100% PREPARADO (con pura carne de sobisch)

Octubre 27, 2007 por inventivasocial

100% PREPARADO (con pura carne de sobisch)

Sábado, 27 de Octubre de 2007
Las tizas y la sangre*

*Por Osvaldo Bayer

Mañana habrá elecciones. La pena y la vergüenza íntima es ver candidatos en cuya gobernación se mató a maestros u otros cuya filosofía fue el tiro fácil. Los “eslogans” partidarios cada vez más parecen de venta de productos: “Ciento por ciento preparados”, “Votá en defensa propia”. (Estoy en la escuela del barrio muy humilde de Neuquén donde enseñaba Carlos Fuentealba, asesinado en la forma más vil. Lo que poco se sabe es que meses antes de su muerte, los alumnos de ese colegio habían elegido a Fuentealba
“el maestro más querido”. Hoy, en el mismo colegio que ahora se llama precisamente Compañero Carlos Fuentealba, hay un cartel que dice: “Sobisch, ciento por ciento preparado para manchar las tizas de sangre”. Nunca jamás, Sobisch, candidato a presidente, podrá lavar esa frase de su currículum.)
Volvamos a los comicios. Ningún partido se compromete y lo expresa: “Terminaremos con los niños hambrientos” ni “Trataremos de reducir el nivel de pobreza a cero”. Tampoco “En cuatro años reduciremos las villas miseria a la mitad dando techo a las familias que allí viven”. Ni “Crearemos planes trabajar para eliminar la desocupación”. O “Mientras haya niños con hambre no hay verdadera democracia”. O, por lo menos, pensando en la calidad de vida: “Terminaremos el caos de tránsito que envenena nuestras ciudades regulándolo, construyendo túneles en todos los pasos a nivel, apostando a
los trenes y a los subtes”. Para saber lo que quieren. Y si no cumplen, pues no se los vota más.
No, todo es generalidad superficial, promesas de palabras, que se traducen como falta de responsabilidad.
Esto también forma parte del interrogante fundamental que se hace en el mundo acerca de nuestro país: ¿cómo es posible que con tantas riquezas y relativamente poca población muestre tales estadísticas de pobreza y violencia y catorce golpes militares en menos de un siglo del comienzo de elecciones democráticas? Todo esto para llevarnos a la dictadura con la represión más cruel de la historia universal y la desaparición de personas (sólo comparable con la del nazismo y con la de la conquista
española -bendecida por los obispos católicos hispanos- y para eso basta citar la ejecución de Tupac Amaru, su hijo, su esposa y su hermano).
Todo fue posible en el país argentino por ese “mirar hacia delante” de nuestra cultura política, basada en el “progreso” dictado desde la ávida Europa.
Y vayamos al espejo donde nos miramos todos los días. Tenemos un monumento al primer golpista, fusilador de obreros, el general Uriburu. El más grande de la ciudad de Balcarce. Eso lo dice todo acerca de nuestro “coraje civil”.
Tenemos una ciudad en la Patagonia que se llama General Roca. Es como diría el escritor alemán Sebastián Schoepp: “Tener un monumento de Hitler en Auschwitz”. Más preciso, imposible.
Y nos quedamos en Schoepp. Hace poco, en una brillante nota hizo un profundo análisis de la medida tomada por el alcalde de la ciudad de Lima, Luis Castañeda, quien decidió quitar para siempre del centro de la ciudad el monumento del conquistador Francisco Pizarro, el destructor de la nación inca. Porque Pizarro fue un asesino masivo, así lo dijo el alcalde peruano, y todo lo contrario de un héroe del pueblo. La estatua de Pizarro la había llevado a cabo el norteamericano Charles Ramsay, escultor y apasionado
jugador de polo de Buffalo, EE.UU. Siempre había modelado en bronce cow-boys, caballos y bisontes. El yanqui quería representar “la conquista y el progreso” en la figura del verdugo de Atahualpa, a quien asesinó después de robarle una habitación llena de oro. Luego, Pizarro hizo asesinar a su compañero de aventuras Diego de Almagro. Pero lo pagó caro porque luego fue muerto por españoles partidarios de Almagro. Progresistas, los europeos.
Nuestro general Roca repetía en cada discurso “los salvajes, los bárbaros” para referirse a nuestros pueblos originarios. Habría que preguntarse quiénes fueron los verdaderos bárbaros y cuál fue el verdadero progreso.
Todo se hizo por dinero y nada más que por eso. Entre 15O3 y 1660 llegaron a Sevilla 3,5 millones de kilos de plata y una cantidad similar de oro desde Latinoamérica. El oro de los incas -sostiene Schoepp- enriqueció a la Europa occidental y le dio el empuje para su enriquecimiento económico.
Latinoamérica paga todavía hoy esa conquista y la esclavitud sufrida por su gente autóctona,
En cambio, todavía hoy, España sigue considerándolo un héroe. Y se sigue aprovechando. Miles de turistas van a visitar por año a Trujillo, en Extremadura, donde nació el asesino de Atahualpa. Agrega Schoepp: “Las estatuas del fascista Franco -fusilador de poetas- han sido casi todas eliminadas de España, pero la de los conquistadores que mataron a miles de pobladores latinoamericanos, esas continúan”.
El único que criticó la decisión del alcalde Castañeda de acabar con Pizarro fue, por supuesto, el escritor Vargas Llosa, quien se borocoteó desde hace más de una década desde la izquierda a la derecha. El alcalde de Lima hizo poner donde estaba el monumento a Pizarro la bandera multicolor del
Tahuantisuyu, de los pueblos andinos.
Esto hubiera sido imposible en la Argentina. Hace tres años pedimos a la Legislatura el alejamiento del monumento al genocida Roca del centro de Buenos Aires y hasta ahora no fuimos recibidos. El Chango Farías Gómez, presidente de la Comisión de Cultura, nos prometió recibirnos en febrero pasado y ya estamos en octubre. Tiempos argentinos. Se nos dice que están todos esperando la asunción de Macri. El ama desbordadamente a Roca, como corresponde. Después de todo el general entregó 41 millones de hectáreas de nuestras mejores pampas a 1300 estancieros encabezados por Martínez de Hoz, bisabuelo directo de nuestro conocido. Nada cambia, todo se mantiene.
Pero hay cosas del pueblo que a uno lo llenan de emoción. Entro a Chos Malal, sí, allí en el Neuquén, y veo que a la calle Roca en la mayoría de los carteles le han adherido un papel impreso con la palabra asesino. La Legislatura de Morón me invitó a exponer los motivos de por qué hay que eliminar al coronel Ramón Falcón de las calles de ese partido. Hablo de la represión bestial del 1º de mayo de 1909 contra los obreros, hablo de la represión contra las mujeres por la huelga de conventillos de 1907… y más y más. Ha comenzado el debate, al parecer. Y luego habrá que responder el porqué nuestra democracia nunca se defendió contra los golpes militares. Y por qué hemos levantado monumentos a Roca por doquier sin preguntarnos si con eso no aceptábamos la premisa que para “progresar” hay que matar. Y endiosar a quienes, como ese militar, pronunciaba la palabra “exterminar” en el Congreso de la Nación para referirse a los que poblaban estas enormes distancias desde sus orígenes.
Treinta y seis monumentos a Roca. Hitler en bronce en Auschwitz. Votá en defensa propia. Estamos ciento por ciento preparados.

*Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-93625-2007-10-27.html

El artista, las matemáticas y el universo*

*Por Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com

Probablemente fue en el Antiguo Egipto donde surgieron por primera vez las matemáticas, debido al imperativo práctico de tener que levantar catastros con los cuales medir las crecidas del Nilo, tan importante para una sociedad agrícola como aquella que dependía de sus frecuentes aluviones.
Se iniciaron así las ciencias aritméticas y geométricas. Con el desarrollo lógico de los números y
del cálculo espacial se hizo de la noción de medida un fundamento del pensamiento que incluía no sólo a las llamadas ciencias exactas, sino que sería además motivo de la especulación filosófica, de la concepción y constitución del arte, regla incluso del juicio moral y el cálculo económico.
Con el pasar del tiempo el número y la geometría revelaron particularidades propias del todo
insospechadas. La matemática conquistó por sí misma su autonomía no sólo como instrumento de medida, sino como sistema abstracto capaz de generar y demostrar sus propios axiomas y enunciados, los cuales abrían posibilidades inéditas de exposición y desarrollo del número y el análisis espacial.
La primera gran escuela matemática de la antigüedad que se recuerde, estuvo originalmente situada en
Sicilia, una importante isla de la región que históricamente se conoce como la Magna Grecia, al sur
de Italia, a orillas del mar Mediterráneo. Era parte de la expansión cultural de la civilización griega por esa zona donde fueron fundados, antes de nuestra era, lucrativos emporios comerciales.
Pitágoras de Samos fue el gran maestro de los matemáticos griegos el cual creó, con evidentes
propósitos pedagógicos e investigativos, una orden, la de “Los pitagóricos”, la cual constituía una forma de vida basada en el rigor disciplinario; es lo que se conoce como el vivir teorético. O sea, la vida de una
colectividad ajustada, siguiendo parámetros de las civilizaciones del Oriente, al común acuerdo a unos
preceptos teóricos y una doctrina.
Los pitagóricos establecieron rígidos rituales diarios (juraban al atardecer por el gran Tetrackis,
intelección aritmética de Dios) adoptaron la alimentación vegetariana (una dieta en la que abundaban las habas) practicaban las comunidad de bienes y de este modo sacralizaron su relación con el número, la geometría, la música y la astronomía. Pues fundamentaron, con su concepción de las matemáticas,
el estudio de los siete planetas visibles, en los que intuyeron una estructura aritmética correlativa a las
siete notas musicales. Ellos afirmaron que mediante un largo entrenamiento, sometidos a la depuración que trae consigo la vida religiosa en comunidad, podían llegar a escuchar la música celeste de las esferas.
El carácter sacro del conocimiento, aportada a la historia del pensamiento occidental por la secta de
Los pitagóricos, presuponía un ideal comunal y religioso que se identificaba con las indagaciones
teóricas, las cuales partían de la siguiente premisa moral: no es posible acceder al verdadero conocimiento del Número si no se tiene en consideración la pureza, puesta a prueba, del estudiante, del investigador.
Es el mismo concepto que primó en la Edad Media en los estudios de alquimia. Partiendo de la importancia del papel que juega la interpretación en una investigación, el verdadero oficiante, a la hora de relacionarse con los compuestos químicos para intentar desentrañar con ello misterios de la materia, tenía que mantener, ante la colectividad de iniciados, una pulcritud ética. Así el más profundo conocimiento nacía de una relación que anteponía incluso los valores de la colectividad (la Fratría más original) a los de la propia búsqueda cognoscitiva.
Pitágoras desarrolló junto a sus discípulos el sistema decimal. Lo que de ser cierto implicaría, para esa
temprana época, la invención del cero. A este sistema de orden y cálculo se le dio contenido práctico en la organización social de Grecia y más tarde de Roma.
Esto determinó el surgimiento de uno de los primeros paradigmas científicos de la historia de la cultura:
el proyecto matemático como noción de unidad y medida del universo. Aunque esa ciencia, para los griegos, no era, en modo alguno, ajena a la especulación filosófica, ni a una forma de estudio revestido casi siempre de un carácter sectario, fraternal y religioso. Los griegos se afanaron a partir de
Pitágoras en hacer de la noción de medida, de las virtudes concomitantes a esta noción, la mesura, la
templanza, la proporción, el equilibrio, la armonía, lo finito, lo determinado, el basamento de la
actividad teórico – práctica de los individuos y de sus comportamientos económicos, sociales, morales
dentro de la ciudad – Estado.
El descubrimiento y desarrollo de la ciencia de los números arrojó como primer resultado filosófico, el
descubrimiento en particular del ente. Es decir, de una realidad preexistente al mundo empírico
perceptible, pero que era la base conceptual de toda la naturaleza. La racionalidad del número conformaría así la racionalidad del mundo, su capacidad como instrumento de medición y cálculo establecería de hecho una fiel correspondencia entre los hallazgos del pensamiento y los eventos naturales.
El número se convertía de esta forma en el Númen escatológico. Un concepto perteneciente al trasmundo, a la supuestamente región pura y perfecta donde habitan las figuras intangibles de los arquetipos, a los que sólo se puede llegar por vía de la intuición (la meditación trascendental) o la reflexión teórica, o, en este caso, mediante la especulación matemática.
Esta concepción alude a la consideración de concederle una forma de realidad a determinados conceptos, frutos de la intelección humana. Y del mismo modo que el número significó el primer hallazgo teórico del ente, el concepto del Ser determinaba el fundamento lógico y lingüístico de todas las cosas que pueblan la naturaleza y el propio trasmundo ideal. De este modo se hablaba de un Ser del ente; de un Ser del Número.
De lo que se trataba era de establecer una analogía entre las nociones trascendentales, como las
matemáticas, descubiertas por la mente, y la realidad.
Es decir, entregarle a la naturaleza, en su conjunto, un a priori conceptual que sería su basamento teórico, siempre y cuando este basamento correspondiera con las instancias lógicas elaboradas por el pensamiento y su inmediata concomitancia con el lenguaje.
El modo de operar del pensamiento sería entonces, según este criterio, el modo de operar del mundo. La
intuición, la intelección del pensamiento, la propia sintaxis del idioma, sus principales vocablos
conceptuales, delatarían estructuras secretas de la naturaleza, formas básicas de su composición. La
aritmética, la geometría expandirían el campo de cosmovisión del hombre sobre las reglas de comportamiento general del universo, fundamentado por el concepto lingüístico del Ser. El número y el Ser establecerían así su inmediata correlatividad en el seno de la lógica y de la gramática del mundo. No se llegaría a ellos mediante la percepción empírica, sino mediante la apercepción intelectual, mediante la
sensibilidad intuitiva.
La percepción del Número por la intelección humana aportó la conciencia del límite, de la forma, de lo
correctamente formado, bien constituido y esencialmente determinado; primer paso para el
desarrollo del pensamiento lógico y conceptual, raíz original del pensamiento científico que tendría su
primer deslinde en el pensar ontológico, la ciencia del Ser.
Así, de esta manera, existe una manifiesta continuidad del pensamiento lógico entre Pitágoras de Samos y Parménides de Elea. Del mismo modo que la Escuela de Eleas fue el preámbulo a la filosofía del Ser de
Platón y de la Metafísica de Aristóteles, pilares ambos de la extensa tradición ontológica y teológica
de la civilización de Occidente.
Sobre la base de estos presupuestos el hombre aprendió a pensar con rigor y a establecer del modo más
conveniente sus definiciones. La ontología, como método intelectual desarrollado en el tiempo, asentó
los presupuestos primados del pensar teórico y posibilitó, a largo plazo, el nacimiento del conocimiento naturalista de tipo científico hasta derivar al saber y la eficacia técnica, como estrategias de dominio sobre la naturaleza. Para ello el número, que anota registros de cantidad, tendencias y magnitudes, se convirtió en el indispensable órgano de legitimidad del nuevo pensar teórico. Pues cualquier teoría para estar completa, modernamente hablando, debe traer consigo la posibilidad de su traducción matemática.
Lo que sucede hoy en día es que en el largo trayecto andado por la ciencia en particular y el pensamiento teórico en general, han sido olvidadas las preocupaciones filosóficas, morales e incluso
cognoscitivas que originalmente hicieron nacer al método matemático en la Antigua Grecia, a la filosofía
del Ser y a los conceptos lógicos en casi su totalidad. Para ejemplificar lo que digo: por medio de
las matemáticas podemos registrar las magnitudes del tiempo, medir con los cronómetros más exactos su
durabilidad. Pero la pregunta que indaga sobre su naturaleza permanece siempre sin responder. Y es la
pregunta del teólogo del siglo V, San Agustín, cito: “Yo no sé lo que es el tiempo, pero mi alma sufre
porque quiere saberlo”.
Es muy curioso que para Platón y la notabilísima influencia que el pensador griego dejara en la
posteridad filosófica de los primeros siglos de nuestra era, que alcanza principalmente a Plotino de
Alejandría y a San Agustín, la noción numeral de la unidad tuviera tan fuertes y enigmáticas implicaciones filosóficas. Una concepción que parece extraída originalmente del pensamiento de Parménides, mas carece de fundamentos lógicos.
En el poema de la Verdad, según Parménides, una diosa revela al poeta la verdad del Ser, aquello que es y no puede dejar de ser. Fundamento lógico, por tanto, del pensamiento y del mundo. De un mundo correlativo al pensamiento (dotado de una misma sustancia o naturaleza) y, por ende, penetrado de racionalidad.
El Uno sin embargo, dentro de esta óptica de pensamiento, es otra cosa. Carece de lógica y de
relación causal con el mundo. De él nada se puede decir porque no es inteligible al pensamiento y por
ello carece de atributos. Sin embargo, es la suprema verdad del poeta que lo intuye. El mismo Sócrates,
gran conversador de los diálogos platónicos, parece enmudecer ante su sola presencia.
¿Qué es el Uno?
No podemos decir que es unidad pues estaríamos afirmando algo con respecto a él. Para ser fiel a lo
expuesto por Platón y más tarde por Plotino, de él sólo se puede hablar de una manera negativa, afirmando lo que realmente no es. Es un discurrir que nos enseña a pensar en la negación. Mencionando propiedades de las que carece: no es el Ser, no es forma, no es incluso unidad, no es un ente. Sin embargo, a la hora de mencionarlo, en el fulgor de una intuición, se estableció su concomitancia con la unidad de la que emanan atributos a partir de su contemplación. Es “algo” que el poeta, el místico ha podido ver, que le ha sido por un momento develado y que contiene ecos de la concepción numeral de Pitágoras. Sin embargo, se nos sigue diciendo, es un conocimiento primordial y el Ser no sería sino es gracias al Uno.
El Uno es un ejercicio práctico para poner a prueba nuestra voluntad de intelección, que nos enseña a
pensar sin necesidad de procedimientos lógicos, a pensar más allá de la noción finita del límite. Porque
el Uno es lo infinito, lo indeterminado, lo incognoscible convertido en objeto de conocimiento.
Por ello es que en él fracasa la noción de medida, principio básico del pensamiento griego, para abrirse,
ante la vista del griego, el hondón sin medida, la obscura sima de lo irracional.
De la contemplación de este agujero negro, aparecido de improviso en el apacible tejido de la racionalidad griega, emana un nuevo saber, el pensar dialéctico: La lógica del devenir que opera siempre por negaciones sucesivas. Es como el Tao de los chinos, el pensar en la contradicción que puede hacer de lo incognoscible materia de sabiduría. De su contemplación surgen incluso las intelecciones y la misma racionalidad del mundo, sin ser objeto y sin ser tampoco razón. No es la forma pero de él (en su contemplación) emana la forma, no es idea pero de él emana la idea, no es el Ser pero de él emana el Ser.
Lo único que de él dijo Plotino afirmativamente, tal parece que en el rapto de una de sus visiones, es que
era bello. De él, por tanto, emana directamente la idea de lo bello, del mismo modo que el arte (para
decirlo con palabras de Hegel) es la expresión sensible de una idea que, según Plotino, ha emanado
del Uno. Y es el alma del artista dotado de sensibilidad quien busca expresar en la obra la belleza primordial, como quien expresa no una medida fiel del mundo sino su esencia.
A partir de lo anterior expuesto puede decirse que queda reconstituido para el pensamiento el momento
estético, como el lugar donde es plasmado, de un modo esencial, una sensibilidad, la cual ha emanado del
principio más alto del universo, de donde debe brotar toda posibilidad de intelección y de belleza.
La belleza no es así un sucedáneo de la idea, sino la huella que ha dejado en nuestra alma el incognoscible
Uno que, contradictoriamente, sólo el artista, en su constante devenir y, por medio de su arte efímero,
puede llegar paradójicamente a expresar.
Porque el universo, en su unidad, presupone la noción del cálculo y la medida. Mientras que el poeta, en su aliento, presupone la desmesura y lo incognoscible.
Cuando en el primer libro del Antiguo Testamento, se dice “En el principio dijo Dios, hágase la luz y la
luz se hizo.” quien sin dudas estaba hablando era el poeta, testigo de excepción de la supuesta Creación
del universo. Los antiguos griegos, por su parte, a la hora de traducir líneas de los Evangelios, bien
pudieron decir: “En el principio fue el Logos (la razón) y la razón era en Dios y la razón era Dios.”
Razón teórica y sensibilidad poética siempre han estado enfrentadas. De los griegos hemos heredado
principalmente una razón; de las civilizaciones del Oriente el aporte de una sensibilidad muy especial: el pensar dialéctico; la obsesión por lo infinito, lo incognoscible, lo indeterminado. El Uno de Parménides
cobra un evidente carácter trasgresor frente a las matemáticas practicadas en Grecia, la vía para
ascender a él no es el cálculo, sino la intuición poética. Por tanto, como la belleza, es el Uno materia
primada de intelección para el artista.
Las matemáticas, como hemos dicho, sólo registran tendencias y magnitudes, nada nos hablan de la
verdadera naturaleza de las cosas. Es como el tiempo para San Agustín, sólo su alma sufre porque “quiere saberlo”. Es la poesía que se plantea ese tipo de conocimiento, que sólo es motivo de padecimiento para el alma. Más allá de toda funcionalidad, de toda eficacia, de cualquier estrategia matemática de dominación, es el alma la que ansía superar su ignorancia y aprehender, mediante el ideal de la belleza, una esencia relativa al principio más elevado del mundo.
Hay un momento en el pensamiento en que las matemáticas y los conceptos se vuelven inoperantes y
es cuando con ellos pretendemos explicar la vida. El Uno de los que nos habla es de la dialéctica de un
mundo en constante movimiento y devenir, donde los conceptos fijos y estables (las definiciones, los
axiomas) no sirven a la hora de querer explicar el mundo. Es preferible, para intentar comprender la
vida, dejar hacer a nuestra capacidad de volición interna y sentarnos a escuchar nuestras más
recurrentes intuiciones, a nuestra capacidad analógica para enlazar ideas partiendo siempre de la aceptación de la realidad mutante del universo y del mismo pensamiento. Es la mejor manera de acercase a la “lógica” secreta de la vida, a su constancia movediza y contradictoria en que siempre se nos presenta. O como dejó dicho Antoine de Saint Exupery, el célebre autor de “El pequeño príncipe”, cito: “Nosotros que comprendemos la vida podemos muy bien burlarnos de los números”.

Sábado, 27 de Octubre de 2007
literatura|”si pienso algo, me cuesta mucho no llevarlo al absurdo”

“Si pienso algo, me cuesta mucho no llevarlo al absurdo”*

El escritor dice que cuando detuvieron al pirómano Li Qin Zhon con una botella de nafta, un arma y una piedra para romper vidrieras “parecía una joda, un sospechoso armadísimo, el chino expiatorio”. Por eso fue a las audiencias del juicio, donde terminó ideando un “secuestro light” que sirve para analizar la visión argentina de “lo chino” y poner en tela de juicio la corrección política.

“¿Qué pasaría si el chino me secuestrara y me llevara a vivir al barrio chino?”, pensó Magnus en el juicio a Li.

*Por Silvina Friera

Algo había cambiado en el paisaje de Buenos Aires. Cuando Ariel Magnus regresó de Alemania, en 2005, se sorprendió por la cantidad de supermercados chinos que había, más o menos uno cada tres cuadras. Pero lo que más lo asombró fue un episodio policial: el famoso pirómano chino Li, apodado “Fosforito”, acusado de incendiar varias mueblerías de la ciudad. El incendio más devastador, quizás el más recordado, ocurrió en agosto de ese año en la esquina de Malabia y Corrientes. Cuando detuvieron a Li -estaba andando en una bicicleta roja por el barrio de Caballito- le encontraron 700 pesos en el bolsillo, una pistola Taurus 380, una caja grande de fósforos, una piedra del tamaño de un puño y una botella de agua mineral con dos litros de nafta. “Parecía una joda, un sospechoso armadísimo, el chino expiatorio”, bromea el escritor en la entrevista con Página/12. “Decidí ir al juicio, seguir el tema. Al principio, quería hacer un libro de crónicas sobre chinos en la Argentina. Se lo propuse a un par de editoriales y me lo rechazaron con mucho entusiasmo.” La prensa, como no podía ser de otra manera, estaba encantada con el “sátiro de las mueblerías” y lanzó la hipótesis de que el pirómano era un soldado de la mafia china que quemaba locales estratégicos para que luego sus paisanos los pudieran comprar baratos y pusieran sus supermercados. El momento mágico en que dos ideas ajenas entre sí se juntan para crear una tercera, novedosa y extraña para quien la formula, sucedió en el baño del juzgado donde condenaron a Li Qin
Zhon a cuatro años de prisión efectiva. “Qué pasaría si el chino me secuestrara y me llevara a vivir al barrio chino”, pensó Magnus. Y esa idea disparatada, absurda, fue el embrión de la novela Un chino en bicicleta (Norma), ganadora del premio La otra orilla.
A quien secuestra Li es al narrador de la novela, al joven Ramiro Valestra, testigo del juicio en que fue condenado el pirómano. Durante ese atípico cautiverio -”bastante decepcionante” para el secuestrado, porque el pirómano no le tapó la cabeza ni lo encerró en un cuarto a oscuras-, en los fondos de una casa en el Bajo de Belgrano, el joven protagonista irá conociendo a un puñado de chinos, Chao y su mujer Fan -los dueños de la casa y del restaurante Todos contentos-, al primer actor chino de Argentina, Lito
Ming -apodo que recibió en el programa Cha cha cha-, a Chen y a Yintai, la mujer que lo inicia en los placeres amorosos y que cambiará por completo la vida de Ramiro. De un prostíbulo chino a un karaoke, y de comer comida china a la cancha de Defensores de Belgrano (donde escuchará la increíble historia
de Sergio García, el arquero del juvenil del ‘79 que fundó una escuela para chinos en Jáuregui), por mencionar algunas de las escalas del alocado periplo, el joven secuestrado recibirá un baño de inmersión de cultura china. “Al final, lo que pretendía ser un estudio sociológico de los chinos, terminó siendo como un viaje a mi universo de los chinos, y a lo que me parece que los argentinos vemos como lo chino”, admite Magnus.
Santiago Gamboa, uno de los miembros del jurado que eligió Un chino en bicicleta entre 230 manuscritos, subrayó el tono divertido, “preciso y conmovedor”, de la historia de una amistad “en una Buenos Aires recién fundada para la literatura: la de su comunidad china”. César Aira, en cambio, la definió como una “fábula de aprendizaje en la cual proliferan las aventuras, los chinos, y las mil caras de la más feliz de las pasiones argentinas: la amistad”. Magnus, que recibió los 30 mil dólares del premio en Colombia, plantea que fue delicado explicar el tema del secuestro.
“Cuando los periodistas me preguntaban de qué se trataba la historia, yo decía que era un ’secuestro light’”, cuenta el escritor.
-¿Escribir esta novela fue como estar “secuestrado” por la cultura china?
-Lo viví como un viaje, fue como estar inmerso en lo chino. Lo primero que hice, cuando vi que empezaba a avanzar en la escritura, fue agarrar todo lo chino que tenía en la biblioteca. Hasta me compré un wok y cosas para cocinar, así que me chinicé un poquito (risas). Pero no lo viví como un secuestro sino como un viaje, como una forma de estar en China.
Ramiro dice que “los chinos o nos causan mucha gracia o una tremenda tristeza, en cambio nosotros a ellos creo que les causamos una pareja indiferencia”. Magnus señala que esta observación, en boca del narrador, no es el resultado de un profundo estudio sobre la cultura china. “Justo estaba pensando con vergüenza en esa frase, no sé por qué”, dice. “Lo primero que despierta lo chino es gracia; por supuesto que también hay gente a la que le despierta asco, pero eso no lo considero”, aclara. “Me da la sensación de que es raro ver a un chino solo. Si decís chino, pensás en diez y no en uno.
La gracia que genera lo chino es una reacción a la extrañeza, y la lástima es como la contrapartida.”
-¿Por qué cree que también cuando se habla de China como potencia mundial, los chinos causan más miedos que los norteamericanos?
-Generan miedo porque son muchos. A los yanquis estamos acostumbrados desde chiquitos. Estuve en China, y aunque amo su cultura, la pasé muy mal. Me encantan los chinos fuera de China, pero dentro, no. Era increíble; la idea era: “haga patria, cague a un turista, y especialmente si es blanco”. Yo trataba de explicarles que era argentino, pero no entraban en razón. Sabía cómo se decía “hola” y “cuánto cuesta” en chino. Un día fui a sacar una fotocopia y pregunté cuánto costaba. Me dijeron cinco, me sacaron la copia y me pidieron diez. Le recordé que me acababa de decir cinco y entonces el chino agarró la página y me señaló cinco, de un lado, y cinco, del otro.
También me acuerdo de subirme a un bus y que cuando a todos le cobraban dos, a mí me pedían veinte por portación de cara. Me decepcionó mucho el comunismo; y son bastante violentos, salvo en la parte musulmana, donde me sentí bárbaro. El miedo que generan es porque son muchos, son muy disciplinados y da la sensación de que se mandan al frente y que son muy sanguinarios. Y además, no nos entendemos, todo es distinto y son personas con las que nos cuesta dialogar.
-Quizás en la Argentina generan miedo por la llamada “mafia china”…
-Sí, la idea es que ellos están todos confabulados, son hermanos y están en contra de nosotros; traté de jugar con ese tipo de prejuicios en la novela.
-En un momento de la novela, Yintai le plantea a Ramiro que la corrección política es una forma de racismo, acaso la peor. ¿Usted qué opina?
-No sé si la corrección política es peor que el racismo, pero puede ser muy dañina. Lo que tiene la corrección política es que no lo parece, la idea es “al fin llegamos a esto que es la verdad”. La corrección política extremada no te deja pensar ni decir nada. Es mucho más peligrosa porque no te da
válvulas de escape, y en ese sentido estaría de acuerdo con Yintai en plantear que el escape es el racismo. Me doy cuenta de que, cada vez más, la corrección política me saca de quicio.
-¿Sería como esconder los pensamientos que avergüenzan debajo de la alfombra?
-Sí. Vos ves un chino y es un chino y no podés decir “somos todos iguales, no tengo ningún preconcepto”. Estás mintiendo, porque más allá de que te parezca lindo o feo, es evidente que es chino por los ojos. Si sobre esas cuestiones planteás una política, sos un racista y merecés ir a la cárcel.
Ahora, si vos reprimís todo esto, creás una violencia interna que en algún momento va a estallar. Cuando Yintai acusa a Ramiro por su corrección política, en realidad creo que es una acusación a mí mismo. En el mundo real quedé muy indignado con el juicio a Li y todo lo que hicieron. La policía era el punto clave de la investigación. Si le puso a Li el arma y la gasolina, son unos hijos de puta, pero si se cree en la policía, la justicia argentina se portó bastante bien… Por supuesto que si hubiera sido de otra nacionalidad, quizá por portar un arma no lo metían preso.
-Un personaje dice que en China lo hubieran matado…
-Eso me lo dijo un chino en el juicio y yo estaba indignadísimo, pero me quedé pensando si no había caído en la trampa de la corrección. El punto clave es por qué lo metieron en el manicomio y le dieron las pastillas. La cuestión pasa por si creés o no en las autoridades argentinas… y confieso que tiendo a no creer. Si creés, al tipo le dio un ataque, lo metieron en el Borda, lo juzgaron e hicieron todo bien.
-En un momento, Ramiro plantea que la imaginación es la mejor arma que tienen los hombres; que se puede programar absolutamente todo menos ese momento mágico en que dos ideas ajenas entre sí se juntan para crear una tercera, novedosa y extraña para quien la formula. ¿Es lo que le pasa cuando
se le ocurre la idea de una novela?
-Sí, el momento en que se te ocurre una idea lo vivís como algo mágico; tiene algo de azaroso y de improvisación. Ese momento mágico es el que busco cada vez que me siento a escribir, y si una mañana no tuve ese momento, me levanto mal. Mientras Li estaba en la cárcel, yo estaba escribiendo una posibilidad de su vida. Mi fantasía era incrustar un pedazo de ficción en la realidad. No es que lo pienso antes: “Quiero escribir una novela donde la ficción se meta en la realidad”. Poner la realidad y la ficción al mismo nivel es el truquito al que apelo.
-¿Y qué busca al extremar el absurdo?
-Extremar el absurdo es pensar las cosas a fondo, pensarlas mal, que es probablemente como me gusta pensar muchas cosas, es como si las llevaras a su última consecuencia. A mí me cuesta mucho, si pienso algo, no llevarlo inmediatamente al absurdo. Me siento cómodo en ese lugar. Como creo que la literatura es un acto de libertad, tiendo a inclinarme hacia el vicio del absurdo, claro que con ciertos límites estéticos.

La ficha

Ariel Magnus nació en Buenos Aires en 1975; entre 1999 y 2005 vivió en Alemania, donde estudió literatura española y filosofía, becado por la Friedrich Ebert Stiftung, al tiempo que trabajaba en la cátedra de Literatura Hispánica de la Universidad Humboldt de Berlín. Escribió artículos para diversos medios de la Argentina y Latinoamérica, entre otros la revista Soho y Gatopardo, los suplementos Radar de Página/12, y El ángel de La Reforma (México); la revista La mujer de mi vida y el diario Taz de
Alemania. Publicó su primera novela Sandra (2005) y la crónica La abuela (2006). Actualmente está traduciendo del alemán Conquista de lo inútil, el diario de filmación de Fitzcarraldo, de Werner Herzog, y está escribiendo una novela sobre la peregrinación a Luján.

Textual

Por gordito, pecoso y narigón Li se había jugado a que yo era judío, verme luego el prepucio lo había deprimido profundamente, en general lo deprimía no poder distinguir a los moishes, porque en realidad ni el pito cortado en los hombres ni las caderas anchas en las mujeres ni la nariz aguileña en ambos servían de guías fiables, se quejó, a veces ni siquiera el apellido podía usarse de prueba, era como luchar contra un ejército invisible, y él con sus ojos como almejas, el mundo era injusto. La amargura había sido tan
grande que pensó en abortar su misión, si no lo hizo fue porque ya se había comprometido con la policía, le habían posibilitado la fuga del juzgado y habían dado la orden de no difundir mi foto ni buscarme así que ahora él no podía echarse atrás, o les solucionaba el caso de los incendios o debía volver a la cárcel.

*Fragmento de Un chino en bicicleta (Norma).

-Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-8091-2007-10-27.html

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BOSNIA SOBRE LA ALMOHADA

Octubre 24, 2007 por inventivasocial

Lo inefable*

Yo muero extrañamente… No me mata la Vida,

no me mata la Muerte, no me mata el Amor;

muero de un pensamiento mudo como una herida.

¿No habéis sentido nunca el extraño dolor

de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida

devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?

¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida

que os abrasaba enteros y no daba fulgor…?

¡Cumbre de los Martirios…! ¡Llevar eternamente,

desgarradora y árida, la trágica simiente

clavada en las entrañas como un diente feroz…!

Pero arrancarla un día en una flor que abriera

milagrosa, inviolable… ¡Ah, más grande no fuera

tener entre las manos la cabeza de Dios!

*de Delmira Agustini.
-Fuente: http://www.lcc.uma.es/~perez/sonetos/delmira.html

Bosnia sobre la almohada…

Martes, 23 de Octubre de 2007
REFLEXIONES DESPUES DEL DOMINGO

¿Seré una madre sospechosa?*

Por Liliana Mizrahi *

Cumplo 40 años de maternidad. Como tantas mujeres sentí siempre que mi destino (más allá de mi propio deseo) era ser madre. Es el mandato más poderoso de las mujeres. Creí que la maternidad era natural, fácil y obligatoria. Natural es, la anatomía ayuda. Me llevó tiempo darme cuenta de que no es obligatorio ser madre, ni es fácil amar a los hijos adultos con la misma candidez con que se ama a los niños pequeños. Escribo desde un cuerpo de mujer con estrías y episiotomías. He gestado, abortado, parido, amamantado y criado.
Un dramático escándalo se desató en mi corazón cuando mis hijos crecidos y maduros se fueron a hacer su vida y me dejaron a solas con la mía. El asombro me tuvo desconcertada un tiempo. La casa permanecía ordenada, nada se movía de su lugar. Luego el silencio, el teléfono sonaba, pocas veces y
sólo para mí, la ausencia de zapatillas embarradas y de su olor característico. La ausencia de ropa sucia y de toallas tiradas, los gastos que disminuían sensiblemente, pasaban los días y la comida sin tocar en la heladera, la música y el volumen a mi gusto, la liberación (¡por fin!) del fútbol por TV… y otros deportes.
Comencé a sentirme deprimida.
Mis amigas me felicitaban por la autonomía que yo misma les había enseñado a mis hijos desde chicos, pero nunca imaginé que se la iban a tomar tan en serio. Hasta ese momento yo era Rita Hayworth en la vida de ellos y ahora no figuraba en el casting de sus historias ni como extra. Me sentí súbitamente
desempleada, con un oficio que había perfeccionado hasta la excelencia durante años y que ahora nadie necesitaba. Estaba jubilada “de prepo” de un rol ejercido desde la primera muñeca. ¿Qué hacer?, ¿qué hacer?, me repetía desconsolada. Tengo mi profesión, mi placer por la literatura, soy adicta al cine, amo la música, puedo viajar, tengo amigos, si quiero puedo volver a tener un gato, amo las plantas, tuve una tortuga. ¡En fin! Una vida llena de estímulos, pero el rol colgado en el ropero, y yo sin saber de qué
disfrazarme.
Tengo que escribir. Garabateo ideas:
- La maternidad es un rol y una identidad que absorbe nuestra personalidad hasta neutralizarnos como personas. También nosotras absorbemos a nuestros hijos/as, en muchos casos hasta neutralizarlos.
- Existe una contradicción básica entre los mandatos y sanciones creadas para mantener a las mujeres impotentes y las atribuciones sobrehumanas que se exigen a las madres.
- La maternidad y la paternidad, ¿no deberían ser materias obligatorias en las escuelas primarias y secundarias?, ¿no merecería este tema una reflexión desde la adolescencia, impulsada por profesores críticos, con información adecuada, y que además integre la interrogación acerca de su propia
condición de hijos?
Aunque todo esto fuera cierto -y lo es- ninguno de estos conceptos me alivia.
- ¿Acaso las madres somos conscientes de nuestro aporte a las tasas de natalidad / a los relevos generacionales / a las guerras / y a los malditos ejércitos?, ¿nos damos cuenta de que creamos y entregamos materia gris, sangre joven, carne de cañón o de diván, mano de obra, fuerza de trabajo,
tiempo-vida, esperanza, futuro…?
- No tenemos capacidad de decisión sobre el porvenir de la población que generamos. La ley religiosa y civil pretende convencernos de que no podemos elegir.
- ¿Qué nos hacen las leyes?, ¿por qué no podemos decidir sobre nuestros cuerpos?, ¿por qué el aborto todavía está penalizado?, ¿por qué hay tantos padres ausentes?
- Las leyes no dan a las madres más que un poder vacío de sustancia. ¿Es la ley del padre la que se impone todavía en lo social y en lo político? ¿Y si el padre no fuera más que un amo?, ¿un amo que no ama?, ¿amo a mi amo?
Las preguntas surgen a borbotones.
Han pasado 40 años. Mis hijos ya tienen hijos y yo les pregunto “¿qué hacés viviendo con otra madre que no soy yo?”. No contestan.
Escribo encerrada en el baño. La maternidad es un tema prohibido de interrogar o pensar críticamente. No se puede ser ambivalente con los hijos.
Todo el mundo se asusta y nos morimos de culpa. ¿Qué hacer?
Los hijos crecen o no crecen, pueden gustarnos o no como personas, pueden ser nuestros amigos o bien no los elegiríamos, podemos convertirlos en nuestros padres o creer que son nuestros hermanos, dejar que nos tengan de hija o permitirles seguir siendo hijos ad infinitum. Pueden convertirse en eso que soñamos para ellos, o bien nunca serán lo que hubiéramos querido que fueran.
La maternidad es un enredo infernal e interminable.
Mi abuelo rabino desde el cielo me mira atentamente y me señala con el dedo, él es uno de los consejeros de Dios pero no me importa, seguiré pensando.
¿Me condenarán al infierno de las malas mujeres, junto con las madrastras, las suegras, las consuegras, las cuñadas y otras brujas?
Pienso: ser madre es el compromiso de ayudar a crecer y cuidar a otro. No se trata de parir, sino de criar y sostener.
Otra pregunta: ¿Por qué nos hacen creer que somos vacas sagradas y nos tratan como ganado?
La maternidad está idealizada/envuelta en un halo de misterio y sacralidad, al mismo tiempo, directa o larvadamente se la ataca. Esa es “la mistificación de la maternidad”. La idealización del rol, hablar de la Madre con mayúscula, es el caballo de Troya donde están encerrados los mandatos y las sanciones, más toda la culpa que nos mata a las madres. Escribí un libro, Madres en desuso, ése fue mi intento de aportar con humor algo a la comprensión de estas vivencias. Ahí digo:
Una cosa es ser la madre de un hijo/a, en concreto, y otra cosa es pensar la maternidad como institución política, atravesada por ideologías e intereses económicos, valores religiosos y culturales. ¡Ah! Bueno, bueno. Yo no soy la única que no puede alcanzar el ideal de amor incondicional y de perfección que se pretende de las madres, no soy la única madre que se siente cansada, frustrada, ambivalente o confusa. ¿Seré una madre sospechosa?
Yo sola me digo: no, no, me parece que no. La maternidad es una de las grandes tareas existenciales de las mujeres y solamente nosotras podemos decir, desde adentro, de qué se trata. ¿Y de qué se trata la maternidad, al fin de cuentas? De la maraña emocional más complicada que puede llegar a conocer una mujer. Un enredo amoroso gratificante-frustrante y reparador.
Somos madres con el sello que traemos como hijas… y también con lo que somos capaces de hacer con ese sello y esa historia. Ser madre requiere coraje, porque el otro siempre es un riesgo. Y la otra que somos nosotras, también. Espero que hayan pasado un buen Día de la Madre.

*Licenciada en Psicología, ensayista y poeta, autora, entre otros libros, de Mujeres en plena revuelta y La mujer transgresora.

-Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-93361-2007-10-23.html

Martes, 23 de Octubre de 2007
literatura|alejandra laurencich y sus “historias de mujeres oscuras”

“Casi todas estas mujeres están expulsadas del paraíso”*

En sus cuentos, el mundo parecería poder explotar en cualquier momento. La narradora y guionista explora el instante en que un incidente doméstico abre una grieta por la que aflora lo indecible, una zona tenebrosa difícil de narrar: “A mí me interesan los agujeros negros, quiero saber qué pasa ahí”,
argumenta.

*Por Silvina Friera

Los pensamientos de estas mujeres tienen el espesor del extremo y destilan la incorrección que produce la angustia o el exceso de imaginación. Son personajes que están expectantes, anhelando que algún acontecimiento inminente les permita emerger del caos de sus propias lucubraciones. Una madre se reprocha que piense cosas sin sentido, que no sirven para nada, pero no puede evitar imaginar un tsunami, una catástrofe o una guerra como la de Bosnia. Una mujer, que se pregunta por qué si tiene trabajo no es feliz, presiente que se acerca el fin: “Un año más y pronto seré menopáusica y la vida sexual se habrá acabado. Nunca más pasar la lengua por un cuello joven”. Una actriz, que espera que le envíen el contrato de una productora, se plantea que es una cuestión de actitud. “Si me creo vencida, me van a vencer”, pero del fluir de sus ocurrencias al hecho hay un trecho que ella transita barriendo el living, sobresaltándose ante el sonido del timbre y nutriendo sus pensamientos con un pasaje de La montaña mágica, de Thomas Mann, o recordando, con vergüenza, una frase de Paulo Coelho. Un ama de
casa, que se pasea por las góndolas del supermercado desechando productos que no puede comprar, como el café, compara su bolsa con la de un hombre que ella supone que vive en un country, “como gemelas crecidas en familias diferentes”. En los cuentos de Historias de mujeres oscuras (Norma), el mundo pareciera que puede explotar en cualquier momento. La narradora y guionista Alejandra Laurencich explora con precisión el instante en que un incidente doméstico abre una grieta por la que aflora lo indecible, esa zona tenebrosa tan difícil de narrar por la amalgama vertiginosa de emociones, sensaciones, sentimientos e ideas “fronterizas”, que nunca se sabe hasta dónde pueden llegar.
“Me gustan los personajes oscuros, los que están fuera de la zona de luz”, dice Laurencich en la entrevista con Página/12. “En una fiesta, si veo que hay alguien que habla mucho, que está demasiado iluminado, desconfío.
Prefiero observar al que está calladito; me dan ganas de acercarme y preguntarle: ¿qué hay detrás de esa mirada, de ese silencio? ‘Contame qué pasa en tu cabeza.’ Y es un poco lo que hago en estos cuentos: voy hacia esas mujeres que están más allá de los focos, que sobreviven, luchan y se esfuerzan, y busco las historias que hay en ellas. Siempre me identifico con los personajes oscuros, con la gente silenciosa, con sus miradas.” No es la primera vez que esta escritora -que como guionista ha trabajado junto con el
director Eduardo Calcagno y el realizador Ricardo Preve- transita por las zonas menos iluminadas de los engranajes femeninos. Ya en su primer libro de cuentos, Coronadas de gloria (2002), hurgaba en lo que no se manifiesta de las emociones, lo que, como el polvo, se trata de ocultar bajo la alfombra.
“Me atrae mucho más la oscuridad que la luz, incluso en el universo, cuando se habla de las estrellas o los agujeros negros. A mí me interesan los agujeros negros, quiero saber qué pasa ahí, cómo es entrar a un agujero negro. Cuando era chica, me iba a lugares oscuros a observar a mi familia, para ver si pescaba algo que no se decía en la zona de luz”, señala Laurencich, que actualmente integra el plantel docente en Casas de Letras, dirige un taller de narrativa y coordina los talleres literarios virtuales
de la Fundación Avón.
-¿Por qué a la mayoría de las protagonistas, generacionalmente, se las podría definir como “hijas de la dictadura”?
-No es casual. En casi todos los cuentos siempre alumbro los conflictos que se me presentan a mí o que escucho por ahí. Fui adolescente en la dictadura, y cuando me preguntan por qué el título del libro, por qué son mujeres oscuras, pienso que todas esas mujeres no están en una zona de luz. Todas fueron adolescentes durante la dictadura, quisieron salir a la calle y decir “acá estoy”, gritar sus verdades. Pero tuvieron que aprender a callarse la boca, a disimular y entonces la procesión va por dentro. Estas mujeres están llenas de culpas y de pensamientos rumiantes.
-En el primer cuento, “Bosnia sobre la almohada”, sorprende hasta dónde pueden llegar las lucubraciones de esa madre. ¿Qué resonancia tiene la palabra Bosnia?
-En el imaginario de una porteña, Bosnia puede ser el equivalente al infierno, a lo que se puede desatar sin que uno sepa cómo. Esa mujer piensa una guerra de la que todos escuchamos hablar y que de repente cree que puede desatarse en su barrio, en su casa. Seguramente también debe haber resonancias de las guerras del Imperio Austrohúngaro, que escuché contadas por mi abuela, que era de Eslovenia. Si pensás en una guerra, cualquier problema doméstico va a parecer nimio. El mecanismo a que apela esta mujer
es llevar las cosas al extremo de la posibilidad de la muerte, donde su hija la necesitaría y que entonces ahí pudiera demostrarle su heroísmo y cuánto la quiere, lo que evidentemente en la convivencia cotidiana no le puede demostrar.
-Este mecanismo de llevar las cosas al límite, ¿lo aplica en muchos de los cuentos?
-Sí, soy medio extremista en todo lo que hago (risas). En la vida cotidiana llevo mis pensamientos al límite, al “qué pasaría si…”, pero la gente me frena antes. Cuando la imaginación se desata, siempre llega a lo peor, no a lo mejor, y casi todas las protagonistas de los cuentos llevan sus pensamientos al límite. Me siento identificada con ese tipo de personajes que piensan mucho, que tienen una vida sin tanto heroísmo ni acciones deslumbrantes, pero tienen una cabeza que se las trae. En muchas épocas de
mi vida creía que era una cabeza con patas, sentía el peso del rumiar constante. Recuerdo que una vez una amiga me llamó para que hiciéramos unas clases de biodanza juntas, para “integrar la cabeza con el cuerpo”, y me quedé pensando dónde estaba mi cuerpo, porque tenía la sensación de que iba por la calle acarreando sólo el peso de mi cabeza. Todos los personajes de mis cuentos se la pasan pensando, para bien o para mal, y muchas veces para mal. En eso admiro mucho más a los hombres, que piensan menos y gozan más.
Me parece que hoy la mujer se la pasa pensando… Bueno, pero también disfrutamos (risas).
-¿A qué atribuye que las mujeres piensen tanto?
-Las mujeres tenemos dos frentes: uno es el que siempre tuvimos, el hogar, la familia. El otro frente, en el que empezamos a batallar desde hace unas décadas, es el trabajo, la profesión, donde tenemos que salir a mostrarnos.
Entre el adentro y el afuera, entre la presión, que no sólo viene del entorno sino de nosotras mismas, tenemos que demostrar que podemos, no sólo para los otros sino para nosotras mismas, para no quebrarnos, para decir “podemos con esto”, “podemos con lo otro”. Y entonces nos vamos cargando la
mochila con muchos “podemos”. Pero eso hay que organizarlo mentalmente: qué espacio le damos a cada cosa, a cada “podemos”. Y encima tenemos que vestirnos bien, hacer dieta, estar espléndidas, ser divertidas… que sé yo cuántas cosas más tenemos que hacer y ser. Me parece que el hombre está
menos fracturado que la mujer. La mujer tiene veinte mujeres en la cabeza y hay un diálogo permanente entre ellas.
-¿Cómo trabaja con lo autorreferencial, con los materiales que puede escoger de su vida?
-No hay ningún cuento que tenga que ver directamente con una vivencia mía.
Mis cuentos son respuestas a situaciones que observo, y me sirven para sacarme de encima un pensamiento recurrente o algo que vi y que me dolió. La literatura me alivia bastante y me deja limpita, desintoxicada, porque todas esas cosas que observo o pienso me intoxican, me pesan demasiado. Y cuando las escribo, las vive el personaje, se las lleva por el mundo y a mí me saca el lastre de encima. Cuando vuelvo a leer los cuentos no me significan nada, ni siquiera entiendo a los personajes, están distantes de mí, se llevaron la carga que tenía. Pero mientras escribía los cuentos, los sufría.
-¿Cuáles fueron los que la hicieron sufrir más?
-”Bosnia sobre la almohada”, que se lo dediqué a mi hija, en una noche en que pensaba mucho en ella porque la tenía lejos y no sabía qué le estaba pasando, pero intuía que era algo feo. Esa noche me pasé en vela pensando cómo se iba el tiempo, y cuando me levanté a la mañana siguiente escribí este cuento de esa mujer que le quiere decir a su hija tantas cosas, y recurrí a una situación donde el desgarro fuera inminente y preparara el terreno para que el conflicto tuviera significación. Yo me liberé escribiendo ese cuento; pensaba que no iba a conmover a nadie porque era muy personal y, sin embargo, es uno de los relatos del libro que más pega. Otro que me gusta mucho es “Sin motivo”, que me liberó de ese pensamiento de que era muy vieja que tenía en una época. Cuando se lo contaba a mis amigas, me decían: “¡Pero pará la mano!”. No es que me pensara que me fuera a morir mañana, pero me preguntaba cuánto más, cuánto quedaría… veía el fin en todo. Ese fue uno de los primeros cuentos, que marcó a casi todos los otros, porque me di cuenta de que casi todas estas mujeres están como expulsadas del paraíso, de un lugar luminoso, bello, de juventud; que no se puede hacer nada frente a eso, y para colmo eran conscientes. Y ser conscientes es lo peor.
Laurencich, que admira a narradoras norteamericanas como Lorrie Moore, Joyce Carol Oates y Paula Fox, comenta, resignada al equívoco, que cuando dice que escribe cuentos le preguntan si es para chicos. “Se tiene asociado al cuento con la literatura infantil. Quizás ésta sea una de las razones por las que
editoriales no publican tantos libros de cuentos.”
-¿Y qué otras razones habría para “censurar” tanto al género respecto de la novela?
-Supongo que tiene que ver con esto de que “ya que me pedís que haga un esfuerzo, manteneme los personajes”, “ya que me pedís que me meta en un mundo, después no me lo cambies a cada rato”. Creo que se publican y leen menos cuentos por la ley del mínimo esfuerzo. ¡Qué falta de compromiso que
hay con un placer tan grande como el de leer! La gente está tan poco acostumbrada a resolver situaciones, a completar sentidos, que si leen un libro piden que se la hagan fácil. Y esta facilidad de la lectura la encuentran más en la novela que en el cuento.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-8047-2007-10-23.html

La ficha

Alejandra Laurencich nació en Buenos Aires en 1963. Narradora y guionista, su primer libro de cuentos, Coronadas de gloria (Tercer Premio del Fondo Nacional de las Artes), fue publicado en 2002. La primera novela que escribió, Fin de milenio (finalista del concurso Emecé, en 1994), aún no ha sido publicada. “Yo le contaba a mi hermana gemela, Diana, historias sobre un personaje. El protagonista era Luis Alberto Spinetta, porque éramos fanáticas de él. Mi hermana me dijo que iba a escribir esas historias porque se iban a perder. Empezó a escribirlas y cuando me las daba para que las leyera, yo le decía: ‘¡Pero no, este diálogo es una porquería, esperá que lo corrijo!’. Y un día me pidió que las escribiera yo, y me animé”, recuerda la escritora, que se formó en el taller de Liliana Heker. Laurencich se mueve como pez por las aguas del cuento, con eficacia narrativa y mucho oficio, sobre todo, en los desenlaces, tal vez la instancia más compleja de la escritura, donde una decisión desacertada puede estropear la que hasta entonces era una buena trama. “Los cuentos siempre surgen como pequeños
válvulas de escape, algo así como el día a día de la escritura, que me permite sacarme de encima muchas cosas que me abruman. Las novelas implican un proyecto más pensado y elaborado”, compara la escritora.

Textual

Todos los días al despertar me digo que debo agradecer el hecho de vivir en un país como éste. Que debo agradecer el tener dos piernas y una lapicera de pluma con trazo grueso de las que no se consiguen con facilidad. No hay por qué tener miedo, estoy sana y lúcida y soy inteligente. La confianza mata al
hombre, decía mi madre a veces. No sé por qué lo recuerdo. Me pregunto también, al despertar, por qué si tengo trabajo no estoy feliz. Si puedo pagar los servicios, el monotributo, el colegio de los chicos, puedo considerarme satisfecha. En otros países hay ciudadanos de primera, de segunda y de tercera, y acá no. Acá estamos sólo nosotros. Y los piqueteros.
Eso es triste, me digo, tener que salir a cortar rutas por un pedazo de pan.
A partir de hoy voy a poner mucho cuidado en no llamar chinos a los coreanos y mamboretai a la paraguaya que trabaja en la casa de mis suegros, y no voy a quejarme si cortan el tránsito otra vez. Por un pedazo de pan, me digo.
Miro el techo en penumbra. El buen ánimo atrae a la buena suerte, lo sé.
Trato de sonreír pero no puedo. Sé que voy a llorar. Me digo que no hay muerte ni desgracia cercana para ponerme así, caramba, que no es tampoco domingo con su melancolía y su sabor a fin, sino un día común de semana, con su rutina y sus rituales: el colegio, la oficina, la cena y el noticiero, pero me da exactamente lo mismo. Los días empiezan y terminan como empieza y termina la vida. Puedo ver que llega el fin. Lo veo anticipándose en la presbicia de mis amigos, en sus vientres que empiezan a redondearse. Bueno, por lo menos tengo amigos, eso es bueno.

*Fragmento del cuento “Sin motivo”, en Historias de mujeres oscuras (Norma).

*Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/8047-2629-2007-10-23.html

SU NUEVO ENSAYO INDAGA EN LO HORRENDO

Umberto Eco busca entender el significado de la fealdad*

Su “Historia de la fealdad”, que sale hoy en Italia, revisa el arte y también los gustos de la gente común.

DOBLETE. YA HABLO SOBRE LA BELLEZA.

Hoy llega a las librerías de Italia Historia de la fealdad, el nuevo libro de Umberto Eco. A 20 años de El nombre de la rosa, la novela que vendió 16 millones de ejemplares y lo convirtió en uno de los intelectuales más influyentes del mundo, el escritor italiano vuelve al ensayo con una obra que amplía y rebate su Historia de la belleza (2004), que se publicó en 27 idiomas y vendió más de 500 mil copias.
“La historia de la fealdad es decididamente más interesante que la historia de la belleza”, reconocía Eco en un adelanto para la prensa. El autor presentará el libro durante la Feria del Libro de Frankfurt. Tiene 15 capítulos y, como su exitoso ensayo dedicado a la belleza, trae imágenes de diferentes representaciones de lo feo en la cultura y el arte occidental.
“La historia de la fealdad presenta problemas nuevos porque desde Platón los pensadores de todos los siglos han escrito sobre lo bello, mientras que existe una sola estética de lo feo, la que publicó en 1853 el alemán Karl Rosenkanz”. Eco ubica el esplendor de la fealdad en el arte durante el Romanticismo, pero también evoca historias del mundo helénico y la Edad Media y la exaltación moderna de la fealdad como signo de individualidad.
El ensayo comienza con Leonardo y se detiene en Gargantúa y Pantagruel, la obra del escritor francés Fran©ois Rabelais. Según Eco, él fue el maestro en la utilización del lenguaje elevado para describir “las más vulgares funciones corporales”. La historia avanza sobre citas de la Anatomía de la melancolía -una obra médico-ensayística del inglés Robert Burton, 1621- para reflexionar sobre las razones por las cuales se ama a una mujer fea. También hace referencias a los grandes cultores de la fealdad del siglo XIX: Víctor Hugo con el deforme Quasimodo de Nuestra Señora de París, el decadentismo
maldito de Charles Baudelaire y el mundo industrial que retrató Charles Dickens.
“Para entender los gustos de una era es necesario entender qué significa la fealdad para la gente común”, apunta Eco, que también destaca la riqueza lingüística de la fealdad: horrendo, monstruoso y repelente son algunos de los sinónimos que propone.

*Fuente: Clarín

http://www.clarin.com/diario/2007/10/03/sociedad/s-04101.htm

¡AH! MUJERES. CON CALDERO Y PÓCIMAS*

*Por Leopoldo de Quevedo y Monroy leoquevedom@hotmail.com

Cuando empezaron a avasallar con su vuelo los pterodáctilos y reinaba todo con edad de piedra, aparecieron los trogloditas con su mazo amenazante.
Obvio que tenía que haber contrapeso. No todo podía ser desolación, miedo y escalofrío. Lo que pinta la película “La guerra del fuego” no es del todo cierto. Unas mujeres con los cabellos a modo de medusa, una boca desmesurada, una mirada lejana y un coito de armadillo. No, eso no podía ser el contrapeso.
Hacía falta en esa oscuridad, en esas arideces y hambres seculares un bocado que saciara los días y las noches. Faltaba la mujer con su respiración, con su sangre, la suavidad de sus dedos, sus olores y sabores. Todo era incompleto hasta el momento en que ella apareció en escena.
Entonces supimos lo que era un cielo estrellado en noches negras, hasta dónde punzan el alma los ojos de una fémina, en qué lugar se oculta la miel que liban las abejas. Sólo la mujer se atrevió a montar desnuda, con lanza en una mano y la otra sobre el lomo de un caballo, a volar en una simple escoba, a leer en una bola de cristal la suerte del humano. La llamaron amazona, bruja y hechicera con caldero y pócima. Sí. La mujer es eso y mucho más. Es heroína, es partera y madre, es monja recoleta en el convento, ha sufrido la burla y el desprecio. Y su piel sigue tan tersa y su espalda es lisa y sedosa, sus labios abiertos dispuestos al beso, su voz es ora el trino de una alondra ora rugido de leona. Pero su cerviz nunca se ha encorvado sobre el tiempo. De contextura y apariencia débil tiene en sus fibras el temple de una espada toledana y el coraje de las jaguaras de Calahari en la Namibia.
Este feraz globo ha producido mujeres de la talla de Penélope, de Helena, de Safo, de las Sílfides, guardianas de lagos y montañas, de la Sibila de Cumas, mujer de nueve vidas, de Eloísa, de Juana de Arco, de Juana la que usurpó la tiara del papado, las Valquirias que cantó Wagner, de Gioconda o
de la mítica Isadora, translúcida en los velos y quien hizo ágil al movimiento con su cuerpo, de Alfonsina Storni, de Emily Dickinson, de la Piaff, Yma Sumac que subieron con su garganta hasta el irrompible tono, o de heroínas, sin casco ni armadura, como Antonia Santos, Mercedes Ábrego o la Pola, de la Gaitana en el Huila o de María Cano, la voz del pueblo en la bananera del Atrato. La mujer tiene a Meira Delmar, a la rebelde Matilde Espinosa, a la incomprendida Mercedes Carranza. Mujeres todas con nombre y aura propia, no sometidas ni a la coyunda del macho ni al grillete de la época o la costumbre.
Jamás el hombre ha podido descifrar la inmensidad de la hembra, ni su papel en la historia de la cultura. El hombre se dedicó a fabular, a golpear en el yunque el hierro, a derramar sangre en el campo de batalla, a conquistar tierras y a devastar ciudades y arboledas. Y dejó que la mujer se sacrificara en el altar del hogar y, – sin mirar atrás-, allí tejiera en la telaraña de los días el dolor, los gritos de los hijos, las enfermedades y los sudores de los hombres, las alegrías de cada mañana y así naciera cuanto
hay de valioso y perenne en este mundo. El hombre es rey de lo concreto, de la realidad y la brutalidad, la mujer, en cambio, tiene su reino en el silencio, en su cuerpo, en la imaginación y la fantasía. Ella hizo posible los perfumes, el topless, lo exótico, la danza, lo inescrutable. Ella hizo de lo banal, un asunto deliciosamente necesario.
Labor callada, nunca premiada por gobiernos, academias ni legados. Cada instante que pasa se abre un útero y nace un ser humano. El orbe se llenó por todos los costados de obras, arte, ciudades y naciones. Y a la mujer nada se atribuye. Sólo al hombre se conceden los honores. Sólo hay un Dios para la lógica y la guerra, el hombre, y lo demás son reinas y querubes.

Correo:

Y 15 años después*

EL ARCA
Del sur sigue andando

Nos encontraremos para celebrar un nuevo aniversario de la revista.

Será este viernes 26 de octubre a las 21 hs.
En el centro Cultural La Urdimbre.
San Jerónimo 2523. Santa Fe.

Ahí veremos el estreno del cortometraje sobre la travesía de El Arca Del Sur
realizado por Guillermo Pablo Marotte, Mónica Russomanno y Rodolfo Alberto Gómez.
Sobre un guión de Mónica Russomanno.

Brindaremos por el camino transitado desde octubre del 92…
Y por lo que vendrá, que no es poco.

La entrada libre y gratuita.
( El Centro Cultural La urdimbre cuenta con un servicio de bufet)

* elarcadelsur@gigared.com

*

Queridas amigas, queridos amigos:

Este domingo 21 de octubre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, tango argentino interpretado por el grupo Encuentros (Argentina) bajo la dirección de Alicia Terzian. Las poesías que leeremos pertenecen a Martha Gantier Balderrama (Bolivia) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
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DEL SABER ELEGIR…

Octubre 1, 2007 por inventivasocial

LA PLUMA*

Solo el intento acarrea en la paciencia,
Esos versos de finos detalles.

Cuenco de la palma que la tañe,
Seguro andamia los riscos que delinea.

Baja por ella el alma solitaria
A posarse en la tierra inteligible.
Bajan por ella las secretas rías
Con polvo de oro en los sentidos hondos.

Y es una excusa de tinta indeleble
La mordedura que ciñe en el papel.
Sólo hay una línea continua de sed,
Que jamás logra trascender su corcel.

Pienso con ella lo distante y cercano.
Vivifico la evocación y el por venir.
Planeo en mí desde su ala única.
Adivino por sus huellas lo que vieron
Mis sentidos más allá de los umbrales.

Sólo el intento consumado vez a vez,
Hizo de ella en mi mano,
puñal de prez,
Diestra caña singular
y compañía.
La espada y la palabra de mi poesía.
Mi Pluma.

*©Eduardo “Blues” Villalba.
-Fuente: http://mispoetascontemporaneos.blogspot.com/2007/09/poema-de-eduardo-blues-villalba.html

Del saber elegir…

Lunes, 01 de Octubre de 2007
Una cooperativa que hace reciclado solidario*

En Aldo Bonzi, la cooperativa Reciclando Sueños acostumbró a los vecinos a separar la basura por tipos. Ya procesan casi el 15 por ciento de los desperdicios.

La cooperativa tiene quince miembros y un depósito en la calle Anatole France de Aldo Bonzi.
Imagen: Guadalupe Lombardo

*Por Laura Vales

Esta cooperativa de cartoneros trabaja con los vecinos, a los que pide que separen previamente la basura apta para el reciclado. Pasan a buscarla casa por casa, de lunes a sábado: frente a cada puerta golpean las manos o tocan el timbre y retiran lo que la gente separó para ellos. La experiencia se
hace en Aldo Bonzi, partido de La Matanza, donde la cooperativa consiguió un fuerte respaldo: ya procesa entre el 10 y el 15 por ciento de los residuos domiciliarios del distrito.
Es jueves a la tarde, y en el depósito de la calle Anatole France al 5900 están reunidos sus integrantes. Son quince; juntaban cada cual por su lado hasta que se asociaron, con la idea de vender a mejor precio lo que conseguían. “Al principio no sabíamos que existen muchas clases de plástico diferentes, ni cómo tratar los materiales para darles valor agregado, pero al movernos en grupo ya conseguíamos mejores resultados”, cuenta Marcelo Loto.
“Una cosa que nos cambió la historia fue que nos invitaron a viajar a Brasil, de donde trajimos la propuesta de la ‘colecta selectiva’.” Para implementarla armaron recorridos fijos y buscaron relacionarse con los vecinos. Visitaron organizaciones barriales, ONG y clubes de la zona a los
que explicaron la propuesta e incluso hicieron un acto de lanzamiento en la plaza principal, con el respaldo de la intendencia. Además decidieron usar chalecos para identificarse, porque veían que había gente que reaccionaba con miedo. Algunos creían, por ejemplo, que eran ladrones que iban a marcarles las casas para robar.
Para Enrique, que hasta el año 2000 había trabajado en un laboratorio de cosméticos, pasar de la oficina a la calle había sido como el golpe de un mazazo, que sólo toleró “porque tenía una hija de diez años a la que le tenía que dar de comer”. Fue por ella que, después de meses de no tener ingresos y malvender sus cosas, sacó del ropero la valija con rueditas (“era la valija que usaba para viajar en avión a Tucumán tres veces al año, mandado por la empresa”) y empezó a juntar cartones. No le molestaba tanto revolver la basura, “pero se me caía la cara de vergüenza cuando pensaba que mis vecinos me podían ver”.
Otros tres miembros de la cooperativa venían de ser piqueteros y el resto vivía de changas; sólo uno, Hugo, es ciruja con diez años de antigüedad. Por eso, el día que empezaron el recorrido tocando timbres, a todos les costó más de lo que podían esperar. No consiguieron mantener el plan inicial de ocuparse cada cual de una manzana, “porque nadie quería a ir solo a tocar el timbre -dice Loto-, así que por un tiempo, hasta tener confianza, anduvimos de a dos”.
Eso fue hace diez meses. Hace poco tiempo ampliaron su área a 152 manzanas, en las que viven 16 mil habitantes; en la actualidad tienen sueldos (retiros semanales de 140 pesos), procesan muchos de los materiales y están fabricando fratachos para albañilería con material reciclado.
“Nosotros no sabíamos cómo se manejaba una cooperativa y muchos temas todavía los estamos aprendiendo”, señala Loto. “Una de las primeras cosas que nos pasó es que la gente, además de cartón y botellas, empezó a darnos objetos especiales; así le decimos sí por ejemplo a un televisor, una silla
o un mueble. Nos llevó mucho tiempo ponernos de acuerdo en qué teníamos que hacer con eso, y finalmente vimos que la gente no le daba ese televisor a una persona porque sí sino porque era parte de la cooperativa. Tuvimos seis meses de discusiones. Al principio dijimos: ‘Que se lo lleve el que lo
necesite’. Pero la verdad es que todos necesitamos de todo, televisores, cuadernos para los pibes y hasta una bolsa de arroz. Ahora quedan en la cooperativa y si alguno lo quiere comprar, le ponemos un precio social, que no supera el 10 por ciento de lo que vale y en cuotas de no más del 10 por ciento del retiro semanal.”

Tecnología cartonera
La cooperativa diseñó sus propios carros de tres ruedas (una ley prohíbe a los cartoneros circular con tracción a sangre) y máquinas para moler el plástico y enfardar las botellas y el cartón.
“Fuimos buscando cómo sumarles valor agregado, porque la diferencia es importante. Las botellas de gaseosas sueltas, por ejemplo, se pagan a 70 u 80 centavos el kilo, pero si están enfardadas el precio pasa a ser 1 peso con 30″, detallan en el galpón.
Al primer molino se los proveyó un fabricante, para que trabajaran para él.
Eso les dio la idea de pedirle financiamiento al Estado, con el que armaron sus propias máquinas. El plástico, por ejemplo, se clasifica según su origen (hay 15 tipos y muchos no deben mezclarse entre sí para ser reutilizables), se muele, se lava en piletas de decantación, se embolsa y vende como materia
prima. También los papeles y el cartón se procesan, y las pilas son utilizadas para armar bloques, ya que el cemento, explican, las aísla y evita el daño ambiental.
La producción de fratachos es una novedad a la que llegaron por un camino inesperado: le vendían la materia prima a un fabricante, quien ahora les alquila sus máquinas y recibe en pago el producto terminado.
Hasta diciembre del año pasado, el cirujeo era un delito. Así lo había establecido una ley sancionada en la dictadura, en base a la cual las empresas de residuos vieron aumentadas sus ganancias: cobran por la
recolección de la basura y también por su enterramiento. Como es público, la enorme cantidad de desechos generados en Buenos Aires está haciendo colapsar el sistema. El cinturón ecológico está saturado, genera problemas de contaminación, hallar un lugar donde depositarla es un problema que todavía no tiene solución. La recolección diferenciada es, en ese marco, una actividad que no sólo genera fuentes de trabajo, sino que beneficia a toda la sociedad. El reciclado todavía está lejos de su techo: se estima que el 30 por ciento de los residuos domiciliarios están compuestos por materiales
que se pueden recuperar.

*Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-92275-2007-10-01.html

Lunes, 01 de Octubre de 2007
La memoria sabe elegir*

*Por Osvaldo Bayer

Ocurrió hace pocas horas en Concepción del Uruguay, en tierras entrerrianas.
En tierras del legendario Facón Grande, aquel que salió a defender a las peonadas patagónicas y por eso fue fusilado por el Ejército Argentino. En Concepción del Uruguay, sí, justo allí donde fui concebido. Mis padres eligieron bien el lugar para el amor. Pues allí tuve la enorme satisfacción plena de alegría de inaugurar con la palabra -en la tarde del sábado pasado- el monumento al querido Rodolfo Walsh. Asesinado también por los fusiles oficiales. Rodolfo Walsh, el mejor de nuestra generación. Un verdadero Hijo del Pueblo.
El primer monumento a él en una ciudad argentina. Debieron pasar treinta años para ello. En una plazoleta que lleva ahora también su nombre.
Estuvimos rodeados de jóvenes y viejos que aplaudieron cuando con el intendente quitamos la tela que lo abrigaba y así pudimos ver el símbolo de su voluntad y de su dimensión.
Fuerza y coraje civil tuvo el intendente de Concepción del Uruguay, don Marcelo Fabián Bisogni, que aceptó la iniciativa de don Carlos Martínez Paiva y Carlos A. Fagnoni y la llevó adelante. En el acto estuvieron todos, representantes de la ciudad y pueblo. Cantamos primero el Himno y pusimos más fuerza que nunca en el corajudo y noble verso “Ved en trono a la noble igualdad”. Después el intendente nos hizo saber por qué Walsh merece estar allí, enfrente de la estación de ferrocarril de Concepción del Uruguay, monumento al progreso, saqueada por un período de codicia y venalidad. Es que las ideas de Rodolfo eran ésas: una sociedad justa, generosa y limpia.
Contra todas las mentiras de la sumisión, la obediencia y el ponerse de rodillas.
Cuando me tocó hablar dije que la preguntaría al uniformado Astiz qué piensa ahora de su vileza y de su cara de traidor por excelencia. Su víctima, el valiente y modesto defensor del pueblo, está allí, homenajeado por el agradecimiento del pueblo, mientras que quien decía defender los altos valores de la sociedad con la picana eléctrica pasará hasta el final de los siglos como una inmundicia, esa que no merece ni siquiera ser arrojada al tacho de la basura de la historia.
Rodolfo Walsh. Su carta a su hija que lo precedió en la muerte contra los defensores del privilegio. Rodolfo Walsh, el autor de la carta a los comandantes en jefe, el mejor documento para definir en cuatro carillas el tiempo del horror y la cobardía armada. Rodolfo Walsh y su Operación Masacre, el mejor documento de la iniquidad argentina, de la desvalorización de los ideales de Mayo. De los uniformados cristianos sin Cristo.
Relaté mi última conversación con él en un café de la avenida Corrientes, ya en abril del primer año de la dictadura. Hubo lágrimas y abrazos. Abracé a los jóvenes como si fueran Rodolfo, como si les estuviera trasmitiendo su legado. Su inextinguible talento de luchar y plantar árboles y flores en el
largo sendero hacia la paz eterna de los pueblos.
Alfonsín nos mandó a casa diciéndonos que todo estaba en orden y nos deseó felices pascuas y perdonó a los asesinos. Rodolfo Walsh, en cambio, nos abrió la puerta para salir a la calle y decir que no a la miseria de los niños en el país de las espigas de oro. La Historia nos mostró que a los represores sólo les queda la cárcel y el desprecio de los pueblos. El verdadero Mártir de la Dignidad ya está en el bronce de nuestras calles. Sus verdugos fueron a parar a la letrina de los despreciables.
Después del acto, bajo un sol más que sonriente y brillante como nunca, marchamos al edificio del arte y la cultura. Entré con un regocijo que me hacía caminar muy rápido. Porque en ese viejo edificio trabajó mi padre, en los años 20, y me lo imaginé entrando todos los días por esa ancha puerta y recorrer el sombreado patio. Lo vi asomarse a una ventana y saludarme con la mano, igual que cuando partía todos los días y se daba vuelta en la esquina para despedirse otra vez. Allí en ese patio dialogamos no ya de Rodolfo Walsh -porque él no hubiera permitido que se hablara tanto de él-, sino de los problemas del mundo y las esperanzas. Cómo ejercitar la verdadera democracia y la sagrada palabra: solidaridad. Hubo antiguos presos de la dictadura que hicieron oír sus experiencias, hombres del trabajo de la
tierra que labraron la tarde con sus biografías, mujeres con esas frases típicas de los seres que quieren sembrar semillas que fructifiquen y no sufrir diariamente la desigualdad en las calles.
Me voy alejando ya de Concepción del Uruguay. A la vista, las extensas tierras verdes, las aguas conformando un verdadero paraíso. Me voy repitiendo los nombres de los asesinos de Rodolfo: todos de uniforme. Jorge Acosta, Alfredo Astiz (“Cuervo”), Pablo García Velazco, Jorge Radice, Juan Carlos Rolón, Antonio Pernías, Héctor Febres, Julio César Coronel, Ernesto Weber y Carlos Generoso. A todos ellos y a todo el poder de las fuerzas armadas, Rodolfo Walsh los enfrentó con un revolvito 22. Pero venció finalmente. La Memoria lo tendrá siempre como uno de sus hijos predilectos.

*Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-92279-2007-10-01.html

*

A Los descendientes de Elal y su cosmogonía Tehuelche

Los capitanejos llevaban una flor inmaculada de Yrupé,
hermana del Nenúfar y del Loto perfecto,
acucardada en sus pechos
sobre el uniforme entrazado a modo de quillango.

Acababan sobre las indias con el decoro de los Choiques.
O en el dorso de las chinas
con trenzas azabaches adornadas con cintitas.

Nunca eran,
aunque hablaran,
más que un hondo silencio.

Taloneaban al bagual de la tarde,
Galopando a pelo
Sobre la honda noche.

Chupaban ginebra
como si los besara la eternidad.
Mientras canturreaban guturales verbos
Sin declinar,
Cribados al garguero y como asidos del Gerundio.

Los capitanejos acuchillaban a lanzazos
A sus hermanos,
Ebrios de sendas traiciones,
De Pampa,
De interperie.

Soñaban tolderías durmiendo bajo ombúes,
Ciñendo sus cabezas con vinchas de cuero
Curtidos de salvajinas bravías.

Boleaban el hambre con leguas tibias de vaca
Y carne fresca de ñandú.

Los capitanejos intuían pensamientos
Del gauchaje que se trazaban en aquel horizonte,
Cuando pisaban la gramilla de un presente
Que galopaban entre el poncho y el potro.

Los Capitanejos,
¡carajo!,
Una traza de crencha sacudiendo las chuzas
Que peinan el aire sobre las Jinetas
montadas en sus hombros
con la arrogancia de suris
que mueven sus cogotes
al son de la tiranía de una inercia
pujada por los cascos que hunden la cubierta
del cuenco de la Pampa.

Hay… aún hoy,
Gritos.
Gritos colmados de espanto en el frío redentor
del helado Pampero.
Hay.
Una grieta en el pecho de la Patria,
donde hay una bolsa de arpillera oscura,
repleta de orejas cortadas y secas,
que nadie, nadie…
se atrevió a cambiar por Patacones.

*de Zoilo Maciel -Eduardo Blues Villalba-

-Enviado para compartir por Gustavo Tisocco gtisocco@intramed.net.ar

http://poemasdegustavotisocco.blogspot.com

http://mispoetascontemporaneos.blogspot.com

El costo feroz de talar bosques*

*Björn Lomborg
ORGANIZADOR DEL CONSENSO DE COPENHAGUE, ESCUELA DE NEGOCIOS DE COPENHAGUE

América latina cuenta con una proporción más que importante de vida silvestre y bosques de todo tipo. Un tercio de las especies de mamíferos y más de un cuarto de todas las especies de aves y reptiles conocidas se pueden encontrar allí. Sin embargo, esta abundancia está en peligro. Al hacer desaparecer más de siete millones de hectáreas de árboles por año, Sudamérica elimina más bosques que ningún otro continente. Como resultado, más de 10.000 especies están en peligro de extinción, dos tercios de todas
las especies en peligro del planeta.
Los propietarios de tierras eliminan árboles porque es lo que les reporta más beneficios económicos; las autoridades deben darles incentivos para que no lo hagan.
Podemos calcular fácilmente los costos de iniciativas conservacionistas individuales como salvar la lechuza moteada del norte. Más difícil es calcular cuánto costaría hacer que los dueños de tierras dejaran de talar sus árboles, pero eso no significa que no se haya intentado.
Las estimaciones de los economistas varían de US$ 1,23 mil millones al año (para salvar árboles en los lugares con mayor diversidad de América latina) a US$ 5,8 mil millones al año (para salvar un 2% del área terrestre del continente), e incluso a US$ 500 mil millones (hacer un solo pago para salvar todos los bosques de América latina).
Si bien los beneficios económicos de la biodiversidad pueden parecer intangibles, son reales y cuantificables. Un argumento común es que los gobiernos deben proteger la biodiversidad por su potencial no explorado para la industria farmacéutica.
La verdadera esperanza está en proteger los bosques por su valor en la lucha contra el cambio climático. Los bosques contienen enormes cantidades de carbono. Con al aumento de la preocupación acerca del calentamiento global y el papel que juega el dióxido de carbono, es posible estimar el valor de un bosque por su capacidad de secuestro de carbono. Al controlar la deforestación podemos afectar significativamente las emisiones que causan el cambio climático.

Copyright Clarín y Project Syndicate, 2007.

*Fuente: Clarín

http://www.clarin.com/diario/2007/10/01/opinion/o-02102.htm

Baguala de Eternidad*

Es alta madrugada,
Veo los pasos de la noche de húmedo perfume,
Hay quienes piensan
Lleva los insondables secretos de la faz del mundo.

La Luna mengua en cuarto y
Su reflejo ilumina
Fogata encendida.

En alta madrugada, los ojos de mis hermanos
Dan
línea delgada.
Hay un hombre nadando
Secretamente… en el río.
Venido del azar.

Es alta madrugada…
Parió el azar, por descuido…
baguala, de eternidad.

*de Zoilo Maciel -Eduardo Blues Villalba-

-Enviado para compartir por Gustavo Tisocco gtisocco@intramed.net.ar

http://poemasdegustavotisocco.blogspot.com

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Correo:

*
Queridos todos:

Hace pocos días, una bala asesina, en uno de los tantos episodios de violencia callejera, nos arrebató a nuestro entrañable amigo Eduardo “Blues” Villalba. Toda la comunidad poética llora la pérdida irreparable de ese talentoso maestro, poeta y músico. Su familia, consternada, aún no sale de
su estupor.
Y yo me pregunto, perpleja: “Quosque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?” Como gritara Cicerón hace tanto tiempo, acusando a Catilina frente al Senado Romano.
¿Cuál de todos nuestros políticos, inmersos casi autistas, en febriles campañas, dispensando promesas y dádivas preelectorales, podrá explicarle a Lucas, niño aún, por qué su papá, ya no volverá a casa del trabajo cada día?
¿Quién nos va a devolver la risa contagiosa, el afecto incondicional y el fervor y entusiasmo de Blues?
¿Cómo vamos a escuchar sin llorar las recreaciones de su maestro Elvio Romero o las personalísimas musicalizaciones de poemas de Novalis y Rimbaud – sus poetas de cabecera?
Es demasiado grande el dolor que nos acongoja y la impotencia ante tanta injusticia e inseguridad.
Sólo nos queda el consuelo de su voz escrita y grabada y el recuerdo inefable de tantos buenos momentos compartidos. Nadie que conociera a Blues podía dejar de amarlo y admirarlo. Contagiaba entusiasmo y alegría, derrochaba generosidad y padecía de talento…
¡Nunca te olvidaremos, querido amigo-hermano del alma!
Tu voz nos acompañará y tu consigna nos ayudará a no detener la marcha y a seguir siendo como vos, un militante de la vida.

*de María Rosa León. mrleon003@yahoo.com.ar

Adiós al amigo*

Podrán con los sueños
con nuestros brazos agotados
hasta con la vida Edu,
jamás podrán acribillar a la poesía.

Sigues en nuestros corazones, quienes te conocimos sabíamos en vos a un ser humano con mayúsculas.

*Hasta siempre, Gus… gtisocco@intramed.net.ar

*

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*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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¿ESTARÁ ESCONDIDA LA MELANCOLÍA?

Septiembre 23, 2007 por inventivasocial

Atardecer en Punta Lara*

Perdida y confundida
Entre espinas y sombras
Va una lágrima sobre
Un pétalo de rosa rosada

En la meseta del silencio
Y en la escalera del miedo
Estará escondida la melancolía?

En el viento helado
Chilla un aguilucho
Buscará intimidar a
Su pequeña presa?

Una mariposa naranja
Finge ser nube
Reflejando el sol del
Suave atardecer.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

¿Estará escondida la melancolía?

Radar|Domingo, 23 de Septiembre de 2007

Gola de gala*

Cantor extraordinario, de elegancia austera y sobria ductilidad, heredero del linaje de Gardel y capaz de devolverles a canciones largamente escuchadas un relieve, un tono o una dimensión insospechada, Horacio Molina acaba de editar Buenos amigos, un disco en el que recorre, del tango a la zamba, catorce clásicos de la música popular argentina en versiones notables y con acompañantes de lujo. Con eso como excusa, Radar lo entrevistó para invitarlo a recorrer su carrera y su vida, en las que también tuvo
acompañantes notables y de lujo.

*Por María Moreno

A alguien debe habérsele ocurrido que ese aire de familia quedaría bien en un escenario y propuso que Horacio Molina cantara en el Torquato Tasso con Dolores Solá. Hace poco los dos respondieron juntos a un cuestionario clásico, y recién entonces se enteraron recíprocamente de que el héroe preferido de él era Cyrano de Bergerac y el de ella el Pato Lucas. Antes no se conocían. Pero la noticia no es ésa. La noticia es que Horacio Molina acaba de estrenar Buenos amigos, un cd en el que canta acompañado por, entre otros, Jorge Juliano, Luis Salinas, Mónica Abraham y en donde hace lo de siempre pero mejor y con algunas audacias como grabar los transitados “Chiquilín de Bachín” y “Alfonsina y el mar” de una manera que uno los desconoce hasta creerlos grabados en otro idioma.

El mayor lujo del departamento de Horacio Molina en Belgrano es el sol, la guitarra y los pimpollos del balcón.
El dice que con Dolores fue como un déjà vu.
-Nos llevamos muy bien. Es bella y fina, un poco del estilo del hermano, gente de las viejas familias que cultivan el humor ácido como una especie de código. Porque hay ciertos códigos que tienen ciertas familias que, aunque sea con un pelotudo total, en un pedacito así te entendés. Pero Dolores es muy inteligente, así que enseguida me pareció como una especie de prima. Y en el escenario estamos muy décontractés y decimos lo que nos pasa por la cabeza, incluso groserías espantosas. Por eso la gente piensa que todo está armado. A ella se le ocurrió una frase que me encanta: “En realidad estamos
ensayando algo que más adelante se va a llamar ‘Boludeando con Molina’”.
Siento que yo también le caigo bien a Dolores, que me quiere. A lo mejor me equivoco. Le preguntás a ella y te dice: “¡Qué pelotudo! No se dio cuenta de que me parece un forro”.
El código es el de las familias bien.
-De familias que hace mucho que están acá, algo que uno termina contando como si fuese un pecado, como si estuviera mal. ¿Yo qué carajo tengo que ver si hace mucho que vinieron?
Molina quizás sea el más grande continuador de Gardel sin convertirse en un clon promovido en la categoría de fenómeno como Horacio Deval o en una reminiscencia digna como Hugo del Carril. Pero su estilo -así sucede en una verdadera transmisión-, si se le birla y se le deforma una definición a
Roland Barthes, como práctica cantada del matiz, en el interior de esa herencia, es muy propio. Lástima que él no cumpla con las mitologías necesarias para convertirse en cantante popular; entonces la crítica se agarra de la alusión a la bossanova y al bolero sin reconocer al cantor criollo, austero y de buen decir, que canta como de taquito, ceñido a la única apoyatura de las guitarras.
No sos hijo natural, no vendiste soda de chico, no estuviste en el reformatorio…
-Y… a veces te favorece venir de abajo. Porque cuando venís de otro lado decís: “Esto no lo voy a hacer, esto tampoco, y esto menos”, todo lo que harías si vinieras de abajo porque entonces todo te viene bien. Como ser cafetero del bar de la esquina de Churruca y Santander. Pero eso no conviene decirlo porque la mayoría son los otros. ¿Cuántas veces dije que fui un chico de barrio? A mis abuelos les tocó la bancarrota, eran de los famosos venidos a menos. De los dos lados todos se quedaron patos a principio de siglo. Los estafaban o ellos vendían lo que no tenían que vender y compraban lo que no tenían que comprar. Por eso yo tengo una vida de hijo del Dr. Molina que sobresalía un poquito en la cuadra pero nada más. No te voy a decir que comí puchero de la olla popular, pero teníamos primos mucho más
ricos que nosotros, por ejemplo los Argibay -yo soy primo de Carmen- o los Huergo, que estaban en otro escalón. Mi abuela materna pasó de tener una estancia en Flores a lavar ropa en Berisso y estaba preparada para hacerlo porque sabía lavar, planchar, hacer empanadas, todo. Se llamaba Ernestina
Molina de Herrán. Y la última chance que tuvieron para salvar los campos que tenían en Salta se perdió por la famosa langosta que no dejó nada. Entonces ellos quedaron endeudados y a la miseria. Mi familia paterna tenía cincuenta hectáreas de viñas en San Rafael y lo primero que hizo papá fue vender lo
que ahora debe costar doscientos mil millones de dólares. Cambió las viñas por dos casas y vino la ley de alquileres y se vendieron por dos pesos con cincuenta. Mi abuela paterna era la dueña del lugar en donde vivíamos, o sea que mi mamá fue a vivir a la casa de su marido, eso no era de rico.
Pero eran venidos a menos con un interés por la cultura.
-Papá era muy lector. Nalé Roxlo escribió en un cuento que el doctor Molina era su crítico de cabecera. Veía una película: “Ay, qué lástima si esa parte hubiera ido en este otro lugar, si esto otro no hubiera quedado revelado tan pronto y en cambio se hubiera sabido recién acá…”. Y tenía razón. A Nalé
le sugería por dónde cortar un texto o cuando algo no andaba… “¡Lea Ulises!”, decía. Y Nalé le contestaba: “¡No lo entiendo, Molina, déjeme tranquilo!”. Papá también era un curioso por la ciencia y la técnica. Le enseñaba matemáticas a su yerno, que estaba en cuarto año de Ingeniería. Y llegaba a darse cuenta de que al carburador del Ford, si le hubieran hecho más corto el piquito ese, hubiera andado mejor. Entonces se lo corté. Era perfil bajo total. Detestaba la mojigatería y la petulancia de la gente que se tomaba por gran personaje. Además, le gustaba el fútbol: iba a la cancha y era médico de San Lorenzo. Me acuerdo que venían los jugadores a atenderse en casa…
¿Mamá?
-Muy artista y muy buena imitadora. Tomaba mucho lo que decían los comerciantes del barrio. Por ejemplo, venía del almacén y contaba: “Che, saben que entró una mujer al almacén y empezó ‘Deme esos tomatitos que no son muy grandes, blanditos pero no muy maduros, parejitos porque son para salsa, no, no, esos no que están machucados, esos tampoco que están verdes’.
Hasta que el tipo, harto, le dio una lata y le dijo: Tome éstos que están bien maduros”. Cuando apareció en la radio Niní Marshall, papá le dijo a mamá -esto lo cuenta siempre Juana-: “¿Vos sabés, Odilia, había una mujer en la radio que hace igual lo que hacés vos?” .
¿Gorilas?
-Eramos antiperonistas de izquierda. De ir a los mítines de Repetto, de votar a Palacios. Pero papá no tenía un partido, era un demócrata liberal, yo diría. No sé si fue buen padre, era un tipo que estaba ensimismado en su mundo, pero yo lo admiraba. A lo mejor no supe acudir a él y es una pena porque hubiera sido un buen oyente, pero había sido un chico hijo único, siempre el centro y no daba mucha bola. Papá y mamá se pusieron de novios cuando ella tenía quince años y él diecisiete, se adoraban y nosotros éramos como los molestos hijos.
Después, en la década del ‘70, de nuevo tenés cerca al peronismo.
-Pero eso fue por el lado matrimonial, el lado chunchunezco que me vino de rebote. Estaba ahí porque estaba. Pero yo no me casé con Chunchuna Villafañe. Yo me casé con una chica que estudiaba arquitectura, que era divina y a la que todo el mundo le andaba detrás. Era dos años mayor que yo,
que era un pendejo de mierda y me dio bola alguien que estaba en quinto año de la facultad y era un avión, pura, casta y no sé qué carajo. Lorenzo Miguel le mandaba flores con una tarjeta que decía: “¡Bravo señora!”. ¿Te acordás de la película 8 y medio, cuando el chico va a buscar a la gorda a
la playa y la madre se entera y dice Chi vergogna! Bueno, mamá decía: ¡Chi vergoña! En esa época o eras peronista o eras peronista.
O del ERP.
-Bueno: yo era del ERP. Poneme del ERP. Pero no me pongas de lo otro, por favor.
Horacio Molina y sus cuatro hermanos nacieron en una casa de la calle Quito y hasta hace poco y cuando aún no lo habían hecho pizza-café se lo podía ver de visita junto a la muchachada, en un bar de frente a la Plaza Lezica, los domingos de burros y ravioles, cultivando una especie de populismo prêt à porter al conversar del lado de afuera de la ventana.
-Me acuerdo de que mi abuela escuchaba por la radio las transmisiones del Colón. Y en casa había otra radio a la que había que darle un golpe para que enganchara de nuevo y ahí, desde los cinco años, yo escuchaba a Gardel afanosamente, más el jazz que había en casa -teníamos un fonógrafo-, más un
tío hermano de mamá que era un músico extraordinario y se llamaba Fito Herrán (Adolfo Herrán Molina) y que, como todos en la familia, era perfil bajo. Porque para nosotros ponerse en exposición era muy mal visto: “¡Che! ¿Qué te hacés? Dejate de joder”. Tocaba el piano en los cines de barrio para ganarse las moneditas acompañando las películas mudas. Era un tipo de un oído privilegiado y hacía unos acompañamientos de tangos viejos, por ejemplo de “Aquel tapado de armiño”, que parecía Ravel. Y eso en 1940 era más avanzado que cualquiera de los avanzados entre comillas.
¿Tocabas piano o te mandaban a piano?
-Mamá me mandó porque me vio condiciones. Era el que en los cumpleaños terminaba arriba de la mesa y todos los tíos y primos gritando “¡Otra, otra!”. Cantaba a capella. Con el piano en esa época no había una buena pedagogía ni vieron cómo tenían que llevarme. Además en casa había un piano de mierda y yo odiaba tocar en ese piano. Y me llamaban a tocarlo cuando estaba en pleno partido de fútbol u oyendo a Bing Crosby. No me daba ningún placer.
Qué raro que no estudiaras inglés. Está el mito de la aristocracia que escribe primero en otra lengua y luego en castellano. Y ya en los ‘50, en la clase media, el inglés aparecía como algo útil para “el día de mañana”.
-Lamentablemente no nos llegó ese target. No como a los Argibay, que tenían más visión. Nosotros éramos salvajes, más criollos, con esa cosa como de resistencia a los gringos de mierda. O fue una distracción, porque mis padres no se dieron cuenta de la importancia que tenía, si bien mis hermanos
fueron a la Cultural. Mi abuela, que había pertenecido, hablaba un poquito de francés. Pero nosotros, en la rodada, ya no. Ellos estaban cayendo -lo pienso en este instante- en el momento en que uno estaba naciendo. Entonces yo fui el sandwich y la angustia de la caída de todos. “¡Ma que inglés, andá
a laburar! “
Y fuiste un chico de barrio pero no tanto.
-Yo iba a los bailes de carnaval de Castro Barros y Rivadavia. Era un chico de barrio con eso mezclado que alguno detectaba y me mandaba una onda que yo no entendía por qué me mandaba: ¿porqué hablaba un poco distinto? No hablaba así: “cassshhhés, hijo e’puta”. Ni me salía ni me saldrá, ni quiero que me
salga. Hablo como hablo, chupame un huevo, bancatelá. ¿Qué querés? ¿Que me haga el reo? Hacerse el no sé qué me rompe las pelotas. Yo al que se hace se la mando a guardar.
Pero ¿qué es más aristocrático que ese juicio perpetuo al parvenue -Molina los llama los que se hacen- que viene desde los personajes de Cambaceres ensañándose con los apellidos italianos del Club del Progreso y al que José Ingenieros leía como metáfora en un gusano que pasaba por su escritorio
camuflado de pelusa? ¿Qué más bien que el perfil bajo si al rastacuero se lo asocia con el grito incluso a través de la vestimenta? Horacio Molina no me da la razón. Su propio padre se reía de los que en lugar de venirse a menos se quedaban en más y lo hacía conservando esas caras de Opus y Jockey
Club -envaradas y como de oler mierda- o de los que entregaron la estancia a una transnacional y reemplazaron la bombacha bataraza con una chorrera de logos. Mejor no sugerirle que nada más elegante que el autodespojamiento y el disimular lo mucho en poco como él hace con la voz porque Fiorentino también lo hacía y no tenía nada de sangre azul.
“YO QUE HE SIDO TU CANTOR”
Entonces que no lo jodan más con los agravios fáciles de que es un cantor chic porque no usa la sh de decir Dishépolo o que es el Bioy Casares de los cantantes. Es impresionante cómo suena en Buenos amigos. Parece que todavía se puede reinventar “La nochera” y limpiarle a “Chiquilín de Bachín” esa
estridencia demasiado connotada de cantar turístico para devolverle su poesía de canción, que no es la misma que la poesía a secas (¿es que acaso “Las hojas muertas” soporta ser leída?). A la manera de una bendición interior, Alejandro Dolina escribe en Buenos amigos: “Gardel afirma su superioridad, mucho más que en su voz privilegiada, en la construcción de un discurso estético complejo, que muestra en cada frase una elección feliz”.
Podría haberlo dicho de Molina.
-A los quince años me propusieron ir a cantar a un bar de Boedo y San Justo pero papá casi me mata. Yo cantaba en el umbral de la peluquería que quedaba al lado del garage adonde él guardaba el auto y un tipo me oyó y me dijo: “¡Pibe, vos cantás fenómeno, yo tengo un bar, ¿por qué no pasás?”. Pero el
tipo del garage le batió a papá. Entonces vino lo de “Pero ¿cómo vas a trabajar en un bar? Tenés que estudiar”. Y eso impidió que yo “llegara”, pero después llegué por otro lado.
Llegó de la mano de Víctor Buchino, director artístico de los estudios RCA Víctor. Hay evidencias de época que muestran a un cantante de cara acriollada y sonrisa completa que a veces es pescado en Mau Mau rodeado de modelitos pero que, si se lo recuerdan, le revienta. En la década del ‘70 se fue a París con dos mil quinientos dólares. Mercedes Sosa le prestó un departamento y de ahí, de la admiración mutua, pasaron a ser amigos del alma. Debutó con un espectáculo llamado Sweet Tango. Libération le dedicó una página.
La voz no te cambia. O sea que no es cierto eso de que la gola se va.
-Más bien mejora con el tiempo. Además yo a la gola la usé poco. Como decía Rivero: ‘Yo canté con los intereses, ahora canto con el capital’. Siempre hice una cosa muy suave, entonces la gente piensa que no tengo voz; la usaba más bien como si tuviera un termotanque y sacara solamente el agua que necesitaba. A lo sumo la usé toda para vocalizar un poco pero nunca cantando. Siempre fui avaro, canté con musicalidad, con un buen decir pero no largando toda la voz y ahora tampoco. Si te hago una demostración se caen los vidrios. Podía haber cantado lírica perfectamente. A lo mejor ahora las
hormonas se me evaporan y me voy al carajo.
Tampoco bajaste de registro.
-No, la voz se agrandó. Tengo los mismos tonos pero en más grande. Antes cantaba laaararaaraa y ahora canto LAAARAALAAARAAA.
Después vino una larga hora de confidencias románticas seguidas de un castrador “esto no lo pongas, por favor” que me prescribían un renunciamiento de yogui, secretos que me confiaba con un deleite un poco
sádico dado que -extorsionaba-, de difundirse, su vida afectiva quedaría destrozada y yo cargaría con la responsabilidad. En la parte vedada quedaron monólogos deliciosos que incluían imitaciones de sainete acompañadas por risotadas y elogios admirados a diversas inteligencias femeninas, pero siempre recelando y quejándose.
-Vos en esta nota tenés que demitificarme. No hablemos de las pelotudeces.
Yo soy un romántico, un enamoradizo enfermo pero platónico. Cuando tenía cuatro años ya estaba enamorado de Rita Hayworth…
Entonces muy platónico no serías.
-Pero no estaba excitado, no estaba caliente, no le miraba las tetas.
No te daba todavía.
-Estaba enamorado de verdad, la veo ahora y me remito al amor que le tenía, y con Gardel lo mismo. No tenía ningún problema en estar enamorado de él porque era hombre -ésa es una cosa cultural que te viene con la vida- y debo seguir enamorado.
Pero siempre te gustaron mucho las mujeres.
-Les tuve devoción. En una palabra, me cagaron la vida. No es por mandarme la parte, pero cuando yo tenía seis años e iba al colegio -esto también va a dar mucha rabia- todas las chicas grandes, de nueve y de diez venían y ta ta ta -finge un rumor de arrumacos exaltados-, me andaban alrededor.
El héroe de las mujeres.
-Para qué lo voy a negar. Siempre me fue bárbaro.
Nunca te cagaron.
-¡Por favor! Me recontracagaron. Porque elegí la mujer equivocada y porque las relaciones son complicadísimas. Pero debía de tener como una energía…
…que les transmitía lo mucho que te gustaban.
-Y a las mujeres les gusta que gusten de ellas. Como me siento muy a gusto con las mujeres, estoy en mi salsa, no tengo el problema de “las minas son todas unas turras”. Las mujeres son mis hermanas. Seré puto, qué sé yo, pero la verdad es que siento a la mujer muy intensamente -eso de puto no lo pongas, ya sé que te gustó pero…
¡Qué lastima! Negociemos…
-…Seré gay …poné.
No es lo mismo.
-Entonces poné lo que quieras.
EL HOMBRE QUE AMA A LAS MUJERES
Si se intenta una sociología amorosa existen el hombre de la obra, el hombre del otro hombre y el hombre del amor. Todos pueden amar y todos pueden sufrir de amor pero para los primeros el amor oscila entre la interrupción indeseable y algo a anexar en bien de la producción. El hombre del otro
hombre es el que ama siempre supeditado a la mirada de la fratria, en la que la mujer es trofeo y posta que se pasa. El hombre del amor tiene menos amigos que ex de las que permanece prendado y, lejos de pronunciar la frase derrotista “¿Qué quiere una mujer?”, suele lanzarse a un empirismo alegre
del que suele salir lleno de astillas pero aún polvo enamorado. A veces, y con cierta continuidad, la obra lo rescata como en los demás lo hace el amor.
-El amor es el que me impide desarrollar mi arte. O porque estoy muy contento o porque estoy muy triste.
¿Y nunca fuiste a un psicoanalista?
-Fui seis meses para salir de un pozo pero no me curó el psicoanálisis, me curó otro amor, el famoso clavo. Pero fijate cómo ponés todo esto porque yo no quiero atacar a los hombres, ya que los hombres son potencialmente mis enemigos. Entonces es a los hombres a los que tengo que conquistar. En primer lugar porque tuve la mina más deseada de la Argentina, en segundo lugar porque soy ganador y las minas me dan bola, no lo puedo evitar, y no soy un pajero que se pone baboso, me pongo ardiente y digo: “¡Qué divina que sos, te amo!”.
Se arrodilla paródicamente en el piso y me toma la mano.
Tenés las manos frías.
-No me puedo hacer el canchero porque, salvo a los ganadores, les enferma que yo tenga éxito con las mujeres, entonces no lo puedo decir porque todos me van a odiar más todavía. Y yo estoy tratando de ser un poco polite.
Pero está sobreactuando, dándose manija con lo que él llama “el gen Molina” y que consiste en hacer teatro casero y de código, en este caso para poner en evidencia esa impostura del macho porteño que se llora perdedor pero que odia a las mujeres y aun, denigrándolas, detesta al que, al parecer, supo
laburárselas, poniendo la vida en ello. La enseñanza de Molina es simple: para ganar hay que invertir… todo.
¿Pero quiénes te odian?
-Los padres, los maridos, los hermanos, los tíos. No te puedo mentir a vos, María. Pero no soy un bombero. Yo necesito un tiempo para estar con una mujer. Vengo de la época de los novios y donde no se cogía. Tengo esa marca: irla conociendo, acercándome, lo otro viene con el tiempo.
Pero ahora, ¿no te vendría bien un poco de paz?
-Si estoy en la miseria quiero paz, pero si tengo un poco de guita quiero quilombo. Si estoy deprimido necesito mirar el horizonte por la ventana hasta que me vuelva la vida. Yo me he deprimido tres veces en mi vida pero no ha sido por algo del canto sino porque me han dejado. Por ejemplo, una vez, cuando tuve una pelea fuerte con un gran amor creyendo que era el final. Me deprimió la impotencia para ser perdonado por una cosa que había hecho. Me bajaron la cortina y nunca más se me perdonó. Yo dije ¡Epa! ¿No será mucho? Me quedé con la sensación de que no iba a salir más. Pero no llorando ese amor sino porque quedé colocado en un lugar… Mi hermano Ernesto me decía: “Eso que tenés vos nunca lo vi en la vida”.
¿Qué?
-Es como si me desactivaran. Como si alguien cerrara una llave maestra y me sacara algo vital. Ahora, grandes amores en mi vida: siete u ocho. Grandes, grandes: tres o cuatro.
Te van a hacer un quilombo las de segunda fila.
-Bueno, hay primera fila y después, digamos, un palco avant scène. Target pasión, Target alma, Target humor, Target camaradería, Target comprensión. Y siempre aparece una para que yo diga: “Mirá, justo tenía el rojo acá”.
¿Las mujeres te impidieron ser más famoso?
-Me interesa un carajo ser famoso. ¿Qué es ser famoso? Si creaste la lamparita eléctrica como Edison, te lo merecés. Pero si sos famoso porque salís en la televisión, chupame un huevo y el otro también.
Seguramente van a titular esta nota con eso. Imaginate. Abrís el diario y dice “Horacio Molina: Chupame un huevo y el otro también”.
-Es que no sé si te quedó claro.
Y se tira al piso de nuevo, esta vez para buscar entre las fotografías que juntó para ilustrar esta nota. Papá y los cinco hermanos posando en un patio, mamá en las rocas, Molina a lo largo de los años en una pose parecida, una foto que encuadra sus ojos y los ojos de Juana -se trata de señalar el parecido- y otra que parece provenir de otra serie: dos siluetas brumosas frente a los puestos de libros del Parque Rivadavia.
-La tomamos con mi hermano Carlos, que se murió muy joven. Queríamos hacer una foto artística.
En un rincón: la tapa del primer disco con un estilo de diseño Alejandro Ros prefigurado. Ha hecho un revoltijo con todo eso y no se sabe si prepara una pira o está a punto de armar un álbum.
¿Cómo te puedo decir esto para que no caiga como una patada?
(Le acabo de dar una lista de cantantes de tango actuales.)
No te importan.
-¡Qué querés que te diga! No me transmiten nada. Gardel los eclipsa a todos.
Es como si fumigaras, no queda ninguno. Es tan superior que, con los que vinieron después, hay un abismo. Para mí Gardel era el tipo que me contaba los cuentos. Ponía esa voz pero yo no me daba cuenta. Me aprendía las letras y me imaginaba los cuadros y las situaciones que vivía; recién ahora me doy
cuenta de que eso pasaba debido a que tenía una voz así, porque si no no lo hubiera escuchado. Cantaba como la gran puta, tenía un fraseo fabuloso y hacía caldo con esas historias que después las canta uno y son como aberrantes porque él a la inmundicia la convertía en un diamante. No es un mito: era un genio. Gardel is too much.

El arte de la voz*

*Por Diego Fischerman

A veces alguna casualidad, o la voluntad de alguien, o un simple error, altera un ritual. Y a veces esa alteración, con el tiempo, cuando ya nadie recuerda aquello que le dio origen, queda convertido en verdad. Nadie sabe exactamente cuándo fue que, en el tango, cantar mal se convirtió en estilo.
No hay un origen comprobado para el dudoso parentesco entre desafinación y visceralidad pero se cree, o muchos creen, que aquel que verdaderamente necesita expresar algo no andará reparando en sutilezas y, por el contrario, que aquel que se preocupa por la “forma” lo hace por mero desentendimiendo
del “contenido”.
Gardel, Charlo, Fiorentino y Marino cuando cantaban con Troilo, Raúl Berón, Oscar Serpa, Angel Díaz o el gran Goyeneche de los ‘50 hablaban, sin embargo, de otra tradición. Una tradición encarnada en artistas para quienes resultaba esencial la preocupación por esa pequeña pausa antes de una
determinada palabra, por la manera de adelgazar la voz para decir “silencio” o “noche”, o por el “aire” tanto o más que por la caja en la que resuena. No se trata de “no tener voz” sino de saber cuándo y cómo renunciar a ella para jerarquizarla aún más. No ser estentóreo todo el tiempo es, finalmente, una
de las maneras de dar valor dramático a la potencia, al agudo prodigioso y hasta al grito.
Esta es una tradición, claro está, casi desaparecida. En parte porque son muy pocos los que han logrado -y los que podrían lograr- mantener esa filiación con personalidades propias. La gran pregunta del tango es: ¿Cómo ser gardeliano sin ser una imitación de Gardel? Y la respuesta, como en aquella conferencia en la que Borges citaba un capítulo de una enciclopedia referido a las serpientes en Islandia (“serpientes en Islandia: no hay”), se acerca a la imposibilidad. Horacio Molina, alguien capaz de cantar “Malena”
con ternura (como corresponde) y de saber que cuidar el fraseo y la emisión es la manera de utilizarlos como medios y no como fines, puestos al servicio de la construcción de una canción, es, eventualmente, uno de los pocos baluartes de esa raigambre. Nadie podría jamás confundirlo con Gardel, pero el detalle que Gardel ponía en la interpretación está presente en la voz de Molina. Nadie diría que suena como Charlo o como Serpa, pero mucha de la delicadeza de la que ellos eran capaces forma parte de su universo expresivo. Es imposible considerarlo un goyenechiano, pero su manera de elegir cuándo “sacar” la voz y cuándo no hacerlo parece provenir directamente de obras maestras como esa “Alma de loca” que Goyeneche cantó con Salgán. El secreto de Molina tal vez sea sencillo. Hay algo en él que tiene que ver con lo milagroso y lo irrepetible. Un timbre de voz como el suyo, simplemente, es cosa de la naturaleza -y de la suerte-. Pero todo lo demás, la manera en que en Buenos amigos, su nuevo disco, canta algo que no es un tango, “La nochera”, o un tema tan remanido como “Chiquilín de Bachín” o sus extraordinarios dúos con Beytelman, “Malena” y “La última curda”, o la exquisita “Alfonsina y el mar” que hace junto a Luis Salinas, proviene de una sabiduría notable. La de entender que el tango, para que recobre significado, para que retome sus mejores tradiciones, debe olvidarse de su caricatura. Y que los tangos, para que vuelvan a tener sentido, deben ser, antes que nada, canciones. Esos viejos sortilegios en que la música inunda de significado algunos versos.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4122-2007-09-23.html

Sábado, 22 de Septiembre de 2007
literatura|entrevista a la escritora y periodista elena poniatowska

“Los ricos siempre tienen quien escriba su biografía”*

La novela El tren pasa primero, por la que ganó el Premio Rómulo Gallegos, le da pie a la autora mexicana de origen francés para explayarse sobre la profunda división que hay en su país y sobre el rol de las mujeres en la política, desde Eva Perón hasta Margaret Thatcher.

Poniatowska escribió sobre la huelga ferrocarrilera de 1958-1959, que fue violentamente reprimida por el gobierno mexicano.

*Por Silvina Friera
desde Mexico D. F.

Callecitas angostas, empedradas, pintorescas, alejadas del ruido de la ciudad de México. Hay que caminar por Chimalistac hasta dar con San Sebastián y disfrutar de esa zona de enlace entre los barrios de Coyoacán y San Angel; de sus casas con plantas que parecen adheridas a las paredes y
que apenas dejan entrever las ventanas o los balcones. Para llegar a la puerta de la casa de Elena Poniatowska hay que atravesar un bellísimo jardín. Es el mismo caminito que el domingo 3 de abril de 2005 hizo el entonces candidato de la izquierda mexicana, Andrés Manuel López Obrador, para pedirle a la escritora que colaborara en la campaña. “¿Por qué yo, si no sé ni organizar mi casa?”, le preguntó, sorprendida. Aunque “la princesa roja”, como la llama su familia europea por su origen noble y su preferencia hacia el socialismo, confiesa que no sabe arengar a las masas ni tomar la palabra en un mitín, aquel ofrecimiento le cambió la vida. Desde entonces se vio envuelta en una frenética actividad que ella ha resumido con el verbo “hablar”. Habló con pequeños empresarios, obreros, estudiantes, médicos,
enfermeras, intelectuales. A pesar de que se educó en un ambiente familiar acomodado y “reaccionario” (“mi madre odiaba a Zapata”, recuerda), su trabajo como periodista y escritora está en los antípodas de ese linaje conservador y de derecha. La escritora baja las escaleras con una velocidad
envidiable, como si fuera una joven (de 75 años) que hace gimnasia todos los días. Con pantalón y chaqueta azules, más oscuro que el azul Frida Kahlo que impera en el frente de muchas casas de la ciudad, la escritora y periodista sonríe con todo su cuerpo y se acomoda en uno de los sillones del living, frente al cuadro en el que plasmó, al pintar un campo verde amarillento con árboles y plantas, la idea de felicidad que le transmitió su madre, Paulette Amor. Invita a tomar café y sólo se ofusca y se distrae cuando escucha que el teléfono suena a cada rato. “Por favor, diga a todos que la señora no está, que salió”, le pide a su empleada.
Ahora sí, la autora de El tren pasa primero (Alfaguara), novela por la que acaba de recibir el Premio Rómulo Gallegos, se aparta de la cotidianidad doméstica para charlar sobre esta novela, que al principio intentó ser una biografía sobre el líder ferrocarrilero oaxaqueño Demetrio Vallejo, protagonista de la gran huelga ferrocarrilera de 1958-1959, que fue violentamente reprimida por el gobierno mexicano. La novela le dará pie para explayarse sobre la profunda escisión que hay en el país (la mitad de los mexicanos considera como presidente legítimo a López Obrador y no al actual presidente, Felipe Calderón) y sobre el rol de las mujeres en la política, de Eva Perón a Margaret Thatcher. El nombre de la senadora y candidata presidencial, Cristina Kirchner, rebota en ese living rodeado de libros y mullidos almohadones blancos bordados con flores o gatos. “Ahora, ustedes tienen la posibilidad de tener una mujer en el poder, vamos a ver lo que ella aporta”, señala a Página/12. Poniatowska repasa el imaginario de los ferrocarriles, acaso con nostalgia porque ahora en México ya no hay más trenes de pasajeros. “La locomotora vencía el aire, la gravedad, era el progreso sobre rieles, la esperanza, la modernidad, el futuro, ¡ah el futuro! Los ferrocarrileros resoplaban con él, lo impulsaban con la fuerza
de su voluntad, repetían: ‘La Revolución Mexicana se hizo en tren, para ganar Pancho Villa volaba locomotoras y puentes’”, se lee en las primeras páginas de la novela. Para Trinidad Pineda Chiñas, el protagonista inspirado en Vallejo, el tren era su otro yo, “lo más real en su vida”. La primera palabra de Saturnino Maya, otro de los personajes, fue “tren”, y la única materia memorable era la ferroviaria.
-¿Cómo fue el proceso de escribir una novela a partir de una biografía que no terminó?
-Tuve la suerte de entrevistar a Demetrio Vallejo y a muchos ferrocarrileros que estuvieron presos en el negro Palacio de Lecumberri, que era la cárcel de entonces. Algunos huelguistas habían pertenecido al Partido Comunista, muy perseguido en México, que por cierto entre sus fundadores tuvo a un norteamericano (Bertram David Wolfe); otros pertenecían a partidos obreros y socialistas. Primero quise hacer una biografía, cuando Demetrio vivía. Yo le iba leyendo lo que había escrito, como una niña que está haciendo su tarea, y levantaba los ojos y veía que se estaba durmiendo. Entonces me dije que si
él se estaba durmiendo lo que había escrito era una porquería (risas). Y lo guardé desde 1959 hasta 2005, cuando decidí volver sobre el tema.
-¿Y qué la impulsó a reincidir?
-Los ricos siempre tienen amanuenses, tienen quienes escriban sus biografías, le pagan a un escritor más o menos bueno para que escriba sobre sus vidas. Pero sobre los héroes populares se escribe muy poco. Un día le pregunté a un estudiante si sabía quién era Demetrio Vallejo: “Ni idea”, me contestó despectivamente. Entonces pensé que no era justo ni con Vallejo ni conmigo misma. Yo tenía dos chicos chiquitos y había ido muchas veces a la cárcel a entrevistarlo y pensé que no podía tirar por la borda todo ese esfuerzo. Aunque para escribir la novela no utilicé mucho del material de las entrevistas, sobre todo esas partes en donde Vallejo echaba muchos de esos discursos de la vieja izquierda que para mí son soporíferos. Decidí escribir una novela sobre el movimiento ferrocarrilero, pero inventando la
historia y los personajes con libertad.
-En su obra de ficción, pero también en los ensayos y crónicas periodísticas, aparece una preocupación de fondo: los problemas sociales de México. ¿Qué explicaciones encuentra a este interés sistemático?
-Haber escrito esta novela se lo debo a mi tarea como periodista. Le debo muchísimo al periodismo, yo meto mucho de lo que observo en las novelas porque todo pasa a través del tamiz de la mirada. A mí me interesan los problemas sociales quizá porque no nací en México, por el hecho de llegar aquí a los nueve años y de encontrarme con una realidad para mí totalmente nueva, habiendo vivido antes en París y en el sur de Francia. Vi cómo la gente no tenía las mínimas condiciones de vida -en París no tenía conciencia
de esta injusticia-, y esto me golpeó y me hizo entrar en una realidad que era desconocida para mí.
-¿En los años cincuenta había más esperanzas que ahora de que se pudieran revertir las injusticias sociales?
-Había una fe muy grande, pero también la hay ahora, por ejemplo en el plantón que hubo durante cincuenta días en el Palacio Nacional. Cuando se presentó el informe presidencial, el 1º de septiembre, había una manta enorme en el Zócalo que decía: “Manuel López Obrador, presidente legítimo”.
El hecho de que la mitad de los mexicanos considere presidente a otro que no es el presidente habla mucho de la libertad de cada quien, de la libertad que ejerce cada individuo en México.
-¿Qué consecuencias tiene que el 50 por ciento de la ciudadanía considere ilegítimo al presidente Felipe Calderón?
-Hay una gran escisión en el país, una gran desesperación de la gente pobre, y una confrontación que puede sonar muy simplista, pero que es real, entre los empresarios, los ricos, la gente que usó su dinero para ganar las elecciones -porque las elecciones se ganaron por dinero- y la gente que tenía puesta toda su fe y esperanza en Andrés Manuel López Obrador, que sigue viajando por todo el país y ya ha visitado más de 700 municipios. La mitad de los mexicanos considera que López Obrador es su presidente, están a su lado, luchando con él, y esto jamás se había visto en el país. Nunca se han hecho tantos actos de reclamo a otro presidente, que supuestamente se dice legítimo. Nunca habíamos visto a una mujer como Ruth Zavaleta, presidenta de la Cámara de Diputados, que dice que no puede recibir el
informe del presidente de la República simplemente porque no lo considera presidente. Es una mujer joven que tiene una gallardía que no habíamos visto antes en la cámara. Seguramente, la tuvo Belisario Domínguez, pero le cortaron la lengua. Belisario Domínguez se paró frente a Victoriano Huerta y le dijo: “Usted está mintiendo”. Estos gestos ennoblecen la política y le dan a México una gallardía que no ha tenido.
-¿Cómo es actualmente el sindicalismo mexicano?
-El sindicalismo fue cooptado por un líder viejo, Fidel Velázquez, que ya murió, y que tuvo a todos los obreros al servicio del gobierno. Era lo que se llama un sindicalismo blando, y casi todos los líderes sindicales se volvían senadores de la república, lo cual era una anomalía. ¿Qué diablos tenía que hacer un líder sindical en el Senado? Los muy limpios, como Demetrio Vallejo, se cuentan con los dedos de la mano.
Claro que Trinidad, el Vallejo que Poniatowska recrea libremente en la novela, está lejos de la perfección o el ideal, por más épica que haya sido la lucha de los ferrocarrileros y de sus mujeres, que paralizaron al país.
La semblanza del ferrocarrilero que traza la escritora en la novela dista de los cánones de la hagiografía. “Me gustan los seres imperfectos, no me interesa la vida de los santos”, precisa. Y vuelve sobre el tema de los reportajes que le hizo a Vallejo en la cárcel y por qué usó tan poco de ese
material en la novela. “Vallejo me había dicho que no había tenido mucha vida sexual, lo cual no era verdad porque él era un chaparrito muy caliente, que se enamoraba muy fácilmente de las mujeres.”
-¿Por qué esa izquierda tradicional era tan pudorosa?
-Bueno, había mucho miedo al sexo en los años cincuenta, pero también se decían cosas muy crueles, como que las mujeres comunistas confundían la palabra camaradería con la cama. Las mujeres de los luchadores políticos siempre tienen vidas muy sacrificadas y dolorosas.
-¿Algunas de las mujeres de la novela serían feministas sin saberlo?
-No, no creo. En México el feminismo tuvo un arribo muy, muy tardío. Hubo muchas mujeres ferrocarrileras, nada más que yo no tuve la suerte de encontrarme con ellas. Era una época de represión en la que las mujeres no decían con facilidad “soy ferrocarrilera”, porque si hasta a los hombres se
los miraba con desconfianza, mucho más a las mujeres.
-¿Qué le aporta la mujer a la política?
-Bueno, ahora ustedes, en la Argentina, tienen la posibilidad de tener a una mujer en el poder, Cristina Kirchner, vamos a ver lo que ella aporta. Pero las mujeres en la política, en general hasta ahora, han seguido los patrones de conducta que dictan los hombres. No creo que Margaret Thatcher se haya
ocupado de las mujeres, creo que fue la canciller de hierro y que fue tan dura como podría haber sido cualquier hombre en el poder. Indira Gandhi y Golda Meir también, no fueron sus cualidades femeninas las que resaltaron.
-¿El poder “masculiniza”?
-No creo que el poder masculinice, simplemente hay unos cánones que las mujeres respetan. Al contrario, creo que las mujeres juegan mucho con su feminidad cuando llegan al poder. Hay que pensar en Eva Perón, sus pieles, sus joyas, sus peinados, su sonrisa… todo estaba hecho para seducir al pueblo, y lo sedujo y lo seducía. Y el pueblo la quería ver como una princesa de cuentos de hadas.
Suena el timbre de la casa y Poniatowska se sobresalta. “Uy, es la hora -dice-, seguro que es Jesu.” Jesu es la actriz mexicana Jesusa Rodríguez, con quien viene trabajando muy cerca de López Obrador. “Tenemos una reunión”, se excusa la escritora, pero ofrece los últimos cinco minutos de su tiempo, tironeada por sus ganas de seguir hablando y sus compromisos políticos. “Estoy organizando mis papeles porque no me quiero morir y dejarles a mis hijos todo este desorden”, cuenta, y mira hacia las escaleras, hacia la planta alta de su casa, donde debe estar ese desorden que tanto la preocupa. “Quiero hacer una limpieza general y partir más ligera. Princeton me ha pedido mis archivos, también la Universidad de
Stanford, aunque creo que me voy a inclinar por Princeton. Y después me sentaré a escribir otra novela, de la que llevo unas sesenta páginas, pero hace mucho que no trabajo en ella, desde que empecé a colaborar con López Obrador.”
-¿Qué significa para usted un tren? ¿Con qué imágenes lo asocia?
-Me da una sensación de poderío el hecho de subirme a un tren, además siento que el tren está hecho al ritmo de mi propio cuerpo. A los 21 años pensaba que iba a venir un señor bellísimo y que me iba a dar un beso en el tren, o que iba a ir al carro comedor y que alguien me iba a enamorar.
-¡Cuánto romanticismo!
-Es que había visto muchas películas románticas con trenes (risas). Me parecía maravilloso el mecimiento del tren, ver por la ventanilla las estaciones, las sombras pasar por las noches, las maletas. Todo lo que veía me parecía de una inmensa poesía. El tren tiene una poética personal que no la tiene el avión.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-7719-2007-09-22.html

LA FICHA
Hélene Elizabeth Louise Amèlie Paula Dolores Poniatowska Amor es su nombre completo. Elena Poniatowska, que nació en París el 19 de mayo de 1932, llegó al mundo con un título de la nobleza polaca bajo el brazo, porque su padre, Jean Evremont Poniatowski Sperry, era heredero de la corona polaca, exiliado en Francia. El estallido de la Segunda Guerra Mundial hizo que su madre tomara una decisión que cambió sus vidas. Madre e hija partieron hacia México en 1942 mientas su padre luchaba con el ejército francés y participaba en el desembarco de Normandía. Sus amigos y maestros Octavio Paz -que la llamaba “La princesa rebelde”-, Juan Rulfo, Luis Buñuel y Carlos Fuentes, entre otras destacadas personalidades de la cultura, llegaron a pensar que la historia de México tendría menos sentido sin los textos de Poniatowska, que lleva publicados más de 35 libros de diversos géneros -traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, polaco, danés, y holandés- en los que retrata crudamente la realidad de su país desde diferentes ángulos. Entre sus novelas se destacan Hasta no verte Jesús mío (1969), Querido Diego, te abraza Quiela, (1978), La flor de Lis (1988), Tinísima (1992) y La piel del cielo (2001). Entre los ensayos publicados cabe mencionar Todo empezó el domingo (1963), La noche de Tlaltelolco (1971), una crónica de la matanza estudiantil de 1968, que lleva sesenta ediciones y más de 400.000 ejemplares vendidos; y Fuerte es el silencio (1980). Ha recibido el Premio Nacional de Periodismo en 1979 (fue la primera mujer que recibió esta distinción) por sus entrevistas; el Premio Mazatlán de Literatura (1992), por Tinísima, y los más recientes, el Premio Alfaguara de Novela 2001, por La piel del cielo, y este año el Rómulo Gallegos por El tren pasa primero.

TEXTUAL
El Zócalo es el centro del país, su ombligo. Los altos ventanales del Palacio Nacional dan a la plaza más política del mundo porque desde abajo se lanzan consignas, peticiones, denuestos e insultos al presidente. Los muros de tezontle enrojecen a medida que sube el sol y la gente se dirige hacia la gran puerta como a un fogón. A Bárbara se le acelera el pulso al atravesar la plaza: “Estamos pisando a nuestros antepasados. Aquí abajo yacen abuelos y bisabuelos”. Tiene razón. Bajo sus pies laten los vestigios de un mundo extraordinariamente vivo que algún día reclamará sus derechos. Los ojos fijos en el balcón presidencial, Bárbara revive el 15 de septiembre cuando el jefe de la Nación da el grito de independencia: ¡Viva México! También ella hace ondear la bandera así como Hidalgo levantó la imagen de la virgen de Guadalupe para encabezar la batalla. “¡Mexicanos, llegó nuestra hora! ¡Viva México, viva! ¡Vivaaaaa!”
Después de subir por las amplias escaleras del Palacio Nacional, cincuenta delegados de toda la República atravesaron destanteados varios salones imponentes por su altura. “¿Estos techos tan altos serán para que crezcan las ideas?”, intentó bromear Trinidad. Hombres de traje y corbata gris, traje y corbata caqui, traje y corbata café permanecían de pie, las manos cruzadas frente a su vientre y fingían no verlos pero en realidad los observaban desconfiados. Al igual que el traje traían el alma uniformada, por eso eran ujieres y construían la única decoración de estos salones solemnemente huecos. Enfundados en overoles de mezclilla, muchos delegados no sabían qué hacer con sus manos y le daban vuelta a sus paliacates o a sus gorras ferrocarrileras. Nunca habían soñado con pisar Palacio Nacional,
mucho menos con ver al presidente y se sentían fuera de lugar, dispuestos a la humillación.

* Fragmento de El tren pasa primero (Alfaguara).

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/7719-2558-2007-09-22.html

De Guatemala a Guatepeor
Si después de la conquista de España, Martí, Bolívar, Sucre hablaron de la necesidad de unirnos, las guerras fronterizas por salidas al mar o por territorios nos minaron. Ya no supimos querernos. ¿No eran aconsejables los tratados entre nosotros? Esas guerras nos minaron. ¿No éramos los mismos los que luchamos contra los españoles? ¿No era justo retomar el espíritu de Bolívar? Europa lo ha entendido muy bien y ha unificado sus fronteras, su moneda, que es muy fuerte. ¿Por qué no hacer lo mismo con nuestros países de América latina que comparten economía, costumbres, religión, gustos, el mismo rencor contra Estados Unidos, el mismo idioma? ¿Cuáles son los latidos del corazón que nos separan? En vez de ser una fuerza centrífuga, América latina es separatista, cada quien gira por su lado. Claro que para los europeos es más fácil desplazarse porque en América latina las distancias no sólo son infinitas sino azarosas. En México, por hambre, buscamos al país que nos dé de comer. Algún campesino mexicano exclamó: “Yo voy a mudarme a donde me vaya mejor, no a un país que esté tan fregado como el mío”. En
México hemos acuñado la frase: “De Guatemala a Guatepeor”.
(…) Hace más de 150 años, Alexander von Humboldt escribió que “en ningún lado existe una diferencia tan atemorizante en la distribución de la fortuna, civilización, cultivo de la tierra y población como en América latina”, y por desgracia su frase sigue vigente. Sin embargo, América latina, México y Brasil viajamos en el mismo tren, un tren de muchos vagones que atraviesa paisajes fantásticos, paisajes a veces también desolados pero, si en el futuro nos tocan jefes de estación de la talla de Rómulo Gallegos,
podremos tener la seguridad de que vamos bien y de que nuestra locomotora de miles y miles de caballos llaneros avanza sobre durmientes sólidos y vamos montados en rieles de buen hierro rumbo a un destino que mucho tiene que ver con la esperanza.

* Fragmento del discurso de Elena Poniatowska el 2 de agosto pasado al recibir el Premio Rómulo Gallegos.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/7719-2559-2007-09-22.html

Sábado, 22 de Septiembre de 2007
Desde Buenos Aires*

*Por Rodrigo Fresán

UNO Años escribiendo Desde Barcelona -o Desde Nueva York o Desde México D.F. o Desde París o Desde Londres- y, de golpe y de repente, la extraña sensación (la sensación de algún modo “extranjera”) de tipear Desde Buenos Aires . De “pensar” desde Buenos Aires por unos pocos días. El adentro como
afuera. Y -por supuesto, no podía ser de otro modo- durante esos pocos días no para de llover.

DOS Puede pensarse en las ciudades como en carcasas muertas y en nosotros como en los gusanos que la habitan y las consumen. Puede pensarse también que los zombis somos nosotros y que la ciudad es la que se nutre de nuestros cada vez más espaciados y difíciles de oír latidos. Quién sabe. Buenos Aires, en cualquier caso, siempre me pareció y vuelve a aparecerme ahora, después de tanto, una combinación de ambas posibilidades: un esqueleto vampiro. No sé si esto es bueno o malo, pero es lo que hay.

TRES Eso y -ya desde el avión de venida- la palabra boludo. El vocablo todoterreno y multiuso. Decir boludo como se respira. Insertar la palabra boludo dos o tres veces -inicio, centro y final- en toda oración. Boludo como partícula cariñosa de un temperamento nacional agresivo. Escucho en Ezeiza -recién aterrizado, todavía reponiéndome de los malos modales de las azafatas de Iberia, todas ellas formadas en la Academia Clint Eastwood de Simpatía y Buenos Modales- el siguiente y revelador diálogo: “¿Cómo estás, boludo?” “Genial. Qué bueno verte, boludo.” Y después, Boludo y Boludo se
funden en un abrazo, llorando. Te lo juro, boludo.

CUATRO De regreso en la escena del crimen. Otra vez en el barrio. El Florida Garden ahora está abierto los domingos. Pregunto por qué y me contestan con una mezcla de amor y de odio: “Turistas”. Es verdad, hay muchos. Y hay varios hoteles nuevos por la zona. En el mío hay muchos chilenos y muchos
brasileños y está concentrado Racing. Una cosa no cambiará nunca: los peinados de los futbolistas argentinos, petrificados por la laca del tiempo en algún lugar de los ‘70. Supongo que hay algo de aerodinámico en ellos.
Años de estudios y de pruebas para alcanzar esa perfección de alerón trasero flotando en el viento, gol.

CINCO Los tostados de jamón y queso. Varios. La perfección mítica de la carne de la que uno -en la distancia, tal vez por un mecanismo de defensa- desconfía y quiere creer exagerada, pero basta un mordisco para comprender que en esto, por una vez, los argentinos tienen razón: la mejor carne del
mundo y punto. El peligro -también- de regresar a un restaurante venerado en la memoria y pedir un platillo atesorado en el recuerdo y hundir la cuchara y llevársela a la boca y necesitar sentir una descarga proustiana y, en cambio, horas más tarde, en la profundidad de la noche, saberse perdidamente intoxicado y vomitar una y otra vez y una vez más. Y en la mañana, con el estómago vacío, sorbiendo un tecito con limón, recibir las inevitables interpretaciones psicoanalíticas. Que la conmoción del retorno, que el miedo emocionado a pisar las calles nuevamente, que a mí me rebota y a vos te explota, boludo.

SEIS Página/12 se mudó. Muy lindo el edificio nuevo. Y con vistas a una plaza. Propongo que se instaure un recreo para ir a jugar. Paso por el edificio viejo y ahí está: las persianas bajas y un cartel de alquiler donde se anuncia: Edificio a estrenar. Misterio boludo pero misterio al fin. La sensación de haber caído en una de esas dimensiones paralelas de Adolfo Bioy Casares o de Philip K. Dick. Porque si ése es un edificio a estrenar, entonces dónde cuernos pasé yo más de ocho años de mi vida, ¿eh?

SIETE El descubrimiento de que todo cambia menos la Plaza San Martín. En realidad cambió un poco y ahora aparece unida por una membrana peatonal a esa otra plaza, ahí enfrente. Buena idea. Aun así, bajo la lluvia que todo lo ecualiza, la Plaza San Martín vuelve a ser la misma de siempre, la de mi infancia, más en blanco y negro que en colores. La televisión, sin embargo, es una bofetada cromática. Un amigo de Barcelona que no ha vuelto a la Argentina en mucho tiempo me rogó, casi desesperado, que viera televisión y le contara “porque no puedo creer las cosas que me dicen que hay ahí”. Vine y vi: a Tinelli con un abrigo de conde ruso pobre en el exilio aullando mientras unas tristes parejas patinaban y caían sobre hielo, a Cristina contemplando arrobada (plano y contraplano) a su marido dando un discurso, a
Charly García trompeado a la puerta de un local llamando a las armas, a los conductores de noticieros mechando las noticias con un “¡Qué barbaridad!”, a muchísima gente que hacía muchísimo que no veía y que están ahí, en canales culturales, como prisioneros de la Zona Fantasma… y me vi a mí hace años,
diciendo que me iba. Todos con esa particular iluminación de estudio televisivo patrio, como irradiados por el estallido de una bomba atómica a apenas dos cuadras. Ahora, de vuelta pero por poco, un mediodía me encuentro con alguien que me dice “Haberme dicho que venías y te llevaba a la televisión”. Descubro que la televisión -estar ahí- es lo que prueba y comprueba la existencia de una persona. La otra, parece, es tener un blog.
“¿Cómo no tenés un blog, boludo?”, me preguntan.

OCHO Los amigos y la familia permanecen por encima de las veredas rotas y de la contaminación visual. Y confirmo algo que ya sabía: en Buenos Aires uno puede tener amigos que escriben pero no puede tener escritores amigos.

NUEVE Voy a Palermo, a muchos Palermos. Leo -en el Cceba, en un texto que es lo que me ha traído a Buenos Aires– lo que sigue: “New York asimila para ser y nunca dejar de ser Nueva York; Buenos Aires muta para intentar, en vano, dejar de ser Buenos Aires. Ahí está la evidencia de los recientes múltiples Palermos (ya, de entrada, un nombre importado) fragmentándose con apellidos que apelan a otras regiones y a otros idiomas. No estuve en ellos.
Tal vez vaya. En realidad no hace falta. Tal vez me limite a fundar -en alguna contratapa de Página/12- un Palermo Bloomsbury, donde haya un bar llamado Literatura y Mercado y donde sólo se puede hablar exactamente de eso y al que no le guste y se resista, bueno, sea enviado prontamente a Palermo
Guantánamo”.
Dicho y hecho. Misión cumplida.

DIEZ Domingo y sigue lloviendo y las valijas del regreso ya hechas y matando el tiempo en el hotel. En la tele dan La república perdida. La histeria de nuestra historia entendida como una carrera de postas, como un vaudeville loco. Después, al aeropuerto y esa mueca de la azafata de Iberia que intenta, en vano, ser una sonrisa pero no. Me pregunto si no habrá sido ella quien le pegó a Charly. Me pregunto tantas boludeces. Abajo, desde el aire, Buenos Aires parece tranquila y el boludo mapita en la pantalla del avión me informa que faltan miles de millas para volver a casa y poner todas estas
boludeces por escrito.

*Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-91795-2007-09-22.html

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 23 de septiembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de la compositora mexicana Marcela Rodríguez. Las poesías que leeremos pertenecen a Estelia Soto Jourdan (Argentina) y la música de fondo será de Alma del Sur
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar

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CUANDO SE FUERON LOS CIUDADANOS…

Septiembre 22, 2007 por inventivasocial

*

Cuando alguien se preocupa por mi libertad,
mi democracia,
y mis derechos humanos,
y a cambio me ofrece lo suyo,
pregunto a vuelo de pájaro
desde mi in liberta ingenuidad:

¿Cuál libertad?

¿La de los criminales de la “Operación Cóndor”?
¿La que gozan asesinos, corruptos y terroristas en Miami?
¿La de torturadores y desaparecedores
o la de los torturados y desaparecidos?
¿La de la obediencia debida
o la de las Madres de La Plaza de Mayo?

¿Cuál libertad?

¿La de hacer guerras de rapiña, asesinar civiles y tener el cinismo de contabilizarlos como daños colaterales o la de utilizar cualquier medio para enfrentar y derrotar al agresor?
¿La de los represores de estudiantes,
maestros, obreros, campesinos e indígenas?
¿La de los aliados al Imperio
o la de los Campesinos Sin Tierra?

¿Cuál democracia?

¿La imperial democracia romana,
con césares, cónsules y patricios?
¿La de los políticos millonarios,
“elegidos” por sus demócratas
y republicanos millones?
¿La de los corruptos y ladrones
de las riquezas nacionales?
¿La de Collor de Mello, Alemán, Fujimori , Toledo,
Moscoso, Menen, De la Rúa y otros,
o la de “izquierdistas” que actúan y reprimen como la derecha?
¿La de los políticos tradicionales para hacer elecciones amañadas
o la de los pueblos cansados de ser explotados
y engañados una y otra vez?

¿Cuales derechos humanos?

¿El de ser pordiosero o estar desempleado?
¿El de morir por hambre
o la falta de asistencia médica?
¿El de borrar en el parabrisas de un auto
o lavar con sudor y sangre en una mina,
una cantera, una fábrica
o en las extensas tierras de un “demócrata” burgués:
El derecho de todos a la enseñanza?

¿Cuáles derechos humanos?

¿El del maestro a recibir un salario justo
o el de ser asesinado por defender unos niños y una escuela?

¿El que eleva a las mujeres a la plena igualdad con el hombre
o el que obliga a muchas a vender el alma, para salvar el cuerpo?

¿De qué libertad, democracia y derechos humanos hablamos?
No lo sé, todo está en un solo derecho: El Derecho a la Vida, ya lo tengo
y no lo cambio.

*de Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu
(Cuba)

Cuando se fueron los ciudadanos…

Viernes, 21 de Septiembre de 2007

López*

*Por Sandra Russo

Esta semana se cumplió un año de la desaparición de Julio López, y aunque los diarios reseñaron el aniversario del secuestro, y la televisión y la radio amplificaron la noticia, el caso López es un ejemplo de cómo los medios no siempre imponen la agenda de la sociedad, esto es, para aquellos que nunca cursaron Comunicación, los temas circulantes entre la gente: la gente habla de lo que hablan los medios. Pues bien, nadie habló de Julio López. Nadie habla de Julio López. Entre los casos resonantes que atraen y capturan la atención de la opinión pública, no podría incluirse el caso López. Es un desaparecido en democracia también desaparecido de la conciencia colectiva.
Se dice por ahí que el recuerdo es siempre el recuerdo de un recuerdo. Que la memoria actúa no sólo como reactivadora del pasado, sino que la evocación de un suceso se replica en el próximo recuerdo, con sus pequeñas desviaciones y sus agregados y sus recortes, y finalmente del hecho original queda poco, pero es eso la memoria: siempre reactualiza nuestros sentimientos, porque esas desviaciones y esos recortes se van adaptando a los que vamos siendo; es la estrategia de la memoria contra el olvido. El
olvido corta lazos. La memoria los reconstruye.
No es de ahora, que se cumple un año. Desde hace mucho me pregunto, y escribí un par de notas al respecto, por qué el caso López escandalizaba tan poco. Por qué parecía haber una costra entre la sensibilidad de un/a argentino/a común y corriente, y el hecho de que haya desaparecido un testigo clave en un juicio cuyo acusado fue luego condenado a prisión perpetua por genocidio. La gente no quiere oír hablar de genocidio. La gente está harta. Vaya gente. La gente antes no se enteraba de nada. Un patrullero estacionaba en la cuadra, se escuchaban tiros, desaparecía un vecino, y nadie sabía lo que pasaba. Ok. Después la gente, cuando vino el juicio a las Juntas y se leyó el Nunca Más, lo hizo best seller. Allí se detallaba cómo, por ejemplo, se picaneaba a mujeres embarazadas delante de sus maridos, o se violaba por el ano a las prisioneras con la culata de un revólver. Y los tiraban al mar. Dios mío, decía la gente. Los tiraban vivos al mar. Y especialmente tiraban al mar a las mujeres que habían parido en los campos clandestinos. Las tiraban al río y se apropiaban de sus bebés. La gente no podía creer lo que había pasado en este país. Dios mío, repetían las señoras allá por el ‘85, cuando la Justicia estaba todavía muy lejos, pero los hechos estaban claros. La gente no podía no decir Dios mío, porque no
existía ningún discurso circulante para defender un exterminio como el que se había llevado a cabo. Lo clandestino de los asesinatos refrendó el pacto de silencio entre el poder y la gente. Y por gente, que ya va siendo hora de definir la palabra, entiendo en esta nota a todos aquellos y aquellas que carecen del mínimo sentido crítico de la realidad, y políticamente son el rociador de ideología favorito de todos: izquierda y derecha quieren germinar ahí, en lo que cualquiera entiende, en lo que cualquiera cree,
porque ése es el único camino hacia la Meca. Pero cuando la Meca estuvo en manos de asesinos, la gente no se dio cuenta.
Después no hubo más gente y hubo ciudadanos. Eran los flamantes habitantes de un país democrático, que se proponía, como una quinceañera, tener un vestido de tul rosa para su fiesta, y poco después se desilusionó, porque la fiesta era en un pelotero y el vestido era alquilado.
Cuando se fueron los ciudadanos vinieron los clientes y los usuarios. Esos consumían a lo loco. Deliveries, viajes, plasmas en cuotas, heladeras que babean hielo, home theatres, pochoclo. Ellos mismos, con cada dólar que gastaban, estaban definiendo la suerte de muchos otros, algunos de los cuales después los asaltarían, y así son las cosas, amigos, circulares.
Tengo la sensación de que ha vuelto la gente. La gente que no cree que la desaparición de Julio López la involucre. Después de todo, ese albañil estuvo preso. Por algo la gente, cuando se puede dar un gusto, lee Gente.

*Fuente; Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-91721-2007-09-21.html

Qué? *

Ya ves
tu corteza lavada
por la mala siembra
tu líquido vital amenazado
tus árboles desmenuzados
entre el cloro
la piedra roturada
flaqueando de minerales
hijos de la demanda

es que la mente colectiva
de generaciones
con ideas famélicas
fue augur
de pocos rumores cálidos
y halitos aciagos multiplicados
Patria
Sacrificio de muchos
Recreo de pocos

Aún así
Anciana sabedora
Sacas de la fuente de tu deber maestro
para los que aguardan
como ciudadanos recién nacidos
tu promesa de racimos cargados
como algo próximo
inevitable.

Qué te seduce de nosotros Madre?

*de Victor M. Falco vittoriofa9@hotmail.com

EN FOCO : RIESGOS Y LIMITES DE LA EXITOSA ESTRATEGIA DEL OFICIALISMO

Colectoras, acoples y otras delicias electorales de la cultura kirchnerista*

*Julio Blanck jblanck@clarin.com

La colectora, nombre surgido de la interminable picaresca peronista, es el sistema ideado por el kirchnerismo para acumular apoyos sin que los apoyadores pierdan identidad. Así podrán diferenciarse y saber quién aportó más, cuando llegue el ansiado reparto de canonjías.
A diferencia de los frentes electorales, construcción histórica del peronismo, la colectora no trata de meter a todos en la misma bolsa, armando una lista de candidatos en la que entren a empujones los aliados que buscan cobijo bajo el mismo techo. La gracia de la colectora es habilitar dos, tres o más listas en la que los socios menores queden autorizados para comerse el hígado unos a otros en la disputa provincial o comunal, a condición que todos sumen su aporte en la pelea mayor.
Si lo que cuentan algunos habitués de la residencia de Olivos es cierto, el inesperado desempeño de Jorge Capitanich en la elección del Chaco, el último domingo, fue -colectora mediante- también una pequeña victoria de Néstor Kirchner sobre Cristina en la discusión acerca de cuánto tiene que abrirse
el espectro de alianzas electorales del oficialismo.
De acuerdo a ese relato de la entretela presidencial, el Presidente siempre se mostró partidario de sumar todos los apoyos posibles -como hizo Capitanich- sin discriminación ni límites, fiel a una consigna que podría resumirse así: primero ganemos, después vemos. La Primera Dama y candidata, en cambio, habría expresado preferencia por un marco de alianzas menos tumultuoso y más cuidadoso en las formas. Le preocupaba que la dispersión de listas oficialistas pudiera fragmentar el voto propio y le abriese camino a opciones opositoras. Y que de la dispersión extrema surgiese un escenario demasiado inestable. Se entiende su preocupación: es el escenario que ella espera administrar.
A fines de junio, la elección en Tierra del Fuego sorprendió con el triunfo de Fabiana Ríos, del ARI, derrotando a la duplicación de candidatos oficialistas. Eso había alentado los argumentos de Cristina. Pero dos meses después, el kirchnerista José Alperovich arrasó en Tucumán estrenando el acople, algo así como la versión local de la colectora. El gobernador tucumano fue reelecto con el 82% de los votos sumando el apoyo de unos 40 partidos provinciales y municipales, de derecha, de centro y de izquierda.
Ese día, Kirchner también festejó el triunfo de esa estrategia.
El éxito de Alperovich en Tucumán le terminó de dar aire a la colectora. Que estalló en un festival de candidaturas municipales en la provincia de Buenos Aires, donde resultaba más atractivo habilitar a todo el mundo a presentarse con tal de asegurar el apoyo a Cristina en la presidencial y a Daniel Scioli
para la gobernación. Consecuencia: después del cierre de listas, en los 30 distritos del Gran Buenos Aires quedaron oficializados 92 candidatos a intendente kirchneristas.
Ahora hay un esfuerzo más o menos desprolijo para depurar esa oferta, tratando de convencer a candidatos con pocas posibilidades para que se bajen de la competencia. Imposible conseguirlo sin que quede un tendal de heridos.
Como también hay heridos ya entre los intendentes, dueños históricos del aparato y kirchneristas de ocasión, que ven amenazada su hegemonía oficialista por otros aspirantes del mismo palo.
De esa poblada sala de primeros auxilios espera alimentarse el peronismo opositor, que vive aguardando un gesto de convocatoria de Eduardo Duhalde.
Es difícil que ese gesto, si llega algún día, llegue antes de que Scioli se aposente en la gobernación de La Plata. Recién entonces, se ilusionan, empezarán a decantar las lealtades.
Mientras tanto, la colectora goza de buena salud. Y más cuando se analiza el resultado en el Chaco, donde el sistema de acumulación le arrimó a Capitanich uno de cada tres de sus votos. Además del justicialismo, que le aportó el caudal principal, otros siete partidos apoyaron su postulación, desde formaciones de raíz piquetera hasta la versión chaqueña de Recrear, que responde a nivel nacional a Ricardo López Murphy. Con eso le ganó por diferencia micrométrica al radical Angel Rozas, que allí era oficialismo, aunque el escrutinio definitivo quedó enrarecido por acusaciones cruzadas de fraude.
Como en Tucumán hace dos meses, la colectora mostró este domingo en Chaco que sirve como herramienta para ganar elecciones. Pero gobernar es otra cosa. Supone, en principio, un desafío de magnitud muy superior.
El propio Capitanich ha dicho que en el Chaco, con un padrón de 700.000 ciudadanos, uno de cada tres no tiene trabajo genuino, uno de cada dos no tiene agua potable y uno de cada tres es pobre o indigente. Hace falta más que una buena y pícara estrategia electoral para darle una vida digna a todos esos argentinos.

*Fuente: Clarín

http://www.clarin.com/diario/2007/09/21/elpais/p-01401.htm

Correo:

Ying- Yang*
El panorama cartonero y las cotizaciones del oro y elpetróleo, son como los polos de un arco iris en que se desgranan los multidramas argentinos, acopladas a las turbulencias que atraviesan el Planeta. Gracias por la inclusión del comentario

*Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 23 de septiembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de la compositora mexicana Marcela Rodríguez. Las poesías que leeremos pertenecen a Estelia Soto Jourdan (Argentina) y la música de fondo será de Alma del Sur
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

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*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
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Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

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TRAS LA CENIZA FUGITIVA

Agosto 28, 2007 por inventivasocial

IX*

Estaban aquellas
figuras infantiles
con un paso silencioso
tras la ceniza fugitiva
que usan las torcazas
ese esquivo suelo
vuelo de los tordos
y explorando
cañadones
donde se escurre
el bagre
y vuelan las garzas
con su albo
color inapelable.
La perfección
del vuelo inamovible
solo
inquieto
como precavido
de ese pájaro
jugando a brasa débil
del cielo de diciembre.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
-Áspero cielo. Poemas. 2002-

Tras la ceniza fugitiva…

Lunes, 27 de Agosto de 2007
Devolverlos*

*Por Sandra Russo

La primera vocación que creí tener fue la sociología. Me inscribí en un año desafortunado, 1976, y ya he relatado en alguna oportunidad la sórdida experiencia que fueron esos pocos meses, tratando de saber qué materias uno estaba cursando o quién era el profesor titular: eso sucedía mientras las Fuerzas Armadas tomaban las primeras medidas, que incluían la desaparición de gran parte del cuerpo docente de esa carrera.
De todos modos, yo ya había descubierto que algo insoportable se interponía entre la sociología y yo: las estadísticas. Sintetizando, a mí la única parte que realmente me interesaba de lo que la sociología podía ofrecerme era la cualitativa. Podía comprender racionalmente el valor de lo cuantitativo, pero, ¿estudiar eso?
En periodismo solemos usar las estadísticas como una de las cosas que son: un cuadro de situación, una herramienta para poner en caja un tema, una prueba de alguna verdad que puede escapársele al sentido común, una prueba de que a veces el sentido común está manipulado desde otro lugar que no es la propia experiencia ni lo que el individuo opina en virtud de las experiencias de quienes lo rodean.
Pero las estadísticas, desde que decliné internarme en su estudio hasta ahora, han aumentado su status y su honra. La estadística suele ser presentada como una última palabra, algo que es capaz de dirimir, garantizar o desmentir cualquier cosa que se diga.
Más allá y sin poder dejar de mencionarlo, el escándalo del Indec tiene esa envergadura: sea cual fuere la verdad de sus entretelones, el falseamiento de una estadística oficial tendría ese vicio moral: un Estado nunca puede presentarse refrendando una estadística o un índice falseados, porque eso
equivale a mentir. Esto último es rigurosamente cierto, pero cobra una dimensión potenciada por la idea general de que las estadísticas son las que guardan la verdad verdadera, esa que es imposible percibir desde uno mismo.
Las estadísticas, también por eso, incluyen por sí mismas una idea de país, un colectivo que se ignora a sí mismo y sólo puede reconstruir su imagen en el espejo partido de esos números.
El otro día salía de Canal 7 de hacer un programa sobre inmigrantes ilegales. Había estado como invitada la escritora Matilde Sánchez y habíamos presentado un largo informe del antropólogo Alejandro Grimson, probablemente uno de los intelectuales argentinos que con más claridad han pensado el tema de los inmigrantes ilegales en la Argentina. Grimson había dado varios ejemplos mundiales de cómo las leyes restrictivas con la inmigración lo único que logran es acelerarla, y cómo funcionan subrepticiamente los prejuicios y los juicios discriminatorios hacia los indocumentados. Esta palabra resultó clave en la reflexión sobre este tema: indocumentados. Se prefiere llamar a los extranjeros, en todas partes, inmigrantes ilegales, porque esa expresión hace recaer el peso de la identidad en el extranjero.
La palabra indocumentado, en cambio, interpela al Estado.
Decía que salía del canal de hablar de todo esto, y me tomé un taxi.
Manejaba un hombre mayor con boina y aspecto de abuelo perfecto. Tenía una teoría sobre los arrebatadores que había elaborado lentamente: -Primero se le acercan -me dijo.
En el asiento de atrás yo me preguntaba cómo es posible que un arrebatador le arrebate a alguien algo sin acercársele, pero el señor quería desahogarse, y me contó que una vez él venía de vender una casita y tenía los dólares en la cintura, pero había dejado mil en su billetera. Se metió en un bar a tomar café y a leer el diario. Dijo que incluso (¡incluso!) tomó el recaudo de poner delante de sí la billetera, para no perderla de vista. Y se puso a leer el diario. Dijo que se acercó un chico a dejar sobre la mesa un reloj de los que vendía. Y a que no sabe qué pasó, señora: me leo todo el diario, y cuando lo bajo, la billetera no estaba, ¿se da cuenta?
Los taxistas me irritan, pero éste era un poco ingenuo y además qué mala leche que te afanen la billetera cuando tenés mil dólares. Y así estábamos cuando la charla derivó hacia los peruanos, y el hombre mayor me dijo, con total seguridad y templanza en la voz:
-El 90 por ciento de los delitos que se cometen en la ciudad los hacen los inmigrantes. Uno les da la mano, y ellos mire cómo actúan, señora.
No le pregunté de dónde sacó esa estadística delirante, porque estaba dispuesta a escuchar al buen hombre, no a desafiliarlo de la estupidez. El hombre mayor siguió hablando hasta que llegamos a destino, y mientras se daba vuelta para darme las monedas del cambio, y sin que hubiéramos vuelto a hablar del tema de los inmigrantes latinoamericanos en las últimas veinte cuadras, sonrió con su cara de abuelo perfecto, y dijo:
-Va a haber que devolverlos a todos, señora. Qué va a hacer.

*Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-90358-2007-08-27.html

CULTURA : ENTREVISTA: GRISELDA GAMBARO, ESCRITORA Y DRAMATURGA

“El análisis resulta un enemigo para escribir”*

Acaba de publicar “La persistencia”, una obra que todavía puede verse en el Teatro San Martín y que narra la masacre de Beslán, Rusia, donde murieron 300 rehenes.

UNA ESCRITURA VIOLENTA. “ALGO PASO EN MI CUANDO LEI LA NOTICIA”, DICE
GRISELDA GAMBARO.

*María Luján Picabea mlpicabea@clarin.com

Cada personaje viene con sus palabras. Zaida, la protagonista de La persistencia tiene esas palabras y no otras. Ahora que lo pienso, yo tal vez hubiera querido para ella un final más grato, pero todos los acontecimientos la llevan a decir las palabras que dice. Si yo lo hubiera cambiado la obra hubiera sido mentirosa, tal vez Zaida se hubiera salvado pero la historia se hubiera caído”. Así, como quien observa una antigua fotografía familiar, con cierta tristeza por ese pasado que ya fue, que ya no se puede y tampoco se quiere modificar, Griselda Gambaro habla de La persistencia, un texto dramático basado en la masacre de Beslán, en Rusia, que acaba de ser editado por Norma.

Los hechos fueron los siguientes: el 1 de septiembre de 2004 un grupo comando checheno tomó una escuela en Beslán, el gobierno ruso se negó a negociar y luego de dos días lanzó un ataque que terminó con la muerte de 300 rehenes, sobre todo niños.

-¿Por qué este hecho inspiró la escritura de “La persistencia”?

-Es difícil saberlo, leí la noticia en el diario y no recuerdo cuánto tiempo después surgió la primera imagen, quizás sin que me lo propusiera. Se ve que fue muy fuerte lo que esta noticia, que por otra parte era terrible, me provocó. Sucede que uno lee tantas noticias terribles. No sé, quizás fue por la cantidad de niños masacrados o por la ceguera a ultranza del gobierno ruso que no quiso negociar. Algo pasó en mí que no era parecido a lo que me producían otras noticias.

-¿Cuál fue la primera imagen?

-Felizmente se ha borrado… porque yo soy como violenta al escribir. Es decir, quizá pienso un poco antes de ponerme a escribir realmente, pero cuando empiezo es un desencadenante bastante irrefrenable donde una imagen trae enseguida la otra. Un personaje habla de una manera y el otro le
contesta enseguida. No tengo dudas en ese momento.

-Pero eso implica un importante trabajo previo.

-Sí, pero una vez que uno tiene la forma, el texto fluye. Uno no busca las palabras que tiene que pronunciar ese personaje, el personaje las pronuncia. La escritura ahí es un suceso, un suceder.

-Esta obra está cargada de senti mientos potentes y muy dolorosos, ¿cómo fueron sus sentimientos al narrarlos?

-Nunca me analizo porque el análisis es un enemigo del trabajo. Por ahí se puede analizar después pero no mientras se trabaja. Supongo, y no lo sé a ciencia cierta, que esos sentimientos vienen de muy lejos, de tantas veces que uno lee que en el Norte un chico se muere de desnutrición, que uno ve a un chico inhalando pegamento. Toda esa irritación, ese dolor, la furia impotente que provoca ese estado de cosas probablemente fueron creciendo e hicieron esta montaña de sentimientos que provocó esa noticia tan lejana, pero lejana sólo en un sentido porque nosotros tenemos también la carga de la muerte y el descuido de los chicos muy cerca. Si este país fuera Suiza quizá yo no la hubiera escrito.

Gambaro rehúye la idea de hablar demasiado de sí misma, intenta quitarle brillo a su nombre, que está en todos los textos escolares y que es ineludible cuando se reseña literatura y dramaturgia argentina. Sentada en el café del Teatro San Martín bromea sobre su sugerencia de realizar allí esta entrevista, donde, dice, andan todos sus admiradores. Y cuando uno de ellos se acerca a elogiarla ella responde sin dudas: “El ego nunca se cansa”.

En el San Martín se mantiene en cartel La persistencia y a pocos metros de la sala Casacuberta, Gambaro afirma: “Una obra se termina, por ley, cuando está puesta en escena, cuando se hace una de las versiones posibles del texto teatral. Creo que una obra de teatro para ser válida tiene que tener
las dos posibilidades, la de ser leída como texto dramático y la de subir al escenario. Siempre está, eso sí, ese viejo conflicto innecesario de si es más importante la palabra o la acción escénica: para mí tienen una relación recíproca ineludible”.

Así escribe

Zaida: Ya no me engaño. Por eso pude. Que no me mientan más con el candor de los niños, con sus sonrisas encantadoras, sus dientes de leche, sus balbuceos conmovedores. Ni siquiera amo a los nuestros, pero lo disimulo.
Los acepto, los soporto. Para los otros sólo guardo aversión. Son nuestros enemigos, así pequeños, con sus dientes de leche, con su miedo a la oscuridad. Tramposos. No temen, tienen colmillos, turbios ojos de malos pensamientos, costumbres que no son las nuestras. Me regodeo: ¡bien hacemos en matarlos!

Boris: ¿Quién te envenenó de esa manera? Ni siquiera el odio alcanza. No se puede saber lo que será un niño pero porque está inerme no lo toco. Porque su crueldad, su maldad le es añadida no es culpable aunque cometa un crimen.
Aunque tome un fusil y dispare, aunque acuchille a sus hermanos en el sueño.
¿Quién te envenenó para que niegues la inocencia?

Zaida: ¡Qué curiosa inocencia! (Ríe) La desconozco, como Enzo. Pero no es por él que la desconozco. Todo lo que dije es verdad ¿Quién sino un madre puede saberlo? Tus inocentes criaturas no son tales. ¿Qué están inermes?
Fingen. ¿Qué necesitan protección? Mienten. Miré a sus niños y desfallecí de repugnancia. Cortales, cortales la vida rápidamente para que no emponzoñen.
Mi ricura, mi angelito de la tierra, mi bebé, ¡qué plumón de pelo! Qué plumita de pájaro recién nacido, qué ojitos sin malicia. ¡Cuentos! Serán nuestros enemigos con tanta seguridad como el advenimiento del día y de la noche. Ya lo son. Merecen morir: que lloren hambrientos, que al nacer no encuentren el pecho de su madre, que el hilo umbilical los estrangule. Que sientan la mordedura del dolor como ovejas con las patas quebradas y giman, y giman y balen. ¡Qué revienten!

Boris: ¡Tragate esa palabras! ¡No quiero escucharte! Tenés los ojos secos, ¡piedras secas! (Lanza un sollozo animal. La sacude con furia) ¡llorá por tu hijo muerto, llorá por esos que asesinaste!

Fragmento de “La Persistencia”,
Norma, 2007.

Gambaro Básico

ESCRITORA Y DRAMATURGA
BUENOS AIRES, 1928

Es una de las voces sobresalientes de la literatura argentina. En 1977 un decreto de Videla prohibió su novela “Ganarse la muerte” por encontrarla “contraria a la institución familiar y al orden social”. Por esta razón, se exilió en Barcelona, España. En el Teatro San Martín, se estrenaron muchas de sus obras: “Nada que ver” (1972) y Dar la vuelta (1999), entre muchas otras.

Publicó libros de relatos como “Madrigal en la ciudad” y obras como “La malasangre”.

*Fuente: Clarín

http://www.clarin.com/diario/2007/08/27/sociedad/s-03301.htm

Madre bañando a su hijo*

El desnudo hijo dentro de la imperial bañadera de hierro llena de agua. Un despintado banquito de tres patas, al lado. Y una canasta con jabón de tocador de coco, esponja, sales de baño importadas, una caja grande de fósforos de madera y barcos de papel. El desnudo hijo es un adulto lento, vacío, triste. Estupefacto. Mira el agua. Un brazo apoyado sobre el borde de la bañadera. Lo mira. Mira el agua.
Hablando áfona desde hace un largo invierno, aparece la madre con guantes de goma color crema (con cruces rojas), ya puestos. Saca de la canasta el jabón, la esponja, las sales de baño. Echa las sales en el agua. Enjabonando al hijo, abruptamente se la oye:
—Estaba como ciega, como él. De aquí, de allá y de mi abuela también. Cómo calienta el sol. Qué alta está la luna. Se perfila tu terrible perfil. Jugo de cáscara. Pasado de rosca. Los bueyes perdidos. Bacán pobre. De chanfle. Esto no se puede decir. Papas en la boca. No se puede decir papas en la boca. Huevos en la boca. Las muelas como parapetos. Cabal cabalga su cabalgadura. Sufre y sufre, pero no lo sabe. Nunca más otra espantosa noche en vela. Ahora no me sale, pero cuando me salga. No sería noble si no conciliara. Una estrella en el mar. Cansina, cabizbaja. Una señora de mi casa. Algunos siempre dicen yo. Su cara de madonna de quince años. Encontré los bueyes. Lo deseé con intensidad. Hay que ver cuán agraciado había sido. Supo ser. Alguien me conocía. Me dejaron abandonada en la barriga de mamá. Una señora, pobre señora de mi casa. Qué ordinario siglo. El amor, el alma, la vejez. Cuando chica, después crecí. Vos no sabías que yo no sabía que vos no sabías. Nadapienso todosiento. Las otras chicas también están tan enamoradas. Claudicaremos cuando a nadie le importe. ¿El resentimiento es un hijito moderado del odio?… Espero que él me saque a bailar. Desde luego que no saben ellos hasta dónde ni cuánto más. ¿Se fijará en mí?… Jamás nunca ahora más adelante. Porque cuando mismo que tal vez. Una se abre, se abre y explota. Me sabría defender a la perfección. De la perfección. Madre para perdurar. No es un secreto para nadie. Sentimentalmente, digo. Y bailamos después.
Signos de inefable tensión en la entrepierna del hijo desnudo. Se oye en simultánea que alguien cae y grita. Y que allí mismo un moscón zumba. La madre refriega la espalda del hijo con la esponja.
—Solazado el árbol de la vida. No confundir tal cosa con libertinaje. El tiempo es un. De las aves que vuelan me gusta la cigüeña. Al sínodo falté, tu cama capturé. Lenguaje abismal. Aplausos. Templo las cuerdas de mi cimitarra. Sáquense el fardo de encima. A ratos una niña. Quién lo creyera. Tan lejos de mí. Jeringozoso. Vacuna contra la. Pura prosopopeya. Sáquenselo, cómanse el fardo. Otro gallo cantaría. Cómo anhelo (no digo qué). La maestra es la segunda madre, el colegio es el segundo hogar. Nos cuesta menos querernos que desquerernos. Las chicas precisamos ser deslumbradas. Un loco, él era un loco para manejar. Un racimo de pituitarias huele mi ramo. Casualmente lo que yo te contaba. Pura pura. Tan capcioso. Cercanía, cerquita, cerca. Salté. Me reí, me reí como hacía tantos años.
Continúa hablando, pero áfona. Por completo tenso el periscopio del hijo desnudo. Se hace la madre otra vez audible:
—Porque a tu tía no le place. Tenés, Beto, que comprender. Hay límites, hay hasta dóndes. Ella es muy celosa, tu tía. Te lo digo con tranquilidad, sin impacientarme. Ella te adora, tu tía. No me hagás renegar. Sabés cómo soy: muy sensible. Quiero que admitas el traspié. Lo siento. Lo todosiento, te vas a disculpar.
Sin dejar de hablar, se sienta en el banquito. Dos lagrimones atraviesan las pálidas mejillas del hijo desnudo. El moscón deserta.
—Sabés que soy recta y cariñosa. Tu tía tiene sus razones. Se halla disgustada. Agraviada. Ella es muy celosa de vos, tu tía. Se afecta y es lógico. Como es lógico que languidezca cuando no la llamás, cuando no la atendés. Ella desea ser consultada, tu tía, requerida. Y también se ha sacrificado por vos. Todos estamos solos, Beto, en el fondo. No es mucho pedir. Quien más, quien menos. Apenas que no dejes de tomarla en cuenta. Cierta continuidad. Es una señora grande. Vos sos más intuitivo que otra cosa. Los desamorados son muy… Eso es condenarse. Aislarse es condenarse. Forjarse es tarea de cada jornada. Bueno, ya sabés como soy. Tu tía no lo merece, ella.
Habla, pero áfona. Enjuaga al hijo. Cimbran los jubilosos testículos del hijo desnudo. La madre extrae de la canasta los barquitos de papel. Los dispone en el agua. Los mueve, los sopla. Extrae de la canasta la caja de fósforos. Como jugando, prende fuego a un barco.
—Y si no, fijáte en nuestra familia. ¡Por algo no fui contrincante!… Astrid me avisó. Desde Goya: me llamó y me avisó. No habrán estado tan maniatados. Hubo irresponsabilidad. ¿Sabés qué pensé cuando me lo contaron?: que fueron estúpidos de una manera desaforada. Ocurrió ya con otro, un primo mío fallecido. La decisión tenés que tomarla cuanto antes.
Sin dejar de hablar, prende fuego a otro barquito. En el grueso y agitado periscopio del hijo desnudo resplandece un hálito tremendo.
—Sé que te cuesta. Pero, por lo menos, nosotros sí con la cabeza sobre los hombros. Tu abuelo la seguiría: “Y con el cerebro dentro de la cabeza”. Y que no querés ser áspero ni irritante también lo sé. Sobre todo por el lado de las cuñadas, esas mujeres en chancletas, hay antecedentes. ¡Ah!, esas susceptibilidades cuando está revuelto el avispero, no paguemos los justos por pecadores. Con ellas, pies de plomo.
Prende fuego con un mismo fósforo a dos barquitos. Y del ojo del enardecido periscopio del hijo desnudo, brota una salva de esperma que santifica el rostro, la cabellera y los hombros de la madre, y que, asimismo, apaga los focos de incendio.
—Delicadeza, diplomacia y como que estuvo urdido desde antes. De la suegra del hermanastro del Aunario, no hay que preocuparse porque se vuelve a su país. Mejor. Hay un punto que no estaría de más que le fueras buscando la vuelta. Previsión. Para no quedarnos estancados. O un día, zás, nos salen con un domingo siete. Buscarle la vuelta en el sentido de la liberación total de la escritura. Tiene que haber un procedimiento legal. Acortar plazos en estas circunstancias nos favorecería.
Habla, pero áfona, hasta que sacando el tapón de la bañadera, vuelve a oírsela:
—Las palabras son cuerpo. Cómo se ponen estas palabras en la caaaaaaavidad. El volumen y el espesor. De chanfle. Como ciega y como sorda, como él. El paladar es irrevocable. Sufría mucho. Ella sabe todo de vos, siempre se interesó. No olvida jamás un acontecimiento, tu tía. Necesita que la mimés. Restituíle, Beto, restituíle. Cartas en el asunto. Que no te desentiendas.
Es audible el agua pasando por la cañería.
—A alguien le toca, y es a vos. Pueden iniciar juicio y eso crearía molestias. Inevitable. Tenemos que anticiparnos. Llevamos las de ganar pero confiarse es nefasto. Conciliar no es deponer. Tu tía no parece la del retrato coloreado. ¿Olvidó qué preferías, tus antojos? Y vos, nada. La vieras. No es mucho demandar. Cabalga sobre su cabalgadura cabal. Un loco. Con una sola mano manejaba, los cambios con displicencia. La envidia. Liberación total. Y al abogado como primera medida. Al nuestro. Es hábil y experimentado. Hay que pre… pre… Ablandar el texto. De brazos cruzados no se van a quedar. Lo que haya que pelear se peleará. La pecunia. ¡Qué ironía!… No sé por qué ahora me viene a la mente: “Es mejor ahogarse con aire que sin aire”. Sin embargo, me oxigenaría (¿o sin sin embargo?) que no ignoraras. Que mañana no me reproches no habértelo trasmitido. El haberme ocultado de vos. (O el haberte ocultado de mí.) Las cosas que podés saber, sabélas.
Habla, pero áfona. El hijo desnudo comienza a ser arrastrado por el remolino. La madre, incorporada, se opone al remolino, tironeando del hijo. Vuelve a oírsela:
—Entre nosotras nos lo recomendábamos: “¡Es bárbaro, es un forajido!” ¡Se derritió como un helado! ¡Me apresuré cuando apetecía ser derribada! ¡Eso me inculcaron! ¡Sus negocios marchaban, al principio! ¡Hubo varios principios, aunque el primero fue estupendo! Un torbellino. Efecto de rebote. ¡¿Por qué tuve y tuviste secretos para mí?! Ronquido hidráulico. ¡¿Por qué me instabas a una supuesta ambigüedad?! ¡Querido!…
Ya más de medio hijo desnudo ha sido absorbido, succionado por la cañería.
—¡Yo ansiaba que me envolvieras, que me pertenecieras! ¡Te adoré! Y no era manco para… ¡Una hembra sin corazón hubiera resistido!…
Casi todo el hijo desnudo ha desaparecido.
—¡No me apabullaron ni disfrutaron ni desencadenaron! ¿Dónde aprendiste?, nos decíamos. ¡¿Quién tiene que descerrajarse?! ¡Yo era menos oblicua alguna vez! ¡Y sola es como el crimen!…
Cesa de hablar. Cesa el sonido del agua y del hijo pasando por la cañería.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Correo:

EL FERROCARRIL ARGENTINO: UN ROMANCE NEURÓTICO*

Argentina inició la construcción de sus ferrocarriles más tarde que otras naciones americanas, pero eso no le impidió lograr la décima red en kilómetros a nivel mundial y la segunda de América. El País se formó al compás de sus trazas ferroviarias mal o bien ideadas; mal o bien intencionadas.

Igual que hoy, la idea fue y siguió siendo extractiva de recursos naturales y producciones primarias. Unos pocos ramales con estrategia y otros muchos con anarquía, los ferrocarriles se fueron construyendo con diversas medidas de sus coches y vías, garantizando un poco mas aquello de que los siglos venideros nos sigan encontrando desunidos y, si es posible, dominados.

Hasta 1957, con sus 100 años cumplidos y junto a las vías fluviales y los puertos marítimos, los ferrocarriles sostenían la estructura económica del 60% del territorio continental argentino.

La aniquilación programada bajo recomendaciones de un General veterano de la Segunda Guerra Mundial designado por la Banca Internacional y contratado por el Gobierno de Arturo Frondizi, desarticuló el territorio argentino aniquilando 17.000 km de vías en una sola jornada. Pero no nos equivoquemos, el Plan Larkin también inició el aniquilamiento de las vías fluviales y marítimas, junto a recomendaciones viales que, mas que acelerar la construcción de caminos, casualmente las detuvo por décadas.

Así, en la debacle, había nacido el romanticismo ferroviario que, sin malas intenciones, se convirtió en una neurosis obsesiva utilizada vilmente por quienes necesitaban la desarticulación del País, acusándolos peyorativamente delante de micrófonos y cámaras como pueblerinos, políticos y trabajadores que añoraban tiempos pasados utópicos de recuperar y de ser defensores de proyectos inviables e innecesarios.

Quizá por eso sea que hoy, cuando estamos sobre los 150 años y justo cuando, por fin, se ha comenzado a recuperar la conciencia de transporte y economía sobre la temática ferroviaria, saltamos con proyectos posiblemente necesarios pero fuertemente secundarios frente a las necesidades de recuperación de ferrocarriles y generación de nuevas trazas en todo el territorio nacional y en sus conexiones limítrofes.

Sí, ese romanticismo existió, existe y es neurótico obsesivo, pero mucho más patológico y perverso es lo que hicieron al destruir la estructura económica del territorio argentino, como también lo es cometer errores de acción so pretexto de la recuperación ferroviaria.

*Jorge de Mendonca. jorgedemendonca@gmail.com
– DNI 14.381.615 – Ingeniero White – Buenos Aires

*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 80 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición julio/septiembre/2007, puede ser ya consultado en nuestra página de internet www.euroyage.com
en el link:

http://www.euroyage.com/index.php?i=http://www.euroyage.com/xicoatl/80/e_80.php

CONTENIDO:
Editorial: En la Asociación YAGE y el Magazin Cultural XICóATL celebramos 15 años de actividades. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Poemario: Poemas. Olga Elena Sánchez Guevara
Poemario: Homenaje a Frida Kahlo. Walkala
Narrativa: Risas en la morgue. Laura Massolo
Narrativa: Los verdes años del billar. Roberto Reyes Tarazona
Austria: Poemas. Christoph W. Bauer
La edición impresa de XICóATL # 80 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail en la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).

Cordial saludo,

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DEL SER Y EL PARECER…

Agosto 9, 2007 por inventivasocial

Quien soy?

Quien soy cuando no soy
Autentica con mis sentimientos
Cuando trago saliva
Y parece que no siento
Cuando deslizo miradas ingenuas
Aprendidas de mujer decente
De ser y parecer
Como si fueran la misma cosa.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Del ser y el parecer…

Infantil*

—Cuando era chiquita me soñaba una casa —dice la mujer—. Que era una casa. Que yo era una casa en cuyas tejas los pájaros y las palomas no sabían asentarse. Se desprendían, resbalaban, no sé; alguno no levantó vuelo y se estrelló. Y se murió en mi jardín, entre las flores, entre los carteles que explicaban la procedencia de esas flores vistosas, con tanto amarillo y negro, tan desesperadas. Se murió en mi jardín, uno. Y nadie lo enterraba. Era chiquita la casa que yo era: un chalecito. Había una virgen de Luján en el fondo, empotrada en una pared descolorida. No sé quién le llevaba menta. Los bichos canasto estaban siempre con ella. Las tejas, no me acuerdo. Pero los pájaros se caían, todos se caían.
—Uno se murió —dice el hombre.
—Resbalaban, no sabían asentarse —dice la mujer—. La chimenea nunca largaba humo. Estaba siempre limpita. Ni las palomas ni los pájaros iban a la chimenea. Intentaron varias veces no resbalar, aletear con precaución.
—Uno se murió —dice el hombre.
—¡Sí!… ¡Uno se cayó, se murió!… —dice la mujer—. Y nadie lo enterraba. No sé cuántas muñecas vivían en mi casa. Lo miraban al pájaro y seguían de largo. Por ahí se detenían un momento, y de lejos nomás miraban y seguían de largo. Con ojos estúpidos miraban y hacían lo que tenían que hacer, menos enterrarlo o quemarlo o tirarlo afuera. Todas tenían mi cara, las muñecas. Eran muchas, más de las que podían caber. Todas parecidas pero ninguna era igual a otra.
Dice el hombre:
—Mi amor.
—¿Qué?… —dice la mujer.
—Nada —dice el hombre—. Te beso.
La besa en los labios. La mira mientras la besa. No la abraza ni la toca más que con los labios. Deja de besarla. Detenidamente mira el pelo, el cuello de la mujer. Sin tocarla más que con los labios, vuelve a besarla en la boca. La mujer, sin separarse, llora. El hombre, con un brazo, la toma de la cintura. La mujer besa las mejillas del hombre. Con la otra mano, el hombre, toma la cara de la mujer. La mujer lo abraza. Llora.
—¡Yo era chiquita!… —dice la mujer—. ¡Yo era chiquita!…

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Ser y parecer*

Pareciera que es la idéntica esquina

La equivalente línea

Y lo aparente: vigente

Y ser: ¿ ser complaciente?

Complacer sin ser

Sincerarse y no ser parecido

O saber ser sin aplausos.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Jueves, 09 de Agosto de 2007
Esta mujer*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

Esta mujer que no murió ahogada en una cascada artificial, que no se tiró desde de una torta de cuatro pisos, que se calzó la corona graciosa y virginal, cuando estaba triste y mancillada, no murió de corrupción sensitiva pero fue por sí misma condenada al trabajo forzoso de la apariencia de felicidad.
Esta mujer está cansada. Necesita unas vacaciones. Tres días de permiso no le alcanzan. Una semana sin goce de sueldo sería una catástrofe. Nadie mejor que ella para saberlo. Tiene conciencia de los peligros que la acechan. No es sorda. No necesita que le repitan diez veces la misma culpa.
Esta mujer que se mantiene con un mínimo trabajo de pequeñísimas horas que no alcanzan a formar una jornada laboral, renuncia. Apenas puede comprarse un ramo de lirios o de violetas, pero está contenta y renuncia.
Esta mujer que por mucho tiempo no ha estado por entero muerta ni por entero viva, ahora quiere mudarse al costado radiante de la ciudad radiante.
Alquilará un departamento si las facilidades de pago se extienden hasta lo eterno.
Esta mujer que cayó por el conducto auditivo supo escuchar su nombre, desnudo sobre escombros. Raspó su pecho, su garganta, su cintura. Tocó el inaudible rumor del alma amordazada, del alma que no podía manifestar su menor suspiro.
Esta mujer que no murió por la pérdida de sus méritos, se alegra de haber tocado con un dedo el costado aún latente de su corazón. Desde hace cien años no se siente viva pero encuentra razones para resucitar.
Esta mujer que levanta los ojos para mirarlo todo, para esperarlo todo, como si en todo hubiera un resquicio por donde la luz se filtre, no ha muerto enceguecida, no se ha disuelto en la oscuridad.
Esta mujer que no murió por haber ingerido un sándwich bañado con su propia sangre, conserva cierto orgullo vertical aunque le tiemblen las rodillas. Su desliz está próximo pero no tiene pensado renunciar a él en nombre de las prudencias ajenas.
Esta mujer que no murió por sus equivocaciones advierte que la posesión del alba, como el arte de las simultaneidades, guarda un secreto original de contrarios y opuestos.
Esta mujer que hoy ejercita el sarcasmo ante una realidad de folletín sangriento, quedó maltrecha cuando la lucidez la alcanzó con su bastonazo.
Las magulladuras le supuraban como lepra anímica. No tenía claro cómo se muere ni cómo se sobrevive. Cualquier esfuerzo, hasta el de la respiración, le atravesaba la dignidad de lado a lado y por azar quedó en manos de la vida. A diferencia de todos los héroes que avanzan contra viento y marea, a esta mujer los pensamientos hostiles la hacen retroceder. Pero esta mujer que no murió por replegarse tuvo argumentos para crear una canción extrema, convulsa, deliberada. Una canción que hizo vacilar al escorpión negro antes de alcanzarla con su aguijón mortífero. Esta mujer que no murió por su
docilidad escuchó el desmantelado grito de socorro de su propio corazón y pudo preguntarle al escorpión ¿hasta cuándo pensaste que iba a ser dócil?
Esta mujer que no murió por tropezar dos veces con la misma piedra, no se sintió obligada a levantarse enseguida. Desmayada en medio de la vereda se permitió pensar mientras a su alrededor empezaba a congregarse un tumulto extraordinario. Alguien derribado puede ser un espectáculo muy curioso.
Luego se puso de pie y comenzó a andar sin pensar que pudieran hacérsele costumbre las caídas.
Esta mujer que no murió por alimentarse sólo con bocados de queso y sorbos de ron, viaja sobre el lecho de un río y los peces de las profundidades sostienen la quilla de su deriva.
Esta mujer que no murió por exceso de fantasmas. Que si huía por los corredores era para no malgastar besos, aspiró el olor de una fosforescencia voluptuosa. Almorzó con un hombre que fulgura. Escuchó una palabra que no lastima.
Esta mujer que no murió de frío, ni de atrasos, ni de ilusiones, hizo un bellísimo dibujo de los brazos que se ahormaban sin cansancio a los espejismos.
Esta mujer que no murió al tropezar en la escalera acaba de irse, acaba de cerrar la puerta y no vuelve, no puede volver. Se ha marchado y alguien está solo.

*Fuente: Rosario-12

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-9758-2007-08-09.html

Cardinal*

Solo te sugiero
no pierdas tu norte
no cedas espacio tras espacio
mimetizada entre estrellas
de caprichosas luces
cual cometa sin cola
oculta
tú asteroide tras de Marte
aunque las chispas cósmicas
a tu alrededor
crean saber de qué se trata
aquieta tu pecho
clarifica tu intelecto sabia

aún en la trampa nocturna del
mejor sueño no empeñes tu alma

solo te sugiero

lo peor y lo mejor
querrá adueñarse de ti

la tecnología niña precoz
te causará vértigo

la orfandad de ese amor
te causará nauseas

o esa recreación
te parecerá lo máximo

o ese ente alegre diminuto
ora onda
ora partícula
brincará en tus átomos

no cedas
te asaltará quizás
el hambre y la sed
propia y ajena

no respondas
salvo cuando surja
de Ti el participar

sé tu brújula natural Sonia
así resultaremos dos.

Muchos?

*de Victor M. Falco vittoriofa9@hotmail.com

Jueves, 09 de Agosto de 2007
LA VIDA Y LA OBRA DE INGMAR BERGMAN

“También Dios representa un papel”*

El autor reexamina la obra de Bergman y la articula con su texto autobiográfico Linterna mágica, en busca de claves acerca de la compleja relación entre la creación artística y la experiencia personal del creador.

Ingmar Bergman, su hijo Daniel y su esposa Kibi Laretai, en los ‘60.

Por Carlos D. Perez *

“Como todos los directores, él también representaba el papel de director”, opinó alguna vez Ingmar Bergman a propósito de uno de sus maestros, Alf Sjöberg: la afirmación le incumbe. Al director le afecta la pesada duplicidad de ser a la vez quien establece una escena y también un protagonista que desempeña su papel. La constante preocupación de Bergman por esta escisión le posibilitó inflexiones acerca del creador y la obra, principalmente en su libro de memorias Linterna mágica, testimonio de una vida de éxitos y fracasos cuyo referente privilegiado es el máximo director de escena: Dios.
Aunque, ¿no es aplicable también a Dios la aseveración del comienzo?: “Como todos los directores, él también representa el papel de director”. Por más esquivo que resulte, Dios lleva la marca del representante obligado por la escisión, que para ser tal expulsó de sí al Demonio y tuvo que desdoblarse en los tres del catecismo para constituir familia. “Obra para la gloria de Dios” dijo Bergman; la gloria de Dios es esa obra, humana por excelencia, que retorna amenazadora o apaciguante sobre el sujeto para ocupar el lugar vacío de su imaginería, como las sombras que se encienden al proyectar una película. Bergman lo supo; recordando el proyector de cine que le regalaran cuando tenía diez años, escribió: “Esta maquinita destartalada fue mi primer equipo de prestidigitador. Y todavía hoy me digo, con pueril emoción, que soy realmente un mago, puesto que el cinematógrafo se basa sobre el engaño del ojo humano. He sacado en conclusión que, si veo un film que tiene una duración de una hora, durante veinte minutos estoy sentado en la oscuridad más completa: el vacío entre cada toma”.
Cuando, en Cuatro obras (ed. Sur, 1965), refirió su modo de realizar películas, afirmó: “Haciendo caso omiso de mis propias creencias y dudas, que carecen de importancia en este sentido, opino que el arte perdió su impulso creador básico en el instante en que fue separado del culto religioso. Se cortó el cordón umbilical y ahora vive su propia vida estéril, procreando y prostituyéndose. En tiempos pasados el artista permanecía en la sombra, desconocido, y su obra era para la gloria de Dios. Vivía y moría sin
ser más o menos importante que otros artesanos; ‘valores eternos’, ‘inmortalidad’ y ‘obra maestra’ eran términos inaplicables en su caso. La habilidad para crear era un don. En un mundo semejante florecían la seguridad invulnerable y la humildad natural”.
No obstante, la vida se le enmaraña; en Linterna mágica, las escisiones siguen rumbos diversos. A veces resultan ostensibles, otras no se las puede discriminar pues los planos se mezclan; el ilusionista nos confunde, se le confunden al ilusionista, sobre todo porque -no podría ser de otro modo- hace obra tematizando el propio padecer. Planos que, al organizarse en torno del director y del protagonista de la escena, producen la escisión de profundas vivencias.
En uno de los primeros momentos significativos de la secuencia que Bergman dispone en el libro, relata lo que presenció al recibir el anuncio de la muerte de su madre. Fue a la casa de ella, encontró el cuerpo exánime y pasó un largo rato sentado a su lado. Impresiona el despojo con que la describe; antes que un hijo hay allí un director que organiza una puesta: “Yacía en su cama, vestida con un camisón de franela blanco y una mañanita azul. Tenía la cabeza ligeramente vuelta hacia un lado y los labios entreabiertos. Estaba pálida, con ojeras, y el pelo, todavía oscuro, bien peinado -no, ya no tenía el pelo oscuro, sino entrecano, y los últimos años lo llevaba corto, pero la imagen del recuerdo me dice que su pelo era oscuro, tal vez con algunas canas-. Las manos descansaban en su pecho. En el dedo índice de la mano
izquierda llevaba una tirita”. Sólo la vacilación entre el pelo oscuro y el cano vuelve ostensible su inquietud; lo demás permanece estático, no en la rigidez de lo muerto sino con la quietud de un latido en suspenso.
La vacilación es inquietud ante algo que escapa a la precisión del dato; lo negro, oscuro, y lo cano producen en claroscuro el contraste de vida y muerte. Lo demás son minucias para el director. Lo expresa mediante la negación de una certeza: “Pasé allí sentado varias horas. Las campanas de la
iglesia de Hedvig Eleonora (la iglesia donde oficiaba el padre, pastor) tocaban a misa mayor, la luz vagaba por la habitación, se oía música en alguna parte. No creo que sintiera dolor, tampoco que pensara, ni siquiera creo que me observara o me hiciera mi propia puesta en escena -esa
deformación profesional que me ha acompañado sin piedad toda la vida y que tantas veces ha robado o escindido mis más profundas vivencias-”. Es lamentable para él que así sucediera, pero de valor inapreciable para su condición de artista, ya que lo impulsó a generar una obra magna de la
cinematografía. En El rostro (conocida en la Argentina como El mago), cuatro viajeros en un coche -la troupe de Vogler, un mago ilusionista- encuentran en la espesura de un bosque a un actor moribundo. Lo llevan. Tendido en el piso del coche, dialoga con ellos acerca de la verdad, la mentira, la ilusión, hasta que su muerte parece próxima. Vogler se inclina sobre el actor, quien, manteniéndose impasible (luego se sabrá que su agonía era mentida) dice: “Si desea registrar el momento exacto, mire con detenimiento,
señor. Tendré mi cara abierta a su curiosidad. ¿Qué siento? Miedo y bienestar. Ahora la muerte ha llegado a mis manos, mis brazos, mis pies, mis entrañas. Trepa hacia arriba, hacia adentro. Obsérveme detenidamente. Ahora se detiene el corazón, ahora se apaga mi conciencia. No veo ni Dios ni ángeles. Ahora ya no puedo verlos más a ustedes. Estoy muerto. Ustedes se preguntan. Yo voy a decírselo. La muerte es…”.
Cuando, al promediar la película, este actor reaparezca, dirá de sí: “Me he tornado convincente. Nunca lo fui como actor”. Mientras Vogler, al disponer los elementos para su próxima actuación, manipula una linterna mágica (un proyector), el actor extiende una mano y ataja el haz de luz; al proyectarse la silueta en la pantalla dice: “La sombra de una sombra”. Si Dios es un director, hay en él un ilusionista que pretende hacer entrar la muerte en el claroscuro de una escena. Bergman hace explícita esta metáfora en El séptimo sello.
No intentaré la disquisición, tan gratuita como de mal gusto, sobre si Bergman hubiera sido Bergman de no sufrir “esa deformación profesional que me ha acompañado sin piedad toda la vida y que tantas veces ha robado o escindido mis más profundas vivencias”. Pero sí es dable reparar en que, al enunciarlo de este modo, el propio Bergman queda desdoblado en la persona -extraña para los espectadores de su obra- y el creador. Debemos distinguir al menos una tríada: por una parte el autor, en relación con la
obra, y por otra parte la persona, cuya vida está signada por cierto padecimiento. El séptimo sello, por mencionar una de las obras mayores, no es el síntoma de un neurótico sino la obra de un genio. Que el señor Bergman haya padecido esto o aquello no equivale a que lo mismo suceda con la obra, aunque el padecer la empape. Si el creador lo fuera sólo por su trastorno, los laberintos borgeanos serían producciones obsesivas, Los hermanos Karamazov se debería a la epilepsia de Dostoievsky y Edipo rey habría resultado de la calentura de Sófocles con la mamá y la rivalidad con el padre. Y no porque los creadores carezcan de tales sufrimientos, al contrario; la cuestión radica en reconocer aquello que caratulamos de obsesivo, epiléptico o edípico, echando mano a una nosografía de bolsillo, como algo inherente a la condición humana.
Ya que comenzamos con la descripción de Bergman acerca de la madre, transcribiré un fragmento que la incluye en una de sus películas. Sabido es el conflicto de Bergman con su padre, un clérigo severo, autoritario, del que tanto deriva su reverencia como su rebelión ante Dios. Si algo tuvo impedido de chico -para decirlo del modo más sencillo- fue el contacto emotivo con sus padres. Pero, cuando el autor se expresa, hay una transformación. Leamos el final del guión de Cuando huye el día: “Un poco
más lejos en la orilla se hallaba sentada mi madre. Lucía un llamativo vestido de verano y un sombrero de alas grandes que daba sombra a su rostro.
Estaba leyendo un libro. Sara dejó caer mi mano y señaló a mis padres. Luego desapareció. Miré largo rato a la pareja que estaba del otro lado del agua.
Traté de gritarles algo, pero ni una palabra salió de mi boca. Entonces mi padre irguió la cabeza y me vio. Alzó la mano y me saludó, riendo. Mi madre levantó los ojos del libro y ella también rió y saludó con la cabeza.
“En ese momento vi el viejo yate con su vela roja. Se deslizaba suavemente impulsado por la tenue brisa. En la proa estaba de pie el tío Aron, cantando alguna canción sentimental y vi a mis hermanos y hermanas y a mi tía Sara, que levantó en brazos al hijito de Sigbritt. Les grité, pero no me oyeron.
“Soñé que estaba junto al agua y gritaba hacia la bahía, pero la cálida brisa de verano se llevaba mis gritos sin dejarlos llegar a destino. Sin embargo, no estaba afligido por esto; me sentía, por el contrario, bastante contento”.
Contrastemos con el libro de memorias, donde menciona su inclinación infantil hacia la mentira: “Creo que yo fui (entre los hermanos) el que mejor parado salió gracias a que me convertí en un mentiroso. Creé un personaje que, exteriormente, tenía muy poco que ver con mi verdadero yo.
Como no supe mantener la separación entre mi persona real y mi creación, los daños resultantes tuvieron consecuencias en mi vida, hasta bien entrada mi edad adulta, y en mi creatividad. En ocasiones he tenido que consolarme diciéndome que el que ha vivido en el engaño ama la verdad”. Vivir el engaño, amar la verdad: nuevo modo de formular la escisión; vida como engaño, vivencia enajenada, verdad en la obra, fruto del amor.
“Creé un personaje que, exteriormente, tenía muy poco que ver con mi verdadero yo”: pero el yo miente por definición; el problema es instrumentar la escisión de modo que el yo crea, ilusoriamente, saldar el abismo para ubicarse del otro lado, dejando un lugar vacante -que creemos el yo del sujeto- para que allí nos precipitemos. Esto se llama mentira, según Bergman, una estrategia a costa de que el sujeto robe de sí “las más profundas vivencias”.

El mentiroso
Bergman pagaría caro la mentira, él mismo cayó en su trampa. En 1976, el fisco descubrió que había evadido el pago de impuestos; más aún, que había producido un fraude con sus declaraciones. En un lamentable equívoco, lo llevaron detenido. En lo relativo al manejo económico, él firmaba lo que sus
abogados ponían en sus manos. Pero la acusación había tocado un punto sensible: sin que fuera consciente de qué sucedía en su intimidad, Bergman se desmoronó. El Estado Sueco había descubierto su secreto: era un mentiroso. La crisis desencadenada puso de relieve la eficacia inconsciente de la acusación. Sin saberlo, los fiscales del Estado encarnaron la severa imago paterna y la técnica del desdoblamiento se volvió en su contra. Leamos lo que dice al respecto: “El lunes por la mañana se produce el colapso.
Estoy en el salón del piso superior leyendo un libro y escuchando música.
Ingrid se ha ido a ver al abogado. No siento nada, estoy sereno aunque algo apagado por los somníferos, que jamás utilizo en la vida normal.
“Cesa la música y la cinta se para con un ruidito. Calma total. Los tejados del otro lado de la calle están blancos y la nieve cae lentamente. Dejo de leer, de todas maneras me es difícil entender lo que leo. La luz en la habitación no tiene sombras y es intensa. Un reloj da alguna hora. Tal vez duerma, quizá sólo haya dado el corto paso de la realidad reconocida por los sentidos a la otra realidad. No sé, ahora me encuentro profundamente hundido en un vacío inmóvil, sin dolor y sin sensaciones. Cierro los ojos, creo que cierro los ojos, intuyo que hay alguien en la habitación, abro los ojos: en la implacable luz, a unos metros de mí, estoy yo mismo contemplándome. La vivencia es concreta e incontestable. Estoy allí en la alfombra amarilla contemplándome a mí que estoy sentado en el sillón. Estoy sentado en el sillón contemplándome a mí que estoy de pie en la alfombra amarilla. El yo que está sentado en el sillón es el que ahora domina las reacciones. Es el punto final, no hay regreso. Me oigo lamentarme en voz alta y quejumbrosa”.
El desdoblamiento espanta, a pesar de presentificar la misma escisión que había aparecido antes; el protagonista y el observador disponen la escena pero, atravesando su límite, ambos caen esta vez dentro de ella. Ocurre lo siniestro, en medio de un absoluto silencio y luz intensísima. La duplicación sin espejo tiene la fuerza, y con ella el espanto, de lo real.
Ha cambiado el registro: del plano imaginario, donde la imagen presupone el espejo, se ha pasado a lo concreto de una presencia no mediatizada. El espejo desaparece pero el otro sigue ahí.
La luz que ciega tiene un lugar preponderante junto al silencio, produciendo el viraje hacia una claridad que, de tan acentuada, también extravía.
Retomaré ahora la cita de cuando Bergman se encontró ante el cuerpo yacente de la madre, pues allí aparece algo similar. Luego de ocuparse con minuciosidad de la posición y el atuendo, vacilando sólo en el claroscuro de su pelo, agrega: “De súbito una intensa luz de temprana primavera llenó la habitación. El pequeño despertador hacía tictac apresuradamente en la mesilla de noche”. El impacto estético de la frase radica en el juego de contrastes, donde se extiende aquella vacilación entre el pelo oscuro-cano
de la madre; ahora es luz intensa-(mesa de) noche, cese del tiempo y tictac apresurado, la muerte, la primavera temprana. En definitiva: luz intensa (vida)-oscuridad cerrada (muerte), elementos que hemos visto reaparecer en el momento del derrumbe: música que cesa, calma total, blancura de los tejados, luz intensa y sin sombras, vacío inmóvil, aquietamiento que anuncia el acontecimiento, desencadenado en medio de una luz implacable. ¿Tan implacable como la acusación del fisco? ¿Tanto como el padre? De tan intensa, ciega, los ojos se cierran, se abren y llega el punto final, de no regreso. ¿Como el de la madre al morir? Preguntas que dejaré en suspenso para captar la certidumbre del instante fatal. La escena imaginaria se cierra, se apaga, y emerge, cegadora, la luz sobrenatural.
Lo internaron en un sanatorio psiquiátrico y de a poco se fue restableciendo, aunque la duplicación se mantenía: “Un día de finales de febrero me encuentro en una habitación cómoda y silenciosa del hospital de Sophia. La ventana da al jardín. Puedo ver la casa rectoral amarilla, la casa de mi infancia, allí en lo alto de la colina. Cada mañana paseo una hora por el parque. A mi lado va la sombra de un niño de ocho años; es a la vez estimulante y escalofriante”.
El contraste se acentúa: en una luz intensísima se ve a sí mismo y alucina, en una sombra lo acompaña la visión de un niño, y oscila entre la fascinación y el horror. Permanece el amarillo, y ahora constatamos su procedencia: el amarillo de la casa de la infancia se había transformado, en aquel terrible momento, en el color de la alfombra, mudo testigo ubicado en medio de los dos Bergman. Antes, aludiendo al pelo de la madre muerta, había vacilado entro lo oscuro y lo blanco. Luz y sombras, vida y muerte, razón y
locura. Poco después logrará organizarse merced a la escisión, esta vez partiendo el tiempo, lo cual le hará posible entretejer vida y escena: “Me lanzo al ataque contra los demonios con un método que me ha funcionado bien en crisis anteriores: divido el día y la noche en unidades de tiempo determinadas y lleno cada una de ellas con una actividad o un momento de descanso establecidos de antemano. Sólo cumpliendo implacablemente mi programa, día y noche, puedo defender mi cerebro de unos dolores tan violentos que llegan a ser interesantes. En pocas palabras, recobro la costumbre de planificar minuciosamente mi vida y ponerla en escena”. Esta partición tiene por objeto combatir los demonios, los dioses caídos de la
mano de Dios. Hace recordar la fórmula de Borges: “La eternidad, cuya despedazada copia es el tiempo”, deudora de otra, de Platón, para quien el tiempo es “la imagen móvil de la eternidad”. La escena es un recorte de lo inmutable.
Todo esto realza, de modo tan dramático como elocuente, el desdoblamiento entre la mirada cargada de luz, que pone al descubierto la miseria humana, y el protagonista de la escena donde transcurre la trama. Importa el método por el que esa clarividencia deviene lugar ocupado por el director de escena, escindiendo al autor. Tengamos en cuenta que hemos leído el relato entregado por el director, que no hemos asistido a su locura sino a su obra, que, por más autobiográfica que parezca, es un libro escrito por el autor Ingmar Bergman.

* Psicoanalista.

-Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-89398-2007-08-09.html

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 12 de agosto del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor latinoamericano Pedro Ochoa. Las poesías que leeremos pertenecen a Marjorie Agosin (Chile) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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EDICIÓN AGOSTO

Agosto 3, 2007 por inventivasocial

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No digas todo*

No digas todo,
Lo que callas me abre puertas
Me deja entrar en vos
Solo a mi manera.

Permanecerá así
La fantasía de que algún día
Llegarás a completarme
No con tus discursos
Ni con tus sabios sabores

Allí en lo no dicho estamos
Juntos
Solos
Fundidos en lo que puede ser

Lo que “es” se muere pronto,
En lo que fue
Lo que no “es” renace cada día
En lo que podrá ser
Y queda intacto en el recuerdo

Por eso no pongas en palabras todo
Déjame a mí completar la frase
Estaré en la dulce espera de que tu próxima palabra
Me embriague el alma
Sin ensuciarme el cuerpo
Con falsas caricias

Entonces deja que hable
Lo que no se puede decir

*de Silvia Irigaray silviairigaray@arnet.com.ar

CADA PRIMERA VEZ*

Me resigno a que sea ésta la última vez en que el milagro se de, en que la maravilla acontezca. Buscaré tus ojos, y será tu mirada, será la primera vez en que sea mirada, será la constatación de la correspondencia, y tu voz dirá las palabras, y tus manos me acariciarán con la perfecta seguridad del deseo. Todo lo guardaré como acto inicial, como justificación de mi existencia. Me buscaré en tu cuerpo, me encontraré en vos completa y feliz, imagen minúscula de camafeo, miniatura atesorada de mi reflejo en tus ojos.
Seremos felices recontando para el otro los saldos de nuestras vidas, evocando niñeces y sucesos olvidados. Te hablaré de aquella vez que, y de aquella otra en que, y me escucharás ávidamente, agradeciendo mi confidencia.
La vida en común será la exploración de una selva virgen, entre los dos cortaremos las lianas que cierren los caminos, desmontaremos el lugar de la edificación de nuestro hogar. Levantaremos paredes contra la intemperie, crearemos bromas y palabras sólo para nosotros, nos asiremos con un lenguaje compartido y prescindiremos de las explicaciones.
En lo cotidiano llegará la dulzura del abrazo, la confortable costumbre del cuerpo recién descubierto y casi ajeno pero milagrosamente próximo. Dibujaré mis brazos en torno a tu figura, serán mis brazos nuevos.
Después la costumbre será costumbre. Ya no estaré en tus ojos, será el fastidio de oir otra vez la misma conocida historia, la broma repetida que ya no causa gracia.
Después vendrá la inútil repetición, la furiosa búsqueda de lo que fue y no puede volver. Noche tras noche agotaremos las ansias de aprehender la felicidad, retorceremos la cuerda, mentiremos instantes que no son el instante, pero fingiremos creer que creemos.
Cuando ya no sea posible, cuando el engaño sea tan evidente que las repeticiones se vuelvan vergüenza y traición, será el momento de encontrar de nuevo la mirada la caricia el completo ser en otros ojos, otras manos, otra voz.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Piel*

Frontera, textura, aduana, trama
Estrella de los órganos.
Guante, medias caladas por el desamparo.
Lujo, tacto, llamado.
Morbidez que abre labios que hablan y que no.

Busca suaves pelos, ásperas hojas, palabras
que avasallen lo inerte con su selva de imágenes.
En la cintura de la piel se doblan las estatuas.

*de Cristina Villanueva. pluma@velocom.com.ar

EL TUNEL*

Cuando entré en el túnel, (quizá esperaba andrómedas, efluvios, mariposas) la oscuridad me cegó. Con alivio, sin embargo, sentí la frescura y la sombra que me proporcionaron sus húmedas paredes. Afuera, el sol abrasaba la llanura desnuda y las piedras calcinadas del desierto habían lacerado amargamente mis pies descalzos. Ciegamente, tratando con desesperación de alejarme de aquel sol que con tanta fiereza había herido mis carnes, fui internándome en el túnel hasta que las fuerzas me
abandonaron y caí exhausto, cerca de una minúscula corriente de agua que, resbalando por la piedra, había formado una especie de regato que fluía con rapidez hacia el interior. Imposible recordar si llegué a mojar mis doloridos pies en el agua fresca antes de quedarme profundamente dormido. Al
despertar, noté con asombro que mis heridas habían cicatrizado y el agotamiento había desaparecido, al igual que la sed, pero mis ropas estaban húmedas y esto me hizo sentir algo de frío. Renovado, me incorporé, y buscando a tientas la fría pared del túnel, eché a andar en la misma dirección (creía) en que caminaba antes de mi desfallecimiento.
Cuando entré en el túnel, no me había planteado la posibilidad de tener que hallar más tarde una salida. En aquellos momentos de infinito dolor, lo único que me importaba era encontrar un pronto alivio a mis penosas quemaduras y a las cruentas llagas de mis fatigados pies. De haber podido hacerlo, hubiera cambiado un Universo por unas gotas de agua y un poco de sombra. Ahora, al despertar de mi letargo (pero ¿cuánto duró la inconsciencia? ¿Acaso soy ahora el que fui antes de llegar aquí?) las
circunstancias habían cambiado. La humedad me había calado la ropa y también el pelo, por lo que el frío se presentaba como el principal enemigo.
Resultaba entonces de inaplazable urgencia encontrar la salida de aquella cueva que se hallaba sumida en la más cerrada oscuridad. Con gran lentitud, con no menor precaución, fui recorriendo el suelo rocoso, siempre tratando de no alejarme de las paredes. A causa de mi inadaptación al medio en que me
veía obligado a desenvolverme, no fue tarea fácil avanzar, a consecuencia, en parte, de la densidad desconocida de aquella negrura que me envolvía.
Algún tiempo después, no obstante, mis ojos fueron acostumbrándose a las tinieblas y pude comenzar a distinguir el borroso perfil de algunas cosas.
No dejé de advertir (confuso, maravillado, esperanzado, quizá algo asustado) otras sombras que se movían a mi alrededor, en distintas direcciones, con mi misma incertidumbre. Supuse que serían otros pobres desgraciados que habían tenido, como yo, la mala fortuna de haberse extraviado en el túnel. Con
tristeza, intuí que algunas de esas sombras pertenecían a gentes que había frecuentado antes, en el exterior, pero ¿cómo reconocerlos ahora, inmersos en la oscuridad? ¿cómo ser reconocido por ellos, aun cuando hubiésemos podido ser buenos camaradas?
Al principio, no pensé que pudiera tratarse de un túnel tan largo, pero el tiempo iba transcurriendo y el final no aparecía ante mis ojos, ni siquiera una insignificante señal que pudiera inducirme a concebir la menor esperanza. La sorpresa inicial fue dejando paso a un periodo de incredulidad y, más tarde, a una violenta desesperación que no admitía frenos. En aquel tiempo fantasmal, fui asombrado testigo de mis propios gritos resonando por todo el ámbito del tenebroso túnel, multiplicándose contra las paredes, perdiéndose en las bóvedas invisibles. Tampoco era infrecuente sorprenderme golpeando los negros muros de piedra fría, o simplemente apoyado en ellos,
llorando con amargo rencor mi desventura. Después se apoderó de mi ánimo una testaruda impotencia que me arrastró a la concienzuda inacción. Pasé mucho tiempo sentado en medio del túnel, acurrucado en mí mismo, convocando secuencias del pasado, sintiendo cómo el frío penetraba en mis huesos, dejándome morir sin esforzarme lo más mínimo por evitar o atenuar el previsible desenlace. Hubo sombras a las que conocí en esa época de horas terribles y atormentadas, sombras con las que llegó a unirme el doloroso
lazo del irreparable extravío en la oscuridad. Pero sabía que tales amistades habían de ser, por fuerza, efímeras, ya que nunca seríamos capaces de reconocernos en el exterior (si en verdad ese concepto era aún posible) y cuyos caminos, por tanto, habían de seguir siendo ajenos a mi propio caminar derrotado (pero entonces, a pesar de todo, todavía estaba convencido de poder encontrar, algún día, una salida). Vino luego un tiempo de silencio en el que pude sustraerme a la profunda depresión que me embargaba. Me vi entonces abocado a la resignación más absoluta. Y seguí caminando, sin fe, con indiferencia, en busca de alguna luz que me indicase el final del túnel, luz que, por otra parte, no esperaba hallar. En esa época, solía añorar las violentas embestidas del sol y la furia cortante de los agudos guijarros y
el asfixiante calor, porque ya el frío había penetrado hasta las más hondas profundidades de mi entraña. Pensé no ser sino una de aquellas pequeñas gotas de agua que resbalaban por las paredes, produciendo a veces destellos que semejaban una rendija de luz. Entonces, todos nos lanzábamos hacia allí para descubrir que no se trataba más que de eso: agua fluyendo de las hendeduras de la roca y burlándose, una vez más, de todos nosotros y de nuestros absurdos sueños de libertad. Porque éramos muchos los que vagábamos por el túnel en busca de esa hipotética salida en la que nadie creía realmente. Algunos habían vuelto sobre sus pasos tratando de encontrar el lugar por el que habían entrado, mas todos fracasaron en el intento (o quizá no, ¿cómo saberlo?). Al cabo de un tiempo, volvían a vagar junto a los otros, tan desorientados como cada uno de nosotros. Un hombre viejo (una sombra de voz apagada y caminar lento) me dijo en una ocasión que lo más importante era, precisamente, no desorientarse, seguir siempre una misma dirección. Basándose en la tesis de que “no hay túnel que no tenga, al menos, dos extremos”, sostenía que alejándose siempre del que se utilizó para entrar, por fuerza ha de llegarse al otro. Aunque no se sabía de nadie que lo hubiese conseguido, esta máxima alentó mis pasos por un tiempo. Más
tarde, decidí aplicar el conocido teorema que dice que “viajando a mayor velocidad, el tiempo de recorrido es menor” teorema en el que nadie confía en exceso y que, como puede fácilmente comprenderse, no es aplicable en absoluto a nuestra actual condición. Finalmente, cansado por el frío,
desanimado por la larga soledad, comprendí que las teorías, aquí en el interior, no tienen el mismo sentido que afuera. ¿Quién puede afirmar que la longitud del túnel es fija, que no varía en función de cada individuo, del punto de entrada? ¿Cómo asegurar que existe una salida, si de todos los que
nos hallamos aquí, no hay uno solo que la haya visto? Podemos asegurar, eso sí, que hay una entrada (o muchas) o que alguna vez la hubo. Quizá ya no exista. Quizá estemos aislados para siempre del mundo exterior. Quizá no seamos sino el sueño de un neurótico. (¡Pero tiene que haber una salida!
Todas las voces la niegan. Todas excepto una, la más dulce, la más adorable de todas las voces. Ella me dice que sí, que hay una salida, que acaso esté lejos, que la busquemos juntos. Pero luego, la voz se va apagando hasta convertirse en un susurro que muy pronto deja de oírse y me pregunto si no vendrá de un sueño).
Hace mucho, muchísimo tiempo que me hallo en el túnel. Las sensaciones me han abandonado. Apenas si soy capaz de sentir este frío intensísimo que siempre me acompaña. Mis pies caminan siempre en la misma dirección (aunque ¿cómo saber si esto es cierto? ¿cómo orientarse en medio de la oscuridad, de las sombras que van y vienen, de las voces preñadas de confusión?) pero ya no sé si lo hacen con lentitud o deprisa. Mi cerebro funciona cada vez más despacio y apenas tengo reflejos. Algunas veces,
pienso que si no me hubiera quedado dormido cuando entré en el túnel, si hubiera avanzado con decisión hacia el otro extremo, todo esto no hubiera llegado a suceder jamás, pero los demonios del sueño, sin duda, esperaban su oportunidad y la aprovecharon de la mejor manera, cerrando para siempre
todas las entradas y privándome así de la tan necesaria libertad que mi alma reclamaba y aún reclama desde esta implacable prisión de oscuridad. Sé que hubiese podido alcanzar el otro extremo antes de anochecer, pero ahora ya todo es inútil. Un pensamiento confuso borra otro no menos incomprensible.
Debe ser la noche eterna. Paso horas enteras quieto, apoyado en alguna de las paredes, con la vista fija en el vacío, con la mente en blanco y el corazón helado, preguntándome si llegaré a formar parte del túnel, si algún día seré una de las múltiples rocas que obstaculizan el paso. Porque ya no he de salir de aquí, me atormenta, obsesiva, la idea de que pude conseguirlo en otro tiempo si realmente lo hubiese deseado. Ahora sólo queda el tiempo que no se agota, el frío que no cesa. Y la voz que acaricia…

*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://al-andar.blogspot.com / http://sbllop.blogia.com

LA VUELTA DEL LIDER*

Mi viejo tenía un quiosco frente a la estación de trenes. Era un quiosco construido de material, revocado y bien cubierto. Vendía, en ese entonces –1958-, un poco de todo: galletitas, girasol suelto con la medida de la latita de picadillos: llena 0.20 ctvs., culo de la lata: 0.10 ctvs., vino, cerveza, diarios, sandwiches, caramelos …
El loco Díaz, personaje de ese Ceres, guarda del ferrocarril, se acercaba siempre a conversar o a pasar la tarde con mi viejo. Y lo ayudaba sin espera de compensaciones: era así.
La estación de Ceres, una de las grandes en el ramal del Mitre, era parada obligada de los trenes de pasajeros, sobre todo de los rápidos como la Estrella del Norte. Este venía de Tucumán y llegaba a Buenos Aires. Algo remoto y desconocido para mi y para muchos. Buenos Aires era una quimera, una caja de Pandora, una utopía, lo desconocido, el desafío, todo junto así se sentía.
Pero el Loco vivía en Ceres. Y no tenía pensado irse. Era su lugar. Su gente. Su trabajo. El mote de Loco no se lo había ganado gratuitamente. No. Era ingenioso y desopilante en sus acciones. Imagine: Argentina 1958, Perón, Madrid, Puerta de Hierro, represiones, fusilamientos en basurales, golpe militar fresquito en la conciencia de la gente. Y el Loco que le dice a mi padre: déme todos los diarios viejos, don Vicente. Tiene una pila ahí. Démelos a todos. Se los voy a sacar de encima.
Mi padre se los da. Ingenuamente. Como a quien le hace una gauchada. A la hora, parada de la Estrella del Norte. Los rostros cetrinos del altiplano bajaban por diez minutos. Se proveían de algunas cosas para otro trayecto del viaje. Mi padre los atendía en el quiosco. A veces, cuando podía desde mi altura, lo ayudaba. Eran como las 22 o 23 hs. y el Loco que sube al tren: ¡Diario! ¡Diario!, gritaba. ¡Volvió Perón! Noticia extra ¡Volvió Perón!.
Se lo sacaban de las manos a los diarios. ¡La vuelta de Perón!. Era un anhelo, un deseo enorme que no entraba en la geografía del país y este Loco diciendo que había vuelto. Los peones golondrinas, pasajeros obligados del tren, querían la primicia para sí. Vendió todos los diarios.
Se bajó corriendo del vagón, ya sin diarios en la mano. El tren daba su último pitazo y se iba. No daba tiempo. Queda para la imaginación saber los rostros, los puños en alto, las puteadas, las risas, el desengaño.
El Loco le dijo a mi viejo: Los vendí a todos. Yo le pago los quilos por diario viejo, el resto es para mí.
Y se fue a dormir.

*de Oscar Angel Agú cachoagu58@yahoo.com.ar

la tía negra*

como que fuí el rolandito
para la tía negra
desde mí sobrinismo militante

daba gusto ser precisamente su sobrino
el hijo de su hermana
el primo de sus hijos

no es tan fácil como parece
posicionarse
ser el que se es
el que tocó ser

asumir el azar de la sangre
reconocernos en ese azar
y en esa militancia

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Betito*

*de Roberto Fontanarrosa

No, el Betito no. Cualquier otro que me digás sí, pero el Betito no. Que era quilombero sí, pero como todos. le gustaba joder, le gustaba ¿viste? cantar, gritar, porque si no ¿pa’ qué diablos vas a ir a la cancha? Pero no era un tipo como el Tato, tá mal del bocho y yo siempre se lo digo, Tato, algún día
te van a poné una quema y te van a hacé cagá, yo se lo digo. El Tato o el mismo Cabezón, viejo el cabezón va a la cancha y te lleva el inflador o te lleva una cadena, cuando no va con la honda. Ademá, ¡la puntería que tiene el guacho!, un día, un partido con Lanú me acuerdo, lo fajó en el bocho a un lineman que casi lo amasija, y el loco estaba lejo te digo, no era que le tiró al lao del alambrao, estaba bien lejo. pero el Betito no, el Betito venía con nosotros y armaba lío, tiraba bombas, bailaba…., ah eso sí,
¡cómo le gustaba bailar al desgraciado! Era un… qué sé yo… un firulete el loco… se retorcía… saltaba… una goma el loco… Me acuerdo una vez después de un partido contra Estudiante, nos fuimo desde la lancha hasta el centro caminando, a pata, meta conga conga conga… ¿viste? cantando…
conga conga conga… y el Betito, mirá no te miento, desde que salimo hasta que llegamo ¡bailando!, de no creerlo viejo, agarrado a la bandera, no dejó de bailar un minuto y decí que yo despué me trepé a una chatita y me piré a las casas y no lo vi má, pero vaya’saber hasta cuando siguió bailando. Pero te digo, el Betito no te iba a tirá una botella, ni un hondazo ni te iba a afaná algo cuando íbamo a Buenosaire ni nada deso. Te digo más, la última vez que fuimo a cancha de Colón más bien que se armó la podrida, ah viejo te dan como en la guerra, me acuerdo que ya afuera se nos vinieron encima y yo chapé un arbolito desos viste? recién plantados y le entré a dar con el árbol, lo revoleaba, mierda!, parecía un molinete, ¿vos sabes como caían los negro?, como monos. Y bueno, te digo, ah, el Betito se borró, pero se borró
se borró. Me acuerdo que estaba al lado mío y cuando empezaron las piña desapareció, no estaba ma, rajó el loco. Y te vi decir que hace bien, viste el fisiquito que tiene?, el fisiquito de hambreao que tiene?, adema es muy pendejo, a mí ese día me bajaron dos dientes, dos dientes de acá abajo, me
calzaron con un pedazo de baldosa desde no sé donde, porque ellos rajaron, se armó el quilombo, los fajamos y rajaron, pero uno tiró un baldosazo y me fajó en la jeta, justo justo en la jeta la puta que lo parió, hay que quemarles la cancha. Pero no, viste cómo son las cosas la liga el que menos
culpa tiene, si me decís el Tato o el Cabezón, bueno, se la tienen merecida, se la buscaron, me queré decir?, el Tato, el otro día, íbamo en el tren a cancha de Atlanta y cuando entrábamo a Buenosaire, viste que el tren pasa casi pegado a las casas?, los ranchera esos que hay, el Tato se asoma por la ventanilla y caza al vuelo nomás una jaula de un canario y se la pianta, vos sabe la vieja como gritaba?, corría al tren por el lado de la vía. Y el Tato después la tiró a la mierda a la jaula, pa’ que cuerno la quería?, eso es al
divino pedo, é un daño al pedo, el Betito nunca hizo nada de eso, me acuerdo un día pasamo al lado de un coso que vendía empanada turca, pasamo todo como la langosta, en montón y no le dejamo ni una el Betito también caz una, tampoco era un gil y bueno, ¿y qué?, acaso el colorao Mistola no se chacó un
sobretodo recién en Retiro?, y bueno, viejo’, el que e ciruja, la cirujea.
Pero además, te digo, el Betito era muy buen pibe, te juro, mirá, desde que la Chancha lo trajo a la barra nunca le conocí una fulería devera, nunca, ni una agachada, y eso que e pendejo, pero nunca che, no e botón, porque hay otros que son botone y te da en el forro, y se las arreglaba, la primera vez que viajó con nosotros cuando apareció el chancho uy que joda, cuando apareció el chancho se metió en el hueco este, viste?, el que queda cuando das vuelta el asiento de atrás con el respaldo del otro, y me acuerdo que llegábamo a bancalari y lo siento golpear, había estado como una hora, ¡qué sé yo el tiempo que había estado ahí el loco, metido, esperando que pasara el chancho! Qué lo parió, estaba contento, el otro día cuando el clú hizo la fiesta a los muchachos de la primera local, nosotros fuimos todos, ¿vos sabés cómo nos atendieron?, como señores, y el Betito fue también, vino el secretario del clú ¿viste? y nos dice muchachos quédense piola, no hagan quilombo que acá los vamos a atender bien, ¿y vó sabé cómo lastramo?, como leones, y mirá que había cada ñorse de esos empilchados como la gran flauta, no era una fiesta rea, y sin embargo a nosotro viejo nos atendieron… se pasaron… y el Betito fue y morfó como todos. Y, son las pocas satisfacciones que te puede dar el clú, viejo, decí la verdá, de veras, después de todo uno se va todos los domingos cuando el clú juega en Buenosaire o en La Plata y pone la jeta, y grita y se caga a trompadas para seguir al equipo, viejo, la camiseta, no é joda, eso hay que reconocerlo. Tá
bien que el clú a veces te tira algunas entradas pa revender o alguna changa, pero no é joda. El Horacio é paquetero, labura, o laburaba ahora no sé, pero laburaba con el Betito de paqueteros, bueno, ése, a ése, le faltan estos dos dedos, que se los voló una bomba que le reventó en la mano, ¿y eso, quién te lo garpa?, el choto te lo garpa, viejo, decí la verdá. y mirá, mirá vo el Betito. Y yo estaba, mirá yo debía estar como de aquí a la puerta aquella, a la del ñoba, más o menos, no lo veía al Betito, pero lo veía al
Zurdo questaba parado arriba de uno de los pilares esos contra las avalanchas, y el Betito siempre estaba con el Zurdo. Cuando se armó el lío, los monos empezaron a sacudir el alambrado para entrar a la cancha, a fajarlo a ese hijo de puta que el penal que nos cobró no tiene nombre, entonces la cana empezó con los gases… pero ¿qué habrá tirado? , ¿cuatro, cinco bombas?, eso es mala leche viejo, mala leche, le va y le revienta jusyo justo al lao de la cara, pero justo, mirá vo, justo. Un ojo directamente se lo hizo mierda, si vo vieras lo que era eso te revolvía las tripas y el otro casi también, qué sé yo, de uno seguro que no ve más y me decía el Pato que parece que le dijo el médico que del otro parece que seguro tampoco.

*Fuente: http://www.negrofontanarrosa.com/publica/cuentos/fp_cn_t.asp?id=16

Obstáculo*

Deberías conocer la respuesta
entre avenidas de asfalto alcantarillas
y edificios sagrados
este cielo temblará y caerá
poblando el llano el ombú
de pájaros astrales
confundiendo las voces
y las letras
pregoneros de engaños tras engaño

después solo el alma de natura
desnuda inmaculada
el silencio del Verbo
gestando desde el Orden
una luz que cicatriza
a esa raza peregrina
de sufrimientos
casi ad aeternum
o a esos pudientes sin tino
entre coronas de laureles efímeros
orgullosos de su ingeniería
prisioneros de sus ingestas pensantes

*de Victor M. Falco vittoriofa9@hotmail.com

El zapallo que se hizo Cosmos*
Cuento del Crecimiento I

*Por Macedonio Fernández

Dedicado al señor Decano de una Facultad de Agronomía. ¿Le pondré “doctor”, o “distinguido colega”? A lo mejor es abogado…

Erase un Zapallo creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado con libertad y sin la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida.
Su historia íntima nos cuenta que iba alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno, darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático. Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que solo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosas raíces.
La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya media legua de diámetro cuando llegaron
los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.
Cundía el pavor. Es imposible ahora aproximársele porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo
irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a sorberse el Río de la Plata.
Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas están advertidas- cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro Zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperidad, hasta que se encuentren y se entredestruyan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?
Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador; entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada; ¿y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿Purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del Zapallo.

A medida que crece es más rápido su ritmo de dilatación; no bien es una cosa ya es otra: no ha alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla.
Sus poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta.
Parece presentir que todavía el Cosmos podría producir un cataclismo para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá, por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera flotando sobre el mar. Los
hombres son absorbidos como moscas; los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben que su suerte es cuestión de horas.
El Cosmos desata, en el paroxismo, el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones insospechadas, temblores de tierra, quizás reservados desde u origen por si tuviera que luchar con otro mundo.
“¡Cuidaos de toda célula que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre su todo-comodidad de vivir!” ¿Por qué no se nos advirtió? El alma de cada célula dice despacito: “yo quiero apoderarme de todo el ’stock’, de toda la ‘existencia en plaza’ de Materia, llenar el espacio y, tal vez, con espacios siderales; yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único”. Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las ciudades y las almas dentro!
¿Qué puede herirlo ya? Es cuestión de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos, para su sosiego final. Apenas le falta Australia y Polinesia.
Perros que no vivían más de quince años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que rara vez llegaban a los cien… ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir para nacer y morir? Se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no! El escorpión, que
cuando se pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración; se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el Ruiseñor la Hiedra, inmortales? Y por
sobre todos el Zapallo, Personación del Cosmos; con los jugadores de póker viendo tranquilamente y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario del Zapallo.
Practicamos sinceramente la Metafísica Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad todo Interna.
Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación, por ello Sin Muerte.
Parece que en estos últimos momentos, según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar no ya la pobre Tierra, sino la Creación.
Al parecer, prepara su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será el Ser, la Realidad y su Cáscara.

(El Zapallo me ha permitido que para vosotros -queridos cofrades de la Zapallería- yo escriba mal y pobre su leyenda e historia. Vivimos en ese mundo que todos sabíamos pero todo en cáscara ahora, con relaciones solo internas y, sí, sin muerte. Esto es mejor que antes).

*Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952)
-Fuente: http://www.cafedelasciudades.com.ar/cultura_55.htm

IMPENSADOR MUCHO*

¿Es Macedonio Fernández un escritor o un filósofo? Quién sabe, se escribieron tesis y se reunieron en un libro, los escritores llegaron a Santa Fe, pusieron los ejemplares en una mesita, nos convocaron a
escucharlos en un ambiente mágico.
El bar Tokio norte es un bar de los que fueron, de esos que estuvieron cuando la plaza España tenía una fuente con una mujer de blanca belleza, que se bañaba impúdica a la luz de las parpadeantes estrellas. Esa mujer en su fuente seca ahora tiene los estragos de la enfermedad de la violencia, esa
violencia que destruye las estatuas y los bancos de listones de madera. Y desde la vereda de enfrente, dialoga la blanca mujer con los muros del bar en las blancas madrugadas.
En el bar perdura la calidez del tiempo estancado. En el bar, el techo se pierde en las alturas, las paredes se descascaran, el espejo de bordes biselados duplica el tiempo cúbico. Las columnas sostienen en sus repisas los antiguos ventiladores atados para el verano, y simula calefacción con garrafita y pantalla, apenas suficiente en tan grande lugar para que el gato acostado en una silla haga más placentero su entresueño. Falta el perro de tres patas, que la dueña trae en un changuito por las mañanas.
Tres mesas, una de billar y las otras arregladas para ser de pool ocupan la mayor parte del salón. Alrededor, las baldosas gastadas señalan el lugar por donde evolucionaron y evolucionan los jugadores.
¿Es, Macedonio, un filósofo? Los jugadores de pool y billar hacen chocar las bolas mientras los escritores se inquieren tal sutileza, acaso innecesaria. Ellos, danzando en torno al campo verde, realizan también movimientos exactos pero de difícil traducción para quien no domina las reglas. Fuman, toman cerveza, un hombre apoya hábilmente el cigarrillo en el borde de la mesa con la brasa hacia fuera. No dañarán el tapete. Los escritores hablan haciendo chocar las palabras con golpes de taco.
El libro presentado es “Impensador mucho”, yo miento que es obra de los jóvenes ese título, pienso en la manía decontructivista de hace unos años, pero no. Macedonio usaba ese nombre para sí, anticipándose a la destrucción del lenguaje, o construyendo de esa forma en que las palabras rebotan una contra la otra para formar una nueva figura. Los escritores hablan, los jugadores anotan con tiza los aciertos en su pizarra. Palabras y bolas se ordenan y desordenan, cada jugador está abstraído en su propio campo. Las realidades forman un estrato de interés entre el juego, las ideas, el gato y un niñito que se empeña en alcanzar una guitarra esperando en el suelo o al propio gato, sus niveles coinciden. El nene se lanza hacia la guitarra, es atrapado por su madre antes de llegar, vuelve a lanzarse festivamente. Vemos
lo que está a la altura de nuestros ojos y eso es lo que tratamos de alcanzar.
Jugadores, niño guitarra y gato, disertantes. Realidades paralelas donde se danza en sonidos y se trazan misteriosos derroteros efímeros. Macedonio con los jugadores, claro, pensando para sí y haciendo seguramente alguna observación irónica o desconcertante, seguramente apartado y observador, anotando, siempre para sí, las figuras que dibuja el movimiento de las bolas en secreta combinación con las palabras, teniendo en cuenta el tiempo, el lugar, la amarilla mirada del gato, el entusiasmo del niñito. Y, dentro de su discurso, pesará también el baño pasando el patio, donde subsiste la letrina de porcelana velada por la bombilla mortecina. No se ve el baño desde el salón, pero lo tiñe de melancolía y es importante al final del juego.

¿Es Macedonio un filósofo? Daniel Attala dice que sí. Diego Vecchio que no. Anotan en tiza las razones para que su tesis sea la correcta, golpean las ideas unas contra las otras para que entren en los bolsillos de la mesa, los jugadores pronuncian sus jugadas límpidas como ideas sin expresión verbal, el gato vive un momento eterno mientras el niño ignora por completo lo que es hoy, mañana, filosofía y razonamiento. Conviviendo todos los nosotros que éramos por un rato en el bar Tokio norte, tan lejos de Japón, reunidos como las bolas de marfil sobre el tapete de esta llanura que se hace convexa para dar la vuelta y formar el mundo, suspendido en un universo incognoscible.
Fernando Callero interpreta tres canciones. Nos vamos.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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DE CAMARADAS, SUBOFICIALES, AMIGOS, PADRES Y MAESTROS

Julio 21, 2007 por inventivasocial

La pendiente*

Hacia el fondo de la calle
centellea un fragmento de mar agitado.
Las cosas humanas tienden al descenso en este atardecer
entre edificios que se enfrían y cierran
sobre pesadas agonías y conversaciones fatigadas.
Las manos no pueden retener
los declinantes objetos de sus propias empresas
y allá abajo, el foso turbulento y azul
es una promesa de caída y disolución.
Sólo el viento y el vuelo de las gaviotas.
arrebatan al cielo la gracia
de una suspención indemne sobre el nivel de las aguas.

*de Joaquín O. Giannuzzi.

Obra Poética. EMECÉ. Buenos Aires, edición del año 2000.

De camaradas, suboficiales, amigos, padres y maestros…

Sábado, 21 de Julio de 2007
Pelar a bocha*

*Por Osvaldo Bayer

Acabo de recibir una carta de Córdoba, de Esteban Casadey, con recuerdos de su niñez tucumana. Esa carta dice tal vez más que muchas páginas descriptivas de aquella época de humillación argentina. Dice así: “Soy de Tucumán, allí viví gran parte de mi infancia y de mi adolescencia. Cursé los dos últimos grados de la primaria (años ‘76, ‘77) en una escuela pública ubicada justo atrás de los monoblocks militares y separada por una calle de la sede del Regimiento 19 de Infantería que comandaba el general genocida Antonio Bussi, en el momento más alto de la represión en la provincia y en el país. Desde la cercanía con dichas instituciones militares, el barrio estaba lleno de patrullas, guardianes, retenes. Por supuesto, el clima no era precisamente de libertad ni mucho menos y quizá por eso y porque la disciplina escolar se relajaba con infantil persistencia, la amenaza repetida por la directora era que ‘los que se porten mal o se peleen serán enviados al regimiento para que sean rapados’. Para reforzar la idea
punitiva, oportunamente un suboficial vestido de verde oliva pasó aula por aula haciendo propias las palabras de la dirección. Por supuesto que en lo más íntimo sentía que eso no era posible. Pero llegó el día. Una mañana un par de chicos se trenzaron en una de las típicas peleas que se pactan con la frase: ‘a la salida nos agarramos’. Con celeridad, las maestras tomaron nota de quiénes habían sido los ‘peleadores’ y llevaron sus nombres a la dirección. Al día siguiente, aquel suboficial que había pasado por las aulas esperó a los indisciplinados y se los llevó con él. El resto de los chicos nos quedamos pasmados. Nunca nos hubiéramos imaginado eso. Hora tras hora esperábamos que volvieran aquellos que se habían llevado. Me recuerdo mirando con ansiedad la puerta y en cada recreo esperar verlos. Pero recién cuando la jornada concluía los vimos de nuevo. Con las cabezas casi totalmente peladas y un ridículo pompón sobre la frente. Nunca me voy a olvidar de eso. Como tampoco olvidaré los ojos llenos de odio de uno de los chicos rapados. De golpe, en la escuela me habían dado una lección condensada de qué era el país en esos días. Habíamos vivido como niños las mismas angustias que sufrían miles y miles de argentinos a esa hora. No sabíamos de lo que eran capaces los militares, no teníamos ni idea de cuál
era su objetivo, pero el terror nos calaba profundo y a fuego. Quizá no haya sido casualidad entonces que esa escuela pública que se supone debía formarnos como ciudadanos se llame justamente Presidente General Julio Argentino Roca”.
Una síntesis argentina. Un suboficial verde oliva les demostraba a los niños, como supremo juez, lo que era la disciplina. En vez de convencer con la palabra y el ejemplo. El castigo. El mostrarse todopoderoso. Quizá por eso los porteños han votado ahora por quien nos promete más policía. Y la
policía estudia en la escuela llamada Coronel Ramón Falcón, el cobarde asesino de obreros del 1º de mayo de 1909. Un ejemplo para los próximos oficiales recibidos. General Julio Argentino Roca, Coronel Ramón Falcón. Lo único que nos falta es que en el futuro tengamos escuelas con los nombres de General Jorge Rafael Videla y Almirante Emilio Massera. ¿Por qué no? Seamos fieles a la tradición: Roca, Falcón, Videla, Massera, Bussi y Patti. ¿O estamos equivocados?
Una pregunta de paso: ¿por qué los docentes aceptan enseñar en colegios que se llaman Roca o Falcón? Para hablar de lo más grosero, y no empezar con otros nombres de notables racistas que figuran en el frente de nuestras escuelas.
Aquí, en Bonn, la ex capital alemana, acabo de visitar la más impresionante exposición histórica a que he asistido en mi vida: “El exilio”. Se trata de mostrar en fotos y documentos lo que fue la expulsión al exterior de miles y miles de personas a partir de 1933 en Alemania, por “razones” raciales y
políticas, que en los últimos años de la guerra finalizó con miles y miles llevados a las cámaras de gas por las mismas razones. Todo está allí. En cada sala del museo hay valijas y valijas que se usaban en esos años, como esperando. Allí pusieron los expulsados sus últimas esperanzas después de haber tenido que dejar todo. La tristeza de los rostros en las fotos es indescriptible. Los miles de niños solitarios que buscaron a sus padres entre los miles de expulsados, y no los encontraron. Más de diez mil niños
judíos debieron abandonar Alemania en 1938 sin sus padres, porque fueron llevados a Inglaterra. Huérfanos. Huérfanos desolados, miran todo sin entender por qué. Tener que irse del lugar donde nacieron porque a alguien con poder se le ocurrió y fue obedecido por la mayoría. Lo irracional. Lo
tremendamente injusto. Y justo al lado, en el Museo de Historia de Bonn está la exposición del año 1945: los alemanes que, perdida la guerra, fueron expulsados de los territorios donde habían vivido por generaciones. Los que expulsaron unos años antes a otros eran expulsados ahora. Las largas filas
por los caminos, arrastrando cochecitos con niños y algunas valijas, con la misma tristeza de los que ellos expulsaron. Todas las ciudades destruidas, que debieron reconstruir, por supuesto, las mujeres con sus manos.
Cuando uno ve todos esos rostros se pregunta: ¿por qué tanto irracionalismo en el ser humano? ¿Por qué ese ser humano es capaz de originar tanto dolor?
Pero más todavía: ¿acaso hemos aprendido algo de esas espantosas imágenes del ‘33 al ‘45? Nada. Hoy como ayer, en cada primera hoja de las informaciones, el diario hecho de sangre. ¿Qué significa el dolor para la llamada humanidad? Los bombardeos a ciudades, las bombas en los mercados, los jóvenes que llevan una bomba con su cuerpo para hacerse estallar en mil pedazos y matar lo más posible, casi siempre mujeres y niños. ¿Qué han hecho las religiones para impedir las guerras? Todo lo contrario. Hasta se inventó la palabra “guerra santa”. Las religiones nombran sacerdotes para que atiendan a cada uno de sus ejércitos nacionales. Hasta hay obispos militares. En nombre de Jesús o de cualquier otro dios inventado por el poder de turno. Ayer los diarios alemanes se sacudieron con la noticia de
que un padre sirio había matado, en una ciudad alemana, a su hija a trompadas y patadas porque ella había elegido como compañero a un hombre de otra religión. Matar por ser fiel a “dios”, por supuesto matar al más débil.
Al poderoso se le rinde pleitesía. (Es interesante lo ocurrido hace pocos días en Alemania: las organizaciones de turcos inmigrantes no concurrieron al Congreso de Integración, organizado por el gobierno alemán, porque señalan que hay disposiciones racistas, por ejemplo, que los familiares de
turcos que llegan a su nuevo país deben tener conocimientos del idioma alemán. Cosa que no se exige, por ejemplo, a los norteamericanos o a los japoneses. Sí, tienen razón, pero por otro lado, desde hace casi cien años, los turcos se niegan a reconocer uno de los crímenes más atroces de la historia de la humanidad: el genocidio de los armenios a partir de 1915, donde cayeron un millón y medio de hombres, mujeres y niños.) No, esto último, al parecer, no fue racismo para los turcos.) Mañana habrá elecciones
en Turquía. El país, de casi 73 millones de habitantes, elegirá entre un partido pro-musulmán, que está ahora en el gobierno, y un partido pro-militarista. El primero es el partido de los pobres, sí, conservador; el segundo es un partido de la gente de dinero, que sueña hacer de Turquía una potencia nacional. ¿Progreso? No, más policía, eso sí, por ambos lados.
Ninguna iglesia proclamó que el fabricar o vender armas es un pecado de lesa humanidad. Ni tampoco ningún gobierno proclamó que el fabricar armas o venderlas es un crimen de lesa humanidad. No, los negocios siguen y las bombas caen por todos lados, como si fuese una costumbre nacida con la mente
humana.
La palabra es lo único que nos queda. Y la escuela. Por eso nunca más hay que permitir que se meta un suboficial verde oliva en una escuela para pelar a bocha a nuestros niños.

*Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-88461-2007-07-21.html

EL CAMARADA FEODOROVICH*

*de Roberto Fontanarrosa.

La finalmente admitida muerte de Jury Andropov pone de nuevo sobre el tapete un controvertido artículo del periodista rumano (actualmente exiliado en Afganistán) Giurgiu Rosiorii, publicado a mediados de 1976 en el diario promaronita “Kandahar-Kuch”, de Kabul. El artículo desnuda, con certera
clarividencia, bisagras ocultas del turbio sistema de poder del oso soviético. Entendemos como una obligación su lectura para todo aquel que desee descifrar, al menos en parte, el jeroglífico político de la Rusia actual.
Los miles y miles de moscovitas que pudieron observar la corpulenta figura de Nicolás Yussuf Feodorovich presidiendo con gesto adusto el anual desfile militar del 1° de Mayo de 1958, no habrán alcanzado a advertir, en aquel ya lejano día, que el flamante premier estaba muerto.
Para los joviales y disciplinados soviéticos, orgullosos y deslumhrados ante el marcial pasaje de los tanques de 40 toneladas T-70 y los nuevos misiles de medio alcance SS-14, la visión de un Nicolás Yussuf Feodorovich de mejillas encendidas y ojos brillantes no podía ser, jamás, la de un cuerpo
que había exhalado el último hálito de vida dos semanas atrás, en la lejana Kishiniov de Moldavia.
Pero, precisamente, hasta esa industrial ciudad a orillas del Dniester se habían trasladado, catorce días antes, los más altos miembros del Comité Central, ante el anuncio de la muerte, sobre el duro camastro de una granja colectiva, del hombre que venían reservando para emplear como figura que ensombreciese la imagen eufórica, exultante y ascendente de Nikita Serguéievich Kruschov.
Nadie, salvo un oscuro granjero de Tiraspool quien había compartido los últimos días de Feodorovich, sabía de la muerte del ex sastre mayor del Ejército Rojo, en retiro. Tampoco fue notificada su familia ya que, según confesó años después Anastas Mikoian, no se la quería alarmar vanamente.
Con la troika de jerarcas que marchó hacia Moldavia, también lo hizo Paul Rhöndorf, taxidermista alemán, prisionero de los rojos desde el sitio de Leningrado, y muy discutido por su teoría sobre las ventajas del empleo del almidón y el alambre en su trabajo. Rhöndorf, casi un anciano de 76 años,
había sido ayudante cercano de Goebbels, a quien le había embalsamado una tortuga aria, muerta en el espantoso bombardeo de Dresde.
Fue así que, dos semanas después de su muerte, Nicolás Yussuf Feodorovich reaparecía, triunfal, ante la vista pública, elevado al cargo de primer ministro y enfundado en un grueso tapado de piel de foca. La prensa, inadvertida de la maniobra, recogió el advenimiento a los primeros puestos del politburó con apenas unas líneas en las páginas interiores.
“Firme, sin un pestañeo que comunicase una sola de sus emociones, el nuevo primer ministro parece ser el hombre indicado para manejar con frialdad el difícil momento mundial” dijo el “Norodny Tribun”.
“Nada consiguió desalentar la cuidadosa revista que el camarada Feodorovich realizó de nuestras fuerzas armadas. Ni siquiera las ocho horas de paso constante de tropas y pertrechos lograron hacer flaquear su voluntad, su entereza física”, elogió “Krokodil”.
De allí en más, y durante un año, aduciendo que Nicolás Yussuf Feodorovich debía empaparse de los complicados mecanismos del Kremlin (protocolo, horarios, tráfico de ascensores), el Consejo de Gobierno retiró a su primer ministro de la vida pública.
Se sabía de él, tan sólo, que estudiaba sus resoluciones en un despacho casi inaccesible y sus dictámenes tomaban estado público a través de mensajes radiales o editoriales de prensa. Nadie sabía, por supuesto, que Feodorovich se hallaba depositado en una cámara frigorífica para su preservación, en uno
de los sótanos del Kremlin, donde también suelen guardarse los típicos gorros de piel, abrigos en general y hasta quesos de la república de los Kalmukos, muy sensibles a los cambios de temperatura.
El único que se atrevió a inquirir por la presencia del primer ministro fue, en una tumultuosa reunión de los Comités Agrarios, el propio Nikita Kruschov, molesto debido a que todas sus ideas, embates y resoluciones eran atribuidas, por el Presidente del Soviet Supremo, a Nicolás Yussuf Feodorovich. Este pasó a ser, de esa manera, la eminencia gris, el monje negro que, sin aparecer, conducía con mano maestra los destinos de las repúblicas socialistas soviéticas. Kruschov quedaba, apenas, como el hombre de choque, que ponía la cara ante las complicaciones inesperadas o las fricciones frente a Occidente.
Pero la ausencia física de Feodorovich no pudo prolongarse por más tiempo luego de la frustrante experiencia de la entrevista con Richard Nixon, enviado de Lyndon Johnson a Rusia, en procura de flexibilizar las tirantes relaciones entre ambos países, en 1959.
Nixon intentó hablar, durante más de una hora y cuarenta y cinco minutos, traductor mediante, con un sillón vacío puesto a su frente. El traductor soviético simulaba consultar con el respaldar del sillón y luego contestaba con cortas frases al vicepresidente americano. Pero en el Buró Político quedó la impresión de que Nixon, aun sin conocer el idioma, había notado algo raro.
“Nunca, como en esa ocasión -declararía el vicepresidente americano a su regreso a Washington- sentí la sensación de que nuestra pretendida relación con los rusos es tan sólo un monólogo.”
El Buró Político admitió que había llevado las cosas demasiado lejos, y las fotos de Nixon, el traductor y el sillón de Feodorovich vacío difundidas por todo el mundo a través de las teletipos, en nada contribuyeron a disipar los rumores que habían empezado a correr sobre una posible enfermedad del primer ministro soviético.
Pero al día siguiente, 19 de junio de 1959, el Comité Ejecutivo lograba un golpe de efecto. Ese día partía desde la fastuosa estación de Küznetzki, en Moscú, un convoy especial trasladando al primer ministro en una gira de acercamiento a los alejados pueblos del interior. Pocos se extrañaron de que, en el vagón ministerial, el aire acondicionado mantuviese la temperatura en los 18 grados bajo cero, cuando afuera el otoño moscovita era cálido y benéfico.
Así relató el “Novosibirsk Dien” el paso del tren gubernamental por la estación de la hermosa ciudad siberiana, capital socialista del cultivo de la chaucha: “Nos llenó de emoción la fugaz imagen del camarada Feodorovich saludando al pueblo desde una de las ventanillas del vagón principal. A su
lado, el camarada comisario Mikhail Kornilov, tomándolo por la muñea, le sostenía el brazo en alto, a la manera con que los jueces del viril deporte de los puños consagran al triunfador de la lid. ¡Tal era la alegría de la comitiva! Alegría visible, incluso, a pesar de los casi 90 kilómetros horarios que desarrollaba el convoy”.
Por su parte, el “Mujic de Voroshilovgrad” plasmaba de esta manera la impresión del paso del primer ministro por dicha ciudad ucraniana: “El tren se detuvo durante dos minutos en la estación y allí pudimos apreciar la nieve que cubría los mullidos asientos del vagón principal. Al arrancar nuevamente, vimos, con emoción, cómo el camarada Feodorovich era abrazado, ceñido fuertemente por los hombros por los camaradas Riazanov y Menyinski.
No se turbó en ese instante el rostro del primer ministro, pero no pude dudarse que, a pesar de sus rasgos imperturbables, muy rica debe ser su condición humana si provoca tales manifestaciones de cariño entre quienes lo secundan”.
Tras la gira, que duró dos días, otra vez Feodorovich fue enclaustrado y quitado de las miradas del pueblo. Tras unos meses de silencio, los periódicos que respondían a los intereses de Nikita Kruschov (el “Novaia Nikita” y el “Nikita Slovo”) volvieron a la carga, sugiriendo que el primer ministro se hallaba muy enfermo.
El Soviet Supremo contraatacó con un recurso simple. Consciente de los inconvenientes que acarreaba toda presentación en público del cadáver de Feodorovich, decidieron reemplazar sus salidas oficiales por una profusa campaña gráfica. Enormes cartelones de más de sesenta metros de altura por treinta de ancho con el retrato de Feodorovich fueron instalados en la Plaza Roja. En distintas partes del país aparecieron estatuas de cuerpo entero del estadista y los diarios y revistas se cansaron de publicar fotos de Feodorovich, sentado, de pie, departiendo con otros jerarcas, jugando con su pequeño oso panda Ninja y hasta danzando, en pose algo rígida, con su secretario privado.
Sin embargo, el rumor ya había ganado la calle y las redacciones del mundo entero.
El 24 de octubre de 1963, el Kremlin debió admitir públicamente: “Nuestro primer ministro Feodorovich deberá guardar reposo durante algún tiempo, aquejado de un fuerte resfrío de origen canceroso que no alterará su ritmo de trabajo”. Consultadas las fuentes oficiales sobre el tiempo que
demandaría su recuperación, la respuesta indicó que los médicos calculaban de dos semanas a cuatro años.
Para mayo de 1964, Nicolás Yussuf Feodorovich era considerado ya, públicamente, un “cadáver político”. Y dos sucesos fueron a precipitar su ocaso para fines de ese mismo año. Primero, el holocausto de la perra Laika en el metálico vientre del satélite Sputnik. El éxito espacial soviético, evaluado por todos como un sonoro cachetazo al orgullo del Tío Sam y atribuido por el Congreso del Partido al genio creativo de Feodorovich en el último intento por recuperar su prestigio, fue usado como bandera de lucha por la fracción “Animales de la URSS”, corporación de índole trotskista abocada a la defensa y preservación de las especies inferiores del paraíso soviético.
“Animales de la URSS” inició, a través de todos los circos, una feroz campaña contra el primer ministro, culpándolo del sacrificio de la célebre perra cosmonauta, y sindicándolo como “falaz” ya que había prometido su retorno, indemne, a la Tierra.
En un desesperado esfuerzo por recomponer la imagen de Feodorovich, el Partido decidió presentarlo públicamente en el homenaje al Soldado Desconocido, en Stalingrado, el 2 de febrero de 1965. Lo hizo a sabiendas del riesgo que corría ya que, días antes. Paul Rhöndorf, el embalsamador oficial había debido viajar intempestivamente hacia Petz, donde, se rumoreaba, ya estaba estudiando un nuevo candidato para su conservación.
Rigurosamente durante esos largos siete años, cada 48 horas, Rhöndorf había aplicado inyecciones de prohidrato de benceno en el yerto cuerpo del primer ministro a los efectos de consolidar su mantenimiento y evitar la delicuescencia. El Buró Político decidió arrostrar las posibles incómodas
derivaciones, ocasionadas por la falta de una de las dosis, y en la fecha prevista, la figura erecta de Nicolás Yussuf Feodorovich podía ser contemplada, una vez más, por miles y miles de rusos conmovidos y sensibilizados por la fecha que se conmemoraba.
Lo angustioso ocurrió sobre el mediodía. Mientras el comisario Vladimir Smolny desgranaba un discurso recordatorio de los millones de camaradas caídos en la lucha contra los invasores alemanes, en una pieza oratoria cuya congoja, cuyo respeto y cuyo contenido dolor superaban todo lo recordado, en el cerúleo rostro de Nicolás Yussuf Feodorovich comenzó a dibujarse una notoria, tensa y escalofriante sonrisa. De nada valió que Vassili Lozovski, ministro de Educación, depositase un largo beso sobre la comisura
distorsionada de la boca del primer ministro procurando retornarla a su postura de habitual seriedad. Nicolás Yussuf Feodorovich continuó durante toda la ceremonia con su rostro ensanchado por aquella sonrisa crispada y gélida hasta que, entre cuatro, lo metieron en un coche y se lo llevaron.
Nunca más se lo vio. Su irrespetuoso gesto en el acto del 2 de febrero fue considerado como un ejemplo de tremenda falta de tacto político.
El 8 de febrero de 1966, el ex barquero del Volga, León Nijni Spiridinova tomaba su puesto en reemplazo de Feodorovich, sin que mediase explicación oficial alguna.
Una mañana de marzo, los moscovitas advirtieron, con indiferencia, que en algunos de los inmensos carteles de la Plaza Roja, al rostro de Feodorovich le habían crecido largos cabellos, barba y bigotes, lo que le daba un cercano parecido a Carlos Marx. En otros, directamente, lo había suplantado una densa capa de pintura azul con una leyenda que recordaba la importancia de los logros espaciales rusos. También, de la noche a la mañana, las estatuas de Feodorovich tuvieron una extraña mutación. Más bajas, como si les faltase una cabeza de altura, ahora representaban a una mujer aldeana, símbolo del esfuerzo rural socialista.
Quienquiera que buscase algún documento gráfico probatorio de la existencia de Feodorovich, también corría el riesgo de hallarse ante desconcertantes escenas: fotos de funcionarios dialogando con un interlocutor invisible, reuniones del Comité Central donde se apreciaba un vacío inexplicable y hasta una extraña imagen del secretario del Partido, Igor Nevsky, bailando solo.
Seis años después, este cronista, invitado por el Kremlin a una función de gala, se perdió por uno de los inmensos pasillos de la Morskaia, buscando un baño. Dio de pronto, equivocadamente, con un pequeño desván casi en penumbras. Pudo ver allí, entonces, un cuerpo en el suelo, prácticamente oculto bajo cortinas viejas, bidones de kerosene, vigas en desuso y cajas de botas vacías, algo que, en principio, confundió con un maniquí. Luego, al acercarse, vislumbró trabajosamente un cuerpo cubierto de polvo, carcomido por las termitas y las polillas, pero, aun así, sospechosamente parecido al camarada Feodorovich.

-Fuente: http://arsewaco.googlepages.com/libros

Maestras Argentinas: Clara Dezcurra*

*de Roberto Fontanarrosa

Clara Dezcurra toma la pluma y escribe la fecha: “16 de Julio de 1840″.
Luego, con la misma letra minúscula y erguida, agrega el encabezamiento: “Querida Juana”. Finalmente, tras alisar el papel que tiene la textura y la consistencia del hojaldre, embebe la pluma en la tinta negra, y redacta: “Ayer decidí cambiar el método que siempre utilizamos. Quise darle a mis chicos una alternativa diferente que los arrancara de la enseñanza rutinaria. Esta vez, en la clase de Habla Hispana, dejé de lado nuestra clásica composición ‘Voyage autour de mon bureau’ y quise sorprenderlos con algo propio, conocido, cercano. Fue entonces cuando les propuse escribir sobre ‘La Vaca’.”
Clara Dezcurra no lo sabe, pero ha introducido un hábito de escritura que será, luego, por décadas, indicador y modelo en las escuelas criollas.
En realidad, poco y nada decía para sus alumnos la temática de la anterior composición-tipo, “Voyage autour de mon bureau” (“Viaje en derredor de mi pupitre”) impuesta por el maestro modernista francés Alphonse Chateauvieux a fines de 1815. La escuela de Clara Dezcurra, apenas un simple salón de
tierra apisonada, no tiene pupitres, ni bancos, ni siquiera sillas. Los alumnos se apretujan sentándose en rejas de arado, tocones de ceiba o simples calaveras de vaca que relucen como si fuesen de mármol. La calavera de vaca es el asiento más fácil de conseguir, el más frecuente, porque la escuela nocturna de la señora Dezcurra es, durante el día, un matadero clandestino.
Clara humedece con la saliva de su lengua el reborde pringoso de la tapa del sobre donde ha metido la carta. Lo cierra y luego, aprovechando el calor del candil que la alumbra malamente, derrite casi un centímetro de lacre sobre el vértice de la juntura. Le llega, desde afuera, el olor pesado aue viene
desde el saladero de cueros, el tufo casi irrespirable a pescado podrido de la costa, y el mugido profundo de algún animal que ha olfateado, quizás, el aroma premonitorio de la sangre.
La escuela ni siquiera está en el centro de Buenos Aires. Ahí, frente al portalón de la Iglesia de los Cordeleros, como se lo había prometido don Juan Lezica, cuando era alguacil segundo del Municipio, para luego decirle que, aquello, era imposible. El episcopado, o, mejor dicho, el obispo Alcides Melgarejo, le había recordado a Rosas que no debían permitirse escuelas ni queserías en las proximidades de los templos. Y entonces le habían dado a Clara ese quincho –porque de otra forma no se lo podía denominar– cerca de los corrales de Mataderos, a metros de la puerta de Santa Brígida, detrás del saladero de don Felipe Echenaugucía. Y la escuela era nocturna. Y los “chicos”, como ella los denominaba, eran ya gente grande: puesteros de los corrales, matarifes, carreros cachapeceros, pero
muy especialemente, federales. Hombres de la Santa Federación que llegaban a clase luciendo la divisa punzó, mazorqueros que, en el primer día de clase, habían degollado a un negro por robarse una goma de borrar.
Clara, todas las tardes, mientras escucha dar las siete en el carrillón de la Merced, baldea el piso para quitar los oscuros cuajarones de sangre que quedan de la actividad del frigorífico clandestino, y echa hacia los potreros las reses que no han sido aún sacrificadas. Espera, en tanto, desde el Alto Perú, la respuesta de Juana, su compañera de promoción. Intuye que su puesto al frente de la precaria escuela peligra. Sin ella saberlo, ha permitido la inscripción de más de un unitario. Algunos le han confesado su
condición, como Juan José Losada. Otros le han dicho que la vincha celeste que llevan recogiéndoles el pelo, es en honor de la bandera. “Pero nadie viene a controlar lo aue pasa en estos parajes, Juana –le ha escrito a su amiga–. Estamos dejados de la mano de Dios. Mis chicos escriben con trozos de ladrillos o pedazos de tripa gorda y yo utilizo las paredes como pizzara.
Don Martin de Agüero me ha prometido tizas, pero me dicen que el barco que las trae encalló en las proximidades de Recife.”
Un zambo iza la bandera. Le dicen “Falucho”, pero es en broma. Tomó parte del sitio de El Callao, pero no logra aprender la tabla del cuatro. No ha llegado aún al país el sistema inglés de los palotes, y los alumnos trazan una línea acá, otra allá, sin ton ni son, sin orden ni medida. Clara es la primera en entonar “Oda a la Bandera”, de Balmes y Vespuci. Hija y nieta de educadoras, recuerda las anécdotas de su abuela, Irma Dezcurra, de cuando aún la joven nación no tenía divisa, antes de que don Manuel Belgrano la crease. Los niños –contaba la anciana– se reunían en los patios escolares antes de entrar a clase y no sabían que hacer. Daban vueltas sobre sí mismos, se chocaban entre ellos o giraban tontamente como tiovivos sin acertar con una conducta. Alguno, quizás, gritaba consignas emotivas, o repartía chanzas contra los españoles. Alguna maestra, tal vez más devota, entonaba salmos religiosos. Hubo quien –recordaba abuela Irma– aguardando la entrada a clase, se empecinó en vocear los números de la lotería de cartones, el juego que tanto entusiasmaba a Manuelita, y así nació la “cifra”, el canto que, junto a vidalas y pericones, habría de animar numerosas y encendidas veladas patrias.
Clara come un pastelito dulce y lo acompaña con té de cardosanto. La respuesta de Juana Azurduy tarda en llegar. Hoy Clara ha tenido que sosegar a un federal muy alcoholizado. No la desvela tanto la indisciplina, pero se le duermen en la clase. Y a veces se pelean. Los mazorqueros sospechan que uno de los muchachos es unitario. Es un mozo joven, bien parecido, que viene siempre de bombachas de fino fieltro y botas altas. Tiene la patilla larga que baja y dobla luego hacia arriba, para unirse con el bigote, dibujando una “U” provocativa. Pero los mazorqueros aún no han llegado hasta ese punto
del abecedario. Solo Isidro Gaitán, un sargento, puede memorizar las letras hasta la hache que, al ser muda, lo desconcierta. Los demás apenas si se han familiarizado con las letras hasta la “D”. Clara duda si continuar con la enseñanza. Apenas sus chicos descubran que la “U” tiene un dibujo similar al
que se lee en las mejillas del joven unitario, pude arder Troya. Clara no quiere tener más problemas con el gobierno. Pero habrá de tenerlos.
Antes de que llegue, por fin, la carta de Juana, ya don Artemio Soto conoce la noticia de su innovación pedagógica. Algún mazorquero la ha comentado en algún boliche. Tal vez un tropero alcanzó a contar las desventuras de su composición-tipo cerca del oído de algún correveidile del poder. Tras seis meses de espera, la carta de Juana llega, como una premonición, días antes que la de Domingo Faustino Sarmiento.
A la luz vacilante del quinqué, Clara lee la esquela de su amiga. “Tené cuidado, Clara” es todo el texto, entre sucinto y fraternal. Sin duda Juana, preocupada, consciente del tiempo que llevará a su carta llegar de nuevo hasta la capital, optó por escribirla lo más rápido posible, casi con características telegráficas.
Clara bebe una copita de oporto, al que enturbia con hojas de regaliz. Duda si abrir o no la carta de Sarmiento. Sin embargo, la redacción de esta, lo comprobará luego, es de advertencia mas no llega a sonar admonitoria. “No veo de buen grado –le escribe el sanjuanino– el cambio por usted introducido en la enseñanza de nuestra lengua criolla. Somos un país incipiente aue requiere de ejemplos y el modelo del maestro Chateauvieux aún está en vigencia. Somos todavía como el joven retoño que precisa de la
rectitud y firmeza del tutor para crecer derecho.”
Clara garrapatea una carta de respuesta plena de formalismos y ambigüedades, lejos de su habitual estilo franco, y decide continuar con sus planes. La hace persistir en su esfuerzo el entusiasmo que observa en sus alumnos. Por primera vez, muchos de ellos escriben más de dos páginas de composición,
cuando con el tema “Viaje en torno a mi pupitre” algunos no alcanzaban ni a los tres renglones. Un matarife de Achiras Altas, Juan Sala, redacta, incluso, casi diez páginas de un relato estremecedor, fruto de su conocimiento de la tropa vacuna. Tiempo después, será la base de un libro paradigmático: Amalia.
Josefa Paz de Hurlingam invita a Clara a tomar chocolate en su casa de la bajada del Marquesado. Recibe en una sala solariega desde donde se ve el patio interno de la casa, impregnado con un perfume fresco a magnolias, glicinas y santarritas. Hay un jardín, también, con lilas del lugar y patos criollos. Una morena carabalí sirve el chocolate en bandeja cubierta con una mantilla bordada por la misma señora Josefa. Josefa le cuenta a Clara, animosa, que en el colegio adonde va su hija, en clase de Habla Castellana le pidieron una composición sobre el tema “La Vaca”. Josefa cuenta esto con risa amable y, cada tanto, se toca el ñandutí de su pechera impecable.
Clara no tiene tiempo ni de alegrarse. A la noche siguiente, una frágil figura desciende de una calesa frente a su escuela, siendo de inmediato rodeada por perros coléricos y becerros supervivientes. El nocturno visitante es don Benito Agudo Ersilbengoa, mano derecha del nuncio apostólico y amanuense del alguacil Ordóñez. “Hemos recibido las quejas de Monseñor Brizuela –comunica a Clara Dezcura– con respecto al tipo de temas que uted está haciendo escribir a sus alumnos.”
Clara conoce bien a monseñor Bizuela. Se corren muchos rumores en torno a su persona. Se decía de él que a su arribo a nuestras costas, cuatro años atrás, era un hombre afable y comprensivo. Pero que había sufrido un doloroso accidente durante las invasiones británicas, cuando transportaba
trabajosamente un pilón con aciete hirviendo. Aquella desgracia, se comenta ahora, ha dado origen a la sabrosa fritura de pastelería puesta en boga por todos los panaderos: la “bola de fraile”.
“Es indigno –continúa don Benito Agudo Arsilbengoa– que nuestros guardias federales, nuestros soldados, sean obligados a escribir sobre un tema tan poco épico y glorioso como el que usted les impone.”
Clara comprende que ha llegado el momento de defender sus convicciones.
Escribe a Sarmiento explicando su postura y la ventaja de educar a sus alumnos a partir de vivencias que a ellos le sean familiares. Seis meses después, puntualmente, recibe la contestación. Y de allí en más, día a día, irá recibiendo cartas del maestro sanjuanino. Sarmiento no falta un solo día al Correo. Algunas de sus cartas, no todas, muestran sobre el pergamino largos trazos de un pegote blancuzco, como si alguien hubiese moqueado sobre ellos. Clara deduce que Sarmiento las ha escrito bajo su histórica higuera, buscando aislarse, tal vez, de los rayos solares.
“No me opongo a que usted trabaje sobre ‘La Vaca’ –le dice el autor de Facundo– en lugar de hacerlo sobre el modelo francés. Habrá un día, solo Dios puede saberlo, en que nuestro país se quitará de encima la influencia europea, y quizás entonces usted será considerada una precursora. Pero déjeme sugerirle otra variante; ya que el debate se ha instalado en torno a si es conveniente o no gastar papel, tinta e ingenio sobre un animal tan rasposo y de índole infeliz como la vaca le propongo que sus composiciones
sean sobre otro animal todavía más cercano y afín a nuestra tradición libertaria como el caballo. Más de uno de nuestros centauros, que regaron con su sangre generosa el suelo americano, sabrá agradecérselo.”
Clara lo piensa. Supone, con su intuición de maestra, que el del caballo puede ser un paso posterior. Incluso no deja de lado la gallina, con su doméstica convivencia. Pero la cercanía de los corrales, la vital actividad del matadero y, fundamentalmente, la creciente importancia del ganado vacuno en la suerte de nuestra economía, la deciden a continuar con el plano trazado.
Es febrero de 1845 y el formidable estío de Buenos Aires embalsama la brisa con aromas fuertes. Clara ha recibido el paso del aguatero llenando dos odres grandes para sus muchachos. La composición-tipo “La Vaca” se emplea ya en casi todos los establecimientos educacionales de la ciudad. Hasta las
familias patricias que contratan institutrices británicas han encontrado pertinente el uso de la redacción impuesta por Clara Dezcurra. Sentada sobre una rueda de carro, Clara observa el patio a través de la puerta del salón.
El calor del día ha exacerbado el olor a bosta y escucha las risotadas de sus chicos disfrutando el momento plácido del recreo. Se oye el punteo de alguna guitarra, alguna relación intencionada, el repique constante de un tamboril. De pronto alguien grita, hay un revuelo. Clara presta atención,
inquieta. Sus muchachos son buenos, pero si se los vigila son mejores.
Escucha un violín y se estremece. Son los sones de la “refalosa”, la danza con que los mazorqueros acompañan los saltos despatarrados de sus víctimas cuando resbalan sobre su propia sangre. Clara se levanta y sale a ver qué pasa. Pero, en este caso, la víctima ya ha caído sobre el patio de la escuela. Es Juan José Lozada, el joven unitario de las patillas en “U”. Lo han degollado. Ante la pregunta enérgica de Clara, nadie dice saber nada, nadie dice conocer a los asesinos. Pero hay risas torvas, sofocadas. El
grupo de mazorqueros se aleja un tanto, empujándose unos a otros, como sorprendidos o avergonzados por la reprimenda.
Clara escribe a Juana, el 24 de febrero de ese año. “Los eché a todos. No me importa, Juana, que sean mazorqueros, hombres del Restaurador de las Leyes o lo que sea. Hoy degüellan a un compañero y mañana pueden llegar a hacer cosas peores. A estas situaciones hay que cortarlas de raíz, antes que pasen a mayores.” Entre los expulsados de la escuela está el sargento federal Anacleto Medina, héroe de Cepeda.
Clara estudia al jinete que ha llegado hasta su escuela. Ella estaba calentando agua en la pava de latón peruano para prepararse un caldo, cuando escuchó el galope. El hombre es un soldado de Rosas y le estira en la mano, un rollo de papel sujeto con una cinta: por supuesto, punzó. Clara desenrolla el mensaje y lee el texto. La trasladan. Ha estado dando clase durante siete años en un tinglado con piso de tierra que, durante el día, hacía las veces de frigorífico clandestino. A pocas varas del matadero de
reses y del solar donde se envenenan los cueros. Alumbrándose con velas de grasa. Educando a una clase compuesta por matarifes, soldados federales, negros, zambos, convictos, renegados y mal entretenidos. Ahora la letra pareja y grande del Restaurador le indica que será trasladada a un lugar de menor jerarquía. No lo dice con esas palabras. “La patria –le escribe Rosas– demanda de usted un nuevo sacrificio. Y hemos decidido destinarla a una escuela marginal, con alumnos que detentan problemas de conducta. Sé que usted, con su firmeza de espíritu, sabrá encarrilarlos y superar los problemas de presupuesto que, de aquí en más, habrá de sufrir.”
Clara Dezcurra sabe que ya no tiene sentido aguardar el cargamento de tiza.
Intuye que su alejamiento obedece, más que nada, a su particular obcecación en persistir con el tema de “La Vaca”.
“Creo que todo ha sido inútil –escribe a su amiga Juana–. Comprendo que, hoy por hoy, se hace muy difícil cambiar algo de lo ya dispuesto. Supongo que, con el paso del tiempo, todo el mundo se olvidará de mi tema de composición y volveremos a ‘Voyage autour de mon bureau’, o a cualquier otra imposición venida de afuera bajo el engañoso rubro de aporte cultural.” Deja gotear el lacre, morosamente, sobre la juntura del cierre, antes de moldearlo bajo la presión de su anillo de sello. No puede dejar de pensar en la fugacidad de su iniciativa educacional. No sabe cuán equivocada está. Una gota de lacre, lustrosa, ha modelado un diminuto montículo sobre la mesa.

*de “La mesa de los Galanes”, Ediciones de la Flor.

-Fuente: http://www.osplad.org.ar/mundodocente/mundodocente2006/ficciones/notas/ene_04/uncuentofontanarrosa.htm

*

Mis amigos son gente cumplidora
que acuden cuando saben que yo espero
Si les roza la muerte, disimulan:
para ellos, la amistad es lo primero.

*Joan Manuel Serrat

-Enviado por Cristina Villanueva. pluma@velocom.com.ar

Correo:

Fontanarrosa*

En agosto de 2001, Fontanarrosa vino a Santa Fe, a presentar en la Feria del Libro la antología “Cuentos de fútbol argentino”. Haciendo uso de esa veta cholula y caradura que me caracteriza muy de tanto en tanto (cuando me parece que la situación lo amerita), me uní al malón que lo rodeaba, lo saludé, le extendí una hoja para que me dibujara un Mendieta autografiado, y aproveché la ocasión para endilgarle una fotocopia de un cuento mío de fútbol (“Penal”), con la esperanza de que lo leyera. Una semana después, para mi gran asombro y alegría, me llegó desde Rosario una nota suya en la que me daba su impresión sobre mi cuento. Valoré tanto ese gesto, que decidí escribirle para agradecérselo, y salió esta carta muy poco convencional que hoy quiero compartir con ustedes, en homenaje a quien seguramente debe ser el tipo que más carcajadas me regaló en la vida.

*Alfredo. alfdibernardo@ciudad.com.ar

Santa Fe, agosto de 2001.-
Acerca de una carta a Fontanarrosa que jamás será escrita
(Desgrabación parcial de mi última sesión con el analista)
(…)
-Pero mire usted qué interesante. Así que ahora el problema que no lo deja dormir es una carta.
-Y bueno, doctor, qué se le va a hacer. Para mí no es nada fácil esto; tengo que escribirle a Fontanarrosa y no sé bien qué ponerle.
-Siempre es difícil hallar las palabras necesarias para dirigirse a una mujer. Por lo pronto, me parece que usted debería dejar de imponer en el trato esa distancia tan horrible.
Parece un empleado del IAPOS llamando a la gente: “Fontana, Rosa”, “Pérez, Roque”.
-¿Una mujer? No, doctor, no es una mujer. Fontanarrosa es un apellido. Al que tengo
que escribirle es al dibujante, al humorista, al escritor. Al “Negro” Fontanarrosa. ¿Lo conoce?
-Sí, sí, cómo no. Yo siempre leo la página de chistes del Clarín. Me encanta el Loco Chávez y mucho más el Mago FaFa. Pero bueno, en fin, acá estamos para que usted me cuente su problema. Lo escucho.
-Le explico. Resulta que la semana pasada, Fontanarrosa estuvo en la Feria del Libro y yo tuve la ocurrencia de darle un cuento mío para que lo leyera. Yo pensé: “en una de ésas le gusta y me escribe”. Pues bien, el otro día anduve por el Correo, y encontré dos cartas en mi casilla. Agarré la que estaba arriba y casi me muero. Me bastó la primera ojeada para reconocer esa “F” de inmediato. Le juro que me quedé sin aliento.
-La “F” de Fontanarrosa, obviamente.
-No, la “F” de “Financiera”. Yo sabía que en cualquier momento me iban a intimar.
Hace tres meses que no pago el crédito.
-Bueno, pero la otra carta era de él, ¿no?
-Sí, sí, claro. ¿Se da cuenta? No sólo le gustó mi cuento, sino que encima tuvo la gentileza de hacérmelo saber. Es una hermosa actitud. Por eso, me pareció que tenía que hacer algo para retribuir aunque sea mínimamente su gesto. Así que le escribí una carta extensísima, muy sentida, pletórica de gratitud.
-Me parece muy justo y muy sano.
-El problema es que cuando la terminé, me puse a releerla y me pareció que limitarse a decir “gracias” ante un gesto como el que tuvo es incurrir en una cortedad imperdonable.
Esa palabra no abarca todo lo que quiero expresarle.
-¿Y qué hizo con la carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí. Pero le escribí otra.
-Ah, bueno. ¿Y sobre qué le escribió esta vez?
-Le dije que yo admiro profundamente a las personas con talento y a las personas con inteligencia. Le dije que cuando esas dos cualidades se dan juntas en una misma persona, la admiro todavía mucho más. Y le dije que si además van de la mano con el humor, entonces siento una admiración al cubo. Ante un Dolina, un Quino, un Les Luthiers, un Woody Allen, no puedo menos que sacarme el sombrero.
-Claro, y me imagino que a Fontanarrosa lo habrá incluido en esa lista.
-¡Por supuesto! ¡Usted no sabe la cantidad de carcajadas que me ha provocado este hombre! Nunca he podido entender cómo hace para que no se le agote la creatividad.
-Hace bien en no reprimir sus sentimientos.
-Exacto. Me gasté en elogios. Cuatrocientos treinta y siete adjetivos connotativos, tenía la carta. Qué digo carta; eso no era una carta. Era un encomio, una loa, un panegírico.
-Dios mío, desde que descubrió en la computadora el diccionario de sinónimos está insufrible. ¿Y qué hizo al final con su carta?
-La rompí.
-¿Cómo que la rompió?
-Y sí, la rompí.
-¿Por qué no la mandó?
-¿Está loco? ¡A ver si todavía Fontanarrosa piensa que soy un cholulo obsecuente!
Debe estar podrido de los pesados que le dicen “genio”, “ídolo”, “maestro”.
-¿Le parece? Mire que a los artistas les encanta que los halaguen.
-Sí, pero hay que hacerlo con cierto sentido de la ubicación. Y sobre todo con originalidad. Si uno va a robarle parte de su valioso tiempo a un artista, que por lo menos implique un esfuerzo creativo.
-Ajá. ¿Entonces?
-Y…se me ocurrió homenajearlo de un modo más sutil y simpático.
-¿Cuál?
-Mandándole mi agradecimiento con un dibujito humorístico.
-Así que un dibujito humorístico a Fontanarrosa. Pero mire usted qué apropiado. ¿Por qué no le manda una canción a Serrat, ya que estamos?
-No se burle, doctor.
-Es que ya se lo he explicado una docena de veces. Eso se llama “neurosis de fracaso”.
El sujeto vive buscando metas inalcanzables sólo para sentirse frustrado. ¿Se acuerda de cuando quiso seducir a Martina Navratilova?
-No sea injusto. Yo soy muy consciente de mis limitaciones. Sé perfectamente que el mayor aporte al arte que puedo hacer con un lápiz en la mano es prestárselo a un dibujante.
Esto buscaba ser simplemente un acto simbólico.
-¿Y qué dibujó?
-Lo pensé bastante, pero finalmente me decidí por un Mendieta.
-Amarrete. Seguro que lo eligió porque lleva menos tinta que dibujar a la Eulogia.
-No me cargue, doctor. Usted no sabe lo que me costó. Me pasé seis horas trabajando.
Rompí catorce hojas canson, y seis plumines. Gasté un frasco entero de tinta china y arruiné dos manteles. Cuando lo terminé, fui corriendo entusiasmado a mostrárselo a mi señora y me dijo: “¡Ay, qué lindo! ¡Te salió igualito, Rin Tin Tin!”. Se imaginará mi frustración.
-Quizás su esposa sufre de “síndrome de distorsión canina”, una derivación de la paranoia que produce en el sujeto notables confusiones en la percepción de estos animales.
Pero no se preocupe; hay casos peores. Yo tenía un paciente que invariablemente confundía las camisetas de los equipos de fútbol.
-Pero eso no parece tan grave
-No se vaya a creer. El año pasado se fue de vacaciones a Río, quiso congraciarse con unos muchachones que jugaban un picado en la playa y, viendo los colores de los gorros que llevaban puestos, les gritó “¡Pra frente Vasco Da Gama!”
-¿Y qué pasó?
-Eran del Flamengo. Una lástima; lo cargaron en el bondinho que sube al Pan de Açucar y lo arrojaron a la Bahía de Guanabara. Pero bueno, ¿en qué estábamos?
-Estábamos en que rompí el dibujo.
-Ah, sí. ¿Y qué hizo entonces?
-Decidí intentar una nueva carta, pero esta vez fui mechando, entre frase y frase, referencias puntuales a la obra de Fontanarrosa. Como guiños de complicidad, ¿entiende?
-No, no entiendo.
-Claro, yo le escribí para agradecerle, y testimoniarle mi admiración, etc., etc., pero cada dos renglones le iba metiendo bocadillos tipo “mal pero acostumbrao”, o “ahijuna con la lobuna”. Le hablé de “El Cairo”, le mencioné como al pasar a Boogie, a Jota Jota Serenelli.
Como para que el tipo se dé cuenta de que uno ha seguido su trayectoria, ¿vio?
-No está nada mal. ¿La terminó?
-Sí, la terminé. Dieciséis carillas. Con noventa y tres citas textuales, notas al pie, índice, posfacio y bibliografía consultada. Una joyita.
-Tengo miedo de preguntar qué hizo con su joyita.
-La rompí, doctor.
-Me lo imaginaba. Seré curioso, ¿por qué la rompió esta vez?
-Porque es un recurso de lo más bajo, doctor. Demagogia barata. Cholulismo sofisticado.
-Pero si no me equivoco su intención es lograr que este hombre se sienta bien al leer su carta, ¿verdad? Entonces es válido que le hable de cosas que para él sean importantes afectivamente.
-Justamente, ése fue el leit-motiv de mi quinto intento. Le escribí una carta con un lenguaje futbolero, plagado de referencias a Rosario Central. La idea era crear un texto emotivo, conmovedor. Entonces le tiré como al pasar formaciones del pasado, le mencioné a Landucci, a Mesiano, a Bóveda, a Gramajo. ¡A Aldo Pedro Poy! ¿Se imagina? El tipo lee ese nombre y se le pianta un lagrimón. Hasta le conté que la primera revista “El Gráfico” que me compró mi viejo (año ‘70) lo traía a Poy en la tapa.
-Mi notable perspicacia me indica que también rompió esa carta.
-Por supuesto, doctor. Era un recurso todavía más bajo que el anterior. El tipo iba a pensar que me estaba haciendo pasar por hincha de Central para caerle simpático.
-Eso es altamente improbable. Cualquier aficionado al fútbol que lea un cuento suyo se da cuenta de que esa melancolía que campea en sus relatos sólo puede haberse desarrollado siendo hincha de Colón.
-Será como usted dice, doctor, pero lo cierto es que estoy desorientado. ¿Qué hago, entonces? ¿Qué le escribo?
-Lo siento mucho, pero se terminó su hora. Lo espero el próximo jueves.
-No me deje así, doctor, déme un consejo.
-Mire, qué quiere que le diga; ya me tiene podrido con esta cuestión. Acabemos de una vez con “la gansada”. Para mí, Fontanarrosa “ha vivido equivocado”. Le digo más, yo lo prefiero a Sendra. “No sé si he sido claro”.
(…)
_____________________________________________________________________
Ahora sí, en serio: mil gracias por el comentario y por la gentileza de mandármelo.
Un saludo cordial de

Alfredo Di Bernardo
PD: ¿Será factible consultar a la Hermana Rosa acerca de las perspectivas de Colón en el
Apertura 2001?

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 22 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Cesar Guerra Peixe, Marta García Renart, Carlos A Vázquez y Mariza Rezende. Las poesías que leeremos pertenecen a
Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Wankamaru
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar

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PASARON MUCHAS COSAS…

Julio 15, 2007 por inventivasocial

Pasaron muchas cosas…

Mario y yo*

Mario había ido a bailar (a ver bailar) al Club Villa Malcom. Yo concurría siempre con mis amigas. Era avispada —expresión de mi madre—, y con chispa. Y la de más éxito. Bailaba lo que fuera —“la ardilla tropical”—, no sólo cumbias y lento. Prefería a los carilindos, y dentro de estos, a los respingones. Le daba muchísima importancia al pelo de los muchachos. Al corte y a la consistencia. Los lacios me enloquecían. Pero carilindos, respingones y con espectacular cabellera, me aburrían soberanamente después de las primeras salidas. El más rescatable resultó uno al que le decían Larry. Perspicaz, tenía conversación, y estaba embarcado en un trabajito delineado, de mucha paciencia, conmigo. Pero no alcanzó.
Mario, contra una columna, me seguía con la vista, cuando lo descubrí. Evalué. No reunía mis condiciones pero tenía encanto. Una cierta tristeza. Vida interior. Pensaba: debe tener vida interior. Me acerqué a la columna. (A su lado, el urso veterano con orejas y nariz de boxeador que cuidaba “el orden y la moral del establecimiento”.) Encaré a Mario sonriendo: No te vi bailar. Dijo: No sé. Y algo más: Ni boleros. Consideré: Alguien tendría que enseñarte. Y algo más: Me propongo. El sonrió, por fin, y me preguntó: ¿Estás segura?
Pasaron muchas cosas en tantos años. Entre las desagradables están los abortos que me hice. Ya no soy alegre. Estoy al frente de una perfumería en la que participo como habilitada. Ando siempre diez puntos (pilchas y maquillaje) y no realizo casi ninguna tarea doméstica. Volví a estudiar inglés, y practico aerobismo y equitación. Siento un miedo visceral a que mis padres, con los que aún convivo, fallezcan. Y el viernes me caso con Mario. Nos vamos a Ranelagh, donde él heredó un laboratorio de productos químicos para mantenimiento industrial.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Historia de un país con dos cabezas*

*por Beatriz Sarlo bsarlo@viva.clarin.com.ar

El domingo pasado dije que para unos chicos muy pobres, campesinos de los montes tucumanos, probablemente la patria fuera una ausencia, algo que se menciona como a Dios, a quien no se puede ver en sus actos ni en sus efectos reales. Incluso más lejana que algún santo de esos que, de vez en cuando,
salen a dar vueltas por el mundo, se aparecen en los descampados, junto a los refrigeradores (pasó en México, me cuenta Carlos Monsiváis), o en hornacinas que están especialmente preparadaspara esas sagradas excursiones por esta tierra.
La patria para muchos es no sólo simbólica sino inmaterial, hecha de nada, o tierra de injusticias. Para otros, más afortunados, la patria significa posibilidades concretas y no sólo identificaciones abstractas. Para mí la patria fue la universidad pública (y antes las escuelas del estado que educaron a mis padres), el hospital donde llegué sola a los diez años y salí reparada cuatro meses después, el derecho y la posibilidad de vivir en la ciudad que me gusta, una serie de trabajos que nunca me llevaron muy lejos
de lo que había elegido según ese impulso que llamamos vocación. Las dictaduras militares y el terrorismo de estado no fueron la patria sino la usurpación
de la patria.
En cambio, para los marginados, los muy pobres, los ignorados, los distantes, la patria no es nada. O peor todavía, es un simulacro grotesco: una bandera que no resguarda, unos símbolos que han perdido toda actualidad, un puñado de menciones históricas congeladas y quebradizas. Para ellos, ser argentino no implica los mismos derechos. Y si los derechos o son universales es porque vivimos o en una sociedad aristocrática o en una sociedad deformada por la injusticia. Como no vivimos en una aristocracia,
la conclusión es que en las últimas décadas la patria se ha achicado, se ha retirado dejando desnudos a millones, como si se retirara una manta y quedaran al aire los miembros ateridos, las heridas, las deformidades.
Dentro de tres años se celebrará el bicentenario de la Revolución de Mayo.
Cuando llegó el primer centenario, algunos intelectuales hicieron el balance de esos primeros cien años: promesas cumplidas e incumplidas, defecciones de la clase gobernante, materialismo de los poderosos. Ya podemos empezar a pensar qué diremos en el 2010. Podría enunciar algunos deseos respecto de lo que preferiría que no se dijese.
Preferiría que no se dijese que la Argentina es un país rebosante de cultura, donde se publican miles de títulos por año, hay centenares de exposiciones y centenares de obras de teatro. Si hablamos en
el 2010 de cultura, el balance tiene que iluminarse no con las luces del centro, sino orientarse en la niebla que está un poco más afuera, pero bastante cerca de los teatros, las gallery nights y las librerías de Buenos Aires o Rosario. Entonces, tendríamos que hablar de la eficacia de la escuela, de cuántos chicos quedan fuera del secundario, de cuántos desertan, de cuántos chicos nunca van a pisarlo.
No sería conveniente hablar de librerías sin aclarar que los argentinos apenas si leen un libro por año, pero que la televisión de aire, en los horarios entrales, compite con la peor del mundo.
También preferiría que no hablara de la belleza de algunas grandes ciudades del litoral argentino. Esas ciudades están cortadas en mitades, tienen villas miseria a pocas cuadras del centro y están encerradas por varios cinturones de pobreza creciente. Son ciudades bicéfalas y bilingües donde se habla en un lado la lengua del consumo y del mercado, del turismo y del ocio; del otro, la de la precariedad laboral, escolar, de vivienda, de salud. Sobre una Argentina bicéfala no se organiza la idea de una patria común. Tantas diferencias no forman na nación sino que la disgregan en localizaciones: entre casa tomada y la torre-country hay que recorrer sólo pocas cuadras. Los vecinos de la torrecountry se quejan de la inseguridad de ese trayecto reducido: la casa tomada, la villa desborda sobre la torre-country, sobre el paseo frente al río; nadie todavía puede pedir pasaporte para ir del norte al sur de la ciudad y, además, el norte está agujereado por el sur, que penetra como una especie de torrente de lava.

Los chicos del monte tucumano están bien lejos de la Villa 31, pero pertenecen al mismo país: el de los sin patria, sin derechos, sin oportunidades. ¿Cómo se llega desde la Villa 31 a la universidad? De ningún
modo, no hay colectivo ni prolongación de la línea de subte que pueda unir un lugar con otro. La universidad estaba en el imaginario de los trabajadores pobres de comienzos de siglo y algunos de sus hijos encontraron ese camino, que era, por supuesto, singularmente áspero. Llegaban unos pocos de esos hijos de inmigrantes, pero no estaban descartados desde el principio.
Hoy los chicos de los montes tucumanos o de la Villa 31 están descartados desde el principio no sólo para la universidad (ya creo que no se piensa en ella) sino para cualquier idea de vida donde la necesidad no presida cada una de las elecciones cotidianas. Donde hay tanta necesidad, no hay patria. La necesidad es un fuego donde se quema la bandera.

*Fuente: Clarín.

http://www.clarin.com/diario/2007/07/15/sociedad/s-01455942.htm

COMO LA PRIMAVERA*

*de Juana de Ibarbourou

Como una ala negra tendí mis cabellos
sobre tus rodillas.
Cerrando los ojos su olor aspiraste,
dicendome luego:
-¿Duermes sobre piedras cubiertas de musgos?
¿Con ramas de sauces te atas las trenzas?
¿ Tu almohada es de trébol? ¿Las tienes tan negras
porque acaso en ella exprimiste un zumo
retinto y espeso de moras silvestres?
¡Qué fresca y extraña fragancia te envuelve!
Hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas.
¿Que perfume usas? Y riendo te dije:
-¡Nintuno, ninguno!
Te amo y soy joven, huelo a primavera.
Este olor que sientes es de carne firme,
de mejillas claras y de sangre nueva.
¡Te quiero y soy joven, por eso es que tengo
las mismas fragancias de la primavera!

*Fuente:

http://www.los-poetas.com/j/juana1.htm#COMO%20LA%20PRIMAVERA

Domingo, 15 de Julio de 2007
el baul de manuel*

*Por Manuel Fernández López

¿18.000 MW?
El crecimiento económico o incremento del PBI es la suma global de los cambios en el volumen de actividad de las distintas producciones de un país.
Producir supone reunir y transformar recursos. La cantidad de recursos que puede adquirir un productor particular es limitada. La cantidad total de recursos de que puede disponer un país también es limitada en cada punto del tiempo. Esta limitación origina el cálculo económico, que conduce a elegir
el mejor uso posible de tales recursos limitados. Esa escasez, sin embargo, no es la misma para los diversos recursos: depende -entre otras cosas- de la cantidad, calidad y tasa de empleo de cada uno. El empleo intenso de alguno de ellos termina más rápido con su cantidad disponible. Dado que producir es
complementar recursos, aquel que más rápido se agota fija un tope al empleo de los demás y marca una frontera a la producción: fijar un tope al uso de energía fija un límite al empleo de trabajadores. Para un país, el recurso relativamente más escaso fija un límite a su crecimiento económico. Los límites pueden ser transitorios: la falta de cierta categoría de trabajo puede superarse con años de educación, la limitación de tierras agrícolas se supera mejorando las técnicas productivas, la escasez de capital se supera incrementando la tasa de ahorro, la escasez de recursos naturales propios se supera mediante importación o uso de sucedáneos. O violentando otros países: por ejemplo, el colonialismo y la trata de negros tuvieron por fin, respectivamente, allegar recursos naturales y mano de obra a la estructura
productiva de las metrópolis. Los límites también pueden nacer de una contabilidad adrede miope o de una moral dudosa: el uso de un recurso abundante, como el agua, cuyo uso empobrece al recurso mismo (caso de las fábricas de pasta de celulosa y sus consecuencias deletéreas sobre la fauna ictícola de aguas abajo), sin cargar precio por ello, hace considerar ese recurso (erróneamente) como ilimitado. En la ciencia económica, entre los recursos de la producción -tierra, capital y trabajo- la tierra fue
considerada como fija en los modelos de Malthus (a través de la limitación de alimentos) y Ricardo (por su efecto sobre la productividad de la tierra), y el capital en el modelo de Smith. El trabajo no se considera escaso, al confundir mera población y capital humano o población capacitada para
producir.

¡18.000 MW!
Uno viaja por una ruta que termina en una pared: si acelera, se acercará más rápido a ella; si acelera más, aumenta el riesgo de no poder frenar a tiempo y chocar, si antes no optó por tomar otro camino. Esto es palmario. Empero, a lo largo de la historia argentina prevaleció la idea de excepcionalidad de
este país, donde la abundancia de tierra neutralizaba toda limitación y con dos cosechas toda crisis se vencía. Ya Silvio Gesell, a fin del siglo XIX, denunció esta suerte de soberbia vernácula. Los hechos mostraron que cada vez que una actividad apretó el acelerador más rápido, se encontró algún límite. Incluso acceder a aquella fuente de todos los milagros, la tierra, tenía un límite, la línea de frontera con el indio; y para romperlo se eligió destruir a sangre y fuego a sus causantes. Y esa misma tierra, dado
el intenso uso que se hizo de ella, en determinado momento alcanzó un máximo de hectáreas sembradas, como detectó Alejandro E. Bunge en 1909. El desarrollo industrial y la falta de inversión en la Patagonia, con el tiempo, mostraron el rostro ominoso del límite de la producción petrolera en el sur, salvado con importaciones a elevado costo. Para acelerar la producción petrolera hacía falta capital, que en el país era limitado.
Prebisch propuso complementarlo con inversión extranjera y abrió el camino a la batalla del petróleo de Frondizi. Al brotar más petróleo, el problema fue hallarle demanda y Don Arturo no tuvo mejor idea que suprimir los tranvías, sustituirlos por microómnibus y promover la radicación de numerosas fábricas de automotores. ¿No tuvo en cuenta que el petróleo era un recurso agotable?
Ya entonces (1958) la falta de energía eléctrica frenaba la expansión del conurbano bonaerense. En el último medio siglo, cuatro rasgos del país se traducen hoy en límites de las altas tasas de crecimiento. Primero, la baja propensión a ahorrar de la población y la insuficiencia actual de capitales.
Segundo, la migración campo-ciudad e intraurbana, y su presión sobre suelos urbanos de extensión fija, servida por infraestructuras estancadas. Tercero, la negligencia oficial hacia la enseñanza industrial y tecnológica, hoy manifiesta en la escasez de determinados profesionales. Y cuarto, la incompatibilidad entre el ansia de crecer rápido y el cortoplacismo de quienes deciden la inversión en nuevas plantas de energía para la producción.

*Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/2-3070-2007-07-15.html

Sed y palabras*

Es la alta noche. Un hombre tiene sed, pero lo único que hay es silencio y una que otra palabra. El hombre abre una palabra y se mete desnudo y entero adentro de la palabra. Adentro está más oscuro que afuera. El hombre enciende un deseo amoroso y trata de ver en la oscuridad, pero el amor es ciego y lo lleva a cualquier parte. Cuando el amor se apaga, el hombre enciende una locura y ve muchas cosas o espectros dentro de la palabra. Las cosas le sacan la lengua y se le ríen en la cara o le hacen cosquillas en los pies y el hombre busca infructuosamente la salida.
Un cartel le indica: Espera a que se apague la locura. El hombre espera a que se apague la locura y enciende un olvido profundo.

Baja por el hondo y oscuro camino del olvido, y sale de la palabra.

Afuera la gente le pregunta:

-¿Qué sed tuviste, qué palabra abriste?

A lo que el hombre solamente puede balbucear.

-No sé, no me acuerdo.

Todos se alejan del olvidadizo, menos una niña.

La niña extiende una mano hacia la sed del hombre y le regala otra palabra.

Y otra vez, después de la profunda oscuridad, amanece.

*RUBÉN VEDOVALDI. vedonet@netcoop.com.ar

Reside en Capitán Bermúdez (Sta Fe)
Selección de texto: Horacio C. Rossi y Oscar A. Agú

-Fuente: LUZAZUL N° 91
Junio/Julio 2.007

Correo:

COMUNICADO DE PRENSA*

El Senado acaba de aprobar la llamada ley de reordenamiento ferroviario, dándole media sanción y enviándola a Diputados para su tratamiento.
Los CUERPOS DE DELEGADOS DE LAS LINEAS SARMIENTO Y MITRE, alertamos que este proyecto significa una nueva vuelta de tuerca sobre la extraordinaria estafa del concesionamiento de la red ferroviaria.
Se pretende convalidar la política de saqueo al estado que se ha venido llevando bajo la forma de subsidios, DESCONTROL OPERATIVO, TÉCNICO Y FINANCIERO: endeudamiento con organismos internacionales, compras de materiales en el exterior sin ninguna evaluación previa; renegociación de contratos totalmente viciadas y un sin numero de medidas arbitrarias que encubren la desinvercion de las empresas y las transferencias de fondos estatales a negocios que nada tienen que ver con el servicio ferroviario.
La aprobación de este proyecto hará que el estado pague la red que utilizan las grandes compañías cerealeras como aceitera Deheza, (PROPIEDAD DEL SENADOR Urquia), la multinacional Techint, el consorcio empresario – sindical del Belgrano Cargas, las transnacionales Brasileras Camargo Correa y Agrenco que manejan con Ferrosur y All, respectivamente, la traza del MERCOSUR por la que planifican transportar 1 millón de toneladas anuales.
Esta ley reafirma el decreto de emergencia ferroviaria de Duhalde que le permitió a las empresas como Ferrovías, Metropolitano, Metrovías y TBA eludir las obligaciones contractuales y pasarles al estado las obras que no realizaron y a las empresas de cargas no pagar ni cánones, ni multas.
La promulgación de esta norma ubica al estado en el lugar de “socio bobo” que pone dinero y patrimonio para que las gerenciadoras de pasajeros y cargas, que llevaron al colapso al servicio ferroviario, sigan acumulando fabulosas ganancias.
Llamativamente, la ley contempla darle a la CNRT el control sobre los trabajadores, con la facultad para sancionarlos. Justo este organismo, sospechado de convivencia con los empresarios y mudo testigo de la brutal decadencia.
Es imprescindible terminar con este fraude de las concesiones que condena a miles y miles de pasajeros en una prestación miserable y a enormes regiones de nuestro país al aislamiento, contribuyendo de esta manera a la concentración de tierras en manos de grandes consorcios cerealeros que utilizan al ferrocarril como logística propia.
Nosotros reafirmamos nuestra convicción que los ferrocarriles deben ser una empresa estatal única con control de los trabajadores y usuarios, para ponerla al servicio del país articulando con otros medios de transporte.
Rechazamos la parodia de empresa estatal que pretenden instrumentar con ésta ley y exigimos una norma que considere al ferrocarril como herramienta estratégica de la Nación

*Cuerpos de Delegados
Líneas Sarmiento, Mitre y Belgrano Norte. delegadosferroviarioshaedo@yahoo.com.ar

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 15 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Rubén Carrasco. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Carlos Galeano (Colombia) y la música de fondo será de Uakti (Brasil). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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