable territorio de los posibles, los otros criterios. Cierro el paréntesis de mis cavilaciones y firmo.<br />
Más temprano que tarde, el narrador deja mi rol letárgico en el cadalso escolar y transporta mi vitalidad al cuarto de La Fenice. Dice mi amante que &#8220;Misty&#8221; tiene el poder de tapar los agujeros del infierno. Yo lo admiro por eso. Dice que estamos en un lugar donde la lluvia inunda lo imposible. Yo lo<br />
amo por eso. Dice algo sobre &#8220;il camparino&#8221; que me hace reír y dice que dos ríen más que uno. Yo brindo por eso. Dice, en Pavoda, ante el Giotto, que el beso de Eva y Adán es el primer beso humano y yo levito por eso. Mientras él dice y besa, &#8220;Misty&#8221; suena en la cabeza del narrador que se embriaga y nos<br />
escribe en todos los planos sensitivos.</p>
<p>*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-31699-2011-12-17.html </p>
<p>*</p>
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		<item>
		<title>CAEN GOTAS DE NOCHE SOBRE LA SOLEDAD DE LOS ZAPATOS&#8230;.</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 22:59:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>inventivasocial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[¿DE DONDE SON LAS GAVIOTAS?* *Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar ¿De dónde salían las gaviotas que vi volar alrededor del arado donde mi abuelo iba sentado, roturando la tierra? ¿De dónde venían, tan blancas, a veces con un pequeño luto en la punta de las alas, siempre voraces, siempre hambrientas? Tal vez de aquellos cañadones, en [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=inventivasocial.wordpress.com&amp;blog=467829&amp;post=227&amp;subd=inventivasocial&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿DE DONDE SON LAS GAVIOTAS?*</p>
<p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p>
<p>¿De dónde salían las gaviotas que vi volar alrededor del arado donde mi abuelo iba sentado, roturando la tierra?<br />
¿De dónde venían, tan blancas, a veces con un pequeño luto en la punta de las alas, siempre voraces, siempre hambrientas?<br />
Tal vez de aquellos cañadones, en cuyas orillas que festonaban los juncos, las espadañas, los espartillos, las plantas acuáticas en medio.<br />
La tierra al ser volcada era muy negra, al paso del sol y de las horas iba tomando un color más claro, tal vez influyeran también los minerales que durante siglos estaban en el vientre del mundo.<br />
Las tres rejas pobrísimas iban dando vuelta la tierra y sacaban al aire los gusanos, gusanillos e isocas blancas que  eran el manjar no sólo de las gaviotas sino de numerosos pájaros menores que iban a la arrebatiña que producían las gaviotas con sus gritos y sus vuelos rasantes.<br />
A veces yo seguía a mi abuelo y me ponía a distancia prudente, mi presencia no era respetada por el hambre y la angurria de las aves diversas. Cuando mi abuelo me descubría invariablemente me marcaba de regreso. ¡Cómo me hubiera gustado que me subiera en su falda!  Si eran mis tíos los que araban la cosa era distinta. Me alzaban y me sentaban en sus rodillas ya que el aradito tenía un solo asiento, y hasta me dejaban tocar ese doble par de riendas, para darme la ilusión que yo manejaba los ocho percherones que trabajosamente arrastraban esas tres pequeñas rejas de hierro que la tierra ponía brillosa y cuando se dejaba de arar por medio de una palanca se alzaban y el sol se veía allí en su plenitud y lo reflejaba como  espejos.<br />
Por el camino rural de vez en cuando se veía una polvareda que se iba acercando y luego al pasar junto al alambrado donde mi abuelo estaba arando el conductor saludaba con un grito, mi abuelo levantaba apenas el látigo a modo de respuesta, y enseguida el silencio del campo que llegaba antes de que el polvo se asentara de nuevo en la calle.<br />
A veces pasaban los obreros de Vialidad Nacional que estaban reparando los caminos con esas grandes aplanadoras “Champion”, o algún jinete de vez en cuando y más raramente aún un auto. Los que sí se veían con más frecuencia eran los pequeños Ford T o la “Justicialista”, una chatita de industria nacional que fue fabricada previamente al popular rastrojero allá por los cincuenta del siglo pasado. Estos vehículos eran más frecuentes porque transportaban tambores de gasoil o de aceite hacia las chacras que las usaban de combustible, o bolsas de harina para amasar el pan, que no entraban en el espacio reducido de un sulky.<br />
 Los tractores eran pocos todavía, y sólo muy raros chacareros lo tenían. Estaban los Massey Ferguson, los Hanomag y el popular y criollísimo “Pampa”, todo pintado de verde. Eso recuerdo.<br />
 Y volviendo a las gaviotas, aunque no he averiguado el origen, no las supongo sobrevolando las orillas de un mar lejano y creo comprender que éstas de los bañados eran más chicas, y a su vez, alternaban con otras especies como las cigüeñas, los chorlitos, las bandurrias, la diversidad de patos: crestones, picazos, siriríes, zambullidores, maiceros, etc. También con los flamencos blancos y los rosados, y con las garzas blancas y las garzas moras que cruzan el aire solitarias con ese silbido tan triste que zurce el horizonte plano y sangrante del atardecer.<br />
Estas gaviotas merodeaban la tierra cuando todavía se araba porque le producía una vasta y surtida oferta de alimentos para ellas y sus crías que usaban ese graznido tan desagradable y lastimero.<br />
Con lo que ellas dejaban se alimentaba toda familia de pájaros menores menos el biguá que lo hacía estrictamente de los caracoles que pescaban a la orilla de los cañadones donde corría poco el agua.<br />
En los atardeceres cuando mi abuelo levantaba esa palanca y las rejas ya no brillaban al sol porque con su sangre iba pintando los campos, la estribación de los montes, el lomo de los terneros que balaban sangradamente buscando a sus madres y algo de ese fleco rojizo del crepúsculo se posaba en el sombrero lleno de tierra y sus bigotes cansados que a la noche, como siempre, filtrarían el vino antes de pasar airoso y feliz por su garganta italiana.<br />
A lo lejos las luces del pueblo no llegarían a iluminar las numerosas perdices echadas en medio del campo, en silencio como una araña dormida.</p>
<p>CAEN GOTAS DE NOCHE SOBRE LA SOLEDAD DE LOS ZAPATOS&#8230;</p>
<p>EL TORITO, mi primer perro*</p>
<p>Los lápices que se esparcen<br />
por la casa me recuerdan<br />
aquellas caminatas<br />
por las tierras del sol.</p>
<p>Del patio un caldero de cobre<br />
con burbujas de dulce de higo.<br />
Que a escondidas y quemándome,<br />
a la siesta gustaba probar..</p>
<p>Al tío yugoeslavo que tomaba mate<br />
bajo la glorieta en flor,<br />
y que un buen dia<br />
me ungió:<br />
&#8220;Serás la cebadora oficial de mate de la familia,<br />
Martonita&#8221;.<br />
A los tres años, gran emoción..</p>
<p>La enorme biblioteca de mi tia mayor.<br />
El baño con densa neblina.Y su tocador.<br />
La tia en su bata.. Con guantes<br />
revisando el polvo.<br />
Ardida de calor.</p>
<p>Al lado<br />
una boquilla de oro<br />
con un cigarrillo apagándose<br />
al ritmo de un sillón.</p>
<p>Los azahares, el auto,<br />
mi grito de dolor.<br />
Cruzábamos la calle.<br />
Mi padre iba conmigo.<br />
Torito iba adelante<br />
Murió en mi brazos. Con un suspiro.<br />
Frente a la casa de mi tía mayor.</p>
<p>A mis  queridos tíos, Flora Zabaleta de Jakas y Marcos Jakas. QEPD<br />
Villa Cañás, 1940</p>
<p>*de Marta Zabaleta, mzabaletagood@gmail.com<br />
Essex, 12 de diciembre 2011</p>
<p>Una charla con Heráclito*</p>
<p>El aire , mece el sonido, cuna, cura<br />
La noche es un lecho de sueños revueltos que giran. Por cada velo caído, asoman infinitas ventanas, aparecen y se desvanecen los deseos. A nadar la noche, los pájaros con ruidos brillantes invitan a  tirarse en ese oscuro tiempo del río que nos moja tantas veces el mismo. La piel mueve los sueños-</p>
<p>*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p>
<p>El tiempo*</p>
<p>el tiempo que desfila<br />
por las venas<br />
ha dejado muestras<br />
de un recorrido indefinido<br />
permeable a las sorpresas<br />
iracundo a los desengaños.</p>
<p>Recorre, por lapsos. tan ligero<br />
que no puedo inmovilizarlo<br />
entre mis manos.</p>
<p>Él fluye sin pausas<br />
cual vertiente del arroyo<br />
humedeciendo regando<br />
el calor del vagabundeo<br />
por los eventos de la vida.</p>
<p>En minutos puedo ser pétalo<br />
desafiante ante el brillo de la luz.</p>
<p>Deslumbrada por las gotas de rocío<br />
Me olvido del futuro<br />
No intento mirar lo que vendrá<br />
Aunque arriesgue la odiosa<br />
humanidad y la costumbre<br />
de adivinar que va a suceder.</p>
<p>El tiempo con sus contraseñas<br />
Da aviso  impertinente<br />
Que quizás llegue una hora<br />
en la que tenga que partir<br />
A otra dimensión…</p>
<p>En  su fuga de cambiar inapelable<br />
A pesar de las arrugas y los achaques<br />
Con  un gesto de hidalguía<br />
y mis  artes de persuasión<br />
Le hago frente a su osadía.-</p>
<p>*De Azul. azulaki@hotmail.com</p>
<p>VIDENCIA*</p>
<p>Zulema buscó con ansiedad los ojos de la tarotista.<br />
_¿ Y ¿ ¿Qué ve?<br />
La mujer dio vuelta las cartas lentamente.<br />
Acomodó algunas, contó las filas y las hileras y, pensativa, descansó su dedo índice sobre sus labios.<br />
Luego de un breve silencio, levantó los grandes ojos negros y la miró de fijamente.<br />
_No hay por qué preocuparse_ le dijo.<br />
_Tenés las mejores cartas. Vas a ganar el juicio y cobrarás mucho más de lo que imaginabas.<br />
Con la voz temblorosa por la duda y la emoción, Zulema volvió a inquirir:<br />
_¿Y ese hombre? ¿Qué pasa?<br />
La mujer volvió a juntar las cartas. Las mezcló y separó diez, formando un círculo sobre la mesa.<br />
_ Otro éxito_ dijo _En un mes vuelve a tu vida. Te espera un año maravilloso, lleno de prosperidad y amor. Al fin, después de tantos problemas.<br />
Dos lágrimas recorrieron el rostro de Zulema.<br />
 _ ¡Gracias!_ murmuró. La sonrisa transformaba su cara luminosa.<br />
_ ¡Me habían dicho que eras magnífica!<br />
Al marcharse, se  volvió nuevamente hacia la adivina y le repitió:<br />
_¡Gracias!<br />
La tarotista cerró la puerta y apoyó en ella la espalda.</p>
<p>Una mirada cansada cruzó sus ojos.<br />
_ ¿Quién era? _ preguntó su hija<br />
_ No importa _ respondió lentamente _ En tres días se muere.</p>
<p>   *De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar </p>
<p>El ahorro es la base de la fortuna&#8230; de los otros&#8230; *</p>
<p>*Por Carlos Alberto Parodíz Márquez . parodizlaunion@gmail.com</p>
<p>Otra postal retardada de un 2004 de dibujo impreciso.</p>
<p>• La buseca no me gusta -<br />
• Esa es una comodidad intelectual. Bien podrías olvidar las invitaciones a comer que traspolaron tus sabores -<br />
• De todas formas, no puedo decirte lo contrario, porque decida comer en el barrio o en mi casa. La buseca no me gusta –</p>
<p>- Me parece que estás agrandado ya que desde hace un tiempo, dejaste en el pasado las milanesas, algunas ravioladas y quizás en el olvido, los bifes anchos de hígado y espesos, sin olvidar las albóndigas fritas -</p>
<p>Me sentí humillado por la deriva de la charla que tenía lugar frente a una fuente gigante de anchoas -aceite de oliva mediante-, que navegaban plácidas esperando turno. A su lado, gratificando la ausencia de soledad, aguardaban perfectos cortes, tostados de pan, untados con salsa tártara. </p>
<p>Teníamos, delante eso sí, como dos columnas dóricas, sendos vasos altos, conteniendo aperitivo francés anisado, potenciado por un toque de Cointreau, que le sumaba sabor muy particular. Es decir que el rumbo de la disputa estaba trabado por el entorno y los servicios, restándole seriedad </p>
<p>-como siempre- a estas discusiones que sosteníamos con Yon, a la hora de las recriminaciones, que solían coincidir con ese brindis previo.</p>
<p>Le dediqué una nostálgica mirada a la escuadrilla gris de lomo, morada de vientre y dejé para luego proseguir defendiendo mis preferencias. </p>
<p>El lugar, en realidad un link de golf, reciclado en medio de la vegetación, todavía furiosamente verde, reunía fantasías suficientes para no querer partir. </p>
<p>Teníamos tiempo siempre lo teníamos – puesto que el vasco había ordenado “Rabas a la Eibar”, una creación suya que iba dejando, como los chicos estampitas en el tren, para que quedara su plato registrado en la lujosa carta que se entregaba a los recién venidos. </p>
<p>Yo sostenía la secreta esperanza de que el blanco elegido fuera Chardonay, puesto que la cepa me simpatiza, en realidad me enternece, ya que provoca bucólicas evocaciones, pero para ese momento faltaba tiempo; incluso antes, a las extrañas tertulias de Yon, le habían asignado su protocolo a cumplir.</p>
<p>Curiosamente, sólo algunas parejas flotaban en ese paisaje irreal que, como ocurre en este país, era la viva contradicción con la postal que ofrecía la autopista próxima, en calidad de paisaje urbano.</p>
<p>“Es brutal como se ensaña”, igualito que en el tango, la realidad que debe acomodarse. </p>
<p>El maître y un reducido cortejo, en tanto, en los lugares umbríos, apagaban luces discretas, cambiaban otras para sumarse a la cruzada cu.lo.ro.to., sigla paradójica que define a la cumbre local rocambolesca total; entidad dedicada, entusiastamente, a defender causas perdidas; proponer reivindicaciones delirantes, como recuperar los buenos modales, saludar a conductores de colectivos y taxis, decirle buen día al vecino que nunca vuelve la cabeza cuando lo cruzamos, tarea en la invierten horas de congresos y convocan a prestigiosos opinólogos, en cuestiones solidarias, aunque cuando estos llegan, dejan el Rover, estacionado a diez cuadras en una cochera subterránea.</p>
<p>La Fundación era la que venía a reclamar ante el vasco, buenos oficios, para hacer llegar su petición sobre que las luces de la casa de gobierno, el ministerio de economía, todas las dependencias oficiales del gobierno nacional, municipal de la ciudad de Buenos Aires, para generar ejemplos imitables, dejen de tener durante las 24 horas, encendidas las de sus edificios.</p>
<p>Traían como ejemplo el gesto de Caroso el escribidor de Almagro, que reactivó el legendario Primus para menudencias tales como prepararse la comida y calefaccionar su ambiente -para no exagerar la comodidad-, con el heroico braserito que lucía, orgulloso, una latita de tomate al natural CICA, portando trozos de eucaliptus para que el anhidirido carbónico que le llegaba al dormir tuviera olor a menta. </p>
<p>El escribidor, por supuesto, ponderó la adrenalina provocada por el gesto y que lo llevara a apostar con su vecino Malinche, si amanecía vivo después de respirar buena parte de la noche la portentosa combinación. Se enfervorizaba al explicar ante el auditorio, escéptico, reticente, cariacontecido, los beneficios por lograr una patria libre, justa y soberana desde ese esfuerzo colectivo. Mucha bola no le daban.</p>
<p>Pero los visitantes traían una clave más pesada, pedirle al ministro Aníbal Fernández, la tercera foca argentina, segunda en un mismo gobierno, el plan salvador para paliar la crisis energética durante el invierno que se viene y sería solución para propios y extraños.</p>
<p>- ¿De que se trata? – fue la consulta distante de Yon a quien parecía encabezar la delegación, que lucía como distintivo identificatorio, la blanca suela de un zapato calibre 45 en la base posterior de su jean negro, para que el mensaje fuera claro en sus presentaciones.</p>
<p>- Nuestra propuesta consiste en marchar a Plaza de Mayo encabezados por Blumberg, Castells, Alderete, cuyo apellido reúne la cacofonía adecuada a la confección de los cantitos, el perro Santillán, para que sepan que la frase “ladran Sancho” es una verdad casi cierta, como la realidad y otros respetables protestadores a plazo fijo, conducidos por Carlos Heller, decididos a que el espíritu credicooperativo no fuera cuestionado.</p>
<p>Casi como aquello de la sangre que nunca sería negociada, aunque hay quienes aducen que buena parte de ella se encuentra invertida en Barcelona, porque suscriben que siempre que llovió paró. </p>
<p>-Está bien. ¿Pero que debo decirle a Fernández? –</p>
<p>Yo pensé en un buen destino para esa respuesta, pero la gente se me anticipó.</p>
<p>-Que marchamos para mostrarle nuestro acuerdo con el aumento de sueldos a los funcionarios que los va a llevar de tres a seis mil pesos, pero que esa diferencia en la liquidación se aplique a pagar las multas de los que no puedan hacerse cargo del aumento derivado de los ahorros por la crisis energética y de esa forma, quizás empatemos las cuentas y podamos decir que, “para el pueblo lo que es del pueblo”. </p>
<p>Cuando las empresas, patrióticamente inviertan para corregirla, esa generosa contribución de nuestros funcionarios, podrán pasar por caja a cobrarla.- </p>
<p>Yon se quedó mudo. Yo con la boca abierta, como siempre y una abeja peregrina, casi instala un panal de micro emprendimiento en ella. Me quedé espantado por la esperanza de esas miradas y me volví para beberme la copa, a sus espaldas y recuperar la fe en los pigmeos orientales, que anunciaron victoria, por la vuelta; brindé por eso.</p>
<p>Antonia se desnudaba*</p>
<p>Antonia se desnudaba ante mí<br />
con desenvoltura y no sin pudor<br />
al tiempo que yo hacía lo propio<br />
con pudor y sin desenvoltura</p>
<p>Procedió Antonia con desenvoltura<br />
y ya sin pudor<br />
en las previsibles instancias subsiguientes</p>
<p>De mí, ¿qué quieren que les diga?:<br />
fui un éxito.</p>
<p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p>
<p>Blues de un dolor apaciguado*</p>
<p>  Caen gotas de noche sobre la soledad de los zapatos .</p>
<p>*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p>
<p>*</p>
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