Archivos de la categoría ‘EDICIÓN DIARIA DE INVENTIVA SOCIAL’

ESTAMPAS*

I

Dejé de llorar por mí,
las lágrimas no restañan
las heridas de la vida.
Cavé un hambriento pozo
que deglutió mis angustias,
les apagué la luz
y las dejé dormidas.
Mi risa en cascabeles
sonaba a campana antigua,
para el afuera insensible
mi nostalgia era alegría,
era azul, anaranjada,
destellos en el espacio
lavados por la llovizna.

II

Las partidas son
viajes sin retorno.
El tiempo es relámpago
que deja secuelas
porque imprime daños,
heridas sin cura
por ninguna magia.
Pero quedan las imágenes
custodiadas por guardianes
que celosamente impiden
que se conviertan en nada.
Y ocurre un raro misterio,
el nombre que le pusimos
a los adioses furtivos
vuelven todas las noches
a velar junto a la cama.

III

Sueño con el eco
que guardó suspendido
entre dos deseos
de alcanzar utopías.
El grito se expande,
golpea y regresa,
nos dice que existe
cuando es solo un grito.
Y nos esforzamos
por buscar respuestas
a preguntas que exigen
que el eco responda.

IV

La gran aventura,
hallar el camino.
Tiene tantas cruces ,
tantos ecos yermos,
tantas fantasías
montando dragones
que no vemos claro
cual es el sentido
de horadar rincones,
barrer los senderos
para hallar la meta
que nos justifique.

V

No puedo pedirte
que esperes regresos,
hice mis valijas
y casi he partido.
¿Por qué me detengo?
Me angustia el olvido,
ese gran gigante
que al cerrar la puerta
tomará mi cama,
quemará mi cofre
sin mirar adentro,
borrará mi nombre
de todas mis huellas.
Por eso he dudado
y postergo el viaje,
me asusta la nada
dueña de la casa
que será anfitriona
cuando yo me vaya.

*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

EL TIEMPO ES RELÁMPAGO…

Querido hijo*

Hace bastante que no te escribo y es que no quiero ser pesada, como dicen los adolescentes. Ja. Pero bueno a mis años, aunque intente renovarme, el peso de mi experiencia me hace ser así.
En ese espejo de tu figura esbelta y varonil, en ese reflejo de un sabroso porvenir, soy testigo de tu fortaleza. Allí descubro en tus carriles, tus aspiraciones por encontrar tu verdad y de afianzarte en tus pasos. Presiento la firmeza de tus convicciones, la frescura de tu amor y defensa por la autentica amistad.

No es tu lozanía semejante a la que pasé. Era otra época, pero creo que sin tenerlo tan claro, tenía utopías parecidas.
Pero… no se me ocurría, reflexionar y cuestionar tanto al mundo de los adultos. Si mal no recuerdo, no teníamos esa oportunidad. Estábamos sumergidos en lo que se debía hacer, quizás porque era del sexo femenino y mi vida transcurría entre el trabajo y el estudio como para poder llegar a tener un título profesional y casarse. Había que tener un marido para toda la vida.

En cambio vos tenés las cosas más claras. Creo, que vislumbras más oportunidades para elegir sin tantas estructuras convencionales, aunque aún existan.

No se cómo expresarte mi admiración en tu forma de ver las cosas. Para vos los acontecimientos son más flexibles y los podes sortear con el ímpetu de lo que son. No con tantos redondeos o cuestionamientos como los de las personas mayores.

Así en el transcurrir de tus acciones, observo tu deseo de independencia, tus proyectos más amplios y siempre la impronta de llegar a la autenticidad. También, tu afán de ser una persona verdadera, que no teme quedar mal o pensar en el qué dirán los demás.
Tu inteligencia, también es diferente. Podes estudiar con música de compañía, mirar programas políticos y bajarte de Internet canciones para tocar con tu guitarra. Casi todo eso al mismo tiempo!!!!.
Sabés elegir con total desparpajo lo que tu apetito desea almorzar. Con la sabiduría y la disposición de un gourmet, te dedicás de lleno a homenajearte con un delicioso plato de fajitas mejicanas o unos sorrentinos de jamón y muzzarela con tu salsa artesanal preparada junto a tu abuelo italiano. Compartieron tanto tiempo para elegir los tomates especiales, hervirlos y envasarlos en las botellas de vidrio! Haciendo un glamoroso ritual de cumplidos a la naturaleza.

Así, como en tus relaciones de amistad, tus compañeros te reclaman para estar contigo (es recíproco). Siempre hay un momento para compartir las risas, las aventuras y los viajes. Las llamadas incesantes, los mensajes de texto en forma simultánea y el arreglar la hora de los encuentros, disponen para la fiesta de estar en complicidad y alegría.

Tantas cosas no te he dicho, tantas otras por decir. Pero creo que por ahora ya es suficiente.

Te quiero mucho. Mamá.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

Copete*

Estás copete me dice mi hijo
Y también un amigo de él
No entiendo el lenguaje de los adolescentes
Que difícil es estar con ellos,
Equipararme a su modernidad

Yo, a mis años estoy saboreando un fernet con cola
La bebida provechosa que tomaba mi abuela
Como una medicina para la mejor digestión

Una aventura entre distintas generaciones
Intentando saber que siento

El copete que sube y baja
Como un juego entre los límites
De la juventud y la antigüedad

El abismo de un lenguaje diferente
Ente los distintos paradigmas de la sociedad.

Podré incluirme en ellos
Quien soy, quien quiero ser
Saltar del barranco de la discreción
Y embriagarme entre la utopia
De la moderación y la insensatez.

Don copete, coquetear con un fernet
Brindar por los más jóvenes
Y recordar a mis abuelos

Ellos que han sido un ejemplo estupendo
De mis presencias, reminiscencias

Y en el momento actual de los que transitan
Los gritos, la música y la inquietud

Las aventuras de mamá en su afán
De paladear el amargo pero intrigante
Sabor de la complicidad.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com
Para mis enormes afectos.

La desgracia*

*Por Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com

Pedro levantó la vista.
El calor era pegajoso, polvo y paisaje desvaído flotaban ante sus ojos.
—Debe pasar los cuarenta grados… —se dijo en voz alta, mientras maldecía su suerte.
Los rieles, que atravesaban la ruta luego de un badén, semejaban dos reflectores metalizados.
Brotando en aridez y soledad, un fondo de brumosas siluetas elevadas volvieron a hacerlo reflexionar.
—Espero que en las sierras el fresco me ayude a llegar…
El temor a amodorrarse anidaba su mente entumecida, y la voluntad aprontada encajaba los dientes para neutralizar fatigas.
Febril, la vista fija en el camino polvoriento y secundario le hizo reparar en la depresión que lo dejaba bajo nivel.
—Lo que me faltaba —pensó—, justo ahora, y seguro que no se ve nada…
La camioneta derrapó ligeramente hacia la derecha y su visión quedó anulada hasta algunos metros del paso.
Al frente, y muy lento, emergió un camión gris.
Pedro fijó su atención en el paragolpes y en la leyenda que titilaba su amarillo fosforescente: “La esperanza es lo último que se pierde”. Sacudió la cabeza mientras el rodado se le desvanecía en el espejo, como los sueños.
Las ventanillas levantadas a causa del polvo apagaban los rumores exteriores.
La camioneta remontó rugiendo y se bamboleó a ambos lados antes de afirmarse bien.
Aseguró las manos al volante, eligiendo no terminar en la banquina gredosa. Corrigió la trayectoria, una vez más, con enérgico movimiento y pisó el acelerador, sonriendo.
La inminencia del salto sobre las vías lo tensionó, anticipando el golpe en los riñones.
Se aplastó en el asiento, sintiendo que dominaba la marcha.
Las ruedas delanteras, elevadas, presagiaban.
Ya estaba en el aire, cuando, tarde, una sombra larga, agusanada, a su derecha, le marcó la presencia del tren carguero.
Sólo tuvo tiempo de volver la cabeza.
La locomotora naranja se le echaba encima, como un presagio.

La violencia de la catástrofe fue frontera.
Pedro despertó convulso, sudado y aferrado a sabanas remendadas pero limpias, según Marta, que transparentaban el colchón comprado meses atrás, en cuotas duras y lejanas.
Trató de no moverse mientras los latidos le trajinaban el pecho, desenfrenados.
Su mirada recorrió las paredes descascaradas; cielorrasos podridos y colgantes amenazaban la colcha divisoria.
Del otro lado, las hijas se apretaban en el sofá que el primo Emilio olvidó en la mudanza.
Lentamente, los ojos, algo desorbitados todavía, descendieron para detenerse en el hueco que el peso del cuerpo embarazado de su mujer y un elástico quejoso habían elaborado, cómplices con la fatalidad.
Cara al techo y siguiendo el derrotero incierto de una araña, concentró su atención, dispersa por la pesadilla.
El rostro circunspecto del jefe de reparto en la fabrica volvió a aparecérsele, pesaroso en sus gestos, para anunciarle la suspensión “por un tiempo…”
—Como usted sabe, las cosas no andan bien para nadie.
Su vista se clavó en la acompasada respiración del vientre gestante.
Pensó en los quince días que le faltaban a Marta para alumbrar y reflexionó sobre la dura realidad.
Los pocos pesos que le quedaban irían al alquiler, a la cuenta de luz, y a los pasajes de las chicas, que tomaban el micro para ir a la escuela; sin contar la comida y otros gastos.
Todo o nada para salir del paso hasta que consiguiera un rebusque salvador. Pedro era un tipo esquemático, ajeno a divagaciones, permeable a la desesperante situación que lo circundaba. Sus puntos de referencia, escasos.
Sin parientes, salvo Emilio, el del sofá, cuya mujer con un marcapasos y cuatro niños que atender eran una carga suficiente.
Una marioneta que le servía en sobremesas de vino y nostalgias de España o broncas, por trabajos condenados al fracaso antes de empezar.
Después de los cuarenta, las puertas están tapiadas.
—Y eso que les regaló el aporte jubilatorio… —rezongó. Fue como dote, tributo o coima capaz de comprar, algunos días al mes, un poco de dignidad.
Pero Pedro era optimista. Todas las mañanas, en inútiles madrugones, se despedía de su mujer prometiendo regresos triunfales, eludiendo el silencio elocuente de sus ojos oscuros, cansados de interrogar, y sus manos agrietadas en piletones de agua helada, que no se cerraban ya para la caricia; ésta era un recuerdo.

Somnoliento, recordó la imagen de Castillo, el almacenero, con quien, además de deberle parte de lo comprado, compartía el paso de Barragán, el quinielero.
A Carlitos Barragán, los vecinos lo esperaban como su mesías.
Con unos pesos los podía salvar de, por lo menos, un día de rutina igual a vino barato, con destino cirrótico, o el sudor impotente a la hora del amor.
Carlitos Barragán, mesías del número imposible, pasaba diariamente cobrando, pagando y fiando religiosamente, como predicador de ocasiones sagradas.
La esperanza alimentaba su clientela.
En eso, Carlitos Barragán era Dios… Sí, a veces perdonaba.
Pedro nunca jugaba.
Siempre le recomendaba a Marta que no lo hiciera.
—Pensá que si sumás las pérdidas, el día que acertás, con lo que te toca, nunca recuperás lo invertido… —sentenciaba.
Sin embargo, esa mañana, luego de la pesadilla, un presentimiento extraño lo invadió, y la urgencia, anormal, lo incitaba a salir buscando algo que ni en los peores momentos había cruzado su lineal cerebro.
El día gris y lo incierto de la hora; su reloj, regalo de mamá Andrea, quedó demorado en alguna cuota; le hicieron vestirse a prisa y en silencio. Marchó sin los dos mates reglamentarios, no más, para evitar que se “lavara” y pudiera “seguirlo” su mujer.
Procuró no hacer ruido al abandonar la pieza.
En la calle, la brisa helada se estrelló en su carne como un latigazo invernal, imprevisto.
Indeciso, sus pasos lo llevaron al almacén. Castillo no estaba.
—Fue a lo del mayorista… —informó su mujer, adusta como la mañana—. Dese una vuelta dentro de un rato, al mediodía seguro que vuelve… —amplió impasible.
Agradeció con el gesto y partió a la inclemencia familiar.
Recorrió calles y plazas desiertas, haciendo tiempo; la indigencia permite intentarlo, porque es gratis.
Retornó con la idea formada, el apuro ya era sólido y coherente.
La cara colorada por el frío y el alcohol de Castillo parecía una promesa.
Casi sin saludar relató la pesadilla.
—Dígame, Castillo, ¿a qué hora hay jugada?
—¿Cuál es el número?
—¡Yo sé que usted sabe de esto! —enfatizó—. ¿Ya pasó Barragán?
Un tropel de ansiedades mató el parloteo habitual del almacenero. Malhumorado por la reposición de mercaderías y su recargo esterilizante —los precios no podían trepar—, lo demoraron y le hicieron resoplar antes de responder. Apreciaba al hombre.
—Pedro, no recuerdo el dato y tampoco quiero quemarlo interpretando mal el sueño. Además —dijo procurando tranquilizarlo y en tono fatalista añadió—: Carlitos vino a las once; hoy, la jugada es a las dos de la tarde y todavía tiene recorrido antes de pasarlas. Si quiere, intente darse una vuelta por el boliche de los turcos.
Urgencias desesperaban la cara de Pedro.
Castillo le dio la dirección.

Puertas agitadas en la partida enviaron chorros de aire frío, devolviéndole destellos de tardía comprensión. Una luz repentina se hizo en él. Torpemente, sorteó cajas y bolsas desordenadas en el piso, para llegar a la puerta con el mensaje. Sin aceptar su propio apuro, gritó:
—¡Pedro! ¡Accidente! ¡Una desgracia! ¡El diecisiete es el número! ¡La desgracia!
Quedó desalentado en la acera desgarrada, irregular, coincidente, mirando el micro azul que se alejaba llevando a Pedro y su incertidumbre.
Nervioso y acuciante, Pedro consultó la hora y la demora.
Del lugar del descenso debía caminar cinco cuadras y dudaba de llegar a tiempo.
Esos “cierres” son inexorables, como el destino.
Las luces intermitentes del semáforo parpadeaban sobre el pavimento húmedo, cuando Pedro y su angustia abandonaron el micro en busca de la referencia que lo llevara a Carlitos Barragán, el quinielero, el mesías, el objetivo.
Estrujaba el dinero. Lo apretó fuerte, ocultándolo en la palma de su mano.
—¡La hora! —se dijo.
Recorrió la avenida y sus cuadras necesarias. En la próxima esquina cruzaría, y allí nomás estaba el almacén de los turcos. No quería preguntar más, para evitar enloquecer por presunción. Su primera jugada; Dios era justo, tenía que ayudarlo.
Su mente sobrevoló miserias.
El parto inminente y sin esperanzas.
Además, recordó, un trabajo ya es historia.
Pensar está prohibido.
—¡Pedro, no te distraigas…!
El aviso tardó lo que debía y, cuando alzó su vista, la mancha gris del camión estaba encima de él.
El impacto sordo; la muerte sigilosa y artera se perdió en la tarde.
Ni siquiera ruido, como derecho a protesta.
Uno se va, inadvertido.
Llovizna, contorsión y asfalto.
La línea roja abría surco en la superficie sucia y resbaladiza, rumbo a la alcantarilla.
El diariero de la esquina ni volvió la cabeza.
Más tarde, el camión de reparto cumplió su cita.
Los diarios cambiaron de mano.
Al subir al micro, que estaba repleto, por supuesto, el “canilla” acomodó el paquete en el plástico protector, bajo el brazo.
—¡Quinta…! —gritó.
Hojeó la tapa.
—¡Quinta…! ¡Salió el diecisiete en la Nacional! ¡Salió la desgracia! —aulló en coral redundante.
El conductor del micro disminuyó la marcha; una ambulancia aguardaba que recogieran el cuerpo tapado con empapelado piadoso.
—¡Quinta! ¡Salió el diecisiete! ¡La desgracia!
Por el espejo lateral, la ambulancia emitía guiñadas rojas. Delante circulaba un camión gris; el micro superó su línea. El conductor, maquinalmente, espió la imagen de su paragolpes abollado. Allí titilaba una leyenda amarilla, fosforescente: “La esperanza es lo último que se pierde”.

ÁNGEL TRISTE*

Ángel de carita sucia
Que devoras un trozo de pan
Mientras miras al mundo, temerosa,
De que esta dicha también te sea arrebatada.

Conozco tu deambular en las calles
A solas, fugaz compañera de la luna,
Presa fácil de los depredadores
Protegida por las sombras que te acogen.

Sé de tus lágrimas, tu hambre y tus temores,
De la ausencia de besos,
De hogar,
De la falta de todo,
Menos, tal vez, de pesadillas.

Hundiendo los pies en el barro,
Sueñas con Jauja,
Con Nunca Jamás,
Con la Tierra de las Maravillas,
Aunque no sabes nombrarlas.

Mas no hay para ti alfombra voladora,
Ni viajes a través del espejo,
No habrá juguetes bajo la almohada.
No te rescatará de las fauces de la bestia
Un príncipe azul, ni un hada,
Quizás ignores el nombre de tus sueños,
Nadie te lee cuentos.

¡Si pudiera, ángel triste,
Llevarte donde voy!
Si con un solo verso
Lograra regalarte una sonrisa…

*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.

Cuatro personajes en busca de perdón*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

La Presentidora se pone los anteojos oscuros y sale (una vez más) del oráculo. Los admiradores no la reconocen, no la persiguen, y en el anonimato puede trabajar sin encargos ni recomendaciones. La densidad del aire es omnisciente. Todos los que respiran dejan un halo de remolinos, de alcohol,
de azúcar, de bilis, de fármacos. La Presentidora tiene un don para perseguir esa huella, para adivinar en los jadeos el origen de la asfixia.
Por brutales que parezcan, sus vaticinios siempre están precedidos por un gran estremecimiento que se apaga de golpe y se acurruca a los pies, como un cachorro herido. Presentir no depende de su voluntad pero al hacerlo cree en ello compulsivamente. Su estilo adivinatorio requiere formas de amor inaceptable. Demanda una atmósfera erótica y fantasmal. Instaura un vínculo entre el pubis y el alma. Presiente como un previvir. Aunque el presentimiento no pueda ordenarle los huesos. Presiente como un premorir aunque la vida vaya y venga como una niña que tarde o temprano comerá un sódico azucarado para matar hormigas. Y aunque no haya conexión evidente entre la Presentidora y lo presentido son un mismo punto de un mismo caos.

*

El Imaginador Vicioso, loco de pájaros, traba la puerta de la noche con los brazos y envuelve el corazón en papel de diario. El Imaginador peinado suavemente por el soplo de los astros, sueña una mujer cuyo secreto heroísmo excede todo lo que haya imaginado. Más aún: desde que ella le acentúa las vocales y le restituye las eses que se aspira, él se siente gracioso, moreno, deseable. Le parece que es capaz de evocar a voluntad el sabor sexual de toda madrugada y convertirse él mismo en la sinuosidad de la
noche. Más allá de la orina y de los cisnes, de las cuñadas y los sauces, cree que ya no anda como viejo perro aletargado porque, al cerrar los ojos, tiene a la mujer que sueña. Trabaja el día entero hasta la noche quieta, y trata de dormir con toda su vejez de animal castrado. Cuando no imagina, el Imaginador Vicioso asiste a la mímica del afecto, a la pantomima de la costumbre, a los mohines del cariño, y la noche se le cierra como un ojo de cíclope atravesado por la palabra hombre. El Imaginador Vicioso vicia en el
borde filoso del sueño y desnuda el sexo solo como quien no quiere la cosa, seguro de que la mujer soñada desatará, con una sola mano, el aullido de quien la sueña, a espaldas de lo no soñado.

*

La Contempladora no se centra en sí misma. Su existir surge de la experiencia exterior, con la que conserva un vínculo estrecho. Los fluidos del entendimiento y del amor se derraman sobre lo mirado. La vida, tal como pasa por delante de sus ojos, es una fuerza creativa. La Contempladora contempla lo contemplado que no puede ser separado de su mirar sin que pierda el sentido. Con los ojos un poco grises, un poco ciegos, un poco verdes, entra en lo mirado con furores y cornisas. Ella ve en primer plano lo que el mundo apenas se atreve a mirar con el rabillo del ojo. Ve a la prostituta en el trono. Ve la mala suerte especial que ataca a los hombres al final de sus viajes. Ve el ratón que roe la basura de una familia. Ve el cadáver alegre de las señoras. Desde la primera mirada hasta el timonel su contemplación rescata el misterio que experimenta un hombre al salir de su casa una mañana como ésta. Desde la primera mirada hasta el perfume de lilas, su contemplación observa el abúlico latrocinio de sueños de las mujeres, de los hombres y de los pájaros. Su fatalidad consiste en descubrir que la vida es un apaño sexual sumamente importante pero no demasiado vívido.

*

El Fulgurante Definido ha llegado a concluir que el placer es una ilusión, el amor una puta portuaria, el dulce tañer de campanas una terrible pesadilla, la ética un castillo de naipes, el supermercado una sucursal del infierno. Todo su fulgor definitorio lo lleva a guiarse por un hilo invisible. Esta mañana, al abrocharse la bragueta comprende que su dicha viril quiere ser algo vívido. Comprende que el resultado que da la suma del aguinaldo, más la abundancia de señales que soslaya, más la tristeza que no debe admitirse, más la edad evolutiva de su matrimonio, más la ansiedad sofocada con el vino, alcanza para considerar que su vida no ha sido amasada por una pareja en celo en un hotel de las orillas, sino por un par de neuróticos aburridos de tener que fornicarse, esporádicamente, sin pena ni gloria, hasta la eternidad. Y ésa es la fulgurante emoción de sus definiciones, que en general ocurren cada mañana, al momento de abrocharse la bragueta.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-29569-2011-07-16.html

Interferido*

Había sido en soledad y adolescencia
cuando creando yo las delicadas condiciones
para que con la eyaculación
adviniera el orgasmo
te / me apareciste
y me / reconviniste

“En soledad, no”, dijiste
y de mi adolescencia hiciste
lo que quisiste.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Correo:

Sobre traiciones y monas de seda*

Cuando alguien se torna traidor, no es que mutó, siempre fue traidor nato.
Cuando la oportunidad de trabajo pretende justificar la destrucción del medio ambiente, los trabajadores, si quieren, siempre pueden tener una oportunidad para DECIR NO, ESTO NO SE HACE.
Cuando las minas nos perforan el futuro y se llevan el oro, la historia podrá juzgar a los cipayos pero, mientras, somos nosotros los que sufrimos el desastre y nuestros nietos los que pagan el falso tributo.
Cuando los Gobiernos se presentan bonitos, pero en derredor fluyen la entrega, la muerte y la miseria, ni son gobiernos ni son bonitos, son solo gerentes cipayos de los intereses internacionales.
El Pueblo puede ver a la mona vestida de seda y miles de ciudadanos pueden intentar mostrar las hilachas de su falsa vestimenta, pero sucede siempre que la mona sigue siendo mona, pues el Pueblo, antes durante o después de la mona-rquía se dará cuenta de lo que realmente es y representa.
No hay despertador que sea pequeño, siempre que tesoneramente marque la hora que, algún día, será la señalada.

*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
Ingeniero White, Agosto 1ero de 2011

*

FERIA DEL LIBRO TANDIL 2011

Sábado 6 de agosto (Sala Ernesto Sábato)
Cámara Empresaria (Mitre 856, Tandil)

– 18 hs. HUELGAS Y CONFLICTOS FERROVIARIOS. Los trabajadores de Tandil en la segunda mitad del siglo XX, H. Mengascini, Prohistoria ediciones, Rosario, 2011.

Comentaristas:

Olga Echeverría (IEHS/UNICEN/CONICET)
Daniel Dicósimo (IEHS/UNICEN)
Ismael Fuentes (Ferroviario de Tandil desde 1949 hasta 1992 – Dirigente de la Unión Ferroviaria y del Personal de Dirección)

– 19 hs. VÍAS ARGENTINAS (ensayos sobre el ferrocarril), autores varios, Milena Caserola, Buenos Aires, 2011.

Presenta: Matías Reck.

*

Inventren Próxima estación: SANTOS UNZUÉ.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. http://urbamanias.blogspot.com/

El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:

DUDIGNAC.

MOREA.

INGENIERO DE MADRID
(CON COMBINACIÓN EN EL FERROCARRIL PROVINCIAL
CON DESTINO LA PLATA O MIRAPAMPA)

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.

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TU BOCA*

“El primer beso no se da con la boca sino con la mirada”

TRISTAN BERNARD

Calla, amor. Calla y dame tu boca.
Yo te he dar mis ojos, mi mirada, mi pausa.
Es noche de conjuros y de lobisones.
El séptimo hijo cae en los abismos.
La serpiente se arrastra y el ángel cae.
En la cueva de Merlín hay sonidos extraños.
El búho se esconde y la cigarra calla.

Dame tu boca de jazmín de leche.
Tu boca andrógina en mis pechos de hembra.
Se mono. Pez azul. Ballenato
Dame el milagro de tu concavidad de fugas y corcheas.
Tan exacta. Tan certera.
Tan puntual. Como la milenaria brújula del viento.
Tu boca, ansiosamente dolorosa.
Tu boca, rumor de tallos y espumas de azucenas
Tu boca, tu boca universal.

Tu propia existencia te sostiene.
Como el aire tibio, la arena y el deshielo.
Me sostiene tu boca.
Improvisado poema de mí especie: Huerto fértil.
Y tu pulso, mi niño, ah, tu pulso.
Latido. Lirio irredento. Espurio. Casi saciado.
Duerme mi niño, duerme y calla tu boca.
Afuera. Lejos de mis brazos.
Deambula un mundo, sin promesas.
Sin promesas, un mundo.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-Para mis hijos

SIN PROMESAS, UN MUNDO…

Locura a ramos*

La mujer transparentó las flores azules debajo de la piel como una provocación.
El tribunal dictaminó que eso estaba prohibido, ¿por qué? preguntó ella, porque no es normal, ¿qué es normal? que las flores estén en los floreros, ah dijo ella desbordada de perfumes, atravesada por ramitas. Pidió una jarra con agua, la tomó y fue arreglando las que le salían de los pechos en la jarra y el vaso.

*De Cristina Villanueva cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

Y no salí indemne*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

“En cosas así consiste la perdición de la lectura.
Quien la probó, lo sabe”.
Fernando Savater, “Leer y leer”, en Loor al leer

Entré a la hora oscura del alba, trabajando cautelosamente, con los labios húmedos y las manos calientes. Y no podía volverme atrás porque la noche me empujaba.
Quede claro que no he salido indemne. Que no entré como una cachorra y salí como una loba. Puede que haya entrado como luz y salido como sombra. Con la misma capacidad de respirar y desconocer, pero más oscura.
Entré como entran las cosas secretas, subrepticiamente, sin nombre. Con una copa vacía, con un resoplo de flores. Sin alguien que me acompañe y con la luna en la espalda. Eramos dos, con mi sombra que no acostumbraba a beber flores, ni vino, ni escarcha, y que sólo sabía andar con los pies pegados a los míos. Entré y se murieron las formas de adentro y afuera. Las cosas relampagueaban en sus máscaras y no salí indemne.
Una vez que entré, no he querido más que seguir entrando. Si alguna vez me fui, fue por poco tiempo, y desde afuera me quedé pensando en la luna de allí dentro. En los pájaros blancos martillando magnolias negras. Pensé que no es cuestión de sentirse dentro de los libros, sino que los libros estén dentro de una. Pensé en todas las palabras que empiezan con C. En los nombres que empiezan con M. En los colores enemigos que se unen para pintar la tragedia. En los mundos que empiezan y terminan. En los mundos que sólo tienen un afuera y un adentro. En los libros que no han sido escritos. En los libros escritos que no han sido leídos. Pensé en la memoria de los hongos y las uvas, pensé la duración de un grito, en la duración de un silencio y en las bocas que respiran babas rojizas. Entré a temprana edad, con un olor liviano a sangre y a menta. Entré con miedos y con pasiones en ese mundo de letras húmedas como ramos de lirios, con hojas y bulbos. Entré y no salí indemne. En el organismo me quedó una nostalgia inmensa. Afuera, agonizante murmuraba “algo falta”. Entonces volvía a entrar de noche como murciélago, de día como fantasma, siempre como un animal en su primera noche de cacería.
Con el viento de la noche calado en los huesos volví cuando todavía no me había ido. Entré invisible y salí marcada con una cruz lila. Entré en la piedra de locura y en el jardín de las delicias. Entré en la China de Li Bai como una sombra esclava. Entré con el biombo de jade y la almohada de seda.
Entré a riesgo de perder la salida. Entré en el primer amor y en el último.
Entré en el corazón de la desnuda que llevaba un sombrero de flores.
Quien lee lo que yo leo entra huevo y sale lagarto. Entra hombre y sale mujer. Entra mujer y sale página. Entra fulano y sale hombre antes de que la noche regrese a su noche y caiga en la fosa de la sombra.
Mahmud sabe que es tenue la diferencia entre una mujer y un árbol. Li Bai sabe que es tenue la diferencia entre yo y su sombra. Quien entra donde yo entro encuentra un solo idioma. Quien entra como yo entro, descubre que rara vez las primeras palabras conducen a las últimas. No es ése el modo de entrar donde yo entro. No es ése el modo de amar donde yo amo, ni el de morir donde yo muero.
Debido al hábito que tenía de entrar pez y salir océano, de decir yo y ser otra, de entrar con igual sigilo en una iglesia, en un paréntesis, en un cabaret o en un glosario, he tenido oportunidad de ver esqueletos revestidos de carne sentados en un restaurant fingiendo ser gente. Y encontrar después
esos mismos personajes en otra página o en la vida, hablando de las mismas cosas, fingiendo impresiones que no les pertenecen.
A temprana edad entré magnolia y salí agapanto. Entre y salí con amoríos de pájaros. En toda edad entré lenguaje y salí palabra.
Entré sobresaltada y salí sobresalto.
Entré con esperanzas y salí preñada por un bulto moreno, fornido, esperanzado.
Entré con el corazón lleno y el estómago vacío en una estación de mil luces apagadas.
Entré Edipo y salí Yocasta, a la hora oscura, con los labios húmedos y las manos calientes. Y no podía volverme atrás porque la noche me empujaba.
Entré verbo y salí sigilo. Con la misma capacidad de respirar y desconocer.
Después, por detrás me fijé en un hombre que venía por delante con una larga historia detrás y yo con un gran proyecto por venir que no tenía modo de darse por final. Y me quedé pensando en la desnuda con el sombrero de flores. Pensé que no es cuestión de sentirse dentro de los libros, sino que los libros estén dentro de una. Pensé en todas las palabras que empiezan con una letra hecha a imagen y semejanza de otra letra. Pensé en Augusto Monterroso. Entré pequeña y salí dinosaurio. Pensé en la memoria de los
reducidores de cabeza, en la memoria del verdugo y en la de Venus de Milo.
Pensé en todas las cabezas que rodaron por el mundo derramando memoria.
Pensé en los lirios con hojas y bulbos. Pensé que siempre entro en los mismos libros a leer las mismas cosas. Pensé que nunca he salido. Pensé, ¿quién entra donde yo entro? ¿Quién respira lo que yo escribo?

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-29462-2011-07-09.html

(X)

Su sangre hizo un sendero,
sendero florido
cual mariposa de tenue suspiro.

Ríos de espasmo,
luna encriptada
noche naciente y abandonada.

Risas de llanto,
llanto de nada
cuerpo yaciente de madrugada.

Todo era bello,
Zoe se ha ido
pero ha llegado muy raudo el olvido.

*De Victoria Romano Moscovich. victoria.romano.moscovich@gmail.com

Historia de un amor*

*Por Juan Forn

Miren la pareja de la foto, proyéctenla al futuro y sobreimprímanle estas frases: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos, pero sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te escribo para comprender lo que he vivido, lo que hemos vivido juntos, porque te amo más que nunca”. Ahora imaginen que esas frases son el comienzo de una carta, de él a ella, una carta de cien páginas que él irá escribiendo noche
a noche, mientras ella duerme en el cuarto de arriba de una casita rodeada de árboles, en las afueras del pueblito de Vosnon, en la región francesa del Ausbe. Menos de un año después, la policía local hará ese trayecto, alertada por una nota pegada en la puerta de la casa: “Prévenir à la Gendarmerie”. La
puerta está abierta. En la cama matrimonial del cuarto de arriba yacen en paz André Gorz y su esposa Dorine. A un costado, unas líneas escritas a mano, dirigidas a la alcaldesa del pueblo: “Querida amiga, siempre supimos que queríamos terminar nuestras vidas juntos. Perdona la ingrata tarea que te hemos dejado”.
Poco antes, Gorz había terminado de escribir aquella larga carta a su esposa Dorine y se la había enviado a su editor de siempre, que la publicó con el título Carta a D. Historia de un amor. En la última página, dice Gorz: “Por las noches veo la silueta de un hombre que camina detrás de una carroza
fúnebre en una carretera vacía, por un paisaje desierto. No quiero asistir a tu incineración, no quiero recibir un frasco con tus cenizas. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. En el caso de tener una segunda vida, ojalá la pasemos juntos”.
André Gorz era un judío austríaco “carente por completo de interés, no tiene un céntimo, escribe”: así se lo presentaron formulariamente a la inglesa Dorine, cuando ella llegó a Suiza en 1947 con un grupo de teatro vocacional.
La esperaba otro hombre en Inglaterra para casarse con ella. Pero Dorine prefirió subirse a un tren con Gorz rumbo a París. Allí trabajó de modelo vivo, recogió papel usado para vender por kilo, fue lazarillo de una escritora británica que se estaba quedando ciega, mientras él escribía en una buhardilla. También aprendió sola alemán (él se negó a enseñarle; había jurado no volver a usar esa lengua cuando lo corrieron de Austria), para ayudarlo en el relevamiento de la prensa europea que él hacía para una agencia y que se convertiría con el tiempo en su sello de estilo: el cruce entre filosofía y periodismo de sus potentes ensayos breves. Antes, Gorz debió fracasar con una novela que pretendía ser un magno ensayo totalizador sobre la época, y hasta mereció un prólogo de Sartre (El traidor). La novela llevaba al paroxismo ese mirarse el ombligo sin pausa de los existencialistas franceses (“En tanto individuo particular, él no veía relevancia alguna en que alguien se le uniera como individuo particular. No hay relevancia filosófica alguna en la pregunta Por Qué Se Ama”). En el resto de sus libros, Gorz es el exacto opuesto de esa voz: nunca impostó, nunca se puso en primer plano, nunca se miró el ombligo al teorizar, nunca escribió otra novela tampoco; se lo considera el padre de la ecología política. Vaya a saberse qué significará eso dentro de unos años. Pero aun si la obra de Gorz termina siendo con el tiempo apenas una nota al pie de su época, será porque fue de los poquísimos intelectuales franceses de ese tiempo (el que va de la Guerra Fría y las guerras de liberación a las crisis del comunismo y la crisis de la política) que no cayó en ninguna de las trampas de la inteligencia. Esa fue su virtud, su manera de hacer filosofía y periodismo a la vez.
En aquella carta que escribió a Dorine antes de morir, Gorz le dice:
“Nuestra relación se convirtió en el filtro por el que pasaba mi relación con la realidad. Por momentos necesité más de tu juicio que del mío”. No fue el único en valorarla de esa manera. Sartre, Marcuse e Iván Illich se enamoraron en distintas épocas de esa mujer impenitentemente discreta. Pero ella prefería a Gorz. El también la prefirió a ella: dos veces cambió literalmente de vida por influjo de Dorine. La primera fue a los cuarenta, cuando ella descubrió que había contraído una enfermedad incurable por culpa de una sustancia que le habían inyectado para hacerle radiografías: la medicina se lavó las manos del caso y ella comenzó una cadena de correspondencia con otros aquejados del mismo mal, que no sólo le dio décadas de sobrevida sino que llevó a Gorz a cambiar el eje de su discurso; en las reacciones de Dorine vio los rudimentos esenciales de aquello que llamaría ecología política (ese lugar donde se tocan el pensamiento de Sartre con el de Marcuse y el de Iván Illich y el de Foucault). La segunda vez fue a los sesenta, cuando decidió jubilarse antes de tiempo para dedicarse jornada completa a Dorine: a hacer la misma vida que ella primero, y después a hacer para ella las cosas que ella ya no podía hacer (“Labro tu huerto. Tú me señalas desde la ventana del cuarto de arriba en qué dirección
seguir, dónde hace falta más trabajo”).
El suicide-à-deux de Gorz y Dorine tiene dos antecedentes sobre los cuales han corrido ríos de tinta: cuando Stefan Zweig bebió y dio de beber a su joven segunda esposa un frasco de barbitúricos diluido en limonada en un hotel de Petrópolis, Brasil, adonde había llegado huyendo de la Segunda Guerra; y cuando Arthur Koestler hizo lo propio junto a su esposa de siempre (y a su perro de siempre, también), en su casa de Londres, huyendo del Parkinson que lo estaba devorando. En ambos casos hubo nota suicida, en ambos casos el rol de la mujer es tristemente pasivo, en ambos casos hay una atmósfera opresiva y amarga que la última escena de Gorz y Dorine logra evitar casi por completo.
En aquella carta postrera, Gorz le hacía una tremenda confesión a su esposa: “Durante años consideré una debilidad el apego que me manifestabas. Como dice Kafka en sus diarios, mi amor por ti no se amaba. Yo no sabía amarme por amarte. Me diste todo para ayudarme a ser yo mismo y así te pagué”. Gorz
había visto una vez a Dorine decirle con toda naturalidad a la Beauvoir: “Amar a un escritor implica amar lo que escribe”. El mismo le había dicho a Dorine, la noche en que logró conquistarla en Suiza, en 1947: “Seremos lo que haremos juntos”. Pero recién tomó cabal conciencia de lo que decían aquellas palabras cuando terminó de escribir aquella carta, subió por última vez aquellas escaleras y se acostó para siempre en aquella cama, junto a la mujer con la que había compartido, día tras día, sesenta años seguidos, desde aquella noche en Suiza. “Afuera es de noche. Estoy tan atento a tu presencia como en nuestros comienzos. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. En el caso de tener una segunda vida, ojalá la pasemos juntos”.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-172270-2011-07-15.html

Terapia antidepresiva doméstica*

Si en la mañana, no sabes que hacer o crees que no puedes hacer otra cosa.

Tira aquello que has guardado para intentar salvar de una fatal inutilidad.
Objetos portadores de memorias, como primitivos pendrives quedaron a la espera de una reconstrucción material. O, simplemente son ese recuerdo de cuando emparchaste el triciclo de tu hijo con un pedazo de correa de cortina. Lo salvaste por unos días y lo guardaste 10 años.

Luego, en una mañana de 100 por ciento de humedad
Antes o después de pensar en la muerte,
Arrojaste al objeto al canasto de la calle.
Para salvarlo quizás de la muerte lenta y darle una oportunidad, si alguien tiene la voluntad de arreglarlo, de que los pies de un niño de dos o tres años, lo hagan mover.

Así se ira, en dos partes, el triciclo del hijo niño. Con la esperanza de otra vida útil y de desatar sonrisas mientras se use a velocidad rauda de infancia.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Correo:

Umbrales ediciones se complace en invitar a Ud. a la presentación del libro de Mónica Soave, 180 Sur (Biografía en Patagonia). Lo esperamos!

180 SUR
(Biografías en Patagonia)
Autora: Mónica Soave.

Presentación a cargo de la escritora Elsa Osorio.

Viernes 22 de julio de 2011 a las 19.30

Auditorio Dionisio Petriella.

Asocición Dante Alighieri.
Tucumán 1646. C.A.B.A.

*Mónica Soave. ms@fimba.net

*

Inventren Próxima estación: SANTOS UNZUÉ.

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El duende perdido*

Chicos, saben una cosa, hay un duende aburrido, en mi patio.
Inventa travesuras cuando el cielo se enoja y se vuelve de un gris encapotado.
Este duendecillo es torpe, improvisa con sus zapatos alargados un concierto al pisar las hojas secas cuando se desliza por las baldosas de granito.
Pobrecito, no está acostumbrado a la civilización…
Es salvaje: tira el balde colmado de agua jabonosa, empuja a las hojas de la madreselva, o le roba los palitos y los hilos a las palomas para hacer sus nidos.
Quiere volar con las golondrinas, pero ellas no lo llevan , porque en las noches sin luna, cuando están descansando, las asusta con su nariz regordeta y su bigote puntiagudo.

El huye de la luz, se siente muy feo. Por eso, parece antipático y fastidioso.

Ha venido a mi casa por equivocación, su hogar está en un jardín de enredaderas plateadas de City Bell. Allí el viento peina sus hojas como si fueran cabelleras de peluquería, según la orientación que tome.

Creo que extraña ese paraíso de espacios perfumados de jazmines del cabo, de rosas y de margaritas.
Vino a mi apartamento en un transporte inusual: una canasta de mimbre llena de maní con chocolates, nueces, almendras y golosinas. Lo habían asustado los ladridos de unos perros guardianes muy prepotentes y las explosiones de los fuegos artificiales de fin de año.
¡Casi muere del susto!
Ahora que sé cual es su lugar preferido, le voy a dejar un mensaje escrito con letras manuscritas de su mejor amiga, una niña que se llama Pau.

Le subrayaremos que nuestro deseo es reintegrarlo a su morada lo más prontito posible.

PD.: También le vamos a pedir al Duende que puede contarnos cómo es su forma de vida, lo que más le atrae, lo que necesita, cuando duerme y qué come.-

*Con todo cariño Azul. azulaki@hotmail.com
2/3/09

PARA PODER ENTENDERSE Y ENTENDER EL MUNDO…

“AY PATRIA MÍA” *

(Palabras de Manuel José Joaquín del corazón de Jesús Belgrano)

“Desde el descubrimiento empezó la malicia a perseguir unos hombres
que no tuvieron otro delito que haber nacido en unas tierras
que la naturaleza enriqueció con opulencia y que prefieren dejar sus pueblos
que sujetarse a las opresiones y servicios de sus amos, jueces y curas.”
Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios, 1802.
“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos,
si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe,
nuevas ilusiones sucederán a las antiguas,
y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres,
será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía.”
Prólogo del libro”El contrato Social” de Rousseau,
traducido por el prócer en 1810-
MARIANO MORENO

“Ay patria mía”
MANUEL JOSÉ JOAQUÍN
DEL CORAZÓN DE JESÚS BELGRANO

Calendario Romano. Mes tercero del año.
Diosa Maía, primaveras tenues, fragorosos cultivos.
Flor oscurecida por el sol de Mayo.
Y fue luciérnaga y lirio.
Diadema de plata. Flor de esmeralda entre trigales.
Laberinto donde Cristóforo Colombo, fecundó su huevo.
Recorrió las húmedas zonas de sus frutos.
Y fue cruz y espada. Carne desamparada del huinca.
Devino en flor del aire, criolla corola suspendida en la brisa.
Y pasaron los mayos, caminaron las piedras.
Los puntos cardinales se agitaron.
Y hubo cruces de lanzas, lápidas de piedras. Musgo
Agua hirviente, mar rojo embravecido.
Maía blanca y azul, acompaña. Guarda celosamente el fuego.
Azuza al redomón bravío.
Atropellan maturrangos, chapetones, godos y matuchos.
Una a una caen las cadenas. Gotas de un planisferio amargo.
Y otra vez caminaron los pasos de las sombras.
Y hubo pausas y prisas. Dolores y alegrías.
Y lápidas en los mares y tierra.
Y el rayo.
Y vuelven, las manos frías y la frente ardiente.
Rezos apócrifos en los nombres sagrados
En Moreno, en Belgrano, en héroes ignorados.
Y vuelven, Maía, vuelven…
Coplas de vida y muerte.
Vuelven .Ay si, vuelven.
“Ay, Patria mía”

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ

“Escribo para entenderme y entender el mundo”

-por La Unión Espectáculos y Cultura 3/07/11

Publica textos semanalmente en ”Inventiva Social”, una plaza virtual. Su gran disparador son los trenes y sus historias varían entre los policiales y el romance.

ALBERTO DI MATTEO – ESCRITOR

¿Como llegó lo virtual a tu literatura?

La escritura virtual surgió a partir del pedido de un amigo que es sociólogo y quien a en 2001 inventó una serie de news letters que comenzó a distribuir entre sus contactos.
Inicialmente eran textos políticos, de entidad social. Y después esto fue derivándose a la literatura. Sabía que yo escribía y me convocó para que pudiera aportar a su proyecto.

–¿En que consiste exactamente ese proyecto virtual?

–Es un proyecto que toma los recorridos ferroviarios que han caducado, que los han cerrado en la época de la dictadura, de mediados y fines de los setenta, en adelante. Ha tomado esos recorridos y no los del menemismo porque prefirió hacerlo con mayor distancia.

–¿Cómo se inicia y desarrolla esa idea virtual?

-El proyecto de Inventren empezó en el 2001, siguió hasta el 2004. En 2005 hubo un intento en el que no me enganché, y después, empezó a reeditarse y se fue dilatando hasta este año, que se empezó nuevamente a difundir textos míos y algunos nuevos.

–¿Y cómo se conjuga tu literatura con este proyecto?

–La idea que me propuso era escribir cuentos donde el tren fuera un disparador. Podría tener que ver con el tren en si mismo, o teniendo el tren como escenografía. Yo encaré esto como un proyecto literario.
Decir tengo que presentar el cuento para Inventren, que es la sección de Inventiva Social que contiene el News Letters, tengo que presentar un cuento para esta semana.
También lo he tomado como si fueran, algunos, una road movie, donde el recorrido va en función del tren que corre y el desarrollo del cuento se va dando dentro de los vagones, o en las estaciones donde bajan los pasajeros.
Los cuentos en general no tienen un género definido, algunos hablan de romances, otros fantásticos, policiales, el tren es un disparador.

–¿Y del resto de tu trabajo que nos podes contar?

–Tengo publicados cuentos en Antologías editadas por Argenta y una deuda conmigo para no seguir corrigiendo . Tengo escritas las novelas “Espacio de transición”, ( 1996 ) . “Piloto de caza”, ( 1994 ) , con una reconstrucción diez años después, una novela corta.

–¿En qué otros terrenos incursionaste?

–Hice una road movie arriba de un micro que se llama “Sin rumbo fijo”, (1993) donde yo mismo no sabía adonde iba air. Puse personajes adentro de un micro a ver que pasaba, eran otros tiempos y otra dedicación.
Lo más importante a nivel de trabajo literario, de los últimos años, son las series de Inventren, en algún momento fantaseé con reunir una antología de cuentos, de los que escribí para Inventren, y publicarlo.

–Es un compromiso importante para vos este proyecto.

–El compromiso de escribir un cuento por semana es grande. Además, saber que eso se edita, el uso de la tecnología como recurso y el hecho de que lo que uno escribe en un momento se puede poner en Internet, en la red y esto se dispara y es leído por mucha gente sin que pase a través de la mediación del papel, es algo importante.

–¿Porqué se llama “Inventiva Social”?

–“Inventiva Social” significa “un invento argentino que se utiliza para escribir, plaza virtual de escritura”, es un portal. A través de “Inventren” se han publicado los ensayos, también se han creado personajes virtuales, un alter ego, para poder escribir determinadas cosas, se llama “Urbano Powell”, es una especie de Papa mediático del ciber espacio, pero toma elementos de la realidad y los retrata con un tono bastante delirante.

–¿Cuál es tu historia cómo vecino lomense?

–Nací en Lomas en el ´67, viví en Temperley toda mi vida, desde los dieciocho vivo en esta zona (Este). El primario lo cursé en el Colegio San Albano, el secundario lo hice en el Mentruyt, y la carrera de psicología la hice en la Universidad la hice en la UBA, me recibí en el ´92, cuatro años después, hice el profesorado en Psicología.
Después hice concurrencia en el Hospital Zonal de Ezeiza, trabajé en distintas instituciones de la zona, atendiendo una guardia telefónica en Capital y actualmente soy el director del área de salud de la Cruz Roja de Lomas de Zamora.
También he trabajado en Villa Lugano, Tristán Suarez, Monte Grande, Lomas de Zamora y me he dedicado más que nada a la clínica.
Ejercí en colegios, haciendo tareas de orientación a partir del gabinete, pero el título de docente no lo usé para dar clases, salvo para las prácticas.

–¿Qué es para vos el oficio de escribir?

–Leí una definición de John Cheever hace cosa de un mes que decía que “escribir era para él ordenar sus ideas, para poder entenderse y entender el mundo”, y me parece que en algún punto lo tomo como propio.

El dato
2 novelas y una road movie tiene en su haber este artista local. ”Espacio en transición” y ”Piloto de caza”.

*Fuente: Diario La Unión. http://www.launion.com.ar/?p=46432
-CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

Estación Rosario*

*Por ALBERTO DI MATTEO. -ALDIMA- licaldima@yahoo.com.ar

-La mejor carne del país, amigazo: eso se lo aseguro.
Al escuchar la frase, acompañada por un guiño cómplice, Sergio Cejas pensó que aquel barman del vagón comedor le estaba gastando una broma. ¿Turismo sexual en Rosario? ¿Promovido por el Nuevo Ferrocarril Santafesino-Bonaerense? Era de no creer. Y sin embargo, la otrora “Chicago argentina” gozaba de una fama indiscutida en esos temas. La primera imagen que se le cruzó en aquel momento a Sergio Cejas fue la del gran Alberto Olmedo, improvisando como siempre delante de una cámara de TV, quizá sentado junto al inolvidable Javier Portales, o tal vez con uno de los tantos figurines que inevitablemente se lucían a su lado.
La referencia “olmédica” no era casual. En los últimos meses, todo lo que lo rodeaba le parecía una farsa, algo artificial y paródico. Sus ritmos cotidianos, sus escasos placeres, las monótonas tareas que realizaba en esa oficina bancaria que parecía tragárselo día a día bajo toneladas de trámites acaso banales –simulando ser un personaje kafkiano casi contra su voluntad-, hasta su propia vida, parecían haber perdido todo sentido. En caso de haberlo tenido alguna vez…
¿Desde cuándo había notado que su existencia comenzaba a desbarrancar? La respuesta parecía ser la única certeza con la que contase por el momento: desde aquella traumática separación con Evelina, denuncias policiales mediante, durante el invierno pasado. Una época negra de su vida, que aún le dolía en el recuerdo, y cuyos detalles se desdibujaban en el ayer.
¿Por qué se había decidido a viajar en tren? Ni él lo sabía. Los acontecimientos de las últimas horas se le tornaban borrosos. Sólo podía precisar que su propia desilusión lo había conducido desde un departamento desordenado y con sobras de comida por todos lados, hasta las vías. Y que en vez de acostarse sobre ellas en espera de filosos rieles que acabasen con el motivo de su dolor, se había trepado con un violento impulso al primer tren de larga distancia que partiera desde la piojosa estación en la que se encontraba. Trayecto salvavidas hacia Rosario –pasaje de ida solamente- durante el cual había conocido a Ernesto, un simpático barman que le relatara sus desventuras a bordo, apuntando con especial detalle a la increíble historia del camarote embrujado, ocurrida el año anterior, entre las estaciones de Navarro y de Patricios, durante una noche de tormenta.
Aunque no fuera compañía lo que buscaba, Sergio Cejas agradeció la consoladora presencia de Ernesto –además de la secreta botella de whisky, fuera de inventario, que ocultaba debajo de la barra-. Y sin embargo, la espontánea oferta de sexo lo sorprendió generosamente. Aunque, ¿para qué trasladarse a Rosario para conseguirlo? Conocía algunas esquinas de Buenos Aires donde podía encontrar decenas de ofertas como ésa; nada de travestis, eso sí, no era su estilo. Además del inexplicable traslado en busca de una triste porción de sexo alquilado, también había hallado una inesperada compañía amistosa junto a varias medidas de whisky, al menos para despejar sus ocasionales pensamientos suicidas… Eso estaba muy bien, aunque sólo fuera por unas horas. Ahora: ¿acaso Sergio Cejas ansiaba encontrar en Rosario algo más que aquello, imposible de precisar?
-Hágame caso, amigo -insistió Ernesto, el barman. –Aproveche. No se va a arrepentir.
Ni bien bajó del tren al llegar a destino -seguido de Ernesto, quien comenzó a hacer señas trepado al estribo en dirección a un borde alejado del andén-, se le acercó presuroso un gordo que lucía una larga y lacia cabellera, junto a una barba candado bastante espesa, que no dejaba de fumar cigarrillos negros.
-González Raúl, para servirle –saludó, parco y en un susurro, mientras le daba un breve estrechón de manos. Y agregó: -“Canalla” de alma, para más datos.
Sergio Cejas consideró que no era momento de esbozar siquiera su leve simpatía por la “lepra” de Newell´s. Su interlocutor no parecía muy afable a las diferencias. Y él no tenía ganas de malgastar la poca energía que sentía bullir en su interior, a pesar de la bruma existencial que lo rodeaba.
-El señor busca servicio especial -le informó Ernesto, aún trepado al estribo, como si la oferta de sexo -ajena en absoluto al contexto ferroviario- fuese un extraño rebusque del barman para hacerse unos pesos extras. –No me hagas quedar mal…
-¿Alguna vez lo hice? –retrucó el gordo, y sin aguardar respuesta alguna le masculló a Cejas cerca del oído: -Sígame.
Sergio Cejas, carente de todo equipaje, llevándose a duras penas a sí mismo, lo siguió sin saber muy bien lo que hacía. Todo le daba lo mismo. O tal vez no…
-¿Tiene plata? –lo interrogó el gordo, ni bien subieron a la vetusta camioneta Ika que los aguardaba en una calle lateral. Sergio Cejas asintió, un tanto trémulo, aunque no estaba muy seguro de la cantidad que llevara encima. El gordo no pareció muy convencido de la respuesta, por lo que disparó: -Revise bien los bolsillos, ¿eh? No lo llevo a ningún lado si no hay efectivo.
Sergio Cejas indagó dentro de su ropa. De manera incierta encontró un total de cuarenta y dos pesos con treinta centavos. ¿Cómo había hecho para salir con tanto dinero a la calle, sabiendo que su idea inicial era tirarse debajo de un tren? ¿Y el dinero para el pasaje? Misterio…
-Por mí está bien –aclaró González Raúl, y puso la Ika en marcha. –Siempre que no se ponga exigente…
Tardaron unos quince minutos en llegar hasta un barrio semi marginal, estacionando junto a una casona bastante antigua, cuya elegancia había conocido épocas mejores. Un par de hombres de proporciones considerables conversaban entre sí junto al portón de entrada. Sergio Cejas se atemorizó, y no supo cómo hacer para declinar la oferta. Pero González Raúl ya había bajado y le indicaba junto a la puerta abierta de la Ika, sosteniendo el cigarrillo negro entre sus labios:
-Vamos; las chicas esperan.
Más que a una tarde de placer, Sergio Cejas parecía encaminarse a paso cansino hacia una ejecución. De pronto, el fugaz ratoneo con la fantasía de un encuentro sexual fuera de Buenos Aires se había disipado, dejando en su lugar una cruel sensación de estar siéndole infiel a Evelina. La imagen se avecinó sobre su alma con el peso mortal de un ataúd.
Sin embargo, siguió adelante, detrás de la espalda de González Raúl.
Los fornidos patovicas se hicieron a un costado al ver llegar al gordo. Ambos cruzaron el umbral para encontrarse con una habitación en penumbras, apenas iluminada por un par de trémulos veladores en los rincones, y con el rumor de fondo de una cumbia proveniente de un cuarto del fondo. Sergio Cejas apenas vislumbró un par de siluetas femeninas caminando entre los sillones del cuarto, ajenas a todo lo que las rodeaba. Casi tanto como se sentía él.
-Venga –masculló el gordo por sobre su hombro, sin despegarse el cigarrillo de entre los labios.
Atravesaron el cuarto, impregnado de perfumes baratos, hasta llegar a una de las mesitas iluminada por el velador. Recién al acercarse descubrió a la obesa mujer sentada a un costado que se limaba las uñas con una indiferencia pasmosa.
-Edith: el señor requiere de los servicios de las chicas –informó el gordo, y mientras se volvía le dijo a Cejas al pasar: -Lo espero afuera. Si no estoy, me espera Ud.
González Raúl salió de la casa, y la masculina voz de la tal Edith retumbó cerca suyo: -¿Qué le gustaría? ¿Bucal… vaginal… anal… completo…?
Sergio Cejas volvió la cabeza hacia la mujer obesa y no supo qué contestar. Una sola idea le cruzó la mente.
-¿Qué puedo hacer con cuarenta pesos? –preguntó.
-No mucho -dijo ella, sin levantar la vista de la indiferente labor de la lima. –A menos que no le importe tratar con Isabel…
Él permaneció en silencio, sin entender a qué venía el comentario.
-Las blanquitas y jóvenes son las más caras –comenzó Edith, casi resignada. -Cuanto más entradas en años, más baratas cotizan. Menores de edad no tenemos; vaya a buscarlas a los bulos de los políticos, si las quiere. –Otro silencio contemplativo hacia la tarea manicura, hasta que por fin, recordando de qué estaba hablando, agregó: -Isabel es la tullida.
-¿P…perdón…? –balbuceó Cejas, incrédulo.
Edith ya parecía molesta por tener que hablar tanto.
-Se cayó del tren hace unos años -informó, siempre sin mirarlo. -Ya se dedicaba al oficio, así que después de la tragedia seguía en lo suyo o pedía limosna en el cordón de la vereda. ¿La quiere o la deja? -terminó por impacientarse la mujer obesa.
Sergio Cejas sintió el impulso de escapar, dueño de un siniestro aire de ajenidad, aunque irse de aquel lugar sin haber cumplido el esperado alquiler de cuerpos era similar a cavar su propia fosa hacia el abismo de la desesperación. Afuera lo aguardaba un tren, impiadoso y veloz, al que ningún ruego podría detener, cuyo objetivo fuera el de lanzarse pujante sobre él……y no precisamente para llevarlo como pasajero…
Le parecía estar escuchando la lúgubre sirena acercándose hasta él, estremecido por el escalofrío, cuando se escuchó decir:
-E-está… bien. Me quedo con la …t-tullida…
-¡Greeeeeetaaa!!! –aulló Edith, sobresaltándolo, siempre sin levantar la vista de sus uñas, más que perfectas. -¡Decile a Isabel que tiene visitas!!!
Sergio Cejas estaba a punto de acercarse a la cortina de cuentas de vidrio que separaba la sala en penumbras del pasillo hacia donde imaginaba que estaban las habitaciones, cuando oyó un chistido que lo detuvo en seco.
-Se paga por adelantado –anunció Edith, terminante. –Son treinta pesos. –Cejas dejó el dinero sobre la mesa, con mano trémula. La mujer obesa aclaró: -Si es de los que se impresionan, lo lamento; no hay devolución.
Manoteó los billetes, mirándolos apenas, se los guardó en el escote, y ya no habló más.
La cortina de cuentas de vidrio cantó al abrirse. Una chica delgada y morochita, vestida con una solera de sarga, luciendo una amplia sonrisa rematada en dos enormes paletas de conejo, le hizo una seña para que pasara. Sergio Cejas la siguió, con paso vacilante. El sonido de la cumbia sonaba cercano. Por debajo del perfume barato había un intenso olor a humedad. Caminaron hasta el fondo de un largo pasillo, donde sobre una ajada puerta de madera la morochita golpeó dos veces.
-Pase. Está abierto -respondió una voz de mujer.
La chica abrió, empujó la puerta, y sin borrarse la estúpida sonrisa de conejo se hizo a un lado para que Sergio Cejas pudiera entrar. Una vez que traspuso el umbral, ella cerró la puerta a sus espaldas.
La imagen de la cama en el centro del cuarto con la mujer recostada sobre ella acaparó toda su atención, salvo por la silla de ruedas, antigua y maltratada, que yacía cerca del colchón, con una bata sobre ella. La bombita desnuda alumbraba desde el techo, develando a una chica de unos treinta y tantos años, de tez trigueña, bonitas facciones, cabello enrulado, hombros sólidos, pechos firmes, vientre un tanto abultado y caderas amplias. Algunas cicatrices le cruzaban el abdomen, producto de varias operaciones. Se la veía bien alimentada, el tronco apoyado sobre varias almohadas, y aunque estuviese desnuda por completo, las sábanas le cubrían las piernas desde el borde superior del muslo hacia abajo. O mejor dicho: donde deberían haber estado sus piernas.
-Hola –lo saludó ella. –Bueno… ¡Qué suerte la mía! Dale, vení… Acercate. No siempre me tocan clientes tan finos como vos.
Sergio Cejas pensó la chica se burlaba de él, considerando la desarrapada imagen que presentaba desde hacía tiempo. Se detuvo a pensar en la clase de hombres que visitarían a esta chica a diario, y contuvo sus ofensas. ¿A diario? Algo le hizo pensar que, dadas sus condiciones, Isabel no debía ser muy requerida por los clientes del lugar. Y sin embargo, alguien con sus características hubiera sido muy solicitada por quienes gozaran de perversiones como éstas. Si hasta parecía bonita…
-Vamos, che. No seas tímido –lo incitó ella, tendiéndole un brazo para que se acercara.
Él avanzó tembloroso, sobrecogido por la imagen que contemplaba, sintiendo una honda vergüenza, como si quien estuviese desnudo fuera él. ¿Llegaría a tener una erección sabiendo lo que había –o no había- debajo de aquella sábana?
De pronto, deslumbrado ante lo inesperado de la sensación, avasalladora como locomotora desbocada, advirtió que lo único que quería obtener de ella era un fuerte y cálido abrazo que lo contuviera. La cruel inermidad que contemplaba sobre aquella mujer le parecía insignificante frente a su propio desvalimiento.
Caminó hasta el brazo extendido, se sentó sobre el colchón, y antes de que Isabel comenzara a quitarle la campera Sergio Cejas se derrumbó sobre ella, sin mirarla, abrazado a esos hombros sólidos y musculosos como un borracho aferrado a un poste de luz, y comenzó a llorar.
Un llanto agónico, profundo, de esos sollozos que emergen desde los abismos del alma y pronto se convierten en una caudalosa catarata, devastando cualquier falsa apariencia de normalidad.
Sorprendida, Isabel le devolvió el abrazo, con una calidez inusual, desconocida para sus cada vez más ocasionales clientes, y comenzó a acariciarle el cabello de la nuca, mientras murmuraba, casi a su pesar:
-Bueno… bueno… ya va a pasar… No te pongas así… Ssshhhhh…
Sergio Cejas se aferró aún más a ella, a su piel, a su calor. Ya no le importó saber dónde se encontraba, ni ante quién estaba, ni cuál era su condición. Sólo le importaba saber que existía ese abrazo, ese afecto momentáneo que desconocía la manera de calmarlo, pero que al menos intentaba hacerlo sentir un poco menos solo. Un oasis en medio del desierto, en el que sólo quería refrescarse y beber, de la manera que fuera…
Sin siquiera secarse las lágrimas, con la mirada enturbiada, comenzó a besarle el cuello, a incorporar a la chica hasta sentarla en la cama, a desplazar lentamente sus manos a lo largo de aquella espalda, descendiendo hacia una cintura donde comenzaba una zona cruzada de marcas, y ascendiendo luego hacia sus pechos, experimentando una ternura insólita, como hacía mucho tiempo no sentía al lado de nadie, olvidando por completo el contrato pactado con la mujer obesa.
Isabel recuperó parte de su integridad profesional, relegando aquel momento de tierna debilidad, cuidando de no caer en el peor de los errores que podía cometer: enamorarse ante los sentimientos de los clientes. Al tipo éste se lo notaba destrozado, aunque su cuerpo estuviese entero. Ella, ignorando cómo, parecía sentirle el alma partida en pedazos dentro del pecho, y sólo atinaba a abrazarlo y acariciarlo, como si con aquel contacto pudiese combatir sus propios temores. Hasta que volvió a intentar quitarle la campera, y esta vez él le ayudó, reaccionando como un autómata, desvistiéndose en busca de una mayor cuota de calor.
Una vez con el torso desnudo, y aún sin verla a través de sus lágrimas, que le bañaban las mejillas, volvió a abrazarla. La suavidad de su piel, junto al vibrante roce de sus pezones, lo estremeció, causándole una erección casi dolorosa que lo obligó a desprenderse violentamente del pantalón.
Tenderse sobre ella y penetrarla fue mucho más que un acto de placer; se convirtió en una desconocida necesidad vital. La prostituta tullida, acaso deforme, se convirtió en la mujer ansiada y amorosa, nutricia de ternura y contención. Y el orgasmo, inexplicable para ambos, los transportó muy, muy lejos, allí donde las palabras carecen de toda significación.
Las lágrimas se secaron sobre la piel y las almohadas. Los jadeos se extinguieron en una serie de acompasados suspiros. Y ninguno de los dos, sostenido de ese abrazo, atinó a quebrar aquel momento con palabras vacías.
Sólo después de un buen rato, ambos se irguieron muy lentamente, consiguieron mirarse a los ojos, y sin premeditarlo, preguntaron a la vez:
-¿Cómo te llamás?

CAJAS*

Siempre guardaba cajas
No sabía porque ni para que
Hoy lo se, era para encajonar la soledad.
Y trasladarla.

Demasiado tarde.
Ahora
Miro un cielo de madera.
Estático

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

*

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PRELUDIO DE GARZAS SALVAJES*

Desperté dormida en el mar de tus brazos.

Ay, el preludio de garzas salvajes en el alba.
Giran, como caligramas blancos,
Escriben tu nombre que desbordado cae.
Torrente de magnolias de lluvia.
Prólogo.
Tan blancas sabanas, amor, tan negra ausencia.
La costa tan lejana.
Los árboles de pié intentan elaborar su duelo.
Duelo oscuro de pañuelos bancos.

El mar no existe, amor. Lo se.
Quizás escondido en un edén, espere.
En las oscuras rocas de los desnudos mares.
Entre los peces muertos y el ballenato azul.
Entre los vórtices de abrazos circulares.
Entre los brazos de los vientos alisios.
Entre mares australes y océanos boreales
Entre los arrefices de coral pasión.
Entre los fantasmales barcos.
Entre tesoros de recónditos piratas.
Entre los lagartos marinos y la soledad de los Galápagos.
Cabalgando suavemente en los vientos de Índico

Hay un epilogo de algas que en oleajes verdes
Te buscan y me buscan
La rosa de los vientos desdibuja bahías.
Se que no estás, quizás nunca estuviste.
Pero hay un preludio de garzas salvajes en el aire.
Que me hacen vibrar hasta morir

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

ESCAPA LIGERA EN VUELO…

LEJOS*

Crónicas del Hombre Alto (n° 68)

La morocha del vestidito negro voltea sensualmente la cabeza hacia la izquierda y, en estudiada actitud de descuido, te mira con expresión insinuante. Clava sus ojos en los tuyos y, al instante, vos sentís en el pecho cómo empiezan a girar las hélices de ese ahogo que sólo la aparición de una mujer inusualmente hermosa puede provocar. En ese momento no querés darte cuenta, claro -preferís la ingenuidad de rendirte ante su encantador truco de ilusionista- pero la cruda realidad indica que la morocha del vestidito negro no te mira porque le resultes interesante; lo hace, simplemente, para verificar que vos la estás mirando. Soberbia desde su belleza deslumbrante, sabedora de la atracción que es capaz de ejercer, ella da por sentado que la están mirando. Y acierta. Porque vos, inevitablemente, la estás saboreando con la mirada. ¿Y cómo no hacerlo? ¿Cómo no arrojarse con imprudente devoción a esa catarata lacia que se derrama a pique sobre sus hombros desnudos? ¿Cómo no presentir con golosa ansiedad las redondeces sugeridas bajo la tela? ¿Cómo no aventurarse por el tajo criminal de la falda y deslizarse luego cuesta abajo por las piernas, hasta quedar enredado entre las tiras de sus sandalias romanas?

El equívoco inicial, sin embargo, se desvanece enseguida. Diosa fatalmente distante, la morocha del vestidito negro traza, con delicada firmeza, una frontera invisible que pone en evidencia tu inferioridad, te fuerza a recordar que ambos pertenecen a universos diferentes, realidades paralelas entre las cuales no existen más vasos comunicantes que ese juego de miradas fugaz e infructuoso. Ella te seduce y se te niega. Te concede el derecho -y la tácita obligación- de rendirle pleitesía, te confiere el derecho -y la tácita obligación- de desearla. Sólo desearla. No se sonrojaría si pudiera leer tus pensamientos; sería incapaz de escandalizarse ante la brutal indecencia de ciertos besos fantaseados. Su objetivo, al fin de cuentas, es justamente ese: generar un anhelo imposible de satisfacer. No es el sueño de poseerla, entonces, lo que está vedado. Lo que está estrictamente prohibido es violentar las barreras que ella impone. Las mitologías suelen referir los desastres que sobrevienen cuando los destinos de humanos y divinidades se entrecruzan más de la cuenta.

Han pasado quince segundos desde que la viste y ya sentís sobre los hombros el peso muerto de la contrariedad, un regusto a frustración en la saliva por esos labios que nunca habrás de besar. Sos el triste propietario de un deseo herido de negación en el momento mismo de su nacimiento. Insignificancia ambulante, rutinario animalito de maletín en la mano y cola en el Banco, perdedor por goleada, hombrecito gris tan sin glamour, no te queda más opción que seguir adelante con tu vida de siempre, consciente de la derrota inapelable.

Con inútil empeño, como si quisieras engañarte y postergar tu desconsuelo unos segundos, o canjearlo por migajas de aire, mirás a la morocha del vestidito negro una vez más y comprobás que ella todavía te está mirando.

Lejana, inalcanzable. Como si se burlara de vos desde el afiche gigante de la zapatería.

*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar

Circunstancial de amor*

Ellos se amaban y de eso estoy completamente convencido. Necesitaban de su amor en cualquier lugar, ya sea por las veredas, en la plaza bajo los árboles, en los baldíos o contra los paredones. Te lo digo yo que los veía todo el tiempo, viernes por la noche, madrugada de sábado, uno que otro domingo. No tenían descanso. Se amaban y de un modo muy particular. Como dos descarados sin vergüenza. Apasionados.
Con verlos te dabas cuenta cual era la causa de todo aquello, dos mil hormonas como larvas de mariposas en metamorfosis, hirviéndoles bajo la piel. Eso era lo que les ocurría, simplemente estaban enamorados.
Usaban su cuerpo como instrumento para amarse. Se acariciaban, se besaban, se abrazaban, se mordían, se pegaban y se volvían a besar. Parecían unos locos, pero todo aquello bien se justificaba persiguiendo su fin mas preciado, sentir la vida rugirle en las venas, elevando sus sentidos en lo profundo de su ser y por debajo del ombligo.
Se tenían el uno al otro y esa era su única compañía. El amor era su mundo y nada existía más allá de ellos. Lastima que segados de amor nunca llegaron a comprender los sucesos. La duda los atrapó y no pudieron manejar los hechos, o tal vez el virus del miedo les causó un derrame interno y la gangrena de los celos devoró la inocencia en sus corazones.
Al fin de cuentas todo término y ellos huyeron, con lágrimas en los ojos y la furia entre los dientes. Las circunstancias modificaron al amor, las situaciones modificaron al verbo y el presente del verbo amar se convirtió en un pretérito imperfecto.

*De Alfredo Castelli. castelli700@hotmail.com

Ambos contrayentes*

Ambos contrayentes
se vinieron
como alianza
al dedo:
larga vida unidos
neutralizándose recíprocamente
imbuidos de sus propios tufillos de familia
anegados
embargados
de vaginismos y precocidad.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Restos*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO Hay días en que me levanto muy Area 51. Me explico: esa necesidad de creer que, en algún santuario top-secret, se custodia celosamente la cura para todos los males de este mundo. El Rosebud de la cuestión. El Eureka del asunto. Aunque apenas sean los restos de sabios seres extraterrestres.
Restos que nos permitan pensar en que los infradotados que rigen nuestros destinos alguna vez serán abducidos o poseídos o iluminados o lo que sea.
Pero que sea pronto. Por favor.

DOS De ahí que no deje pasar libro sobre el Area 51 que se me cruce. Y todos tienen títulos muy largos, como si así quisieran reflejar la inasible enormidad del misterio de ese lugar que se sabe dónde está (coordenadas 3714’06”N11548’40”W, Nevada) pero nadie sabe exactamente qué es o qué contiene. A
saber: Area 51: The Dreamland Chronicles / The Legend of America’s Most Secret Military Base de David Arlington y Dreamland: Travels Inside the Secret World of Roswell and Area 51 de Phil Patton y ahora -con gran fanfarria publicitaria y vocación de expediente X todo lo definitivo que puede llegar a ser un Expediente X- llega Area 51: An Uncensored History of America’s Top Secret Military Base, de Annie Jacobsen. Lo estoy leyendo mientras el noticiero desborda de ineptos autoinvasores eficaces para el desastre: patriotas, políticos, banqueros y madres que cocinan a sus recién nacidos en hornos de microondas. Sí, hemos sido sojuzgados por monstruos nativos. Por suerte, en un rato empieza Falling Skies, spielbergiana nueva serie con aliens de verdad.

TRES Y todos, alguna vez, viajamos a esa Tierra de Sueños. En novelas (entre ellas, Majestic, de Whitley Strieber, secuestrado y a mucha honra, aunque le dolió un poco), en comics (esa aventura de Mandrake en la que se nos revelaba que los gatos eran una especie sideral, adorados por egipcios y de
incógnito entre nosotros, esclavizándonos sin que nos diéramos cuenta, desde el principio de los tiempos), en series de T.V. (Warehouse 13 o Roswell), en investigaciones (el inefable atlante Charles Berlitz llegó primero), en películas (que incluyen a Independence Day y la última de Indiana Jones), en canciones (“The Happening” y “Motorway to Roswell” de The Pixies), en informativos (la noticia que nunca muere del todo y cada tanto resucita), y hasta en cuentos magistrales como “The Talk Talked Between Worms” del gran Lee K. Abbott. Por estos días -finales de junio o principios de julio, no hay fecha precisa- se cumple otro aniversario de aquella noche de 1947 en la que un supuesto ovni supuestamente se estrelló en las afueras de Roswell, New Mexico. Ahí, pedazos de metal raro y restos de viajeros cósmicos
agonizantes despidiéndose de sus vidas -como los Manos de El Eternauta- en un idioma extraño, distante, antiguo. Un lenguaje que, sin embargo, no era ni venusino ni urkhiano. Era lejano, pero no tanto. Era yiddish, sin ir más lejos. Más detalles, más adelante.

CUATRO Así, el Area 51 como la Tierra Prometida y los despojos interplanetarios como su Santo Grial. Hombres de negro. Gente que no puede doblar el meñique. Organismos microscópicos cuyas naves son los teléfonos móviles y desde allí saltan a nuestros cerebros. Da Vinci y Shakespeare y The Beatles. Turistas geniales. Pero parece que no. Al menos esa es la tesis de Annie Jacobsen; quien entrevistó a diecinueve ex empleados de esa zona crepuscular (que ahora tienen entre setenta y cinco y noventa y un años y se preparan para abandonar la atmósfera de sus vidas en busca del infinito y Más Allá), quienes, por primera vez, hablan ante un micrófono sobre aquellos buenos y calientes tiempos de la Guerra Fría. Jornadas sin reloj, horas subterráneas en las que lo del platillo volador roto les vino perfecto para
enmascarar operaciones ultrasecretas en lo que en verdad era un campo de pruebas para ensayar misiones de espionaje, etc. Así que a alentar rumores, plantar evidencia falsa, alimentar a freaks de todo pelaje y, de paso, activar hasta niveles insospechados la industria turística de un lugar sin
ningún atractivo turístico como es Roswell. Y, suele suceder, pocas cosas más graciosas y delirantes que la realidad y al final del libro un anciano escucha lo que Jacobsen ha investigado y conseguido y le dice algo así como”Muy bien hecho. Buen trabajo. Pero no es todo”. Jacobsen entonces deja caer un croûton en su sopa y pregunta: “¿Cuánto es lo que sé si tomamos como referencia de mis hallazgos a este croûton dentro del plato?”. El hombre lo piensa un segundo y le dice: “Me temo que el plato no es una buena
referencia espacial. Lo que allí se esconde es mucho más grande que toda la mesa”.
La verdad está ahí dentro.

CINCO Y lo del yiddish: en las páginas 370 y 371 y 372 de Area 51: An Uncensored History of America’s Top Secret Military Base, alguien -cuyo nombre no es revelado- le cuenta a Jacobsen algo tremendo. De acuerdo, cayó una nave extraña. Es cierto: estaba tripulada por extrañitos de cabezas
enormes. Pero eran humanos, eran niños, eran judíos. Eran -atención- la resultante de un experimento genético del doctor nazi Josef Mengele a las órdenes de Josef Stalin, con quien el alemán habría pactado rendición privada y cambio de patrón antes de la caída de Hitler. Sus apuntes bizarros
y fórmulas locas y cuadernos de notas monstruosas a cambio de fortuna y de laboratorios para seguir trabajando en lo suyo al servicio no ya de la esvástica, sino de la hoz y el martillo. Parece ser que Stalin no cumplió su palabra y Mengele se vio obligado a buscar refugio primero en Argentina y luego en Paraguay. Pero antes de partir, Mengele le entregó a Stalin una partida fresca de marcianitos. Y el plan de Stalin -fan y admirador de aquella adaptación radiofónica de La guerra de los mundos de Orson Welles- era importar a estos pobres aliens falsos. Pequeños de entre doce y trece años, artificial y científicamente alterados, dentro de una aeronave de aleación metálica exótica: el Horten Ho 229 o ala voladora Gotha, uno de los últimos logros del Tercer Reich. Así, dejarlos caer y provocar una ola de
pánico en Estados Unidos ante un inminente ataque de las huestes del planeta color rojo comunista. Algo no salió bien. Moscú, tenemos un problema. Crash.
Pero todo fue inmediatamente silenciado. (Por supuesto, numerosos ovnistas y ufólogos denuncian ya al libro de Jacobsen como nueva maniobra para seguir escurriendo el bulto.) Jacobsen le pregunta entonces a su confidente por qué el presidente Truman no optó por contarles a los norteamericanos la verdad y demostrar así el tipo de monstruo que era Stalin. Entonces el Garganta Profunda de turno, tose fuerte, sonríe triste y susurra bajo: “Es que nosotros hacíamos cosas iguales o peores, señorita. Hice cosas que desearía no haber hecho. El tipo de cosas que uno sólo hace cuando ama a su país y le explican que tiene que hacerlas por amor a su país”.
Lo que me lleva de vuelta a nuestros patriotas. A los amorosos patriotas, a los políticos, a los banqueros, a las madres cocineras y asesinas y a la cada vez más firme certeza de que estamos solos o, de no ser así, de que todo parece indicar que ya no les interesamos a aquellos que, en su momento, vinieron y repartieron un puñado de pirámides y hasta la vista, baby.
Socorro. Aquí estamos. Hechos sopa. Manipulados, torturados, deformados.
Vengan (Transformers abstenerse: muy ruidosos, rompen todo) a liberarnos de nuestros propios invasores. Por favor. Tercer planeta después del Sol No pueden perderse.
Nosotros sí.
Shalom.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-170955-2011-06-28.html

Mi Suéter y Mi Bufanda*

Mi libertad escapa más allá de promesas y democracia:
Escapa ligera en vuelo
Dejando el peso de las mercancías solo a quien quiera jugar con ellas.

Mis sueños y yo quedamos postrados derramando lágrimas,
Con la única certeza de que
El verdadero comienzo es intentarlo otra vez.

Sueños, recuerdos.
Confianza ultrajada una vez más.

Nuevamente capital generando en mi vida capital:
Nuevamente riquezas que escapan de mi mundo material.

Salgo nuevamente con mis sueños rotos
Y espero encontrar mi libertad que tiempo atrás ha volado.

Simplemente salgo a la calle y me pongo mi viejo suéter y mi bufanda.

*de hugo ivan cruz rosas. quetzal.hi@gmail.com

Correo:

Tercer Concurso Internacional Invenciones 2011
de Álbum Ilustrado y Narrativa Infantil y Juvenil

Bases de Participación

El Concurso Invenciones tendrá dos categorías:
A) Álbum Ilustrado: obras completamente ilustradas en las que la historia no se sostiene por sí sola sin las ilustraciones. No se trata de una narración ilustrada, sino de la conjunción entre texto e ilustración
para contar la historia. Asimismo, se aceptan historias narradas únicamente con ilustraciones. Se recomienda revisar los álbumes ilustrados de nuestra colección “Los Ilustrados”.
– Las obras deberán estar dirigidas a lectores de entre 4 y 9 años.
– El tema, el formato de la obra y la técnica de ilustración serán libres.
– Las obras deberán ser originales e inéditas.
– Las obras deberán entregarse completas y en su versión final.
– La extensión mínima será de 16 cuartillas o páginas y la máxima de 40.
– La obra deberá presentarse impresa a color, en la mayor resolución posible, por triplicado, engargolada o engrapada (por engargolar se entiende encuadernar pasando una espiral de plástico al través de los agujeros que se han hecho a lo largo de uno de los bordes). Solo se aceptarán reproducciones de las ilustraciones, no deben incluirse originales; pueden presentarse impresiones o fotocopias a color.
– La obra será publicada en la colección “Los Ilustrados” de Nostra Ediciones, de acuerdo con las características editoriales de dicha colección.

B) Narrativa Infantil y Juvenil: cuento o novela corta.
– Las obras deberán estar dirigidas a lectores de entre 9 y 14 años.
– El tema de la obra será libre.
– Las obras deberán ser originales e inéditas.
– Las obras deberán entregarse completas y en su versión final.
– La extensión mínima de los textos será de 15 cuartillas y la máxima de 60. Las cuartillas deberán estar numeradas. Por cuartilla se entiende una hoja de papel para escribir de tamaño carta (21.5 x 28 cm) o tamaño A4 (21 x 29.7 cm). Cada cuartilla deberá contener aproximadamente 1,700 caracteres con espacios. Deberá utilizarse tipografía Arial de 12 pts. con interlínea de doble espacio y márgenes de 3 cm por lado. El texto deberá imprimirse por una sola cara.
– Los textos se presentarán impresos, por triplicado, en hojas tamaño carta (21.5 x 28 cm) o tamaño A4 (21 x 29.7 cm), engargolados o engrapados (por engargolar se entiende encuadernar pasando una espiral
de plástico al través de los agujeros que se han hecho a lo largo de uno de los bordes).
– La obra será publicada, con las ilustraciones que la editorial seleccione, en la colección “Mirador” de Nostra Ediciones, de acuerdo con las características editoriales de dicha colección.

Para las dos categorías se seguirán asimismo las siguientes bases:
– Podrán participar escritores e ilustradores de cualquier edad, nacionalidad, lugar de origen o residencia, que presenten una obra original e inédita en lengua española. Las obras podrán ser presentadas por uno o varios autores e ilustradores. Quedan excluidos de esta convocatoria los
trabajadores de Nostra Ediciones, Fundación Telmex, A Leer/ibby México, alija/ibby Argentina, Colibrí/ibby Chile, Comité Cubano del ibby, oepli/ibby España, ibby Uruguay, Banco del Libro y fil Guadalajara.
– Las obras no podrán participar simultáneamente en otro concurso ni haber resultado ganadoras, seleccionadas o mencionadas en otro concurso.
Las obras que se encuentren en dictamen editorial no podrán participar. Tampoco se admitirán las obras que sean una adaptación de otros originales.
– Las obras deberán ser enviadas a:
Tercer Concurso Internacional Invenciones 2011
de Álbum Ilustrado y Narrativa Infantil y Juvenil
Nostra Ediciones
Privada Florida 12
Colonia Barrio Santa Catarina
C. P. 04010, México, D. F.
Tel.: +52 55 5554 7030
– Cada una de las tres copias deberá mostrar en la portada el título de la obra y el seudónimo del autor (en ningún caso debe incluirse el nombre ni referencias que revelen su identidad).
– Las tres copias deberán enviarse en un paquete o sobre cerrado, dentro del cual se incluirá también la plica: otro sobre a su vez cerrado en el que por fuera aparezca el título de la obra, el seudónimo del autor y la nacionalidad; y por dentro del sobre una hoja con los datos del autor y/o ilustrador: nombre completo, dirección, teléfono con código para larga distancia, correo electrónico del o los participantes, nacionalidad y país de residencia.
– Deberá incluirse en este sobre (plica) una hoja en la que se declare y se firme que la obra que se presenta a concurso es original e inédita, que no ha sido publicada ni premiada y que no está pendiente de fallo en otros premios ni tiene compromisos con editorial alguna.
– En el caso de que concursen dos personas juntas en la categoría de Álbum Ilustrado, una como ilustrador y otra como escritor, ambas deberán declarar y firmar en la hoja dentro del sobre o plica en qué porcentaje participan. En función de este porcentaje se hará la repartición del premio económico.
– No se devolverán las copias ni ningún material que se presente. Nostra Ediciones destruirá todas las obras que no sean seleccionadas.
– Las obras que no cumplan con los requisitos establecidos serán automáticamente
descalificadas y no podrán ser aceptadas en el concurso.
– Los concursantes podrán participar con el número de obras que deseen.
Su participación en el concurso explicita su aceptación de estas bases.
– El jurado calificador estará integrado por distinguidas personalidades de la literatura y la ilustración y su identidad será revelada al momento de dar a conocer su fallo.
– La decisión del jurado será inapelable.
– El concurso podrá ser declarado desierto, en cuyo caso el monto del premio será reservado para la siguiente edición del concurso.
– Durante los seis meses siguientes al fallo, Nostra Ediciones tendrá opción preferente para adquirir los derechos de publicación de las obras que, presentadas a concurso, recomiende especialmente el jurado.
– Para aclaraciones respecto al concurso, se podrá consultar la sección
“Preguntas frecuentes” en la página web http://www.nostraediciones.com o escribir a invenciones3@nostraediciones.com
– Se recibirán trabajos hasta el 3 de octubre de 2011. Se tomará en cuenta la fecha del envío registrada en el matasellos. No se recibirán trabajos después de esa fecha.
– Los resultados del concurso se darán a conocer el 15 de noviembre de 2011 en la página web de Nostra Ediciones (www.nostraediciones.com). Los ganadores serán asimismo notificados directamente.

Premios
– Para la obra que resulte ganadora en la categoría A):

. $10,000.00 (diez mil dólares) como adelanto de regalías. En el caso de que en la obra ganadora participen dos personas (ilustrador y escritor), el importe se entregará en función del porcentaje de participación que hayan declarado en la plica.
. La publicación de la obra en la colección “Los Ilustrados” de Nostra Ediciones. El o los autores de la obra ganadora firmarán un contrato con Nostra Ediciones bajo las condiciones habituales para esta colección y de acuerdo con los términos expuestos en la Ley de Propiedad Intelectual de México.
. El ilustrador será invitado a participar con todos los gastos pagados en el II Foro Internacional de Ilustración FILUSTRA 2011, que se celebrará el 27 y 28 de noviembre en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

– Para la obra que resulte ganadora en la categoría B):
. $10,000.00 (diez mil dólares) como adelanto de regalías.
. La publicación de la obra, con las ilustraciones que la editorial seleccione, en la colección “Mirador” de Nostra Ediciones. El autor de la obra firmará un contrato con Nostra Ediciones bajo las condiciones
habituales para esta colección y de acuerdo con los términos expuestos en la Ley de Propiedad Intelectual de México.
. El autor será invitado con todos los gastos pagados a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
– La premiación del concurso se llevará a cabo dentro del marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011.

*Enviado por Marianna marianna@nostraediciones.com

*

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LOS NIETOS*

Para Katia

La llegada de los nietos de Katia ha sido una catástrofe: Estos tres chiquillos no tienen remedio, cuando se juntan valen por un ejército. Apagan las luces cuando me ven asomar, he tropezado con cada mueble de la casa, el pequeñito de los ojos azules me roció con un spray de insecticida, por suerte me escabullí a tiempo. No sé cómo ni cuándo, colocaron azogue en mis gárgaras, ahora apenas puedo emitir quejidos de gatito recién nacido… adiós a mis arias de ópera; para colmo, el mayor me persiguió hace dos días con una antorcha hecha de periódicos, sabiendo que tengo fobia al fuego. Me han puesto ratoneras… Y todo eso es poco: ¡Me han lanzado un balde de agua helada este amanecer! No paro de estornudar, amén de los temblores que recorren mis pobres huesos, estoy seguro de que saben de mis alergias – por eso a veces los tengo días y días sin agua, porque el detergente del lavado me pone histérico -. Esos mocosos no respetan nada…

A este paso, renunciaré a ser el Poltergeist de la familia. ¡Ellos se lo pierden!

*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.

Y AL FIN ANDAR SIN PENSAMIENTO…

Parodia*

*De Alfredo Castelli. castelli700@hotmail.com

Y vio Dios que era bueno. Entonces dijo: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestras semejanzas. Y creo Dios al hombre a su imagen; varón y hembra, Adán y Eva. Mas tarde los bendijo diciendo; fructificad y multiplicaos hijos míos.
Luego los coloco en el Jardín del Edén (el paraíso) y para probar su fidelidad y obediencia les dio una tarjeta de crédito para que comprasen lo que quisieran para su subsistencia, siempre y cuando no abusaran de los gastos. Porque si sobrepasaban el limite del crédito, tendrían problemas. La
serpiente (Satanás) se aprovechó de esta única regla, y así tentó y engañó a Eva; la cual pasó la tarde comprando una prenda tras otra, carteras y collares, aros y pinturas, una cosa tan cara como la anterior, y viendo Eva que era “bueno para vestir, y que era agradable a los ojos, y realmente un regalo codiciable para alcanzar la belleza “, llamo a su marido para pagar y cargar con los paquetes . Dios dijo entonces: “El ser humano ha conocido la vanidad y el crédito a largo plazo, por esto perecerá toda su vida acorralado por las deudas sin ningún dinero que alcance”. Y así esta falta de obediencia les acarreó la expulsión del Paraíso. Expulsión en la que Dios les castigó con los impuestos, tributos, aportes, embargos, y por supuesto un pésimo trabajo mal remunerado. Luego Dios dijo otra vez.
“Con el sudor de tu rostro solo podrás darte el gusto de comer el asado del sábado, porque no abra mas lujo que este; pues nada tienes y nada tendrás, por tu avaricia parirás a tus hijos con dolor, y después de paridos te devoraran como fieras”. Y para asegurarse de que todo se cumpliese en tiempo y forma, mandó sus ángeles para vigilarlos, los vistió de traje y les llamó abogados. Estos hechos son conocidos como el Pecado original.

PINOTO*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

En la memoria de los antiguos habitantes del pueblo surgen las anécdotas que de vez en cuando afloran en las mesas del club, siendo que la mayoría en virtud de su juventud sólo conocen al personaje sólo de mentas.
Heredan historias, vienen de vez en cuando y uno de aquellos hombres que han dejado la marca por sus extravagancias es don José Bicoca, alias “El manco” o mejor, con el más simpático apodo cuyo origen es tal vez familiar, Pinoto.
El apodo de manco tenía sentido porque al parecer un infeliz accidente producido por un caballo que se espanta y lo arrastra con él, según cuentan, tenía la soga arrollada en la muñeca es que terminó sus días con un muñón. Esto fue en su niñez.
Este desgraciado accidente no fue óbice para que logara con esforzada dedicación, mucho trabajo y obstinada persistencia, una buena posición económica que lo hacía jactarse con esa charla jocosa -“picante” incluso, se diría ahora- en las mesas del Club Huracán. Como socio vitalicio ya que había sido fundador y presidente.
-Yo, con una sola mano me compré cuatro camiones y cinco casas y otros con las dos no tienen ni dónde caerse muertos.
Y no faltaba al comedido que le seguía la discusión sólo por verlo como se iba poniendo con el rostro granate lo cual daba una impresión de ogro al que también ayudaba su gran corpachón. Pero no engañaba a nadie.
Era más bueno que el pan. Por lo que se relata en las mesas del Club y por todas las “anécdotas de Pinoto”, con las cuales uno mismo se crió, daba en suponer una teoría conspirativa que se encargaba de perseguirlo no eran los poderes terrenos quienes ejercían esa persecución para con él, sino los mismísimos santos encabezados por “ese cabrón de San Pedro”, según su colorido vocabulario.
Corrían los años cincuenta del siglo pasado, Pinoto había adquirido un camión Diamond T, modelo 37, al parecer en buen estado. Muchos sacrificios le había demandado ahorrar en sus trabajos de chofer de otros camioneros, pero al fin había logrado el máximo sueño: ser propietario de su camión, su herramienta de trabajo más preciada.
Y le surgió un viaje, llevar una carga al puerto de Rosario, tal vez cereal o leña o alguna ignota mercadería que la historia no registra.
Todo fue “viento en popa”, como se dice, pero al entrar a Rosario, por la ruta 33 y traspuesta la ciudad de Pérez, el hidalgo camión se detuvo.
“Pinoto” bajó casi mordiéndose los labios y levantó el capot.
Una mirada ocular bastó para que su ojo experto detectara el desperfecto, que al parecer no carecía de importancia.
Entonces se sacó el sombrero negro que usaba siempre, lo sostuvo con su única mano y levantando el muñón hacia el cielo prístino de mayo, con voz de trueno exclamó, entre lastimero e interrogante:
-Ay San Pedro, ya te enteraste que me compré el camioncito.
Y como obviamente, desde el cielo nadie respondía y el aire seco y azul sólo era horadado de patos siriríes en vuelo hacia las islas, en un casi sollozo, interrogó: ¿No te pudiste confundir con el camión del gringo Pacovich? ¿No te diste cuenta que tiene uno igual, de la misma marca que el mío?
Otro día en que estaba lavando la cabina de uno de esos grandes camiones que trasportaba combustible, a todo esto habían pasado varios años, y al circular otro camión sin querer le rayó la puerta que tenía abierta hacia la calle. Saltó con los ojos desorbitados, se sacó el sombrero e hizo
un gesto ampuloso y gritó hacia el cielo:
-¡Santos! ¡Los quiero todos aquí! Y señaló el sombrero que esperaba hacia arriba como un cuenco. Luego -dicen los testigos- que puso ese objeto negro delante de la rueda del camión, subió, le dio marcha y volvió hacia atrás.
Sacó el sombrero aplastado como un plato y respiró aliviado, diciendo:
-¿Vieron? ¿Vieron? Tanto perseguirme, al final los maté a todos.
Todas las historias tal vez no fueron reales, pero la sabiduría popular
siempre atribuye estos “sucedidos” porque son creíbles en el personaje que se prestan de representar. Es decir, que si no existieron, merecen haber existido y no se habría faltado a la verdad.
Como esa vez que bajó a un aljibe intentando limpiarlo de hojas secas y tal vez fondearlo un poco con una pala para mezclar mejor el gusto del agua.
Cuando quiso salir, no pudo. Se le quebró un peldaño de la escalera.
Hemos dicho que era un hombre corpulento y fueron varios los esfuerzos que realizaron su mujer y sus tres hijas al pretender subirlo ayudándose con una soga.
Se rindieron al fin y buscaron ayuda a sus vecinos, Miguel Ocariz y Pedro Siro. Dos hombres fuertes entonces lo subieron casi en vilo, atándose él con la soga a la cintura.
Cuando salió, lleno de sudor y barro se encaró con las cuatros preocupadas mujeres quienes lo vieron salir con alivio.
-¿Qué lindo, no? ¿Cuatro mujeres grandes no me sacan del pozo y lo hacen, un gallo y un gato?
Tal eran los sobrenombres de sus solidarios vecinos.
Él, “Pinoto” tenía su humor, como todos coinciden en el recuerdo.

¿Terror en Mí?*

Buscando encontré mi muerte:
La vi de lejos esperando.
Sentada,
Tranquila
Y por suerte un tanto distraída.
A veces uno se arrepiente de lo que encuentra en su búsqueda,
Aunque esa búsqueda sea en su nombre.

Sin suerte encontré a mi muerte,
Y corrí a esconderme inútilmente a su vista.

La reconocí al verte,
Y quedé paralizado y sin ganas de moverme.

Sé que mira a mis espaldas,
Por eso no he de moverme.
Sé que mira detrás de mí,
Aunque con un poco de suerte
Mi fin podría ser feliz.

*de hugo ivan cruz rosas. quetzal.hi@gmail.com

DESNUDO SOBRE PAPEL DE DIARIO*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

Los personajes de esta historia son los mismos que venimos leyendo desde hace ya varios años. El siempre es él. Ella ha tenido varios nombres. Varios cuerpos. Varias hileras de dientes.
El muchas veces creyó que era rubio y que era delgadísimo. Muchas veces escribió su nombre detrás del documento para no olvidarlo. Muchas veces entró en el relato empujado por un émbolo literario al servicio del suceso.
Siempre ha sido el personaje que vive en otra ciudad porque ella siempre ha sido la mujer que vive en esta ciudad. Para verse, uno de los dos siempre ha tenido que cruzar un río literario, atravesar una autopista ficcional, pagar un peaje riguroso. Hasta hoy, él nunca tuvo que ganarse la vida trabajando
en un peladero de pollos o como picapedrero pero lo bien que le habría hecho una experiencia real.
Convengamos que cualquier narrador mentiría si dijera que este personaje no viajó a otra ciudad donde un día conoció a una mujer que luego viajó a su ciudad para volver a verlo. Cualquier narrador sería falaz si no contara que ese ir y venir de huesos dejó en la memoria una idea de ciruelo florecido.
El destino de los personajes es misterioso. Sobre todo para el narrador.
Sobre todo porque los castores construyen diques pero los personajes no.
Porque una mujer textual instala un piano en una calle recta, iluminada por grandes farolas, en un barrio francés lejos de Francia, pero las mujeres reales no. El destino de los personajes es una maniobra compleja, en este mismo momento, al narrador, se le va de las manos su personaje que se desvía
oblicuamente hacia la esquina de ese barrio francés tan lejano de su lugar de origen.
El narrador no puede evitar ese desvío y nosotros lo seguimos. Nos preguntamos si ella estará por llegar desde su ciudad con una sonrisa en cada boca. Esta última inquietud no es nueva. Una cosa puede llevar a otra.
Esto puede provocar aquello. El narrador de estos textos puede ser narradora con la misma naturalidad con la que esta calle puede ser un archipiélago.
El personaje que había dado pasos oblicuos encontró a la mujer oblicua. El enamoramiento se produjo una vez más con mucha calma. El pino muere a los mil años, la flor del hibisco no dura un día. Ambos se roban la noción de tiempo y espacio y otras novedades, mientras el narrador escribe que ellos se robaron la noción de tiempo, la noción de espacio, la noción de mundo, la noción de cuento, la noción de amor y otras novedades.
Por momentos, la narradora travestida de equipaje escribe sin pronunciar palabras y esto resulta de muy poca utilidad puesto que ante la falta de letras el papel permanece en blanco. Una cosa lleva a la otra: nosotros reponemos. Llenamos con nuestros vasos sanguíneos los ríos vaciados por la elipsis. Sostenemos a nuestros personajes con ambas manos, con tanta destreza como si fueran dos manos derechas y nosotros un ser doble que lee y escribe a la vez.
El narrador no quiere contarnos lo que ella trae desde su ciudad, lo que ella sabe y nosotros ignoramos. Pero el narrador nos deja leerla cuando cruza las piernas ante el personaje que siempre ansía verla cruzar las piernas y sonríe con sus labios de bergamota bajo un claro diluvio naranja que nos obliga a guarecernos en un cuarto vagamente iluminado, donde la penumbra desnuda la flora, la fauna, el río, los cuentos, las almas.
El narrador que estaba sentado en su silla, tumbado, se pone de pie. Lo seguimos. Entramos al cuarto iluminado vagamente. Nos detenemos ante los desnudos. Están entre nosotros. No nos advierten. Ni siquiera advierten a su propio narrador o narradora. Está ante nosotros esa desnudez que nos desnuda. La de ellos. La del relato. El es el que siempre espera a la que siempre viene. Hay un reloj que no suena. Una lámpara. Una fábula oculta. Un pozo de fuego. Un texto. Y ellos entre nosotros. Ya no sabemos cuál de ellos es uno de nosotros. Si el personaje que se cree rubio, la mujer que desnuda lobos, la narradora que barre lentamente lo que acabamos de leer hasta perdernos de vista y quedarnos desnudos en el texto vacío del cuarto vacío.
Ellos, los amantes, quieren hacernos creer que la desnudez, tan perfecta como la rueda, la luna o el cuchillo, no es nuestra, sino de ellos, pero ya lleva demasiado tiempo la narradora travestida de tinta negra trabajando sobre esta hoja de papel de diario: no lograrán engañarnos, porque esta narradora travestida de lobo, que ya no nos avisa del próximo peligro desnudo de los personajes desnudos, nos ha formado.
Este papel que se refocila al borde de la suerte, en algún momento empezó a ser reflejo, a ser espejo que nos devuelve desnudos y aumentados. En algún momento, este papel rugoso se ha vuelto un testigo, un cíclope, un megáfono.
Este papel nos lee, nos conjuga, nos altera, nos insinúa, nos prolonga con un vértigo poco común si se tiene en cuenta que la inmediatez del diario tiene virtudes opuestas.
A esta altura de la desnudez, queda claro que este texto no es un madrigal, no es un responso, no es una confesión, ni un manifiesto. Es apenas un texto escrito en una página de un diario que finge un andar pasajero y no pide perdón a la eternidad de las letras.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-29259-2011-06-25.html

NARANJO EN FLOR”*

Dedicado con profundo afecto y vergüenza ajena
a “ la sombra envejecida de aquel pibe solitario”**

“Primero hay que sufrir, después amar,
Después partir y al fin andar sin pensamiento.” *

Cuando las pájaros pronuncian sus primeros trinos.

Por la calle ancha, avanza, el pibe.

Mira a Pedro Estrella, zizageando.

Estrellado, opaco espejo en ruinas.

Punto y coma, el que no se escondió se embroma.

En estado de coma permanente, avanza.

Aunque no coma margaritas se parece al cerdo.

Bebe el estupor en los charcos. En el tetra.

En el teatro del absurdo. En el vaso roto.

Orina los muros del hastío.

A veces saca el candado de su cuerpo.

El pibe lo mira desde lejos. ! Tan lejos!

Y un “perfume de naranjo en flor” le aprieta el alma.

Y sufre porque ama. Y ama porque sufre.

Y parte porque vuelve. Y vuelve porque vive.

Toma un “pedazo de “vida” y se recuesta en ella.

“Como un pájaro sin luz” cierra los ojos

Y el perfume de “naranjo en flor” lo retorna.

Lo envuelve en sus brazos de perfumado azahar.

Lo llevan a “la eterna y vieja juventud”.

Y vive… por un momento…vive.

¿Quién dijo que la eternidad es un pecado?

** ANDRÉS ALDAO
*Tango: Letra de Homero Expósito.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

*

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Humo*

Escuchó la fuga de un eco en su memoria. Supo entonces que todo lo ocurrido después no merecía la pena. No fueron más que puñetazos al aire, bocanadas de humo sin cigarrillo, reflejos de un eclipse.

¿Quién iba a recordar ahora si las libélulas emigraron en noviembre o de qué fuentes manó la sangre de los parias? ¿Con qué ojos mirar hacia el ocaso sin evocar la precisa sentencia del olvido? ¿A quién iba a importarle si el norte es el oeste o si el este termina por devorarse a sí mismo como un intemporal Ourobouros? (El sur no, el sur es siempre el mismo resplandor crucificado)

Y esa persistente voz preguntando una y otra vez cuándo terminó exactamente la película; esa voz queriendo averiguar (¡cómo si eso fuese a cambiar algo!) cuánto tiempo llevaba presionando inútilmente los botones del telemando y recibiendo por única respuesta una pantalla negra que grita “Nevermore!”

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

CONTRA LAS PAREDES DEL TIEMPO Y DEL ESPACIO…

DE PESQUERÍA*

Me habían llamado a la dirección para darme una reprimenda por conversar en clases. Era un mal menor, aun así me intimidaba la figura gruesa y severa del director, a quien a escondidas llamábamos “Pititi”.

Ese día, no obstante, no sentía el peso del castigo. A mi lado, en el sofá de los condenados, estaba Mini, una niña enorme – a pesar del apodo -, eterna huésped de la dirección, famosa por sus travesuras, alguien que una “niñita buena” como yo admiraba en silencio.

El director se demoraba con otro indisciplinado… de su oficina venían chillidos que se me antojaban aullidos de hombre lobo. Mini me miró:

– ¿Vamos a jugar? – me dijo.

– ¿A qué? – algo se traía entre manos, nunca hacía nada derecho.

Con la barbilla señaló la mesa frente a nosotros, adornada con una pecera llena de pececitos dorados.

– Nos vamos de pesquería.

Comencé con cierto temor, espiando cualquier sonido anunciador de pasos. Los peces, babosos y saltarines, insistían en escapar de mis dedos. Poco a poco, me fui entusiasmando con el desenfado de mi compañera y comenzamos a sacar pececitos, que íbamos colocando en el suelo, en dos filas, la de ella y la mía, para ver quién había hecho una mejor pesca. Podía sentir el viento salado azotando mi rostro, mientras los dedos se me ampollaban de tanto sostener la caña…

– ¿Qué está pasando aquí?

La voz de Pititi me regresó a tierra. A mi lado vi a Mini luciendo la más encantadora de sus sonrisas. “Nada”… le dijo con vocecita angelical. La mirada acusadora se posó en mí, ocupada en esconder con los pies el fruto de nuestra aventura. Por una vez en la vida supe mentir:

– Nada…

– ¡Muy bien! Las perdono de lo que hayan hecho porque me tengo que ir con urgencia – se atusó el pelo grasiento -, pero como vuelvan a caer en este sofá… ¡el castigo será doble!

Se marchó tirando la puerta y dejándonos a solas. Nos miramos y reímos. Antes de salir, logré convencer a mi compañera de pesquería de devolver los peces a su sitio. Increíblemente, sobrevivieron.

*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba
-Del libro “De príncipes y princesas”, editorial El Far, Mallorca.

Mariana y la bestia*

Mariana encontró en la bestia, el amor, o más bien, el equivalente del amor en los animales, una serie de sentimientos que también aparecen en la especie humana. Ella pensó que después de todo no resultaría tan mala idea dejarse llevar pos sus más primitivos instintos, y sumida a los colmillos de la fiera, no fuera su amor otra cosa que la orgásmica aventura de sentirse natural, instintiva, libre, abandonada a los placeres del reino animal. Entonces se abrió paso entre la noche y se dejo poseer.
Cuando la guardia del zoológico acorraló al animal y lo sedo para poder devolverlo a su jaula, sus garras todavía guardaban el rojo carmesí de la sangre fresca, y el perfume de Mariana se abrasaba al pelaje de la bestia como la visible marca de esa amante lujuriosa, que todo lo entrega. Incluso la vida.

*De Alfredo Castelli. castelli700@hotmail.com

Entrevista a Rolando Revagliatti*

*Por Carlos Alberto Parodiz Márquez.parodizlaunion@gmail.com

Publicada en el Suplemento “Espectáculos y Cultura” del diario “La Unión” de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, la Argentina, el 19.6.2011.

C.P.:¿Cuál es tu historia personal, Rolando, por lo menos la que quieras contar?

R.R.: Elijo, Carlos, según mi ánimo actual, este recorte: Soy el único hijo de mi padre y mi madre. Mi padre fallece a sus 60 años, cuando yo tenía 21. Y mi madre soporta, desde hace varios, en pésimas condiciones de salud, el sinsentido de la mera perduración. Mientras, yo perduro estaqueado por la mortificación extrema a la que me somete su longevidad.

C.P.: ¿Géneros frecuentados?

R.R.: Dramaturgia, exclusivamente en los años setenta; narrativa, casi toda ella en los años ochenta; poesía, con intermitencias, desde la adolescencia.

C.P.: ¿Obra publicada? ¿Y en qué soportes?

R.R.: En soporte gráfico he publicado un volumen que reúne mi dramaturgia, “Las piezas de un teatro”, dos con cuentos, relatos, microrrelatos: “Historietas del amor”, “Muestra en prosa”, y quince poemarios. Además, “El Revagliastés”, una pequeña antología poética personal, y “Revagliatti – Antología Poética” con selección y prólogo de Eduardo Dalter. Todos cuentan con ediciones electrónicas, disponibles gratuitamente en PDF y en libro Flash, no sólo en mi sitio de autor, http://www.revagliatti.net, sino que también en Bibliotecas Virtuales, blogs, etc.

C.P.: ¿Qué significa para vos la poesía, la literatura o aquello que, en el camino de la expresión, te haya conmovido más?

R.R.: Los desgarramientos han sido lo que más me han ido conmoviendo. Y los procesos de restauración, las iniciativas reformuladoras, a veces reformadoras o de horizontes revolucionarios. La dinámica entre aquello que cae, se diluye o degrada y el aura generatriz.

C.P.: ¿Las colaboraciones en medios y la creación de algunos, merecen alguna reflexión?

R.R.: He privilegiado la difusión de mi quehacer literario, tanto como he desestimado el tipo de esmero que requiere ofrecer libros inéditos en convocatorias de toda laya. Me complace llegar a lectores exigentes a través de medios acreditados y también a eventuales lectores de sencillas publicaciones periódicas. Como editor, lo he sido concienzudo y de humildes colecciones de pliegos: tales “Olivari” y Huasi”, en homenaje a esos notables innovadores de la poesía argentina que han sido Nicolás Olivari y Julio Huasi.

C.P.: ¿Sos cuidadoso en el tratamiento y difusión de tu obra?

R.R.: Lo soy (creo para mí). Y coherente.

C.P.: En la literatura, ¿mentores, referentes o valoraciones de alguno de ellos?

R.R.: Mentores, no. Escritores que leí con entusiasmo en mi primera juventud: David Viñas, Adolfo Bioy Casares, Oliverio Girondo, Nicolás Guillén, Ernesto Sábato, Marqués de Sade, Harold Pinter, Simone de Bouvear, Alfred Jarry, Raúl González Tuñón, Florencio Sánchez, Alfonsina Storni, Honorato de Balzac.

C.P.: ¿Hay un tema no abordado sobre el que quisieras hacer mención?

R.R.: Sí, y podría ser conveniente información para algunas de la personas que recorran esta entrevista, Carlos: mi condición de productor de, hasta ahora, 185 videos absolutamente editados, diseñados por diversos colaboradores (es decir, no socializados “en bruto”, como vienen). Ellos están disponibles en su totalidad en http://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti. En mi Sitio hay un buen número de ellos.

Tres preguntas al margen:
¿Qué es el viento?

R.R.: Fascinante, si estoy a resguardo. Yo soy “hincha” de la brisa.

¿Cuando sale el sol el día saluda?

R.R.: Sobre todo a mí que, como afirmo en el título de un poema, “Yo sí que tengo algo grosso con la noche”.

Yo sí que tengo algo grosso con la noche

La noche me encima
me compele
la noche me vigila

¿Qué atribuyo a esa vigilancia?
¿Y qué vulnera?
¿Consigue vulnerar por un reclamo ínsito?
¿Dónde se formaliza el reclamo?
¿Es firmado e impartido por quién?
¿Hay un sello?

Está sellada
mi vigilancia
del vigilante.

¿Quién es Dios?

R.R.: ¿Un insoslayable? (a esta altura de un campeonato que se prosigue como de indetenible “clausura”).

Buenos Aires, abril 2011.

LOS HIJOS DE LOS HIJOS*

“Otra vez esta casa vacía que es mi cuerpo, adonde no has de volver”
BLANCA VARELA (Perú)

No debiera darse vida a la fuerza Sin preguntar, sin elegir.
No debiera darse vida a la fuerza. No debiera.
La gente se aparea.
Por elección. Por obligación.
A la fuerza. Por desesperación.
Pero no se le pregunta a la tierra fecundada.
Y a veces, la tierra queda dolorida.
Lastimada. Golpeada. Quebrantada. Herida.
Y no quiere ser clavel del aire. Ni muérdago.
Y sin embargo se le promete: tallo, flor y frutos.
No raíces.
Y le cortan el cordón umbilical, y la expulsan

No debiera darse gametos a la fuerza.
No debiera.
Herencia Mendeliana: XX o XI
Y se encuentran con teatro del Absurdo.
Teatro alternativo. Sainetes.
Mujeres con vestimentas y antifaces negros.
Adioses sin partidas. Lágrimas de rocío que no cesan.
No hay guía turística para la carretera de la angustia.
Y volver a sembrar, casi por inercia.
Y no decirle al hijo donde atiende Dios
¿Dios atiende en la ESMA, en Auschwitz o en Vietnam?
¿En un hospicio? ¿Un psiquiátrico? ¿Una cárcel?

No debiera darse muerte a la fuerza.
No debiera. No debiera.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

¿Nadie va a decir amén?*

*Por Juan Forn

Dicen que ya hace un año que murió Barry Hannah. Yo no me lo creo. Anoche lo vi aullando en mis sueños: estaba en las gradas de Wimbledon, con una camisa hawaiana abierta hasta el ombligo, disparando al aire el pistolón de su bisabuelo, que fue coronel del ejército confederado. Celebraba el agónico triunfo de Andy Murray, el triunfo del buen tenis. Los ingleses a su alrededor sabían que era un sueño, pero ellos también son de celebrar todo triunfo del buen tenis, así que lo dejaban hacer y lo miraban sonriendo, como si aquel pistolón ensordecedor no hiciera ruido.
Barry Hannah venía de los pagos de Faulkner, del corazón del Deep South norteamericano, ese lugar al que miran siempre los escritores yankies cuando necesitan recordar que toda prosa puede (y debe) tener poesía, pero que lo lírico no tiene por qué ser sinónimo de blandura y amaneramiento, sino más bien de electricidad y furia y alegría de vivir. Barry Hannah escribía tal como corcovea un cable de alto voltaje en la tormenta. Tenía una entonación bíblica y un lenguaje voluptuoso y profano. Una misoginia mortífera y estallidos epifánicos de devoción por lo femenino –y por lo fallido del género humano en general–. Barry Hannah era un poeta y un bufón y un de-sesperado, un tipo que agarró el género cuento y lo dio vuelta como un guante en cada uno de los libros que publicó desde 1972, aunque algunos de esos libros fuesen novelas, porque Barry Hannah entendía la novela como cuento: su rango de máximo esplendor, la zona donde brillaba, iba desde las tres hasta las cien páginas (aunque alguna vez se haya extendido más lejos).
Barry Hannah nació en Clinton, Mississippi, en 1942. Dejó un reguero de botellas vacías, flechas incendiarias y ecos de disparos en medio de la noche, autos y motos y lanchas malvendidas o destrozadas y una leyenda sobre su exhibicionista manejo de la raqueta de tenis y del saxo tenor por todo el mapa universitario estadounidense, como estudiante primero y como docente después. Imaginen este itinerario: de Mississippi a Vermont y vuelta a Alabama, pasando por Iowa, Montana, California, Texas y Nueva York. En California trabajó casi un año en un guión con Altman (un gran guión para una de esas grandes películas corales de Altman, que nunca se filmó y terminó convertido por Hannah en un cuento de sesenta páginas que parece una película coral de tres horas). En Nueva York su compañero de andanzas metafísicas era William Burroughs (Hannah contó aquellas dantescas jornadas en el más largo de todos sus cuentos, la nouvelle The Tennis Handsome, donde además de drogas y abismos habla de tenis, de sexo, de amor, de Vietnam y de las cargas suicidas de la caballería sureña, todos sus temas favoritos).
Veinte años anduvo Barry Hannah rodando en llamas por Estados Unidos hasta que desembocó nuevamente en Mississippi, donde algunos lo recibieron como al hijo pródigo y otros como a un demonio devuelto al remitente desde donde había sido expelido. Para entonces llevaba publicados nueve libros (Geronimo Rex, Nightwatchmen, Airships, Captain Maximus, Ray, The Tennis Handsome, Hey Jack!, Boomerang y Never Die). En Mississippi dejó el alcohol y siguió escribiendo (Bats Out Of Hell, High Lonesome, Yonder Stands Your Orphan, Sick Soldier At Your Door). En sus últimos quince años de vida logró incluso convertirse en buena persona sin dejar de escribir como escribía (un milagro doblemente infrecuente: que un hijo de puta se vuelva buena gente y que conserve intacta su beatífica perfidia narrativa). Se sobrepuso a la muerte de un hijo, a un cáncer, a una feroz quimioterapia y al tedio que produce la vida a los alcohólicos recuperados; y así se fue convirtiendo sin proponérselo en uno de esos venerables veteranos del pánico que al Sur norteamericano tanto le gusta idolatrar: aquellos que sobreviven milagrosamente al susurro en sus oídos de todos sus demonios, sin olvidar en ese camino el incendiario idioma de sus pesadillas. Es cierto que los sureños son idólatras profesionales, pero es igual de cierto que la verdadera literatura exige el politeísmo para existir cabalmente.
Por culpa de esos desgraciados azares de la vida editorial, sólo uno de los libros de Barry Hannah está traducido al castellano (Como almas que lleva el diablo). No era, quizás, el más adecuado para darlo a conocer en nuestro idioma: debieron suprimir once de los veintitrés relatos de la edición original, por intraducibles. Porque ése es el maldito dilema con Barry Hannah: por dónde empezar a traducirlo, dónde se pierde menos su expresividad, más que cuál es su mejor libro. Pero no era de eso que quería hablar. Lo que quería decir es que, en mis noches de fiebre, a veces recibo la visita de Barry Hannah. Y llevo esta semana un par de días en cama después de años sin enfermarme, así que no me sorprendió haberlo visto anoche en las gradas de Wimbledon. Cuando se quedó sin balas en su vieja pistola, vi que le ofrecía un trago de su botella de Jack Daniels a la viejita sentada a su lado, mientras le decía, no sé si refiriéndose a Andy Murray o hablando del viejo John McEnroe, o recordando quizás al hombre que fue él mismo mientras estuvo vivo: “Aplaudo su valor pero maldigo sus modales”. La viejita en el sueño era yo. El plan era ver el partido de Del Potro, pero la lluvia nos había derivado a todos al court central, la única cancha con techo en Wimbledon, así que ahí estábamos en dulce montón mientras la fiebre teñía el cielo de Wimbledon de fucsia, y ya nadie miraba el césped ni el cielo sino hacia las gradas, donde Barry había empezado a hablarnos como un predicador o como un condenado a muerte o como un hombre solo en una terminal de ómnibus desierta o como el viento que sopla por las noches en las plantaciones de ganja en Jamaica. Barry Hannah hablaba de una mujer, o de todas. Barry Hannah decía, y nosotros escuchábamos: “Le gustaba husmear la belleza y la gracia, pero sin tocar, como los fantasmas. Se aferraba a la sanidad con insana desesperación. Yo venía de malgastar la mitad de mi vida inoculando poesía en mujeres no aptas para la poesía. Yo, que nunca amé salvo demasiado. Yo, que golpeé contra las paredes del tiempo y del espacio las horas suficientes, así que no tengo que mentir. Pero había algo en ella que hablaba de exactamente las cosas: de exactamente las cosas. Daba esperanza. Daba sudor helado. Era cruda como el amor. Cruda como el amor”. Y entonces tronaba en el cielo de Wimbledon, los relámpagos rajaban el cielo, la voz del umpire conseguía hacerse oír por el micrófono, preguntando: “¿Nadie va a decir amén?”, y cada uno de nosotros abría los ojos en su mundo, la claridad lechosa del amanecer colándose por las persianas, las sábanas empapadas de transpiración, el sabor metálico de la fiebre en la boca mientras nuestros labios murmuraban: “Amén, amén, amén”.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-170708-2011-06-24.html

Inestables*

-¡Basta de amantes!-
explotó, retemblada
La Misma Chica Buena de Siempre
ayer

Y adujo hoy:
-Decí
que no sé
qué hacer
con vos
en mí

que si no…

Es después de todo*

Es después de todo lo mucho
que no ha pasado entre ellos

que incrustan con rabia y desconfianza
tristes besos en tosco
pero reblandecido pan de jabón.

*Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*

Inventren Próxima estación: SANTOS UNZUÉ.

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(CON COMBINACIÓN EN EL FERROCARRIL PROVINCIAL
CON DESTINO LA PLATA O MIRAPAMPA)

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TRES ESTACIONES Y UNA MENOS*

“Y yo te persigo en el desasosiego
Y pronuncio el nombre prohibido.”
A. URDANETA

I: Estación de los fuegos.

Un joven rubio se masturba,
al borde del estanque con agua congelada.
La mujer, detrás de cristales rosados, lo mira.
El fuego de la escarcha, la quema.

II: Estación de la sombras

Un hombre inclinado, sobre su fatiga.
Escribe sus ficciones.
La mujer, detrás de un vidrio empañado lo mira.
Siente que la sombra que la refleja no es de ella.

III: Estación de la envidia.

Un varón, que le recuerda a su padre,
juega con sus perros , amorosamente.
La mujer, detrás de unos vidrios húmedos.
Levanta las orejas y mueve la cola.

IV: Estación del calvario

La mujer prohibida. Desnuda en la hierba.
Yace, más triste que la muerte.
El hombre, detrás de unos vidrios espejados.
Se observa a si mismo.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

TAL VEZ SEA ESO UN ÁRBOL O TAL VEZ EL AMOR…

DOS: Voy a comprar cigarrillos; ya vuelvo*

*De Guillermo Camacho. info@auroraboreal.dk

Analista senior con amplio y comprobado conocimiento de programación en java se requiere para trabajar en proyecto de magnitud considerable. Al menos cinco años de experiencia comprobada. Disponibilidad inmediata. Salario a convenir de acuerdo con experiencia. Ver mayores detalles en página web e instrucciones para enviar solicitud laboral.
Octavio terminó de beber de un solo sorbo el resto del primer café de la mañana. Prendió su tercer cigarrillo mecánicamente. Se tocó el mentón mientras pensó que primero se afeitaría la barba de varios días y luego entraría en la página web que mencionaba el aviso del periódico. Dio una aspirada profunda y lenta al cigarrillo mientras comentó en voz alta para sí mismo:
¡Carajo, es que ni mandado a hacer a la medida! Ese puesto me calza como anillo al dedo –

Miró por la ventana por primera vez desde que se había levantado. En realidad miró por la ventana por primera vez en varios años. El eco de su voz, que retumbaba en la habitación, le recordó que el apartamento se sentía más vacío desde que Lorenza lo había abandonado. Se había llevado todo. Sólo
le dejó aquel cuadro que ella odió siempre, desde que había decidido irse a vivir con él y que había sido el motivo de la primera gran disputa, y también de la última que tuvieron hasta que todo culminó en la tarde de aquel martes que se sorprendió al llegar al departamento y encontrarlo completamente desocupado. Le dejó sólo el cuadro como testigo mudo y algunos de los libros de programación de java que encontró tirados y revueltos por el piso con la nota:
-¡Vete a la mierda, cabrón!
Desde aquella tarde había decidido tomarse la vida con calma y filosofía. Acto seguido, renunció a la MICROSOFT donde había trabajado como un animal los últimos cinco años. No ponía en discusión que en aquel lustro había aprendido una cantidad nada despreciable como programador, y posteriormente como analista de java. Tenía una cuenta bancaria abultada que le había permitido tomarse inicialmente un año sabático, aunque ya estaba entrando en su tercer año sabático dedicado exclusivamente a la lectura, sin horarios.
Por supuesto sin pactos, empeños o vínculos amorosos que lo comprometieran a cumplir itinerarios y rutinas establecidas. Definitivamente sin reloj.
También había decidido que la pintura de la discordia debería pasar a ocupar un lugar privilegiado en el departamento. La sacó del corredor al baño donde después de largas horas de discusión con Lorenza habían pactado prácticamente esconderlo de la vida en común de pareja. Aquel cuadro más un colchón, un centenar de ceniceros llenos de colillas, y libros, que empezó a adquirir desenfrenadamente, conformaban toda la decoración de su piso desde que Lorenza se había marchado. Después de un par de meses decidió comprar una lámpara para poder terminar de leerse la obra completa de Jorge
Francisco Isidoro, tirado en el colchón, donde pasaba noche y día, mientras ocupaba el tiempo de las mañanas, sin prisa, ojeando viejos ejemplares de la revista Los Anales de Buenos Aires que había encontrado por casualidad en un mercado de pulgas y se los regalaron por una miseria. Ahí leyó Bestiario, un cuento publicado en un número de la revista del año mil novecientos cuarenta y siete que estaba firmado por un tal Julio Denis, escritor éste que también lo apasionó de una manera obsesiva. Leía infatigablemente mientras escuchaba siempre el mismo bolero que hablaba sobre tus ojos brujos, que se llenen de arena y de agua del mar y que te encuentres la hembra que te vuelva loco y que nunca, nunca, te quiera besar.
Una mañana se levantó del colchón, fue a una agencia de viajes y compró un boleto de avión. Decidió pasarse una temporada en Veracruz, en México, aquel rinconcito donde hacen su nido las olas del mar. Seguía leyendo incansablemente toda la obra de ese Julio Florencio Denis, y alternaba con los libros de Jorge Francisco Isidoro. Después de casi un año por México, donde pasaba las tardes perfumadas con besos de arena y lecturas, siempre de los dos mismos autores, volvió a su departamento en su ciudad. Recogió los ceniceros, botó las colillas a la basura. Saludó a su cuadro con honores, y una vez hubo desempacado las pocas cosas que trajo del viaje a Veracruz, siguió leyendo. Escasamente salía para comer o comprar tabaco o más libros de Jorge Francisco Isidoro y del tal Julio Denis.
Al final del tercer año, leyó una tarde un poema del tal Denis que decía que “ahora escribo pájaros. No los veo venir, no los elijo, de golpe están ahí, son esto, una bandada de palabras posándose una a una en los alambres de la página, chirriando, picoteando, lluvia de alas y yo sin pan que darles, solamente dejándose venir. Tal vez sea eso un árbol o tal vez el amor”. (Julio Denis)
Entonces le volvieron las ganas de trabajar. Se levantaba temprano, salía a la calle a comprar el periódico y cigarrillos. Volvía al departamento. Se preparaba un café negro bien cargado y se fumaba todo un primer paquete de cigarrillos en la mañana mientras se leía de cabo a rabo el periódico y releía los anuncios de trabajo. Hasta esa mañana en que lo encontró.
Después de afeitarse y bañarse, como se había prometido, entró a la página web del anuncio y envió un currículum vía electrónica.
Botó las colillas de cigarrillos a la basura. Lavó los ceniceros.
Pensaba salir a almorzar cuando sonó el teléfono. En ese instante cayó en la cuenta de que el aparato llevaba tres años sin timbrar. Al otro lado le habló una voz seca e inexpresiva. Se presentó como Rino Ricci, propietario de Sistemas Asociados, la misma firma del anuncio del periódico. Acordaron
encontrarse la mañana siguiente para una entrevista. No tuvo más remedio que ir a comprarse un traje nuevo, una camisa y una plancha. Paró en una peluquería del barrio antes de la cena. Mientras le devolvieron un corte de pelo común y corriente, se prometió frente al espejo que ya era hora de
reemprender su vida laboral. El viaje a Veracruz, con sus tardes perfumadas de besos de arena era un recuerdo remoto. En ese instante creyó entender que el lenguaje de programación java le gustaba más que la lectura del tal Jorge Francisco Isidoro, que tanto le había exigido y le exigía, y que trataba de
compensar con las lecturas del otro, del tal Julio Denis. Entre los dos autores lo habían ayudado a pasar el trago amargo de Lorenza, que le había dejado el corazón hecho pedazos. Pero había empezado a creer que sus dos escritores lo estaban volviendo medio loco. Que a pesar de que era delicioso pasarse días enteros leyendo y leyendo tirado en el colchón y fumando, debía volver a darle un orden a su vida. Eso de los horarios, el reloj, los colegas de la oficina. Aquellas cosas de la MICROSOFT que estaba
curiosamente comenzando a extrañar y que, cada vez más frecuentemente, lo sorprendía saboreando mientras miraba por la ventana y extrañaba a Lorenza con sus histerias y neurosis.
– Lorenza, si supieras de lo mucho que he llorado en silencio…
Se durmió temprano, sin leer, sin prender la lámpara. Se levantó más temprano que de costumbre. Se bañó y se perfumó. Se vistió con las ropas nuevas y con la camisa planchada. La sensación le volvió a gustar. Como antes, tantas veces con trajes de lino, camisas ciento por ciento de algodón y corbatas de seda. Tomó un taxi rumbo a la dirección donde tendría la entrevista de trabajo.
Disfrutó minuto a minuto la conversación con el taxista en el tráfico infernal de la mañana. Habló con el chofer de diversos temas que hacía años no tocaba. De deportes, de política, de la amante del taxista y sus vacaciones con ella en una isla del Caribe. A su vez, Octavio alcanzó a confesarle de sus tardes en Veracruz leyendo tranquilamente. Se lo contó con tanta pasión y credibilidad que el taxista estaba convencido de que había sucedido la semana anterior. El rostro de Octavio estaba verdaderamente
relajado. El color de la piel conservaba ese cobrizo que sólo se obtiene bajo el sol en calma. Octavio también llegó a confesarle, casi en tono secreto y algo silencioso, que amaba a Lorenza de veras y que le seguía de cerca sus pasos, aunque ella no lo quisiera, y que nada ni nadie haría que se olvidara de ella.
La primera impresión que Octavio tuvo de Rino Ricci, el propietario de la empresa donde tuvo la entrevista de trabajo, fue la de un rostro obeso con bigote de morsa en un cuerpo amorfo y redondete. Sin proponérselo le descubrió restos de comida en aquel bigote que le cubría el labio superior de forma grotesca. Seguramente sobras del desayuno o de la cena de la noche anterior. Para rematar, el individuo tenía el pelo liso y grasiento que le caía desordenadamente por la frente. La empresa era definitivamente pequeña.
Rino era uno de los tres propietarios. Tenían un único cliente: una institución educativa. Una universidad a la cual desde hacía un par de años le estaban montando toda una serie de sistemas y páginas electrónicas.
Después de una breve introducción y el obligado saludo para romper el hielo, Octavio y Rino se encerraron a discutir los pormenores del empleo, en una oficina mal ventilada y con poca luz donde éste último tenía su despacho.
Las menudencias del trabajo eran pan comido para Octavio dada su extensa experiencia laboral. Sin embargo, Octavio tuvo una ligera desconfianza de todo aquello cuando Rino regateaba rebajas absurdas al paquete salarial.
Insignificancias, pensó.
Tuvo un mal sabor cuando salieron a preparar un café en una sala amplia contigua, donde los otros tres únicos empleados trabajaban frente a pantallas de computador ensimismados en su propio mundo. Una preocupación más seria lo asaltó cuando Rino, en vez de presentarle a los colegas, se refirió a ellos en un lenguaje soez y vulgar. No le gustó para nada cuando le metió un grito a la joven programadora que aprovechó para consultarle una duda sobre el trabajo que estaba realizando. Bebieron el café que se
impregnó nuevamente en el bigote de morsa de Rino y se mezcló en una melcocha con los sobrados de comida que reposaban sobre él. A la hora del almuerzo ya se había acordado que Octavio empezaría a trabajar esa misma tarde, inmediatamente después de la pausa de medio día.
A las doce y media Rino, Octavio y los otros tres empleados salieron en grupo. Rino iba a la cabeza. Se acomodaron en un restaurante de la zona.
Durante la charla del almuerzo todo quedó claro: Rino peló el cobre. Era un ser desagradable que hablaba en forma déspota y consideraba a todo el mundo inferior a él. No era sólo la forma como hablaba. La altanería y prepotencia con que se refería a todos los asuntos que trataron. Los comentarios viles sobre los otros tres empleados, que pacientemente se tragaban las ofensas en silencio mientras consumían los alimentos. Terminaron de comer; en silencio se dirigieron a un bar a veinte metros del restaurante. Ordenaron cinco cafés. Cada uno lo tomó sin decir palabra. Rino era el único que continuaba hablando. Monopolizando las palabras y escupiendo gotas de saliva que salían como pequeños proyectiles por entre los pelos pegajosos del bigote de morsa, que para ese entonces tenía una colección de restos de comida, sopa, salsa de pasta y gotas del café en casi toda su superficie.
Regresaron en silencio como niños regañados los últimos quince metros que separaban al bar de las oficinas donde trabajaban. Rino no paró en todo el trayecto de humillar a los tres empleados con nuevos comentarios. Octavio estaba mudo. Tal vez algo atónito. Por un instante creyó que estaba fuera de
forma. Así era la vida laboral, sólo que él no lo quería recordar. Se limitaba exclusivamente a observar la escena.
Cuando llegaron a la puerta de la oficina, Octavio se llenó de valentía y finalmente habló por primera vez desde el almuerzo. Con voz firme y segura dijo:
– Adelántense ustedes que me olvidé de comprar cigarrillos; ya vuelvo.
Y sin decir palabra, retrocedió al bar como la cosa más natural. Los futuros colegas, incluido Rino Ricci, con su bigote grasiento y lleno de sobras de comida, entraron en las oficinas. Encendieron los computadores y se sentaron como autómatas frente a las pantallas. Rino, antes de sumergirse en su
despacho, le dijo en tono despectivo al chico español:
– Oye tú, dile al nuevo apenas regrese de comprar cigarrillos que pase por mi oficina para pasarle el trabajo que debe comenzar hoy mismo.
Se lo quedaron esperando toda la tarde. Octavio jamás regresó.
Octavio volvió al departamento, prendió un cigarrillo calmadamente. Se quitó los pantalones, tomó el libro que le faltaba por leer, se tiró en el colchón y dijo en voz alta:
– ¡Nunca más carajo, ni por asomo! –
Entonces recordó el poema, abrió el libro en la segunda página y leyó en voz alta la primera frase que daba las Instrucciones para llorar. Se quedó leyendo el gran libro de por vida, sin importarle un comino la gente y sus horarios. Solo hacía pausas para ir a comprar cigarrillos al bar de la esquina, donde siempre se despedía jocosamente y de la misma forma del empleado de confianza del bar.
Por favor, déle mis recuerdos al señor Rino, ése, el del bigote de morsa lleno de mierda. Y volvía a casa y se tiraba en el colchón a seguir leyendo.

-Guillermo Camacho escritor colombiano. En la actualidad reside entre Dinamarca y España.

Voy a comprar cigarrillos; ya vuelvo enviado a Aurora Boreal® por cortesía del autor.

-Fuente:
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=813:voy-a-comprar-cigarrillos-ya-vuelvo-dos&catid=81:puro-cuento&Itemid=198

DEJÁ VU*

Las mismas copas de vino
Dibujan nuestros rostros en el cristal.
La misma melodía viene del fondo
Colmando el vacío que deja el silencio.

Las mismas velas encubren la tristeza,
Dibujando siluetas en el crepúsculo.
Las mismas promesas,
Los mismos besos.

Las miradas que se cruzan,
Las frases que no se dicen
Y viven a la sombra de la espera…
El abrazo que tememos tanto.

¿Hemos vivido ya este momento?
¿Volveremos a vivirlo?
Sólo quiero saber
Si al final, de nuevo, partirás.

*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.

EL CONFESIONARIO*

No sé porqué, pero cuando las noches son más profundas e impenetrables, con el suave frío cubriéndolo todo como un manto mágico, se presenta la ocasión de reunirse entre amigos para degustar algo rico con un buen vino tinto de aquellos que parecen gotas de rubíes.
Asi disfrutábamos aquella noche cuando distraídamente comentamos acerca de sucesos paranormales. Es un tema que gusta pero se siente cierto respeto por el mismo.
Cada quién contó alguna que otra historia relacionada con el tema, todos hechos, según ellos, ocurridos en los parajes un poco apartados de la población.
Cuando me tocó el turno, no pude menos que relatar lo que había visto en una capilla hecha en piedra, casi sobre el borde del camino que va desde mi pueblo al pueblo vecino.
Cierto día, viajando hacia el norte, a unos dieciocho kilómetros, alcancé a ver al costado de la ruta, una capilla totalmente de piedra, abandonada, cubierta de un musgo color marrón, y rodeada de un pastizal que tapaba casi la totalidad del pequeño edificio.
Me sorprendí muchísimo ya que siempre iba hacia aquellos lados pero jamás la había visto.
La curiosidad pudo más que la cordura, así que paré el auto en la banquina y caminé hasta cruzar el alambrado para verificar si era real o no.
Sí, era verdad, estaba allí como algo abandonado, totalmente solitaria y triste. Tenía solo dos ventanas de madera desteñida por el tiempo y al frente, una puerta que se notaba que hacía mucho que nadie la abría. La cruz que identificaba al edificio, estaba caída perdida entre la maleza.
A pesar de estar impresionada, empujé suavemente la puerta y esta cedió ante mis deseos.
No me atrevía a entrar, confieso que a veces el miedo me puede, pero atiné a dar el primer paso para ver su interior, todo estaba oscuro y solo se escuchaba un silencio sepulcral.
Cuando pude acostumbrar mis ojos a las tinieblas reinantes, noté que allí no había nada, ni bancos, ni altar y mucho menos ornamentación religiosa.
El corazón me latia a cien, porque sí había algo, algo que no podía definir pero que paralizaba todo mi cuerpo y hacía trabajar mi mente a pasos agigantados.
En un momento giré la cabeza y detrás mio había una casilla de madera antigua que se usaba para las confesiones.
El confesionario viejo comenzó a crujir como si alguien estuviese adentro.
La sangre se me heló.
De pronto distinguí algo que se movió, era un ser extraño, horrible, peludo, ojos rojos como el fuego y un par de cuernos coronaba la inmunda cabeza.
Inmediatamente pensé en el diablo, quise salir corriendo, pero un bramido de terror me paralizó en el lugar. Creo que me desmayé. Cuando recobré la cordura estaba completamente sola, tirada sobre el pasto y ni rastros de la vieja capilla.
Regresé al auto y confundida regresé a mi casa olvidándome del viaje a la población vecina.
No pude dejar de pensar en este hecho tan raro y espeluznante, yo les aseguro que jamás tomé drogas, que no estaba bajo el efecto de ninguna medicación y mucho menos, alcohol.
No conté nada de este suceso, solamente hice algunas investigaciones con personas de mucha edad para saber si en ese paraje aconteció alguna vez algún hecho extraordinario. Obtuve respuestas positivas con don Eugenio, un viejito nacido en la zona y recordaba que cierta vez un sacerdote venido de otro lugar, se dedicó a enseñarles el catecismo a un grupo de indios y que en agradecimiento acarrearon piedras toscas para levantar una capillita para honrar al Señor, hasta que un malón de otra tribu, destruyeron todo y mataron a los nuevos cristianos junto con el ministro de Dios. Entre los caídos, atrapado por el derrumbe de las piedras, muere también el jefe del malón enemigo que era un verdadero diablo. Antes de expirar juró que siempre estaría de guardia para que nadie vuelva a levantar una capilla en
ese lugar.
Até cabos y solo deduje que el indio malvado seguramente murió atrapado dentro del confesionario.

*De Norma Costanzo. normacostanzo@vocampo.com.ar
Villa Ocampo. Pcia Santa Fe.

Amarte*

I

Amarte
va conmigo

Que me ames
me espera

II

Me cala
amarte

Que me ames
me autoriza

III

A la emoción
de amarte

la acústica
de tu amor.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

A mi gato le encanta Mozart*

*Por Eduardo Pérsico. epersico@telecentro.com.ar

Hoy me distraje ante mi gato y debí mirarlo con cierto decoro porque él es distante, discreto y sabe callar. En verdad le anduve alrededor y recordé a Lord Byron: “el gato posee belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad; todas las virtudes del hombre sin sus vicios”. Una
semblanza menos cínica que la de Ambrose Bierce: “Gato. Suave autómata indestructible preparado por la naturaleza para recibir patadas cuando las cosas van mal en el círculo doméstico”.

Al verlo se entiende que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al día y cuando ellos quieren se exhiben con la guardia baja, empobrecidos de lluvia y madrugada. Al atenuar su exhibición todo gato se hace etéreo, inatacable, y su corazón late en una verdad lejana y superior. Ya debería saberse ese misterio…

Mi gato se llama Fidel y revive al escuchar música en mi falda; sigilo al distenderse, sutileza ajena a la gravedad, reflejo de mi espejo, cuerpo imperceptible. Al oir al Osvaldo Pugliese yumbeado de “Negracha” o “La Cachila”, Fidel conmueve su pelaje y pierde su mirada lejos. Eso me anima un poco, aunque al Astor Piazzolla de “Verano Porteño” mi gato no lo disfruta.
‘Fidel, esta música tiene esencia y te hace ver a Buenos Aires desde el cielo’, le digo pero él ni se entera. Y me apena porque aún no aprendió que el tango es una catarsis nostalgiosa y absurda, que de pronto irrumpe cabalgando un silbido para hablarnos muy quedo, despacito, de nuestras plenitudes sin testigo. Porque el tango es el vino a solas, el sueño demolido, la mirada de esa piba que a ráfagas retorna y a contraluz de todo se adueña del momento. ‘Fidel, el tango es en voz baja. Nos trabaja por adentro su rasguido de viola misteriosa si los gnomos del recuerdo nos llegan de costado, versallescos, o cuando los olvidos olvidados retornan de rebrote y se apropian al fin de nuestro cuerpo’. Por eso el tango en alta
voz y teatralero es una grosería de recién venido, y sin confesión a solas o deschavarle a otro cada tanto un ‘vos sabés como fueron esas cosas’, sería una música más, carnestolenda. Y por eso tal vez, siempre nos vuelve el tango y no perdona…

Aunque ¿cómo inquietar a un felino indolente con el enigma de los derrotados y su cigarrillo de ceniza meditada como un reloj de insaciable desgarro? En cambio oyendo el “Concierto Número Cuatro de Mozart” Fidel se hace una fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo que se convierte en dos sílabas sin cuerpo y vuela oyendo el sólo de corno de Dale Clevenger. Y ya es bueno decirlo sin jactancias: mi gato tal vez sea un atigrado cualunque cabezón y sin prosapia pero su gusto musical lo diferencia. Cualquier felino puede ser un amante a hurtadillas, merodeador de habitaciones sin apenas proyectar su sombra, clandestino de hacer silencios a su antojo y llevar en sus ojos el secreto de la libertad, aunque sin pedantería, ninguno supera a Fidel para disfrutar a Mozart en mi bemol mayor.

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