ENTREABRIR UN CIELO SEMEJANTE A LOS MARES DE LA LUNA DONDE GUARDAR EL ECO DE TODOS LOS DESAMPAROS…

Publicado: diciembre 30, 2012 en Uncategorized

OTROS CAMPOS DE BELLEZA ARMADA*

Han de llegar otros campos de belleza armada. Perder la respiración en lo alto del camino. Esperar a que vuelva silbar el pájaro del silencio. Hacer un mapa sonámbulo que atraviese los páramos del sueño. Quedarnos en la quietud de la batalla, en ese ardor que deja la guerra. Contar de a pocos las heridas, los denarios, los participios que deja la saliva ardiente cuando se ha subido la cuesta. Han de llegar con sus viejos discos de 45 revoluciones por minutos, sus pancartas a contraluz, a contraluna, sus nanas para dormir al hijo que no van a tener. Campos que ya fueron arrasados por la ventisca, las bombas, los dinosaurios. Ahí vienen los que tuvieron otro nombre, otra leyenda y pasaron de largo como una sombra. Son los que se llevaran a Rimbaud en la mochila, se machacaron la memoria con César Vallejo y dejaron el hálito de una mujer encinta. Vienen de la frontera, del interior, de la selva que ya no es oscura. Se cuidan del asma, de la nostalgia, de los traidores. Vienen a pura luz, a tenor de una palabra que los nombra rumbo al misterio. Vienen con la guitarra, los lugares comunes que hacen la vida y la muerte. Vienen de cimitarra y con las manos chamuscadas. Otros campos de belleza armada para entrar despacio con la vida en ristre nos esperan. Nos esperan.

 

*De Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu

ENTREABRIR UN CIELO SEMEJANTE A LOS MARES DE LA LUNA DONDE GUARDAR EL ECO DE TODOS LOS DESAMPAROS…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FOTO ANTIGUA*

A S.D.C.

Esto fue la jaula

En la que estuvo el pájaro bizambo y desorejado

Que ahora está muerto pero canta

Esta fue la casa

En la que había una jaula

Con un pájaro bizambo y desorejado

Que ahora está muerto y canta

Este es el niño

Que vivía en una casa

Donde tenían una jaula

Con un pájaro bizambo y desorejado

Que ahora está muerto y canta

Yo soy el hombre que abrió la jaula

El que olvidó la casa

El que mató al pájaro y al niño

pero no me atrevo a cantar.

*De Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu

 

ESTOY SOLA CON MIS TRISTES PENSAMIENTOS.*

 

 

I


Quiero descansar.

Pon tu mano sobre mi corazón y no la retires hasta que adviertas que él también duerme.
Luego transfórmate en esencia que se diluya en un rayo de luna y sin ruidos penetra en el universo, desde allí podrás poseerme.

II


Las estrellas fugaces son intentos de libertad que caen al vacío, desfallecen en el silencio que nos habla de fracasos, se adormecen en el infinito sin amas nodrizas ni cobertores tibios.
La libertad perdió su madre el día que abrió sus ojos a la realidad.

III


Me tiendo sobre un páramo de ruidos para invocar los sonidos del silencio.
Me descubro fragmentada, sin rumbo y no escucho mi voz interior porque perdí el camino del reencuentro.
Tal vez duendes maliciosos dibujan su negrura en mis oídos, destruyan el canto de los pájaros, amordacen el violonchelo del mar, conviertan el seseo de la brisa en zumbido despiadado

*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

 

 

 

 

DESVARÍOS DE VIENTO*

 

Dicen que los esquimales tienen cien formas de nombrar la nieve
Ah!!!!! Que abundancia de palabras y yo… que apenas digo durazno… fruto o misterio
y me parecen que son como cien siglos de inventar el cielo esa herrumbre de dios… que nos aleja

que nos acerca.
REYNALDO GARCÍA BLANCO

 

Lo ha buscado más allá de esta vida.
Lo halló en el temblor del agua de los charcos natales.
Un muñeco de palo y una niña.
La soledad del mundo se enreda entre sus pasos.

Cuando la infinitud era un agobio,
El viento, extenuado de tantos desvaríos.
De los guetos. De los villorrios pobres.
De los pasillos tristes.
De las muertes.
De la Historia. Violada. Violentada,
En el hueco fragante de su pelo dormía.
Después, la partida, el adiós… y la espera.

¡Ah, como lo esperaba!
Ni el fragor de la rosa, ni la cruz de rocío.
Ni olor a durazno. Ni la naranja de oro.
Nada, atenuaba el hastío.

La mujer ya no espera. Pero espera la niña.
El viento no es el mismo, sí lo es, la soledad y el desamparo.

No volverá, aunque vuelva.
Sus ímpetus. Su desgarrado amor.
Sus cansancios.
Jamás serán los mismos.
No volverá lo sabe, pero en noches de calma
Agudiza su oído, extiende la jungla de su pelo.
Y aunque muera en la espera, aguarda,
Los locos desvaríos del viento, adormecido.

Mientras tanto. Cruzando el mar.
En el mar infinito.
En las eternas costas.
El viento, muerde la carne tibia de abedules.
Se revuelca en la nieve.
Bebe de la ardiente garganta de una leona.
Es un lobo estepario, sin memoria.
Y cuando la finitud es un agobio.
Siente un leve cosquilleo en el pecho.
Un olor a duraznos.
Y una geografía sin materia. Sin retorno.

*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar

 

 

 

DE TUERCAS Y MOTORES*

 

 

 

*Por Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

El taller del gordo, le decíamos. Todos lo conocían así. El taller y la casa de familia estaban casi lindantes a la nuestra, a no ser por un pequeño predio, con un elemental lavadero de vehículos. Ocupaban la esquina, aunque allí le agregaron en ese tiempo, dos columnas, una pequeña losa, como una visera, y un surtidor de naftas, que nunca tuvo una aplicación muy comercial. No más de un par de veces he visto cargar allí combustibles, a no más que un par de vehículos.
Eran tan pocos los autos y camiones que había entonces en el pueblo, y casi todos de los primeros modelos, hasta incluso la década de 1930. Aquellos de capota de lona y guardabarros acucharados. En la década del cuarenta el mundo estaba en la segunda gran guerra, y recién después del cuarenta y seis se vieron algunos nuevos. Eran escasos, modernos y aerodinámicos en comparación.
Eso trae que mucho trabajo no tendría un taller de entonces; pero también sucedía que había pocos, y los vehículos envejecían rápidamente en aquellos caminos de polvo, o huellones y barrizales, y cada tanto había que reacondicionarlos.
Tampoco el lavadero se ocupó más que alguna vez. Así que nosotros los chicos del vecindario, lo usábamos como patio de juegos, junto a la vereda de gramilla y la calle que de este lado no tenía cuneta, aprovechando que muy de cuando en cuando pasaba alguien.
Un primo de papá, había comprado, un camión “guerrero”, un GM color verde oliva, rezago de la guerra, con tracción en las cuatro ruedas Los días de lluvia, en los que no se permitía transitar para no estropear las calles, pasaba frente a casa transitando por la otra vereda llenas de yuyos, dejando profundas huellas, desgarradas con las tremendas ruedas “pantaneras”, en el barro blando.
Los gitanos, que siempre tenían camiones o autos para vender, rejuntados de partes y modelos, solían venir y ellos mismos trabajaban de mecánicos. Nosotros nos acercábamos curiosos y nos reíamos divertidos, de sus dichos y palabras extrañas.
Un ómnibus de media distancia comenzó parar en la esquina, teniéndola como terminal. Desde allí salía en sus dos o tres viajes semanales al norte de la provincia¸ todos caminos polvorientos y alejados. Nosotros jugábamos, los varones, pateando una pelota de cuero, que solía picar mal, porque la pelota no era del todo redonda, y el suelo y la cuneta, si bien playa, tampoco eran muy parejos. Nuestra práctica era patearla como venga, cuanto más alta o más lejos mejor, siempre que no pasara el tejido de enfrente. Una siesta pateábamos la pelota de ese modo, mientras el ómnibus permanecía ajeno en el centro de “la cancha”, en espera de su partida. En uno de esos piques, voleé la pelota con todas mis fuerzas, alto, alto… La pelota giraba descentrada mientras venía cayendo, y cayó justo para romper el vidrio trasero con un espeluznante crujido y desparramo de vidrios.
Corrimos a refugiarnos, pero mi hermano ya “mayor”, habló con el dueño y todo terminó felizmente.
Yo comencé a ir por las tardes a “ayudarle” al gordo. Lavaba las piezas que desarmaba, le alcanzaba una herramienta, o hacía algún mandado. Esas tardes pasaron a ser muy emocionantes, especialmente por una sobrina que asomaba igual que yo, a los once años; que usaba un prendedor con una margarita en el pelo, y tenía una mirada y una sonrisa que me erizaban la piel… En el barrio había otras chicas con las que éramos también compañeros y vecinos, muy bonitas; pero era ella la que me hacía sentir aquello. Era ella la que me aguardaba para ir a la escuela, esperándome frente a su casa hasta que yo salía, y entonces sentía sus pies de niña alcanzándome, y mirándonos nos sonreíamos, y podría jurar que flotábamos en nubes y estrellas, hasta cerca de la escuela de ella, donde nos separábamos. Al regreso solíamos encontrarnos en la plaza y volvíamos lentamente, flotando…, soñando. Casi no hablábamos, a veces sí, pero nos entendíamos con la mirada. A veces nos demorábamos un momento en un banco de la plaza, contándonos proyectos, o nimiedades; pero antes de llegar a casa nos separábamos. Era tan tímido que no hubiera soportado una pequeña burla de mis hermanos o de mis hermanas, y menos una mención de mi mamá. Después; el tiempo se encargó de desarmarlo todo, pero no pudo borrar ciertas huellas que se graban para siempre.
Así que esas tardes del taller fueron inolvidables.
El gordo, era un ropero, alto y grueso por todas partes. Era grueso su cuerpo, sus brazos, su cuello, su rostro; casi de niño, redondo y oscuro, nariz y orejas pequeñas, cabello muy enrulado y un minúsculo bigote ralo, mínimo, como hecho con un lápiz. Vestía siempre un mameluco, o jardinero azul, y camisa de mangas cortas. Era ceñudo, como de un enojo constante, aunque poco creíble; así hablaba a los gritos, “mandoneando”, o mezclando estentóreas carcajadas. Para mí, entonces, tenía una edad indefinida, era un adulto, y además “era grandote”, podría tener cincuenta, o cuarenta, como mi papá; pero después supe que no, que era muy joven, recién casado y con una beba.
Estaba armando su propio vehículo, mitad auto, mitad camioneta. En aquel entonces tenía el chasis, las ruedas sin guardabarros, el motor, y muy poco más. No tenía asiento y ponía un par de cajones con una manta para ir con su mujer a Reconquista, o hacer alguna compra. Marchaba después de muchos manijazos, ya que le faltaba el motor de arranque; y llenaba el taller de humo, atronando la calle, ya que casi no tenía escape. Salía sólo una o dos veces por semana, pero estaban casi toda la tarde afuera, dejándome alguna pequeña tarea, y Zuni venía a “ayudarme”, pero nosotros sólo sabíamos reírnos divertidos de cualquier ocurrencia. Volaban aquellas horas y de golpe escuchábamos a lo lejos el inconfundible ruido del motor regresando por el fondo de la calle. Espiábamos asomándonos a la esquina, y los veíamos avanzar, como una estrambótica araña de dos cabezas, arrastrando un remolino de polvo blanco y humareda azul, brincando con los barquinazos de la calle…
Una tarde, en que el gordo optó por silbar partecitas de un chamamé, mezclando carcajadas y expresiones de su Goya natal, mientras desarmaba un carburador, de un camión roñoso, modelo del 35, que íbamos a desmantelar para reconstituirlo, incluyendo pintura completa; llegó un criollo en una alta jardinera de dos crujientes y esqueléticas ruedas, casi como el viejo y sufrido caballo blanco, que mostraba sus huesos tanto en el anca como en la cruz.
Ofrecía un motor de arranque “en buenas condiciones”, que vaya a saber de donde lo habría obtenido el hombre, por sólo veinticinco pesos. Era barato. Y el gordo lo necesitaba como el agua para su “chatita”, como él aseguraba que terminaría siendo. Nuevo, ni soñar. Aquella vez todo era usado. Todo tenía valor. Todo se vendía. Un guardabarros de auto, de bicicleta, el volante de una máquina de coser, un destapador de vino, una mecha, un bulón, lo que sea…
-Eso sí, lo podría traer la semana siguiente…,- Porque no lo tenía consigo.
-Está bien…- Dijo el gordo, sin mostrar la impaciencia que sentía…
A la semana cayó el hombre, con la misma jardinera, y milagrosamente con el mismo caballo; y sin decir palabra le mostró la preciada pieza, enterita, bien presentada…El mecánico la acunó casi, la vio perfecta; se le había dado justo…
Pero con toda indiferencia sacó del bolsillo veinte pesos, y pretendió pagarle; pero el hombre puso cara de disgusto…, y frunciendo el cejo le dijo:
-No mi amigo, un trato es un trato; quedamos en veinticinco pesos…
-No; usted está equivocado, quedamos en veinte…
Y así discutieron, para sorpresa del criollo, que no esperaba que le salieran con eso. Que sí, que no…
El tampoco quería perder la operación.
De pronto tuvo la idea salvadora…
-Allí está el chico…- Se refería a mí, por supuesto. –El puede decir cuánto era…
El gordo me miró y ví su cara iluminada. Tenía el árbitro de su lado. El chivo cayó sólo en el lazo, el viejo no pensó en eso…
Pero vi la mirada del viejo. Parecía decirme que confiaba en mí. El no podía concebir que YO pudiera defraudarlo. El parecía saber que era un chico honesto, limpio…; pobre viejo…
Y yo no lo defraudé.
Miré la cara aniñada del gordo, no bajé la vista para nada…, y le dije:
-No, Don Raúl, eran veinticinco pesos…-
El mecánico, se aguantó las ganas de gritar, de zapatear…, y sacó del bolsillo lo que faltaba, y le dio al criollo su plata…
Sé que fue justo, pero todavía me asombra mi actitud de aquella tarde.
Creo que el primer impulso del gordo, habrá sido comerme crudo; luego, seguramente, no se sintió muy orgulloso delante de mí, por su intento. Hasta creo que terminó valorando la actitud del pequeño Quijote.

Epílogo:

Más de veinte años después, cuando comencé a pasar lo domingos en la balsa cruzando el río Paraná, para cubrir la gerencia del banco en Mercedes; me pareció verlo sentado, en cubierta, afuera de la sala de máquinas. Igual. Todo igual…Como si estuviera delante del mismo gordo, de la misma edad de aquellos tiempos
Titubeante, me acerco y sintiéndome descolocado, recordando su apellido, le pregunto:
-Perdón, pero Ud., ¿Podría ser de apellido Lorenzo…?
Levantó su mirada con dudas…
-Si. ¿Por…?
_Y tiene un hermano mayor…,¿De nombre Raúl?
Soltó su clásica risotada…
-¡JA, JA, JA…! ¡Yo soy Raúl!… – ¿Y vos?…
No lo podía creer, ¿Y los más de veinte años… dónde los había dejado?
Le dije quien era. Quiso saber de mi madre, de todos nosotros. Ambos nos reencontramos con un trozo de vida, aquel domingo de sol y de río: y muchas veces nos volvimos a sentar hablando, pero juro que nunca me animé a preguntarse por la Zuni, su pequeña y hermosa sobrina.

 

Con el alma en las manos*

La  caricia  busca una oculta almohada para acunar los sueños, el

regazo perdido, ese oscuro saber vuelto perfume

 

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

 

 

 

Conjuros para que el 2012 se vaya en paz*

 

 

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

* Colocar dos ruedas de bicicleta en las ancas de diciembre y sostenerlo sobre un plano inclinado. Producir una fosforescencia beckettiana sobre los cuatro puntos cardinales y sostener el último esbozo del año sobre la cúspide de los buenos deseos. Luego soltarlo compasivamente. Intentar eso.

* Proteger con la palabra siempre, la palabra nunca y con la palabra nunca, la palabra siempre.

* Poner a reposar, detrás de la luna, las flores y los vicios que no nacieron todavía.

* Encontrar por casualidad la luz mágica del último sol en el último universo.

* Amar de pie durante toda la noche hasta escuchar los latidos de otro corazón en el pecho propio.

* Abrir las ventanas para que entre volando el pez redondo de aletas bordadas con lentejuelas y darle de beber las lágrimas derramadas. Una vez embriagado con el agua de la pena, dejarlo ir al alba, convertido en caballo blanco o recuerdo último.

* Salir de las grandes profundidades del mar o la memoria en puntas de pie, para no pisar el sueño de los peces.

* Prolongar el tiempo juntos.

* Entreabrir un cielo semejante a los mares de la luna donde guardar el eco de todos los desamparos.

* Reconocer las voces demoradas en esa gran distancia que separa las primeras señales de las últimas.

* Sentirse completamente perdido donde se esté perdido; completamente a salvo donde se esté a salvo; completamente agujereado donde se esté agujereado; completamente roídos donde nos estén royendo; completamente iluminados donde nos estén iluminando. * Vaciar de contenido ciertos nombres para abrirles las puertas a otros nombres con nuevos contenidos.

* Darse de beber de orilla a orilla.

* Tener miedo de las grandes palabras, de los chistes geniales, de los condones empastados, de los cuervos que se creen mariposas, de los fulanos que se creen hombres, de los cisnes que se creen sapos, de los sapos que se creen rosas, de las rosas que se creen crisantemos, de las damas de compañía, de los cobradores de impuestos, de los pájaros asombrillados, de los ángeles que vienen a deshora.

* Multiplicar los dones y los panes, los sueños y la paciencia, las elipses de la vía láctea y el color azul de los fantasmas.

* Hacerse puro aliento de pájaro. Puro sexo de dragón. Puro poniente negro. Puro enchastre genital. Hacerse pura memoria, pura nube que se va clavando en el azul inmenso.

* Producir una lluvia de domingo en pleno martes, llevar el sol del martes al domingo, colocar la noche del viernes en el lunes, sacar el amanecer del jueves y subirlo al miércoles, generar un atardecer de sábado infinitesimal que interrumpa el orden de los sucesos.

* Empujar hacia atrás, con movimiento decidido, lo que es de atrás; luego con un ruido futurista y esperanzador dar somera cuenta a la superstición del almanaque y avanzar.

* Desnudar los ojos, ignorar las piedras que lastiman, vivir dos siglos en un minuto sobre un pecho latiente.

* De un salto subir a la popa del navío que nos aguarda.

* Ampararse bajo la magnolia sedosa y crear un lugar de reposo hasta que el año se vaya con todas sus pompas.

 

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-36967-2012-12-22.html

EJERCICIOS DE OLVIDO*

No es para vos que escribo,

es para mi,

solo para mi.

Guardo el candor de suponer

que si me digo mucho

terminaré aceptando,

terminaré aprendiendo.

Me exorcizo de este amor

a través de las palabras,

me resucito a mi antigua

condición de ausente,

de dormida,

de sigilosa sombra,

de borrada.

Me escribo

no para marcarme,

sino para diluirme,

me fragmento,

me desmigo,

vuelco el alma,

la vierto en mis manos

y la acuno

o la sacudo

según juzgue que necesita dormir

o despertarse.

Es para desaparecerme

que escribo,

para no verme,

para usar las manos

como último recurso,

como único ejercicio

de endurecer el alma.

No es para vos,

escribo para mi,

para olvidarte.

*De Alejandra Morales.

INVENTIVA SOCIAL*

Al Lic. Eduardo Francisco Coiro

La sociedad va a reinventarse a sí misma
en la persona y corazón de una niña
de doce o catorce años
al final de un invierno y de una guerra;

va a inventarse otra vez
hombre por hombre
sin miedos entre el hombre y la víbora
entre la araña y el hombre
entre hombre y tiburón
entre el hombre y su vecino
la plantita venenosa arrancada de raíz
y la rosa sin precio en florería

Mujer por mujer
tiene que reinventarse
en la persona o corazón de un niño
al final de un tornado terrible
donde ya casi nada estaba en pie

Y cada uno nacerá de todas las muertes
menos los peores asesinos
Y cada uno habrá aprendido a amar
desde tanto dolor acumulado.

Cada grano de arena será bello
y se enamorará de la luna
y será para siempre correspondido.

y volverán
a reinventarse el silencio
y la risa
la pelota de fútbol sin dueño
el bastidor para bordar las flores
la bicicleta con luces y timbre
la cocinita para hacer postres en cumpleaños
el lápiz para aprender a no tachar

un país sin bandera ni fronteras
un planeta sin bancos de usura
una mesa redonda y un pan

un aire transparente para verse los ojos
y que sea imposible mentir u odiar
Nunca más plazas de toros
nunca más gallos de humana riña
nunca más caza deportiva
polígonos de tiro,
motines trágicos,
panoplias monederos y cadenas

La humanidad que muere para sembrarse
renacerá en sociales inventivas
donde no tenga su interregno el miedo,
donde ya nadie más secuestre niños
asesine a su novia o esposa

la sociedad donde ganan los malos
que se quede con lo que destruyó;
el mundo en su aritmética de guerras
que se muerda su cola de dragón

Que renazcan el niño que no pudo ser niño
la enamorada que no pudo dar a luz
el poeta fusilado por la espalda

Que no vuelvan dineros ni relojes
ni látigos ni bombas de terror

La humanidad que había en tantos versos
y tantas veces cayó pisoteada
que vuelva a ser lo que no pudo ser hasta hoy.

*De Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar

-Febrero 2009

***


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