Archivos de la categoría ‘EDICIÓN DIARIA DE INVENTIVA SOCIAL’

-Textos de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar

BREVE HISTORIA DEL HOMBRE ALTO

Hubo una vez un hombre tan pero tan alto, que con sólo ponerse de pie, abrir los ojos y mirar hacia adelante, era capaz de leer las verdades escritas en las nubes.
La gente común admiraba su enorme altura. Él, en cambio, renegando abiertamente de su don, profesó toda su vida una melancólica envidia hacia los hombres bajos.
Nunca se resignó a su triste suerte de poder descifrar verdades allí donde los otros, plácidos y felices, veían solamente una nube.

LA MEMORIA EN LOS DEDOS

“El cuerpo tiene más memoria que el cerebro”.
(Philip Roth)

La única decisión que mi abuela paterna tomó respecto del destino final de sus pertenencias fue la de legarme el piano. Un piano vertical alemán sexagenario. El mismo con el que le había dado clases a cientos de niños santafesinos que pasaron por el Conservatorio Di Bernardo en las décadas del ’20 y del ’30. El mismo en el que mi tía había estudiado metódicamente hasta obtener su título de profesora. El mismo en el que mi papá se las ingeniaba para sacar canciones usando solamente su dedo índice.
Para cuando mi abuela manifestó su voluntad respecto del piano, yo tenía veinte años y hacía rato que había dejado atrás mis precoces logros musicales. Tocaba de oído, con mucho entusiasmo pero escasa técnica. Sin embargo, aún con mis limitaciones a cuestas, a ella le gustaba que yo hiciera sonar el piano cuando iba a visitarla. No sé, supongo que, acostumbrada como estaba a vivir rodeada de música, le habrá parecido un pecado imperdonable que un instrumento permaneciera mudo.
Cuando mi abuela murió, el piano recaló en mi casa, tal cual ella lo había dispuesto. Desde entonces, sentarme a tocar en él se transformó en una costumbre casi cotidiana a la que dedicaba gustoso aunque más no fuera unos minutos. No hablo de estudiar, ni de practicar, ni de esforzarme por progresar. Hablo de tocar; simplemente tocar. Me resultaba casi terapéutico hacerlo. En esos momentos, mi mente lograba desembarazarse de las preocupaciones diarias y de las existenciales. La música interrumpía ese vicio mío de pensar demasiado y me concedía un espacio de paz interior que, fuera de esa circunstancia, se volvía inalcanzable.
Continué con tan saludable hábito por unos años, hasta que mis sucesivas mudanzas me fueron llevando a viviendas cuyas características edilicias tornaban poco recomendable incluir un piano en el mobiliario.
El 1º de enero pasado, después de los brindis de Año Nuevo en casa de mis padres, me dejé llevar por el impulso de levantar la tapa del “Rachals” y garabatear algunos sonidos en su entrañable mixtura de madera y marfil. No estaba tan desafinado como esperaba, pero algunas de sus teclas evidenciaban signos de una considerable disfonía. Me senté en el viejo taburete giratorio y me puse a tocar. Llevaba realmente mucho tiempo sin hacerlo, y cierta enojosa insistencia de mis dedos en desobedecer mis órdenes mentales se encargó de recordármelo con suma franqueza. Seguramente, el continuado de boleros y música de películas antiguas al que recurrí para darle el gusto al auditorio presente se escuchó esta vez un tanto deslucido, pero nadie de entre los oyentes me lo reprochó.
De pronto, en medio del concierto, mientras decidía qué tocar a continuación, mis manos se desentendieron de mi voluntad y se deslizaron por su cuenta hacia el dibujo de una melodía dulzona que al principio no logré identificar con precisión. Tardé varios segundos en reconocerla: era el valsecito que había compuesto para mi abuela y que solia tocar en aquellas visitas que le hacía. Me pareció asombroso, ya que, como mínimo, yo no había siquiera tarareado esa melodía en los últimos diez años. Y sin embargo, ahí andaban mis dedos, jugando caprichosos con aquella sucesión de notas que había permanecido sumergida en mi subconsciente durante tanto tiempo, demostrándome que eran capaces de recordarla sin mi ayuda.
Fue como abrir la compuerta de un dique. En cuestión de segundos, me vinieron a la cabeza numerosas escenas familiares en las que, invariablemente, el piano ocupaba el centro de la anécdota evocada. Pensé en mi otra abuela, la materna, que también tocaba, y eso me llevó a volcar mi repertorio hacia ciertos tangos y valses con los que ella acostumbraba satisfacer mis requerimientos infantiles: “Adiós muchachos”, “Lágrimas y sonrisas”, “Santiago del Estero”…
Me puse contento. Acaso antojadizamente, sentí que estaba homenajeando a mis abuelos. Y no quisiera incurrir en sentimentalismos baratos, pero mientras tocaba imaginé que ellos andaban por ahí cerca, escuchando con alegría, aprobando reconfortados que su nieto los recordara de esa forma.
Algo cansado, interrumpí mi recital por unos minutos y pedí que me acercaran algo fresco para reponerme del calor. Mientras bebía, caí en la cuenta de algo en lo que nunca había reparado hasta ese momento, y es que mis dedos guardan una herencia familiar intangible pero invaluable, atesoran una historia poblada por remotos paisajes sonoros de los cuales provengo, y que han contribuído a hacer de mí lo que soy.
Tuve la certeza de que iba a escribir algo al respecto. Vislumbré un pantallazo general de lo que iba a ser el texto, y hasta supe cómo iba a titularlo. Hubiera podido permanecer suspendido en esa fantasía creadora durante un buen rato pero, apenas advertí que -una vez más- estaba pensando demasiado, detuve mi maquinaria mental de inmediato.
Mis abuelos me estaban pidiendo un bis, y no era justo hacerlos esperar. Así que me acomodé de nuevo frente al teclado y me puse a tocar “Gricel”.

LOS ÁNGELES Y LOS PUENTES

Hay ángeles que, a su manera, son ingenieros. Rozan a la gente con sus alas y, con ese suave toque celestial, la incitan a levantar puentes. Entonces, esperanza sobre esperanza, la gente se pone manos a la obra y, con más entusiasmo que habilidad, se lanza de lleno a construírlos. Y aunque los puentes resultan casi siempre frágiles y efímeros, las personas caminan sobre ellos, se encuentran, pueden amarse, son felices y se ríen desde lo alto mientras miran, con cierto alienado desdén, a los seres aparentemente tan seguros y tranquilos que permanecen abajo, atados al suelo.
Pero existen también ángeles perezosos que odian la ingeniería e inoculan a la gente su propio recelo hacia este tipo de construcciones. Entonces, la gente se queda quieta, segura y tranquila, se acurruca en sus miedos y mezquindades, permanece en tierra sin ganas de levantar puentes, y al mirar cada tanto para arriba se pregunta, con envidiosa indignación, qué es lo que hacen esos seres aparentemente tan felices suspendidos en el aire.

“Escribir es una forma de darle orden al caos del universo”

Cuentos y novelas publicados en el país y en el exterior respaldan la obra de este respetado narrador que logró conquistar la cultura santafesina.

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

Alfredo di Bernardo es un escritor santafesino, respetado por propios y extraños que exhibie un sólido trabajo cuya trascendencia titila. Vinculado a la cultura santafesina, cuenta su historia.

–¿Quién es Alfredo?

–Nací en Santa Fe, en 1965. Mi obra literaria transita mayormente por el género narrativo.

–¿Cómo ha sido tu aproximación literaria?

–Aprendí a leer en mi casa, con el libro Upa y jugando con letras de plástico. Para cuando terminé el Jardín de Infantes, ya leía revistas y libritos de cuentos con fluidez.
De manera que mi relación con la lectura fue tan natural como con el juego. Esa naturalidad me transformó rápidamente en un lector voraz y, al mismo tiempo, en un precoz cronista deportivo comentando partidos de fútbol, intentando imitar el estilo de la revista Goles.
A los 11 años me divertía escribiendo una novelita de ciencia-ficción y a los 16 empecé a escribir cuentos con regularidad. A los 19 había confirmado que nada me interesaba más en la vida que ser escritor.

–¿Qué significa la literatura para vos?

–Isidoro Blaisten decía que escribir sirve para organizar la propia locura. Escribir es una manera de darle un orden al caos del universo, al menos iluso- riamente.
En líneas generales, podría decir que lo que escribo son testimonios de mis sucesivas o simultáneas maneras de percibir el mundo.
Como una serie de fotos de algo que, en realidad, nunca deja de moverse pero que, al quedar fijo en una imagen, da la sensación de que es posible aprehenderlo, controlarlo e incluso comprenderlo. Y después, está también la necesidad de compartir esas percepciones; por eso uno decide hacerlas públicas.

–¿Qué dificultades tiene el escritor del interior para hacerse conocer y que ausencia es la más notable en esa relación?

–Las manifestaciones culturales que existen fuera de Buenos Aires, ya se sabe, no tienen la misma resonancia a nivel nacional.
Sin embargo, más allá de esta desigualdad evidente, creo que el escritor del interior y el de Buenos Aires tienen los mismos problemas para dar a conocer su obra: básicamente, la dificultad para acceder a un sistema eficaz de comercialización de libros.
Publicar no es algo inaccesible; el tema es qué hacer después con el libro ya publicado. Claro que esto tiene una lógica directamente relacionada con el predominio de lo audiovisual: en nuestros días un libro es un bien mucho menos deseado –y por ende, mucho menos rentable– que un televisor, una computadora o un teléfono celular.
Ahora bien, si dejamos a un lado la problemática del libro real y nos enfocamos en el mundo de la virtualidad, me parece innegable que Internet constituye una herramienta sumamente útil e interesante para que los escritores difundamos nuestra obra.

–¿Cuál es tu actualidad creativa, estás con algún proyecto editorial?

–Escribo textos en prosa que voy publicando regularmente en mi blog “Crónicas del Hombre Alto”. Tengo previsto hacer una selección de esos textos, armar un libro y publicarlo.
Seguramente, el libro va a tener muchos menos lectores que el blog, pero pertenezco a una generación que creció con la cultura del libro impreso y no puedo evadirme de la satisfacción que provoca tener en las manos un libro “de papel”.

–¿Qué trabajo te ha conformado más y porqué?

–Soy bastante inconformista con lo que escribo, así que realmente son muy pocos los textos que he escrito a los que no les tocaría ni una coma.
Hecha esta salvedad, diré que de mis libros, siento que los más logrados son “La realidad y otras mentiras” y “Las cosas como somos”.
Hay textos que quiero por su temática, otros por la circunstancia en que fueron escritos y otros por la repercusión que tuvieron. Lo importante para mí es releerlo y no avergonzarme.

Su obra

Varios de sus trabajos han obtenido premios a nivel local, nacional e internacional, e integran antologías.
Distintos textos de su autoría se hallan publicados en revistas literarias de Argentina, España, Cuba y Austria (en este último caso, traducidos al alemán), así como también en revistas electrónicas y en sitios de internet.

Ha publicado:
-“El Regalador de colores” (cuentos), 1993.
-“La realidad y otras mentiras” (cuentos), 1999.
-“Informe sobre miopes” (novela) 2001.
-“Las cosas como somos” (cuentos), 2009.

Es autor de los siguientes blogs:
-“Crónicas del Hombre Alto”
-“Algo así como un padre”.
Desde 2002 edita “El Regalador”, micropublicación virtual, semanal y gratuita que se difunde mediante correo electrónico y llega a lectores de 28 países.

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 25/03/12 http://www.launion.com.ar/?p=86597

EL DINERO

El dinero es una herramienta fundamental en la vida del hombre. Tanto, que no resulta ocioso afirmar que el mundo entero gira en torno a él, por y para él. Gracias al dinero se adquiere reconocimiento social, se abren puertas que de otro modo permanecerían estrictamente selladas, se formalizan matrimonios, se alquilan placeres, se estrechan amistades, se traicionan ideales, se clausuran ilusiones, se derrocan gobiernos, se inventan guerras, se conciertan alianzas, se eliminan prejuicios, se forjan sonrisas, se consiguen pases y autorizaciones, se negocian libertades y se obtienen excelentes imitaciones de felicidad, amplia gama de actividades ésta que, dada su cotidianeidad y también el profundo arraigo que han adquirido entre las costumbres humanas, no hacen más que confirmar que, efectivamente, el hombre es una herramienta fundamental en la vida del dinero.

EL TUERTO NO ES REY

Un viajero tuerto llegó una mañana a una pequeña aldea perdida en el bosque. Al advertir su presencia, los habitantes del lugar se fueron congregando en torno al recién llegado con gran curiosidad. Cuando el viajero descubrió que todos ellos eran ciegos, pensó conmovido que había llegado por fin su oportunidad de serle útil a alguien. Movido por sus mejores intenciones, comenzó entonces a relatarles historias casi mágicas acerca de un mundo misterioso del que nunca habían tenido noticias, un mundo poblado de colores sublimes, paisajes esplendorosos y formas exquisitas.
Al principio, los ciegos se mostraron interesados y escucharon las historias del viajero con un asombro casi infantil. Sin embargo, poco duró su entusiasmo inicial. Por el contrario, a medida que los relatos avanzaban, aboliendo de manera inapelable la noción de realidad que imperaba en el lugar, sus rostros fueron adquiriendo una expresión desolada que, al cabo de unos minutos, se volvió decididamente hostil. Un creciente rumor de indignación nació de aquella pequeña multitud hasta derivar en una catarata incontenible de insultos y amenazas.
El viajero tuerto no alcanzó a comprender el origen de estas reacciones. No tuvo tiempo. Antes del mediodía, los ciegos lo lincharon, enfurecidos por la inocente crueldad de quien había despertado en ellos la inútil conciencia de una realidad tan maravillosa como fatalmente inaccesible.

DIOS IMPERFECTO

Desde el refugio situado en lo alto de la montaña, el Dios observa incrédulo las columnas de caminantes que, sin cesar, siguen acercándose por los cuatro puntos cardinales. Surgidos desde las entrañas del horizonte, millones de peregrinos marchan jubilosos hacia el lugar, dispuestos a ofrecer su profundo agradecimiento a aquél que los ha salvado.
Vencido por la culpa, el Dios menea la cabeza con melancólica resignación. “No entienden”, se dice, “no entienden que todo lo hice por mí”. Y vuelve a esconderse, infinitamente avergonzado.

ARTISTA FRENTE AL MAR

Lenta, muy lentamente, el hombre se fue acercando hacia el borde del acantilado. La mujer sentada en las rocas lo contempló con atención desde el fondo de un silencio profundo y expectante. Observó su respiración agitada, su barba naciente, sus cabellos descuidados, su camisa clara maltratada por el viento. Había algo en él -cierta actitud de entrega a lo absoluto, la expresión desolada de sus ojos- que lo tornaba, al mismo tiempo, majestuoso e indefenso. La mujer reparó también en la firmeza con que cerraba una de sus manos y entrevió la causa, adivinó en ella la presencia de la pequeña joya en la que -según contaban en el pueblo- el hombre había estado trabajando con obsesivo fervor durante los últimos meses.
Fue entonces que tuvo el presentimiento. Nada extraordinario estaba sucediendo, pero ella supo que algo inquietante se cernía sobre la momentánea quietud de la escena. Bajo las nubes grises e hinchadas que parecían aplastar al mundo, el olor penetrante del mar fue de pronto un presagio, y el viento un emisario del desconsuelo.
Sin atreverse a intervenir, comprendiendo que no estaba autorizada a modificar un acontecimiento que intuía irreversible, un rito que parecía establecido desde muchos siglos antes, la mujer siguió los sucesos con ojos fascinados: el torso del hombre y su brazo derecho arqueándose hacia atrás, la tensión extrema del cuerpo, el feroz impulso hacia adelante, la maniobra de los dedos al abrirse en un gesto irrevocable.
No tuvo tiempo siquiera de abrir la boca para intentar un grito. La joya dibujó una parábola desesperanzada, refulgió contra el cielo por única vez -ella pudo vislumbrar su hermosura perfecta segundos antes del final- y cayó para siempre en una indiferencia infinita de sal y de espuma.
Hubo en la mujer un reflejo efímero de angustia; luego una mudez de asombro y espanto. En lo alto, un viento triste azotaba los rostros. Abajo, heladas, las olas se suicidaban furiosas contra la barranca.
– ¿Qué vas a hacer ahora?- se animó después a preguntarle, con un susurro quedo que fue casi una plegaria.
El hombre no desvió sus ojos hacia ella. Con la mirada vacía, perdida en algún punto indescifrable del océano, dejó pasar unos segundos antes de dar, con voz cansada, la respuesta que ella ya sabía:
– Lo de siempre. Empezar de nuevo.

EL HOMBRE DEL VALS

Imprevistamente, el hombre que ocupa la mesa que da al ventanal se ha puesto a silbar la melodía dulzona de un vals de Strauss, confiriéndole al jueves una fisonomía singular, rayana en lo grotesco. Mientras el silbido recorre el salón con apacible fluidez, disolviendo la habitual monotonía de las tardes en el antiguo café, el solitario autor de esta ruptura permanece absorto, mirando la calle a través de los cristales manchados, sin advertir que los otros parroquianos se han confabulado tácitamente para crear un silencio profundo y burlón que ponga aún más en evidencia su insólita conducta.
Al cabo de unos minutos, el concierto llega a su término y el acorde final deja latente en el aire una tenue sensación de ausencia. Con absoluta naturalidad, el hombre bebe un último trago de café, deja un billete sobre la mesa y se pone de pie. Ensimismado, con aire de estar resolviendo íntimas y complejas ecuaciones, camina callado unos metros, esquiva tres sillas mal ubicadas y detiene su marcha frente al viejo del mostrador. “La realidad no es tan simple como parece”, afirma de pronto, con filosófica contundencia, sin hablarle a nadie en particular. Poco le importa la expresión distraída del viejo, poco le importan las sonrisas cáusticas de aquellos que lo escuchan, divertidos, a sus espaldas. Habitante único de un mundo que parece terminar en los bordes mismos de su mente, se limita a disertar para sí mismo, como si los otros no existieran. “En el mundo viven cinco mil millones de personas”, sigue diciendo, con voz serena y firme. “¿Por qué no pensar que en este mismo momento una de esas personas acaba de silbar el mismo vals que yo silbé? Tal vez esté escrito desde siempre que los dos hagamos las mismas cosas al mismo tiempo, minuto tras minuto, segundo tras segundo. Pero él y yo vivimos a kilómetros de distancia y nunca podremos comprobar si nuestras sospechas son fundadas”.
El viejo lo mira ahora con una atención piadosa; el resto ya no logra disimular la risa. Ajeno por completo a las reacciones que provocan sus palabras, el hombre del vals se acomoda el saco con un suave movimiento de hombros, da unos pasos cansados hacia la puerta y se deja devorar por la calle, por la alienada agitación de una ciudad incapaz de entenderlo.
Los otros, los que se quedan, comentan el episodio y se ríen sonoramente del loco. Amparados en una lógica arbitraria que jamás atinarán a cuestionar, no pueden siquiera imaginar que, en este mismo momento y en un lugar muy remoto, otra gente se ríe de un loco con las mismas carcajadas mordaces e ignorantes.

LECTURA OBLIGATORIA

Lo siento mucho, pero debo informarle que está usted en mi poder. Lo he atrapado.
Quizás usted aún no lo haya advertido, pero desde el momento en que posó su mirada sobre la primera de las palabras que componen este cuento, quedó completamente a mi merced. Por más que lo intente, ya no podrá escapar de mí. Al menos, no hasta que termine de leer estas líneas.
Tal vez si hace unos segundos hubiese optado por elegir otro texto o, simplemente, por seguir cualquier otro de sus impulsos (ponerse a escuchar música, por ejemplo), las cosas serían diferentes. Pero no lo hizo y ahora es demasiado tarde: no tiene margen posible para evadirse de mí. ¿Le molesta que se lo haga notar? Es natural; a nadie le gusta asumir que ha perdido el dominio de sus actos. Pero no se rebele contra lo inevitable. Sólo acéptelo: no podrá dejar de leer este texto hasta no acabar con la última frase.
Usted dirá que lo que termino de afirmar es ridículo y exagerado. Seguramente argumentará que la simple maniobra de alejar sus ojos del papel le alcanzaría para librarse de mí. Puedo incluso imaginar la expresión desafiante de su rostro mientras su mente se apoya en esta tranquilizadora hipótesis. ¿Realmente cree que las cosas son tan sencillas? Supongamos por un instante que es cierto, que usted abandona la lectura de estas líneas aquí mismo (decisión que, sin embargo, no ha tomado, ¿me equivoco?). Bien, haga uso entonces de su ilusoria libertad e imagine que se dedica a mirar televisión, a darse un baño, a escuchar música o a comer chocolates. ¿Verdaderamente supone que realizar cualquiera de esas actividades lo pondrá a salvo de mi control? Permítame el placer de socavar con fundamento sus candorosas esperanzas: no lo logrará. No niego que quizás consiga desligarse de mí por un lapso determinado, pero se lo aseguro: no pasará demasiado tiempo hasta que descubra en su boca un regusto amargo de curiosidad insatisfecha y compruebe que lo único que ha logrado es retorcerse patéticamente como la mosca enredada en la telaraña. Mis palabras continuarán acosándolo, acechando su sueño y su vigilia, listas para derrumbar sin piedad sus frágiles anhelos cuando usted menos lo espere.
¿Piensa que estoy siendo tendencioso? Está bien, deje entonces de rumiar vanas protestas contra mi actitud presuntamente despótica y reivindique con hechos su libre albedrío. Adelante, no imagine nada; hágalo. Aléjese de mis trampas y señuelos. Salga del laberinto que he creado para usted. Vamos, anímese, deje de leer ya mismo, dése el gusto, cumpla su deseo. Saltéese el final de este cuento y demuéstreme que estoy equivocado. Sorpréndame, haga añicos mi convicción, aniquile mi certeza.
Es inútil; no lo hará.
¿Lo ve? Todavía sigue allí.

INTERNET Y EL CAJÓN FALSO DE LA COCINA

Crónicas del Hombre Alto (nº 37)

La cocina del departamento donde transcurrió mi infancia tenía una mesada de mármol, debajo de la cual había una estructura de madera compuesta por tres puertas y dos cajones. Tal falta de equivalencia numérica tenía su explicación: la tercera puerta quedaba justo debajo de la bacha, por lo que la hipotética presencia de un cajón entre ambas hubiese resultado inviable. Sin embargo, sea por estética o por neurótica compulsión hacia las simetrías, el encargado de diseñar la cocina había colocado en el lugar un cajón falso. Es decir, una apariencia de cajón allí donde en realidad no lo había. Uno observaba, sí, un rectángulo que tenía las mismas dimensiones de los otros dos que estaban a su izquierda, pintado con el mismo color verde loro y hasta con idéntica protuberancia esférica y rugosa en el centro, pero era sólo una fachada ilusoria.
Vaya a saber por qué peregrina razón, en algún momento de mi niñez pergeñé la fantasiosa teoría de que a aquel cajón sellado iban a parar todos los objetos que se nos perdían (sí, yo era un niño raro; solía tener pensamientos de esta naturaleza). Básicamente, especulaba con la idea de que allí estuviese guardada una pelota de plástico a rayas que el viento había alejado de mí años atrás llevándola irremediablemente hacia las aguas de la Laguna Setúbal.
Obviamente -¿hace falta aclararlo?- es imposible abrir un cajón que no existe, de modo que mis propósitos reivindicatorios jamás pudieron ser cumplidos.

* * *

Cuando yo tenía 10 u 11 años, se puso de moda una canción en inglés que se llamaba “Lady in blue” (“La dama de azul”). A mí me gustaba. No era mi favorita, pero me resultaba placentero escucharla. Me recuerdo claramente frente a la vidriera de una disquería de la peatonal, contemplando el afiche desde el cual un hombre rubio y sonriente promocionaba el disco. Recuerdo también que, vaya uno a saber por qué peregrina razón, en ese momento me pregunté si cuando yo creciera me seguiría gustando esa canción, si ese hombre rubio seguiría siendo famoso, y hasta me imaginé consultándole a mi hijo qué le parecía la música que yo escuchaba a su edad (sí, yo era un niño raro; solia tener pensamientos de esta naturaleza).
El incansable andar del tiempo hizo que me olvidara de la melodía y, cosa extraña en mí, hasta del nombre de aquel cantante que -¿hace falta aclararlo?- no quedó instalado en la memoria colectiva de los argentinos.

* * *

Nunca en los siete años que llevo como navegante del ciberespacio me llamó la atención el difundido hábito de bajar música de Internet. No sé, supongo que quedó martillando en mi cabeza el comentario de alguien que me advirtió sobre la extrema lentitud que puede implicar el proceso para quien -como en mi caso- carece de banda ancha (dato suficiente este de la lentitud para ahuyentar a un sujeto ansioso como yo). O tal vez, me ganó el prejuicio de suponer que la música a la que se podía tener acceso era la misma que uno puede escuchar en las radios, es decir, la que se pone de moda, la que responde a las leyes del mercado.
Hace unos meses, sin embargo, mi hijo me hizo una elocuente demostración práctica de todas las maravillas de jazz, blues y bossa que había conseguido almacenar en su computadora gracias a Internet, y mi visión del asunto cambió por completo. Es más, la revelación me impactó de tal modo que, al día siguiente, ya había descargado en mi propia PC el programa necesario, dispuesto a ponerme manos a la obra cuanto antes.

* * *

Soy un tipo que mira mucho hacia el pasado. Quizás por ser un individuo extremadamente memorioso, siento que cargo con él como si fuera una parte viva más de mi presente. Hasta diría incluso que soy posesivo con mi pasado. No colecciono objetos en forma indiscriminada (de hecho, destilo bastante indiferencia hacia la mayoría de ellos) pero tengo, sí, una marcada inclinación a conservar determinados testimonios que considero representativos de diferentes etapas de mi vida. Supongo que su tenencia me brinda una especie de seguridad simbólica, la impresión de que soy capaz de impedir que los días que voy viviendo se me escurran así nomás. Impresión, claro está -¿hace falta aclararlo?- que se hace añicos apenas uno se pone los anteojos cínicos de la racionalidad para ver las cosas de este mundo.

* * *

No soy ingenuo; me conozco demasiado. Sabía que no iba a ser fácil encausar mis afanes de melómano virtual en un esquema preestablecido. Hubo, sí, un plan inicial de rastrillaje cibernético que cumplí con admirable prolijidad, y que me permitió completar sucesivamente un compilado de temas de la Bersuit, otro de Divididos y un tercero de Los Piojos. Sin embargo, tanto rigor no tardó en resquebrajarse y, previsiblemente, mis búsquedas terminaron adquiriendo muy pronto un errático matiz de arqueología musical.
Al principio tímida, casi pudorosamente; luego con insaciable voracidad, me lancé a rastrear canciones ligadas a los años ’70, intentando bosquejar con ellas un impreciso mapa emocional de mi infancia. Mi exploración tuvo resultados altamente satisfactorios: reencontré la música de series entrañables -“Baretta”, “Dos tipos audaces”, “El hombre nuclear”-, volví a escuchar a Donna Summer cantando el tema de la película “Abismo”, me conmoví otra vez con el italiano de “Albatros” que clama desesperado “¡Sandraaaaaaa, ti amooooo!” en el final de “Vuelo AZ 504”, y compartí el lamento de Los Brincos porque “Eva María se fue / buscando el sol en la playa”.
Una noche, vaya a saber por qué peregrina razón, me acordé de “Lady in blue”. Me vino a la memoria el remoto episodio de la vidriera y sentí que estaba ante un desafío mayúsculo. ¿Sería posible hallarla? ¿Habría alguien en algún ignorado punto del planeta que tuviera justamente esa canción guardada en su computadora? Sin querer ilusionarme demasiado, escribí las palabras mágicas en el buscador y, para mi gran asombro, en cuestión de segundos no sólo apareció en la pantalla el título de la canción requerida, sino también el nombre olvidado de su intérprete: Joe Dolan. Me pareció estar rozando los límites de lo verosímil. Por supuesto, inicié la descarga de inmediato y, al cabo de unos minutos de exasperante espera, volví a escuchar, después de más de treinta años, aquella melodía pegadiza y la voz algo chillona que la entonaba.
Quedé fascinado. No con la canción en sí (que, como suele suceder en estos casos, ahora no me parece tan bonita), sino por el prodigio de haber podido rescatarla de la nada. Y aunque sé que todo retorno al pasado es fatalmente imperfecto e incompleto, aunque sé que los paraísos perdidos no se recuperan jamás, aunque bien sé que mi pelota de plastico a rayas se extravió para siempre en las aguas de la laguna, en ese momento sentí que, en cierta forma, yo acababa de abrir al fin aquel cajón falso de la cocina.
Y sí, soy un adulto raro; suelo tener pensamientos de esta naturaleza.

PARALELAS

Geometrilandia es una ciudad muy triste. Por disposición de vaya a saber qué poderoso personaje del pasado, las líneas que allí habitan están obligadas a desplegar sus angostas existencias en la misma dirección y en el mismo sentido. Como nadie se atreve a violentar precepto tan celosamente guardado durante años, no es posible hallar en toda la ciudad ningún tipo de figura.
En medio de este aburrido panorama de uniformidad hay, sin embargo, quienes sueñan aún con el día en que las líneas se decidan al fin a dejar de lado tanta rigidez y se entrelacen alegremente unas con otras para formar curvas y quebradas. Si esta gloriosa sublevación llegara alguna vez a acontecer, una multitud feliz de círculos y rombos flotaría gozosa esa mañana sobre las chimeneas. Los hexágonos y los trapecios se hamacarían sonrientes en los árboles, los rectángulos y equiláteros brotarían por doquier y el cielo sería un desparramo fenomenal de curiosas espirales, elegantes elipses y graciosos escalenos. La vida de la ciudad se tornaría incomparablemente más bella.
Pero por el momento semejante alteración de las cosas no es posible. Sea por miedo, ignorancia o conveniencia, la mayoría de las líneas son sumisas y nunca cuestionan su patética rectitud, llevando de este modo gran desconsuelo a las otras, las líneas soñadoras, ésas que en las tardes nubladas lloran en silencio su ingrato destino de eternas paralelas, solitarias infinitas, condenadas a no tocarse jamas.

BUENAS SALENAS CRONOPIO CRONOPIO

Crónicas del Hombre Alto (nº 47)

Estaba anocheciendo, aquel sábado de febrero. Yo acababa de volver de la cancha, contento porque Colón había ganado, cuando la radio interrumpió de pronto su transmisión deportiva para dar paso a un flash de la División Noticias. Ahí me enteré. “Falleció hoy en París, a la edad de 69 años, el escritor argentino Julio Cortázar”, dijo la voz. Eso fue todo. Después, la radio siguió adelante con su previsible rutina de reportajes de vestuario y repetición de goles: Yo, ansioso por sacarme de encima el calor acumulado en la tribuna, me metí en la ducha y no pensé demasiado en el asunto. Eso fue todo, sí. Aquella tarde no supe que Cortázar me había hecho un favor enorme muriéndose antes de que llegara a conocerlo. No supe que su involuntario gesto, tan oportuno, me había evitado la tristeza.
En esos dias, yo andaba poseído por la infinita sed lectora que sólo se puede sentir a los 18 años, pero aún no tenía plena conciencia de lo que significaba la figura de Cortázar, ni de su dimensión gigantesca en el marco de la literatura latinoamericana. A decir verdad, antes de aquella tarde de febrero, sólo registraba en mi memoria dos episodios concretos vinculados a su nombre. Uno era la lectura escolar -en séptimo grado y “Compendio del Alumno” mediante- de un fragmento de “Los venenos”, cuyo efecto más perdurable había consistido en revelarme la existencia de la palabra “tilbury”. El otro, ya en tiempos de la secundaria, era el comentario tendencioso de un profesor de Formación Cívica que lo había involucrado en esa supuesta “campaña antiargentina en el exterior” que los militares del Proceso enarbolaban por entonces con patriótica paranoia. Fuera de eso, nada. Sabía, sí, que estaba radicado en Francia y que su libro más famoso se llamaba “Rayuela”, pero no mucho más.
Fue justamente la catarata de homenajes periodísticos póstumos desatada por su muerte lo que me permitió el primer acercamiento a su vida y a su obra. Poco tiempo después, con la lectura de sus libros, llegaron la admiración, el asombro, la sana envidia, el cariño. Llegó el disfrute inigualable de sus cuentos magistrales. Llegaron el nudo en la garganta al terminar “La autopista del sur”, y los ojos humedecidos al final de “Una flor amarilla”. Y mi enamoramiento hacia un París ya inexistente que me hacía fantasear con la posibilidad de vivir en una buhardilla cercana al Sena, dedicado solamente a escribir. Y el increíble descubrimiento de que, sólo quince años atrás, una generación entera de jovencitas argentinas había soñado con ser la Maga. Y llegó también la necesidad casi compulsiva de devorar entrevistas para conocer qué pensaba, qué sentía, cómo trabajaba ese grandulón con cara de nene que amaba el jazz y el boxeo. Y las épicas búsquedas de naturaleza casi arqueológica en librerías de Buenos Aires, en pos de tesoros improbables como “Deshoras” u “Octaedro” (por aquel entonces, inhallables). Y la gloriosa felicidad de ese mediodía en que, mientras el cielo se derrumbaba sobre Santa Fe en forma de diluvio bíblico, caminé por la peatonal con un ejemplar de “Los premios” recién comprado bajo el brazo, saboreando por anticipado su inminente lectura en la siesta lluviosa. Y llegó aquel casete que traía su voz grave, y ese estremecimiento que provocaba escucharlo pronunciar “Rocamadour, bebé Rocamadour” con la erre afrancesada. Y la foto inmortal de Sara Facio, el retrato inoxidable del mayor de los cronopios. Y la alegría, claro, la inmensa alegría de haberme cruzado en el camino con ese niño grande fascinado por las palabras que, riéndose de la solemnidad ajena, se dedicó a abrir puertas para ir a jugar, y las encontró.
No tiene sentido, me parece, veinticinco años después, incurrir en la melancolía y experimentar con retroactividad el duelo que no viví. Tampoco me interesan demasiado ya los sesudos análisis académicos acerca de sus aportes técnicos y teóricos a la narrativa contemporánea. Prefiero apoyarme en mi perspectiva de lector y recordarlo con la gratitud que sólo puede despertar quien nos ha obsequiado el placer de páginas inolvidables. El mejor homenaje que se le puede rendir, creo, es seguir leyéndolo. Y, por supuesto, continuar siendo unos cronopios irredimibles, eternamente extranjeros en este mundo armado tan pero tan a la medida de los famas.

SOBRE CIERTO ARTE

Todas las noches, un hombre miope sale al patio de su casa y mira hacia el cielo estrellado. La debilidad innata de sus ojos le impide percibir con nitidez el paisaje majestuoso que se extiende sobre él. No obstante, en aquellos débiles fulgores apenas vislumbrados alcanza a intuir la mágica esencia de algún secreto cósmico, y eso lo hace feliz.
Al día siguiente, todavía conmovido por los fragmentos de eternidad que ha logrado capturar, resuelve compartir sus modestos hallazgos con todo aquel que quiera escucharlo. Pero apenas abre la boca frente a algún interesado, descubre con tristeza que, por más que se esfuerce, no acierta a encontrar las frases apropiadas, ni puede tampoco dejar de tartamudear. De su garganta sólo surge, entonces, un parlotear confuso, compuesto de palabras incoherentes, fatalmente imprecisas. Su discurso termina siendo sólo un pálido reflejo de otro palido reflejo.
El frustrante proceso se reitera día a día.
Y sin embargo -he aquí el auténtico misterio- hay gente que al ver pasar al miope tartamudo lo mira con admiración y comenta con gratitud: “ese hombre me ha enseñado lo que son las estrellas”.

NOVIEMBRE DEL ’81

En noviembre del ’81 yo era un adolescente muy flaco, muy miope y muy introvertido. Un solitario de 16 años cuyo rostro aniñado permanecía semioculto detrás de un grueso par de anteojos. Un alumno destacado que veía mucha tele, resolvía crucigramas y encausaba sus dotes musicales sacando canciones de oído en un órgano “FunMachine” .
En noviembre del ’81, si bien manejaba una cantidad considerable de datos sobre el mundo, no sabía casi nada de la vida, aunque a veces sentía que sabía casi todo. Poseía más certidumbres que dudas. Creía en Hollywood y en la revista Gente. No entendía hasta qué punto todo discurso implica necesariamente una manipulación de la realidad. Sobre varias cuestiones pensaba que los malos eran los buenos, y viceversa. No imaginaba que, en apenas un par de años, mis opiniones acerca de unos cuantos temas darían un vuelco de 180 grados.
En noviembre del ’81 mis proyecciones sobre el futuro eran vagas. Las más concretas llegaban sólo hasta el año siguiente. 1982 iba a traer consigo tres acontecimientos relevantes: el final de mi escuela secundaria, el Mundial de España y el viaje de Quinto a Bariloche. Que, cinco meses después, la Argentina entrara en guerra con el Reino Unido, por supuesto, quedaba fuera de cualquier previsión, incluso para alguien fantasioso como yo.
En noviembre del ’81 había empezado ya a formularme algunas inquietudes filosóficas acerca del sentido de mi presencia en este planeta. Pero, más allá de esas primeras reflexiones sobre el ser y la nada, mi gran angustia existencial estaba dada por tener que digerir el reciente descenso de Colón.
En noviembre del ’81 no se pasaba rock nacional por las radios y yo le guardaba un inexplicable recelo a la música cantada en castellano. Estaba a años luz de ciertas voces, ritmos y sonidos que, pocos años más tarde, ayudarían a ampliar mis horizontes auditivos para siempre. Escuchaba a Alan Parsons, Supertramp y Queen… pero también a Abba y a Village People.
En noviembre del ’81 no había visto ninguna película de Woody Allen, “Brazil”, de Terry Gilliam todavía no me había volado la cabeza, y no había experimentado tampoco el nudo en la garganta de cuando la bicicleta de ET levanta vuelo recortada contra la luna. Eso sí, los Superagentes me parecían geniales.
En noviembre del ’81 aún no había descubierto la obra de Cortázar. Ni siquiera había perdido todavía mi virginidad mental leyendo “Sobre héroes y tumbas”. Agotados hacía tiempo los clásicos infantiles (con el maravilloso Julio Verne a la cabeza), mis lecturas de entonces se concentraban en los ovnis y los fenómenos paranormales. Aún ignoraba que los misterios más apasionantes del universo no se hallan fuera del alma humana, sino precisamente en su interior.
En noviembre del ’81, yo no era escritor ni soñaba con serlo. Lejos en el tiempo había quedado mi hábito infantil de garabatear cientos de hojas redactando crónicas de partidos de fútbol, intentando emular el estilo periodístico de la revista “Goles”. Atrás también había quedado mi efímera incursión de los 11 años por la ciencia-ficció n, plasmada en una novelita llamada “Aventuras en las galaxias”, cuya escritura me había proporcionado una apasionante diversión veraniega.
En noviembre del ’81, sin ninguna causa específica que lo justificara, sentí el impulso de poner por escrito alguna de las tantas historias imaginarias que solían poblar mi ajetreado mundo interior. E, influído quizás por la reciente lectura de “Los bufones de Dios”, de Morris West, tomé un bloc borrador y, empuñando una Sylvapen 78 -que aún conservo como reliquia- me largué a escribir una novela plagada de clichés best-selleristas y lenguaje de serie policial de TV, con espías de la CIA y de la KGB enfrentándose en tierras australianas, pugnando por llegar primeros al inhóspito sitio donde ha caído un satélite que, aparentemente, viola los tratados internacionales sobre armamento nuclear.
No recuerdo cuánto tiempo me llevó escribir tamaño engendro, pero estimo que a fin de año la historia (a la que nunca puse título) estaba terminada. Sí recuerdo, en cambio, que me encantó escribirla. Sí recuerdo, también, que ese verano le comenté muy seriamente a mi amigo Patricio que. en adelante. me pondría a escribir cuentos, “porque escribir una novela cansa mucho”.
Nunca, desde entonces, abandoné esta inefable tarea de perseguir infructuosamente fantasmas vestidos con letras. Es cierto, me tomó algunos años descubrir que la de escritor era la condición que mejor definía mi ser esencial, y me tomó algunos más poder asumirlo frente a los otros con naturalidad, pero esto no le quita a noviembre del ’81 su categoría histórica de fecha fundacional.
Veinticinco años después, aún sigo ordenando palabras. Y aunque, en cierto modo, extraño ese irrecuperable candor de los inicios, aunque a esta altura ya no creo que alguna de mis obras vaya a alterar la historia universal de la literatura, aunque la distancia entre el escrito imaginado y el pobre resultado obtenido sea casi siempre abismal, cada vez que estoy terminando de corregir un texto vuelvo a experimentar ese cosquilleo, esa ansiedad. Y, una vez más, siento que es en esos momentos cuando soy más yo que nunca.
Razón más que suficiente, me parece, para dedicarle estas líneas a aquel adolescente que, en noviembre del ’81, empezó a construir mi lugar en el mundo usando tan sólo una birome Sylvapen.

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HEREDERA DE SILENCIOS*

Ella es la Heredera de todos los silencios.
La veo aun, con su vaso vacío,
Sorbiendo lentamente algo que parece escarcha.
El verano pasa como un potro de fuego.
El insomnio la acecha. La vigila.
Esa vieja costumbre de llorar dormida.

Pensar que le gustaba caminar con la lluvia.
Ofrecer su rosa en destruidos desvanes.
Ahora solo tiene el silencio.
No habla. No le hablan.
Solo las cucarachas murmuran.
También los muertos, mas, no entiende el morado.

Y se va por los bares hasta que todos cierran.
Y vuelve, y cuenta, uno a uno sus pasos.
Y bebe. Bebe todos los silencios.
Vacía lentamente la copa.
Allí en el fondo una boca extranjera habla.
Tiernamente le habla…y la besa.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA MÁQUINA DE LO IMPOSIBLE….

LA ABEJA DE MIGUEL HERNANDEZ*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

En aquellas tardes lejanas de lo que se trataba era del silencio.
El silencio supo escribir Miguel Hernández, que se paraba en el vuelo suspendido de una abeja.
Era más que nada y sobre todo en los veranos, cuando íbamos por los callejones hacia aquellos numerosos espejos de agua que llamabamos cañadas: del bajo Vollenweider, de Compañy, del Noventa o el Veintidós ya en el campo Maldonado, o la más grande y casi mítica laguna de Insaurralde que en verdad conocí hace cuatro o cinco años pero de la que oí hablar toda mi vida.
Del silencio de las siestas en los veranos del campo ya me hablaba mi padre cuando en su relato entraba ese callejón lejano más allá de Burki que nunca conocí y su paso breve y cansino con “el alambre” como llamaba a las boleadoras donde le ponía un par de puntas de plomo y en sus manos y en la de hermanos
–es decir mis tíos- llegaban a ser muy peligrosas.
De ese tiempo recuerdo sus palabras que siempre me hablaban del silencio del campo, que nunca es silencio porque si uno sabe escuchar puede sentir zumbar ese abejorro que a él lo perseguía por kilómetros, porque pienso -ahora que él no está- que yo heredé ese zumbido y también lo recuerdo taladrando imperceptible, mis oídos. Es como decir que a mí no me bastan mis recuerdos sino que rememoro sobre el relato de los otros, en este caso mi padre, que era un gran narrador oral y tenía una minuciosa memoria que como una máquina podía poner a funcionar en cualquier momento que estuviese de buen humor, porque a veces pasaba días enteros sumido en una hosquedad cuyo origen se llevó a la tumba porque a nosotros nunca nos dejó entrar allí. Ni a mi madre, por caso, que tenía más derecho que nosotros.
Nosotros, digo ahora, la barrita que formábamos mis amigos y yo, cuando hacíamos las incursiones a los cañadones tratábamos de no alejarnos mucho. Pocas veces hacia el camino al Matadero nuevo, nunca por el del Beto Delmaschio o el de Vollenweider. En general tomábamos el camino a Maldonado pero no pasábamos de la tapera del ruso Bay, justo enfrente de la cañada de Compañy. Muy de vez en cuando iniciábamos el trote parejo por el Camino del Diablo, como quien dice Paco Aguiar, Ramón Camiscia, la familia Zampelungue o el puesto de los Pichio. Pero nosotros nos dábamos por hechos con incursionar por ese camino cuya primer parada era la tapera de Bay donde intentábamos matar esas huidizas iguanas, o las lagartijas eléctricas con nuestra temibles gomeras arrojadoras de recortes de acero o piedras distraídas de una obra en construcción o en su defecto algunos proyectiles que hacíamos con un pedazo de ladrillo, luego de romper pacientemente con el martillo.
A ese camino que nosotros llamábamos el de Maldonado porque por allí se iba a la estancia del mismo nombre, o simplemente “a la tapera de Bay” y que las generaciones actuales bautizaron “El camino de los Tamariscos”, porque el ruso Bay había plantado algunos de estos árboles, que nosotros vimos jóvenes pero hoy se ven desde la ruta como un pequeño montecito, que ya tendré que inspeccionar desde más cerca porque el recuerdo que tengo de esa casa es su techo derruido y las paredes con agujeros por donde salían y entraban las alimañas a refugiarse allí de nuestras depredaciones. No he querido volver allí porque temo que ese lugar se haya agrandado en el recuerdo y no valga la pena confrontar con la agigantada memoria.
De los veranos también recuerdo cuando a don Manuel Gómez, que tenía un gallito de veleta en el techo, se le escapaba el canario y toda la pibada del barrio le ayudábamos a cazarlo. Corríamos con unos precarios baldes de lata llenos de agua. Nunca supe por qué había que tirarles agua a los canarios. ¿Para inmovilizarlos, tal vez? Es lo que recuerdo. También que era muy raro que se nos escapara aunque tuviéramos que treparnos a ese inmenso eucalipto con hojas plateadas que llamábamos “medicinal” porque todo el barrio iba a pedirle ramas que nuestras madres hervían y nos hacía aspirar ese vaho para curarnos los resfríos.
Hace poco lo mataron. Lo tiraron abajo. Algunos de los que éramos chicos entonces fuimos a pedir alguna rama para guardar como recuerdo.
Por esas cosas maravillosamente raras de este oficio, noto que hoy puedo relacionar el silencio que el abejorro de mi padre quebraba como un vidrio inmenso y frágil, y el propio silencio en nuestras andanzas por el campo que recuerdo y la abeja detenida del poema de Miguel Hernández que es todo silencio y todo poesía y hoy domina sobre todos los recuerdos.

RETAZOS DE LLUVIA*

I

El día se transforma
en la espera de la noche
porque allí soy dueña
de todos mis espacios.
Y vuelo, me sumerjo
en vaivenes utópicos
y nada me reprime.
nada me desborda.
Soy libre en mis sueños,
nadie vomita críticas
y tengo el universo entero
dentro de mis permisos
porque abro todas las ventanas
y dejo entrar al universo…
Soy dueña de la magia
de copiar los pentagramas
que entre estrellas y astros
se forman en el cielo.

II

Busco en mis recuerdos
las estampas perdidas
en el tiempo
y te veo, Nodriza, sin palabras
ofrecerme ternura
sólo con gestos.
Recibo el sol en mi piel
hecho caricia
sin lastimarme,
resbalando como la lluvia
cuando sola caminaba
por mi senda.
Siempre me veo sola
transitando la vida
pero aún no arribé
a mi mágico puerto.

III

Dialogo con fantasmas
que habitan el mundo del después.
Son en mis horas
perlas engarzadas a lo lejos.
Busco sus sonrisas
y me visto de alegría con sus guiños.
Puedo llegar a verte,
dulce Ama, que vuelves a escucharme
y me contagias tu fuerza
para seguir caminando
aún en soledad.

IV

Ama, mi piel es mármol
aterido de frío.
He quedado huérfana de caricias
expuesta al exterminio,
abandonada en mi alcoba
donde los leños que ardían
se extinguieron.
Tanteo sombras como recuerdos
tan lejanos que se evaporan
sin servir de consuelo.
Se que me esperas, Ama,
con la cena caliente,
con el abrazo tibio
y con esa sonrisa de aceptación
que me elevaba a reina.

V

Ya no hay golondrinas
que anuncien primaveras,
sus rutas fueron borradas
con prodigioso esmero;
no sé si fue el sol
que confundió sus turnos
o el sello del hombre
que entrelazó los vientos
o las sendas del aire
que fueron tapiadas
para confundirnos
y alterar los tiempos.
Perdimos las golondrinas,
las primaveras se anularon,
el último adiós se enfrió
dentro del reloj de arena.

VI

Intento perdonarme
por mi torrente de ira
que sale por mi piel
como avalancha
sin cordura ni –paz.
Intento serenar mi espíritu,
cantarle nanas al alma
para que dormite
sobre lecho de plumas
y sin dolor.
Intento reprimir lágrimas
que forman ríos de impotencia
y se lanzan ladera abajo
derribando obstáculos
sin matar al mal.
Intento… sólo intento
y culmino desprovista
de las ilusiones mágicas
que en mi mente crecían
para poder luchar.

*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar

Recuerdo*

Que cuando nació mi chiquilín, a la hora del atardecer comenzaba a llorar y no se calmaba. Un día una amiga al comentarle mi preocupación me dijo que los bebes lloraban en ese tiempo porque era las hora de las brujas. Conforme me quedé con esa explicación y a través de mi experiencia pude consolarlo y quedarme más tranquila.

La hora de las brujas es un momento por el que he pasado tantas veces… es un período de soledad y de reencuentro con uno mismo, la cotidianeidad pesa.
Es la confluencia de estar sintiendo que necesito de alguien con quien hablar, aunque sea con un ser que ya no está aquí, sino lejos muy lejos. No es un momento grato, en él persisten sensaciones de inquietud, de desamparo, de que las cosas no salen como un quisiera.
Pueden aparecer ingredientes saborizados de reproches y culpas inscriptas en letras punzantes que taladran los por qué.

La otra tarde estaba compartiendo unos mates con otra compañera y de pronto empezó a relatarme que a esa hora, donde el sol comienza a caer sentía una sensación de querer estar en compañía, pues no soportaba el duelo. Su marido, un hermano del alma se ha ido al principio del verano. Ha sellado un hermoso recuerdo para ella: su esposa, su familia y todos los que lo sentimos como un verdadero caballero de la amistad.

La charla se interrumpió, pero en mi quedó nadando nuevamente ese periodo de tiempo. En el que se hunden el optimismo entre arenas movedizas y la oscuridad del dolor derrama en lágrimas. A veces hasta no es posible suspirar por el ahogo de las perdidas y el corazón se halla comprimiendo sus latidos.
Recuerdo que le dije que me llamara cuando se encontrara allí…
Con un sentimiento de solidaridad y contención.

La hora de las brujas me ha tomado tantas veces a traición como en las más terribles películas de terror. Tan es así, que me ha convertido en una guerrera ante sus embates.
En esos instantes de una insoportable levedad, he aprendido a combatirla. Y por qué no a conquistarla o derrotarla.

Mi receta es muy dúctil y liviana, quizás a otros pueda servirle.

Comienzo a escribir guiada por la intuición, dejo que las palabras surjan sin renunciar a ninguna aunque parezca problemática o distante.
Allí en ese cielo azulino de materiales inconclusos y fuertemente cargado de afectos, una pluma blanca recubre mis manos guiándolas para que vuelen los vocablos hacia el horizonte. El viento autoriza a unir las frases en grupos, el mar se lleva sensaciones cabalgando sobre sus orillas.
El silencio se hace presente en una vasija con agua fresca para beber en la pausa.

Y así fue trascurriendo ese horario que de ser temido ha pasado a ser un compañero de plenitud.
La realidad de las letras, el lenguaje escrito se transforman en ideas cambiantes.
En ese ciclo de la ambigüedad el sol tiñe mis enunciados de un notable calor naranja.
Con una fuerza potente, mi figura comienza a irradiar energía. Son las mismas palabras que ubicadas en otros sitios rejuvenecen mi silueta, convierten ese instante inerte en un espacio para encontrarme frente a frente y ser azuladamente libre.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.

Paiva, voces entre rieles*

*Por Florencia Scholnik.

“En sí mismo, el tren no era gran cosa, no era más que una máquina. pero eso es lo genial. No era una máquina que hacía lo que mil hombres podrían hacer.
Una máquina que hacía lo que nunca había existido. La máquina de lo imposible.”
Alessandro Baricco, Tierras de Cristal

Laguna Paiva o simplemente Paiva, ubicada a 40 kilómetros de la capital santafecina, supo ser una ciudad esencialmente ferroviaria. La mayor parte de su población estuvo abocada a las tareas del ferrocarril, ya en la reparación de coches, ya en la fabricación de piezas o el cuidado de las vías, el mantenimiento de la estación.
Laguna Paiva, también conocida como “Ciudad del Riel” se vio profundamente afectada por la privatización del Belgrano, cuyas vías la atravesaban como arterias, otorgándole trabajo e, incluso, una identidad. El cierre de los talleres, y el decaimiento hasta la desaparición casi total de la actividad,
generó una situación de grave descomposición social.
Paiva sufrió una devastación, lenta pero sostenida, demoledora. Trataré de reconstruir ese fenómeno a partir de relatos, de las voces de los protagonistas, que irán sumándose como piezas de un rompecabezas hasta permitirnos una panorámica del cataclismo, desde la perspectiva de la memoria colectiva. Podríamos pensar a Paiva como una comunidad imaginada en la cual sus miembros poseen olvidos y recuerdos comunes, elementos compartidos que les permiten sentirse partícipes de un todo mayor, y no de una ciudad destrozada por el ferrocarril.
En las entrevistas realizadas a distintos miembros de la sociedad Paivense, empleados municipales, ex ferroviarios, sus esposas, comerciantes varios, hay ciertos temas que se repiten. El lugar del Estado como fuerza motora principal de la economía, la salud y educación; la definición del perfil ferroviario de la ciudad, la identidad y ciertos acontecimientos que funcionan como hitos memorables.
En todas las entrevistas agrupadas bajo la constante del papel del Estado encontramos una fuerte concepción asociada con el Estado de tipo keynesiano.
Para todos los entrevistados el Estado es el encargado de garantizar y representar las necesidades de sus habitantes: salud, educación, trabajo.

“Acá la gente empezaba a trabajar muy joven, de adolescente y estaba la escuela de Artes y Oficios que de ahí, iban directo a trabajar al ferrocarril”… (Empleada Municipal)

“Empecé de aprendiz a los diecisiete, por unos convenios que había entre la que era, en ese entonces, la Comisión de Aprendizaje y Orientación Profesional, de la que dependían todas las escuelas – fábrica. Había un convenio por el que los quince mejores promedios, de acuerdo a las especialidades -había mecánicos, electricistas, carpinteros, algún herrero-, y entrábamos como aprendices. Hacíamos un ciclo de dos años de práctica en el taller, nos pagaban el sueldo de aprendices y luego rendíamos un examen
y, si lo aprobábamos quedábamos como aprendices con curso terminado, fuera de dotación, a la espera de que fueran surgiendo vacantes. De ahí íbamos tomado las categorías de oficiales, especialistas, hacíamos la carrera”. (Ex trabajador ferroviario)

“Entonces yo salía del servicio militar y. ¿qué hacemos? dice papá. Mirá dice, si te podés conseguir un trabajo por ahí, porque para nosotros tres ahora, es mucho, y. entonces le digo voy a tratar de rendir para aspirante de conductor de vapor, de la máquina del ferrocarril, porque tenía un compañero que había ido a la escuela junto, y ya había entrado de aspirante, y había entrado de aspirante acá en Paiva y ganaba bien, entonces yo me entusiasmé” (Ex Ferroviario)

En El imperialismo etapa superior del capitalismo de Lenin se plantea claramente la afinidad entre capitalismo y ferrocarril “Los ferrocarriles son el resumen de las industrias capitalistas fundamentales, el carbón, el hierro y el acero; el resumen y el índice más notorio del desarrollo del comercio mundial y de la civilización democráticoburguesa.”
El interrogante se plantea cuando esta correspondencia entre el modo de producción y la máquina se distancian: ¿Dónde quedan y qué les queda a todos aquellos que supieron ser explotados?¿Cuál es la respuesta cuando aquella empresa, que el propio Lenin cataloga de opresora, abandona el juego?
Nosotros como los habitantes de Paiva, la conocemos. Conocemos el destino de los ferrocarriles, de sus trabajadores, como así también la actitud que tomó el estado frente a ellos.

De aquel Estado intervencionista, “entrometido” en la formación de mano de obra calificada fueron quedando sólo vestigios, debido a la lenta pero sostenida implementación de políticas liberales, a mediados de la década del 70 y neoliberales en los 90.
“.porque hubo mucho, mucho intento de cerrar las puertas del ferrocarril acá, se venía y. de la época de. de Onganía por ahí, por ahí en el se. si. se venía se venía con intento de cerrar, y después a lo último lo vino a cerrar Menem. pero de anterior a Menem claro porque en esa huelga que. que fue ya. fue con gente. corrió hasta sangre porque hubo gente baliada. Y después ya (…..) volvieron a marchar los ferrocarriles, los trenes todo, como era. Pero después en el noventa vino, ahí vino ya. cerrojo
por completo.” (Ex empleado del ferrocarril).

“. y en el setenta (laguna, bache, en general los entrevistados que nos tocaron, no han hablado de los 70), bueno, ahí, ahí, ahí se trabajaba en el setenta, en fin. se trabajaba. en el ferrocarril, o sea acá en los
talleres. trabajaban normalmente pero cuando llego ya. por allá en el. a fin de siglo, no cierto, el noventa, ahí ya se empezó. ir a menos hasta que después se cerró por completo, ahí no pasa nada, se cerró, esta como está hoy, esta. hoy está peor que aquella época porque. acá teníamos una planta de oxigeno que podía abastecer toda la provincia de Santa Fe, y queda nada más que los techos y las paredes. el transporte, el transporte, ¿cuánto más barato es el transporte por ferrocarril al del transporte por ruta? Hay mucha diferencia.” (Ex empleado del ferrocarril).

Con estos relatos comprendemos la devastación producida por las políticas de privatización llevadas a cabo lentamente en las últimas décadas del siglo XX, y expresadas en su máximo esplendor en la década del 90, en la que se las dotó de un discurso según el cual la idea de mayor productividad era, y sigue siendo, asociada a la menor contratación de fuerza de trabajo.
Produciendo almas perdidas dentro del sistema laboral, en tanto invisibles en su condición de ser explotados.

“De pronto, familias que venían más o menos bien educando a sus hijos, de pronto estaban es esos Planes Trabajar, más bien humillados, porque estaban acostumbrados a poner su esfuerzo en el trabajo y cobrar su sueldo. Todos esto fenómenos se notaron muchísimo”. (Ex trabajador ferroviario)

Espejismo y discurso. Los inadaptados.

En ese desplazamiento en el que los grandes capitales privados vienen a subrogar al Estado en el cumplimiento de sus cometidos, se instala una lógica perversa en donde los incompatibles son los hombres que no se reacomodan a las “nuevas” condiciones del mercado. El desarrollo económico en manos privadas sólo admite a quienes “se adaptan”; los que no están suficientemente preparados para la nueva modalidad, los irresponsables, no son las empresas, sino los individuos. “Es la relación capitalista la que
sólo los trata [a los hombres] como portadores de funciones económicas y nada más. (.) tratar a los individuos como simples portadores de funciones económicas no carece de consecuencias para los individuos. (.) Tratar a los individuos como portadores de funciones intercambiables, equivale a (.)
determinarlos, marcarlos de una manera irreductible en su carne y en su vida. ”

“El 90%. nosotros hicimos el mea culpa: nacimos estatalmente, vivíamos del Estado, cosa que nunca se nos ocurrió decir, che, por qué no empezamos a hacer alguna cosa que no tenga nada que ver con el Estado por las dudas”.
(Ex ferroviario)

“Pero creo que los responsables somos nosotros. Y me hago cargo. Nosotros que éramos los principales interesados en conservar esta fuente de trabajo no la supimos defender. No salimos a defenderlo”. (Ex empleado ferroviario)

“Acá [en el ’91] no hubo huelga, porque, pareciera que todo el mundo [estaba] resignado de que las cosas tenían que ser así. Yo no sé si tanto nos metieron que los ferrocarriles una vez privatizados iba a ser una joya, y acá vemos en diez años o más de diez años, que siguen tan desastre o peor que cuando era estatal, y aparte pagaban lo mismo y mantenían mucha gente”…
(Ex ferroviario)

“En el 93 o 94, lamentablemente se cerró. Venían amenazando, porque ya en los 70 se decía que iba a cerrar y como esto es la razón de ser y la identidad, sobre todo de una población, no se puede creer que el único sostén de todo eso, la principal fuente de trabajo se cierre… no se puede creer, entonces nunca se creía… pero llegó en momento en que sucedió”. (Ex ferroviario)

El discurso predominante que homologaba lo estatal con lo inservible y desechable fue incorporado por los empleados del ferrocarril, en este caso, tal como se lo enunciaba desde el gobierno, esa famosa capacidad de resignificación se produce, tal como lo enuncia un ex trabajador a continuación, con el paso del tiempo:

“Creo que ha habido un lavado de cerebro, nos han metido eso de que la industria privada iba a ser mejor y que el ferrocarril no sirve, tiene déficit, que lo pagamos todos, que con ese déficit se podrían hacer tantos hospitales, etc. No sé si han estado en contacto con APDFA”… (Ex trabajador del ferrocarril)

“Acá en Paiva se absorbió todo el discurso de Argentina ‘primer mundo’ la idea que a cada uno la indemnización era de 30.000 o 40.000 pesos-dólares. se imaginan que sensación de exitismo, de fantasía en la localidad. en Paiva no hubo resistencia en los 90 porque la resistencia la llevó adelante los
grupos comunistas que son combativos por naturaleza y generaba en el resto de la población incertidumbre de decir: ¿Dónde estoy parado?…la sensación entonces se genera la cooperativa y s indemniza a todos los ferroviarios y el negocio automotor y el de electrodomésticos funcionaban a pleno y las indemnizaciones se licuaron en un año y el más visionario empezó a especular y se puso el traje de financiero haciendo depósitos”. (Comerciante de la zona)

En lo referido a la capacidad del Estado de asistir a los desempleados, también dejó de ser conveniente.

“El ferrocarril tenía noventa mil empleados, que en cierto modo era una solución a la desocupación también, ¿no? Sí, a lo mejor, donde tenía que haber uno había dos pero, por lo menos, la gente trabajaba. Ahora es peor porque se tiene que pagar planes sociales, se llamen Jefes y jefas de hogar
o Trabajar, y en muchos casos para no prestar ningún servicio”. (Ex trabajador del ferrocarril)

Este quedarse huérfano de actividad laboral que sufrieron grandes grupos es vivido por los paivenses como una metamorfosis social en tanto surgimiento de figuras sociales nuevas y lamentablemente permanentes:

“Laguna Paiva quedó con todo ese tejido social que sostener, y también está el tejido que sostiene a las instituciones, que está conformado por gente desocupada, gente de los Planes Jefas de Hogar”. (Ama de casa)

“… se estaba perdiendo la dignidad de la gente, y a eso se le suma la falta de trabajo, los Planes Trabajar, las mujeres barriendo las calles… todo eso es una transformación muy grande, y acá en una ciudad chica se nota más, porque nos conocemos todos”. (Empleada municipal)

Además existen transformaciones en otros aspectos de la vida cotidiana, como puede ser en el plano familiar, la desarticulación entre la herencia de la profesión y el futuro laboral. En este sentido entra en escena la memoria generacional entendida como algo que abarca mucho más que la familia: “Es la
conciencia de ser los continuadores de nuestros predecesores. (.) del peso de las generaciones anteriores es manifiesta en expresiones de fuerte carga identitaria”

“Todos llevamos muy adentro al ferrocarril en Laguna Paiva porque se viene transmitiendo de generación en generación. En mi caso, mi padre fue ferroviario, mis hermanos han seguido el mismo camino. Y con la idea de que esto siga, que el día de mañana mis hijos, como los hijos de mis compañeros,
también sigan este camino”. (Empleado del ferrocarril)

“Aparte, mi papá había sido ferroviario, no trabajó en los talleres porque era maquinista, pero tenía tíos, primos, parientes, vecinos que eran todos ferroviarios”. (Ex trabajador del ferroviario)

“Yo no llegué a trabajar en el ferrocarril porque soy joven. Mi viejo, mi abuelo, mis tíos ellos están jubilados y otros quedaron fuera, como mis tíos .ellos hacen changas. algunos tienen el Plan”. (Trabajador de la construcción)

El eje central que ocupa el trabajo como organizador de la sociedad, como constructor de valores y sentidos, es un factor que todos consideran fundamental a la hora de sentirse miembros de su comunidad. Esto queda evidenciado en las propias familias paivenses, para las que “el legado ferroviario” se vio quebrantado

“Lo que pasa es que hasta le quitaron eso al padre, ahora dice trata de no ser ferroviario mirá lo que me hicieron a mí, 35 años en la empresa a ver si te pasa lo mismo, buscá otra cosa”. (Trabajador de la construcción)

“Estimular a los chicos hoy cuesta horrores. Buscan lo más fácil. Hay dos cárceles cerca y los chicos apuntan a terminar el secundario y hacerse policía o guardiacárcel. Incluso los profesionales, con carreras universitarias, se tiran al escalafón de oficiales. La población de Paiva es media envejecida, porque toda la gente que salió del ferrocarril se puso su kiosquito, su almacén, para hacer lo que se puede. Y los adolescentes que pudieron se fueron a estudiar afuera”. (Docente)

En tanto el trabajo se “flexibiliza” y las viejas estructuras se modifican, la ocupación como formador de identidad, se desvanece. Quedan individuos destrozados, sin trabajo, sin ferrocarril, desaparece ese lazo invisible que ataba a cada habitante de Paiva que, así, quedó sin su razón de ser. Sus habitantes quedaron sin su actividad, ergo, sin identidad. Lo único que se escucha es el mero recuerdo.

“.y La Fraternidad se mantiene, ya no como comisión ejecutiva sino como delegación, porque al no tener personal activo, pasa a ser delegación, se trabaja con un delegado titular y uno suplente. Yo tuve la mala suerte que el otro periodo anterior se me falleció el suplente, ahora que iba a tenerlo de suplente también, me fallece también, y ya inicié yo por cuatro años (risas) como titular. Y La Fraternidad se mantiene, la delegación ahora, le dan por gastos seccional $60 cada seis meses. Con $60 no me alcanzaría ni para pagar la luz ni el agua.”

Ciudad dormitorio

El cerramiento de los talleres no provoco únicamente frustración y desamparo, sino conllevó también a una sensación de soledad.

“Empezó a haber un problema social muy, muy grande. Nos fuimos transformando en lo que es hoy, una ciudad dormitorio. Los que tienen propiedades acá por más hayan conseguido trabajo en Santa Fe no pueden vender acá y comprar allá, porque no compran nada, alquilar es lo mismo. Una serie de cosas que
hacen que vos viajes, son 40 km., viajas una hora y media antes y una hora y media después. Y si te ponés a pensar qué es lo que hay, son los jubilados, que quedan muy pocos porque van falleciendo; maestras, policías, guardiacárceles. No se hace nada para tratar de revertirlo”. (Docente)

“Ayer charlábamos que no se percibe del todo que pasa con la generación posterior. Porque los pibes tienen que haber absorbido ese discurso del orgullo de ser ferroviario, pero llegan a los 18 años y no hay ferrocarril donde trabajar. El quiebre tiene que ser muy grave, me parece”. (Comerciante de la zona)

Así, con el cerramiento de los talleres, se hizo tangible, palpable, lo que flotaba en el aire: Paiva perdió lo que hacía de ella un lugar en el mundo, un destino; “se van de Paiva porque en ella no queda nada.”, salvo su todo pero no es suficiente para vivir, así. Lo que les queda es el recuerdo de ellos mismos.
El transcurso del tiempo es un tema que aparece en algunas reflexiones “Las representaciones del tiempo varían según las sociedades y, también, dentro de una misma sociedad (.) El tiempo puede percibirse de manera cíclica, reversible o continua y lineal, y cada una de estas representaciones
constituye el fundamento del modo de búsqueda de la memoria”

En el caso de Paiva, se trata siempre de un tiempo material, ligado a una actividad concreta, por eso no importa el tiempo verbal de la expresión de los relatos (presente, pasado o futuro) pues la percepción está inexorablemente amarrada a aquella actividad pretérita y ferroviaria.

“En general, si no mejora la cosa, tampoco mejora acá. En Rosario han recuperado mucho, pero es un polo muy industrial, siempre lo tuvo. Santa Fe no, en su momento tuvo la Fiat, tuvo la ¿?, tuvo la Bahco, tuvo la Siderar que fabricaba tornos, tuvo ¿? Que hacía aparatos para la industria lechera, pero después se paró. Siderar desapareció, ¿? [la segunda] también, Bahco restringida sigue. Paiva nunca tuvo una industria fuerte, siempre se usó en economía el ferrocarril”. (Comerciante de la zona)

El tejido social se entramó en base al trabajo, no sólo como actividad genérica sino como formador de identidad. Ser ferroviario fue sinónimo de esfuerzo, de dignidad. En ello residió el orgullo, de sí mismo y de su país.
Esa trama tendida al costado de las vías, quedó deshilachada por el cierre de los talleres ferroviarios. Los paivenses continúan pensándose como miembros de una entidad que supo ser colectiva y que hoy, crisis de por medio, perdió aquella mítica unidad. No obstante, el contar durante las entrevistas, recordar la actividad febril de antaño, el ferrocarril y los talleres, les permiten una suerte de unión momentánea, no en lo concreto (porque no es suficiente el recuerdo), pero sí en lo simbólico. Lo que
necesariamente viene ligado al recuerdo es, de inmediato, la ausencia de un eje promotor de actividad laboral.
Es innegable la supervivencia (mera y penosa) de todos los pueblos ferroviarios que subsisten luego del cierre de los distintos ramales, estaciones, talleres. Quedaron allí hombres y mujeres sin ocupación,
quedaron máquinas en suspenso, desheredados adolescentes y niños, gente sin un futuro laboral, es decir, sin futuro, quedaron comunidades espectrales, fantasmas sin riel.
El recuerdo de la época de oro de Laguna Paiva es productivo en tanto que enlaza a sus habitantes, pero es también negativo en tanto los paraliza. Así cuando escuchamos sus palabras notamos que “(.) cómo en cada ocasión el pasado que se resiste al futuro se mortifica perdidamente con tal de continuar poseyendo el presente aunque sea con el tiempo caduco, obstinado y obtuso.”

La huelga

Hay un hecho altamente significativo en la historia del pueblo: la huelga ferroviaria de 1961.
Sin embargo retomamos las distinciones entre memoria e historia desarrolladas por Joel Candau en donde “la historia apunta a aclarar lo mejor posible el pasado, la memoria busca, más bien instaurarlo,
instauración inmanente al acto de memorización. La historia busca revelar las formas del pasado, la memoria las modela (.). La preocupación de la primera es poner orden, la segunda está travesada por el desorden de la pasión, de las emociones y de los afectos.”

En los relatos escuchados se asoman estos dos elementos: hechos concretos y sentimientos. Sin embargo, el uso y la reutilización de la memoria parecen borrar el límite entre lo acontecido y el significado del acontecimiento.
Pero esto no es, a nuestro entender, lo importante; lo relevante es cómo esta situación, de quienes vivieron en una ciudad de apogeo ferroviario, y otra, que únicamente conoce las ruinas de lo que supo ser, continúa entrelazando a los paivenses.
Hablan los entrevistados, y describen lo acontecido en la huelga; aunque con algunas diferencias y distintos grados de participación, todos se sienten atravesados y partícipes del hecho:

“Una resistencia única a la destrucción de los ferrocarriles que quería hacer Frondizi. Duró 42 días la huelga. Cuando ya querían aflojar algunos ferroviarios -algunos habían trabajado toda la huelga y otros a mitad de la huelga, escondiéndose para que no les hicieran algo a ellos o a la familia-, pero ahí fue cuando en Rufino, pasa un tren manejado por un carnero o un policía por un paso a nivel, para tratar de romper la huelga. Un conductor o un foguista con otro compañero le gritaba de abajo a los tipos que iban conduciendo el tren, y de ahí le manda un tiro la policía que le pega en el pecho y lo mata. Ahí se encendió la pólvora, pero la pólvora grande se encendió acá en Laguna Paiva, donde reaccionó otra vez las ganas de luchar, a la gente que estaba medio desanimada. Acá empezó fiando el comercio, pero en cierto punto no aguantaba más tampoco. En una de esas perdían todo lo que habían fiado, pero se la aguantó. Largan un tren de Santa Fe con un vagón de carga. Avisan acá que había salido de allá, entonces e amontonan todos en las vías para no dejarlo pasar… Entonces pensamos que venía custodiado con
la policía, había que tener cuidado. De un poco más allá de la estación venía el tren, conducido por un ferroviario que había sido exonerado -de paso, era un alcohólico-, bueno a ese tipo lo compran para que conduzca el tren. Todo lleno de policías el tren. Pasa y hay que hacerse a un lado” (Ex trabajador del ferrocarril).

“. si yo en el 61 vivía, no que vivía, yo había ido a visitar a mis padres en el 29 y estábamos escuchando en la radio por LT10, que había ido un tren de esos que querían romper huelga que querían pasar a San Cristóbal, y acá lo pararon le cruzaron durmientes y le prendieron fuego, y allá se veía la humareda, en el 29, son 12kms”. (Ex Empleado ferroviario)

“. en la huelga del 61, conflictos que hubo, como le estuve diciendo, eso que prendieron fuego los vagones, y rompieron todas las palancas de los ladines y dieron vuelta dos o tres vagones, los dieron vuelta y los tumbaron en la vía, y.ahh, y después el tiro que le pegaron al compañero Oliva y Gómez”. (Ex Empleado ferroviario)

“Ese día que venía el tren era a la hora de la siesta, la tranquila siesta pueblerina, entonces venía tocando pito, haciendo señas, avisando ¿no? Un grupo de mujeres, muy bravas y luchadoras -en realidad no eran luchadoras históricas, sino que lo descubrieron ahí- que vivían cerca de las vías dijeron “por acá no va a pasar”, se lanzaron a la vía, se llamaban entre las vecinas, fueron a las vías y había una pila de durmientes por ahí y comenzaron a levantar esos durmientes pesados y los atravesaron en las vías… y el tren tuvo que parar. Lo mismo hicieron del lado de atrás del tren, de manera que el tren quedó en una trampa. Hubo tiros y hubo dos muertos. No recuerdo si uno murió enseguida. Fíjense que acto heroico el de las mujeres… cuando se desataron las mujeres, se sumaron los hombres que estaban por ahí, todos se lanzaron a las vías y ahí fue donde hubo el tiroteo, ya que venía con gendarmes el tren, porque quienes custodian el patrimonio es la gendarmería y también la policía local tuvo que tomar parte… no sé qué música tocaría el comisario de turno… no sé”. (Ama de casa)

“. yo acá tuve un grupo, bueno el grupo era. no era siempre la misma cantidad, a lo mejor muchas veces había 7 u 8 como había 25 o 30. allá en el campo, en un terreno que yo tengo, allá tenía como una. un refugio teníamos allá. El refugio estaba hecho. habíamos hecho, en los mismos espacios donde yo explotaba la arena, quedaban como casamata, y bueno entonces ahí le poníamos varas de sauce y una lona, eso estaba cubierto, era el techo y abajo en la parte.donde estaba el pozo hundido -no había agua nada, era toda tierra- ahí dormían. Estaban adentro de una casamata (o cajamata) yo le decía, tipo del ejército, o vizcacheras le llamábamos también, igual me tuvieron. muchos días. y la mantención yo se la llevaba. venia a Paiva a repartir los pedidos de arena y llevaba la carne, los alimentos para allá”.
(Trabajador agrario)

En las entrevistas emergía la emoción; como grupo nos sentíamos interpelados por y hacia estas sensaciones. A través de sucesos y pequeñas anécdotas, los habitantes de Paiva nos narraron su historia y con sus palabras construyeron y reconstruyeron una comunidad arrasada. Es tal vez allí, en el propio
discurso, donde se encuentran los lazos que permiten y posibilitan pensar nuevamente en un futuro para Paiva
“.descontando el perfil ferroviario, creo que lo mejor que tiene Paiva son las escuelas y la biblioteca..en el corto plazo se puede potenciar la educación y tratar de insertar a los chicos en fábricas.creo que el perfil de Paiva en tres o cuatro años es hacer una ciudad cultural. hacer alguna facultad.” (Empleada municipal).
El relato de los entrevistados recrea una idea del pasado, que actúa como memoria cohesionadora, como elemento pedagógico transmisible. Ello sucede con el Día del Ferroviario, evento conmemorativo en la ciudad que dejó de ser celebrado en el año 1992, cuando no hubo más motivos para festejar:

“.y bueno, se dejó de hacer, desde el 92. Anteriormente, sí, yo soy el ferroviario de bronce.y bueno.por mejor compañero, por la trayectoria. 20 años de servicio.y usted lo ve.en la estación no hay nada. no tenemos nada”.
(Ex Empleado ferroviario)

Cabría preguntarse por qué lucen decadentes, abandonados, la plaza, la estatua, el vagón, si estos elementos son concreciones de los relatos de ese pasado “lejano y dorado”. Justamente esta contradicción este recordar y la necesidad de olvidar, es aquello que los paivenses nos trasmiten una y otra vez. Somos conscientes que es por medio de reelaboraciones del pasado como el hombre construye mitos, creencias y los traslada al presente desde distintos estados de ánimo. Si hay un sentimiento que se transmite y por el cual nos vimos afectados ese es la nostalgia que gobierna las entrevistas, y
la impotencia, agazapada detrás de cada recuerdo.

“..sobre todo que acá hay una identidad ferroviaria, es como un espíritu sin cuerpo. está en el aire y hay una sensación en los jóvenes que si seguimos pensando en el ferrocarril no vamos a salir nunca de esa encrucijada. hay que borrar, no negar la historia, simplemente encontrar un cambio, otras expectativas, que surjan otros sectores, buscar una identidad distinta y que dejen de decir: ‘Paiva la ciudad del riel, la ciudad ferroviaria.que no sea un museo.'” (Empleado municipal)

La remembranza no funciona como recuerdo activo, al estilo del mito prospectivo que proponía Fanon para la acción sino, por el contrario, como elemento petrificador que trae como consecuencia la imposibilidad, la inmovilización, la cancelación de todo tipo de transformación.

A modo de conclusión

No importa la forma del discurso, ni su contenido (el taller que supo ser, la huelga del 61, los primeros retiros voluntarios, las situaciones cotidianas afectadas), en todas las voces, sin distinción de género, ni edad hay una sensación de abandono, de orfandad, de incertidumbre. No hay hilo capaz de recomponer el tejido deshilachado que la desaparición del ferrocarril causó entre los habitantes de Paiva.
Se advierte, en ese sentir colectivo, una pequeña grieta por donde se vislumbra algún tipo esperanza, pero no desde la acción concreta de los propios paivenses, sino desde la espera a la llegada de un Mesías anónimo, genérico. Que las soluciones lleguen a Paiva de algún lado, ya sea por políticas ferroviarias nacionales, de la mano del Intendente, o de un grupo de universitarios.
La comunidad está devastada y no encuentra en ella misma las fuerzas ni un camino para salir de la situación.
La circularidad que encontramos tanto en los tópicos de las entrevistas, como en los recuerdos terminan asfixiando, puesto que plantean una situación sin salida.
Volver sobre aquellas glorias pretéritas, sobre el destino o la identidad usurpada, ¿contribuye a reforzar la identidad, o ancla a los paivenses en un paraíso perdido y cada vez más lejano, impidiéndoles ver el presente?
Sin memoria, se sabe, somos vagabundos del presente. Pero vivir sólo de la memoria, o más bien sólo en la memoria, no es menos atroz. No es posible prescindir de la historia, la experiencia social o política, pero tampoco es posible ese viaje recurrente a un pasado remoto, porque ello funciona como un gas paralizante.
Precisamente en línea con esa preocupación, cabe entonces volver sobre los relatos aglutinados aquí deteniéndose ahora sobre aquellos que denotan resistencia y, a partir de allí, imaginar líneas de regreso al presente, y rieles hacia el futuro, sin ferrocarriles, sin talleres. Se impone a los paivenses la trémula y difícil búsqueda de una identidad y de un lugar en el mundo, lo cual de ordinario no se obtiene cruzándose de brazos a la espera de un Inspirado, ni dando giros interminables en el patio del pasado, como una noria de penas y glorias.

*Fuente: VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.
milena caserola. 2010
-Contacto con los autores: viasargentinas@yahoo.com.ar

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SOBRE MI CORAZÓN SE HA POSADO EL VIENTO*

Amor, sobre mi corazón se ha posado el viento.
Infancia aletargada. Matuasto al sol.
Valle de umbrío lecho. La luna está tan lejos.
Ya no están las rocas solitarias.
Aquellas, las amadas.
Yacen, cubiertas de ceniza.
O vuelan , ahogadas por las rosas mosquetas.
El viento borra todo. Todo.
El valle se ha marchado. Los álamos, tan altos.
La lluvia ha cerrado los ojos y el alba no despierta.
Está tan frío. Gotea, lentamente la sangre del dragón.
Oscuros féretros calientan el hogar.
El jinete, tan callado, cabalga.
Pasa de largo. No detiene su paso. Se va.
Amor, sobre mi corazón se ha posado el viento.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

MIENTRAS AVANZABA AZAROSAMENTE VI FUGACES DESTELLOS DE BELLEZA…

Territorio de infancia*

*Por Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar

Haciendo caso a Rilke, si no puedo decir nada, puedo decir de mi infancia, porque verme sin escribir se hace muy difícil.
Y uno recurre a contar hechos del pasado. De un mundo que ya fue. Queda el polvo de los recuerdos y, en muchos casos, la nostalgia. Pero, personalmente, no me acuno en ella. Sé que ese mundo ya fue. Con sus códigos, su lenguaje, sus percepciones del mundo y de la vida.
Más allá de ello, convengamos que han sido, cada uno de esos hechos, la materia con la que estamos compuestos en buena parte en nuestra forma de ser y obrar. Y lo están las generaciones que nos siguieron y las que seguirán. El abrazo oportuno de papá y/o mamá, el consejo del abuelo, los juegos con mis hermanos o compañeros de edad y escuela, los viajes, los amigos nuevos, los amores infantiles y los metejones juveniles…
Es cierto, además, que no todos tenemos la misma infancia. Cada uno está signado por el lugar donde nació y creció. Y hay diferencias. Uno las percibe con claridad, ya adulto. De niño solo sabemos que somos niños.
Y los amigos son amigos del alma. Para toda la vida. Eso creemos. Y queremos hacer todo con ellos: ir de paseo, comer un alfajor, tomar la merienda, ir a la escuela, ir a la iglesia para prepararnos para la primera comunión. ¿Cómo no voy a ir con mi mejor amigo? Y ahí fui. La primera vez fue una charla del cura. Como la pasamos bastante bien, lo invité. Y él, sin ninguna traba, aceptó y vino conmigo. La pasamos bien.
Claro, había un detalle: mi amigo era judío. Las nacionalidades y confesiones religiosas siempre las pase por alto pero, los mayores, nos pusieron en regla de adultos. Uno aquí y el otro allá. En los juegos, no había problemas: los piratas, el tren, trepar los árboles, comer frutos silvestres o correr tras la pelota. Pero en lo religioso, nones.
Así fue como empecé a distinguir ciertas diferencias, pero que no me movieron en mis siete: la amistad no tiene religión, ni raza, ni territorio.

Yo recordaré por ustedes*

*Por Juan Forn

En Lituania, hasta que llegaron los nazis, pasaban cosas como ésta: cuando en algún diario de la capital no recordaban dónde había aparecido algún artículo, llamaban a un joven de veinte años que vivía en un pueblo de 22 familias y 98 habitantes, y él les daba la respuesta. Lo llamaban a la oficina de correo del pueblo, él dejaba lo que estaba haciendo, atendía el teléfono, les daba la respuesta (la sabía siempre) y volvía a lo suyo. El joven se llamaba Jonas Mekas, había empezado leyendo todos los libros y diarios viejos que había en su granja, y en las granjas vecinas, y en todas las casas del pueblo, y después siguió ampliando su radio de influencia con una táctica infalible: iba al correo de cada pueblo, relojeaba a los que recibían paquetes con libros o revistas y los encaraba ahí mismo para pedirles si le dejarían leer ese material cuando ellos lo hubieran terminado. A los veinte años había leído prácticamente todo lo que se había escrito en lituano. Además había publicado sus primeros poemas y de tanto en tanto bardeaba al pequeño mundo literario lituano atacando su provincianismo. Pero igual lo llamaban de la capital cada vez que necesitaban algo y él sabía siempre la respuesta, y las cosas habrían seguido así, con el joven Mekas bardeando al pequeño mundo literario lituano y escribiendo sus poemas y atendiendo llamados desde la capital en aquella aldea de 98 habitantes, hasta que lo agarraron los nazis y lo mandaron a conocer mundo.
Lo que le pasó entonces a Jonas Mekas les pasó a otros ocho millones de europeos: aquellos que sobrevivieron a los lager y, después de la rendición del Reich, pasaron a boyar por los campos de desplazados porque no tenían adónde volver. Jonas iba con su hermano Adolfas, tuvieron la suerte de que no los separaran. Pero no los quería nadie: de Lituania les decían que no volvieran porque iban a ir a parar a prisión y ningún país mostraba especial interés en recibir a dos lituanos que no servían para nada salvo para devorar libros. Los campos de desplazados se iban vaciando y cerrando, los hermanos Mekas eran trasladados de un campo a otro, cinco años estuvieron viviendo en barracas y haciendo el trabajo que nadie más quería hacer, en la Alemania en ruinas de posguerra, esperando que algún país los recibiera. En los infinitos traslados de esos cinco años, cada vez que se reportaban en un nuevo lugar y les revisaban sus escasos bultos, enfrentaban la misma pregunta: ¿Y sus pertenencias? “No tenemos pertenencias, sólo tenemos libros”, contestaban los hermanos. Porque no habían parado de leer en ningún momento de todos esos años, lo que cayera en sus manos (“Nos permiten ir a la ciudad”, escribe en la primavera de 1945, “curioseamos en las librerías improvisadas en las calles, todo está en venta para poder conseguir comida, por supuesto no tenemos dinero para comprar nada, pero no deja de sorprenderme todo lo que se puede absorber de un libro con sólo tenerlo entre las manos”). Tampoco habían parado de escribir: uno de esos bultos eran un manuscrito de Jonas, un diario que venía llevando desde 1944. En una de esas páginas había escrito: “Un diario es un lazo con uno mismo cuando se pierden todos los lazos, cuando todas las cosas en que uno creía se desquiciaron”.
Todas las cosas en las que creía Jonas Mekas se habían desquiciado en esos años. Hacia 1949 daba a Europa por perdida, quería sacársela de encima tanto como Europa quería librarse de los descastados como él, y no tenía mayores esperanzas en los Estados Unidos cuando llegó con su hermano a Nueva York, donde comió mierda otros cinco años más, en infames líneas de montaje de una fábrica, hasta que logró juntar los dólares para comprarse su primera cámara Bollex, con la que se convertiría en el patriarca del cine avant-garde norteamericano. Mekas es hoy un venerable anciano que va a cumplir noventa: en su ciudad sigue viajando en subte y haciendo con dos mangos sus películas caseras; en Europa y Japón lo homenajean como el último mohicano de una pandilla que va de John Cassavetes a Andy Warhol; en Lituania entienden su cine menos aun que en Nueva York, pero lo consideran un poetastro más en el exilio, por los libritos que Mekas paga de su bolsillo y en los cuales reúne cada tanto sus poemas en lituano.
El dice que ha hecho básicamente lo mismo toda su vida: en su pueblo, en los campos y en el Nuevo Mundo; leyendo, escribiendo y filmando. Sólo se trataba de registrar cuanto pasara delante de sus ojos y estar disponible después para atender el llamado de quienes hubieran olvidado, aunque ya no quede vivo ninguno de los colegas que llamaban desde la capital a la oficina de correo de su pueblo. El título de una de sus películas resume su vida y su credo artístico en ocho palabras: “Mientras avanzaba azarosamente vi fugaces destellos de belleza”. En aquel diario que escribió durante los cinco años que pasó en los campos y los primeros cinco años en Nueva York (que lleva por título Sin lugar adónde ir y que termina el mismo día en que compró la Bollex y empezó a filmar), Mekas dice: “Intentamos esconderlo de cualquier modo pero siempre aparece, el lirismo”. Antes de siquiera imaginar lo que sucedería en su vida cuando aquella Bollex cayera en sus manos, escribió: “El cazador que quiere acertarle al ciervo no le dispara directamente, sino que apunta un poquito más adelante. Lo mismo ocurre con la vida humana: tenemos que apuntar al momento siguiente para retratarla”.
Cuando los Mekas ya vivían en Nueva York, un matrimonio de viejos lituanos se presentó en medio de la noche en el infame departamento que ocupaban los hermanos en el Bowery. Eran las tres de la mañana, los viejos venían directo del aeropuerto, habían volado desde Buenos Aires, donde desembocaron después de la guerra. Habían logrado averiguar que un Jonas Mekas vivía en esa dirección, por eso estaban allí: porque se apellidaban Mekas y tenían un hijo llamado Jonas que se había perdido durante la guerra. “Cuando les abrimos se quedaron parados mirándonos, y nosotros los miramos a ellos, y ellos lloraron, y nosotros lloramos también porque no éramos el hijo que ellos ansiaban encontrar.” La última anotación que había hecho Mekas en su diario antes de que los aliados lo liberaran de los campos de trabajo para internarlo en los campos de desplazados decía: “Había un hombre que se lo pasaba buscando una melodía que había oído hacía mucho tiempo. Hasta que un día la encontró. Era sólo una nota, un tono, que había oído muchas veces: era el sonido de su propio llanto cuando dormía”.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-182493-2011-12-02.html

Para no regresar*

Para no regresar
quemé los calendarios
como si fueran puentes.

¡Inútil ejercicio! Las cenizas
impregnaron mis ropas; me dejaron
un olor a nostálgicos licores,
una canción dormida entre los labios,
el lacerante poso de una ausencia.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
De Por si mañana no amanece
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop

D.T *

*Por Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Al abrir la puerta que daba al exterior una oleada de calor le anunció que estaba “zondeando”
Salía como era su hábito a las 6 de la mañana para realizar su caminata habitual. Se dejó impregnar por el amarillo rojizo del este que anunciaba que pronto saldría el sol, como de costumbre aspiró intensamente para gozar del olor de la mañana sintió una sensación rara como que le costase respirar y un olor que no identificó.
.Pisó una sustancia resbaladiza por lo que se bamboleo y perdió el equilibrio. Logró manejar su cuerpo y evitar la caída. Puteó por dentro diciéndose:

– Este perro de mierda otra vez ensucio el umbral.-

Cuando miró lo que había pisado quedo pasmado, una mancha carmín se extendía por el umbral y lo qué había pisado era un coágulo casi negro de gran tamaño. Sintió que lo acometía un temblor incontrolable y percibió nuevamente el olor, que ahora reconoció a sangre. El zumbido de las moscas se sumó al de sus oídos. Caminó unos pasos guiándose por el reguero de sangre y entre medio de los yuyos del descuidado jardín se topó con otro impedimento: Una cabeza humana yacía boca para abajo. Se quedo paralizado por el horror, pero se sobrepuso y con el pié dio vuelta la cabeza. Se encontró con el cráneo rapado del viejo farmacéutico que los miraba con sus grandes ojos celestes. Primero pensó en correr pidiendo ayuda, pero pensó que su mujer no le creería pensó en llamar a la Policía y allí se hizo la luz, era una embocada, querían adjudicarle algo que no cometió para quedarse con sus pertenencias .Se dirigió al garaje sacó varias bolsas de consorcio y volvió al lugar. En el trayecto observo que no se había percatado que el cuerpo estaba un poco más allá.

Colocó la cabeza en una bolsa y le costó colocar el resto por lo que volvió al garaje y sacando unas viejas cortinas lo envolvió en el. Volvió nuevamente al garaje tomó una lata herrumbrada de un alto estante. Era una lata de galletitas que venían antes. Fondo y tapa se latón y en los costados unos orificios redondos que semejaban un ojo de buey. A través de los vidrios polvorientos se observaban clavos, tornillos .etc. Se dedicó a sacar el auto del garaje.
-La puta, otra vez no arranca-
.Intento varias veces hasta que el ruido familiar del motor lo tranquilizó. Se trasladó con el auto hacia el lugar, abrió el baúl primero coloco la cabeza y luego el cuerpo que le costo un horror levantar pese a la fragilidad del cuerpo.
Salio por el portón al que dejo abierto y se dirigió con el falcon a un lugar que el bien conocía .Manejó y manejó. Se le había pasado el pánico y sintió que tenía que conservar la calma. Pensar. Siempre temió que el pasado regresara pero nunca pensó que de esta forma .Colocaría el cuerpo en un lugar seguro: Le consta que es seguro. No volvería a su casa. Se felicito por no haber confiado en nadie, en su mujer, en el cura, en los bancos, en nadie. Preso de un presagio terrible detuvo el auto en la banquina y sacó la lata. La abrió débilmente. Desparramo por todas partes clavos, tornillos, tuercas. Revolvió frenéticamente. Respiró aliviado cuando su mano sintió el contacto de plástico. Lo tomó con cuidado y aparentemente todo estaba como el lo había ubicado .Extrajo de la bolsa el fajo con billetes y separó tres billetes.
Tengo que ser cauto, mantener la mente fría…
Volvió a colocar la lata en el baúl, al lado de la caja de herramientas y cubrió ambas con una carpa. Evitó mirar el bulto del lado.
Entró de nuevo al auto y allí volvió a sentir el sonido, sutil. insidioso.
-Me siguieron estas moscas hijas de puta-
Intentó con un ademán espantar los insectos que revoloteaban a su alrededor.
Arrancó, puso primera y el auto dio un salto al intentar elevar la velocidad, mientras manejaba un moscardón azul verdoso se posó en su mano derecha, simultáneamente tres moscas se pegaron a su mano izquierda, hizo un movimiento brusco con las manos por lo cual casi pierde el control del volante
-Esto no puede pasar, no me puede estar sucediendo esto no es real.-
Paró nuevamente y con una gamuza espantó los bichos, hasta que no dejó ni uno.
Se tranquilizó y empezó a conducir despacio, mientras se repetía
-Cabeza fría, cabeza fría-
Sintió una incontrolable sensación de sed. Necesitaba beber, imaginaba el líquido ardiente refrescando su garganta, sus ideas. No se veía ningún negocio alrededor y se dispuso a esperar la próxima estación de servicio lo lejos alcanzó a leer: Súper. Especial. Fangio Se sintió mas tranquilo.
La tranquilidad duró poco: las dos percepciones fueron simultáneas, una, se dio cuenta que un insecto se había introducido en su oído derecho y otra era comprobar con pavor que las moscas habían vuelto, esta vez por fuera…Se posaban en los vidrios de las ventanas, en el vidrio trasero, en el parabrisas. hasta tal punto de dificultarle la visión, prendió el limpia parabrisas y el movimiento arrastró las moscas, pero estas se multiplicaban de modo que el parabrisas dejó de funcionar. Perdió el control de vehículo… Retiró las manos del volante y sintió que los objetos y se iban alejando. Una sensación de vértigo llevaba su cuerpo a un hacia atrás profundo.
Las moscas volvieron a atacar, esta vez con furia. Una piadosa inconsciencia se apoderó de él

Quietud. En el parque todo es quietud. No hay una brisa, ni soles., ni amores.
Quietud en el parque y en el cuerpo amado de Gonza. Quietud en la tierra que lo cubre.
Quietud en sus manos que yacen laxas en su regazo como palomas heridas.
Clara todavía no se recupera de la sorpresa.
Venían tan bien las cosas, estaban tan contentos.
El había dejado lo único que preocupaba a Clara. : La bebida.
Y no era porque el se pusiera mal o agresivo con ella…Al contrario siempre fue atento y colaborador.
Bebía, cada vez más por cierto, pero cuando tuvo ese problema grave y el médico dijo que ese hígado no daba más y que corría peligro su vida, ella llorando le suplico que dejara la bebida. El la miro serio. Paso la mano por su cabeza y dijo
-He hecho cosa mas difíciles en mi vida, desde hoy, te prometo no bebo una gota mas –
Y así lo hizo.
El no hablaba muchas cosas de su vida ni ella preguntaba, por lo tanto no sabía cuando empezó a beber. Recuerda una noche que en un asado compartido con Emilio y habiéndose bajado varias botellas se reía de sus andanzas. Parece ser que habían coincidido en un operativo y con varios Wiskis de más los agarró la madrugada en el monte tucumano. Tenían hambre y Emilio con su pistola reglamentaria bajó una gallina de una rama de un árbol. Con grandes risotadas recordaban la cara de susto y de dormida de la mujer qué salió del rancho. También recuerda que no pudo sumarse a las risas de los hombres imaginaba la cara de la mujer y no supo porque le recordó a su tía Elvira que vivía solita en el Monte chaqueño

Hacía tres días que no probaba una gota, ella feliz porque pensó que ese era el remate de su camino a la felicidad .Al finalizar el día salieron a dar vuelta la manzana, el estaba muy pálido y cuando se, se encontrón con el farmacéutico que lo saludó como siempre con un:
Adiós don Pocho
Le preocupo que el dijera
¿Y este quien es?
Primero creyó que estaba bromeando, pero la preocupación creció cuando vio su rostro serio y contraído. Ella lo tranquilizo recordándole quien era ese buen señor.
Tomaron una tisana y se acostaron. A la medianoche, Clara se despierta y como tantas otras noches él no estaba a su lado, cuando recordó la nueva situación se incorporó bruscamente y se dirigió al patiecito del fondo, lugar que el hombre elegía para sus solitarias ingesta. Allí lo encontró. Respiró aliviada cuando vio que no estaba bebiendo, le comentó que sentía un fuerte dolor de cabeza por lo cual no podía dormir. La tranquilizó y la mando a la cama. Al día siguiente lo encontró durmiendo, no quiso despertarlo y se fue a pagar unos impuestos, cuando volvió al mediodía el hombre aun dormía. Lo despertó pero no quiso comer, se lo veía fatigado y le hizo cerrar la ventana porque el sol le molestaba.
Al segundo día se quejó de dolor toráxico y se le habían alterado los ritmos del sueño: dormía de día y de noche no podía pegar un ojo según decía.
Al tercer día tuvo fiebre y temblores, Clara quiso llamar al médico pero la tranquilizó diciendo que parecía que estaba incubando una gripe. A la noche el calor y la preocupación la habían cansado por lo que se durmió profundamente. No supo definir la hora en que los gritos y manotazos del hombre la despertaron. Nunca lo había visto así…Llamó a urgencias y los gritos, temblores y sacudidas continuaron. Lo medicaron pero el médico le dijo moviendo la cabeza
-Resignación señora-
Lo retiró de la clínica muerto. Cuando firmó unos papeles no preguntó nada ni le llamó la atención la inscripción que figuraba en el diagnostico D.T:
Ahora sentada en la soledad del cementerio parque recuerda su hombre y le gusta acariciar la frase que le dijo el Capitán
-Su marido era un héroe leal a las fuerzas armadas-
Se habían conocido muy jóvenes. Compartieron una historia muy bonita y no se separaron mas. El era soldado de custodia de un general y ella, una de las domésticas. Siempre sintió admiración por él. Era tan seguro parecía tener las ideas tan claras: Ambos venían de un hogar humilde, pero él ingresó en la Escuela Militar y pudo llegar a ser una figura reconocida y necesitada en el ejército.
Estaba tan orgullosa de ser la Señora de Gonzáles que con el tiempo perdió su propio apellido y empezó a ser Clara Gonzáles. Ella sentía que él había podido cumplir sus dos grandes sueños servir a Dios y a La Patria. Incluso jamás sintió la ausencia del hijo, solía decir a menudo.
– Los pendejos de esta generación tienen la cabeza llena de mierda-
Le tocó una época difícil al Gonza ella jamás le preguntaba las cosa de su trabajo como el decía. Jamás lo cuestionó , al contrario coincidía con sus opiniones
A este país lo que le falta es una mano dura: Aquí se necesita un Pinochet.
Tan encendidamente lo defendía que cuando estaba pensativo, con gesto adusto y sus bigotes cada vez más canos, le decía
¿Que le pasa a mi Pinochetito?
Lo que causaba indefectiblemente una sonrisa en su rostro y en sus ojos achinados.
A veces pasaban días o semanas que no aparecía, ella lo esperaba tranquila sabiendo que estaba puliendo con su deber. A la casa venían personas a hablar con él, ella sabía que tenia que dejarlos solos.
Tenía un solo amigo que frecuentaba la casa cuando falleció , casi no salía de la casa y era común verlo beber, hasta acabar con el contenido de la botella ,fuera wisky, cerveza ,vino o ginebra, también en esos momentos ella sabía que tenía que dejarlo solo
Lo que mas le escuchó decir de su trabajo era que le habían tocado tiempo de guerra y que el país se salvaba ahora o no se salvaba nunca.
La admiración que Clara tenía por el hombre era rayana a la devoción a tal punto que jamas pudo llamarle por su nombre, cuando lo conoció le llamaban Gonzáles y así siguió, lo más cercano que había llegado era a llamarlo Gonza.
En el barrio era un vecino respetado le llamaban Pocho, el apelativo lo trajo un amigo de la infancia, Emilio y contaba que le llamaron así porque cuando era joven a su motoneta le llamaba Pochoneta y usaba un gorrito como el del General.
Pobre Emilio, que destino que tuvo, Gonza siempre decía
¡Lo cagó esa zurda hija de puta!
En cambio ellos siguieron juntos y progresando. Clara había aprendido por sus patrones el organizar los espacios y mobiliarios con sentido estético y gustos caros. Gonza jamás le negó nada, hasta se había permitido el lujo de tener una lámpara de cristal de murano. También por el tuvo la posibilidad de conectarse con otra clase social. Supo lo que es la seda. Los zapatos y cartera de cuero. El caviar y el champagne. No obstante esto, en la casa continuaba con sus hábitos sencillos y solitarios.

La negra noche avanza y va cubriendo el parque y oscureciendo a Clara. No sabe donde ir, no tiene amigos, hijos, nada. Se levanta como una autómata, se acerca a la cruz que sobresale de la tierra y musita como si estuviera rezando
-Adiós mi Pinochetito-

*

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PECES*

Otro es hombre de medio cuerpo arriba, y el resto, pez.
HERMAN HESSE

No te recuerdo por las palabras de las que tanto hablaste.
Te recuerdo mas, por las que has callado.
No te recuerdo por ser tú, sino por ser otro.

Por ejemplo, no se a que huele el regazo de tu madre.
Quien enjugó tu lágrima primera, en tu primera vida.

De tus lejanas fiebres, de silencios oscuros.
De piedras , escondidas, donde comienza el niño.
No me has hablado del cansancio de tu padre.
Del tren que se llevó tus infantiles pasos.
De que color era la esquina de tus lunas.
Cual fue tu primera muerte.
Quien te dio un apretón de manos en la funeraria.
Del cuerpo inaugural que bebió el azul tembloroso de tu núbil deseo.
De quien, la primera gota en senos de mujer.
Cual, el inicial follaje que cubrió tus páginas en blanco.
La fuente primigenia de tu pena.

Te recuerdo por lo que tanto dices cuando callas.

A mi, quizás, me recuerdes por lo que digo.
Sabes, por ejemplo que nací espejo bifocal, con alas.
Que llevo en mis manos crepúsculos de golondrinas muertas.
Que solo fui una pausa en el deseo.
Que rescribo mis pasos en calles silenciosas.
Que no lloré cuando murió mi padre, si, cuando murió mi perro.
Que los lobisones se alojan en mi lecho.
Que las madreselvas se enredan en mi pelo.
Que tengo el poder de convocar la lluvia.
Que soy mujer, oscura y azulada.
Uva y sangre en tu boca. Piel arisca y pulpa blanda.
Sabes, de mi obstinada afición a cabalas, mitos, profecías.

Palabras que hablan cuando callan.
Palabras que callan cuando hablan.
Crípticas.

Una pecera.
Afrodita y Eros entre sus brazos.
Y una constelación de peces que me multiplican, me redimen.
Me salvan del diluvio universal…
“…De medio cuerpo arriba, el resto, pez

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

PALABRAS QUE CALLAN CUANDO HABLAN…

Kenneth White: Un apocalipsis tranquilo, por Héctor Loaiza*

El libro Un apocalipsis tranquilo (1), de Kenneth White, es de palpitante actualidad. Desde la década de 1970, este poeta franco-escocés ha expresado en su abundante obra la necesidad del hombre posmoderno de dirigir una nueva mirada hacia su entorno natural para escapar del infierno neurótico que suponen las gigantescas metrópolis de hormigón y asfalto. El mundo, mientras tanto, ha evolucionado vertiginosamente en estas últimas décadas: las megalópolis de Europa, América, Asia y África se parecen. Los hábitos culturales, de consumo y moda son los mismos. Kenneth White pone al desnudo la crisis de civilización que se manifiesta en el malestar planetario de los seres humanos: «Gigantismo —escribe—. Superpoblación. Crecimiento canceroso. […] Falso progreso. Gangrena. Necrosis…». De la crisis intelectual, a la cual se refiere, hemos pasado a una depresión financiera.
(1) Une apocalypse tranquille, Éditions Grasset, París, 1985.

Kenneth White: Un apocalipsis tranquilo, por Héctor Loaiza

Kenneth White reúne en su libro diferentes artículos y ensayos sobre varios poetas y autores, como Hölderlin, William Carlos Williams, Henry Thoreau, Henri Michaux, Dylan Thomas, D. H. Lawrence y tantos otros. En su Prefacio, nos advierte de que no hay intención profética ni quejosa en el título de la obra. Le ha dado a la palabra «apocalipsis» un sentido derivado de su raíz griega, «revelación y poner al desnudo», y fuerza este significado hacia el desacondicionamiento, la deriva y el descubrimiento de nuevas vías. Su intención está muy lejos de las acepciones comunes de nuestra época, que evocan la histeria colectiva, el milenarismo, la espera de catástrofes cósmicas, el mesianismo, las revoluciones sangrientas…
¿Por qué este libro ha molestado, desde su publicación, a cierta intelectualidad francesa? Kenneth White observa y analiza con «ojos nuevos» los males y falsas tragedias que padece la cultura europea, crucificada entre el ser y la nada. Si parte de la necesidad del arraigamiento en una cultura para escapar a la neurosis colectiva de la vida en las megalópolis, no es porque se haya convertido en apóstol de un desmedido «nacionalismo» europeo. Al contrario, reivindica el exilio y el nomadismo como fuentes de inspiración literaria (especialmente, en su análisis de la obra de James Joyce, quien nos ha dejado obras maestras de proyección local y universal). Cita a Joyce cuando este expresa su posición frente a la situación belicista de Europa a principios del siglo XX: «¡Que mi patria muera en mi lugar!».
En su obra poética, su prosa y sus ensayos, Kenneth White está motivado por la voluntad de superar la crisis del mundo posmoderno. Vislumbra en el campo del cultivo de ideas y en los acontecimientos el carácter de nuestra época: «…Estamos viviendo, más o menos conscientemente, el paso entre dos culturas. Lo mismo que los monjes de las efervescencias religiosas del siglo III al IV y del siglo VI al IX salían del paganismo para ir hacia el cristianismo, nosotros (hablo del trabajo radical que hoy está en curso) estamos saliendo del humanismo para dirigirnos hacia […] algo que, por el momento, queda indefinido…»
Sus reflexiones, que tienen como principal objetivo ayudarnos a salir de la espesa bruma de un «humanismo en crisis», le han valido interpretaciones tendenciosas por parte de los cultores de un conformismo bien pensante.
Las páginas consagradas a Henry Thoreau —el más chino de los autores norteamericanos, según Lin Yutang— son admirables. Respecto a Thoreau, que vivió al ritmo de las pulsaciones de la naturaleza y que llega a transcribir en sus libros sus observaciones y sus experiencias vitales, Kenneth White se pregunta: «¿Se puede decir que Thoreau buscaba hacer revivir a los dioses? No. Se trataba, más bien, de lo que podría llamarse una mitología sin mito: una manera de percibir y una manera de pensar, una manera de estar fuera de sí y de estar en lo más profundo de una sensación del mundo…».
White pone al desnudo las llagas del humanitarismo que se complace en rendir culto al sufrimiento y a la miseria, y cita a Henri Michaux: «En Europa, todo termina en lo trágico. No hay ninguna atracción por la sabiduría (todo, al menos, después de los griegos; por lo demás, discutibles en sí). Lo trágico de la sociedad francesa, el Edipo de los griegos, el culto de la desgracia de los rusos, lo trágico jactancioso de los italianos, la obsesión por lo trágico de los españoles, el hamletismo de los ingleses, etc.»
Se refiere al comentario del filósofo francés Emmanuel Levinas sobre el libro El espacio literario, de Maurice Blanchot, para ilustrar su propio nomadismo intelectual y los hitos de su búsqueda, que van desde el «mundo blanco» (el de la transparencia) hasta La Ruta azul, título de uno de sus libros en el que relata su peregrinaje hacia los territorios hiperbóreos del Labrador y Groenlandia. «El pensamiento contemporáneo nos reserva la sorpresa de un ateísmo que no es humanista: los dioses han muerto o están retirados del mundo. El hombre concreto, aunque sea racional, no contiene el universo…»
Esa es la fuente de energía que alimenta su aspiración de alcanzar el Conocimiento. ¿De qué manera puede el hombre superar la ruptura con la dimensión cósmica? En su dinámica arquitectura conceptual, retiene la propuesta de Levinas de «un ateísmo no humanista y una superación de la metafísica», la de «una nada que no se queda tranquila», y la de «una incesante agitación». En su poema de El gran sueño despierto, percibe con nitidez su situación en el mundo:

Dejé de ser cristiano
sin por eso volverme a Thor
había algo más
que me llamaba
desde el exterior
y acaso esperaba ser nombrado.

Al comentar el libro La diosa blanca de Robert Graves, plantea la necesidad de referirse a los principios «arcaicos» de la poesía y al restablecimiento de la estructura mitológica de la lengua. «Se trata de volver a encontrar, más allá de las palabras, la materia misma, la energía primigenia de la poesía». Para hacerlo, nos es necesario ir no solo más allá del período en el que aún estábamos ayer, del «judaísmo tardío, del judeocristianismo, del Islam y del protestantismo cristiano», sino también del «período olímpico» griego, que instauró un sistema patriarcal sobre la base de un fondo primitivo consagrado al culto del principio femenino, cuyos avatares son múltiples.»
Ante el desarrollo del turismo frívolo a India, Kenneth White prefiere el «viaje mental» o el «viaje entre cuatro muros», lo que, en términos hinduistas, significa «saber ir de los Vedas hasta el vacío». Para nutrir su búsqueda poética, practica una especie de yoga de la caminata que se inspira en los textos clásicos del hinduismo: «Sabiendo que, al final, Samsara (la existencia) y Nirvana (el absoluto) son la misma cosa, que es la alianza del Karmamudra (acción) con el Jaanamudra (contemplación) que origina el Mahamudra (el gran gesto), y que yendo de lugar a lugar se puede terminar viendo, no solo en la mente, sino también en el meollo de los huesos, la noción del no-lugar, que permite gozar, de una manera desapegada, de todos los lugares».
Su vida cotidiana y su creación literaria están impregnadas de su estudio de la filosofía taoísta. Kenneth White evoca la presencia de una «corriente taoísta» periférica y subterránea en la ciencia y la cultura occidental. El físico norteamericano Fritjof Capra representa esta tendencia que, para mejor comprender los fenómenos de lo infinitamente pequeño —las partículas de la materia—, recurre a las filosofías orientales. Según White, el pensamiento taoísta «es un pensamiento oceánico en el que todo está mezclado, con tempestades súbitas y calmas extrañas». La comprensión del taoísmo es muy ardua para los occidentales, empapados por varios siglos de racionalismo. «Ni filosofía, ni religión, ni ciencia, pero participando de cierta manera de esas tres visiones, el taoísmo es aún otra cosa…». Transcribimos las últimas líneas del significativo capítulo «Caminatas taoístas»:

Ecología del cuerpo en el mundo
y el espíritu en el espacio
Ser riente y sonriente
Fin del miserabilismo.

Al final de su libro, Kenneth White propone la necesidad de construir un nuevo pensamiento que vaya más allá de la oposición occidente/oriente (a la cual añadiríamos norte/sur), y escribe: «Georges Bataille habla de una especie de sueño planetario. Nietzsche habla, casi demasiado “poéticamente”, de “cosas ocultas”, de “misterios”, “tesoros”, y luego, se calla bruscamente. Hokusai, lo recordamos, se refería a la ’potencia de intuición’ y a la “verdadera sensación de la naturaleza”».
Con su optimismo lúcido, Kenneth White se pregunta (y eso nos interesa): «¿Quién sabe si estos últimos años, que podrían ser los de la época de las catástrofes, no podrían ser más bien la de la Gran Salida y de la formación, de la cristalización en la solución oceánica posmoderna, de un pensamiento unitivo planetario?».
Así termina el libro de un «infatigable trabajador» —como lo calificó Arthur Rimbaud anunciando a los futuros poetas visionarios y exploradores— que nos deja en su poesía y en su prosa las chispas de una conciencia siempre en movimiento.

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Nació en Cusco (Perú). Vivió en Buenos Aires de 1959 a 1962. Estudios en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos de Lima. Sus cuentos fueron publicados en revistas literarias. Reside en Francia desde 1969. Publicó en francés “Le chemin des sorciers des Andes”, Robert Laffont, París, 1976, “Botero s’explique”, La Résonance, Pau (Francia) en 1997, “El camino de los brujos andinos” en Diana de México, 1998 y la novela “Diablos Azules”, Editorial Milla Batres, Lima, 2006. La edición francesa de la novela “Démons bleus à Cuzco”, Éditions La Résonance, Pau (Francia), 2009. Acaba de publicar, la reedición en español de “Diablos Azules”, Éditions La Résonance, Pau (Francia), 2010. Entre 1981 y 1999, ha colaborado en semanarios y revistas de París y en diarios latinoamericanos con artículos sobre literatura y arte. De 1998 al año 2000, fue director de la revista en francés Résonances que —a partir de enero de 2001— se convirtió en el website, Resonancias.org.

*Fuente: Resonancias.org. laresonance@yahoo.fr
http://www.resonancias.org/content/read/1359/kenneth-white-un-apocalipsis-tranquilo-por-hector-loaiza/

El hombre sin ilusiones*

El encierro de sus emocione cohabitaban en su mente
Nubladas de resentimientos y frustraciones
Había perdido la alegría encapotada en un impermeable de lluvia
De cenizas recurrentes y lo aislaban de la fuente del río
Con su mirada áspera y dura mordía cada trozo de sonrisa que apreciaba
La hacía añicos, para que no pudiera entrar en su celda de dolor e insatisfacción
Se quejaba de la luz del sol entrecerrando los párpados por la molestia
Era incansablemente gruñón.
No tenía tiempo para la aventura, bebía del iris del ermitaño
Contaba cuantos minutos le faltaban para llegar a tiempo
De la sin razón y la terquedad.
No le agrada soñar y desplomarse a descansar observando las hojas de parra
Y sus esferas frutales de colores moscatel, blanco y chinche.
Si alguna distraída abejita osaba posar para saborear el elixir de las frutas
De inmediato buscaba la manera de lastimarla.
Estaba en guerra con la naturaleza y toda su familia porque siempre
Quería buscar la perfección y que le dieran la razón los más cercanos.
Era absolutamente impenetrable, lo llamaban el hombre sin ilusiones.

*De Azul. azulaki@hotmail.com

LLAMANDO A LAS MINORÍAS SILENCIOSAS*

*June Jordan
(1936-2002)

Hey

Vengan
Salgan

Dondequiera que estén
Necesitamos tener un encuentro
en torno de este árbol
Que no ha sido
plantado
todavía.

*Poema tomado del libro “Harlem: los blues de la historia”, de Eduardo Dalter; Ediciones del Nuevo Cántaro, Buenos Aires, 2010. Traducción de los poemas al español: Eduardo Dalter y Nidia Santa Cruz.
-Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar

La gente que pasa*

*Por Gary Vila Ortiz

El pasar del tiempo acrecienta la memoria del ayer más lejano y se complace en encontrar detalles que reaparecen con más nitidez. Cosas posiblemente sin importancia para los otros, pero sin duda que deben significar mucho para mí.
En el campo de mi abuelo había una vieja casona la cual solamente a veces contaba con electricidad. Abundaban los viejos faroles a kerosene, había una gran victrola a cuerda y un mueble en donde se encontraban los libros que publicaba La Nación.
En un esquinero estaba el cuarto más viejo de la casona, que tenía otro cuarto arriba que había sido hecho cuando por esa zona llegaban los indios, ignoro si los malones. A ese cuarto se llegaba por una escalera de caracol que supo ser la estrella de muchas películas de miedo. Yo dormía en ese cuarto en el cual había un retrato de la madre de mi abuelo. En algún lado debe estar. Era, supongo, un daguerrotipo muy bien hecho, en el cual se veía su cara. Se llamaba Santo López y la discusión familiar era que algunos aseguraban que era una india y otros lo negaban. Yo estoy convencido de que se trataba de una india, y eso me llena de orgullo.
Durante unos cuantos años, pero yo todavía no había nacido, todas las noches alguien subía y bajaba por esa escalera de caracol y a muchos les daba miedo y trajeron un sacerdote para que tomara las medidas de la caso.
Aparentemente los misteriosos pasos desaparecieron. Pero cuando yo empecé a ir y a dormir en ese cuarto los fantasmas volvieron y creo haber conversado con ellos, pero tal vez eso pertenece a mi imaginación y al deseo de que eso hubiera ocurrido.
Ignoro qué habrá sido de ese casa, tal vez se encuentre muy derruida, pero todavía en pie. El campo de mi abuelos se recostaba sobre el Arroyo del Medio, del lado bueno, es decir de Santa Fe. Los pueblos más cercanos eran, hacia un lado Cañada Rica y hacia el otro Peyrano. Los caminos eran de tierra y alguna vez por uno de ellos vi pasar los autos de esas viejas carreras en que se destacaban Fangio, los hermanos Gálvez, Víctor García y muchos otros que, creo, fueron desapareciendo.
Dicho sea de paso, en ese tiempo se elegía entre dos posibilidades, aún cuando hubiera más para elegir. En las carreras estaban los que querían a Fangio en su Chevrolet y otros a Oscar Gálvez en su Ford.
En polo estaban los partidarios de Venado Tuerto o del El Trébol.
A quienes nos gustaba el té había dos para elegir, el té Sol y el té Tigre.
A mí me gustaba el té Sol y siempre que podía lo acompañaba con las galletitas Mitre, que venían en una caja rectangular. Las últimas que comí fue en Sorocabana que me conseguían cada tanto las galletitas en paquetes más pequeños.
Volviendo a la casa del campo en la misma había un piano vertical desafinado en cual solía pasar largo tiempo tratando de “componer” algo, algo, claro, que nunca compuse.
Por la noche, con el farol de kerosene en una lata de galletitas, jugábamos al truco de seis: mi abuelo, sus cuatro hijos varones y yo, que era el nieto mayor. No era ese mi único privilegio. A la hora de la cena, si por la mañana habíamos almorzado un par de corderos a la parrilla cuyo fuego estaba hecho de marlo, a mi abuelo le traían la cabeza del cordero hervida. De esa cabeza me correspondía comerme el ojo del cordero. (Ahora pienso que eso del Ojo del cordero podría ser un buen título para una novela policial).
Una de las últimas veces que fui, llovió a mares. Yo tenía un Citröen y creo que tres hijos. Por supuesto que mi desastrosa economía se llevó, entre otras cosas, ese auto, (que por otra parte, es el único que tendría de poder tener uno, pero el de aquellos años, no los nuevos). Ese día de regreso, al salir de Cañada Rica, un baqueano me dijo que me pusiera al medio del camino y manteniendo la misma velocidad. Como buen inconsciente lo hice y todavía puedo escribir estas líneas.
A la casa del campo se llegaba por una galería de casuarinas unos árboles como los eucaliptos que los tengo marcados en la memoria.
Otra memoria que me persigue es la imagen de mi abuelo, que ya debía andar cerca de los noventa, sentado en una silla con su sombrero y una macana en la mano. ¿Sabe el lector lo que es una macana? Un látigo de mango muy corto y duro con una larga y fina y entrelazada cinta que mi abuelo manejaba con
pericia. Tanto yo como mis primos supimos recibir unos buenos latigazos.
Como las gallinas andaban sueltas, solamente se juntaban para ir a uno de sus dormideros, un aguaribay que estaba frente a la cocina. Mi abuelo había trabado amistad con ellas y notaba si alguna de las gallinas no aparecía. En la costa salitrosa, donde pastaban las ovejas, había una multitud de tucuras
y la caballada, en la cual se había mezclado un burrito que me había regalado el doctor Celoria, que se llamaba Baldomero. los padrillos le tenían muchos celos, pues a las yegüitas ese burrito las atraía
particularmente. Además siete gansos que siempre fueron siete. Y que yo espero que lo sigan siendo en ese sitio donde van los gansos cuando se mueren.
En apariencia el título de esta contratapa no tiene relación con lo que he escrito, pero la tiene, al menos para mí. Caminando por estas calles de Rosario vi una persona que era igual al Vasco Ardanaz, que vivía en el campo y fue siempre un personaje entrañable. Lo recuerdo, sobre todo, por las partidas de sapo que jugaban con mi viejo. ¿Quedarán sapos con la vieja y todo, que si se la acertaba se lograba el puntaje más alto?
Y el pensar en Félix hizo que los recuerdos comenzaran a fluir naturalmente y como vinieran.
La gente que pasa suele traernos recuerdos, más que nada la gente que no conocemos. Pues la que sí conocemos nos lleva a ciertos recuerdos en particular.
Días pasados miré a una muchacha esperando el ómnibus. Yo he esperado ómnibus muchas veces, pero el recuerdo que me trajo fue el de un tranvía, el 23, que venía por Santa Fe y doblaba en Italia, cuando Italia iba para el otro lado. El tranvía estaba lleno. Y me tocó quedarme como pegado a una chica por la cual sentí un profundo deseo que todavía experimento o mejor dicho la memoria lo tiene guardado.
Dependemos de los otros y esos otros son justamente la gente que pasa y que me gustaría que siguiera pasando. Al menos hasta el Apocalipsis.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-31458-2011-11-28.html

Tormenta de palabras*

A Mirta le gustaba hablar y hablar
Estaba enamorada de sus palabras,
No importaba el contenido de lo que decía
Era sencillamente
Hablar por hablar
En cada momento de silencio
Ella robaba la oportunidad de llenar ese espacio
Con oraciones vacías, repetitivas
Pero lo único que lograba era aburrir a los que estaban a su lado
Tenía tanta necesidad de ser protagonista
Que siempre daba una opinión o un mandato prepotente

Era más que una mujer, una cotorra.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

Ella no era atea de maravillas*

Ella frota la maravillosa lámpara. Surge un genio alto y fuerte que se tiende a su lado, se expande para olvidar la estrechez en que estuvo guardado tanto tiempo, la roza apenas de mil y una forma y le dice:

“No te preocupes tanto en pensar los deseos, esta vez van a ser mas de tres”

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

*

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Hay un hilo sutil que nos conecta,
hay una vibración,
presencia de milagros que no fueron
y que no pueden ser.
Estás,
sabés que estoy
aunque el tiempo amenace la memoria
y me digas tu nombre en cada encuentro
como una cautelosa contraseña.
Sin embargo, nunca nos hace falta
verificar la luz.
Sigue afinada,
tensa,
fiel a su propio ser.

Hay una voz muy tuya de tu canto,
y otra, nacida en mí,
que al fulgor del encuentro se murmuran
un poema de piel.

*De María Amelia Schaller. masch@arnet.com.ar

*

Querido.

El recuerdo de tus manos me envuelve por las noches, los dedos delgados y ávidos. Vos siempre decías que yo era un violencelo de dónde arrancabas música. Me acuerdo de Orgambide y su mujer del violencelo, la locura de la música. Qué sería del instrumento sin las manos. Estoy con tanta expectativa , acá hay un ambiente de cambios. Menos la casa todo cambia, el clima y las caras como si esperáramos el cielo prometido.. Pienso que el paraiso no es el tiempo perdido para siempre de la infancia. Es más bien un presente que espera, los brazos abiertos para recibir, la sonrisa. Cuando somos chicos dependemos tanto, espiamos las caras de los otros para adivinar con qué se vienen. Ahora en cambio, si no todo, podemos sentir que algo depende de nosotros. De algo somos dueños, de los recuerdos, de los deseos, de este disfrutar las cosas pequeñas, de este presente con un aire enamorado que nos besa a cada rato.
Espero tus palabras para enredarme en ellas y subir.

Mi cris

Por acá todo está revuelto, el cielo del consumo se cae y la gente saca su indignación a la calle. Te extraño, también a mi me gustan tus manos pequeñas, casi de niña que acaban en rojo y esa manera tuya tan particular que tenés de desvertirte de ropas y de frases hechas. Los lugares comunes se rompen cuando estás cerca y se arman espacios mágicos … Pensé en ir, mudarme con vos, vivir juntos Buenos Aires. dejar de vernos cada tanto en algún rinconcito elegido, te abrazo fuerte .

No contesté sus mails ni sus llamados.
¿cómo se puede querer romper sin más, ese equilibrio perfecto entre la ficción y la realidad ?

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ
Conversaciones con el escritor y periodista Pablo De Santis.

“Uno siente que siempre está escribiendo el primer libro”*

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

El autor explica que con una nueva obra lo anterior toma la forma de ensayo preliminar. Una mirada sobre su trabajo y el universo ilimitado de la creación.

”Una nueva esperanza me llevará mañana por la mañana aún más adelante, en dirección a aquella montaña inexplorada que ahora ocultan las sombras de la noche”, cita Buzzati, en su cuento “Los siete mensajeros” y oportuno párrafo para abrir la expectativa de este escritor laureado ganador del Premio Planeta–Casa de América, galardonado (2007) por su obra “El enigma de París”.
El fallo fue anunciado en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Pablo de Santis extrae elegidos fragmentos de su tiempo, que acepta compartir y aprieta en la palma de su mano que tomamos para agradecer.

–¿Podrías contar algo de tu Caballito eterno, esa línea de subtes (A) donde sobrevive el toque personal y si el barrio es fronterizo?

–Siempre viví en Caballito; tengo recuerdos muy antiguos, como cuando se asfaltó la avenida Rivadavia, allá por el ‘68, y los chicos dejaban caer al alquitrán las chapitas de gaseosas, para que quedaran eternizadas. Y me siento unido a la línea “A” de subte.
Fueron en subte mis primeros viajes solo al centro, es decir, al mundo. Vivo a pasos de los enormes galpones donde se guardan los vagones de la línea A, y también los “tranvías históricos” que circulan por las calles del barrio el fin de semana. Durante muchos años, los vagones de madera del subte fueron mi lugar ideal de lectura.
En cuanto a los barrios limítrofes, hubo momentos en que la vida me llevó en dirección a Flores, a sus cines y negocios; ahora voy más bien en dirección a Boedo. Me encanta caminar por Pedro Goyena hacia la avenida Boedo. Además llevo a mis hijos al Club Estrella de Boedo.

–¿Dónde estudiaste, como fue tu vida hasta tu irrupción en Fierro?

–Estudié en el colegio Marianista.A la vuelta estaba el cine Santa Julia, que pertenecía a la parroquia de la manzana, donde pasaban películas de terror que me marcaron para siempre. En el ‘81 empecé la carrera de Letras, en el ‘82 hice el servicio militar. Salí de baja, como la mayoría de los conscriptos, poco después de la rendición en Malvinas.
Ese año comencé a trabajar en periodismo en una revista que se llamaba Salimos. Cuando gané el concurso de Fierro en el ‘84 no me sentía un adolescente: tenía 21 años, trabajaba como periodista desde hacía un par de años, ya había nacido mi primer hijo.

–¿Qué significa ser un escritor para adolescentes y jóvenes?

–Las dificultades que plantea la escritura de una historia son siempre las mismas, y no dependen de la edad del lector. Creo que lo más difícil es convencerse a uno mismo de que tiene que escribir esa historia, y no otra; de qué en tal argumento hay posibilidades narrativas interesantes, pero que además hay algo para expresar, algo perdido en el fondo de uno, una especie de jeroglífico para el mismo autor y que sólo saldrá a la luz si uno es capaz de escribir la historia.

–¿Qué significó tu primera obra publicada y qué movilizó en vos esa aceptación de la incertidumbre que genera la inminencia?

–Mi primer libro se llamó Espacio puro de tormenta, y era un pequeño volumen de cuentos que apareció en el ‘85, cuando tenía 22 años.
Pero también siento que mi primer libro fue El palacio de la noche (porque lo editó, en el 87, una editorial de verdad, De la flor), y Desde el ojo del pez, porque fue mi primera novela para adolescentes, y La traducción, porque sentí que por primera vez me tomaban en serio. Uno siente que siempre está escribiendo el primer libro, que lo anterior fueron ensayos preliminares.

–¿Hay un libro o un autor que influyera en tu estilo?

–Hay dos novelas que me marcaron mucho porque me parecían que eran a la vez entretenidas y profundas: El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, y Madre noche, de Kurt Vonnegut. Y agrego Soy leyenda, de Richard Matheson, una actualización extraordinaria y urbana del tema de los vampiros.

–¿Cómo suenan tus hijos para tu trabajo?

–A mis hijos les contaba para dormir policiales protagonizados por un detective argentino, Saturnino Reyes. Su Watson era un uruguayo melancólico, Walter Washington Benítez. Creo que no hay nada más difícil que inventar una historia para un chico.

Ciertos premios
-Mejor Guionista de Televisión 1984.
-Premio Destacados 1993 de la Asociación del Libro Infantil y Juvenil de Argentina por El último espía.
-Finalista del Premio Planeta Argentina 1997 con La Traducción.
-Premio Konex de platino 2004
-Mención en el Premio Nacional de Literatura Infantil 2004
-Premio Planeta – Casa de América 2007 por El enigma de París.

Algunas obras
-El palacio de la noche, 1987
-Desde el ojo del pez, 1989
-Lucas Lenz y el Museo del Universo, 1992
-El calígrafo de Voltaire, 2001
-El inventor de juegos, 2003
-La sexta lámpara, 2005
-Lucas Lenz y la mano del emperador, 2006
-El enigma de París, 2007
-El buscador de finales, 2008
-Los anticuarios, 2010

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 22/10/11 http://www.launion.com.ar/?p=65803

Rabia*

Porqué mi poesía se vuelve furiosa
mientras las montañas se alfombran
con retazos de nieve
y los olivos se asoman
perfectamente en formación
y los pájaros hambrientos
vagabundean en un cielo de nubes
teñidas por un sol en retirada.
Porqué me viene ganas de gritar
a nadie a todos
me pesan los ojos el pensamiento
la incapacidad de aislarme
de esta fábrica humana de miserias
de abismo de barbaries
de absurdos fatalismos
de consolaciones ilusorias.
Porqué me siento doblemente forastero
del pueblo y de este mundo
no soy mejor lo sé
no soy particularmente inteligente
ni santo ni sensible
pero mi poesía se enfurece
quiere gritar
y la comprendo
ella también tiene
motivos suficientes.

*De Carlos Sánchez. sanchez.carlos@tiscali.it
Folignano (AP) Italia 25 enero 2011

CHATARRA Y TORMENTA*

Relato

Una mañana de sol, con el permiso de casa, como tantas veces que podíamos; salíamos con mi hermanito alejándonos un par de cuadras, hasta la vía, o a veces un poco más.- Mi compañero tenía entonces sólo unos tres a cuatro años, yo mayor, estaría cerca de los nueve.- Esta vez salimos de las calles del pueblo, y pasamos las ultimas casas y quintas, la de los pinos, la de las grevileas, la cañada del bajo con el puentecito, subir la loma, seguir por el camino vecinal, entre las chacras de la colonia, luminosas en su verdor amarillento.-
Avanzábamos paseando, embriagados de sol, de color y de cielo, sintiendo el aire todo nuestro como si voláramos en él.- Todo nos atrapaba: ese árbol, aquella casa arriba en la lomada, su molino con las aspas rotas, las enredaderas de los alambrados, de flores azuladas, como la pasionaria, que nos enternecía con sus símbolos.- Otras tenían pequeños frutos.- Algún nido de avispas.- El sobrevuelo rasante de los teros que nos acompañaban protestando, pasando una y otra vez, molestos por nuestra indiferencia a sus amenazas porfiadas; o los chistidos de las lechuzas, posadas sobre algunos postes, ora inmóviles, ora girando la cabeza , que a mí me parecía sin tope alguno.-
Era capaz de jurar que podían girarla sin límites, todas las vueltas que quisieran, para un lado o para el otro, aunque sabía que en el fondo no era así.-
Esa idea absurda se me había dado también cuando era muy pequeñito, y vi., creo que por primera vez de cerca; un avión posado en tierra.- Terminada la segunda guerra mundial, pululaban aviones civiles y militares, excedentes de guerra.- Papá nos llevó un domingo a un campo cercano al pueblo, donde una docena de aeroplanos hacían demostraciones y vuelos de bautismo.- Al verlos me llamaron la atención las hélices, que básicamente tienen chanfleadas las palas, y yo juraría que eran como enroscadas varias vueltas sobre sí mismas.- Así las grabé en mi memoria, y como el giro de las cabezas de las lechuzas y los búhos, por más que entienda que no es así, no puedo borrar del todo aquella impresión.-
Tras la prolongada cuesta, doblamos por otra calle vecinal, siempre rodeados por sembrados de maizales y girasoles, o pequeñas pasturas.- Todas las chacras eran pequeñas.- Casi semejaban en su conjunto, un desmesurado y pintoresco jardín.-
Nos detuvimos al fin, en un terreno de no más de una cuadra, una reserva de lo que en tiempos bastante lejanos habría sido un monte tupido y seguramente extenso, y se conservaron allí algunas plantas muy grandes de quebrachos, algún algarrobo, aromos, chañares, un gigantesco ombú, y otros ejemplares, entre cardos de gruesas pencas espinosas y sus altas varas florecidas, tunas de varias clases, aún más espinosas; aromitos y arbustos, con un par de charcos de las últimas lluvias; con sapitos, ranas, lagartijas, como así mariposas de todos colores revoloteando, y muchas especies de pájaros con sus nidos, que llenaban el aire con sus vuelos y sus trinos.-
Un paraíso verde y melodioso.-
Absortos, no advertíamos el paso del tiempo.-
Un trueno lejano nos sorprendió, el cielo se había encapotado parcialmente y el sol ya no brillaba sobre nosotros, mientras una brisa del sur se levantaba refrescando suavemente.-
Volvimos sobre nuestros pasos y detrás del pequeño monte, pudimos ver hacia el poniente, que el cielo se había puesto de un azul profundo y amenazante, con nubes grises formando franjas de crestas blancuzcas.- Algunas aves, mucho más cercanas, se recortaban volando enmarcadas por la tormenta incipiente.- De cuando en cuando el relámpago de un rayo caía recto al suelo, como un chicotazo de luz; y seguía el retumbo profundo de un trueno, cada vez más cercanos.-
Corrimos un buen trecho.- Cuando llegamos al cruce del camino, con el corazón acelerado por el esfuerzo y latiendo más aún por la amenaza del mal tiempo, y cómo no dábamos ya para seguir corriendo; nos resignamos a caminar, pese a que sentíamos los truenos y refucilos cada vez más cerca, y conscientes de cuán lejos estábamos de casa todavía.-
Escuché el motor de un vehículo que venía por el camino, detrás y en nuestra dirección, levantando una ligera nube de polvo.- Nos apartamos cediéndole paso, pero cuando llegaba a nosotros, fue mermando la marcha y se detuvo.- Era un pequeño camión verde, “Internacional” de 1928.- Sabíamos casi todas las marcas y modelos de vehículos que circulaban nuestros caminos de entonces, y este me era familiar.-
En conductor abrió la pequeña puerta de la derecha y nos invitó a subir, cortés y sonriente.- Se lo veía amable y buena persona.-
Apenas reanudamos la marcha, un relámpago nos cegó y el estampido de un trueno estalló al unísono, lo que indicaba que había caído cerca; luego otro a la izquierda, y otro más a la derecha, junto a las primeras gotas de un fuerte chaparrón.- Me indicó que cerrara la ventada, bajando la cortina que estaba enrollada en el mismo marco, y asegurando los broches del cierre; nos resguardamos del aguacero que ahora se estaba desplomando con toda intensidad.-
Mientras el camioncito indiferente marchaba poco más que al paso, con su rumoroso traqueteo, bajo la lluvia, hacia la bajada del puente; nos preguntaba quienes éramos, y nos contó que conocía bien a papá y que él se dedicaba a comprar chatarra, o más precisamente piezas de maquinarias y herramientas en desuso, para su modesto desarmadero; por eso recorría la colonia y andaba regularmente por esos caminos, todos de tierra y por lo general bastante polvorientos.-
Dejamos atrás las primeras casas, y al entrar al pueblo, la lluvia había mermado al punto que sólo caías gotas espaciadas.- De allí en adelante el agua no había siquiera apagado al polvo de las calles…
-Déjenos aquí, en esta esquina…, a media cuadra vivimos nosotros…-
Asintiendo mermó la marcha y yo le agradecí la “gauchada” y antes de bajarme enrollé la cortinita, mientras iba abriendo la puerta y pisé el estribo, antes de saludarlo y reclamarle a mi hermanito que me siguiera.- Del estribo me bajé a tierra sin mayor cuidado…
Pero el camión, con muy poco o nada de frenos, no se había detenido del todo; por lo que sentí el piso escapárseme violentamente hacia atrás y me encontré con la cara dando violentamente contra el piso de la calle polvorienta…
Alcancé a ver a mi pequeño hermano parado en la puerta, esperando que el camión parara del todo para bajarse.- Aturdido sentí la rueda de atrás rozarme la cabeza y detenerse algunos metros más adelante, mientras yo en el suelo terminaba de revolcarme por la caída…
Me levanté de un salto movido por un súbito sentido de orgullo lastimado, o directamente por vergüenza a que me viera la gente, que había afuera de un comercio cercano, y me apresuré a sacudirme disimuladamente la tierra que tenía encima, mientras mi compañerito bajaba serenamente del estribo…
Al conductor debe haberle extrañado cómo desaparecí tan abruptamente de su campo visual, pero creo que no sospechó siquiera de mi bochornoso descenso; porque puso nuevamente su camión en marcha, y se alejó tranquilamente…
Con su ronroneante traqueteo, poco más que al paso…

*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
-Texto incluido en “Los días felices” Avellaneda (Santa Fe), 14/ 07/ 2005

El azabache se enredó en dos trenzas*

*Por Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com
http://textosnechidorado.blogspot.com

Mi cabeza es la noche:
en ella cual estrellas,
titilan los tembleques luminosos
desde el negro
azabache de mis trenzas
que sujetan,
dobladas en la nuca
las doradas peinetas…

Ana Isabel Illueca

¡Agua, agua, agua! pedían hombres, mujeres y niños y los carros cisternas, llamados culecos, rodeaban los parques para empapar a los convocados por la tradición que se negaba a abandonar el acervo instalado en su sangre a través de las generaciones.
Los bolillos sonaban sobre el parche de la tambora, las flautas lanzaban su sonido agudo acompañadas por el rumor de las zarú (*). Cuatro días duraba la fiesta del Rey Momo y el pueblo la celebraba desde que despuntaba el sol hasta la noche, cuando comenzaría el desfile de la pollera, traje típico del lugar, provocando estallidos de color, gracia y belleza.
Los habitantes esperaban el momento que fueran apareciendo las reinas, las mujeres más bellas del pueblo que llegarían danzando rítmicamente al compás de los acordes de la pegadiza música de sus murgas.

Alejada del lugar, otra hermosa mujer trenzaba el azabache de sus cabellos enroscándolos en la nuca. Allí descansarían sostenidas por dos flores magníficas que llamaban del espíritu santo y que ella guardaba para la celebración desde el mes de octubre, cuando los pimpollos se abrían lentamente. El delicado tono marfil de sus pétalos resaltaba sobre ese cabello tan negro como dicen que es la tristeza, los que ponen colores a la invisibilidad de los sentimientos. Parecían palomas posadas sobre la unión del nacimiento del pelo y la raíz de cada trenza.
Impactante la belleza de esa mujer delgada, menuda, cuya cintura fina era constantemente salpicada por el agua de dos mares. Cargaba un pasado tristísimo que se retrotrae al momento en que fue separada por la fuerza bruta, de dos de sus hermanas. Porque las tres fueron una y dicen algunos y esperan otros, que vuelvan a unirse para siempre.
-Falta poco, agregan, muy poco.
De todos modos siguen compartiendo similitudes, idioma, aves, árboles y un sentimiento que el tajo violento de la prepotencia no pudo borrar jamás.
Muchas veces ellas se preguntaron por qué las separaron, por qué causa debían ser tres. Cuál fue el derecho arrogado para semejante amputación, fuera del derecho impuesto a fuerza del filo de cuchillada que se clava en la carne dejando cicatrices que no cierran.
La respuesta se arrinconó en el recuerdo de la intromisión permanente de la otra mujer bellísima, la que no se integraba, la que tenía ojos que parecían pedacitos de color robados al cielo, porque todo lo suyo era robado. Cercenamiento producido bajo su mirada tiempo antes de recibir el regalo de esa estatua de cobre, acero y concreto que habría de convertirse en su atalaya desde donde podía dominar hasta lo inimaginable. Coloso magnífico que sin embargo, representa, hasta hoy, el símbolo de la delincuencia impune, del llanto de madres y de niños, lágrimas que recorren el orbe arrastrando luto, remolcando desconsuelo. Rememorando ausencias y despertando silencios remolones.
La mujer pequeña, igual que sus hermanas, vestía túnica blanca; como todas llevaba faja ciñendo su cintura. La suya estaba formada por dos cuadros blancos pegados en un ángulo, sobre cada uno cayó una estrella de cinco puntas, una azul y la otra roja, quedando para siempre en la textura suave de la tela.
En la banda inferior lo cuadros se intercambiaban, así fue como podía verse bajo el busto, uno blanco pegado a otro rojo, debajo de los cuales había uno azul y a su lado otro blanco.
Esos colores reflejaban a los dos partidos políticos que gobernaban el país. El liberal, identificado con el color rojo y el conservador, con el azul.
La mujer tomó un escudo que centró en el pico del escote de la túnica, era el símbolo de la paz y el trabajo. Un lema ocupaba la parte superior, aunque sufrió muchas modificaciones a lo largo de su historia. Ese día ella tomó el que tenía forma ojival, dividido en cinco cuarteles. En la parte superior, refulgían nueve estrellas de oro delineadas en un campo de plata. Se veía, además, un sable y un fusil brillantes, colgados, como símbolo de paz pero a la vez alertas para defender a esa mujer pequeña cuando hiciera falta, aunque de momento no hayan podido protegerla del todo. Hacia la izquierda, un campo rojo donde bordaran una pala y una pica, honrando al trabajo.
Hacia el centro se estiraba la silueta de esa mujer, comparable a un istmo con sus dos mares estáticos sobre la tela. Había también un cielo con el sol escondiéndose tras un monte, rememorando las seis de la tarde del día en que la amputación entre su cuerpo y el de una de las hermanas, se llevó a cabo, para dolor perpetuo de ambas. A la derecha la luna se estiraba, como desperezándose de la modorra, entre las olas marinas.
Más abajo la estampa dejaba ver otras alegorías, dividida también en dos cuarteles. Uno azul fuerte donde una cornucopia descansaba su sueño promisorio derramando monedas, símbolo de riqueza. Hacia el lado izquierdo, el campo blanco contenía una rueda alada, que dicen los ancianos del lugar que representa el progreso.
Sobre la imagen, dándole más imponencia, un águila harpía, ave preferida por la mujer, dirigía su mirada hacia la izquierda y de su pico colgaba una cinta con un lema. Sobre el ave, un arco formado por diez estrellas honraban a las nueve provincias unidas en la túnica de la mujer pequeña. Como abrazando al escudo, dos banderas en astas sobre lanzas custodiaban su sueño libertario.
Joya hermosa que la mujer atesoraba y cuando venía al caso, prendía de su pecho para lucirlo con el orgullo de quien ostenta un pedacito de su anecdotario grabado por el arte incorrupto de la memoria.

-¡Agua, agua, agua! se sentía a lo lejos y la mujer sonreía mientras su eterna compañera, el águila harpía, se posaba un poco sobre su hombro y otro poco sobre el escote de esa túnica que también parecía de espuma.

Su hermana lejana, la que habla idioma diferente desde la estatua, insignia del despojo, gozó sumiendo a la hermosa mujer bajo su dominio durante muchísimos años. Aunque no pudo quitarle su tradición pese a tanto intento, cosa que de por sí, para aquella, representaba un fuerte desprecio.
La mujer bañada por dos mares no podía perdonar que en algún momento, amparada por su superioridad, su hermana perversa enviara a Chiquita-bra arrastrando una maldición que se clavaría en la médula de sus hijos, dejando tantos huevos que hasta el momento no han podido ser aniquilados.
Huevos que al partirse se convirtieron en bases militares alimentadas de carne humana.
Carne de hermanos contra hermanos.
Carne de pobres deglutidos por la infamia.
Carne infectada por pesticidas criminales.
El árbol Panamá, donde tantas veces se enroscara Chiquita-bra antes de mudar su piel por entre los bananares, saludaba a la mujer hermosa que se acercaría al pueblo para disfrutar de la algarabía popular. Fiesta que año a año le permitía calmar un poco, la profunda herida que sangraba constantemente en ese corazón partido, una de cuyas partes quedara apretadita sobre el pedazo más grande que le tocara a su hermana antes de la división que padecieran ambas.
Esta pequeña pero noble mujer, soñaba oficiar de puente entre esa hermana y las otras, pero manos enviadas desde la estatua impedían que el puente se abriera según las necesidades de todas ellas. No obstante dicen que la mujer sigue hasta la actualidad alimentando su sueño secreto, sin claudicar.

Tuvo hijos tan nobles como ella y otros cooptados por la hermana rubia, indolente, sanguinaria, que abrieron las puertas a la monstruosa víbora que comenzó a quitarle sus frutas para mandarlas donde el cerebro indicaba, el centro del coloso, a lo lejos. ¡Siempre el banano! Como eje central de la avaricia volvió jirones las túnicas hermanas.
Como involuntario reproductor de espantos repetidos.
Como generador de divisas estancadas en el corazón de los frutos que crecían en racimos, tal vez para darse fuerza unos a otros en un intento tan estéril como el útero de la mujer custodia del cerebro fermentado.
Como oro verde codiciado, devorado, exprimido en la esencia enviciada de la bestia.
Lloró lágrimas de amor irrenunciable cuando embarcaron los primeros setecientos cincuenta racimos hacia la cueva norteña. Estibaban entre ellos, el sudor de sus hijos, la sangre de sus manos, la carga del esfuerzo de las espaldas combas que parecían imágenes humanas del banano.
Lloró lágrimas de amor irrenunciable cuando Chiquita descubrió también el aroma del cáñamo para llevarlo más lejos aún. Todo fue despojo, entonces. Las fibras fueron fletadas hacia donde el odio partiría en dos al mundo, apoyado en el sonido siniestro de bombas descargadas sobre la tierra lejana.
Donde los hombres se mataban por órdenes de otros hombres cuando un espectro maléfico llenó de humo los cielos dejándolos chamuscados para siempre.

Mientras el pueblo esperaba la danza de las polleras, la mujer acariciaba sus trenzas azabaches recordando el día que rajaron su túnica, de la cual resbalaron sus hijos, quedando de un lado ellos y del otro, los hijos de su hermana que habla diferente y que enviara cubiertos de pertrechos, atropellando, sin pedir permiso. Ultrajando como acostumbró hacer desde épocas inmemoriales y lo sigue haciendo, descarnada, brutal. Impune.
¡Tan execrable que no puede describirse con palabras!
Los primeros tuvieron su lugar donde pudieron. Los de su hermana donde eligieron.

Continuaba el carnaval, ya se escuchaba el sonido de las polleras agitadas que parecía un susurro envolvente en aquel paraje tan cargado de recuerdos para la mujer pequeña, de cintura frágil salpicada por la sal de los dos océanos. Ella miraba sonriendo con la dulzura que algunos ojos tienen la particularidad de transmitir. Se acercaba lentamente hacia el lugar donde las primeras empolleradas danzaban su tradición.
Cerca de allí se apilaban resabios de situaciones anteriores como para que nadie olvide que la hermana de idioma atropellado, dejó hace muchos años sus embriones, que dieron lugar a otras vidas que siguen reptando a lo largo y ancho de la túnica de esa mujer memoriosa.

Ríe la mujer bestia desde su mirador eterno, ella sabe que en el lugar donde se agitan las polleras están sus esbirros mirando hacia otra hermana morena, tan hermosa como todas ellas. Hermana donde los colmillos de Chiquita-bra también dejaron cicatrices que ni la brisa ni el sol pudo borrar jamás, en su reptar hacia el sur desvencijado.
Cicatrices que son surcos por donde caminó la historia su paso cargado de lamentos y de lutos.

¡Agua, agua, agua! Pedían hombres, mujeres y niños entre risas de pueblo y rememoración folclórica.
Un anciano solitario apareció de pronto, llevaba tras de sí la sombra de un pasado glorioso. Parecía que hubiera estado allí, toda la vida. Habló con tanta seguridad que cualquiera que pudiera oírlo sentiría que le estaban inyectando vida y esperanza.

-Conozco el dolor de esta mujer de trenzas azabache y se que ella también pide agua para calmar el fuego eterno de su angustia acurrucada entre los pétalos de esas flores del espíritu santo, que guardó para este día.
Y dijo también el hombre de mirada penetrante y firmeza tan arrolladora como el amor y la locura.
-¡Es por eso que los mares reciben sus lágrimas, bañan su cintura salpicando su vientre, la acarician y la besan, la contienen, mientras ella sigue soñando ser el puente que una a todas las hermanas!
Unión que está encaminada ¡Mira como la otra se agita desesperada allá a lo lejos! Convocando a la muerte, a la tortura, sembrando terror reflejado sobre los ojos fríos y ausentes de sus matones.
De momento, los huevos de Chiquita-bra siguen abriéndose, lanzando su veneno, pero llegará el día, agregó esperanzado, que las hermanas recuperarán su memoria.
Sólo hace falta que sus hijos quieran escuchar sus propios cantos, concluyó, mientras se alejaba con paso lento y cansado hacia el tronco estoico del árbol de Panamá, donde estaba la mujer y su águila. En su cintura el brillo de una espada iluminó la túnica con luces de otros siglos.

La mujer abrió sus brazos para recibirlo, era su hijo adorado que comenzó a andar nuevamente, dando vueltas por la zona con la misma terquedad como lo hiciera hace tantos años, cuando sembraba sueños que fueron truncados por el odio pero que no murieron del todo.
Juntos, madre e hijo, comenzaron a repasar las hojas amarillas de un ayer supurante. Ambos esperan que renazca la maravilla pese al desprecio que provocó su presencia en el epicentro absurdo de la enajenación.
Ellos tejen hebras de futuro, esperan arrinconar todos los intentos por evitar lo que sigue haciendo aquella mujer detestable, agazapada tras las ventanas contaminadas de la estatua.
¡Agua, agua, agua! Seguía cantando el pueblo antes de que aparecieran las primeras polleras en la nochecita calurosa entre los dos mares.

A pocos metros de allí, entre las hojas del añejo árbol Panamá, la utopía desplegó sus alas para echar a andar los caminos polvorientos hacia el mañana, cuando tal vez la postergación se convierta en mal recuerdo.
-El engendro se retuerce allá a lo lejos, genera pautas, declara guerras mientras se tambalea aunque no termine de caerse del todo porque tiene la fuerza de enmarañarse en las túnicas de las mujeres bellas que son orgullo de sus hijos.
Y tiene cómplices que apuntalan sus deseos que no han de ser cumplidos, Madre, dijo en voz baja el hombre mientras la mujer pequeña acariciaba su frente, dándole fuerza y coraje, nuevamente.

(*) maracas

COMO DE PIEDRA*

La imagen fija quedo grabada en mi memoria.
Aún puedo ver su gesto, su mirada
en el momento supe muy bien qué requería.

Con un brillo especial en esos ojos,
con un gesto sagaz en la sonrisa,
volteó hacia atrás, y yo
quedé atrapada
no atiné a nada
era mi dueño , era yo su esclava
allí quedé aprisionada
solo quería por siempre ser amada
sólo quería que deje de mirarme
o que dijera algo, cualquier cosa.

Como un insecto en la luz quedé fijada
solo por medio de esa , su mirada.
Como de piedra el rostro,
como de granito.
Y yo tan sola, vulnerable, frágil
por el mensaje aterrador que transfería.

Ahora sé lo que viene, solo lo espero.

*De Mirta Gaziano mirtagaziano@arnet.com.ar

Correo:

vean el sitio*

Vinieron a casa y me grabaron, aparte de sacar fotos. Hicieron con todos lo mismo. Es interesante porque muestra una parte del universo poético de la provincia.
Es un proyecto de Comunicadores sociales de la UNR.
http://territoriodeletras.com.ar

con un abrazo

*cacho agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar

*

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MINOTAUROS*

*Por Miriam Cairo.

I.

Uno de nosotros es la pata de la silla que se escapa para vivir su vida. El resto del mobiliario lo condena: dice que destruyó el asiento tan necesario para que el mundo descanse de su propia nulidad. Pero la silla no ha dejado de ser silla, sino que es silla de tres patas. La pata que quiere vivir su vida, ha decidido no sostener más el pesado trasero del mundo. Todo aquel que se siente sobre la butaca de tres patas caerá, se fracturará el tronco y las monedas se le caerán de los bolsillos. Uno de nosotros sentirá el alivio de no formar parte ya de ese living tapizado de gris oscuro.

II.

Este cielo me desmiente, me obliga a recordar al inocente amado fugitivo que se recostó más allá de cualquier zona prohibida en la arena roja de mi alma.

III.

Una de nosotras raramente ve alguna cosa sin experimentar ese sentimiento tan especial de haber sido alguna vez lo mirado. Pero las experiencias no le sirven para nada, esa es la razón por la cual a una de nosotras le gustan tanto las pinturas de Matisse.

IV.

Hay un espejo donde sabios animales nostálgicos visitan nuestra flamante transparencia de cuerpos calientes, doblados en una hoja nervada, donde los amantes comen lentamente su corazón de medianoche hasta pulverizarse el sexo.

V.

Uno de nosotros ha de volver con sus huesos a la memoria del cuerpo y dejará que su crepúsculo esté lleno de sudores. La noche temblará llena decontentos. Nada de fotos íntimas en la portada del diario. Uno de nosotros cree que debieran estar prohibidas las noticias y entrega a la señora de al lado sus ahorros y su sangre. El alma humana es una bomba de tiempo. Pero en tanto haya carne viva de uno de nosotros para que la señora de al lado camine sobre el sangrado parquet y pague los impuestos, habrá paz en el living de su casa aunque no haya amor en el mundo.

VI.

Doblemente iluminado ciega sus miembros con en salmos de luz. Dice que abolirá la mañana ostentosa. Dice que las colosales intimidades lo abrigan de las hogueras frías de sus noches. Dice que se ahogó, como Sansón, en un rodete de su propio pelo. Dice que como una reina loca aulló desnudo y solo. Dice que su fornicación de misántropo esposo no le trae ninguna gestación humana. Dice que ya no es un espejo incendiado. Dice que sobre sus hilos rígidos se duerme y se llora en sus propios funerales.

VII.

Una de nosotras podría morirse de una vez, pero como siempre pasa, una de nosotras juzga que merece una vida nueva y no obstante, una de nosotras no hace más que meter la pata y conducir la nueva vida hacia la más deslumbrada perdición.

VIII.

En sus horas profanas de bestia eternamente anónima, ejerce el oficio de sonámbulo y de transparente. Desacostumbrado ya del aleteo que para su orgullo lo llevaba a sucumbir como un hombre, apenas si logra rememorar aquellos momentos en que gozó a la luna tanto como quiso.

IX.

Uno de nosotros dijo vos y yo pero se refería a un silencio perfecto. Qué broma cuando uno de nosotros dice vos y yo, pero nunca se decide a hacerse hombre. Uno de nosotros tiene que ser sutil, tiene que reservarse los calificativos porque de lo contrario uno de nosotros sería tan ínfimo que ni siquiera podría emparentarse con el último aullido del último lobo.

X.

Alguien lo come y lo bebe. Alguien es fiel a un lecho malo en la nochebuena. Alguien es el oceánico amante solitario. Alguien tiene miedo de ser el animal liberado del laberinto. Alguien trata de despertar sus atontados sentidos. Alguien no quiere ver que la estrella lo aguarda solitaria y móvil. Alguien es un barco que parte de sí llevándolo dormido. Alguien está a punto de entrar por el umbral de la noche que cae sin nombres.

XI.

Una de nosotras acepta trocarse siempre en animal que duerme en el país del viento, y no habla. No es abortadora de silencios, ni de niños, ni de esperanzas. Una de nosotras desapareció con entusiasmo. Y cuando todo ya andaba dorándose al sol, se le ocurrió pensar que la otra era una oveja encapuchada que da órdenes al carnero del rebaño. Aún antes de pensar esto, una de nosotras, como quien no quiere la cosa, desapareció con entusiasmo.

XII.

No entres dócilmente en mi memoria. Estos recuerdos como piedras preciosas, como huesos que brillan en la oscuridad, tienen que dejar de ensartarme relámpagos, tienen que dejarme dormir dentro del cerebro de las flores pequeñas.

XIII.

Uno de nosotros está parado sobre un mundo paralelo. Que el otro, pues, lance un suspiro de alivio. También hubiera podido ser que uno de nosotros fuera un sonámbulo en pleno día. Eso explicaría por qué uno de nosotros no ve que la jornada es un campo de maniobras donde los hombres aprenden a estar muertos. Uno de nosotros está parado sobre su propia amargura. ¿Qué puede hacer el otro? ¿Pompones de urutaú? Uno de nosotros es blando, más blando que el agua blanda y tiene un corazón de oro, una libación de oro, un galope de oro, un chorreo de oro. Uno de nosotros no leyó a Krishnamurti o bien lo leyó pero lo ha olvidado, o bien lo ejercita con matices raros. Para uno de nosotros no hay espíritu más bello que un cuerpo desnudo.

XIV.

Por un minuto caerá la lluvia y borrará los pesares conyugales. Ya que la luz relampagueó primero en la tormenta, estás a tiempo de cuidarte de la sed y del silencio. A tiempo de ver la tristeza de lo que no nace. Por un minuto tu hebra de agua, tu estrella polar, te traerá la memoria de la puntual amazona iluminada por un sol de tu propio mundo. Por un minuto tirarás de los rayos y distinguirás un enemigo entre muchos.

SOÑANDO EL SUEÑO DE LAS PALABRAS…

En ese giro*

*Por Miriam Cairo

Ahora que estamos cara a cara, atados con un hilo de oro, voy a contarte un secreto. La fragosa compulsión imaginaria fue inaugurada a temprana edad, en el ritual profano de leer lejanísimas narraciones contenidas en un título que, a los nueve años, no significaba más que la belleza de un número
escrito en letras y el vértigo congénito que lleva consigo la palabra noche.
Como cualquiera aprende las sumas y las restas, yo aprendí cómo no perder la cabeza. Con el corazón enhebrado en un collar de perlas y el cuerpo adormecido como lagarto al sol, dejaba que las palabras punzaran la siesta con sus alfileres de eclipse.
La violencia sobrenatural de aquellos relatos y la invención como recurso para salvar la propia vida, sentaron las bases de una conciencia extramuros y una corporalidad deliberada. La blandura de los labios se preparaba para el oscuro beso. Los orificios del alma se llenaban con pequeños ángeles de
cabeza negra. Las piernas suponían viajes que iban más allá del camino.
Y eso no era todo. La imaginería voluptuosa cedía espacio a la dimensión terrena. Mientras avanzaba hacia la pubertad con los pasos tentativos de la infancia, me estremecía en torno a un tocadiscos poseído. La espiga del cuerpo, flexible como el aire, se inclinaba hasta el instante designado por
el primer misterio y rebotaba en la precoz memoria para saltar hacia una lejana polvareda. El cuerpo hecho llama a la deriva giraba porque era hoja arrancada del árbol. En cada giro trataba de marear al dios verdugo para que cayera en la ciénaga y admitiera que no podía resucitar a los muertos.
Giraba y giraba rabiosamente como la única hoja bailarina del mundo.
Acrobacias que signaron el destino carnal de la armonía.
Ahora que tu mirada se alarga como una inmensa cinta de seda y me enlaza al árbol de la vida, puedo confiarte que los pasadizos secretos y las páginas desde las cuales se veía a los veinte esclavos y las veinte esclavas en concupiscente diversión con la esposa del soberano, signaron el irreprimible
destino de mirona. Deberán los teóricos reflexionar sobre los pérfidos alcances del benéfico hábito de lectura.
He visto a los caballos alados morir y a la luna lamer el lomo del río. He visto el largo cabello de las esposas y el sable mandarín de los maridos. He visto el pinchazo en el pecho y el collar enrollado en la garganta del tigre. He descubierto en pleno día, el paso oscuro de la noche. Envuelta en mi propia manta pude pasar al otro lado de las cosas. Y con la misma videncia me he entregado a la crudeza vinílica del sonido.
Esta historia es una historia más entre todas las historias. El cuerpo de cimbreante soledad montado sobre imágenes y sandalias, naturalmente provocaba el crepar de los escarabajos al contacto de las pinzas escabrosas, cuando el pezón bajo la blusa era apenas una promesa de futura magnolia.
Recién bañada y con el cabello mojado aún, hacía vibrar el alma al ritmo más virulento. Soltaba el goce de las caderas, luego de andar en puntas de pie por las terrazas de los palacios, espiando ruiseñores enjaulados, flores carnívoras adentro de un tazón de oro y jóvenes violadas por serpientes humanas.
Yendo por un camino de transparencias, como un pez que se deshace con la lluvia, recuerdo que por una cosa o por otra, esas doncellas zurcían los bordes de la herida y nunca le hacían cara de asco aunque fuese prominente y espantosa. Las niñas serán delgadas, serán lampiñas, serán flexibles pero no
son gallinas lacrimosas.
Las niñas bailan horas tras horas, con igual frenesí sobre montañas calvas o sobre pestañas de reptil, bajo la sombra de una catástrofe o en la cabeza de un alfiler. Como ellas bailaba yo, mientras urdía la minuciosa labor de la existencia. Daba vueltas en puntas de pie y me detenía cuando el reflujo de
la lectura me aspiraba. Tenía bajo mis plantas el ritmo y el lenguaje. Tenía la sombra de un árbol de brumario. Tenía el pájaro que llevaba el cielo en la boca y tenía la curiosidad de las niñas que en otros mundos moran.
Poseer lo desposeído ha sido un privilegio divino y espantoso. Ahora que tengo un pie descalzo sobre tu pecho, ¿estoy bailando? Ahora que arrullo una música lejana, ¿estoy narrando? Ahora que tengo entre las manos una blandura escandalosa, ¿estoy soñando? Ahora que sos mi musa desnudable ¿estoy
creando?

LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ

“De chica entendí el sentido profundo de las palabras”*

La escritora Miriam Cairo cuenta que eso ocurrió a los siete años, cuando aprendió un poema para el colegio.

-Miriam Cairo. Foto: diario La Unión de Lomas de Zamora.

Por regla general, se anda con el cuerpo asustado y el corazón vacío. La vida bulle en los bares, hormiguea en las salas de redacción, se multiplica en los cybers, se monta a las tormentas.
Está pendiente de los perros que han sido rechazados por sus perras. La vida se precipita a la semejanza de los sueños y cruza los hilos para tejernos un aire que podamos respirar”, escribe ella. Una luz en la niebla que se detiene para violentar conciencias, rudamente.
Quizás es una percepción. Miriam Cairo nació y vive en San Nicolás, (1962). Desde 2004 escribe en las contratapas de Rosario/ 12. Ha fundado una mirada visceral que amerita saber de otras pistas.

–¿Hablarás de vos, tu vida, familia, estudios y aquello que desembocó en la literatura?

–Según mi hermana mayor, además de leer libros, cuando éramos chicas leíamos el diario con mi papá. Yo no lo recuerdo, porque aprendí a leer y escribir a los cuatro años. Mi mamá nos lo enseñó como una forma de entretenimiento.
Escribir era el equivalente a jugar. Pero mi máxima experiencia literaria la viví a los siete u ocho años, cuando tuve que aprender un poema de memoria para el colegio, y mi mamá, cansada de escucharme (supongo) me dijo que fuera a recitárselo al sauce, porque ese poema era para él.
Obviamente no tuvo idea de las consecuencias, porque al pie del árbol experimenté algo así como una revelación, comprendí que las palabras tenían un sentido profundo y al decirlas me conectaba con cosas que estaban más allá.
Aún hoy creo que el escribir como un juego y ese recitado, como una oración, un rezo junto al sauce, fueron definitorios para mí.

–¿Cuándo y cómo nace esa cuestión?

–La escritura comenzó a los once años. Entre mis amigas circulaba un cuaderno en el que se alternaban versos de Cardenal, Neruda, Amado Nervo, con otros anónimos.
Entonces me atreví a intercalar cuartetas propias, amparada por el anonimato. Para mí era un gran placer escuchar a mis amigas diciendo que les gustaban justamente las líneas que yo había escrito, pero por años mantuve en secreto mi autoría.
Ya en el secundario inventé un seudónimo. Y a mis amigas les encantaba que les leyera los relatos de “esa escritora” que sólo yo conocía.

–¿Qué has publicado?

–He publicado en antologías de Universidad Nacional de Rosario, antologías de Los Lanzallamas, del Fondo Editorial de San Nicolás, y muchas otras. También en revistas literarias de la región: San Nicolás, Rosario, Santa Fe.
En los ’80 había una estimulante actividad under en la zona y yo formaba parte de grupos donde se hacía “poesía subterránea”.
En los ’90 quise hacer taller de narrativa porque ese costado de la escritura había sido completamente descuidado y así entre al taller de una escritora muy reconocida de Rosario, la poeta Celia Fontán sin relegar la poesía con el poeta Mario Perone.
Ya en el 2000 me di cuenta de que estaba presa de las convenciones literarias y que no escribía realmente lo que yo deseaba ni como lo deseaba. Así que en el 2001 me desconecté del mundo literario y en la más absoluta soledad solté la pluma. Aparecieron unos textos mínimos en su dimensión, pero intensos en su contenido.
En el 2004 me animé a presentarlos en Página/12 Rosario y desde entonces publico en la contratapa cada sábado. Allí me descubre el editor de la Editorial Abrazos y publica mi primer y por ahora único libro “Culonas”.

–¿Qué lugares y qué comodidad de género elegiste para tu literatura y por qué?

–Como he comentado antes, al soltar la pluma escribí los textos según las exigencias de la escritura misma. Mientras escribía me daba cuenta de que me salía también de los límites del microrrelato, pero estaba resuelta a experimentar la escritura respetando el proceso creador y la resolución que cada texto demandara, sin pensar en el deber ser de la academia y/o el mercado.
Al comienzo me sentía en la más absoluta soledad, pero luego, leyendo, investigando di con los trabajos de Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo, donde ellas hablan de la “minificción” como una forma que excede los límites del micro-cuento o el micro-relato, y siempre digo que con ese término a mí me han dado una patria.

–¿Qué sucede con la soledad del escritor?

–Me parece que de todas las soledades que rodean al escritor, la más dañina es la del mercado editorial porque opera como un modo de censura. El mercado te silencia en nombre del rédito económico.
Eso me parece perverso, antidemocrático y también de una gran desidia. En mi caso, actualmente, no es una prioridad entrar en el mercado editorial.
Mi experiencia con la publicación de “Culonas” ha sido mágica, porque fue una propuesta espontánea de un pequeño sello con base en Frankfurt Alemania, que pretende hacerse un lugar en Argentina desde Córdoba. Pero esta falta de interés por la edición se debe a que yo tengo el privilegio de ser leída cada sábado desde el diario.
Y, a su vez, los textos son difundidos por innumerables sitios de Internet. Por mis publicaciones en el diario y por “Culonas” he sido convocada al Primer Encuentro Internacional de Escritores en Babahoyo, Ecuador, para tratar el tema de la Minificción y presentar mi libro.
Voy en representación de Argentina y el trabajo teórico que expondré formará parte de un libro que se editará en aquel país.

-Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 27/08/11. http://www.launion.com.ar/?p=56630

Un cuento ecuatoriano*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

¿La pintura de una lámpara no ilumina? ¿La palabra fuego no se enciende?
Cada vez me convenzo más de que estamos inmersos en un mundo de falsas apariencias. Cuando Manuel me invitó a un encuentro de escritores en su ciudad, Babahoyo, creí que él era un escritor como tantos. Tuve que llegar hasta allí para saber que era un quijote soñando el sueño de las palabras.
En el mundo equivocado en el que suelo vivir, pensaba que el núcleo de Los Ríos era el equivalente de una provincia argentina. Por supuesto también me equivoqué: era Macondo con sus plantaciones de banano, donde un solo hombre tiene pulso y coraje para amar a nueve mujeres y procrear con ellas cincuenta y cuatro hijos, sin plantearse que por un carril vaya el mundo de las falsas apariencias devenidas verdades, y por otro, el mundo de los libros.
Al llegar a Ecuador, pensé que en migraciones hacía trámites para ingresar al país que figura en los mapas, el país encerrado en sus fronteras, con sus habitantes de “carne y hueso”, esa carne y esos huesos que tanto me confunden.
Digo, pues, que yo creí ingresar en el país del planisferio pero había entrado en el país verdadero, guiada por la mano cálida de Macario, ya hecho hombre de familia, liberado de la tutela opresora de la madrina y emancipado de los amoríos clandestinos de la Felipa.
Siempre víctima de las falsas apariencias, estuve tentada de pensar que en él ya no quedaban rastros del niño que acallaba las ranas para impedir el insomnio de la madrina, pero la realidad se me imponía con todo su peso en el eco de aquel repiqueteo perdurable en su memoria.
Al principio nos dimos la mano, como dos supuestos desconocidos, para estar a tono con el mundo de las falsas apariencias, pero por mucho que su ropaje fuera el propio de un alto funcionario del gobierno, y yo arribara al país como escritora, antes que como lectora (no acabaré nunca de sorprenderme de
mis equivocaciones), nos reconocimos.
Naturalmente, ni siquiera hablamos acerca del tum tum del tambor, porque sus movimientos espontáneos a la luz del sol me demostraron que la Felipa, tal como se lo había prometido, había llegado hasta el mismísimo Dios santo para rogarle que lo libere de la oscuridad a la que la propia madrina lo había
condenado.
A pesar de mi total incapacidad por percibir de la realidad su maravilla, ella misma se encargaba de abrirme los ojos para que por una vez en la vida me diera cuenta de que la existencia no es ese berenjenal de mezquindades y correderas, de vanidades y podios, de desamor y preservativos, de florcitas pequeñas sobreviviendo en las macetas. Pura ficción es El Cairo con sus
columnas y sus marquesinas. Pura ficción el potus diminuto con sus hojas diminutas. Pura y vieja ficción el europeísmo baboso que queremos chupar desde estas latitudes de Sudamérica. Apenas un cuento el menú de los restaurantes donde no figura ni por asomo el arroz con menestra. Mis propios excesos son una metáfora flaca del bolón de maíz, plátano verde y queso criollo, por más que en mis esmeros mentales piense en freírlo en un aceite de girasol argentino.
Y para que me quede claro que el mundo real no es el que creo habitar, sino el que leo en los libros, llegó el momento inaugural del Encuentro de Escritores, donde el maestro de ceremonias era la viva encarnación del orador de “El día del derrumbe”. No cabían dudas de que él se sentía feliz porque el auditorio era feliz y se abrazaba al micrófono con una excitación sólo posible de ser descripta en un libro ya escrito.
A la hora de los discursos de los escritores invitados, el moderador perdió toda moderación y habló, habló, habló tanto que no quedó tiempo para los discursos de los asistentes. Por su boca pasaron todas las palabras nacidas desde la colonia hasta el último congreso de la lengua y otra vez la realidad me demostró que el tiempo no es más que un disimulo, y que el mundo de los libros es más pragmático que el de los calendarios y los certificados de asistencia: Manuel, ideólogo y mentor de este primer congreso, en menos de que cantara el gallo reinventó el programa y agregó funciones para que los catorce exponentes tuvieran ocasión de hacer un resumen más o menos ajustado de sus conferencias. Y así fue que los escritores demostraron a un auditorio fecundo y alegre, en qué consiste su rara, loca tarea. Los
aplausos expresaban el fervor real de los seres imaginarios.
Macario, en la primera fila de la platea, con su hermosa mujer, que apenas se parecía a la Felipa en su gesto de amor, y junto a su pequeño hijo al que yo he decidido llamar Juan en homenaje al Dios de este mundo creado, me exigía que no tratara de volver estas páginas vividas en un texto meramente inteligible.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-30269-2011-09-03.html

Alguien sostiene un suspiro*

*Por Miriam Cairo

I. El tono de este texto no es recomendable. Pero tampoco es una opción la intransigencia de aquellos que tienen el consentimiento de una multitud.

II. La felicidad de ellos se transporta en un carruaje tirado por linces, seguido de estruendosos tambores, pífanos y panderos. Mi felicidad, en cambio, viene en taxi y con una tristeza a cuestas.

III. La felicidad de aquellos llega siempre a la misma hora, todos los días de sus vidas. Por su parte, mi felicidad llega cuando puede y es preciso asirla en ese instante, antes de que se evapore su mínimo suspiro. No conoce a mis vecinos. No atiende el teléfono fijo. Sus pasos dejan huellas invisibles en mi jardín y escondo su aliento en el aire que respiro.

IV. El carruaje tirado por linces, conduce a la felicidad de los otros, hasta que la muerte los separe, en cambio mi felicidad dura hasta que el próximo taxi la retire. Aquel carruaje empuja una felicidad tan absoluta, tan obvia, que ninguno de quienes la poseen atina a verificar si está viva. Pueden pasar toda una vida durmiendo con su cadáver en el costado de la cama porque en esa falta de vitalidad encuentran el alivio que necesitan.

V. La felicidad de los otros ostenta una impávida naturaleza de molusco. El recorrido de sus días es una línea recta. Su atadura es un cordón umbilical inextinguible. En su territorio, nunca se hunden los cielos ni emergen los abismos. No hay ni siquiera un pliegue en la corriente inmóvil de sus días. La felicidad que poseen es tan inocua que no necesita preservativos.

VI. A ellos, ningún sueño impúdico los sobresalta. Jamás les ha hecho falta tampoco, apoyar los talones contra un mueble para embestir con más fuerza un ano ceñido. Nunca han padecido un fuego abrasador que les dilate las pupilas, ni han encontrado un motivo febril que les haga perder el colectivo. Aclaro esto como una advertencia a muchas cosas improbables que se nos pudieran ocurrir: la máquina perfecta de esa felicidad no se masturba en las tardes de domingo.

VII. Por su parte, a mi felicidad le gusta la música y el vino. En el mundo de los otros, esto es bien notorio, pero los otros no saben hasta qué punto este placer puede convertirse en un encantamiento. A mi felicidad urgente, la desvisto al son de la garganta de Martirio. Mi felicidad me obsequia la imagen desnuda de su cuerpo y el olor inflamado de sus ingles. En mis huecos mantecosos, ella derrama el jarabe del olvido. Como una pluma flota en la punta de mi lengua. Bebemos lágrimas, sudores y orines. En pocos segundos ya no quedan rastros de aquella cotidiana y tranquilizadora necrofilia.

VIII. El duro esqueleto de la felicidad de los otros es imperturbable. Nada lo rompe. Ni una tristeza lo derrumba. Ni una sospecha de infidelidad lo resquebraja. Se sostiene a sí mismo como una armadura mental. Quien posee esa clase de dicha forma parte del mundo. Tiene los dos pies enterrados en el mundo. Todos los relojes giran en torno a sus horas. Su poderío es extraordinario. Ni siquiera necesitan decir algo encantador, lúbrico o festivo, porque las palabras que prefieren petrifican el glacé antes de que se chorree por debajo del ombligo. Mi felicidad, en cambio, me quita los pies del mundo y me hunde el enterito de modal hasta el abismo.

IX. Cuando llega a casa, mi felicidad se hace fuerte. Se reconoce a sí misma. Se permite la propia luminiscencia. Bebe mi vino, se desnuda y no tiembla. La pesada osamenta de la felicidad ajena se vuelve fina y volátil. La felicidad de los otros es de arena. Y por más golpee la pared con la cabeza, por más que chille detrás de la puerta y nos quiera inhibir con el resplandor de su alianza perpetua, mi felicidad no se inmuta. No profana el momento en que es reina.

X. La gran felicidad de los otros, que sea para los otros. Yo sólo quiero la mía, la pequeña y resplandeciente mía, la que inhala mis efluvios de amor y perdición, la que sofoca mis temblores finales con nuevos comienzos. Hay un mundo que está donde está ella y un mundo fuera de ella. Pero fuera de ella, el mundo con sus lloronas, sus consortes y sus bellas durmientes, ni siquiera es una cosa fiable o valedera.

El beso hondo cae*

*Por Miriam Cairo

Esencia. Yo elaboraba pensamientos embriagadores, perforaba luceros hondísimos para extasiarte, para distraerte del camino que te condujera a cualquier otra alma que no fuera la mía y sin saberlo, le dictaba a mi vida su propósito.

Umbral. Hubiera sido más prudente, más seguro, fundar mi motivación en un ser menos real, menos respirable. Me hubiera ahorrado todas las tendencias a caer en la ensoñación de lo posible. Unas pocas palabras me habrían dicho que temerle tanto al acostumbramiento es oscuro.
Con mis lentas piernas puedo dibujar un trayecto en línea recta hacia el asombro. Un recorrido en espiral hacia la calma. Un extravío hacia tus tierras temblorosas. Pero es cierto también que esta inclinación por los distintos recorridos, traza en la conciencia un designio circular: vuelve con toda su fuerza al origen y me estalla en las manos.

Lobos. Tu mano hecha enfermedad deja huella en mi muslo. Antes solías esconderla en cualquier cuerpo húmedo, como una babosa, inofensiva. Ahora tu mano es una jauría, una ferocidad. Más te hubiera valido no haberme estimulado.

Silencio. El hueso de tu flauta lo ha tensado todo. Ha empenachado con silbidos el camino de mi soledad. Yo ya no sé dónde han quedado mis fronteras. Hablo de tu cuerpo como si hablara de mi corazón. ¿Qué provoca tus viajes hacia mis infiernos? ¿Por qué escucho tu voz en todos mis silencios? ¿Por qué el hueso de tu flauta canta siempre mi canción?

Desasosiego. Aclarámelo por mail o por teléfono, cuando me hablás de la culona cuerpo de rana, de la tetona que te muestra sus delicias por cam, de tus desnudas inclinaciones viriles ¿me ves como al capitán del equipo de hockey? ¿como un eclipse de luna? ¿o como alguien que se enciende con tu llama?
Me siento una manivela que gira como loca en torno a sí misma. Yo estoy dispuesta a padecer mi amor por tus tropiezos. A engrudarme con tus azúcares. A fabricar mi propio error. A verter sobre tu boca mi tormento.
Pero vos, querido idealizado, inventado, desconocido, no dejes de hacerme conocer tu espanto. Decíme, una y otra vez: “estoy horriblemente inclinado hacia vos”, y yo te aseguro que no te dejaré caer porque desde que tengo uso de razón he fortalecido todo lo que he tocado.

Sima. Un beso no existe así como se da. A su alrededor se necesita tiempo, gente, historias y lo inesperado. A lo largo de un beso hay un camino recorrido para que lo previo no deje de existir. Todos los besos están habitados.
Durante mucho tiempo creí que un beso era algo maquinal. Que había un lugar donde poner la cara, la lengua, el mordisco. Lo reconocía como una conducta adquirida, como una señal de pertenencia, como un acto de sumisión.
Cuando empecé a besar sólo a quién deseaba, el beso obtuvo una razón renovadora. Un sabor a existencia. Se convirtió en un pasaje directo hacia el eco de todos los besos soñados. Por la boca entraba y salía el alma enloquecida. Y sobre todo, se destruían, en explosiones de desolación, los peores recuerdos. Desde entonces, no malgastar besos se me hizo una costumbre. El besar lleva a esto. Es inevitable. También se puede caer en la sinrazón. Lo creo. La boca es una cueva oscura que puede tragar la noche definitiva.

Razones. Si no fuera por esos rayos que salen de tus ojos, las cosas no podrían ser tan mortales ni bellas.

Fulminación. Uno a uno vienen tus gestos a entretejer mis dichas.
Ya te he dicho, en otras páginas, en otros sueños, que mientras moría hice una proclamación terrible de lo que existe. Un presente despacio y un después con humo. ¿Ardió el verso? ¿Quemó los labios?
Nombre o soplo, volví a nacer como sed impura del agua que no he bebido.
Bajo el temblor de tu sexo nocturno, edénico, incendiado, es fácil cerrar la memoria. Pero en el reposo, todas las puertas se vuelven a abrir. Estoy luchando. Un corazón no es una cavidad cerrada al puñal ni al relámpago.

Ergo. He aquí la paradoja. ¿Cómo podrías ser parte de la realidad si estás armado de sueños?

Lámparas. Yo te voy a dar trajes lavados en las orillas del río. Ahora que te vez cansado, suavemente voy a dejar que se vuelque el chorro divino de mis dioses sobre tu prematura vejez. Hay un día, una hora, en que nos volvemos irremediablemente lúcidos y viejos. Es el día en que nos preguntamos qué será de nosotros, y si supiéramos volver a lo que hemos sido, no volveríamos.
Voy a nadar hasta tu orilla, toda la noche, con un puñal entre los dientes, aunque no haya monstruos marinos por matar. Iré igual, amenazante, porque esta es mi noche para el heroísmo.
Esta es la noche del primer juramento. De la primera vaharada del corazón.
Es el momento en que por fin somos viejos y libres.
Si yo no pudiera, si algún antiguo temor me atara las manos y no lograra atravesar la vida, entonces vos podrías traerme vestidos recién lavados en la orilla del río. Podrías volcar sobre mí el chorro divino de tus dioses.
El futuro no existe. El pasado está muerto. La eternidad es una estúpida carcajada. Cada noche que nace soy una criatura reciente.
Las lámparas de la calle están encendidas. Nada humano les es ajeno. Estoy avanzando. La ciudad es un océano de asfalto. Será muy fácil. Como sacarse los guantes. Como ver un niño flotando en la dicha. Como llevar escondido dentro de la carne el latido que entregamos.

Teros. Escribo por tantas razones. Por tantas sinrazones. ¿Qué otra cosa podría hacer? Los teros cantan para espantar el miedo. Los teros cantan para confundir a los cazadores. Los teros cantan para proteger sus crías. Los teros cantan.

*

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JUNTO A LA VENTANA*

A Eduardo Francisco, que también miraba

Estaba junto a la ventana del bar, tomando café con un amigo, cuando de
pronto, en medio de la charla, surgió el tema del futuro, que es, hoy por
hoy, un tema del que nadie dice mucho.
Por otra parte, nadie da fe de lo que escucha cuando se trata el tema. Es
como si la cuestión de la que se habla derivara en bueyes perdidos o en
imaginerías sujetas con piolín.
Más: acerca del futuro, los jóvenes creen estar escuchando frases de clisé,
y no es extraño que bostecen, se distraigan, o sientan otra vez que se está
abusando de sus años.
Y tienen razón, porque el futuro ya pasó, o está terminando de pasar. Aquel
pasado de entreguerra, y de la larga guerra fría, tenía un futuro, por
cierto, que ya se concretó.
Hace 50 años, recuerdo, el futuro eran los robots, la computadora, los
viajes al espacio, y una tecnología que iba a hacer posible que cada hombre
trabajara sólo unas pocas horas al día.
Eso se decía, se escuchaba. Y la gente que podía ahorraba pensando en su
futuro, aunque fueran monedas o sueños, porque había que estar preparado
para esos tiempos anunciados.
Pero este presente aún no tiene futuro; hay que crearlo o no, aunque, por
ser tan precaria su base, y estar tan desacreditado, no ofrece alguna
posibilidad que se vislumbre.
Por otra parte, el mundo, la humanidad, no pueden hoy creer que el descaro
tenga algún futuro a favor que no sea él mismo en su precariedad y en su
pozo.
Además, la geopolítica, con sus misiles, y la economía, con su rapiña, no
ofrecen otro horizonte, como para extender un crédito que no tenga las horas
contadas y el aire escaso.
Lo que conocemos hoy son los restos y el reflejo de un futuro que ya se
consumó, de un presente que alguna vez supo creer, e imaginar, acaso con
alguna ligereza.
Este presente, le dije a mi amigo, así como se ve, aún no tiene futuro; sólo
tiene semana que viene, o mes que viene, y techo bajo, muy bajo, piso
incierto, y no se sabe bien adónde va.
Al futuro de este presente, o del que venga, hay que inventarlo; y no sé, no
puedo saber, dadas las cosas, si será posible, o será creíble, en medio de
este viento oscuro.

Queda por inventar primero un presente, hoy o mañana, que pueda sostener en
sus horas una confianza, un brote, algún espejo. Mientras tanto, “es lo que
hay”, dicen algunos, y ya sin más.

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Temperley, agosto, 2011

ESTE PRESENTE AÚN NO TIENE FUTURO…

AQUEL TIEMPO*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

En ese tiempo traslúcido yo me iba silbando con mi perro y mis tramperas,
mis boleadoras de plomo y mi honda matadora de pájaros.
Cuando escribo “en ese tiempo”, es como si no hubiese existido o
estuviera allí, esperándome, como una película detenida que espera el
accionar de la manivela para que todo vuelva a andar. Si bien los medios de
locomoción eran más primitivos con respecto al presente, y la vida más
sacrificada, y tal vez gracias a eso había más movimiento y más gente en
los negocios y en las calles, que, si no fabulo con el paso de los años, la
población era más numerosa. Pero no, no fabulo porque están los censos para
atestiguar el lento desgranamiento de numerosas familias que comenzaron a
migrar hace setenta años y hoy lo hacen con mayor premura, aunque no se van
las enteras familias sino la parte más joven y dinámicamente expectante del
pueblo. No obstante, a veces, se me van cruzando algunos nombres, fechas,
situaciones que hoy son el olvido y que resultaron interesantes en su
momento.
Sé que no conmuevo a nadie si escribo algunos nombres, pero alguien debe
hacerse cargo de ejercer una justicia melancólica, o un gesto reparador,
pese a los vientos de olvido y desolvido.
¿Quién se acuerda de Adrian Oscare, a quien apodaban “El Juez”, siendo que
no era sino un oscuro hombreador de bolsas de la Casa Arregui? ¿Y los
hermanos Aróstegui?, Vicente y Ricardo, eran “el Vasco grande” y “el Vasco
chico”, respectivamente.¿Y Faustino Brochero, apodado “Pancita”? ¿Y Cipriano
Carmen Herrera, el popular “Chocolate”? ¿Y Rosalino Mansilla, Raúl Cornelio
Arias, apodado “El Manco”, y su hermano Albino, negro como la noche, no
hacía honor a su nombre?. ¿Y Juan Amalio Herrera a quien todos llamaban “El
Chino”, y don Horacio Vega, y el “turco” Abraham Salí, a quien llamaban “El
turco sucio”, o a Francisco Alí, a quien decían “El turco Francisco”?
¿Y don Esteban Echeverría casado con doña Dolores Fino que vendía
chocolatines y helados en la puerta de la cancha?
Toda esta gente vivía en el pueblo antiguo y sus gestos estaban nimbados
como por una luz tan clara que casi siempre enceguecía, como el sol si se
mira muy de frente.
Los primeros diecisiete años de mi vida estuvieron absolutamente tiranizados
por una sola pasión excluyente: el fútbol. En el primer equipo que yo vi, el
primer equipo al que mi viejo me llevó a mirar como jugaban estaban aquellos
ídolos que hoy permanecen intactos en la memoria de los veteranos: Tin
Morón, arquerito heroico: en defensa Quique Moreno, Anselmo Vera, a que
llamábamos “Verita”, Juicho Becerro,”Tit” Gardella, Capobianco, “Tuto” Vega.
Y adelante: Morenito, Carbonin, Parabatti: Remigio Gramajo, el “Loco” Moreno
que se vendió en un clásico y como era ferroviario llamó ese domingo a la 11
de la mañana al club diciendo que había atropellado una vaca y estaba
detenido.
¡Las pasiones que producían en ese entonces los clásicos! Empezaban las
ansiedades y los pronósticos quince días antes y se comentaba una semana
después el terror de la circunstancia de una derrota o las mieles de un
triunfo. Todo el barrio “El Jazmín” participaba de los preparativos aunque
la emoción ese día tenía que ser agasajada. Doña Emilia Latini de Peralta
era nuestra vecina y consultaba a sus amistades, nobles señoras que se
fanatizaban por la camiseta roja y entre ellas hacían una cadena de
oraciones y en esos días el “Ramos Generales” del Cholo Belluschi
incrementaba la venta de velas y se concurría más a la Iglesia para
reforzar “in situ” las oraciones.
El reducido, el cuasi recoleto, pero visto a la distancia, el inmenso tiempo
de entonces era amplio como el mismo universo, en esas primeras emociones en
que todo se daba por amor a una camiseta, no importa si del barrio, o del
Club, a esas protoremeras a la cual le colgábamos unas chapas de gaseosas de
entonces a modo de distintivo o esas blancas, muy usadas que osábamos
pintarle una inscripción o un distintivo porque entre los agujeros que
ostentaba su uso auguraba un pronto pase al indecoroso destino del trapo de
piso o siquiera repasador que limpiaba la plancha de las cocinas económicas
ahítas de marlo o de leña seca esa que no hacía llorar los ojos de las
señoras de entonces. Sus lagrimales se preparaban para ser usados oyendo las
radionovelas ingenuas: “El paisano mala suerte” con Federico Fábrega y su
compañía que recorría los polvorientos caminos de entonces, donde los
pueblitos se colgaban en ese bordado asequible y lloroso en el hilo
sentimental y cuasi ingenuo a prueba de corazones sensibles.
Nosotros, en ese tiempo, habíamos armado un equipito aguerrido con el cual
competíamos en partidos de hacha y tiza con otros barrios de entonces.
Sin embargo, por más que recorro mi memoria quienes eran esos otros pibes
que con entusiasmo armaban sus propios cuadros para jugarnos un desafío, han
sido olvidados.
Sólo recuerdo como entusiasta “armador” de otros cuadros rivales al buenazo
de “Nenucho” Faravelli, a quien todavía suelo ver por las calles de esta
ciudad donde transcurrimos nuestro exilio de años. Sin embargo, hace poco le
hice esta misma pregunta.¿quienes jugaba con vos contra la barrita dura del
barrio “El Jazmín”?. Yo sólo recuerdo a Edgardo Tossini, le digo. Y él
siempre amable me dio alguna respuesta que no me satisfizo porque los que me
nombró eran muy chicos con respecto a nosotros. Hubo, lo digo amablemente,
un desacuerdo o un desacople entre su recuerdo y el mío, que al ser dos
subjetividades persiguiendo el retazo percudido de la memoria, es factible
que se pierdan en los vericuetos insomnes de la nada.

CHIMBOTE CANTA SOBRE RUINAS*
(1977)

Chimbote llora sobre su propia tumba.
Caos. Destrucción. Lamentos.
Nada está en su lugar.Nada.
Un dolor expectante. En las piedras, en el cielo,en el mar.
Han callado los niños y las voces.
El guanaco y el cedro. Las lunas y los soles.
Es hora de silencio bajo la tenue lámpara de niebla.
Chimbote llora, más no cae. Es de cholos la lucha.
Otras, más cruentas ha ganado.
Y recorre, las calles, las llanuras, los valles.
Las profundas quebradas de Santa Ana.
Nada ha cambiado . Nada.
He vencido otras muertes, otros exterminios.
Ha aprendido a hablar con las antiguas voces.
Voces de totorales, de garzas.
Las mismas rosas de algodón y cobre.
El Río Santa, fluye en sangre de seibo.
Alimenta la Cordillera blanca.
Ay de mí. Ya no puedo dudar.
Algo me dice que esta es otra prueba.
No cabe indecisión. Es el mismo mar. El mismo cielo.
Laten. Indoblegables látigos.
Mi corazón chimbote.
La paloma en su nido,
El delfín en el mar y en la cumbre el cóndor.
Y los hombres de América. Ah, los hombres.
Árbol americano, dicen. Árbol soy y soy ichu. Inextinguible
Inadvertido gigante canta en las roncas raíces de la tierra.
Roncas raíces que lloran y que cantan.
Chimbote llora y canta sobre su propia tumba.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

POBRE DEL CANTOR*

“…Yo me muero como viví”.
“El necio”, Silvio Rodríguez.

Pobre del cantor
que cantó a la verdad
y se arrepiente y miente.

Pobre del cantor
que se arrodilla y llora,
que se arrastra y lame.

Pobre del cantor
que se enriqueció
y volteó la espalda.

Pobre del ingrato
que olvida la historia
y olvida su origen.

*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu
-Para La Jiribilla. 29 de agosto 2011.

JOSÉ MARTÍ*

*Por Luis Alfredo Duarte Herrera.
-FUENTE: XICóATL No 62

El 28 de enero del presente año se cumplen 150 años del nacimiento del
cubano José Martí. YAGE y XICóATL dedican este número a exaltar la memoria
de uno de los más grandes hijos de América, quien a pesar de su corta
existencia – truncada en uno de los episodios de la guerra por la
independencia de Cuba del dominio español – dejara uno de los más grandiosos
legados líricos, políticos y periodísticos de toda la historia
hispanoamericana.

Al echar una mirada general a las 12.500 páginas que componen los 27 tomos
de las obras completas de José Martí lo primero que reluce en sus escritos
es su profunda sensibilidad y humanismo, su febril inteligencia e
imaginación productoras de una interminable sucesión de conceptos, imágenes
y metáforas, expresados a veces con una simplicidad desbordante, a veces con
una complejidad exigente, pero en todo caso con una lucidez, un refinamiento
y una honestidad sin par en las letras americanas. En cada línea Martí va
dejando testimonio de su gran cultura y conocimiento en diversas áreas de la
ciencia y de la vida, de su gran admiración por los adelantos tecnológicos
de su época, de su respeto y fervor por los grandes hombres de la humanidad,
de su amor por la naturaleza.

Su discurso político o periodístico está siempre liado a un enaltecimiento
preponderante de la vida y de los grandes fines individuales y sociales, a
una preocupación constante por la educación y el bienestar de su pueblo, por
la libertad del hombre y de América. Sus versos son principalmente la
exaltación cultivada y sensible de todo el amor que un ser humano puede
tener por sí mismo, por sus semejantes y por todo cuanto lo rodea.

Tan fecunda es la obra de Martí que ningún hijo de América puede serlo de
verdad, sin haber bebido del límpido manantial de sus pensamientos y sin
haber ardido en el fuego purificador de sus ideales; porque a él le fue dada
la gracia tan esquiva de guardar y transmitir el gran espíritu libre que
vaga en las cumbres, las aguas, los bosques, los llanos y las selvas de
América; a él, el gran enamorado de la libertad y la justicia, de la
honestidad y el trabajo, del ser humano y de los pueblos americanos de habla
española.

MARTÍ, EL POLÍTICO

Es doloroso constatar que las condiciones políticas actuales de los
territorios americanos de habla española continuan mostrando esencialmente
las mismas características que en los tiempos de Martí. Nuestra América no
ha superado su condición servil como colonia, a la que fue relegada desde su
descubrimiento por parte de los europeos. Hoy la América Latina no es más la
criada del rey de España pero sí la sirvienta de Estados Unidos, estado que
mediante el uso de todo tipo de artimañas políticas e intervenciones
militares directas o indirectas, desde la primera mitad del siglo XIX
comenzó a manejar a su antojo el continente. Ya en 1835 promovió la
independencia de Texas del dominio español para luego anexársela. En 1847
invadió y desató una brutal guerra contra México, mediante la cual, al año
siguiente, logró apoderarse del 55% de su territorio(1).
El 20 de junio de 1898, cuando los cubanos estaban a punto ya de alcanzar su
independencia de España, las tropas estadounidenses invaden la isla durante
un período de cuatro años, lapso en el cual disuelve el partido creado por
Martí y el ejercito libertador, deja implantada una neocolonia e impone una
enmienda a la Constitución que le daba derecho a intervenir militarmente en
el país cuando le viniese en gana. Puerto Rico fue convertida en colonia.
Haití, República Dominicana, Guatemala, Nicaragua y otras naciones de
Centroamérica, inclusive México, fueron más de una vez intervenidas
militarmente por Estados Unidos. Igualmente propugnó la independencia de
Panamá de Colombia, con el propósito de apoderarse del canal interoceánico
el cual manejó y explotó económicamente hasta hace poco tiempo.
Mediante grandes inversiones, falaces democracias, golpes de estado,
gobiernos militares oprobiosos y serviles y mediante una creciente
injerencia política, económica, ideológica y cultural, Estados Unidos ha
manejado la América Latina a su antojo, especialmente después de la segunda
guerra mundial.
Los 200 millones de pobres forjados con la transplantación de sistemas de
valores, de propiedad, de educación, de dominio, de estratificación social y
económica ajenos a Indoamérica – un continente tan inmensamente rico – son
una horrenda herida que contradice cualquier modernidad y humanismo, una
forma derivada de esclavitud que maltrata la condición humana y se está
constituyendo en factor esencial de la ignominia moral reinante, la falta de
valores propios y la destrucción de la naturaleza y el medio ambiente,
mediante esa interacción estrecha e intensiva que existe entre los
esclavistas y los esclavos de intereses preponderantemente económicos.

La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente
manchada de sangre (2), sentaba como premisa Martí; también que No ha de ser
respetada voluntad que comprime otra voluntad (3) … Patria es algo más que
opresión, algo más que pedazos de terreno sin libertad y sin vida, algo más
que derecho de posesión a la fuerza. Patria es comunidad de intereses,
unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de
amores y esperanzas … Imponerse es de tiranos. Oprimir es de infames (4),
escribía Martí con motivo de la proclamación de la primera República
Española.

Muchos y muy profundos son los legados del pensamiento político de José
Martí para los hijos de América: el alimenta a cada instante el concepto de
libertad como supremo valor ético, como premisa de vida individual y social
imprescindible, como eje de la práctica cotidiana; alimenta el concepto de
igualdad entre los hombres y se identifica con las luchas de los
trabajadores; propugna por una sociedad libre de cualquier esclavitud, sin
odios de razas. Martí nos enseña que el problema de la independencia no es
el cambio de formas sino el cambio de espíritu, Martí nos reclama y nos
recalca una educación en el espíritu de nuestros pueblos (5), Martí nos
regala su comprensión profunda sobre el gran peligro que Estados Unidos
constituye para la libertad y el progreso de las naciones latinoamericanas:
De nuestra sociología se sabe poco, y de esas leyes, tan precisas como esta
otra: los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se
apartan de los Estados Unidos (6).

En los tiempos de Martí, Estados Unidos lanzó un convite para la creación de
algo similar al ALCA (Alianza de Libre Comercio Americano) que con lujo de
prisas intenta imponer hoy en el continente.
Jamas hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más
sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso,
que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos
invendibles y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las
naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con
los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos
con el resto del mundo (7).
Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se los
puede evitar. Lo primero en política, es aclarar y prever. Sólo una
respuesta unánime y viril … puede libertar de una vez a los pueblos
españoles de América de la inquietud y perturbación, fatales en su hora de
desarrollo … (de) la política secular y confesa de predominio de un vecino
pujante y ambicioso, que no los ha querido fomentar jamás, ni se ha dirigido
a ellos sino para impedir su extensión, como en Panamá, o apoderarse de su
territorio, como en México, Nicaragua, Santo Domingo, Haití y Cuba, o para
cortar por la intimidación sus tratos con el resto del universo, como en
Colombia, o para obligarlos, como ahora, a comprar lo que no puede vender, y
confederarse para su dominio … un pueblo que comienza a mirar como
privilegio suyo la libertad, que es aspiración universal y perenne del
hombre, y a invocarla para privar a los pueblos de ella (8).

MARTÍ, EL POETA

A muy pocos políticos en América les ha sido concedida una pluma tan
poética, emocionante, apasionada, brillante y profunda; a su vez, pocos
poetas han poseído la capacidad política y de convencimiento, la lucidez de
Martí, tanto en la expresión como en la acción. El secreto de su talento
tanto político como literario, así lo creo yo, fue la exploración del amor y
la verdad en sus más elevadas dimensiones posibles. En Martí el discurso
político y periodístico posee un tono que enardece y convence y la clave de
su magia es un tono lírico, natural, sencillo y magistral, cargado de unos
niveles de espiritualidad tan altos que eleva las mentes – desde las más
burdas hasta las más exquisitas – a grados inexplorados de reflexión y gozo
intelectual.
De otro lado sus versos son una elevada articulación de la mejor
sensibilidad, la poesía de Martí nace del ser humano y vuelve a él cargada
de meditaciones y verdades, es una expresión depurada de los sentimientos y
anhelos humanos más profundos. La poesía de Martí parte de la naturaleza y
retorna a ella, sus versos se adentran en sus misterios, en su sabiduría, en
sus olores, sabores y colores. Martí reclama y proclama la emancipación
latinoamericana, no sólo política sino también cultural; para ello aporta
una de las obras poéticas mas valiosas y ejemplares para todo aquel que se
sienta vibrar en su alma esa conjunción compleja que brota del suelo
americano y de los múltiples apareamientos humanos y culturales que en él se
han producido. El arte por el arte no es para Martí, para él arte es una
mezcla justa de contenido profundo y refinamiento, una amalgama de amor,
belleza y sentimiento expresado mediante una estética iluminada.

EPÍLOGO

Creo que Gabriela Mistral no exageraba al decir que José Martí era el hombre
más puro de la raza. Y tal afirmación vale tanto para sus virtudes como para
sus defectos. Sus virtudes se destilan como un torrente límpido a través de
toda su obra literaria, de su vida ejemplar entregada a alcanzar la libertad
de Cuba y defender la libertad de la América Latina. Su mayor defecto, en mi
concepto, haber sido también marcado por la savia violenta que mancha toda
la historia de occidente sin haberla podido superar, lo cual lo llevó a
perder su vida en la guerra cuando apenas tenía 42 años de edad. A Martí, a
pesar de su conocimiento profundo de todo lo mejor que brota de en nuestra
tierra americana, no le fue concedida la gracia de poder experimentar y
practicar la espiritualidad pacifista de muchas de nuestras antiguas
comunidades indígenas, acosado como estuvo por circunstancias históricas de
una terrible violencia e injusticia. A veces al leer cualquier uno de los
escritos de Martí, tan cargados como están de una profunda espiritualidad,
me entra la inquietud sobre cuáles reflexiones le hubiesen inspirado las
enseñanzas políticas, éticas y religiosas de Mahatma Gandhi, ese gran lider
cuyo pensamiento está tan ligado a un algo que presiento también como
profundamente nuestro. Entonces recuerdo aquella sentencia iluminadora de
Martí La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente
manchada de sangre la cual me confirma la comunión existente entre estos dos
grandes maestros.

Notas: (1) Datos tomados del discurso pronunciado con motivo del Día
Internacional de los Trabajadores por el presidente Fidel Castro el 1. de
mayo del 2001, publicado en la Revista Casa de las Américas # 223,
abril-junio 2001, La Habana, Cuba, pág. 23 y ss.
(2) En La República Española ante la Revolución Cubana, publicado en 1873 en
forma de folletín en Madrid. Todas las citas textuales de este trabajo han
sido tomadas de la “Edición Digital de las Obras Completas de José Martí”,
publicado por el Centro de Estudios Martianos, Calzada 807 esq. A 4, Vedado,
CP 10400 La Habana, e-mail: amarti@cubarte.cult.cu Tel. (++537) 55 22 97
Fax: (++537) 33 37 21.
(3) Ibidem.
(4) Ibidem.
(5) Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo
de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad
americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al
dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es
preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los
políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese
en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras
repúblicas. En Nuestra América, publicado en El Partido Liberal, México, 30
de enero de 1891.
(6) En Las Guerras Civiles en Sudamérica, publicado en Patria, Nueva York,
22 de septiembre de 1884, ob. cit.
(7) En CONGRESO INTERNACIONAL DE WASHINGTON, su historia, sus elementos y
sus tendencias, publicado en La Nación de Buenos Aires el 19 y 20 de
diciembre de 1889. Ob. cit.
(8) En CONGRESO INTERNACIONAL DE WASHINGTON, su historia, sus elementos y
sus tendencias, publicado en La Nación de Buenos Aires el 19 y 20 de
diciembre de 1889. Ob. cit.

*Luis Alfredo DUARTE HERRERA.
(1 noviembre de 1958 – 27 agosto de 2010)

-Más textos en http://www.euroyage.org/es/luis-alfredo-duarte-herrera

Capturar la obra*

Desmalezo el arte cuando encuentro sus silencios,
cuando me acerco a sus límites,
cuando arribo al extremo de esa frontera
donde la materia se transmuta.

Sigue estando
aunque cambiada,
si pudiera conocer el cómo y el por qué,
alguna finalidad,
el sentido,
su dirección.

Algo en la obra se resiste a comunicarme
su significado,
ver lo uno en lo otro,
lo extranjero,
me acerco en puntas de pié y cuando más me acerco, mayor confución,
son sólo manchas,
el objeto resbala.

Cercano a los desbordes infranqueables de sus límites
el fuerte tiza de su color hispano,
el derrumbre herrumbre del espesor
se propasa,
la obra escapa a la clandestinidad.
¿Cómo representar lo irreal…
cuando lo que se ve no es exactamente lo que se ve?
Invisible subversión.

*De Juan Disante. disante.juan@gmail.com
http://www.juandisante.blogspot.com

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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la
libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada
escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se
editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

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La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada
obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias
que cada colaborador desea compartir.
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recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y
noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de
cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada
escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo
ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
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trabajo del editor.

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