AQUELLO ES PARTE DE ESTO…

Publicado: diciembre 30, 2012 en Uncategorized

Santuario*

Hay un lugar sagrado (el corazón humano)

repleto de demonios y arcángeles y vísperas,

repleto de cadáveres y niñas de ojos negros

que invitan a la vida.

Un palpitante santuario carente de sacerdotes.

Un templo misterioso lleno de extraños ritos

que acaso asustarían a los posibles visitantes.

Mas aquí no hay turistas ni peregrinos;

es un lugar callado y solitario

cuyas puertas se entreabren muy raramente

a vientos desconocidos.

Ocurren entonces fenómenos inexplicables,

como la floración y la música

y el vuelo de gorriones y de alondras y musas.

Pero al final de la estación

la puerta termina por cerrarse

con un sordo chasquido

y todo cesa.

Excepto la desconcertante salmodia

que va retumbando por todo el ámbito

de la catedral en llamas.

*de Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

http://sergioborao2011.blogspot.com/

AQUELLO ES PARTE DE ESTO…

ESCARCHA DE LUNA*



“Mientras avanzábamos raudamente, veía que el campo giraba como un enorme disco iluminado bajo la luna llena, plateado por la escarcha…”

Mamá me entregó un bolso con la ropa y otras cosas y me acompañó hasta el portoncito batiente de la entrada.-
El portillo estaba flanqueado por los dos altos y lozanos cipreses, que semejaban un poco, a dos verdes, gigantescas, y estilizadas espigas; que montaban guardia permanente, vigilantes y quietos, rodeados por un florido conjunto de plantas y plantitas del jardincito del frente.- En él resaltaban profusas las enhiestas y copetudas crestas de gallo, de flores verrugosas y aterciopeladas de un furioso color carmín.-
El camión azul deslucido de mi tío estaba en marcha y él aguardaba en el volante a que el motor se calentara.- Yo le di un beso a mamá y corrí dando un rodeo para subir por el otro lado.-
Se terminaba la tarde y comenzó a refrescar de golpe.-
El sol, como un disco gigante color naranja pálido, bajaba sobre la quinta de naranjos que daba al oeste, y el cielo se había pintado del granate al rojo intenso; mientras algunas pequeñas nubes amarillentas y oscurecidas se recortaban con ribetes iridiscentes, como ovejas deformes pastando en un campo en llamas.-
-Mañana va a helar- dijo mamá, despidiéndose, mientras nos poníamos en marcha.-
Me sentí en la gloria.- Un vaho tibio se respiraba dentro de la cabina, emanado por el motor; tenía aromas de aceites cálidos y tan tenues que eran como un perfume metálico, agradable y reconfortante.- Además, iniciar este viaje con mi tío era para mí un sueño.-
Cruzamos el pueblo, el puente y la ciudad vecina, ambas aún con calles de tierra, y salimos a la ruta, también de tierra.-
Enseguida cayó la noche y la oscuridad fue cercándonos.- Los faros del camión iluminaban temblorosamente una porción no muy grande delante y un poco a los costados del camino, bañando escasamente de amarillo una pequeña mancha dentro de la inmensa noche cerrada.-
Mientras, el ronroneo del motor iba quedando atrás con el camino recorrido; dejando a su paso un eco debilitado que rebotaba en los costados irregulares y nos iba persiguiendo junto con la noche.-
Pese a la dicha que sentía, me fui durmiendo sin darme cuenta, acunado por el vibrar suave y parejo, y el regular sonido de la marcha que nos envolvía…
Hicimos así la mitad del camino.-
Me desperté al sentir que el camión disminuía la velocidad hasta casi detenerse y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles al cruzar las vías del tren.- Un poco más allá mi tío se estacionó ante una casa o un tipo de negocio que daba a la calle.- Luego vi que tenía un alero pequeño que sobresalía sobre un surtidor de nafta, de los de aquella vez, altos, con un remate redondo como un caramelo, o una almeja, y una gran palanca con la que bombeaban el combustible.-
Por la puerta abierta y por la ventana salía una larga porción de luz que daba un farol muy potente que se conocía como “sol de noche”; y blanca y luminosa cruzaba la calle y alumbraba la garita del guardabarreras del ferrocarril cerca de la vía.- Sentí voces, y vi pasar gente en la ventana, e incluso algún chico jugando, quizás más adentro.-
Mientras esperaba a mi tío, y terminaba de despertarme, pensaba en esa casa y en esa gente, que en verdad no conocía, ni conocía el lugar, y en realidad tampoco sabía mucho sobre en qué parte del camino estábamos, y hasta pensé que, tal vez habríamos llegado.-
¿Cómo sería la casa de mi tío? A mis escasos nueve años era la primera vez que iba.- Cada tanto mis primos venían a casa, ya que el negocio se proveía con estos viajes que eran frecuentes, y este coincidió justo con la feria escolar de invierno, así yo al fin puede colarme.-
Mi tío volvió y el motor ronroneó de nuevo…
Ahí fue cuando me informé que estábamos a mitad de camino, de modo que enseguida reanudamos la marcha.-
De cuando en cuando él encendía un cigarrillo, lo ponía en la boquilla y fumaba quedamente.- Las caprichosas espiras de humo azul, como danzantes arabescos, alcanzaban a cautivarme antes de desvanecerse en el interior de la cabina.- Cuando terminaba de consumir el cigarrillo, solía mantener la boquilla vacía largo rato entre los labios, y así la sostenía, incorporada y firme, casi todo el tiempo.- Decía que era un buen truco para fumar menos.-
Yo lo veía recortado contra la penumbra exterior, junto con el resto oscuro de la cabina, donde apenas brillaba tenuemente una pequeña luz en el tablero, casi espartano, propio de los modelos de entonces, de antes de- mediados de siglo.- Lo veía pensativo y al mismo tiempo tan sereno, que me cohibía molestarlo o interrumpirlo en sus cavilaciones; hasta que él mismo vio que yo estaba despierto y abrió el fuego con una gran sonrisa, y con un gesto cariñoso soltó el volante y con la mano derecha me revolvió el cabello…
Charlamos larga y despaciosamente, mientras el camión devoraba raudamente buenos tramos del camino.-
En realidad hacía apenas cuatro años que se habían asentado en aquella colonia casi virgen, de grandes campos, montes y bañados.- También otros colonos habían hecho lo mismo por aquel entonces y se formó una población considerable, además les estaba yendo bastante bien a todos, así que mi tío estaba agrandando sus negocios, y aparte de vender y fletear mercaderías y comestibles, vendía insumos para el campo y estaba iniciando el acopio de cereales y ahora también algodón que estaban comenzando a sembrar como una novedad en aquella latitud agrícola.-
Por largos ratos quedábamos en silencio, ensimismados cada uno en sus cosas.- Yo mismo trataba de imaginarme cómo sería todo lo que me esperaba, lo que aún no conocía, e iba quedando cada vez más cerca.-
De reojo veía que mi tío de cuando en cuando tarareaba una canción en voz tan baja que casi no estaba seguro que estuviera cantando.-
Además la soledad de tremendos contornos me intimidaba por momentos.- Ahora cruzábamos cerrados e interminables montes que reconocía a nuestros costados y escondidos arroyos que se reflejaban entre la negrura, y la luz de una luna que nacía frente a nosotros.-
Pero tenía mucha confianza en él, mi tío era también mi padrino y lo veía como a un héroe, un verdadero paladín.- Lo que no estaba al alcance de mi padre, él lo haría accesible, sin dudas, porque sabía que me quería bien.-
Mi padre y él tuvieron suertes diferentes.- Mi padre vino de Italia de niño y la vida lo trató muy duro.- Desde pequeño tuvo que trabajar como único sostén, ya que quedaron huérfanos de padre recién llegados de Europa, y apenas nacidos los hermanitos más chicos.- Mi tío era el más joven y accedió a todo más fácilmente, un poco quizás por ser el menor.-
Estábamos llegando.- Doblamos el último tramo.- Se había alzado la luna, grande y ovalada.- La teníamos ahora a la derecha y me permitía ver los grandes campos que pasaban corriendo, más fuerte acá cerca, y los grupos de árboles y casas más lejanas apenas se iban moviendo.- Parecía que todo girara como en un plato gigantesco, teniendo como eje la luna, mientras bañaba todo con su luz pálida y platinada.-
La casa se me apareció entre una extensa arboleda de variados tamaños, negra a trasluz, donde se recortaban altas grevileas y pinos; y los techos metálicos se reflejaron fríos y blanquecinos por la escarcha recién caída y la luz de la luna.-
Lo demás estaba en tinieblas, pero enseguida hubo linternas y luz en la cocina, y un par de perros alegres que aullaron y corrieron atropelladamente a saludarnos, antes aún que los demás de la casa.-
Así llegué aquella primera vez a aquel lugar, que tanto significaría para mi de ahí en más, especialmente en el transcurso de mi niñez.-

*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

*

“Me prometo disfrutar y acrecentar mis horas sensibles, las de creer en los reinos invisibles que pueden transformar un momento cualquiera en un pequeño cielo. Reyes, Quijotes, arte, la belleza, la verdad, la búsqueda de la justicia. Esos ratos, donde solos, acompañados por pocos, o por multitudes, volvemos a creer en lo que nos dijeron que ya no es esperable: que otra vida y otro mundo son posibles”.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

Arrebatango*

*Guión – Cuento de Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com

La pareja de baile, como desafiándose, ocupa el centro de la escena. Lo hacen en la oscuridad preliminar al espectáculo. Las respiraciones y los murmullos, provenientes de la sala, no los modifica. Durante más de diez años, cimentaron un prestigio y forman parte de la historia del tango danzado.

Una infidelidad de él, ha agotado, para María, la relación personal y profesional. Es el motivo central de su disputa. En la sala, el triángulo se completa con la mujer sentada, sola, en una de las primeras y próximas mesas.

María sabía que la luz le pintaría la cara, en unos instantes. Irguió su cabeza. La ropa negra, le iba como un guante, realzando su figura.

– Juan – dijo quedamente – hoy es mi última función…

– Mañana… después hablamos… no es el momento… le respondió.

– Juan… diez años es tiempo suficiente para bailar y un engaño, lo es para terminar…

– María… la cuenta… cinco… cuatro… tres… dos… uno… luz…

Una puñalada roja se clavó en la cara de María y la música emergió, para envolverlos. La gente los recibió, aplaudiendo sin reservas. La sucesión del color y su relación con los acordes, mostraban los cuerpos fundidos, deslizándose por la pista. Las figuras que ellos le proponían al tango, crecían en erotismo, contradiciendo, en apariencias, la decisión de María. El público, sintió en la sala, la tensión de un hecho inusual, inexplicable, hermoso y final.

En la pausa feroz, cuando ambos quedaron suspendidos en el aire, arqueados y prestos, se murmuran sus diferencias, que crecen, aunque las figuras parecen soldarse, con una sensualidad desmesurada. La danza gana en fuerza y magnetismo. Una quebrada fulminante y ella, casi rozando el piso, con su espalda, sentencia…

– nunca más Juan… nunca más…

Ella se yergue, lentamente, él la toma con fuerza y su mano, en la espalda, parece abarcarla; las piernas pegadas; las pelvis pegadas; el vaivén de sus cuerpos excitados vibrando, irradia a los presentes. La imágen resulta indisoluble. Esa es, también, la conclusión de la mujer de la mesa. Una lágrima solitaria viaja perdiéndose de su mejilla. Las manos sobre sus rodillas, debajo del mantel, aprietan

furias de impotencia. Ignora la decisión de María y se guía por el impacto visual.

Las luces disparan sucesiones ininterrumpidas de tonos crecientes, en tanto ellos giran, casi descontrolados. La gente comienza a levantarse, se pone de acuerdo en el homenaje. Casi toda la sala, menos la mujer que parece esculpida, con los ojos cerrados negándose a la realidad.

Los acordes persiguen a los bailarines. María, sus ojos clavados en los de Juan, al pasar frente a la mesa donde se encuentra la mujer, casi sin inflexiones, señala…

– ahí la tenés… desde ahora seguís con ella…

El, negando hasta con su cuerpo y la ira acumulada que nadie podía advertir, es también inmodificable y velando su amenaza, susurra…

– esta no será la forma de un final… en el peor de los casos será el tuyo…

Ambos, envueltos en la voluptuosidad de la danza, con sus movimientos refutan una ruptura, que sus cuerpos desmienten. Mordió el bandoneón, su última queja y quedaron a horcajadas uno del otro, como poseyéndose, abrazados. La luz desciende hasta desaparecer. El público quiere, sin saber que, llevarse algo de aquella noche mágica y su entusiasmo desborda cualquier previsión.

Ellos, en la penumbra, prolongan la discusión mientras, a su alrededor, los vítores no cesan. Sólo la mujer, enfrascada consigo, no advierte pero si toma una decisión, cuando los bailarines circulan y agradecen, tomados de la cintura, primero y luego de las manos, girando hasta quedar detenidos, deliberadamente elegido por María el momento, ante la mujer. Allí, María decide el anuncio…

– quiero decirles que hoy y aquí fue mi último baile, quise dejarles este arrebatango; he sido feliz…

No pudo proseguir. La mujer erecta levantó un arma y le disparó siete veces, como un rito. La histeria se expandió con la misma velocidad que el entusiasmo anterior. Desde las puertas abiertas del local, por la gente en la confusión, llegaba desde la radio de un taxi estacionado en la puerta, la respuesta de la música, con olor a tango…

–        afuera es noche y llueve tanto.

EL VALOR DEL DUELO COMO POSIBILITADOR DE LA BUSQUEDA DEL DESEO PROPIO

En busca del objeto de deseo perdido*

Más que el placer, es el dolor el factor en torno al cual un sujeto alcanza la dignidad de la identidad. El duelo está en los albores de la constitución subjetiva del ser hablante.

Por Sergio Zabalza*

Es curioso, el sentido común indica que la palabra duelo remite a un final, por lo general asociado a la muerte. Sin embargo, desde la perspectiva psicoanalítica, el duelo está en los albores de la constitución subjetiva del ser hablante: sus consecuencias sellan, determinan y orientan el deseo de una persona, su capacidad de amar y la condición erótica que agita la elección sexual.

Porque más que el placer, es el dolor el factor en torno al cual un sujeto alcanza la dignidad de la identidad. La poesía viene en nuestra ayuda. “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”, es uno de los versos más logrados de la literatura universal ¿Por qué su natural y fluida tonalidad logra tan envolvente empatía?

De lo que se trata es que, con sencillez tan solo aparente, el poeta logra transmitir el rasgo distintivo del deseo humano, a saber:

el objeto sólo se constituye en tanto perdido, se hace único por su ausencia. No otra cosa busca el lactante cuando llora hasta que la madre acude, para luego así despedirla berrido de por medio. En ese ritmo de presencias y ausencias se tramita, tal como dice Freud, “algo impresionante” más allá del principio de placer: el desprendimiento del objeto.

Es notable que para dar cuenta de esta capital articulación entre duelo y deseo que se da cita en el ámbito íntimo y reservado del hogar, Lacan apele a un escenario público y universal: el Hamlet de Shakespeare. En efecto, dice allí que no se trata del deseo por la madre sino del deseo de la madre.

Sutil pero decisiva observación, por cuanto basta que el Otro –en este caso la madre-? no tolere la separación que supone dejar al niño en soledad, para que se desencadenen todo tipo de inhibiciones o catástrofes subjetivas. Una paciente recién separada de su pareja solía venir a mi consultorio con su hija de casi tres años y –mientras le daba la teta-? se quejaba porque la niña no hablaba. No hay necesidad de mucho cavilar para convenir que la nena se hacía cargo de la angustia de la madre. Detrás de los duelos patológicos siempre hay un amor mal avenido o poco generoso. Detrás de los actings adolescentes siempre hay un adulto o autoridad que no sabe o no quiere brindar un lugar.

La conclusión es la siguiente: la tramitación psíquica por la pérdida del objeto se hace en el lugar del Otro, si éste no colabora no hay duelo posible. Por eso Hamlet enloquece al constatar que su madre no hace un espacio, una escansión o un intervalo para tramitar la muerte del marido, que también era el padre de su hijo.

De esta manera, el duelo constituye una perspectiva privilegiada para visualizar los efectos de la división subjetiva que el lenguaje impone al ser hablante. Tomemos por caso ese paciente de Freud, torturado de dolor porque su padre, muerto recientemente, se le aparecía en sueños y le dirigía la palabra sin saber que ya había fallecido

Dice Freud: “El padre estaba de nuevo con vida y hablaba con él como solía. Pero él se sentía en extremo adolorido por el hecho de que el padre estuviese muerto, sólo que no sabía”.

Cabe preguntarse en esta escena cuál es la raíz del dolor psíquico que trae la producción onírica: ¿se trata del sufrimiento por este padre que muere o más bien la problemática reside en que él (el padre: el Otro, en este caso) no lo sabía? Porque si el autor del sueño es el soñante –en este caso, el hijo–, entonces se trata del lugar del Otro en el sujeto mismo.

Por otra parte, contra toda lógica que se ampare en el sentido común, Fiesta y Duelo son vocablos distantes tan solo en apariencia. El primero remite a una celebración, una ocasión de dicha y derroche. Por el contrario, el segundo evoca el dolor de una pérdida –junto con su correspondiente saga de culpa y tristeza– aunque, también, la constatación de una confrontación grave y definitiva.

Quizás nos sirva de guía recordar que el uso lingüístico marca que los pactos se celebran. De hecho, la antropología revela que la institución de la fiesta consiste en el reconocimiento de una deuda con un orden superior. Así lo atestiguaba la ceremonia del potlash con que algunas etnias del Norte de América sacrificaban una parte de sus bienes a manera de ofrenda a sus dioses.

Pero además, toda la experiencia clínica nos indica que dicha y dolor están indisolublemente ligados entre sí. Basta recordar las imágenes de Tierra de Sombras, aquella película de Richard Attenborough cuyo protagonista no toleraba que, durante los momentos de dicha, su amada hablara de la enfermedad terminal que la acechaba.

“Aquello es parte de esto”, era el sabio y oportuno comentario de la mujer, como si ese límite fuera condición para la dicha que los embargaba en esos momentos.

*Psicoanalista. Hospital Alvarez, Buenos Aires.

 

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-37026-2012-12-27.html

LA VUELTA DEL LIDER*

Mi viejo tenía un quiosco frente a la estación de trenes. Era un quiosco construido de material, revocado y bien cubierto. Vendía, en ese entonces –1958-, un poco de todo: galletitas, girasol suelto con la medida de la latita de picadillos: llena 0.20 ctvs., culo de la lata: 0.10 ctvs., vino, cerveza, diarios, sandwiches, caramelos …
El loco Díaz, personaje de ese Ceres, guarda del ferrocarril, se acercaba siempre a conversar o a pasar la tarde con mi viejo. Y lo ayudaba sin espera de compensaciones: era así.
La estación de Ceres, una de las grandes en el ramal del Mitre, era parada obligada de los trenes de pasajeros, sobre todo de los rápidos como la Estrella del Norte. Este venía de Tucumán y llegaba a Buenos Aires. Algo remoto y desconocido para mi y para muchos. Buenos Aires era una quimera, una caja de Pandora, una utopía, lo desconocido, el desafío, todo junto así se sentía.
Pero el Loco vivía en Ceres. Y no tenía pensado irse. Era su lugar. Su gente. Su trabajo. El mote de Loco no se lo había ganado gratuitamente. No. Era ingenioso y desopilante en sus acciones. Imagine: Argentina 1958, Perón, Madrid, Puerta de Hierro, represiones, fusilamientos en basurales, golpe militar fresquito en la conciencia de la gente. Y el Loco que le dice a mi padre: déme todos los diarios viejos, don Vicente. Tiene una pila ahí. Démelos a todos. Se los voy a sacar de encima.
Mi padre se los da. Ingenuamente. Como a quien le hace una gauchada. A la hora, parada de la Estrella del Norte. Los rostros cetrinos del altiplano bajaban por diez minutos. Se proveían de algunas cosas para otro trayecto del viaje. Mi padre los atendía en el quiosco. A veces, cuando podía desde mi altura, lo ayudaba. Eran como las 22 o 23 hs. y el Loco que sube al tren: ¡Diario! ¡Diario!, gritaba. ¡Volvió Perón! Noticia extra ¡Volvió Perón!.
Se lo sacaban de las manos a los diarios. ¡La vuelta de Perón!. Era un anhelo, un deseo enorme que no entraba en la geografía del país y este Loco diciendo que había vuelto. Los peones golondrinas, pasajeros obligados del tren, querían la primicia para sí. Vendió todos los diarios.
Se bajó corriendo del vagón, ya sin diarios en la mano. El tren daba su último pitazo y se iba. No daba tiempo. Queda para la imaginación saber los rostros, los puños en alto, las puteadas, las risas, el desengaño.
El Loco le dijo a mi viejo: Los vendí a todos. Yo le pago los quilos por diario viejo, el resto es para mí.
Y se fue a dormir.

*de Oscar Angel Agú . oscarcachoagu@yahoo.com.ar

EL VEREDICTO*

−¡Póngase en pie el acusado!

Scrooge se levanta con torpeza.

−Ebenezer Scrooge, la ciudad de Londres le acusa de los siguientes delitos: avaricia en primer grado y falta de caridad, también en primer grado. Se declara usted culpable o inocente.

−Inocente, señoría.

−Se inicia la vista. Proceda señor fiscal.

−Con la venia señoría, que suba al estrado el espíritu de la Navidad Presente.

El testigo alza una antorcha brillante derramando luz sobre la sala. Lleva un manto verde y sobre la cabeza una corona de acebo.

El alguacil sostiene la Biblia.

−Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

−Sí, lo juro.

El fiscal empieza las preguntas.

−Espíritu de la Navidad Presente, ¿qué relación tuvo con el acusado?

−Le mostré cómo celebraban el día de Navidad distintas familias.

−Ahora me gustaría que prestase atención a los datos que tengo sobre la Navidad en la casa de Mr. Cratchit.

El espíritu asiente.

−Empezaré con la señora Cratchit. Su vestido, una bata con remiendos, con cintas de colores que no valdrían más de seis peniques. El traje del señor Cratchit muy zurcido, aunque limpio. Martha llegó tarde porque era aprendiz de modista y tenía que trabajar muchas horas seguidas. Tiny Tim llevaba una muleta pequeña y los miembros sostenidos por un aparato metálico. Los hermanos pequeños le ayudaron a sentarse. Todos colaboraron en algo. Peter preparó las patatas hervidas, Belinda puso la mesa, y los dos pequeños, con ayuda de Peter, fueron a por el pavo. Se lo comieron hasta dejar los huesos. El pavo les abrió el apetito; era demasiado pequeño para tantas personas con hambre atrasada. La madre fue a la cocina, a por el pudding. La familia estaba expectante. Aunque no era muy grande, lo ensalzaron. Después se reunieron alrededor de la lumbre. Brindaron con el ponche que el padre había hecho, deseándose Felices Pascuas. Estuvieron

hablando. El padre comentó a Peter que tenía en perspectiva un trabajo para él, cinco chelines y seis peniques semanales. Espíritu de la Navidad Presente, ¿vio el acusado lo que he descrito?

−Sí.

−¿Se mencionó en algún momento al acusado?

−Mr. Cratchit alzó su vaso para brindar por él porque les había procurado la cena. La señora Cratchit no quiso beber a la salud de un hombre, según ella dijo, tan odioso, tan avaro, duro e insensible, como Mr. Scrooge, pero su esposo la convenció y todos brindaron por él.

El espectro va envejeciendo, sus cabellos son grises. El fiscal advierte el cambio pero no dice nada y sigue con sus preguntas.

−¿Por qué la señora Cratchit no quiso en un principio beber a la salud del jefe de su marido?

−Le hacía culpable de su pobreza, el sueldo de Mr. Cratchit era muy bajo.

Murmullos acallados por el golpe seco del mazo y por las palabras «silencio en la sala» del señor juez.

−No tengo más preguntas, señoría.

Toma la palabra el abogado defensor.

−Espíritu de la Navidad Presente, en ese viaje también visitaron la casa del sobrino del señor Scrooge. ¿Es verdad que el sobrino dijo que su tío era un individuo cómico, desagradable, y que ellos se beneficiarían de su riqueza?

−Sí.

−Sin embargo, el señor Scrooge no se enfadó al oír aquello, ¿no es así?

−Así es.

−¿Puede relatarnos cómo continuó la fiesta?

−Empezaron otro juego, el sobrino de Mr. Scrooge pensaba una cosa y los demás tenían que adivinarlo, haciendo preguntas que solo se pudieran contestar con un «sí» o un «no». El sobrino pensó en un animal desagradable, salvaje, que unas veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba.

−¿Qué animal?

−El señor Scrooge.

−No tengo más preguntas, señoría.

−Se suspende la sesión durante dos horas −dice el juez−, se reanudará a las cinco.

Cinco de la tarde. El fiscal llama a su segundo testigo, el señor Cratchit.

−Señor Cratchit, ¿qué relación tenía con Mr. Scrooge?

−Era su empleado.

−¿Puede decirnos lo que hizo el señor Scrooge el mismo día del entierro de su socio el señor Marley?

−Unos señores fueron a verle y pasaron la tarde discutiendo.

−Señores del jurado −indica el fiscal−, ¿qué clase de persona está en condiciones de hacer negocios el día del entierro de un amigo?

−Protesto señoría −dice el abogado defensor−, al hacer ese comentario el fiscal presupone que el acusado estuvo negociando, cuando no está demostrado que fuera así.

−Se acepta −dice el juez−, que el comentario no conste en acta.

−¿Es verdad que el pasado 24 de diciembre entraron dos hombres recaudando fondos para los pobres y el acusado no contribuyó a la causa?

−Sí.

−Cuando uno de los recaudadores comentó a Mr. Scrooge que los pobres dijeron que preferían morirse a entrar en los centros de acogida estatales, al acusado le pareció que morirse era lo mejor que podían hacer porque de esa manera disminuiría el exceso de población. ¿No es cierto, señor Cratchit?

−Sí.

El fiscal se acerca a su mesa y coge un papel que muestra al juez. El juez lo aprueba.

−Mr. Cratchit, escuche con atención lo siguiente: «A todos los idiotas que van con el “¡Felices Pascuas!” en los labios los cocería en su propia sustancia y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón. ¡Eso es!». ¿Me puede decir, señor Cratchit, quién dijo esas palabras

−Mr. Srooge.

−No tengo más preguntas, señoría.

Una figura oscura se aproxima al estrado con paso lento, grave. Un manto negro le oculta cabeza, cara y cuerpo, dejando visible una de sus manos extendidas. Es el espíritu de la Navidad Futura, testigo de la defensa.

−Espíritu de la Navidad Futura −dice el abogado defensor−, ¿le pidió Mr. Scrooge que le guiara porque quería ser un hombre diferente y cambiar de vida?

Movimiento de la túnica negra. El espectro inclina la cabeza asintiendo.

−¿Reconoció Mr. Scroogre que su avaricia y dureza de corazón no le hicieron ningún bien, que honraría la Navidad durante todo el año, y que nunca iba a olvidar las lecciones de los tres espíritus?

Contracción del manto negro. El espectro asiente.

−No tengo más preguntas, señoría.

Último día del juicio. El fiscal se dirige al jurado. Comienza su alegato.

−Señores del jurado, hoy es un día importante porque al juzgar al señor Scrooge no sólo se juzga a una persona inmisericorde y avara, sino que al mismo tiempo se está juzgando a personas como él. El acusado ha demostrado ser culpable de todos los cargos que se le imputan. Desde las primeras hojas del cuento empieza a delinquir. El mismo día del entierro de su único amigo, el señor Marley, sí, el mismo día del entierro, en vez de estar apenado por su muerte, hace un buen negocio. Mr. Scrooge, un hombre avaro, cruel; un ser miserable, codicioso, sin sentimientos. Un hombre que no se conmovió por nada ni por nadie; ni por su empleado el señor Cratchit, ni por su sobrino, ni por los niños pobres que pedían en la calle. Tanta pobreza a su alrededor y él, preocupado por tener más y más. En sus manos está, señores del jurado, encerrarle para siempre o dejar libre a un hombre tan dañino y peligroso en una sociedad como la nuestra. Sé que tomarán la decisión adecuada.

El abogado defensor se acerca al jurado.

−Señores del jurado, qué bien hablamos de piedad, comprensión, tolerancia, pero que poco piadosos, comprensivos y tolerantes somos con los demás. Al juzgar al señor Scrooge debemos ser indulgentes, ahondar en su pasado, en las causas que le llevaron a ser lo que fue. Si no era generoso con él mismo, cómo lo iba a ser con los demás. Él era el que más sufría; no fue capaz de querer a nadie porque no se tenía el mínimo aprecio. No podemos sentir odio hacia él sino pena. Su sobrino pensó que los defectos de su tío llevaban su propio castigo. Sin embargo, ¿fue Mr. Scrooge el único culpable de su coraza? ¿Intentó alguien acercarse a él, atisbar ese abismo que se agrandaba y le consumía, impidiéndole ser libre? Porque si alguno de ustedes piensa que lo era, se equivocan; sus pensamientos, sus ideas, estaban encadenados con grilletes a una enseñanza austera, rígida, cruel. ¿Tuvo el señor Scrooge la culpa de que no le hubieran mostrado cariño ni amor en su entorno familiar? No, creo que no, y ahora es el momento en que se puede hacer justicia. Él ya nos demostró que había cambiado al final del cuento. Sé que aquí se le juzga por su vida anterior, pero agradecería que considerasen su arrepentimiento y rectificación de conducta. Sé que ustedes serán justos.

Han pasado cinco horas. Entran en la sala el señor Scrooge, su abogado y el fiscal. Luego, los miembros del jurado.

−En pie −dice el alguacil.

Todos se ponen de pie. Entra el juez.

−¡Siéntense! ¿Tienen ya el veredicto?

−Sí, señoría.

−¡Póngase en pie el acusado!

Scrooge se levanta despacio. Sus piernas tiemblan. Se agarra con fuerza a la mesa retorciendo unas manos ya viejas.

−Señores del jurado, consideran a Ebenezer Scrooge:

¿Inocente o Culpable?

*De Eva María Medina Moreno relojesmuertos@gmail.com

SOLO POR HOY:

Trabaja lo necesario.

… Ríe más.

Pierde tu tiempo con amigos.

Acaricia a tu mascota.

Come disfrutando.

Bebe un vaso de vino.

Usa tu bici.

Riega tu planta preferida.

Haz el amor.

Disfruta de un paseo.

Hace ese llamado telefónico.

Escucha tu música en silencio.

Baila.

Vive como si fuese el último día.

Y ama. Ama hasta el agotamiento.

*De Cacho Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar

Diciembre 2012

***


Inventren Próximas estaciones: 

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-Por Ferrocarril Midland-

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