EL SABOR DEL DURAZNO

Publicado: febrero 8, 2007 en Uncategorized

Poema V*

Las luces agotadas se parecen a las latas
y aunque las acacias adoren el té
y los viajeros aquellos un dían regresen
cuando los teléfonos llamen los teléfonos llamen
los teléfonos llamen no habrá nadie en casa
no habrá nadie y los platos estupefactos
se aburrirán de limpios
y en la rectitud de la cama tendida
se acostará el polvo.

Islas de rotas esquinas
en el inicio de todas las cosas,
cuanta alegría caída del sol
y que bochorno la ronda
de las espadas ilegales.

Ya que no he podido
dejar de ver la otra cara
de los platos de arroz,
déjenme aquí mirándome
en los ojos terrestres de la lluvia,
enfrentando el terror de la luna
cuando se calza su piel de leopardo.

Buscando detrás de todo
el sabor del durazno
y el paisaje lila
del río dentro del sueño.

Sol a todas tus estaciones
ofrezco mi cuerpo,
al aire de los esteros
y al ron aventurero de los mares.

No sé si volveré
y los destinos que erré
las palabras pisoteadas
y los besos que me negaste
me dejan todos los días
a la orilla de una hoja en blanco.

No sé si recordaré
pero igual voy buscando en cada casa
el sabor del durazno.

*de Fabián Benassi. fabianbenassi@yahoo.com.ar
-Río Colorado, Pcia Río Negro.

El sabor del durazno…

Hoy ensayo*

Estoy ensayando por diezmilésima vez,
la forma de decirte que no te amo.

Y creo que no voy a tener otra salida
que volver a mentirte,
por diezmilésima vez..

(Si dios me hubiera regalado
unas pocas dotes actorales,
quizás no hubieran sido necesarios
tantos ensayos, y
es más, hasta hubiera sido convincente
en la tresmilésima vez).

*de Maria Rosa León mrleon003@yahoo.com.ar

LAS CIUDADES Y LOS TRUEQUES*

*de Italo Calvino.

En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen.
Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen.
Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, los ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos.
Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura con otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que en un instante todas las combinaciones se agotan y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto por una cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una jamona. Así entre quienes por casualidad se juntan bajo un soportal para guarecerse de la lluvia, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos.
Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, simulaciones, malentendidos, choques, opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.

Jueves, 08 de Febrero de 2007
Ultima noche en Venecia*

*Por Roberto Lobos. robertolobos@uolsinectis.com.ar

No había luz. No había otra iluminación que las de las velas que se escapaban por las ventanas de las casas vecinas. No había ruidos. No había otros sonidos más que los de las aguas golpeando mansas contra paredes y muelles. Cualquier expresión podía presentirse como esas prestidigitaciones de los magos delante de la nariz pero imposibles de descubrir.
No he podido olvidarte dijo ella casi en un susurro a la luz de la luna. Mis piernas temblaron bajo los pantalones de gasa blanca y una mueca de sonrisa se me dibujó en los labios. Hablaba. Hablaba y la suponía al borde del llanto.
No me mires más de ese modo se apuró a decirme. Le hice caso y desvié la mirada hacia el fondo del canal. La oscuridad ganaba todo el paisaje que se podía adivinar gracias a los destellos de pabilos que se resistían al viento del verano dibujando un tenue laberinto de húmeda consternación.
No he podido olvidarte me repitió. Han pasado siete años desde aquel cambio de centuria y los presagios que nos leyera aquella gitana en un apartado del viejo mercado. Ella tuvo razón sin saberlo. Era ciega y nos tocaba la cara con las manos para desgranar de a una sus profecías. Se van a separar pero nos les puedo asegurar cuándo dijo. Y no se equivocó.
Te perdí el rastro. Desapareciste. Bolonia no es Venecia intenté agregar.
Ella no escuchaba. Yo mismo no me escuchaba balbuceando palabras que sólo sonaban a simples excusas. Bolonia no es Venecia repetí sin convicción y, por fin, la miré a los ojos. No había lágrimas. No había otro reflejo más que el frío brillo de sus pupilas frente a mi cara.
He llorado demasiadas noches frente al palacio de los duques. Góndolas y galerías no me cobijaban cada vez que te recordaba y mis muslos no han superado los temblores de tus dedos bajo estas faldas. No ha habido más noches largas. No han vuelto los días sin sombras. Basta, no me sigas mirando a los ojos me imploró. Y cumplí de nuevo.
Levanté la vista hacia el cielo y vi que empezaba a cubrirse de nubes. La luna en cuarto menguante aparecía algo más escondida que hasta un rato antes y no pude evitar pensar en la gitana ciega. Caminé unos pocos pasos hasta el borde del muelle y abrí los brazos acaso para abrazar Venecia en un único e
iluso movimiento. Nunca lo supe pero quizás quería abrazarla también a ella.
No podía. Definitivamente no me abundaban las espontáneas muestras de afecto.
Ella comenzó a acercarse sigilosamente por la espalda. Podía presentirla por el ritmo de su respiración. Recordaba, para qué negarlo, aquella mezcla de agitación y gemidos en mis oídos. Estaba desnuda. Me tomó por los hombros y sentí un fino ardor en el cuello.
Caí sobre el suelo de madera con la camisa ensangrentada y entonces pude ver la hoja de metal brillando entre sus manos. Ella estaba parada a mi lado y se agachó para decirme las últimas palabras que alcancé a escucharle como una breve despedida y luego esfumarse en la fugacidad de la noche: Bolonia no es Venecia.
Bolonia no es Venecia repetí nuevamente antes de cerrar los ojos.
Y cayó el telón.

*Fuente: Rosario-12

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-7241-2007-02-08.html

Adiós que se va Segundo*

*Violeta Parra

Adiós que se va Segundo
en un buque navegando,
las niñas que lo querían
casi se han muerto llorando.

Déjenlo que se vaya,
no lo sujeten,
déjenlo que navegue,
cinco o seis meses.

Cinco o seis meses, sí,
yo le escribiera,
pá decirle a Segundo
que se volviera.

Cierto yo le escribiera
que se volviera.

-Fuente: http://www.trovadores.net

LA OTRA CARA DE DlOS*

Se habían citado en el Freddo de Callao, como si comer un helado les fuera a dar fuerzas para acometer la aventura más importante de sus vidas. Nicolás había estado toda la ma­ñana pensando qué ponerse para parecer mayor. Por desgra­cia, la semana anterior Mariana se le había reído por la pelusa que él llamaba bigote y se había afeitado. Mariana, que apenas si tenía tetas. Así que se puso el jean menos roto y una camisa en vez de remera. Pero cuando llegó todos lo cargaron porque había llevado el walkman.
—¿Qué te crees? —le dijo “El Busca”, que era el más grande, el que los llevaba— ¿Qué vamos a un
pic-nic en el Náutico?
“El Busca” es hijo de un portero. Raúl, que es de tercero, se había venido sin anteojos para parecer más canchero y en­tonces parecía más pendejo. “El Busca” se había puesto un saco de corderoy, en pleno verano. Carlos “El forro atómico” se había venido con los libros porque le había dicho a la madre que iba a estudiar a lo de Raúl. Tenían que ser cinco pero Ro­berto había desertado. —Se habrá quedado en lo de Mariana —lo buscó “El Busca”. Nicolás hizo como si nada. Pero pensó en Mariana, en la pieza de Mariana llena de revistas de moda y el cuerpo de mujer de Mariana y vio a Roberto en su lugar.

Todo un largo recuerdo de Mariana mientras se subían al colectivo, pasaban por el centro, llegaban a la Boca, se arrima­ban a la orilla del Riachuelo. Cuando vieron los botes, Carlos “El forro” y Raúl se entusiasmaron y “El Busca” los trató de pendejos pero aflojó, total era poca plata. “Yendo en bote a verle la cara a Dios”, bramó en voz alta “El Busca” mientras avanzaban por el agua cruzada de aceite y petróleo. Tocaron el embarcadero del otro lado y Raúl puteó porque se había manchado el pantalón con brea. Estaba nervioso.
“El Busca” anunció: —Señores, hemos llegado a la isla del placer.
Al final del embarcadero había un quiosquito, un alero.
Para el lado del bote pasaba gente oscura, un hombre de ove­rol, dos negritas de pollera muy corta y apretada. Como la mucama, cuando se iba los sábados. Nicolás hubiera preferido empezar con Mariana. Pero no era tan moderna como decía,
Mariana. Aquella tarde, en el cuarto lleno de posters él había alcanzado a apretarla, había ido subiendo la mano por su cuerpo, había rozado el pecho, había llegado al cuello. Pero cuando iba a besarla, ella había esquivado. Como si apenas moviera el pelo, ella había esquivado. Y él se había quedado con una sensación rara —aparte del apretón abajo, entre las piernas, contra el pantalón—, como en esos sueños donde uno está desnudo y en el aire. Pagando.
Raúl y “El forro atómico” se habían parado en el quios­quito. “Chipá del Paraguay”, decía el cartel y ellos se habían quedado mirando. Otro país, ahí no más, frente a Buenos Ai­res. “El Busca” gritó:
—Délen, forros. ¿Por qué no se hacen envolver dos panes y se los llevan a sus mamis como recuerdo de la Isla Maciel?
Cuando pasaban frente a la cancha de San Telmo, Raúl dijo que podrían haber traído la pelota pero nadie se rió. Ca­minaron por una calle entre casitas de cartón o ladrillos sin revocar, ranchos. Las mujeres venían desde el fondo con bal­des llenos de agua y los hombres, en la vereda, en pantaloncitos y en patas tomaban cerveza, o un vino en jarras de plástico, De pronto pensó que los iban a atacar, que le iban a quitar el walkman, la ropa. Para colmo uno de los hombres lo paró, le puso una mano en el hombro. Estaba borracho y le ofrecía la jarra. Los demás esperaban, asustados.
—Toma —le dijo el tipo, insistiendo con la jarra—, te va a hacer falta, pibe. —Y después, les dijo a todos—: Es por allá.
Media cuadra y llegaron. El sol de la media tarde caía entero en una explanada de pasto flanqueada por seis casitas —ranchitos— en hilera y hacía brutal la piel, muy parda, de las ocho mujeres que se alineaban en sillas frente a las puertas. Blanca, blanca, una chica de unos catorce años miraba por una de las ventanas. Las cortinas —flecos de hule, collares de caña— se movían con algún misterio. Blanca, la chica cruzó una de las cortinas, salió a la calle, estaba en bikini, como las otras. Y apenas si tenía tetas, como Mariana. Las mujeres to­maban mate y los miraban, como si se rieran de ellos. Raúl sacó los anteojos de algún lado y se los puso como para prote­gerse, le temblaban las manos. Infaltable, una mujer gorda —escandalosamente en pantaloncitos— mandaba el batallón. “El Busca” habló con ella y vino y dijo que iba a ser con ella, nada más que con la gorda, porque ellos eran menores y la gorda era la única que se bancaba a la cana. Los otros, mansos, asintieron y pusieron la plata en las manos del “Busca”, adelantada, para la gorda, pero Nicolás se plantó. Como asom­brado de sí mismo se plantó y marcó, con el dedo, a la chica de piel blanca. Ella, desde lejos, sonrió y dijo que sí, mientras abría la cortina, se perdía en la oscuridad del ranchito. Nico­lás también pasó la línea, dejó atrás la bruta luz del sol, entró a una pieza con piso de barro y en esa cama enorme, vieja, esta­ba la chica de piernas abiertas, desnuda, y sonreía. Entonces todo fue muy rápido.
No se acuerda ni cómo se sacó los pantalones, y entró a la cama, y terminó por primera vez adentro de un cuerpo de mujer, en un silencio tremendo. Pero recuerda que después subió la mano con la que se aferraba a las piernas de esa chica, pasaba por la cintura, tocaba el pecho y llegaba al cuello pensaba en Mariana y buscaba la boca, vencido, tierno, y cuando estaba por cumplir con ese beso que iba a ser largo, largo, la chica movía la cabeza, apenas como si apartara el pelo y él quedaba otra vez como en esos sueños en los que uno está desnudo y en el aire, pagando, pero además estaba esa voz que decía, ronca, mucho más grande que la chica:
—No, m’hijito. Con amor son dos pesos más.

*de Miguel Briante.
AL MAR Y OTROS CUENTOS. Sudamericana. Bs. As. 2003

A la una*

*Violeta Parra.

La vida a la una
a la una nací yo,
la vida y a las dos,
a las dos me bautizaron.

La vida y a las tres,
a las tres supe de amores,
la vida y a las cuatro,
a las cuatro me casaron.

La vida a la una,
a la una nací yo,
una, dos, tres y cuatro,
ay, ay, ay, cinco, seis, cero.

Así bailan la cueca
ay, ay, ay, los carpinteros,
una, dos, tres y cuatro,
ay, ay, ay, cinco, seis, cero.

Los carpinteros, sí,
ay, ay, ay, cinco, seis, siete,
así bailan la cueca
ay, ay, ay, los alcahuetes.

Los alcahuetes, sí,
ay, ay, ay, vamos en una,
esta es la cueca larga,
ay, ay, ay, de la ventura.

De la ventura, sí
ay, ay, ay, vamos en dos,
esta es la cueca larga
ay, ay, ay, de Juan de Dios.

De Juan de Dios, ay, sí,
ay, ay, ay, vamos en tres,
esta es la cueca larga
ay, ay, ay, de Juan Andrés,

De Juan Andrés, ay, sí
ay, ay, ay, vamos en cuatro,
esta es la cueca larga,
ay, ay, ay, de San Morajo.

De San Morajo, ay, sí,
ay, ay, ay, vamos en cinco,
esta es la cueca larga,
ay, ay, ay, de San Francisco.

De San Francisco, sí,
ay, ay, ay, vamos en seis,
esta es la cueca larga
ay, ay, ay, que bailó el rey.

Que bailó el rey, ay, sí,
ay, ay, ay, vamos en siete,
esta es la cueca larga
ay, ay, ay, de los pobretes.

De los pobretes, sí,
ay, ay, ay, vamos en ocho,
esta es la cueca larga,
ay, ay, ay, de los morochos.

De los morochos, sí,
ay, ay, ay, martes y jueves,
esta es la cueca larga,
ay, ay, ay, del diecinueve.

Cierto, martes y jueves,
ay, ay, ay, del diecinueve.

(1960-1963)

-Fuente: http://www.trovadores.net

Alerces*

a Andrea Salvatori

Había llegado al extremo de uno de los brazos del Menéndez, en el Parque Nacional Los Alerces, viajando parte de un día y de una noche en el trencito desde Ingeniero Jacobacci hasta Esquel y después en un ómnibus y final­mente en una lancha a través de las aguas calmas del lago, bajo el resplandor del glaciar del Cerro Torrecillas. Iba a encontrarme con los árboles que tienen 2.500 años.
La casualidad quiso que fuera mi cumpleaños y todo el tiempo me habían acompañado las exigencias que suelen ca­minar con uno en esas fechas: realizar balances, cumplir con los compromisos siempre postergados, tomar determinacio­nes. En resumen, clarificar el panorama y empezar de nuevo.
Me había parado en la proa de la lancha y, mientras miraba los bosques y los perfiles de las montañas contra el cielo sin nubes, en la cabeza me daban vueltas, juntas, la cifra de los 2.500 años con cuya evidencia me enfrentaría en unos minutos y mi propia cifra, la de mi edad. Un poco alu­cinado por la falta de sueño, oscilaba entre una impaciencia que por momentos se volvía casi angustia y un vago senti­miento de resignación. No hubiese podido decir cuál de las dos cifras provocaba impaciencia y cuál resignación.
La lancha atracó en un muelle de madera y nos metimos por una senda cuesta arriba, entre la vegetación espesa. Había mariposas alrededor. Después de andar un rato vi­mos el primer alerce. El guía habló de los 2.500 años y nos informó que sobre otra orilla del lago, una zona donde no se permitía el acceso de turistas, había alerces de mayor an­tigüedad, que superaban los 3.000 e incluso llegaban a los 4.000 años. Eramos unas veinte personas detenidas en se­micírculo a un par de metros del hermoso tronco claro y recto. Mirábamos hacia arriba. A través de las hojas del alerce llovía luz. Me di cuenta de que todos se sentían obli­gados a bajar la voz.
El guía propuso seguir. Dejé que el grupo se alejara, lo perdí de vista y quedé solo. Me acerqué al alerce y lo toqué. Entonces, la imaginación galopó hacia atrás, hacia el fondo de los 2.500 años. La imaginación partió y regresó trayendo nombres, fechas y geografías. Traté de mirar en ese torbe­llino, establecí asociaciones, hice cálculos, llegué a conclu­siones simples y obvias y que sin embargo me costaba acep­tar. Pensé, por ejemplo, que cuando las legiones romanas marchaban y el imperio se expandía, el árbol sobre cuyo tronco ahora yo apoyaba la mano ya estaba ahí. Y estaba cuando en algún lugar de Palestina supuestamente se pro­dujo el nacimiento que marcó el comienzo de una era. Cuando las tres carabelas avistaron las playas del nuevo continente, hacía dos mil años que el árbol estaba. Mien­tras el mundo cambiaba, evolucionaba o se desangraba, el alerce siguió estando, creciendo en el secreto de los bosques y los lagos.
Y estaba ahí ahora. No era una roca, no era un monu­mento. Era algo vivo. Había recibido el sol, el agua, el viento de veinticinco siglos. Y yo, que medía mi tiempo en horas, en minutos, y había llegado a ese rincón del mundo en el día de uno de mis cumpleaños, podía tocarlo. Me dije: estoy frente a algo extraordinario, tal vez me ocurra algo extraordinario. Apoyé la otra mano y también la frente contra el tronco, y esperé. Primero llegó el silencio. Un bautismo de silencio. Luego sobrevino una calmada euforia en la que se fueron disolviendo toda dureza y toda tensión. Y después sólo hubo humildad y respeto ante el gran árbol.

*de Antonio Dal Masetto.
EL PADRE Y OTRAS HISTORIAS. SUDAMERICANA BS. AS. 2002

Amigos tengo por cientos*

*Violeta Parra.

Amigos tengo por cientos
para toda mi delicia
yo lo digo sin malicia
con verdadero contento
yo soy amiga del viento
que rige por las alturas
amiga de las honduras
con vueltas y torbellinos
amiga del aire fino
con toda su travesura.

Yo soy amiga del fuego
del astro más relumbrante
porque en el cielo arrogante
camina como su dueño
amiga soy del ruiseñor
relámpago de la luna
con toda su donosura
alumbra la más furiosa
y amiga de las frondosas
oscuridades nocturnas.

Amiga del solitario
lucero de la mañana
y de la brisa temprana
que brilla como el rosario
amiga del jardinario
del arco de las alianzas
amiga soy de confianza
de nubes y nubarrones
también de los arreboles
en todas las circunstancias.

Amiga soy de la lluvia
porque es un arpa cantora
de alambres y de bordonas
que tuntunean con furia
amiga de la centuria
de los espacios tesoros
y de los ecos sonoros
que guardan los granizales
amiga de los raudales
que entonan su lindo coro.

Amiga de la neblina
que ronda los horizontes
cordillerales y montes
con su presencia tan fina
la nieve por blanquecina
poblados y soledades
bonanzas y tempestades
son mis amigos sinceros
pero mi canto el primero
de todas mis amistades.

(1954-1957)

-Fuente: http://www.trovadores.net/index.php?MH=aa.php?NM=232

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 11 de febrero del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores colombianos Mauricio Fernando Mariño Cifuentes, Juan Andrés Ojeda Sánchez, Sergio Enrique Arias Amaya, Victoria Eugenia Hernández Urrea, Camilo Sanabria Ramírez, Andrés Martínez Ojeda y Rodrigo Benavides Rubiano. Las poesías que leeremos pertenecen a Marta Beatriz Calabrese (Argentina) y la música de fondo será de Darío Robayo (Colombia). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio http://www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
http://www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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