¿ESCUCHASTE MI LLAMADO?

Publicado: septiembre 25, 2012 en Uncategorized

*

“Lo único que queda por hacer es precisamente eso: cualquier cosa, hacer una cosa detrás de otra, sin interés ni sentido, como si otro (o mejor otros, un amo para cada acto) le pagara a uno para hacerlas y uno se limitara a cumplir en la mejor forma posible, despreocupado del resultado final de lo que hace. Una cosa y otra cosa, ajenas, sin que importe que salgan bien o mal, sin que importe qué quieren decir. Siempre fue así; es mejor que tocar madera o hacerse bendecir; cuando la desgracia se entera de que es inútil, empieza a secarse, se desprende y cae”.

Juan Carlos Onetti

Literatura es pregunta. ¿A quién pregunta la obra literaria? ¿A la lengua natal? ¿Al lenguaje en general? ¿A las palabras en particular? ¿Qué clase de interrogación? ¿Quién debe contestar?
Lo desconocido hace reír, supone Bataille. Perder la seguridad produce alegría. O una máscara de la alegría.
¿Quién se ríe cuando reímos?
¿El lenguaje y sus tropiezos?
El lenguaje pertenece a una cara, fingidamente la del Orden, y alude a ese referente del que habla confusamente en una novela o un poema. Confusamente porque la palabra es tan equívoca como el Sujeto. Confusamente porque la palabra es manipulada por distintos sujetos del Sujeto, sus contradictorias creencias, valores, deseos, finalidades, fantasías, mitos, miedos, fobias, influencias.
Es interesante preguntarse por la voz narrativa, la tercera persona. Se busca cierta neutralidad: habla alguien de “ella” o “él”. ¿Quién lo hace? Marguerite Duras dice: “una palabra agujero, horadada en su centro con un agujero, con ese agujero en que habrían tenido que enterrarse todas las demás palabras”.
Vayamos despacio. ¿Qué es una palabra agujero? Una palabra que nombra (de no nombrar no sería una palabra) un hueco. Una palabra sin referente. O con referente múltiple. ¿Qué significa, por ejemplo “araña” en un contexto literario? ¿El arácnido que segrega el hilo sedoso? ¿El simbolismo del tejido concéntrico? ¿La imagen de Dios? ¿Aracnea, la caricatura de la divinidad, la que rivaliza con lo trascendente? ¿La imagen siniestra de lo femenino? ¿La casa endeble del Corán? ¿La epifanía lunar donde es dueña de su destino, lo teje y lo conoce, detenta los secretos de lo pasado y lo por venir? ¿La inestabilidad o lo frágil? ¿Lo sucio, lo repugnante? ¿O simplemente el hueco, “cualquier cosa”, como diría Onetti?
Siguiendo a Onetti “entonces la desgracia empieza a secarse, se desprende y cae”. A partir de “Cualquier cosa”: de la gratuidad. ¿Produce risa? ¿La risa es la “dicha”? ¿La palabra finalmente “dicha” pronunciada? ¿La que hace reír?
El vocablo “araña” en un texto literario es cada una de esas cosas, todas a la vez, porque para cada uno de los sujetos dormidos o despiertos en el Sujeto, “re-presenta” todas y cada una de esas posibilidades (y muchas otras, claro está), aunque en el contexto parezca señalar una de las acepciones o simbolismos. Por tanto es nada, al ser todo.
El otro agujero es sin duda el Sujeto Escritor y su confusión de voces, la alusión a hechos de su vida, diferentes contextos en los que aparecieron sus contenidos referenciales. Y volviendo al texto de Onetti escrito en El astillero ( libro que sin duda remite a El castillo de Kafka) hay algo casi insoportable en ese “cualquier cosa” y el agregado “como si otro ( o mejor otros, un amo para cada acto) le pagara a uno para hacerlas”. Esos amos infinitos de actos infinitos pagan a uno para “cualquier cosa” literaria. La literatura es esa cosa indefinida hecha por varios que profana y perturba, es decir, que es sacrílega (viene de la Legión de espíritus) y produce un malestar que está al costado del placer. Más allá está el infierno astillado (el astillero derruido) o el castillo de la imposible trascendencia: requiere un acto único, una plenitud de sentido. Blanchot habla de un Castillo Neutro. Esa neutralidad desde la que podría escribirse la obra de arte (“cualquier cosa” de Onetti, es decir lo despojado de la cadena de sujetos sujetos al Sujeto , si se me permite el juego de palabras) aquella voz narrativa vaciada que se parece al silencio y a la muerte.
Si toda obra remite a lo incesante de otras, si el héroe obtiene su unidad como el Quijote por intentar la copia de los libros y resultar patético, esto es así porque no hay modelos de unidad sino voces múltiples de un sujeto que a su vez remite a voces múltiples de otras obras y así ad infinitum.
Esta es la extrañeza del territorio literario. “Pienso verdades de noche, cuando él no está y cuando encendemos velas a los santos y a los muertos. Pero en la glorieta siempre pienso mentiras”. Un espacio en permanente cambio que remite a otros espacios anteriores y a la vez mira hacia espacios fantaseados por la miradas de la Mirada. Personajes ambivalentes que remiten a ambivalencias anteriores, y ambivalencias de los sujetos del Sujeto. Un conflicto, una guerra entre variadas posiciones, que remiten a conflictos de libros pasados y que anticipan los por venir. ¿Y cuál es el resultado final de estos actos onettianos, apilados de cualquier forma por los amos superpuestos? Un libro que cumpla su función de desorden y pretenda reunir lo que no tiene reunión para que un crítico con un orden aparente realice una nueva obra literaria que hable desenmascaradamente de otras obras y enmascaradamente de un único Sujeto que puede llamarse Shakespeare, Cervantes o Dios. Sólo Dios remitirá a la Unidad posible. Salvo que se le atribuya ser autor de las Escrituras y se lo considere literato.
Pero la gracia será reunión.
Si es gracia es gratuita. O no es gracia.

( De mi ensayo “La voz múltiple”, Ruinas Circulares, 2012)

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

¿ESCUCHASTE MI LLAMADO?

MUJERES EN LA CAMA*

*Por Alejandra Zina. alejandra.zina@gmail.com

Frida solo leía las Selecciones del Reader´s Digest.
Tirada en la cama
leía

esas revistas chiquitas y planetarias
aptas para todo público, para toda nación.

Frida solo leía las Selecciones del Reader´s Digest.
Hasta que desempolvó un cuaderno de hojas amarillas.
Un cuaderno en rumano que la ayudaría a recordar
/la lengua
que con tantos años
acá
había olvidado.

Frida apiló las revistas planetarias en su mesa de luz
y leyó en rumano
tirada en la cama, con las piernas extendidas
y dos almohadas en su espalda.

No es la cama el mejor lugar para recordar
la lengua de una mamá que ya no está?

CLARIDAD*

“Hoy es siempre todavía”  – Antonio Machado

Clarita hace muñecas.  Las fabrica con trapos de colores, rellenas de algodón.
Tienen piernas largas como de bailarina y el pelo rojo o amarillo, hecho de lana trenzada.
La conozco desde que nació, cuando yo hacía mi residencia en el Hospital Maciel, antes de recibirme de médica.
Clarita cumplió dieciséis años la semana pasada y vive en el Cantegril* del Cementerio del Norte, con su madre y dos hermanos menores.  El padre desapareció hace tiempo, y el hijo mayor, que debe andar por los 19 o algo así, se hizo policía y lo mandaron al interior.  La última vez que pregunté por él,  supe que estaba en Tacuarembó y que les escribía regularmente; también les mandaba dinero de vez en cuando.
No sé si conocen el barrio; yo vivía por ahí, a unas quince cuadras subiendo por Ramón Márquez.  La Gruta de Lourdes, que está justo a la entrada del cementerio, al costado de la capilla, era en ese entonces un lugar de peregrinación popular.  Yo solía visitarla con mi madre, cada año, mientras vivió.  Comprábamos flores y las dejábamos en el altar de la Virgen, donde encendíamos una o dos velas; a mamá nunca le faltaban problemas que encomendarle, propios o ajenos.
En esa época yo trabajaba, además, en un dispensario móvil que circulaba por esa zona y otras marginales para cumplir con el programa de vacunación, atender consultas urgentes, enseñar primeros auxilios…
En una palabra, para tratar de compensar tanta carencia, al menos con respecto a la salud.  La verdad es que no hay médicos suficientes, o los que hay, no están para atender a los pobres.
En el dispensario conocí a la madre de Clarita, que en esa época estaba embarazada de ella y no llevaba aquel trance nada bien. No sólo era demasiado joven: tenía ya una criatura, estaba débil y además,
aunque todavía vivía con el marido, las palizas que él le daba se le veían por todos lados.  La pobre mujer decía lo mismo, más o menos, que todas las víctimas de violencia: que la culpa la tenía el alcohol,
que su esposo la quería y le había prometido que ésa era definitivamente “la última vez”. Mentira: nunca hay última vez para la violencia, a no ser que te maten.

Clarita nació en el Maciel, sana pero sin piernas.

Era una beba muy buena, muy tranquila.  Yo la visitaba seguido en la sala de recién nacidos; estaba medio obsesionada con la chiquita.
Imagínense qué  tragedia venir al mundo con semejante deformidad  y, para colmo, en una familia tan complicada y tan pobre.  La madre la adoraba; era conmovedor ver la ternura con que abrazaba a esa
criaturita que a mí me dolía tanto: me parecía que estaba rota, como sin terminar.  Un ser humano a medias, no sé si me explico.
La madre sí la quería.  En cambio, el padre lo único que hacía era llorar cuando iba a verlas.
Las muñecas de Clarita se ríen con los ojos cerrados o abiertos, las cejas dibujadas con un medio círculo o en forma de techo a dos aguas; se ve que están felices.  Porque se ríen, pero además porque bailan,
sacudiendo alegremente sus piernas tan largas de trapo.
Después que nació ella, sus padres siguieron viviendo juntos un par de años más.  Yo estaba bien enterada por mi trabajo en el dispensario; la madre la traía a la nena para que la revisara y le diera todas las vacunas.  Ella vivía para esa hija, aunque se sentía cada vez más aislada dentro del barrio: los vecinos parecían creer que era contagiosa la deformidad de Clarita y eran pocos los que todavía se
acercaban con intenciones de ayudar.

Ya saben, no hay contagio peor que el de la ignorancia, ni peor peste que la superstición.

Como sea, la nena creció y después que nacieron los dos hermanos menores, normales y sanos, fueron éstos, desde muy chicos, los que me la traían para que la revisara.  Después, lo de costumbre: el padre
se hizo humo.

El Cantegril del Cementerio del Norte creció, enorme, e invadió la zona como una plaga para la que todavía no hay veneno.  Yo decidí mudarme más cerca del hospital.  También dejé de trabajar en los
dispensarios, aunque seguí en contacto con algunos de los vecinos del barrio; venían a tomarse la presión conmigo, o a pedirme algún medicamento de los que siempre tengo reserva, muestras gratis, ya
saben, que me traen los visitadores médicos.
Por unos años me perdí de vista, pero una tarde, al llegar a casa como
a las seis, me tropecé con la madre de Clarita: andaba pidiendo botellas, cajas de cartón, o lo que fuera que no necesitara.  No la reconocí al principio, sobre todo porque con ella había unos muchachos
mal entrazados que me distrajeron.  Yo no me asusto así nomás, créanme, pero en los tiempos que corren, es mejor ser precavida.
¡Qué emoción cuando vi quién era…! La invité a pasar, pero no quiso.
Me presentó a los hijos, esos dos grandotes que venían con ella, y me contó que Clarita estaba bien, que se las había arreglado para hacer los primeros años de escuela, que andaba en una silla de ruedas que
heredó de una vecina vieja, otra inválida que yo también había atendido.
Sigue siendo tan buena, tan linda, se ocupa de todo en la casa.  Es mi razón de vivir, dijo.  Se le llenaron los ojos de lágrimas y yo me di vuelta para disimular, con la excusa de ir a buscarle lo que me había
pedido.  No sé qué le habré dado,  pero se lo llevó como si fuera un tesoro.  Y después se fueron, ella arriba del carro y los hijos empujando.
Lloré sin parar un buen rato.  Fue ahí que me decidí a visitarla.
Clarita, que ya es adolescente, ¿se los dije, no?, hace estas muñecas maravillosas que iluminan como soles, que  calientan y embellecen los rincones de su casa.   Es una muchacha preciosa, o lo parece cuando
uno le mira esos ojos brillantes o escucha la voz límpida con que te va contando los detalles de su mínima vida, como si fueran un lujo que ella pone a tu disposición.
Mientras tomábamos mate, en la cocina que de tan limpia no alcanza a ser triste, me contó que ahora su proyecto es vender muñecas en la feria.  Las últimas que hizo tienen cintas de seda de color alrededor
de las piernas, cofias con lunares y blusas con puntillas.  Y hasta faldas de bailarina, hechas de tul blanco, rosa o celeste.
Clarita tiene la ilusión de terminar la escuela, dice que le gustaría ser maestra artesana.  Con lo que gane en la feria, piensa comprar otra silla para poder ir y venir del nuevo colegio, ése que inauguraron del otro lado del Cementerio del Norte.  Quiere ser independiente, dice.  (Si la hubieran escuchado, como yo, no le tendrían lástima.)
Al despedirme, le prometí ir a visitar el puesto de la feria donde exhibirán sus muñecas largas y felices.  Y la abracé, con la esperanza de que me transmitiera, no sé cómo, la alegría misteriosa, la
felicidad suprema con que sabe moverse en este mundo, sin haber aprendido nunca a caminar en él.

                                      
*De Martha Valiente. puertopegaso@gmail.com
* Cantegril: “villa miseria” de la República Oriental del Uruguay

¿Escuchaste? *

 
Miraba la luna
y fue tu cara la que brilló
Miraba el lago
y tu mano fue la que se asomó
Miraba el cielo
y tus ojos entonces titilaron
Miraba el futuro
y  tu nombre fue el que susurré
¿ Escuchaste
mi llamado?

*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

CON LA SANDÍA EN LA CABEZA*

    Hay gente a la que no le hace mella lo que se piense o diga en presencia o por los detrases, gente que no responde a un código de vestimenta, gente que tiene la libertad de usar boinas o sombreros, chalecos extemporáneos, colores fuera de catálogo, botines de la tatarabuela o pulóveres con cuatrocientas noventa y nueve lavadas y remiendos.
     Hay quienes se dan la libertad de saludar con grandes abrazos que dejan a sus víctimas con sonrisas confusas y los bracitos pegados al cuerpo. Gentes que se pasean contraviniendo los códigos del ridículo de su generación, verdaderos subversivos del buen gusto, personas raras.
     Hay quien estaría perfecto en una fotografía del siglo pasado, en una filmación de la época del mayo francés o un video que se capture de aquí a cinco años, que para la moda es la eternidad y un día.
     Son personas molestas para presentaciones de familia, y las sonrisas burlonas acompañan o suceden su presencia. Se hacen irreflexivamente o con toda intención juzgamientos de carácter, creencias políticas y sanidad mental a partir del atuendo más o menos correspondiente con lo que la época, edad y condición social indican como correcto y necesario.
     Ahora bien, por qué entregarse al escarnio. Alguno lo hará conscientemente por mantener una postura, vistiendo en el cuerpo su no pertenencia a lo establecido; otros por esnobismo, otros porque simplemente no se dan cuenta y se ponen lo que les resulta más cómodo o simpático.
     Molestan. Causan un malestar pues rompen la perfecta monotonía que asegura que todos estamos en la sintonía de lo aceptable. El rojo combina con los neutros, las rayas jamás jamás con los lunares, y aros largos nunca para los cuellos cortos.
     Y lo que refiere a la indumentaria se traslada por declinación a las actitudes y las palabras. Como por necesidad, como si fuese natural y el orden universal indicase el largo de las faldas.
     No es algo simple escamotearse al juego de lo aceptable, el más estrambótico de los seres verá en alguien más lo ridículo, señalará desdeñosamente un moñito tonto, un collar ostentoso. El más libre de los sujetos despreciará gazmoñerías ajenas, comportamientos objetables.
     Hay una línea entre lo excéntrico y la afrenta voluntaria. Vivimos en sociedad, lo que hacemos públicamente puede escandalizar o ser realmente desagradable. Hay situaciones, lugares, momentos en los que alguna cosa puede ser una falta de respeto. Pero quién y con qué manual en la mano puede marcarla con aerosol en la cancha.
     Como esa línea inexistente no se ve pero se siente, muchos decidimos sacarnos la sandía de la cabeza con la que gozosamente paseábamos resguardándonos del sol, nos pusimos los zapatitos que están en las vidrieras y nos fuimos resignando a componernos en el espejo que nos coloca el resto de la humanidad al salir de casa. Lo hicimos con el deseo de no ser una molestia para los amigos y familiares, para que no nos miren mucho los transeúntes, es decir, para volvernos invisibles.
     Y desde el momento en que vestimos la ropa adecuada, empezamos a emitir por declive ciertas opiniones, nos permeabilizamos a ciertas creencias, por urbanidad enrollamos alguna bandera y quemamos unos cuantos libros. Es la vida ¿o no? Uno envejece, una se adapta, uno se convierte en ese que antes le causaba risa o pena.
     Claro que me dirás, querido amigo, que tus lentes para leer y tu camisa blanca no te quitan fervor por la utopía. Me asegurarás que la sandía no es el mejor sombrero, que tu libertad no depende de la tela de bambula que se perdió en el pasado. Y posiblemente sea cierto.
     Los nietos no desean una abuela fantoche, los hijos se horrorizan de un padre que llama la atención. El adolescente lleno de piercings y tatuajes detesta a la ridícula profesora de falda acampanada.
     A nosotros (a nosotros, sólo a nosotros) la libertad. 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com    

*

de lejos vienen los recuerdos
una casa grande
padres abuelos hermanos
y la confusión
siempre la confusión

caminando mi desamparo
las órdenes incomprensibles
las prohibiciones y cerrojos
caían como lobos de presa
tuve la orfandad de saberme inocente
mi pequeñez cabía entre los dedos
la soledad dibujaba en mi cintura
signos incomprensibles y quietos
como muertos desordenados
y solos para siempre
entonces crecí para adentro
no había opción
las palabras dolían como peces voraces
acomodaban espacios de silencio
y ese permiso para vivir
dibujando mis ojos ciegos

la infancia

*De alba estrella gutiérrez. alba.estrella@gmail.com

*

dió seis vueltas
hasta acomodar sus bordes,
hasta hacer coincidir su espacio
con ese cartón que duerme
en tu puerta,

mansos,
húmedos los ojos
animal con memoria
lamió las manos
que ya habían abandonado la caricia,
lamió una por una las letras de tu nombre
olfateó tu recuerdo.

y se durmió en tus orillas
como otras tantas noches frías
este corazón perro

 
*De Alejandra Morales.
    

***

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