Archivos de la categoría ‘EDICIÓN MENSUAL DE INVENTIVA’

EDICIÓN FEBRERO 2012

Publicado: febrero 18, 2012 en EDICIÓN MENSUAL DE INVENTIVA

1422*

la abrasión también produce ángeles.
José Luis Fariñas

Nadie aplaude a los hacedores de arco iris,
Los mares están llenos de cantos de sirenas
Destinados a apagarse en el anonimato.

La piedra filosofal rueda por los caminos
Y cada cinco segundos muere un hada.
No hay hogueras para los que sobrevuelan los tejados.

Sin violines ni conjuros practicamos la eutanasia
De una vida sin fuego, sin alquimia, sin la duda
De saber quiénes somos, dónde estamos.

Suerte de tus pasos en mi puerta, suerte de tus ecos
En mis sueños – “solo para saber si estás bien. hasta mañana” –
Suerte de la invisibilidad que generamos.

*De Marié Rojas Tamayo.
(en algún momento de febrero, 2012)

CERCOS*

No pregunto por las glorias ni las nieves,
quiero saber dónde se van juntando las golondrinas
muertas
Julio Cortázar

El cerco que cierra el terreno por el sur tiene un tejido romboidal, viejo y oxidado que en parte está como injertado en las antiguas plantas de moras, las acacias y hasta un antiquísimo siempreverde. Luego hay una parte bastante importante que forma una hilera de tuyas que plantó mi hermano en la década del ochenta. Después vienen esos pocos árboles que crecieron solos y en el rincón empieza el tunal que plantó mi madre enterrando tres o cuatro pencas. Este tunal era uno de sus orgullos y un placer para su paladar, ya que las tunas –junto al melón y las uvas- eran su fruta preferida.
Mi madre, tal vez por su herencia de inmigrante, todo lo comía con pan.
Hasta la fruta más modesta, de toda la variedad que hubo siempre en mi casa, eran plantadas por mi padre y a las que él no hacía demasiado honor, salvo los citrus. Hasta los limones eran plantados por sus grandes manos y comidos como la más inocente mandarina. Tenía sobre su mesa de luz un libro sobre el limón donde el autor sostenía que comiendo un limón por día se podían prevenir ciento setenta enfermedades. Ese libro trasegó mi infancia, junto a otros sobre el ajo y la cebolla.
El del limón lo encontré en una mesa de saldos en Buenos Aires y lo compré de puro nostalgioso.
Del otro lado de ese cerco, en mi infancia empezaba el campo. Allí reinaban los zapallares y el maizal de don Clemente Gerlo. Dos veces por años entraba con su pequeño arado de mansera y enganchado de su mansa yegua Chicha, roturaba pacientemente esa hectárea que habría comprado no sin poco sacrificio. Hoy está casi todo construido allí, luego de que pasara la ruta y abrieran esa calle –la Nicolás Avellaneda-, salvo el yuyal que nace luego del tejido y que es el único que no tiene construcción y está cercado por una hilera de acacias espinudas plantadas, no sé por quién.
Ese terreno en épocas del viejo Gerlo me proveía de ejércitos de pájaros para mis tramperas. Con sólo colocarlas estratégicamente en algunos postes que sostenía el tejido bastaba. Sólo tenía que traspasar a una jaula más grande los que iban cayendo influidos por el canto armonioso del llamador, un misto de hermoso plumaje que pereció bajo los picotazos de un gorrión quien al verse entrampado rompió un alambrecito y metió el pico por ese hueco y le dio un estiletazo fatal al pescuezo de mi pájaro preferido. No pude controlar mi furia y descabecé al gorrión asesino. Tal vez hacía horas que había caído y al verse enjaulado no habrá resistido esa desesperación. Después vino la culpa y no puse más las tramperas, pero usé dos postes para dejar atados los barriletes mientras hacía los mandados, hasta que un día al volver de uno de ellos encontré mi preferido caído en el cañaveral de don Eufrasio Campos.
En el invierno, don Clemente Gerlo, luego de juntar el maíz, quemaba el rastrojo. Se levantaba a la madrugada y con un palo al que adosaba un trapo empapado en kerosén iniciaba su tarea. Iba minuciosamente apoyando la llama en las plantas sin espigas hasta que, primero con timidez, luego casi en llamarada, se comenzaba a propagar. Eran como pequeñas estrellas cayendo sobre el ocre de las plantas hasta que buscaban el cielo y como allí las estrellas siempre estuvieron muy bajas era, por un rato, una luz que amenazaba con quemar esa luna fúlgida de plata helada.
Del rastrojo de don Gerlo alguna vez sacamos chalas para las fogatas de San Pedro y San Pablo, cuya ceniza aprovechamos para cocinar unas batatas.
Y en ese cerco un atardecer vimos posarse una gran bandada de golondrinas tardías y también las vimos volar agujereando el cielo, erráticas primero, luego mejor orientadas hasta que se perdieron en el azul casi perfecto que ya manchaba un poco el ocre prematuro del crepúsculo.
Las vimos cómo se fueron empequeñeciendo en lo alto a lo lejos hasta perderse para siempre de nosotros.

*De Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar

DULCE PALPITAR DEL OLVIDO*

Viene rugiendo el león de dos cabezas.
Lo siento en el palpitar de mi rosa.
En la huída de los latidos del corcel.
En el miedo aprendido en catecismos apócrifos.

Viene de lejos.
De una jungla colorada y una niña triste.
Se va, a veces se va, pero siempre vuelve.
Hoy en la cornisa del temor lo espero.
Quiero saber si es fantasma, humo, viento.
Si teme, como yo; si ama.
Si sabe que estoy hecha de lodo.

Necesito saber si pronuncia mi nombre.
Saber si en él está mi morada final.
Me tiendo sobre la pura frente de una lápida.
Y espero.
El león de dos cabezas llega.
Se tiende a mi lado, vacilante.
Ronronea. Las palomas se escapan de sus ojos.
Dulce palpitar del olvido.
Los íconos, rotos, ruedan por la pendiente del descanso.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

SONIDO DE VACAS COMIENDO*

Salgo al camino. De un lado están las quintas cada una con su reja o su tapial, del otro un campo con animales.
Este es un campo cercado por alambres, pero no uno de esos campos inconmensurables de la Argentina ganadera. Este es un campito modesto cercano a las quintas, y su ración de vacas es bastante exigua, lo que se une a otra rareza que es el compartir el espacio con un puñado de ovejas.
Dentro del campo hay árboles; algunos pinos rodeados de piñas abandonadas, algunos álamos que arrojan ramitas para encender los fuegos de los asadores. Las chicharras ponen el crepitar auditivo al aire vibrante de calor del verano, las margaritas amarillas sonríen al sol y a las nubes blancas. Amarillo el sol y amarillas las flores, gusta el universo de los espejos y las repeticiones.
El camino es de arena. Un perro se me acerca moviendo la cola y le digo “qué tal sabalito”, porque su hocico chato me hace recordar al morro de los peces. Salvo el incesante chisporroteo de las chicharras en el oído, el sonido suave de la lengua de Sábalo en el pelaje áspero, mis propias pisadas, nada se distingue como sonido real en el ruidoso silencio de la tarde. No se oye nada, me digo, mientras estallan los insectos en su sinfonía y hace contrapunto el follaje de miles de hojas rozándose en las alturas.
Me distraigo con libélulas y mariposas, descubro trayectorias en las huellas de patitas de pájaro dibujadas en la arena. Pienso en nada, dejo de sentir lo externo y me pierdo dentro de mí.
Entonces escucho el ruido de las vacas comiendo. Arrancan el pasto con un tirón que corta y desarraiga. La lengua envuelve la mata de pasto y es el rasguido nítido que me sorprende.
Jamás había oído comer a las vacas. Las observo con atención y aguzo los oídos.
Primero un toro, después un ternero; algún animal suspende por un momento su confusa consciencia y centra su atención en mí. Alternativamente alguno se detiene en un escrutinio atento pero fugaz, y vuelve a la ocupación de comer mientras se desplaza lentamente de manchón verde crecido en manchón verde crecido. Me vigilan disimuladamente.
He visto vacas en la pantalla, las he visto desde un colectivo o un automóvil. Ahora estoy a pocos pasos, ahora las vacas me ven a mí, y no es lo mismo. Las veo, las escucho, miro las caras de ojos desorbitados que me devuelven la mirada. Las huelo, también. Siento que sin mirarme me vigilan.
Sabalito se rasca una oreja con la pata trasera. Me sigue cuando vuelvo a la quinta esperando que la reja no lo deje afuera, lejos de la cocina con su heladera mágica de donde provienen los alimentos.
Vuelvo a la quinta con el sonido vívido del ganado comiendo y yo, con mis ojos juntos en la cara plana, los ojos frontales que inquietan a los rumiantes. Yo, con mis extremidades con uñas y con mis dientes carnívoros. Yo, que respondo con bastante exactitud a la descripción de los depredadores o carroñeros, yo aliño la ensalada mientras me llega sabroso y acusador el aroma de la carne asada.

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

DOMINGO SERENO*

No debo amarte en domingo sereno
ni por el miedo de una tarde de rezos,
ni ahora que los recuerdos son retazos
de gemidos feroces
y tu imagen aviva los ojos de la hoguera.

No ahora que mi piel se mece en la nostalgia de tu piel
y llora,
ni aún cuando todos mis vacíos
están habitados por tus silencios
y tus caricias dejan caliente rastro en mi memoria.

Necesito estar fuerte para enfrentar tu narcótico sexo,
tus devastadoras manos que destilan veneno
y distraerme de tu cuerpo seduciéndome altivo
sobre el lomo del aire.

Necesito imponer cordura a mi nervioso vientre
para no amarte como si todo el mundo fuera tu boca
y los mares y los ríos tu indomable lengua
y mi sed nunca estuviera satisfecha.

Quiero dejar de sentir hambre de ti/de mi.

Si los océanos fueran tu sexo
bebería cada gota de mar
y devoraría cada grano de arena
sobre la playa firme de tu cuerpo.

Necesito calma en la espera,
música de alas al viento
para volver arrojarme al precipicio de tus besos.

Y si de ti algo queda después de la explosión del agua
sólo entonces volveré amarte.

*De Lina Zerón. linazeron@yahoo.com

BALCÓN AL ABISMO*

Las quintas son lugares donde la gente siembra vegetales, donde se cosechan frutas y el quintero recolecta sus repollos o pimientos con sombrero de paja y camisa a cuadros. Eso eran las quintas en mi librito de segundo grado; sin embargo, aquí las quintas son lo que queda de ese pasado campesino. Nombrarlas es decir caminos de arena con enormes eucaliptus, álamos que imitan el sonido del mar con el follaje abundante, perros acostumbrados a aquerenciarse a cualquier vecino con asado en la parrilla, pájaros y chicharras estridentes, casas de campo en cuadrados más o menos espaciosos, alguna lancha bajo un tinglado de chapa, quizás, un montón de piñas para encender los fuegos de la noche, gente haciendo ocio, podando las ramas indisciplinadas, pintando con pincelito de fin de semana los sillones de hierro.
La quinta, falso rancho, falsa vida cercana a lo montaraz, ilusión de naturaleza y lejanía, una vida salvaje encuadrada, regada, podada y con abundante cloro para mantener el agua impoluta. Hasta el río tan cercano, marrón y violento, está enjaezado con embarcaciones prolijas como un inquietante semental cepillado y limpio en la Sociedad Rural.
Es lo que podemos tener de silvestre, es lo que en realidad podemos tolerar a estas alturas de toda una vida de caminar con zapatos y usar acondicionador de cabellos.
Un poco más allá del alambre tejido del perímetro comienza la oscuridad, los abismos de los cielos estrellados, el arrastrarse de alimañas entre pastos sin segadoras ni rastrillo. Un poco más allá del orden se crece un caos de seres innominados, desconocidos, se crece un espacio excesivamente vasto. Es el abismo con su oscura muerte agazapada.
No deseamos tanto al fin y al cabo. Como quien busca la dosis de vértigo en una montaña rusa de feria, nos satisfacemos con la suficiente ilusión de naturaleza propiciada por el césped amable, la rectamente recortada porción de agua en la piscina celeste.
Decimos que amamos la naturaleza mientras nos untamos con protector solar, vacunamos al perro, le sacamos una foto de lejos a la culebrita verde que apareció muerta al lado del limonero. Me encanta la vida de campo, decimos, abriendo la garrafa de gas como quien arriesga una picada en el monte donde no hay señales, como quien se entrega con la canoa a los meandros incognoscibles y complejos, como quien oye el mono aullador y sabe que está solo en la maravilla atroz de la selva que oculta sus cadáveres y sus insectos.
Y para qué más.
Que otros buceen en los abismos. Los tiburones son meras referencias culturales, los leones son metáforas, el tigre nos remite a Borges en su biblioteca de fractales, con lámparas de cristal verde y libros editados en ocho cuartos, tapas de pasta. Pero el olor del tigre, pero el erizarse de chillidos, pero la presencia ominosa.
A otros la cercanía de la verdadera oscuridad. Y sin embargo esos resquicios, esas junturas que no termina de sellar el mundo seguro, sin embargo y así las cosas.

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

DES_EMBRUJANDO*

Mikilo está embrujado
No hay siesta sin Mikilo
El corazón del monte se desangra.
Se han robado las sombras
¡Ay, pausa de la siesta!,
clama el clavel del aire.
Solo descansan los huesos de los muertos,
Las piedras y uno que otro lagarto
refugiado en las pajas.
Mikilo yace, exhausto, al pié de los cardones
Vigilantes, alertas, los viejos centinelas
inertes, lo acompañan.
Crepitan ambos y en rescoldos de luna
se consumen.
El río se evapora. El sol, con un tridente
se disfraza de gnomo.
Intermitente. Agudo. Con prisa inenarrable
asola el vendaval de fuego.
Deshace las estrellas, en lluvia incandescente
se derraman
…y el bosque es una hoguera…
Detrás de un tronco adusto, el sapo enamorado,
viejo conocedor de embrujos y de lunas,
asoma su cabeza.
Le habla al oído al viento.
Le canta al viejo río.
Su lágrima es una perla suspendida
… y una alquimia de sombras se posa en los cardones…
¡Ay, pausa de la siesta!
Goza el clavel del aire.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-Del Poemario Poemas Des-nudos.

PEPA*

Crónicas del Hombre Alto (n° 75)

Desde alguno de los patios vecinos ha comenzado a llegar el ritmo pegadizo de un cuarteto. Recién salida del baño, envuelta aún en su toallón de flores azules, Pepa tararea la melodía casi sin darse cuenta e imagina el festejo de Nochebuena que se está preparando en aquel patio. La postal que
se dibuja en su cabeza -mesa larga, mantel a cuadros, vino vertiéndose en los vasos, trozos de carne asándose en una parrilla- la remonta a otra Nochebuena, a otro patio, lejos de Córdoba, el patio de la casa de su infancia en San Cristóbal. La remonta al tiempo en que era la niña consentida de la familia por ser la menor de los ocho hermanos. Cuando estaban todos vivos y juntos, cuando San Cristóbal prosperaba alrededor del ferrocarril y la vida era sólo un juego de naipes que parecía fácil de
jugar. Cuando las barajas del mazo todavía no estaban tan arbitrariamente repartidas.
Enciende la luz y el ventilador de techo. Sobre la cama, impecablemente planchada por sus propias manos, descansa la ropa que ha elegido para esperar la medianoche: una blusa blanca y una pollera negra estampada. Al pie de la mesa de luz, aguardan sus zapatos más nuevos, esos de taco imprudentemente alto. Se para frente al espejo que está sobre la cómoda y empieza pacientemente a batirse el pelo.
El silencio actual de su casa contrasta demasiado con la algarabía de la escena recordada. Pero Pepa no se angustia. Al contrario, siente un especial orgullo por haber recibido nada menos que tres invitaciones de familias amigas para pasar la Nochebuena en compañía. Agradecida, las ha rechazado a todas con amabilidad pero con firmeza. En parte porque a sus 70 años el bullicio de los niños ya no le resulta fácil de tolerar, en parte porque esa semiceguera que la aqueja por culpa de su diabetes crónica le dificulta bastante el andar y prefiere desplazarse en territorio conocido.
“Está bien, Pepa”, le dijo Mirta, “acepto lo que usted decida pero con una condición: prométame que no se va a deprimir pensando en las cosas feas que le han pasado”. Y como Pepa es mujer de palabra, ahí está, tarareando la música bailantera que viene desde el patio del vecino mientras termina de batirse el pelo.
Pepa no va a repasar su frondoso inventario de naufragios y pesares. No va a pensar en lo duro que fue separarse ni en lo mucho que tuvo que trajinar para mantener a sus dos hijos, preparando viandas, recibiendo pensionistas, cuidando niños ajenos o lavando los platos sucios de otra gente hasta borrarse las huellas digitales. No va a pensar en las incontables preocupaciones que le trajo el bracito defectuoso con el que nació su hijo menor. Menos aún, claro, va a recordar el accidente que la privó de ese hijo para siempre, justo el día en que cumplía 14 años. No habrá de pensar, tampoco, en el otro hijo, del que la separan diez mil kilómetros de distancia y ocho años de ausencia. Pepa es mujer de palabra y no hará nada de eso. Optará, en cambio, por reírse sola acordándose del estrafalario pensionista de la casa de calle Belgrano al que ella apodó “Tonteraje”. Evocará los bailes del Racing, cuando deslumbraba a todos con la gracia de sus movimientos. Meneará la cabeza con gravedad en señal de tierna reprobación recordando cuando sus hijos le robaban la silla de ruedas a la abuela para salir a dar una vuelta por el pueblo. No cederá a la melancolía, aunque la tentación esté ahí nomás, al alcance de la memoria.
Se observa en el espejo como puede, a través y a pesar de esa molesta niebla que se ha instalado delante de sus ojos últimamente. Se observa y se gusta. Mueve los hombros con suavidad para terminar de acomodar los pliegues de la blusa, se alisa la pollera buscando cancelar inexistentes arrugas.
Ladea la cabeza en una y otra dirección para verificar que esos grandes pendientes son los indicados para el collar de fantasía que ha elegido. Se lleva una mano al pelo y, con un toque delicado de los dedos, comprueba que la flor blanca de tela está debidamente ajustada al cabello. Corrige levemente el maquillaje del pómulo derecho y se perfuma. Después, rebusca en un cajón el abanico de nácar que perteneció a su madre, supervisa todo otra vez y siente que ahora sí, la tarea está concluida. Ya está lista para asistir a su fiesta solitaria.
Avanza lentamente hacia la puerta de calle. Recoge en el camino el sillón plegable de tiras rojas y sale. Pepa irrumpe en la noche de barrio San Martín Norte con sus irreductibles ganas de vivir, y es tal la prestancia que irradia su estampa, que los niños que se divierten tirando rompeportones abandonan su juego unos segundos, y los vecinos que toman fresco en la vereda interrumpen sus conversaciones para admirarla. Alguien siente que la única manera posible de homenajear la coqueta entereza de esa mujer es aplaudirla. Y entonces la aplaude, y otro lo imita, y otro, y ella, asombrada, se ruboriza ante el inesperado halago. Sonríe complacida y responde con una reverencia, como si fuera una reina.
La brisa del norte ofrenda un concierto de nueve campanadas que se mezcla con los ruidos de la avenida cercana. Sentada en su sillón plegable de tiras rojas, Pepa se abanica y disfruta de la noche del mismo modo en que ha aprendido a disfrutar de la vida: no permitiendo que la adversidad desbarate su alegría. De vez en cuando, es cierto, la tristeza la visita.
Pero cuando eso sucede, ella la mira a los ojos, le descerraja una carcajada fulminante a quemarropa y la tristeza, entonces, no tiene más remedio que huir avergonzada.

*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar

RENACER*

Poesía Haiku

El viento hila
recuerdos y promesas
que agonizan.

Pregonan desvíos
de caminos híbridos
muertos al nacer.

En mis canteros
maduran las semillas
que planté ayer.

En primavera
habrá flores azules
luciendo allí.

ARABESCOS*

Cristales vacíos
esculpen arabescos
como palabras.

Dejan misterios
escondidos, esclavos
a viejos ritos.

Blanca arena
cuentas hora por hora
en cárcel cristal.

Eternamente
define vida, muerte,
amanecer, fin.

*Poemas de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

PICA-PAO*

El pájaro carpintero es al principio un ruido. Alguien que llama a la puerta, que tamborilea nerviosamente los dedos sobre una mesa. Un ritmo sin cronómetro, marcado el compás por durezas cambiantes en las ramas o la lenta putrefacción de una corteza, por la medida del estupor de una larva que crece en la húmeda oscuridad y de pronto es arrancada en alarma y grito silencioso.
Las series de golpes secos son desiguales, aunque por más o por menos calculo que se mueven alrededor del cinco. Luego silencio, luego otra vez el código morse pero más allá y ahora desde otro árbol.
Lo veo, ahora se me pierde en la sombra de las hojas, ahora de nuevo lo puedo aislar de los tonos pardos que lo circundan.
Este no es el famoso pájaro loco de los dibujos animados. Menos espectacular en su colorido, es una avecilla amarronada que se aferra verticalmente a los troncos. Lo confundiría con un gorrión si no fuese por la postura vertical y la actitud enérgica de golpeteo. La cabecita como un martillo, una y otra vez golpeando firmemente, compactamente.
Me viene a la memoria el nombre “pica-pao” y no sé por qué. Lo habrán dicho en alguna película portuguesa, aunque se me confunden resonancias de Marcello Mastroianni, de una escultura de madera que se llamaba “Pedro-pao” y toda una recua de bueyes nubosos se derraman por mi pobre memoria tornando todo difuso y blancuzco.
Me gusta el nombre “pica-pao”. Su ocupación de picar la madera lo define mejor que endosarle el nombre de pájaro carpintero. Pájaro carpintero me remite a clavos, martillos, la trabajosa confección de unos muebles, al tío Polo lijando los tablones al sólo pasar sobre ellos su mano basta. Era pasar los dedos, y el aserrín se desprendía en un polvo impalpable bajo sus yemas sin huellas digitales, perdidas las huellas por el contacto abrasivo y continuo de la madera en sus tareas de carpintero. El tío Polo digo, y vienen desde el pasado las bolillas amarillentas del árbol paraíso, arrugadas como una piel largamente sumergida, el árbol seguramente seco desde hace siglos, desarraigado y extinto, pero glorioso en este momento que resurge al lado de una tapia sin revocar.
Digo tío Polo y llega desde la nada, desde el tiempo que desaparece, un tambor de metal al que el tío llenaba de aserrín y viruta durante la semana, y al que daba fuego para maravilla de los ojos infantiles en la visita del fin de semana. Fin de semana, viaje en colectivo, la carpintería con su piecita y su cama de barrotes de hierro, la máquina de afilar a pedales, magnífica bicicleta fija con la piedra girando y girando como un planeta chato y elusivo. Máquinas amenazadoras, sierras, tablones para armar pasarelas y hacer equilibrio sobre piernas cortas y zapatitos con botón a los costados.
El olor de la madera, el olor de la cola de carpintero que alguna vez me ataca y me devuelve a esa carpintería, a esos techos de chapa y esas arañas armando universos de hilo diáfano en las esquinas.
El toc-toc-toc del pica-pao me trae de vuelta a la quinta, y apenas me queda un segundo para hacer un inútil gesto de saludo antes de que un tío Polo de camisa rayada se pierda en el aire de la mañana.

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

ÁNGELES*

Todo ángel es terrible.
Rainer Maria Rilke

I

Los vampiros sobrevuelan la noche,
Las gaviotas abren sus alas al sol.
Los ángeles ya no vuelan,
Hay demasiados aviones… desde hace un tiempo
Miran al mundo, posados en los rascacielos.
(Y con todo y ello, los amamos)

II

Todo amor es imposible,
Toda amistad es probable,
Hasta tanto no se demuestra lo contrario.
En cada cuna duerme un ángel, en cada tumba…
Amar no es “aceptar los defectos” – a pesar de, con todo y ello -,
es adorar los defectos, parte imborrable de la esencia.

III

Todo ángel es el comienzo de lo bello,
El final de lo terrible cotidiano
Que nos acosa.
Porque ver un ángel
Es el principio de la muerte.
(y, a pesar de ello, los amamos)

*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba

Dulce de leche*

*pseudo memorias de Marta Zabaleta, mzabaletagood@gmail.com

DE PASEO CON ARIEL SALE LA NIÑA

1

El obelisco ya no debe existir, pensé, y me entró una de esas ondas introspectivas que tanto detesto. En ellas, como en los sueños, la Argentina se me aparece como lo que Perón repetía durante su última presidencia: una ‘Argentina potencia’, una patria hasta la desesperación, un país cuyo recuerdo parece que me intoxica.
Y ahora de repente y de la nada, aparecés vos, y me escribís y contás que en Buenos Aires hay hoy 60.000 o más personas, de carne y hueso como yo – o como vos, más bien, que estás ahí-, que con el apagón de la compañía de electricidad chilena, no tienen luz, ni agua, ni ascensor. Ni nada de nada
más, tal vez debiste agregar, pero ya me estoy saltando el tejo. Eso ocurre hoy en la capital de la Argentina peronista postpotencia.
¿Y vos que te creíste? ¿Qué porque yo soy mitad inglesa, me vas a despertar un complejo de culpa ajena? ¿Acaso no tenemos ya bastante los ingleses, con esas niñas curdas quemándose vivas hoy frente a la Embajada de Grecia en Londres? Esa pobre muchacha curda que aparece hoy envuelta en llamas en la
portada de los diarios londinenses- [sorry, esto no significa que tenga acceso a las noticias del Medio Oriente muchas horas antes que tú] -, que se inmola en la tradición servil de su género y place a un padre que incluso lo proclama así en la TV, en el Noticiero de las seis de la tardeen la BBC, con
gran orgullo y en inglés, por supuesto. Oh, divino idioma de la globalidad humana sacrificada en aras de las ganancias privadas…
Y el hombre lo explica así:
– Penoso es que la hija de uno se prenda fuego y se queme entera, – casi jubiloso de captar el ojo de la TV internacional, y lleno del más elemental universal orgullo machista-, pero eso es lo que nos impone la tradición a los curdos. El sacrificio por nuestros derechos.
Es cierto que les han puesto preso al más importante de los líderes, y que en Turquía lo van a ‘juzgar’ y seguramente lo irán a matar sin apelación a nada ni nadie.
Y yo digo: ¿para qué mierda sirve, ni siquiera a los curdos, una tradición así? Que una joven mujer se inmole por un líder religioso o político, por importante que este sea. ¿Sería deseable que ahora un hombre viejo se queme vivo mostrando de motu propio que tragedia es lo que hizo la joven curda?
No es, por cierto, que yo esté en contra de los curdos, entendéme bien. Es más, ellos y su causa entraron por primera vez en mi vida por la puerta grande de mi corazón, cuando llegué al destierro desde la Argentina, en 1976. Cuando vivía enterrada viva en aquella especie de tundra que era el parque universitario de la Universidad de Glasgow, Grascube Estate, adonde vivimos por dos años en un Hall de Residencia, el Wolfson Hall, en el barrio de Bersdein, Escocia, cielos que parece que se vienen abajo, sol espía, Glasgow-tundra, pero quien hubiera dicho que yo iría a terminar queriendo a ese país, y que adoptaría a esa ciudad no políglota como si fuera ‘my Scotland’.
Fue allí que uno de los que más le tendiera una mano cálida a mi pequeña hijita, Yanina, fue un joven estudiante universitario curdo, que también vivía en ese hall: todos los días venía a verla, la sacaba a pasear por el parque, le contaba cuentos curdos, le explicaba la solidaridad internacional, en curdo, por supuesto, y Yanina lo miraba con sus grandes y arrobados ojos de Mafalda en el exilio.
Yanina pronto entendió inglés: tal vez se demoró como una semana en entender el nuevo idioma. A diferencia mía, que todavía lucho desigualmente por entenderlo, aún en sus más relamidos, claros acentos. Tal vez se entendían tan bien ella y el curdo porque este usaba bigotes, como su papá, y como todos los revolucionarios perseguidos de aquella década. Así conocí la causa curda: en traducción al porteño de la chilena Yanina. Claro: desde entonces quise a los curdos. Fui introducida a las tragedias de su desarraigo, a las memorias y miserias de un pueblo que no figuraba hasta entonces en mi mapa político. Bueno, a decir verdad, cuando llegué aquí, mi mapa era bastante esquemático, para serte honesta. El centro y la periferia, a lo de la teoría de la dependencia, de la que varios de los autores fueran mis maestros y amigos. Creo que me explico. Y si no, lo siento.
Pero vos no sos ni curdo ni mi amigo todavía, sos tan siquiera y por ahora, a través de este capítulo que indefenso muestra un poco de mi pasado, apenas mi paciente lector electrónico y sin embargo, ya sientes que tienes el derecho de preguntarme acerca de cual fue la metáfora de una existencia que a mí me ha costado tanto vivir. ¿Tendrás derecho? Pero en fin, vos también sos un desplazado, vos también te rajaste de tu país, vos también sos diferente, entonces, démosle nomás, si al fin de cuentas en el infierno
todos vamos a acabar… Somos todos los hijos de la diáspora, digo, digamos.
¿Y por qué a vos; o a vos, qué? ¿Y a quién más le podría interesar esta parábola? Dudas que pasan… Y eso tengo de común con una prostituta: que si no sé cual es el aspecto comercial de una operación forzosa como lo es esta en que me has metido, mejor me retiro a tiempo. Y a hacer ¿qué? ¿Cómo decís?
Gritá más alto, gaucho, que no se te oye. Está el charco de por medio.
Ah, sí: a enfrentar una los años, la soledad, la cuasi-desesperanza de un vivir cotidiano sin una razón mayor que la de darse comida y techo a sí misma. Poco en verdad me quedaría ya que contemplar, con aburrimiento, que los pies hacia adelante y en mi tumba, si no fuera que me sigo imaginando un mundo futuro, en donde cada una y cada uno van a valer lo mismo. O como lo puso el otro día mi querida ex-supervisora de tesis, aquel mundo futuro con el cual ella también sueña, porque, dijo, ‘deseo un mundo donde las sociedades sean justas, equitativas y pacíficas; en el cual las mujeres tengan una voz igualitaria en la toma de decisiones a nivel local, nacional e internacional, para beneficio de todas y de todos.’ (Dr. Kate Young, palabras al tiempo de su jubilación como Directora Ejecutiva de WOMANKIND WORLDWIDE, 12 de junio de 1999, en Londres).

-Marta Zabaleta, Epping, 11 de febrero de 2012

Libros*

Varado entre murallas y gaviotas. Seis entradas en la bitácora de Maqroll el Gaviero es una guía de la obra de Álvaro Mutis escrita por Diego Valverde Villena. Varado entre murallas y gaviotas es un vademécum que nos ayuda a recorrer las páginas mutisianas, un mapa literario de las rutas del Gaviero.
Diego Valverde Villena -viajero como Cendrars, connaisseur como Morand, lector como Larbaud- entra en la bitácora del Gaviero y nos ofrece las claves de su mundo.

Diego Valverde Villena (1967) es licenciado en Filología Hispánica, Filología Inglesa y Filología Alemana y magister en Literatura Inglesa. Ha realizado estudios de doctorado en Literatura en las universidades de Oxford, Heidelberg, Tubinga, Chicago y Complutense de Madrid. Desde 1992 ha sido profesor en varias universidades europeas y americanas. Su poesía aparece en numerosas antologías y ha sido traducida a varios idiomas. Sus ensayos, guiados por lecturas de un hedonismo borgiano, exploran la
literatura universal, con especial dedicación a la literatura hispanoamericana.

-Si está interesado en adquirir este libro, envíenos un correo electrónico a info@auroraboreal.dk
con la referencia Varado entre murallas y gaviotas.

-Fuente: Aurora Boreal.
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1119:libro&catid=76:lo-mas-soliticitado&Itemid=205

*

Inventren Próxima estación: INGENIERO DE MADRID

(CON COMBINACIÓN EN EL FERROCARRIL PROVINCIAL CON DESTINO LA PLATA O MIRAPAMPA)

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

InventivaSocial
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/

Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar

INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar

Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

Anuncios

EDICIÓN DICIEMBRE 2011

Publicado: diciembre 11, 2011 en EDICIÓN MENSUAL DE INVENTIVA

Hoy me levanté con el día equivocado*

Mi pie izquierdo giró derecho
Recibí un ramo de rosas amarillas
Me reí de mis defectos
Canté con vos palpitante una melodía original
Me tire de la cornisa en parapente
No leí las noticias negras de los diarios
Las alas de mi sonrisa desplegaron
en golondrinas de corales

Me duché con el agua bendita
de los grandes maestros de la filosofía

El olfato de los perros me acercó
a la tibieza de su intuición

Probé el néctar de las nubes
Y nadé por las cataratas del regocijo

No repasé en lo que dirán de mí
Ni detallé cuanta plata tenía en los bolsillos
Renuncié al candado de mis emociones
y camine por la playa sin un sostén prensado

Buceé por los mares del tiempo sin jadear
y presumí en los abrazos de mi abuela…

*De Azul. azulaki@hotmail.com
7/12/11

FOGATAS DE OCTUBRE*

“(…) Esta vez no habló, movió los labios y solamente cuando le recordé aquella costumbre de las fogatas en los rastrojos, levantó la cabeza.
CESARE PAVESE

Y era octubre.
No se quien fue la yesca y quien el pajonal.
A lo lejos, una voz de fuego, nos reconoce
Nos reconoce y pronuncia nuestros nombres.
En silencio pronuncia nuestros nombres bautismales.
No, no era la primera fogata.
Pero si embargo, fue la única.
Única raíz, bengalas en el cielo.
Encendieron las noches y los dedos.
Y fuimos bocas, manos y señales.

Incendiamos ayeres y calendarios nuevos.
Y bebías el fuego de mi frente.
Y yo, toda yo, era fuente y origen.
Apenas cabías en mis manos.
Pero en sacrosanto perfil te dibujaba.
Y te hacía un lugar en mi lecho.
Castamente, como un niño de otoño.
Encendías luciérnagas en desgarradas noches.
Y éramos una oración, un mantra.
Una gloriosa soledad compartida.
Y era octubre.

Y soplamos en azul adversos vientos.
Médanos, goteras en el techo.
Ahora las manos están frías.
Y me pregunto si acaso ronda el miedo.
Y el olvido, y la muerte y la vida.
Escucha, son las fogatas y es octubre.
Y hay un memorial que riega nuestra sangre.
Y en mis pechos, vírgenes de ti.
Aun cabe un llanto, tan antiguo como el viento.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

AQUELLOS ABUELOS*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

A Miguel Fredi

Mi abuelo –cuenta Miguel Fredi- se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba una taza de café negro, comía un pedazo de queso y salía al amanecer. Tocaba con sus manos callosas el mango de la azada que había dejado sumergida en un balde de agua para que la madera se hinchara y la azada quedara firme y se iba hasta la quinta a desmalezar los tomatales. Tenía ochenta años. Mi abuela lo seguía detrás, como una sombra. Con su delantal negro, que no se quitaba nunca. ¿Por qué iba a cambiar a esa edad, no es cierto? –Pregunta como afirmando sobre esa pasión casi religiosa que trajeron los inmigrantes del otro lado del mar. A veces estos hombres duros se hacían un tiempo para poder caminar bajo los árboles, pero no siempre.
Yo recuerdo a mi propio abuelo, cuando recorría las parvas o los chiqueros, y buscaba un asiento donde quedarse un rato. Podría ser un tronco, el asiento de un arado en abandono, ponía la mano en el bolsillo y sacaba una naranja. Del otro sacaba un cortaplumas y se ponía a pelarla. Si yo estaba cerca me daba los primeros gajos, y luego de a uno se los iba metiendo en la boca, sin que el jugo le chorreara por la barba o le mojara los bigotes.
En ocasiones era un pedazo de pan o de queso, pero se nota que a esa costumbre la traía del otro lado del mar, porque lo vi en otros inmigrantes: todos tenían la misma costumbre. Otras veces, sacaba una pequeña pipa, luego la tabaquera de cuero crudo, llenaba el hornillo con minucia y dedicación y encendía el tabaco con un fósforo hasta que la primera humareda subiera hacia el cielo y se sentaba como mirando el mar. Sólo que aquí no era de agua sino de trigo, maíz o alfalfa.
Pensar en esos hombres, es circunscribir aquellos años de la niñez en un aura que se agranda con el tiempo y la distancia, lo instala en un espacio casi mágico, que corre el albur de convertir algo tal vez simple, tal vez trivial, tal vez basto en una mitología digna de mejor causa para otros. No es mi caso, porque qué sería de tanta vida anónima si nadie recuperara en un gesto reparador todo aquel tiempo en que el trabajo estaba en primer término, estaba por sobre todas las cosas, la propia diversión estaba mal vista por los inmigrantes, como si el sólo hecho de habilitar el goce estuviera prohibido en su biblia particular y la de sus ancestros.
Mi padre me contaba alguna vez, que en el año cuarenta siendo mensual de la chacra de Domingo Cléreci, vino a la cancha de paleta del Club Huracán un exitoso acordeonista llamado Antonio Bizio y como el baile era en verano se escuchaba la música en las chacras cercanas.
Mi padre, que había ido al baile, al otro día tuvo que aguantase las reprimendas -no sin sonreírse- del viejo Chiquín.
-Te creés que yo no escuchaba desde aquí “al acordeón del vicio” –le dijo, usando muy bien la fonética para entender esa ambigüedad semántica que la permitía su aparente confusión.
A él, a Chiquín, inmigrante sufrido y estoico le habrá parecido el colmo del desenfreno que en un lugar perdido de la pampa un grupo no muy numeroso de muchachas y muchachos soñaran un rato haciendo un alto en sus tareas, a la que seguramente nadie era esquivo.
Por eso la anécdota de mi amigo Miguel me gusta, por lo que cuenta de su abuelo ya octogenario que no sabía hacer otra cosa que trabajar, como lo habría hecho desde su aldea natal, en aquella península ya cada vez más difusa en su memoria. Y siempre seguido por esa sombra, su mujer. Por que trabajar para ellos no era un problema de sexo, todo se hacía a la par.
Habían trocado entonces aquellas aldeas perdidas junto al mar o la montaña, algunos había hecho la guerra y en general venían perseguidos por el hambre, un futuro incierto para sus hijos y en general llegaban a lugares donde tenían un ser querido, un pariente, algún paisano que le sirviera de referencia en este país tan lejano que veían como provisorio y para ellos seguro que lo era, aunque la estabilidad la consiguieran con seguros sacrificios y también es seguro que el abuelo de Miguel, el mío y el de tantos otros amigos hubieran elegido a su tierra natal estos cielos altos, estos soles anchos, esta luminosidad sobre el verde furioso de toda la llanura que ellos cultivaron con una pasión tan minuciosa y posesiva que me hace dudar si pudieron disfrutar del vuelo alto y seguro de aquella garza mora que cosió el horizonte para siempre delante de sus ojos.

HEREDARÁS MIS ÓRDENES*

Sabía que faltaba poco, cualquier mañana o cualquier noche emprendería el viaje sin despedirse. ¿Sin despedirse? La idea le pareció incorrecta, debía dejar indicios, órdenes tal vez, porque si no harían las cosas diferentes a lo que era su voluntad.
Ese fue el comienzo de un diagrama bien planificado para que cuando ella ya no pudiese opinar se cumpliera el ritual según sus deseos.
Esa mañana cuando se despertó y supo que no era ese el día indicado para emprender vuelo, comenzó a utilizar su tiempo extra, anotó unos pocos nombres a quienes les dejaría una carta, muy simple, muy sincera, diciéndoles cuánto los había querido. Eso la emocionó y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
Pero había que seguir sin sentimentalismos baratos y se repuso. Luego comenzó a redactar las instrucciones post-muerte: no quería que la exhibieran en un ataúd, le parecía macabro y de muy mal gusto, las personas debían recordarla viva, sonriente y con el rostro sonrosado; así que ese acto quedaba prohibido. Tampoco debían enterrarla, la sola idea de que la cubrieran de tierra la espantaba, prefería que la cremaran y desparramaran las cenizas en el jardín donde estaban los rosales. Tal vez para sus parientes no iba a ser agradable saber que ella seguía estando allí, pero era su deseo y debían cumplirlo.
Imaginó las protestas de Euclides, una de sus nueras que desde siempre soñó con ocupar la casa y que al quedar vacía lucharía con uñas y dientes para lograrlo.
– ¿Cómo van a expandir las cenizas allí? ¡Es horrendo! No voy a poder caminar tranquila por ese lugar. Esa vieja loca lo decidió a propósito, sabía que me haría mal.
No pudo menos que sonreír al imaginar la escena y intuía que luego no se animaría a hacer un hueco en la tierra por miedo a que ella apareciera.
Acto seguido comenzó a pegar papelitos con nombres en todas sus pertenencias: el collar de perlas para su nieta mayor, el reloj de su marido para Alfredito, su único nieto varón, y así cada objeto tuvo su destinatario.
Fue una tarea que le llevó varios días y la hizo con el mayor de los disimulos para que nadie de los que concurrían a verla se diera cuenta. Lo último era averiguar cual era el costo de la cremación y poner el dinero en un sobre abrochado a las instrucciones. Cuando concluyó experimentó una gran paz, como si hubiera cerrado el círculo de su vida con todas las deudas saldadas.
Todavía le quedó tiempo para imaginar la distintas reacciones porque no era ilusa, la mayoría no iba a estar conforme con lo heredado y envidiaría la suerte del otro sintiendo que ella había sido injusta en el reparto, pero eso ya no era asunto suyo, estaba dentro de la naturaleza de cada uno, no era su responsabilidad.
La primer mañana de octubre amaneció luminosa como si cada elemento vivo reverenciara a la naturaleza, menos ella que sin apuro fue una más en el universo. La encontró Mario, su hijo menor, cuando llegó a la tarde y como no respondía a sus llamados utilizó sus llaves para entrar a la casa. Luego todo fue confusión, alboroto que se iba incrementando a medida que encontraban el legado.
Luis, su hijo mayor, fue quien halló la carta que su madre había dejado sobre la mesa de luz la noche anterior. Le costaba entender tanta lucidez y serenidad ante la inminencia de un hecho que a cualquiera hubiera aterrado, pero no hizo ningún comentario, sólo leyó el contenido.
Por supuesto y como ella lo había pensado, fue Euclides la primera en soltar su lengua al saber el destino que debía darse a las cenizas. El brillo de alegría que asomó en sus ojos cuando supo la noticia de la muerte desapareció cuando Luis llegó esa cláusula.
– Yo no puedo habitar una casa que tiene restos de muerto desparramados en el jardín.
– ¿Y quién te dijo que vas a habitar la casa? – preguntó Lucy, la esposa de Mario.
– Porque Luis es el mayor y le corresponde. Además nuestra casa es muy chica, necesitamos más comodidades.
– Eso lo vamos a discutir después – insistió Lucy.
– ¿Por qué no se callan? – alzó la voz Mario mirando a su madre tendida en la cama.
Luis abrió el sobre que contenía el dinero para la cremación, lo contó, lo acarició y recordó sus deudas.
– ¿Hacemos lo que pide? – logró articular después de algunas vacilaciones. – No sé… me parece sin sentido gastar este dinero en eso. ¡Estamos tan apretados!
Algo estalló dentro de Mario, un dolor profundo que le dio a sus ojos un color rabioso; Luis sintió el impacto de esa mirada sobre su piel y volvió a colocar el dinero en el sobre.
Y el ritual se cumplió, sus dos hijos, sus nueras y sus nietos esperaron la urna en la funeraria y la llevaron a la casa. Nuevamente Euclides retomó la protesta y fue necesario un grito cargado de angustia de Mario para hacerla callar.
Al día siguiente estalló la guerra, cada hallazgo terminaba en pelea, cada etiqueta avivaba el infierno; los hermanos discutieron, las cuñadas se pelearon y los nietos dijeron pestes de su abuela. El final del pleito lo puso un abogado iniciando los trámites sucesorios y cobrando por ello, lo que determinó la venta de la casa. Las cenizas de su dueña reían a carcajadas por las noches cuando todo quedaba en silencio.

*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar
-Tercer premio. Concurso Internacional organizado por CENTRO ESCRITORES/AS NACIONALES – CEN EDICIONES 2011

LA FELICIDAD COMO DEBER*

Tenemos, dicen, el deber de ser felices.
Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad
pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.
Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso, segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.
Debemos ser felices.
Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.
Tenemos el deber de ser felices.
Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias.
Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento
gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.
Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.
Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.
Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.
Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra de, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.
La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.
Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.
En “El Zoo de cristal” Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un
destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.
Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.
Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Cansancio*

Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta.
En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así.
Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.

De Prosas breves
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop

EL VIEJO TREN*

Saludo a Count Basie
y Carl Sandburg

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.

Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban

como a una aparición de lo lejano
con los sueños y los ojos.

Por estas mismas vías,
atravesando barriadas

somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren

echando densas bocanadas
contra el cielo

como un duende
que va rasgando el silencio

con un eco dolido
de trombón y clarinete.

Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,

pasó como una estrella
repentina,

pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero

y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,

con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,

y como una exhalación
de lo innombrable.

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.

Desangrándose*

Entró corriendo en la tienda de lubricantes con otro robot en los brazos gritando con su voz metálica: “¡Rápido!¡ Una lata de Mobil 1,5 SAE 40!”

*De Joan Mateu. joan@cimat.es

Antes de Navidad*

Ya lo habíamos hablado con el neurólogo.
El me contesto con cara de asombro: -Es para publicarlo.

He podido comprobar que el accidente cerebro vascular de mi madre ha mejorado su sentido del humor.
Más aun, le ha generado ocurrencias desopilantes que eran impensables en ella.
Si bien se queja de ciertas secuelas en el habla. Mi madre complementa el lenguaje con gestos y hasta con carteles sintéticos y elocuentes.

Tuvimos una discusión por un motivo claramente banal.
Ella dijo algo así como: a ver si te conseguís una novia y me dejas de joder.

No se quedo quieta.
Al rato salio con la silla plegable de lona a tomar fresco al jardín.

Cada tanto veía como vecinos y hasta gente desconocida se paraban a conversar con ella.
Y había risas.
-Que sociable esta mamá -pensé, que bien le hace enojarse conmigo.

Cuando llegué, le decía a la Marta que no quería que le sacara una foto con el cartel que llevaba colgado:

“BUSCO NUERA, SUEGRA A LA VISTA”
Con letra más chica, había agregado: “Urgente, si es posible antes de Navidad”

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

CUENTOS DE LA REALIDAD

Milagro en … el Muñíz …*

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

Hay que moler los sueños.
La gente no debe pensar.
¿En realidad, la gente piensa?
El ejercicio de pensar alucina.
¿Y que es alucinar?

Las preguntas se deslizan muellemente, un mediodía de domingo, en la cautelar y silenciosa molicie, donde se siente el aliento ardiente de Dios o el otro, si son la misma cosa y que obliga a creer “que todos se han ido”. Nadie te deja sólo en la víspera, pensé, un consuelo pobre pero excitante de puertas adentro.

– Vamos primero al Muñíz para ver a Jorge – ordenó con displicencia Yon, ese día y a esa hora, incómoda para salir, cuando el sol nos da una fiesta.
– ¿Que Jorge? – atiné a ganar tiempo -lo único que puedo ganar -.
– ¿Cuantos Jorge amigos, tenemos con SIDA? –
– Ah… es cierto -, me disculpé.
– ¿Y como está? – quise reparar.
– Eso es lo que vamos a averiguar y como anda de remedios – agregó sin mirarme.

Estábamos en una mesa externa de “La Sextana” de Banfield. Dos Absolut con hielo granizado y jugo de naranja, nos hermanaban. Algunos bocaditos salados, dispersos, me parecieron apóstoles en retirada, mientras atacaba, implacable uno, adornado por majestuosa aceituna negra descansando sobre su capa de paté de ganso, apoyados en la meseta plana de una tostada “extra large”. Yon vigilaba mi dedicación, de ojos entrecerrados,. No había decidido si seguir llamándolo Yon Eibar, después de los vascos que como les cuadra, hicieron silencio místico.

– Vamos en tren porque el auto quedó en Constitución – informó detrás de la copa. No hice comentarios porque en realidad debía empezar por discutir su decisión inconsulta. Resigné, por supuesto y partimos rumbo a la estación.

La combinación “franquera” de control de pasajes y gendarmes, en el acceso al andén, nos dejó perplejos. Antes, en la boletería, eludimos el “tacle” de cuatro chicos que “piden” en ventanilla. Una adulta, a la izquierda “de su imagen”, vigilaba el desempeño de “los recaudadores”.
Esto chicos ya no tienen y es posible no hayan conocido, la inocencia.
Nacieron en un momento equivocado de un tiempo equivocado, de padres equivocados y en un mundo equivocado. Además, tampoco pidieron ser traídos y van a resistir para no irse. ¿Donde podrían haber encontrado la inocencia, con esa imagen como posibilidad?.

Banfield luce, todavía, “fronteras abiertas”. Lomas ya esta alambrada entre los andenes dos y tres. Trenes rigurosamente vigilados y sin Lista de Schindler ¿para qué?, si estamos en un ghetto de límites imprecisos. Algunos se dan cuenta y hacen la vista gorda.

Accedimos a la plataforma y el “balita” blanco y verde, propios colores banfileños, llegaba deslizando algo tortuosamente su oruga de vagones. Las puertas se abrieron y los escasos pasajeros entraron decididos a escapar del calor, rumbo al aire condicionado. ¿Porque?… por la intermitencia de su funcionamiento, complicada con pasajeros ariscos que abrían las ventanillas para “dejar entrar el sol”. Es difícil ponernos de acuerdo hasta para sobrevivir. Marcha y la nave va.

Escalada sigue igual. Ni un peldaño más. Tanto arriba como abajo. Los puentes mantienen su condición de ratoneras, ahora de verano. ¿Cómo salís de la estación hasta las avenidas de cada lado, después de las diez de la noche, si tienes que caminar? Es un acertijo heredado pero, con este sol, esa figura queda lejos.

Igual, todo lo que sirvió en un tiempo te amenaza en el siguiente; por eso, mejor seguir “soplando en el viento”.

Lanús, que ya consolidó la venta ambulante en los dos puentes, el metálico provoca mayor flujo de adrenalina, debe ser por “los fierros”.

Dicen que “los fierros” los portan quienes autorizan la instalación ilegal, más la vasta fauna, donde se mezclan jerarquías de la corrupción: política, seguridad y legal, en esa fracción que todos llaman “territorio federal”; allí donde se mira y no se toca. Un indicador del repunte económico para estudiosos.

La reactivación, en Lanús, está en marcha.

¡Ah¡ y hablando de rigurosidades, los baños públicos de la estación, siguen cerrados, seguramente para conservarlos limpios. Mientras tanto ancianos, embarazadas, y discapacitados, por citar solamente a quienes deben resignar y no tienen escapatoria, adoptan la posición de loto, practican meditación trascendental, se hacen encima, porque para llegar a un bar cercano, hay que atravesar “el desierto de los tártaros”, con avenidas inclementes que, para estas instancias, hacen las veces de carrera de obstáculos.

La rueda de la fortuna es más segura que suponer una llegada a tiempo, sin olvidar que, con el pasaje aprobado, se corre el riesgo de no poder volver al andén; linduras del país del “master “.

La solución probable y no explorada es la venta dentro del tren y los andenes, de pañales descartables para adultos a precio de fábrica, si es que quedó alguna.

Se cerró la puerta automática, detrás del penúltimo vendedor que, por horario concedido por otra mafia comercial, tiene tres minutos “para hacer el vagón” y dejar su lugar al que sigue; si no creen, consulten con Diego, que da sus “recitales” de diez a trece, donde la fusión no es infusión, pero si está autorizada; no es lo mismo “hacer la gala” en un local que sale de Temperley, que intentar cantar Arjona a pasajeros varones del ramal Glew.
Lo cierto es que ese domingo, los cantautores se tomaron franco. Los vendedores, no.

Por suerte Gerli, una suerte de Iquique, meca del truchaje demente, reúne a los vendedores porque allí funciona la Aduana. La estación Gerli lejos de todo, permite ajustar las cuentas de cualquier manera.

Avellaneda es una cita trasnochada para compradores de hiper, nostálgicos de otras épocas; ahora se puede uno encontrar con Gardel a bordo de una jirafa, por repetir la postal que he contado otras veces.

Hipólito Yrigoyen impresiona. Supo ser un lugar de laburantes y fabriqueras y ahora, los edificios cantan silencios desde el pasado turbulento que se rifó.

Por fin Constitución, bajo los influjos de un maquillaje impresionante y restaurador. ¿Que será cuando suceda?, es parte de la gran pregunta, para mirar mejor la miseria de cerca.
A toda esta reflexión el vasco la compartió con una respiración acompasada, certeza de sueño breve, aunque no me engaña y menos cuando le da el sol en la cara.

– Vamos hasta Huergo, porque el auto está en lo de Raúl, un lugar seguro por el momento -, consignó antes de trepar al 62 rumbo a la parada de la imponente Facultad donde se mide con cuidado. Curiosamente Estados Unidos, Carlos Calvo parecen un muestrario de ausencias y catálogo de abandonos.

El Alfa gris, custodiado por expertos, reclamaba atención. Mentiras. El dueño de casa comía enfrente, Puerto Madero con la espalda al río se defiende como puede. Le hicimos avisar que regresábamos en breve y nos fuimos.

La guardia de un hospital es para mí un escollo insuperable. Le ofrecí esperarlo en el bar de enfrente. Yon me miró de una manera que me hizo
bajar la mia y luego la cabeza. Así, contando baldosas, gastadas por tanta pesadumbre, lo acompañé y oí las consultas, las explicaciones de las enfermeras, el informe médico, la entrega de una caja cuidadosamente envuelta, que Yon entregó sin que me enterara de que medicamento se trataba, suponiendo que lo fuera y luego, lo más duro, esa charla con Jorge que yo no quería compartir. Cobardías imposibles de repasar. Jorge me palmeó comprensivo y su voz balsámica, fue un canto explicativo de la verdad, una charla didáctica, que Yon escuchó atento, como si nada supiera. El enfermo dijo

– El Vaticano polemiza y pelea desde hace 20 años por el SIDA. Un pastor y un jesuita con asiento en Africa, dijeron que “los carteles de las famaceuticas (laboratorios), decidieron el genocidio en Africa al no bajar el precio de los medicamentos contra el SIDA. 29 millones, son los africanos en riesgo. Los laboratorios ganaron en el 2002, 517 millones de dólares” -, tomó aliento, algo a su alcance, todavía, para seguir.

– La Organización Mundial de la Salud en ese año consigna tres millones de muertos; 42 millones de contagiados y 11 millones de huérfanos, sólo en Africa. ¿Y que hizo la Iglesia en esos mismos 20 años? Recomendar castidad y sexo sólo en el matrimonio. Condenar el uso de preservativos. Combatir la educación sexual en las escuelas y hospitales, salvo pregonar su “paternidad responsable” y obstaculizar campañas publicitarias apuntadas a evitar la propagación del mal – La mirada verde en la cara aniñada, guardaba expectativas. Yon lo tranquilizó.

– Tus medicamentos se los dí al médico -, respiró aliviado. El vasco lo abrazó estrechamente, yo no. Jorge volvió a palmearme en silencio. Soy negro, me dije, pero mi vergüenza enrojeció lo que quedaba de la tarde, salimos, el milagro estaba cumplido. Velozmente buscamos Puerto Madero y la vaca seguidora, así se llama el lugar o algo parecido, el viaje fue silencioso. Llegamos y estacionamos el Alfa gris, caminamos la elegante disposición de los adoquines grises, nos recibió la azafata de turno que, como siempre ocurre, se quedó prendada de las largas y sedosas pestañas del vasco, nos condujo a la mesa de Raúl que portaba una hermosa camisa tenuemente amarilla, pantalón tropical claro y zapatos caramelo pálido, un dechado de elegancia, propia del ejecutivo responsable que es, lástima que cultive nuestra amistad, me digo, en tanto ordenó con voz grave.

– La panceta con ciruelas; el lomo envuelto en el cinturón de panceta y una buena dosis de Cabernet Sauvignon, Catena Zapata cosecha 2000 -, pensé en el precio de cada botella y se me desengachó la mandibula, me sentí sediento como nunca, atravesé la estepa arenosa de ojos cerrados, para encontrar a la mujer dorada; lo que ellos tenían que hablar, ya es otra historia.

-Verano de 2005

UNA AGRADABLE REUNIÓN DE AMIGAS*

Mi amiga Solange llamó para invitarme a salir el domingo. Pasó a buscarme en su automóvil y apenas subí me pidió que no sacara el tema del consorcio porque quería estar tranquila.
– No te pongas nerviosa – le dije – que con las frenadas podemos ir a parar a la morgue o al cementerio.
Llegamos a una confitería y apenas nos sentamos comenzó a contarme los problemas que tiene con el mencionado consorcio como de costumbre y sin parar. No sé como hace para respirar.
Luego continuó con su viaje a Roma e Israel, detallando emocionada todo lo referente a la religión católica, contó que el Papa la bendijo, habló de la sepultura de Juan XXIII y aseguró que el cadáver no se iba a descomponer y le pidió a Dios que le diera vida para cuando lo beatificaran poder volver nuevamente a Roma.
“Con un poco de suerte – pensé – podes besuquear el cadáver del Papa.”
También comentó que la bautizaron nuevamente en el Río Jordán.
Después de este monólogo se acordó que yo estaba allí y me preguntó:
– Y… ¿tus cosas como van?
– Y… como siempre… – contesté, – igual.
Y ahí terminó el encuentro, nos levantamos y nos fuimos. Todo concluyó hasta la próxima agradable y cordial reunión de amigas a la que tal vez dentro de poco me volverá a convocar.

*De ELI RAF.

Todo en toda*

Me luce más con una flaca
me luce más con una flaca no muy alta
me luce más con una flaca no muy alta
de enormes pechos

Aunque perderme todo yo
en una toda enorme
conlleva apabullante
vahído:

locura pasajera.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*
Inventren Próxima estación: Morea.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

InventivaSocial
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/

Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar

INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar

Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

EDICIÓN NOVIEMBRE 2011.

Publicado: noviembre 14, 2011 en EDICIÓN MENSUAL DE INVENTIVA

TRES TEOREMAS FUERTES*

Teorema 1: del proceso de liberación

El proceso de liberación no es placentero.
El proceso de liberación es doloroso:
Abre tus venas y te muestra que la sangre que corre no sólo es tuya,
Y muchos más antes que tú se han desangrado.

El proceso de liberación te muestra
Que a pesar de tu estúpida felicidad,
No eres libre.
El proceso de liberación te muestra
Que no sabemos qué es la libertad…

Y sólo los cobardes prefieren su inútil felicidad,
Pues sus corazones se amedrentan en sólo pensar
Que pueden vivir un proceso de liberación.

El proceso de liberación nos pone de frente
Ante el proceso histórico donde las relaciones de explotación
Ponen su pie sobre nuestras espaldas.

Y sin embrago,
El proceso de liberación debe darse,
Debe nacer en nosotros:
Sucio, áspero y para nada placentero…

El proceso de liberación se hace maravilloso y creativo
Si la ilusión por construir una identidad propia
(esa etérea fuerza que desconocemos dónde radica),
Alimenta y resana los cuerpos que han transitado el difícil comienzo
De un proceso de liberación.

Teorema 2: del cómo mirar tu sonrisa con calma

La ciudad me devora.
Me cubre con sus asfaltos,
Convierte mis piernas en apéndices suyos:
Me devora.

Su lluvia me ahoga.
Disuelve mi piel
Con el más dulce dolor
Que hay en sus sueños,
Me hace prisionero
De mi propio cuerpo:
Me devora.

Esta ciudad,
Acostumbrada al deambular
De los cuerpos sucios,
De los niños sin ropas:
En verdad me devora.

Toma mis venas y corazones
Y los mezcla con sus edificios,
Nos convierte en una masa
Informe y pestilente:
Me devora.

Teorema 3: el teorema de la redundancia

No te prometo el cielo,
Tampoco te prometo el infierno.

A lo único que llego,
Es a poder ofrecer mis manos.

No te ofrezco el día
Ni la noche,
Y mis manos
Sé que no son gran oferta.

Disculparás lo poco que prometo,
Pero aseguro
Que puedes hacer
Con ellas lo que quieras:

Puedes limpiar tus lágrimas,
Adornar tus risas,
Caminar con ellas entre tus manos…

Y lo más importante de todo:
Puedes contar hasta el número veinte,
En el momento que así lo decidas.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

Sueño # 324. cub *

*Por Emilio Mozo.

Soñé que me había marchado. El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en el aeropuerto. “Seguro que se ha perdido”, dijo mamá sin convicción. El único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo de encaje heredado de la tía Carmelina.
Anuncian el descenso.
Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo. Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.
Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables. Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira sin demostrar ninguna emoción.

Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes. Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un individuo de seguridad:

– Juear go?

El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y finalmente me pregunta:

-Where do you want to go?

Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus manos.
La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro “ábrete Sésamo”, y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo, aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote: es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.

Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos–. Repetición incesante. Silencio

Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si fuera a pronunciar un sermón:

-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en español. ¿Alguna pregunta?

-Sí, ¿quién más vive en esta casa?

Incómodo, responde:
-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre, le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante atareado mañana. Good night.

Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno… dos… tres…

Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo. Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero. Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy observándolo todo desde el pasillo.

-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado (2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).

*Fuente: Aurora Boreal®
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1034%3Asueno-324-cub&catid=81%3Apuro-cuento&Itemid=198

EL BAUL DE “CHIQUIN” CANTONI*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien todos llamaban “Chiquín”, y a quien conocí en la otra casa que tuvo la chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.
En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus visitas, a la chacra de Domingo –como el gustaba decir- llevaba la escopeta y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva construcción estuviera a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos metros por ese campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por algunos escasos árboles –sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi padre “casa nueva”, cuya primera aproximación visual eran esos grandes árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y verde con sus jugos refrescantes.
Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de los Bivi.
En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña María, el sobrino de ésta, el inefable “Pichón” Bucelli y también “Chiquín”, que era tratado como si fuera de la familia.
A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según relato de mi padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de voluntario en la primera guerra, y me consta porque “Pichón” me acercó hace poco documentación que así lo certifica.
Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.
Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca “suiza” que guardaba en una vieja y despintada lata de té “Tigre” era toda su pertenencia.
En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa, recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.
Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don Marcos Markicich que estaba a la entrada del pueblo y volvía al anochecer, absolutamente borracho.
Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro. Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don “Chiquín” Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de aquel cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca regresaron.

variedades verdades*

*

Escucho tus quejas por el vil metal
Como una niña con ojos sin parpadeo
Muñeca inflable destartalada
Por la creencia de ser amada.-

*

De ahora en más
No voy ha pensar en vos
Ni me voy a preocupar por tus sentencias
Esas que me hacen cobarde
Intentaré no ser sumisa en tu presencia
Ni ser la sombra de tus deseos.-

*

No me contamino
De tu impaciencia
Y no me halagan tus bostezos
No me achico ante tu necedad
Ni me muero si te vas.-

*

Las criticas del criticón
Se pegan en la piel de la mujer
Como lanzas del medioevo
Quieren violar la singularidad.-

*

El proyecto de él
No es la aspiración de ella
La seguridad de aquel
Es peligrosa para ella.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

LOS OJOS DE TU MIEDO*

Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo de la tierra, cuanto mas encima del cielo”
MIGUEL DE CERVANTES

Es necesario, dices. Y has tirado la llave.
Es necesario que la puerta permanezca cerrada.
Y las ventanas y el corazón y la memoria.
La llave es un bumerang.
Y gime el alba entre los almendros.
Hasta el reflejo en los charcos de atormenta.
Tiemblas detrás de los armarios.
Te escondes en las catacumbas del lecho
Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.
Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.

Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.
T e queda la lengua vacía y las manos secas.

Una cobardía de vida se escinde bajo tierra.
Es necesario abrir los ojos.

Y cuando apenas se entreabren las cancelas.
Entiendes…
Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes

Son menos peligrosos que tus miedos

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA VOZ*

*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un niño muy imaginativo. Por eso cuando Ezequiel, a los cinco años rompió el jarrón de porcelana, reliquia de la abuela, y dijo que la voz se lo había ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera y no permitía reflexionar demasiado sobre las conductas del grupo.
Ezequiel construyó su refugio protegido por una muralla que nadie podía atravesar y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación que fue favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres cada uno inmerso en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque su ensimismamiento llamó muchas veces la atención de sus profesores. En cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber las causas, simplemente lo catalogaron como el “raro”.
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la voz hasta llegar a despertarlo en plena noche, obligarlo a levantarse y salir a la calle.
La primera vez fue solo ese mandato: abandonar la cama, atravesar la puerta de salida y caminar en la oscuridad hasta recibir la orden de volver. Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un monstruo que podía devorarlo, pero de todos modos cumplió con el mandato. Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos azules, decidió conquistarlo. Su interferencia ante cada intento de evasión de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella mostraba ante su éxito lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber hasta donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación lo desconcertaba haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días y lo llevó a llegar hasta el borde del río y preguntar a viva voz:
– ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
— No necesitas gritar, estoy en ti.
– ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
– Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo movimiento.
– – No me abandones ahora, por favor, – imploró moviendo sus manos como queriendo asir la otra presencia.
– ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil colocarme fuera que aceptar la responsabilidad de unirme a tu propio yo. Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu juego.
Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó, también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a internarse en el río.
– Recuerda, no sabes nadar. – le susurró la voz al oído pero no la escuchó, esta vez siguió adelante hasta que el abrazo del río unió esas dos partes que siempre habían permanecido separadas.

DON PERICO*

A Pedro J. Jaunarena Oharriz,
nacido en 1885, en Iturren, Navarra

a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,
amigo y notable pepiniano, fallecido

Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado el ‘Pajarito Investigador’, que su afición a la locución fue por causa de Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás, último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.

El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro. Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado. Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don Perico, periquín a escucharle…

En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.

Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez y González.

Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador. Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde le vino el bastón de color aceituna.

A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos. El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del pasado.

El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí, con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.

*De Carlos Lopez Dzur. baudelaire1998@yahoo.com
http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html

Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra…
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.

Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.

Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra “comunismo”,
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto…

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

EN EL CENTRO DEL MIEDO*

Sabes amor, creo que ha llegado el olvido
Trae su carro cargado de estiletes.
No me muevo ni muestro el centro de mi miedo
Arden los leños, el ojo piensa y la espalda descansa.

Ninguna golondrina ha de regresar a su nido.
Se aleja la rivera y el camaleón se acerca
Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines
Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas.
Tengo sed. Solo eso y de ello vivo.

Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas.
Y la lluvia agoniza en las líneas de tus ausentes manos.
La abeja aun no dice en que orilla está el néctar y donde la cicuta.
Nadie me ha enseñado cual es el horizonte de tu olvido
Tengo la forma que me han dado sus manos.
Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel.
Y crece la pena y renueva el latido.
Temblorosa, se enciende la latitud del viento.
Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena.

Y otra vez la insistencia de sal en la garganta.
Países tan azules y pliegues en la almohada.
Y tus olores y tus silencios y tus vahos.

Sabes amor, creo que ha partido el olvido.
Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sín título*

Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran, cambian de lugar.

Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más cálidos.

Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.
Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder sostenerse.

Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.
Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo que habían descubierto.

Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.
Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que había descubierto.

Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.

Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.

Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.

Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.

*Virginia Agretti. virginia.agretti@gmail.com
Santa Fe

¿Qué es el libro electrónico?

*Por Carlos Enrique Cartolano. cecartolano@hotmail.com

Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.

¿La revolución está aquí..?

En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks.
Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya? Las oportunidades hacen al cambio.

Primer síntoma de cambio:

Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica.
Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo.
Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar
adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.

Segundo síntoma:

En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de 2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales
duraran tanto (.) El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet, concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos ejemplares en papel como pedidos remotos se hayan formulado a través de la red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase
presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:

Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que impresos!

Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de 2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como Amazon, Apple y Barnes & Noble prosperan debido a su mercado de e-Books, editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en
bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad
resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro- ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos
digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple Bookstore, Barnes & Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la edición es prácticamente automática porque depende de una serie de operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de
librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red. Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.

Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.

¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital, donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la
novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un 50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449 metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el futuro?

Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica… ¿Increíble, no?

Oferta de mis libros electrónicos:
Tierra Regada
Cuerdas – El piquete y otros poemas
Avisos y señales – Poemas del amor que vence a la muerte

Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del autor: http://latrampadearena.blogspot.com y seleccionando la tapa del libro sobre margen derecho.
O a través de la editorial eMOOBY:
http://www.emooby.com
O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y accediendo a más de cien librerías virtuales.

ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*

Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.
La sustenta como el amor sostiene al tiempo.
Una maleta llena de incertidumbres.
Y un hueco de ausencia redondo como el mundo

El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.
La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.
Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.
Levita en una butaca con olor a distancia.

El tren desarraiga su sollozo en aceros solitarios.
La mujer se deja mecer suavemente.
En sus sueños, aparece su madre.
Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.
Leche dulce de madreselvas blancas.

El tren llega a destino. No sabe si va o viene.
La mujer comprende que partir es llegar.
Y el tren arraiga entre maternos pechos.
Madreselvas de escondidos aceros.
La sustentan como el amor sostiene el tiempo.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

*

Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

InventivaSocial
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL
http://www.facebook.com/pages/INVENTIVA-SOCIAL/237903459602075

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/

Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar

INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar

Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

*

Tengo unas cajas de espejos hipidélicos
Las compre en una feria artesanal
No sabía porque ni para qué
Pero su racimo de colores refulgentes
Hizo recordar mi adolescencia
Su cara de retratos y de luces
Guardaban los secretos de mi pasado
Allí vi reflejados en tonalidades de verdes
El paraíso de inocentes ilusiones
Al observarlas tomé el resplandor
De mis tantas formas de sentir
Enamorada de recuerdos de mi inexperiencia
Me adueñe de esas cajas de resonancia
En ellas guardé en la más grande
Caramelos masticables para compartir
En la mediana atesoré monedas de un país vecino
Y en la más pequeña tengo el saludable
Sabor de la sorpresa.
En esos retratos de ensueños
Todavía guardo la sorpresa.-

* Azul. azulaki@hotmail.com
Para Amelia

Y ERA SÁBADO*

Qué hermosas son las centáurides, aunque tengan cuerpo de yeguas; porque algunas crecen de yeguas blancas, otras de yeguas castañas, y el pelaje de otras es manchado, pero todas brillan como las yeguas bien cuidadas. También hay centáurides blancas que crecen de yeguas negras y la oposición de colores produce una criatura unida de gran belleza.
FILÓSTRATO, EL VIEJO

Era sábado.
Los instintos se ocultaban en la bruma.
La cordura era una verbena negra, desnuda.
Blanca luna de plata.
Grabamos, en un pacto rupestre.
A fuego lento, enardecidos.
A fragua y yunque.
Extrañísimos. Secretísimos signos.
Astrágalos.
Si alguna emigro de tu cuerpo.
-Recuerdo que dijiste-
Búscame aquí. Te estaré esperando.
Y ahora ha emigrado el corcel y el hombre.
Mi perfil te busca
Tengo las uñas rotas y verbenas salvajes.
Entre ellas, casi dormida, una mansa yegua.
Y era sábado.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA CASA VACÍA*

La casa estaba vacía
el silencio era total,
las ventanas derruídas,
y hojas en el umbral.
En la entrada había un rosal
que apenas se lo veía,
por una rosa sangrante
que su aroma despedía.
Los pastizales crujían
bajo mis pasos andantes
que recorrían con pena
los senderos, por instantes.
La casa estaba vacía
padeciendo la agonía
del silencio y las tinieblas
que la soledad ponía.
Toda la gente del pueblo
a ese lugar le temian
porque según dicen, vieron:
¡almas volando, venían!
Pero solo eran nubes,
nubes flotando, perdidas,
que acariciaban la casa
al verla sola y vacía.
Los seres que la habitaban
pasaron a otra vida
y sola quedó la casa
triste, en silencio, perdida.
Así es el hombre que pierde
la ilusión en esta vida,
queda con el alma triste
como la casa vacía.

*De Norma Costanzo. normacostanzo@vocampo.com.ar

MALDONADO*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Los grandes establecimientos rurales de entonces, respondían a las estancias que venían del siglo XIX, modernizadas, sí, en la forma de producción pero con grandes gajos de los primitivos y extensos campos de donde se originaron. El último reparto fue con la guerra al malón o la “conquista del desierto”, por el General Roca. Aunque en aquellos tiempos infantiles eran varias las explotaciones de muchas hectáreas, hubo una que respondía a la firma Guillermo Lÿnnen y Cía., que pese a no pertenecer al distrito del pueblo, por razones prácticas – sólo cinco kilómetros- la relación comercial, laboral y aún familiar era estrechísima. La mayoría de los peones, y empleados eran familias del pueblo y tanto las compras que la propia estancia hacía para subvenir sus necesidades de alimentos y ropa y hasta la ayuda espiritual religiosa dependía de nuestro pueblo. También para las diversiones y hasta los noviazgos y casamientos que no se producían entre la numerosa peonada en la Estancia se concretaban con las chicas o los muchachos en edad de casarse de nuestro pueblo.
La mayor concentración social a la que esta gente se exponía, se realizaba en el prestigioso almacén y despacho de bebidas, o más vulgarmente “Ramos generales” que don Rogelio Belluschi regenteaba con primorosa habilidad, simpatía y verdadero disfrute.
Por ese tiempo, fue vendedor de pinturas “Colorín” y ostentaba un cartel que sólo fue bajado cuando Carlitos, su hijo, hace poco, se hizo cargo del negocio: “El rey de la Pintura”, ese orgulloso cartel estaba en lo más alto como envanecido frontispicio.
Esta clientela, sumada a la fidelísima del Barrio “El Jazmín” hicieron que el mítico almacén se convirtiera en una especie de banco, donde las libretas eran largas “como esperanza de pobre” el decir de tía Anécdota, esas anotaciones de fiado que se le daba al cliente, en general como tributo a su cara, porque casi nadie podría presentar una garantía.
También se trabajaba en base a una confianza que el deudor prefería no defraudar porque era el primer perjudicado, ya que no tendría en adelante crédito. En aquellos tiempos tan remotos ya las grandes estancias se habían desgranado y aún perdido campos por impericia de los herederos, ya no quedaba ni Baumann, o Terrassón, o La Lydia, de don Emilio Vollendwider, muerto en 1913 que fue quien dio impulso al pueblo y el único que al parecer tuvo la iniciativa de colonizar, pese a que se quedó en el camino su proyecto, porque murió en un viaje que había hecho a su país natal, Suiza, en busca de dinero e inmigrantes.
En pocos años sus descendientes, había pulverizado esas miles de hectáreas donde el fundador pensaba en imperio.
Al tiempo de este relato, quedaba en pie “Maldonado” que para toda la zona era “la Estancia” y así se la nombraba porque no había otras. Con el tiempo nos enteramos que otros familiares de Lÿnnen también tenían su parte, don Willy Heuse y don Ulrico Galluzzer, pero en ese tiempo lo ignorábamos y para nosotros, ese alemán lejano que de vez en cuando condescendía bajar al poblado de casas chatas y desprolijas que llamábamos “el pueblo” a realizar un trámite y hasta hoy sospecho que vivió siempre en Buenos Aires y que sus estadas en el campo eran esporádicas, era “el dueño”. Tenía como hombre de confianza a un alemán alto y de ojos grises, que vestía bombacha y saco de color oscuro y altas botas militares, don Alejandro Arlt, hombre recto si los hubo y que era el mayordomo, una especie de administrador que habrá tenido también posibilidad de decidir.
Como ayudante tenía un capataz criollo don Marcelino Rodríguez, quien de vez en cuando bajaba al pueblo montado en su caballo bayo, con perfecta ropa criolla: botas, bombacha y corralera negras y un sombrero aludo que requintaba sobre la frente, con un talero que traía descansando sobre el viento poco abultado y saludaba a todo aquel que a su paso lo saludara:
-Adiós, don Marcelino.
-Adiós amigo, devolvía serio, adusto y muy discreto ese saludo, elevando la mano del talero hasta casi tocar el ala del sombrero negro que reverberaba en la luz de esos crepúsculos que se fueron para siempre.
Yo muchas veces lo pensé a don Marcelino como el último de los gauchos posibles, junto a Baudilio Arévalo, Facundo Quirós, Arturo Samonta, Julio Ávalos, Juan Montero, o Guadalupe Chivel, domadores. Y también pensé que esos atardeceres eran posibles para que su estampa quedara en mis retinas, con esa bola de fuego que lo acompañaba hasta el pueblo y cuando ganaba las primeras estribaciones del callejón de los Vélez ya las sombras harían más oscuro ese sombrero que le comía la cara hasta que le fuera devuelta por la primer lamparita que era la de la esquina de don Leandro Correa, allí donde un día se nos murió un pequeño cuis, que no supimos cuidar y nos dejó una marca de dolor que no tuvo consuelo.

Un cuarteto especial*

Los cuatro gatitos alineados, miraban con asombro a tía Noelia.
Sus ojitos celestes e inquietos, seguían los movimientos de su dueña.
Esa fuente verde que ellos tanto querían danzaba un rock lento de la mano de Noelia.
El aroma que despedía al ritmo no era tentador. Fruncían las narices,
estiraban sus bigotes, pero no se movían, a la espera de sus almuerzos. Sabían que el verde artefacto les traía el regalo diario y se relamían.
¿Qué manjar seria? ¿Algunos trocitos de hígado, o sardinas saladitas, o carne de pollo?
Ya pasaban los minutos y tía Noelia seguía con sus pasos de baile. Se les estaba terminando la paciencia. Uno de ellos saltó al respaldo del sillón, tratando de adivinar cuál era el riquísimo alimento que con tanto aspaviento les regalaría.
-Hoy mis queridos michingos comerán puré de soja.
¡SOJA! El alimento del futuro, nutritivo. Rico en vitaminas. Un regalo del cielo.
Cuando los cuatro se arrimaron a la fuente y olieron ¡ puag! ¡que asco!.
Los bigotes se les encogieron, los pelos del lomo se erizaron y no tardaron más que medio minuto en salir corriendo hacia el patio.
-Yo prefiero comerme una cucaracha, yo, cualquier laucha del baldío, nosotros le vamos a robar algo al perro del vecino.
-No, dijeron los cuatro, haremos algo mejor, haremos huelga de hambre, un piquete sobre el tapial.
Y allá fueron, los cuatro en fila india, las colas al viento y los ceños fruncidos. Jamás comerían soja.
-Tía Noelia deberá cambiar el menú o nos iremos a vivir a casa de la abuela-.
-Esta decidido-.

*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar

¿REENCUENTRO Y DESPEDIDA?*

(2° parte) El deseo no pide permiso

“Me debés un café”, le aseguró él, aquella mañana otoñal frente a la antigua estación ferroviaria, envuelto por un abrazo del que no quería desprenderse, para luego zambullirse en una pretendida ilusión de olvido que nunca llegó a concretarse. Las imágenes de aquel breve encuentro con ella danzaban continuamente delante de sus ojos. Cada situación de pareja que escuchaba en boca de terceros, o cada detalle que lo asaltaba en forma de canción oída al pasar, eran referidos exclusivamente a ella, como si cualquier extraño le estuviese adivinando el pensamiento al comentarle experiencias ajenas. Ella regresaba a su vida después de permanecer varios años sepultada, como un angustioso espectro casi imposible de eliminar, aterrándolo de madrugada con una extraña mezcla de placer y dolor, generándole el deseo de volver a bailar juntos -como durante aquellos veranos compartidos-, asomando por la mañana en alguna oculta fotografía dentro de la infinita maraña de carpetas de su computadora. Sólo que esta no-muerta, sin necesidad de alimentarse de su sangre, le iba chupando gradualmente su fidelidad conyugal. Situación que ella misma, lejos de sentirse satisfecha, la padecía…
Ella vivía conmocionada, maldiciendo el día en que se le ocurrió citarlo para tomar un café, sólo por el mero hecho de volver a verse después de tanto tiempo. Aunque nada había sido del todo inocente: sabía que el encuentro no le resultaría un hecho cotidiano y sin consecuencias. Sólo que nunca supuso que sus expectativas iniciales fuesen desbordadas de aquella manera. El estaba igual, como si los años no hubiesen hecho mella alguna en su esencia, como si continuase siendo el mismo adolescente que la deslumbrara hablando de lo que fuera, a veces sin que ella pudiese seguirlo, pero fascinada frente a tanta inteligencia. Y frente a él, contemplándolo sin percatarse del paso del tiempo, se sentía a su vez una adolescente, dispuesta a salir corriendo de la estructura familiar que la rodeaba desde hace años, para sumergirse en situaciones descabelladas, fuera de toda lógica racional, incluso peligrosas…
Durante los siguientes días, él había conseguido garabatear algunas frases inconexas, queriendo darle forma creativa a sus sentimientos, al menos para sepultarlos dentro de un escrito, cualquiera fuese la forma que éste adoptase. Quiso escribir poemas, letras de canciones, algún cuento, hasta esbozó una novela –interrumpido a cada rato por las chispeantes visitas de su hijita de casi tres años en el estudio-, pero las palabras se le fugaban de las manos sobre el teclado, causándole un fastidio que acrecentaba con mayor potencia sus deseos eróticos. El cuerpo no lo dejaba pensar. Y la razón venía perdiendo la batalla de manera vergonzosa.
Ella aguardaba cada mañana a que su marido se llevase a los chicos al colegio y se fuese a trabajar, para hacer a un lado sus tediosas tareas domésticas, revolver entre sus forradas cajas de zapatos, y así reencontrar aquellas que contenían sus más preciados bienes, sobrevivientes de innumerables mudanzas, contenedoras de sus entrañables recuerdos del pasado. Allí estaban, víctimas inocentes del paso del tiempo y el manoseo de su dueña, las interminables cartas que él le escribiese hacía más de quince años, incluso hasta casi veinte, con una tinta ya ilegible, algunas hasta pegadas con cinta para que dejen de seguir rompiéndose en los dobleces, testimoniando palabras que con el paso del tiempo ella conoce ya casi de memoria, pero que cada vez que las lee, le parece volver a escucharlo. Esa es su letra, son sus palabras en forma de carta o de canción, como si aquellas ajadas hojas de papel lo mantuviesen vivo durante todo este tiempo, acompañándola desde el pasado a pesar de sus numerosos cambios de domicilio y de pareja. Tal vez, alguna de estas solitarias mañanas en que releyó estas cartas, se le haya ocurrido la peregrina idea de reencontrarlo más allá del recuerdo, beneficiada por la tecnología virtual cuando una tarde la sorprendió desde la pantalla de su computadora un correo electrónico firmado por él. Idea que pareció ir cobrando forma con el paso de los días, o de los meses, y que de pronto plasmó a través del chat, propuesta que él aceptara de manera gustosa pero incauta.
“Así estoy yo… así estoy yo sin ti”, le canta Joaquín Sabina en sus auriculares. Pero se resiste, detesta caer en la melancolía, cambia pronto de canción. Escucha a Madonna en su última gira mundial, arengando al público argentino –aunque semejante potencia produzca en él quizá un efecto contrario, que lejos de sedarlo, lo excite aún más-, y aunque el poderoso ritmo bailable lo distraiga por un rato, las imágenes de ella regresan cada vez más letales. Evoca sin quererlo esos ojos, aquella mirada que lo contempla indefensa, conocedora del efecto devastador que la presencia de él causa en sus emociones. Y toda su estructura de razonamiento cae derribada, porque ha vivido equivocado desde que la conoció: ella ha permanecido enamorada de él desde el momento mismo en que leyera su primer escrito, donde tímidamente le confesaba gustar de ella, y él no ha sabido percibirlo. Todos los desencuentros posteriores fueron producto de su propia inexperiencia y del temor de ella; o de ambos, a qué negarlo. El nunca antes había estado con una mujer, ella nunca antes había recibido una declaración de amor propia de cuento de hadas. Y así estuvieron siempre, a medio camino entre la excitación y su consumación, avivando el deseo mutuo pero de algún modo resistiéndose a concretarlo, a pesar de las insistencias de él o de la angustia de ella. Así vivieron, extrañándose, recordándose, buscándose, para luego desconocerse al encontrarse, impotentes de acercarse definitivamente, temerosos de romper un hechizo forjado a dúo sin saberlo.
Hasta que la tensión se les desbordó incontenible, envileciendo sus sueños húmedos, para descubrirse necesitándose más allá de cualquier limitación. Y fue él quien la llamó una mañana, tembloroso ante el abismo, para decirle que el deseo no pide permiso. Que deseaba con el alma hacerle el amor. Que no aceptaría una negativa por respuesta. Que arriesgaba la posibilidad de seguir viéndolo en el futuro. Que necesitaba desterrar este fantasma para siempre, y poder seguir así con su propia vida. Aunque ninguno de los dos supiera qué pudiera suceder después…
Miles de fantasías se le agolparon a ella en el corazón, mitad conscientes, mitad inconfesables. Dudó mucho en darle una respuesta, sin poder pensar, mareada frente a tantas posibilidades. ¿Por qué decidió complicarse la vida al citarlo en aquel bar? Si tenía un mundo ordenado y rutinario en el que nada la sorprendía, predecible en su propia fijeza… Ahora dudaba de todo. ¿Y si ceder a la tentación con él se convertía en una extraña especie de adicción, de la cual no pudiera sustraerse una vez que la probase, y por cuya abstinencia debiera padecer en soledad el mayor de sus sufrimientos amorosos? El miedo a perder lo conseguido en todos esos años –un marido, sus dos hijos, un hogar familiar- la estremecía sin piedad, y a la vez, un secreto deseo de rejuvenecimiento palpitaba en sus entrañas, haciéndole cosquillas en los pies, impulsándola a vivir la última deuda pendiente de su adolescencia; quizá, su última gran aventura.
Así que una mañana, con la cara de él devorándose desde el recuerdo todo su campo visual, sin pensar demasiado en nada, ni siquiera en el increíble coraje que estaba necesitando para levantar el teléfono y marcar su número, decidió terminar con tanta incertidumbre, atravesando con su propio deseo aquella tupida jungla de sus dudas. Y dejando a un lado la imagen de él como amigo entrañable de su familia de origen, compinche en la adolescencia de sus hermanos, a la presencia de su marido y de sus queridos hijos, incluso hasta su rol de ama de casa, queriendo simplemente sentirse VIVA, se lanzó hacia el abismo…

* * *

La misma estación ferroviaria de hace un tiempo atrás, otra soleada mañana de otoño. El llega primero, con una ansiedad inusitada. Hasta hace pocos minutos, viajaba tarareando canciones de Sabina, metiéndose en clima, entusiasmado. Pero ni bien desciende del vagón, un creciente temblor le ataca las tripas, le contractura la espalda, le seca la boca. Ella no llegó. ¿Vendrá? ¿O se arrepentirá a último momento? Le tiemblan las manos. Camina a lo largo de la plataforma, sale despacio de la estación, crujen las hojas secas bajo sus pies, contempla el bar de enfrente con renovada añoranza. Evoca sus ojos, sus manos, su risa… Respira hondo. Siente que si piensa sólo un poco más en lo que está a punto de hacer, dará media vuelta y huirá corriendo de allí, el corazón devastado por la culpa y estrujado en un puño. Tiene que recordarla como la última vez, inundarse de su recuerdo, ahogarse en su mirada… ¿Vendrá?
Sin que lo perciba, otro tren acaba de llegar a sus espaldas. Y apenas da un paso, resuelto a esperarla dentro del bar y salir ni bien la vea, o quizá buscando excusas para cruzar la calle y zambullirse en el primer colectivo que lo saque de allí, cuando unos dedos lo llaman por detrás. Al volverse está ella, con una media sonrisa que intenta disimular el enorme susto que le oprime la garganta, aunque con su habitual transparencia en la mirada. Se abrazan de nuevo, sintiendo que aquel contacto de la última vez tampoco ha desaparecido. No se dicen nada. Entonces él le busca la boca, y ella le devuelve el beso más que complacida, deshaciéndose en sus brazos, experimentando una corriente eléctrica a lo largo de su cuerpo que la despabila del tedio cotidiano hasta los huesos.
Caminan tomados de la mano, hablando poco, temblando mucho. Según él, hay un hotel cerca, aunque nunca lo haya frecuentado. Ella se deja llevar; no podría hacerse cargo de nada. Pocas cuadras más adelante lo encuentran, tapado por unos enormes maceteros con ligustros que le dan una ilusoria imagen de privacidad. Al ingresar, la sensación de angustia crece entre los dos. Esto no lo han vivido nunca juntos. ¿Cómo será? ¿Qué actitud tomará el otro en una situación como ésta? ¿Aflorará en el momento más íntimo del encuentro algo desconocido, que los espante, o será la escena soñada que han imaginado durante años? La pregunta atraviesa sus mentes al unísono, aunque ninguno se anime a decirla en voz alta, o a querer pensar demasiado.
El paga en la caja -“Ya no hay vuelta atrás”, piensa-, toma la llave con una mano, a ella con la otra, y ascienden al primer piso por un pasillo estrecho y una escalera oscura. Desde que se vieran hace unos minutos, pareciera que no pudieran despegarse el uno del otro a menos que sea absolutamente necesario. Pero caminan hacia la puerta de la habitación como autómatas, sin saber muy bien qué están haciendo ahí.
Al entrar, ven una habitación simple, con una cama de dos plazas dominando la escena, algunas luces de colores, y espejos por todos lados. Nada de excentricidades. El revisa los botones, gradúa la iluminación, y consigue bajar el volumen de una horrible música instrumental que apenas continúa escuchándose. Se quita la campera y la contempla a su lado. Ella permanece de pie, mirando en derredor como si fuese su primera vez. Palpitan con extrañeza, ¿incómodos? El se quita el pulóver y la toma de un brazo con suavidad. Recién entonces ella lo vuelve a mirar a los ojos, y el puente invisible que ha existido entre ambos desde que se conocieran se tiende nuevamente en su total intensidad. La sonrisa aflora en sus rostros, las miradas se iluminan, y una risa cómplice y nerviosa crece entre los dos, impulsándolos al abrazo.
Besos y caricias llegan con naturalidad, con muchísima ternura. Consiguen sentarse al borde de la cama, mientras ella se va quitando su propio abrigo y él busca en la campera hasta encontrar el MP3 en un bolsillo y encenderlo. La embriagante música del saxo de John Coltrane, con Johnny Hartman entonando “My one and only love”, los envuelve y transporta hacia otro lugar, quizá desconocido, donde ellos sean otros de los que son, reinventándose al estar juntos.
Muy lentamente la ropa va cayendo junto con sus miedos, los besos crecen en intensidad, la pasión se instala y despliega sin brusquedades. El la recorre, cubriéndola de besos, estremeciéndola al acariciarle una piel tan suave con la yema de sus dedos, oliendo el perfume de su cabello al hundir su cara en él, contemplando esta belleza que sólo ha madurado con la edad. Ella lo toca para saber que él está allí, que no se extinguirá en la vorágine de sus sueños, que esta situación está ocurriendo realmente, aunque buena parte de su mente se lo niegue, y a él también. Las contracturas y temblores parecen haberse fugado muy lejos, relajándolos como nunca antes, con el vago recuerdo de aquella noche en la clínica mientras él estaba internado, previo a sus operaciones, o en la cocina de su casa, una tórrida madrugada de febrero. Besos que saben mejor que aquellos, potenciados por el tiempo y la experiencia.
Finalmente se desnudan por completo, y sus imágenes rebotan sobre todos los espejos, multiplicando su deseo hasta el infinito. Ella lo recuesta sobre el colchón y se le trepa encima, sin dejar de besarlo, respirando agitada, mientras él teme no llegar a ponerse el preservativo, al acariciarle las nalgas y ser transportado por este vertiginoso huracán de sensaciones hacia las profundidades de su ser, allí donde el pensamiento ya no tiene cabida, deshaciéndose del beso para acariciarle un pezón con los dientes… Y se siguen tocando, gustando, chupando, fregando, mordisqueando, como si nada de lo que hicieran les alcanzase, con una extraña mezcla de dulzura y de pasión.
Hasta que consigue entrar en ella, previa protección, y el lento vaivén de las caderas adquiere un ritmo compartido, una cadencia propia, evocándoles por un segundo aquella plasticidad y sincronía que descubrieran entre ambos al bailar, allá lejos en el tiempo, envueltos como ahora por la música. Como si cada movimiento de uno tuviera su reflejo en el otro, ya estén sentados frente a frente, o acostados uno encima del otro, o yaciendo de costado… Y aunque en el infatigable rodar de los cuerpos jadeantes ella apenas se dé cuenta de lo que piensa, sí se percata de que lo que alguna vez fantaseara como adicción al hecho de estar con él… pareciera recién haber comenzado…
Misteriosamente, es tal la conexión que han logrado desde que se iniciara la música en el MP3, que alcanzan juntos el orgasmo, atravesados por una descarga eléctrica que los estremece por entero al gemir al unísono. El se desploma entre espasmos sobre ella, agotado, intentando recuperar el aliento, embriagado por su perfume a mujer, sintiendo que el cuarto gira a su alrededor, multiplicada su imagen sobre el techo y las paredes, perdiendo la total noción del espacio. Ella lo abraza con una ternura desconocida, cálida y vigorosa a la vez, deseando en lo más profundo del alma que este instante se eternice, que lo recuerde cada vez que se sienta vacía y triste, que le sea imposible de olvidar. Y a medida que pasan los segundos, transformados en minutos, en medio de las cariñosas frases que se prodigan el uno al otro, una pregunta va cobrando forma entre ambos, ineludible, decisiva…
“¿Y a partir de ahora… qué hacemos?”
Ambos creen que cualquier cosa que digan, cualquier movimiento que realicen, sería capaz de desvanecer para siempre este maravilloso hechizo que los funde en una sola entidad. En este espacio que han creado entre los dos, todo parece tan simple, tan pujante, tan hermoso… ¿Para qué destruirlo pensando en lo que pueda ocurrir una vez que abandonen este cuarto? ¿Por qué atormentarse desde ahora con la idea de que van a extrañarse, necesitarse, enloquecerse al estar separados? ¿Y si eso no ocurriese? ¿Y si sólo fuera un lento fluir del sentimiento, que quizá les provoque el día de mañana un nuevo deseo por volver a verse?
Para ella, nada parece lento ni posible de moderar a futuro. Lo quiere, lo necesita, quizá hasta lo ame con locura. Es lo más mágico que le ha pasado en la vida. Es mucho más hermoso de lo que fantaseaba mientras releía de memoria aquellas viejas cartas. Es REAL, es un hombre que lejos de ser sólo palabras está VIVO… Y no sabe aún cómo entender esta arrolladora irrupción de la realidad comparada con la imagen ideal que en soledad se formase de él. Por su parte, él se siente como un adolescente que acaba de tener su primera relación, con la energía necesaria para seguir ni bien recupere el aliento, pero también con el devastador efecto sensorial que le causa la sorpresa de lo nuevo, concretizando una expectativa moldeada y pulida durante años. Sólo que hace rato que dejó de ser un adolescente, y lo que se le juega hoy es algo más que un momento sexual…
Entonces la razón, la maldita razón que le carcome el cerebro desde que tuvo conciencia para pensar, esa puta razón que nunca lo dejó vivir en paz, le dice “Ya está, boludo: levantate y rajá, que esto se terminó”. Y por otro lado, experimenta esa misma sensación de adicción que le brota a ella por cada uno de sus poros. Siente que le está por estallar la cabeza. ¿Cómo se puede vivir amando a dos mujeres a la vez? Y ella, temblando aún de felicidad, sin deshacer este tierno abrazo que quisiera no terminar nunca, quizá llega a la misma conclusión: el corazón dividido entre dos amores. La culpa… La maldita, torturante, repulsiva y puta culpa… ¿Cómo se hace para seguir viviendo después de esto?
Se miran a los ojos, profundamente. Se intuyen similares, tanto en el placer experimentado minutos antes, que ha superado cualquier imaginación, como en el terror que comienza a ganarles la jugada si no se tornan precavidos y reprimen lo que sienten cada vez con mayor intensidad.. Maldita adicción… Maldita atracción… Maldita calentura que no cesa… Ni aún habiéndola concretado…
El deseo nunca pide permiso… arrasa sin medir las consecuencias.
Se besan por enésima vez, y casi como en un juego infantil, dicen al mismo tiempo la frase que los suspende colgados de la ilusión, una vez más, para que esta función del Gran Circo del Amor no termine, para que las payasadas y acrobacias que les nacen de las entrañas sigan por tiempo indeterminado, para que los puñales del mago hagan centro en el corazón de ambos, para que continúen haciendo equilibrio sobre un cable por encima del abismo, para que los rombos y cascabeles de los coloridos disfraces les oculten el miedo, para que las fieras que albergan dentro de sus pechos no se domestiquen a fuerza de latigazos, para que la frescura de su juventud compartida no se muera nunca.
“¡El primero en levantarse de la cama, pierde!”
Y así permanecen, hipnotizados por una sonrisa que se torna sonora carcajada, que los impulsa a las cosquillas y al juego de manos, hasta que suene la campanilla del teléfono, y una voz impersonal les anuncie que “Su turno terminó”…

*Por ALDIMA- licaldima@yahoo.com.ar

De azul*

Si pudiera sumarme a tu azul
mar antiguo de olvidos…

Ser en ti
la palabra voraz que me consume.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/

PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR*

*Por Celso H Agretti celsoagr@trcnet.com.ar

I

Seguramente en los años cincuenta, Salta ya era “La Linda”, con sus cerros pintorescos tan vestidos de verde, rodeando la ciudad; sus caminos de cornisa donde uno suele humedecerse de nubes, ver los valles ondulados con aquellas vaquitas diminutas como pintadas, pastando; y saliendo de una curva angustiosa los reflejos de un prístino lago, con un dique de juguete.
Entonces ya, como siempre ha sido, el tierno corazón de una colegiala ensaya atropelladamente los primeros escarceos, de un galope estremecedor en un inmaculado pecho infantil, prendado de un primer amor. Amor que nace con la ilusión de ser amada, un amor que nace como un juego que casi no se puede ocultar, y al compartirlo parece que se agranda, que ocupa todo el mundo.
Eso le pasó a la pequeña Paola, aunque podría ser, o quizás era, a cualquiera de las demás de esa escuela, y de todas las escuelas del mundo; pero sucede que por esto que relato, aquello tan común e inevitable, pasó a trascender en el tiempo de este modo.
Podríamos decir que son cosas de chicos, que es un juego inocente que más o menos nos tocó a todos; pero para las monjas que regían el colegio de varones y niñas anexo a la basílica franciscana de la capital salteña, esas cosas eran censurables e impropias de niñas o niños de bien. Sería una travesura coquetear o presumir, y era posible que el objeto del deseo nunca llegara a enterarse, que no pasara de una sospecha pero aún así, no dejaba de henchir el pecho del elegido. Pero la aventura debía mantenerse sin que las celadoras lo advirtieran. Un caída de ojos, una mirada, una sonrisa; que a esa edad los varones, más lentos en estos lances, no terminaban de interpretar; por eso ellas en sus cabildeos, entre risas y secretitos se decían que los pobres eran unos “babiecas”.
Roberto, de quinto grado, no se daba por enterado, y Paola de cuarto, recurría a su grupito de íntimas para pergeñar nuevas estrategias, ya que al estar ellas en cuarto, sólo compartían el recreo, y siempre rigurosamente sobrevoladas por las miradas vigilantes; por lo que todo debía hacerse con el mayor disimulo.
Así que un día, en el aula, durante una aburridísima clase de historia, mientras el almirante Brown disparaba sus cañones en el Río de la Plata; Paola escribió una pequeña esquela de amor, arrebolada y temblorosa, muy lejos ella de la encendida batalla de nuestro máximo héroe naval, soñando más bien, en la hazaña que planeaban ellas: que una del grupito le alcanzara de sorpresa al desprevenido Roberto, aquellos dos renglones en los que confiaba que la advirtiera, que al fin él se avivara de una buena vez… y desde lejos, ver anhelante qué iría a hacer aquel encumbrado príncipe; seguramente la buscaría con la mirada hasta encontrarla, descubrirla, fijarse en ella, y seguramente, sonreírle amorosamente…

II

De esto y de lo que sigue lo conocimos mi mujer y ya por boca del antiguo sacristán de la esplendorosa basílica de San Francisco en la zona histórica de la ciudad, en una pletórica visita turística. Este hombre, no supimos nunca nosotros por qué estaba tan dispuesto aquella mañana, mientras nos guiaba por el suntuoso templo, uno de los verdaderos altares de nuestra historia; en la que se entrelaza con la campaña del general Belgrano, donde tras aquella gloriosa batalla, funden las campanas con el bronce de sus cañones, dejándole con fervor a Salta un legado y testimonio de su gran victoria. Campanas que suenan en el alto y pintoresco campanil, que tanto luce al frente en el conjunto barroco colonial del emblemático templo franciscano, de marcados tonos que remarcan sus elegantes líneas, volutas y ornamentos, propios de principios del siglo diecinueve.
En la sacristía, en el centro de una enorme sala, hay una mesa de grandes dimensiones, e inamovible, como enclavada; ya que luce un pesadísimo y grueso mármol que admitiría fácilmente veinte personas sentadas a su alrededor, traída de Europa durante la colonia y de Panamá bajada por el Alto Perú a lomo de mulas, y asentada en seis gruesas patas redondas, también de mármol…
Y este escenario, y por esta preciosa mesa, se desató el relato de la historia de la
notita de amor que Roberto nunca llegó a leer. O casi…
­_Ah..¡Sí! Ustedes no saben que pasó con aquel papelito que tenía grabados dos renglones de ansiosas palabras de amor inmaculado y juvenil…_
_¿En dónde habíamos quedado?…_

III

Roberto permanecía un poco retraído, casi apartado, ya que se sentía grandecito, como que ya ciertos juegos no le atraían tanto, y quizás un poco distinto a los demás. En eso una de las compañeritas de Paola se le acerca rozándolo y tratando de poner en su mano el mensaje. Como él no estaba atento, ella tuvo que insistir, haciéndolo más evidente… y ¡Zácate!… Cuando Dios no quiere… Una de las monjas estaba a pocos pasos y de reojo vio algo, y como si hubiera visto al mismísimo diablo, saltó como un resorte, gesticulando a voz en cuello, tratando de obtener aquel objeto que ya era al menos obsceno. Otras monjas corrieron en su auxilio, gritando también aunque no sabían qué ocurría… Pero Roberto, ya con el papelito se largó a correr, escurridizo como un mono por aquel patio de juegos, se metió en la sacristía y en dos segundos estaba escondido bajo la mesa. Sentía afuera el barullo del revuelo, donde todos se agitaban sin saber qué pasaba.
Vio que entre la pata y la mesada de grueso mármol había un intersticio, y apurado metió la notita tan doblada como se la dieron, y la introdujo hasta que desapareció allí escondido, el cuerpo del delito. Luego salió a enfrentar a la Santa Inquisición. Hubo amonestaciones, suspensiones y notas a los padres; las más severas a las niñas partícipes del delito. Salvo muy pocos aquel día, los demás imaginaron cosas, o las mal interpretaron; los colegiales llevaron el tema a sus casas y la cosa de pequeña pasó a crecer y a deformarse; las madres estaban horrorizadas, y la ciudad misma terminó escandalizándose de las vejaciones y quizás violaciones que impidieron las santas monjas del prestigioso colegio. La moral misma de algunas familias se mancillaba en voz baja en las tertulias y en las casas.
Tras aquel bochorno, Paola fue llevada por una tía a Córdoba, donde continuó sus estudios, fue desvinculándose de su ciudad natal, y casi no se supo más de ella.
Roberto pasado el revuelo volvió furtivamente bajo su mesa a buscar la nota, pero no pudo sacarla, por más que tratara. Otro día volvió con un estilete y otros enseres para recuperar la notita, pero al insistir sólo consiguió empujarla más profundamente en la ranura; y alzar la mesa, imposible, ni él ni diez como él… Más adelante también la vida lo llevó a él a vivir muy lejos de su Salta natal…
Pasaron décadas, al menos cinco; y Roberto pudo volver ya hecho un hombre grande y lleno de recuerdos. Nunca olvidó aquella esquela, y pensaba en que mientras envejecía con distintos logros, aquel papelito, quizá amarillento, estaría allí como esperándolo.
Tras los permisos de rigor, y con la ayuda suficiente pudo mover el pesado mármol, alzándolo tan sólo un par de centímetros, y él mismo con sus propios dedos obtuvo tras tanto tiempo, el pequeño trozo de papel, y leer por fin aquellas palabras de amor que tan ilusionada y temblorosa había escrito Paola, aquel lejano día, más de cincuenta años atrás…
Quienes estaban con él en la espaciosa sacristía, asistieron a la emocionada estampa de un rostro compungido, enmarcado por blancos cabellos, de blandas majillas, donde bajaron por un instante, dos gruesas y temblorosas lágrimas, y un hondo e imperceptible suspiro, fue el preludio de un largo y profundo silencio…
Yo me había transportado siguiendo el relato del afable sacristán, tan ensimismado, que también sentí mis ojos humedecidos y en el pecho el corazón como que se me derretía lentamente…
_¡Oh Dios!…_ exclamó, mirando alarmado su reloj, y llevándose una mano a la frente, como asustado…_¡Las doce y quince!…, ¡Y yo no toqué las campanas de las doce!…_ y agregó: _¡Sólo me había pasado una vez en treinta años!!!_
Y se fue presuroso a su repique de campanadas de aquel medio día, en que se retrasaron quince minutos… ¡Por una pequeña notita escrita por una jovencita enamorada, hace más de cincuentas años!

-Celso H Agretti
Avellaneda, Santa Fe; 31/05/2011

Kukulcan, Quetzalcoatl, Serpiente con plumas de quetzal*

“Los libros que lees
fueron escritos por los hombres que ganaron estos lugares.
Mira con cuidado las razones puestas en sus páginas,
porque si te entregas desprevenido,
no entenderás la verdad de la tierra
sino la verdad de los hombres…”
Canek. Ermilo Abreu Gómez, 1940.

Contando con un sistema capaz de optimizar el uso de la información, tanto del ambiente externo como de la estructura e integridad interna del mismo sistema, la vida puede emerger como consecuencia del dinamismo en la interacción de los componentes que lo integran.

Esta propiedad de optimizar el uso de la información puede ser lograda si los elementos en interacción del sistema, presentan todos la misma quiralidad. Esta condición homoquiral en el establecimiento de redes de interacción moleculares es la base material para permitir que la vida emerja como una consecuencia de la evolución y complejización de la materia en el Universo.

Los aminoácidos son serios candidatos para que esto ocurra.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

El granicero*

*Por Lourdes Uranga López. lourdesuranga@hotmail.com

Tenía que vengarse, tamaño insulto no lo podía soportar nadie. Lo creen calmado porque esta viejo, pero le bulle por dentro y como se entiende con Tláloc, pues que mejor merced, Tláloc ejecutó su venganza.

Rutilo hacía llover y lo ocupaban para ello, en Santa Catarina del Monte era reconocido su poder, la abuela de Calvario recordaba los oficios ejecutados por el granicero y abrumada por un calor desconocido por ella explicaba:

Cuando el pueblo empieza a padecer por agua, él pide dinero en las casas y compra naranjas, plátanos y hace unos panecitos como galletas con figuras de estrella, de hombrecitos, de animalitos, de plantas; con todo eso se encamina al Tláloc que así le dicen a la montaña grande que está junto al Telapón. De Santa Cruz de Arriba, de Xocotlán, de distingue muy bien, pero mientras más cerca, más queda tapado por los cerros chicos. Tilo sabe como invocar al buen dios, de habla de los padecimientos de la gente, repitiendo tres veces: Sin tu voluntad no lloverá, mándanos agüita. Si no llueve, las plantas, los animales y los hombres empequeñecerán o desaparecerán.Tu como dios grande y prodigioso debes enviar el agua, para eso me mandaron los de Santa Catarina del Monte, saben que me oyes y en mi boca ponen Su necesidad y su súplica. Como ofrenda te traigo frutitas y galletas que son como si comieras parte de ellos porque lo han conseguido con trabajos. Aquí están divísalas bien; son hombrecitos, plantas y animalitos que te piden Atl., no la niegues señor Tláloc y seguirás siendo en estos tépetl, grande y amado.
Así tú lo quisiste, si no, te hubieras ido a vivir a otra parte, pero no, tú escogiste a los santacatarineros como tus pequeños hijos y ahora como buen padre debes procurar su sustento.

La abuela en su lamento por las prolongadas secas, comenta…Cuando Tilo regresa del Tláloc, empiezan las lluvias, a veces ni tiempo le da de llegar a su casa y se le ve corriendo dentro del agua. ¿Pos qué ya se moriría el muy ladino?

Cuando era niño comenzó a hablar con Tláloc, entonces también estaba él, nuestro dios, lo hicieron los mexicanos de antes, pero ya se lo llevaron a la ciudad, de pura maldad porque ¿Para qué quieren que les llueva si ni siembran! El cerro sigue ahí ese ni modo que se lo lleven. Dicen que el verdadero Tláloc sigue escondido en el monte, porque él escogió donde mandar y sólo les pidió a los mexicanos que le hicieran su figura para no perderse, para saber dónde es su casa, para que sus hijos supieran donde buscarlo y adorarlo. No es asunto de mortales decidir donde han de enseñorearse los dioses.

Con el pecho adolorido, estrujando las manos, venteando el aire y escrutando el cielo, la anciana comenta después de un prolongado quejido
Tilo es mandadero de Tláloc, le basta con mirar al cielo o tocar la tierra y Tláloc le anuncia las lluvias y las secas, pero Rutilo se encapricha con su poder y manda granizo. Una vez, lo golpeó Catarino Linares con la cuarta de tres puntas y le dio hasta que se cansó.
Á Serafina, que así se llamaba la mujer del Tilo, al ver como lo cuarteaban nomás decía:

-Por chismoso Tilo, por chismoso!

Unos tales Clavijo mataron al padre del granicero por ratero, ese canijo andaba yendo por La Purificación, por San Miguel, por Tlaminca, siempre perjudicando a la gente. Todos estos pueblos éramos zapatistas, el difunto Catarino Linares era general zapatista por eso se creyó con derecho y razones para pegarle al Tilo, pos el sinvergüenza de su padre, anduvo con los carrancistas y quien sabe que tanto desmán armó se merecía la muerte que le dieron.

Rutilo no debía usar su poder, no debía hacerlo, mandó el granizo tres días con sus noches a las tierritas de los que mataron a su padre. Catarino tenía que castigarlo a ver si así se le quitaban las ganas de abusar de su don y de andarse burlando de la gente pues al mismo Catarino le preguntó socarronamente cuando pasaba bien montado en su bayo allá por el Molino de Flores:

-¿Cómo está el maicito de tus amigos Clavijo? ¡Qué buena cosecha que tendrán! ¿Verdad?

Y seguía sentadote el Tilo, creyendo que ahí iba a parar la cosa. Pero Catarino regresó al penco hasta donde estaba Tilo con su mujer y luego luego, Catarino lo castigó, por eso le dio con la cuarta de mano. También Tláloc lo castigó ¡no digo! le quitó el habla, y como de vez en cuando sigue haciendo su muina y manda granizo, pues ya el Tláloc nunca le devolvió la palabra. Desde entonces nadamás señala el cielo y hace señas advirtiendo a la gente de los chubascos y yendo al Tláloc en las secas. Por su muina es que graniza más en Tlalmocilla, Atzoyatla, Tlacomultenco, Tlachuilango y Tépetl. Como se emborracha y se enoja, manda más granizo para las tierras de abajo. A veces la gente no tiene que mandarle al Tláloc y reclaman a Tilo por el granizo y él, pues más a capricho lo hace caer. A veces lo provoca desde julio, cuando ya está trasplantado el cempoalxóchitl que debe florear en noviembre para la fiesta de todos santos. Hay que poner los altares y la ofrenda de los difuntitos, indicar el camino con pétalos para que no se pierdan ni se equivoquen. Si la flor la acaba el granizo, hay que conseguir más plantitas y si no se consiguen o no se logran, avemaría purísima. ¡El gastazo que tenemos que hacer para comprar tanta flor! y más sabiendo que la cosecha va a estar pobre por la misma granizada.

No, si es una salación el tal Tilo, pero como también intercede por el agua, pues se calman los corajes que la gente le tiene. Los de otros pueblos dudan de su poder y envidian a santa cata por ese mandadero de Tláloc, pero el chiste no es sólo tener el mandadero, el chiste es que aquí mero escogió el Tláloc para acompañarnos y protegernos, nosotros lo tenemos que honrar como el gran señor de las lluvias que es.

La anciana hablaba frenéticamente, como si sus recuerdos y explicaciones cumplieran el papel de sustituir los deberes del granicero. Hablar de la necesidad de agua, de como desde que ella había nacido, apenas empezado el siglo veinte, Tláloc siempre había socorrido a los santacatarinences. Ansiosa prosiguió:

-Por eso una vez, hace como veinte años, el pueblo de Huexotla que siempre nos envidió el 25 de agosto que se festeja a San Luis Ovispo, siempre hacen gran fiestón los del barrio de San Luis Huexotla, fue entonces cuando los huexotleros invitaron a Rutilo. Don Candelario que era fiscal de la iglesia, les dijo a sus amigos: A mi se me hace que lo del granicero es puro cuento de los santacatarineros.
Otro huexotlero llamado Pascual le contestó
-Vamos poniéndole una trampa, ese mudo que va a saber lo que el señor Tláloc decide. -Camerino explicaba
-Con unos litritos de neutli le vamos a quitar lo mentiroso. ¡Taimado tilo! le haremos buen escarmiento a él y su pueblo de crichos.
-Pascual que era el más porfiado le decía:
-Ándele Don Rutilo, tómese otra jicarita de neutli, aquí en Huexotla también lo sabemos hacer, a ver que dice usted. Bueno decir es un decir; pero aunque sea con sus ojitos brincones nos dar su aprobación. ¿Verdad compadre Cande? Hay que quedar bien con Don Rutilo, ‘ora que los huexotleños tenemos el honor… aquí Sixto me contaba que Don Rutilo casi hace milagros, mira que hacer llover y hacer caer granizo a su antojo.

Tilo hacía señas y emitía unos sonidos queriendo platicar cada vez más entusiasmado por los halagos y el pulque.
¡Pero qué platicar! Nadamás hacía visiones para no perder el tiempo entre trago y trago y entre jícara y jícara.
Pascual que no se le olvidaban sus planes, le dice:

-Nosotros no tenemos quien nos avise ni mande las aguas, caen nomás las que dejan los que saben pedir.
Tilo, cada vez más animado manoteaba presumiendo su oficio y no dejaba de beber. Pascual, Sixto, Candelario y Camerino, los cuatro envidiosos huexotleros le atizaban el pulque, ya hasta se lo querían empinar ellos mismos. Cuando Tilo estaba borracho, ya no disimulaban su furia, Pascual le repetía:
– A ver Tilo, suelta la agüita por aquí, para tus amigos de Huexotla. ¡Que digo amigos! ¡Tus padres mudo tlacalero!

Y Sixto carcajeándose y deteniéndose su panza, decía:
– ¡Después de esta borrachera va a llover pero en sus calzones!
La borrachera no dejaba pensar a Tilo y seguía empinándose la jícara sin darse cuenta de la humillación.
Después de tanto pulque, Tilo cayó; suavecito, nomás sonó su cabeza, que fue la primera que pegó en una piedra, ya ni alcanzó a ver los castillos y los cohetes con todo y que estaba rete cerquita. Y ni con eso les bastó a los huexotleros que estaban ardidos de pura envidia. Y Sixto les aconsejó:
-¡Hay que enchilarlo!
Pascual con dentera hasta grita:
-¡Si, chile en el fundillo! A ver si Tláloc le prepara un baño de asiento.
Y le retacaron el fundillo con chile pasilla, que como estaba seco, no le ardió hasta que estaba despertando de la borrachera. Se le salían las lágrimas de tanto dolor y quemadera que se traía en la cola y aunque se sacó los chiles, el dolor no menguaba. Lloraba también de coraje, porque por engreído, había confiado en huexoxtleros.
Señor Tláloc pensaba al tiempo que sollozaba ruidosamente con tu poder ayúdame a calmar mi dolor y a vengar mi humillación.
-Y venia yendo enojado y avergonzado para Santa Catarina atravesando por San Pablo Ixáyoc cuando, como él lo pidió, empezó; a llover y se sentó en un charquito para refrescar su cola. Miraba al monte agradecido, pronto terminó de llover donde él estaba. Más abajo en las tierras de los huexotleros, empezó a granizar tan fuerte que las milpas que ya estaban jiloteando se empezaron a caer y todos los jilotes chorreaban sangre. Tilo lo vio porque como mandaba el granizo, les dio su merecido, castigándolos en su alimento y se quedó un rato divisando para abajo, el Tilo sonreía conformado, donde estaba no llovía ni granizaba. Ni un pedacito de San Pablo, ni de Santa Catarina, padecieron el granizo. Y al granicero no le importaba ya si Tláloc le pedía los ojos o el
entendimiento, el gozaba de ver los destrozos y la milpa sangrante. Después se le calmó lo engreído, quien sabe lo que sea de el, a lo mejor ya hasta se murió, pues en que mes estamos, casi en junio y nada que llueve.
¿Qué no habrá granicero en este pueblo?
Y la anciana dobló la cabeza y se quedó dormida hablando de lluvia tierra y semillas, el cielo azul, dejaba pasar un calor desacostumbrado por estos montes, me hizo renegar y alejándome exclamé…

-¿Qué ya no hay granicero en este pueblo?

*Lourdes Uranga López
Santa Catarina del Monte Texcoco México.

Pequeño glosario.

Tláloc. Dios de la lluvia entre los mexicas y acolhuas.
atl. agua en nahuatl.
tepetl. montaña, cerro.
neutli. pulque. (bebida fermentada del maguey)

OLIVOS*

Anoche, en sueños, ha venido mi padre.
Tenía cara de carpintero.
Aunque sus manos, siempre, fueron de tinta.
Mi mirada nubla mi corazón al ver sus ojos.
Tristemente indescifrables ojos moros.
Le pide a mi madre 30 monedas.
Mi madre se las entrega.
Treinta monedas, una fábula de amor y un ramo de olivos
Mi padre, quita el papel plateado y la besa.
Ella saborea la fábula de chocolate.

Yo barro el lugar mas sagrado de mi tierra.
Hay olivos y huesos de sus frutos.
Saboreo el mítico amor y las aceitunas.
Queda una hoja de olivo, una sola.
La levanto y la guardo.
Reverentemente.
Para noches de congojas claves y ángeles caídos.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

Correo:

*

Comparto los links al programa que nos hicieran en el Canal La Comarca, a cargo de Graciela Zabala el 10 de junio de 2011

Primera parte:

Segunda parte:

Tercera parte (Incluye la glosa 2011):

*Alfredo Armando Aguirre. choloar47@rocketmail.com

*

Inventren Próxima estación: SANTOS UNZUÉ.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. http://urbamanias.blogspot.com/
El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:

DUDIGNAC.

MOREA.

INGENIERO DE MADRID
(CON COMBINACIÓN EN EL FERROCARRIL PROVINCIAL
CON DESTINO LA PLATA O MIRAPAMPA)

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.

InventivaSocial
“Un invento argentino que se utiliza para escribir”
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/

Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar

INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar

Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

EDICIÓN OCTUBRE

Publicado: octubre 30, 2006 en EDICIÓN MENSUAL DE INVENTIVA

INVENTIVASocial
Plaza virtual de escritura

Edición OCTUBRE 2006
Para recibir esta edición gratuita como boletín despachado por Yahoo, enviar un mail en blanco a :
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar

MALDICIÓN DE NIÑO*

El pequeño camión verde con capota de lona blanca, comenzó a fallar y marchaba de cuando en cuando, a los tirones, tosiendo, protestando, y mermaba su ya escasa velocidad; aunque por momentos se recuperaba, y por un largo trecho volvía a andar raudamente. En lo mejor, el ronroneo rumoroso se
interrumpía, y volvía la angustia amenazante de quedarnos en el camino, faltándonos todavía la mitad del regreso a casa.
Aquella mañana fleteamos una carga de muebles, enseres y demás pertenencias de una humilde mudanza, hasta la localidad de Romang, no más distante de cincuenta kilómetros, pero que el modesto transporte requería bastante más de una hora de buena marcha.
Era debido a que en aquel tiempo, estábamos en 1948, ya tenía sus buenos veinte años en sus espaldas, pero sobre todo por lo precaria de su ingeniería. Parecía haber sido montado con partes adaptadas, aunque en los orígenes, esos vehículos aún no habían evolucionado lo suficiente; eran pequeños, el motor de cuatro cilindros era el mismo de los autos de calle, y su capacidad de carga era más bien moderada.
Aparte de la capota de lona, tenía amplios guardabarros negros, salientes y acucharados, típicos de las primeras décadas del siglo veinte. Creo que sólo las ruedas eran más reforzadas y rollizas que los autos, y tampoco tenía duales, como ya eran comunes en los camiones más nuevos. Eso lo convertía, en un módico transporte de corta distancia, especial para acarreos y fletes locales, donde tampoco la velocidad era importante.
Era frecuente que lo manejara mi hermano mayor, que ya tenía trece años, y lo acompañara yo, que ya andaba por los ocho; siempre claro, que no fuera en los días ni horarios de clase. A veces en los tramos firmes y llanos, (todos los caminos de entonces en la región, eran de tierra), mi hermano se tentaba, y lo iba acelerando más y más, hasta “pisarlo a fondo”, y eso hacía que el velocímetro; temblando, avanzara lenta y penosamente hasta los setenta, e incluso setenta y dos kilómetros por hora. Nadie en su sano
juicio, ni él, se hubiera animado a mantener por mucho rato esa velocidad, ya que todo amenazaba desintegrarse, empezando por el tren delantero y la dirección, que requería toda la fuerza del conductor para mantenerlo en el camino, así como el trepidante motor que parecía zumbar y bufar al
borde del colapso.
Pero tenía fama de guapo, ya que a ese modelo precisamente, lo conocían como “Chevrolet 4, El Campeón”. También tenía sus particularidades, como el sistema de alimentación de combustible, conocido domo “Steward”, que aspiraba del tanque por vacío de los cilindros, y luego llegaba al carburador por gravedad. Requería un blindaje seguro en todas sus conexiones, para que no hubiera filtraciones de aire. Si esto pasaba, el combustible no llegaba al alimentador y el flujo se interrumpía. El motor podía, como decía papá: “hacernos renegar”, e incluso dejarnos en el camino, como amenazaba en esta ocasión.
Tras normalizarse un momento, volvió a fallar,  hasta que finalmente, al llegar al principio de la gran arboleda, que bordeaba y cubría el camino, con añosas y gigantescas “tipas,” por varios kilómetros a la altura del paraje de “La Lola”, el camión dijo; ¡basta! Y tras dos o tres tironeos y sacudidas del motor, se detuvo apagándose, mientras por impulso, y poca eficacia en los frenos, el camión continuó unos cuantos metros antes de detenerse.
Después, todo quedó en el  profundo silencio, y la quietud de la siesta del aquel incipiente verano, nos hizo sentir en la mayor soledad e impotencia.
Sólo podía percibirse el arrullo del flamear de la brisa entre las hojas, el aislado arrumaco de alguna paloma en la altísima fronda del boulevard, el apagado roce y el crujido de una rama podrida, que caía y rebotaba sordamente contra el suelo.
Mi hermano y yo descendimos teniendo adelante el frondoso e infinito túnel sombreado, y a nuestras espaldas el camino ya recorrido, ancho y polvoriento, donde el sol daba de lleno, haciendo reverberar el
horizonte y formando algo más cercano, la ilusión de un lago somero de aguas plateadas y temblorosas, como un espejismo. Sobre el campo cercano que se mostraba verdoso y parduzco, por la madurez del girasol temprano, una pareja de “teros” cacareaba amenazante, volando en extensos círculos, ora bajo, ora algo más alto, temerosos y alertas, ante los extraños recién llegados.
Levantamos el “capó”, la cubierta del motor, sabiendo que era el bendito tanque de vacío, que estaba chupando aire en el sistema. Probamos a tocar y mover los caños de cobre, ajustando las tuercas y sobre todo rezando para que vuelva arrancar, y aunque tironeando, nos llevara lentamente a casa. Aún
no habíamos almorzado, y esto se sumaba a nuestra angustia. Probamos a darle arranque, una y otra vez. Nada. Teníamos un par de herramientas para estas emergencias; una pinza, un destornillador, una llave “pico loro”, alguna de boca, un martillo y casi nada más.
Podía ser el flotante, o la junta de la tapa del tanque; pero era poco conveniente tocar eso, porque podía deteriorarse la junta y empeorar las cosas. Nos quedaba lo que sería lo más probable, revisar las
conexiones.
Mucho no podía hacerse. Lo que casi siempre resultaba era hacer un engaste con hilo de algodón, como una junta entre los terminales y las tuercas que los ajustan. Era una tarea difícil, nunca conseguíamos sellarlos totalmente.
Cuando el vehículo era nuevo, seguramente funcionaba de maravillas; pero desgastado, aflojadas las conexiones por las fuertes vibraciones propias, sin el mantenimiento correcto, esto se convertía en un martirio. A veces se solucionaba, y más adelante fallaba todo de nuevo.
En ese trance, había que reconocer que éramos insuficientes, ¡Qué falta nos haría la ayuda de una persona mayor! En aquellos tiempos, quienes transitaban las rutas, necesariamente eran capaces de solucionar casi todos los inconvenientes, los mecánicos, y los de otra índole. Pero todo era soledad, en aquella aciaga siesta veraniega.

En eso en el horizonte se dibujó un pequeño bulto, que poco a poco fue agrandándose. Mi hermano respiró con alivio. Todo el mundo se paraba a auxiliar a quién sufriera un percance, y estuviera a la vera del camino, detenido y requiriendo ayuda. Era un código sagrado.
Del bulto lejano fue surgiendo un auto, que venía a buen ritmo, trayendo detrás una remolineante nube de polvo, pero no daba señales de detenerse. Mi hermano se corrió más al centro del camino, y ambos hacíamos señas para que se detenga. El auto tuvo que abrirse un poco para esquivar a mi hermano, pero no mermó siquiera la marcha, y pasó sin mirarnos; pensamos que estaría verdaderamente apurado, para no brindarnos la más mínima atención.
Pensar que un momento antes nos creíamos salvados. Ahora mirábamos en silencio como el auto; una rural último modelo, con costados lujosos de cedro lustrado, seguía alejándose, insensible, indiferente.
Mi hermano en su impotencia le lanzó una maldición. Con toda la bronca, como quién tuviera el poder para clamar venganza. Levantó su pequeño puño cargado de nefasta energía.
-¡Hijo de tu madre! ¡Ojalá se te reviente una cubierta!…- y luego en voz más baja, fue agregando aún más condiciones.-¡y que no tengas rueda de auxilio, o esté pinchada!.-, y otras cosas por el estilo.
El fuerte “¡Plooof” nos llegó seguido por el eco de los troncos de las plantas. El auto zigzagueó un instante y se detuvo algo atravesado en el camino. La nube de polvo se fue desvaneciendo. Pudimos ver desde nuestra ubicación, que la rueda delantera izquierda estaba ahora en llanta.
El conductor trabajó arduamente, pero tenía dificultades con el piso algo blando del boulevard, y al parecer no conseguía afirmar el “gato”para levantar el auto.-
Mi hermano saltaba de contento, no entendía cómo había sucedido, pero se sentía ampliamente “resarcido”, y pateaba el suelo riéndose mefistofélicamente, quizás en el fondo, tenía “poderes ocultos”.
Un buen rato después conseguimos que nuestro “Steward” funcionara, y el motor arrancó lo suficientemente bien como para proseguir viaje.

Cuando pasamos al lado del lujoso automóvil último modelo, ambos contuvimos apenas las ganas de soltar, una estruendosa carcajada.

*de Celso H. Agretti. celsoagr@arnet.com.ar
Avellaneda (Santa Fe). 12 sept. 2006

Radiante universo*

En mis sueños viajo
en una nube rosada
y mis ojos descubren
la belleza del crepúsculo.
El perfume del cielo
penetra en mis cabellos
y el viento los despeina
con su risa alocada.
La alegría de la primavera
llega hasta mi alma
y se aleja serena
por un camino florido.
Muere la bella tarde
y el esplendor de un hechizo
se derrama en mi rostro
como un halo de luz.
Las maravillas galopan
en el radiante universo
y brilla intensamente mi vida
cuando respira su aliento.

*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar

CABEZA Y TIEMPO*

     El busto estuvo siempre sobre la mesita del living, una de esas cosas invisibles por exceso de permanencia, por desaparición de los sentidos a fuerza de repetición. Como el olor de la propia casa, única confluencia de rastros olfativos que nos está negada porque se halla ya incorporada de tal modo que desaparece, así el pequeño busto de mármol era un objeto transparente.
     Años de pasar por la habitación sin reparar en la esculturita, blanquecina presencia cotidiana dentro del paisaje visual.
     Justo ahora se le ocurre mirarla. Extiende la mano y la sensación del peso, la frescura de la piedra calza guante y zapato, dedo por dedo talón arco justo en las palmas. Hecho para ser observado de cerca, se revela a su mirada como una foto polaroid que corporiza una presencia de espíritu y
mediúmnicamente invoca un fantasma.
     Es una cabeza masculina y esa es la primera sorpresa, porque los bustos suelen ser retratos de mujeres más o menos lánguidas, con esa belleza anodina de las muchachas que parecen abstraídas en sus pensamientos, pero en las que se adivina un definitivo no pensar, se adivina la pose tentadora de
la reflexión imitada rasgo por rasgo frente silenciosa ojos perdidos en una lejanía romántica labios quietos casi serios casi a punto de sonreír, una más bien nada, como conviene a una jovencita.
     Pero es una cabeza masculina. Un hombre que la mira a los ojos con atención, minuciosamente cincelado cada pequeño detalle, con los rasgos firmes de quien no condesciende al engaño y se atreve a sostener con solvencia el puente sólido y perturbador de los ojos en los ojos.
     Por un rato no puede hacer otra cosa que mirar los ojos que la miran.
Siente que hay en dejar vagar la atención por el resto del rostro como una claudicación, un apartarse perturbado. Siente que cortar el puente es un reconocimiento de vergüenza, una especie de demostración de debilidad. El hombre la mira a los ojos, ella no puede apartar la mirada. Se dice que es
gracioso, pero no tiene ganas de sonreír.
     Con aceptación de derrota aparta entonces la vista y descubre las finas líneas de arrugas en la frente, las cejas de arco perfecto recorriendo con firmeza el contorno de las órbitas, los labios cerrados. Hay en la expresión del hombre callado y quieto una seguridad sin fisuras. Atento y cerrado en sí mismo, bloque de material pero de conciencia, único e indiviso apariencia peso color rasgos unívocos. Exceso de yo en ese hombre que confortablemente es él y no aparenta ni finje, que es él y no otro, tal como debe ser tal como fue creado desde siempre desde toda la eternidad, que si un vago
escultor no lo hubiese tallado cincelado extraído de la piedra, otro lo hubiese hecho, pues se demuestra en la forma el grado de necesariedad. Y en la palma de su mano, en la palma de su mano.
     ¿Quién eres tú?, pregunta sin mover los labios ella que lo sostiene en la palma de la mano, ella que es sostenida desde la palma por esa pieza monolítica de maravilla. ¿Quién eres tú?, sabiendo que es solamente una escultura en su mano, una cabeza de mármol negada al habla negada a la palabra negada a la vida, esta vida que transcurre y modifica y hace crecer pero las más de las veces descompone, derrota, finalmente destruye y acaba y despedaza y desperdiga y finaliza.
     Esos ojos esa boca que no puede responder la contemplan desde la eternidad. Desde la inmovilidad del tiempo quieto fija el hombre la mirada en sus ojos. Desde siempre pero en este instante la mira. Y ella sabe ahora, siempre lo supo pero ahora sabe que va a morir, que habrá mañanas y tardes y noches acumuladas pero que va a morir, que su rostro y su cuerpo se derretirán en torno a los huesos, que su carne está construida con la fragilidad de lo perecedero y no de piedra inmutable. Este hombre que la
observa se lo dice con tranquilidad, sin dramatismo sin exceso de desesperación. Con tranquilidad se lo comunica silenciosamente. Y la mira.
     Deposita suavemente el busto en la mesita.
     Se sienta en una silla.
     Volverá a tomarlo en sus manos una que otra vez, cada tanto. Rehuirá los ojos cincelados y olvidará la cabeza tiempo y quietud y espacio estanco durante largas temporadas. Pero estará ahí, segura como segura es la propia muerte, algunas veces como amenaza, otras como promesa, las más como simple
clausura si es que existe alguna clausura que pueda relacionarse de alguna forma con la simplicidad.

     ¿Quién eres tú?, dirá silenciosamente. ¿Quién eres tú?

                                                                 
 *de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

MUY LEJOS*

Muy lejos:
de donde sale el sol,
en espera de azahares,
con la lluvia sobre mi ser,
y mi mar de ensueños.
Muy lejos:
donde nadie me ve,
sola en mi ansiedad,
crece mi luz,
desde hace ya tiempo.
Muy lejos:
Donde tengo zonas prohibidas
de mi sangrante viña,
voy llenando los barriles
del silencio en calma.
Muy lejos:
donde un bello relámpago
enciende el tiempo de amar,
allí brotan mis lágrimas
de tanto extrañar amando.

*de Xenia Mora. xeniamora@ciudad.com.ar

 

*

De lo loco me gusta tu cordura

De tu espectro, la imprudencia y la ternura
De lo incierto de tus pasos, la mesura
De la duda de tus labios, su dulzura
De tu imagen a tu adentro, la espesura
De la magia de tu verso, su blancura
De tu miedo y tu dolor, la investidura
De tus ansias, el inicio y la censura
De lo frágil de tu acero, el temblor de su armadura
De lo fugaz de tu lazo, la marca que en mi perdura

Fuga…*
 
Se escapa el egoísmo de los dos
y se hace suma
mintiéndole al espejo
que guarda la locura
 
Ambigua, la cordura
se culpa y se disculpa,
se calma
y se devora la dulzura
 
Se fuga…
 
Le miento a mi prisa
y me invento un tiempo
 
Mis días te niegan
Me mienten mis sueños
 
Se culpa la incordura
por su ambigua mesura
Me roba la calma y
 
se fuga…
 
dejándome el dulzor de la locura

*poemas de Doris Leila Srayh   dorisleilasrayh_3@hotmail.com

 

En la ruta*

En el peaje de la ruta que une Buenos Aires con Rosario, ella ya empieza a sentir el agobio de este trabajo a la hora de haber tomado su puesto. El peso del automatismo en un puesto laboral cualquiera se hace sentir casi de inmediato. Su mano izquierda entra y sale de la ventana. Ella puede verse una y otra vez abriendo la palma de la mano para recibir monedas o haciendo pinza con el pulgar y el índice para tomar un billete.  Luego viene imprimir el ticket, dar el cambio, y ese sentir un roce azaroso con manos anónimas en su piel cuando se recibe el dinero y se da vuelto.
 
Sopla entonces el último beso del día al chofer del Flecha Bus.
Algunos pasajeros llegan a ver en el aire como desde el contorno de sus labios ese beso se hace visible en un estallido de brillos y estrellas fugaces que se disipan en el parabrisas del ómnibus. Así, de forma tan efímera y tan eterna, ese beso se clava en el iris del chofer dejando estelas de vuelo mágico como el que dejan las hadas de Disney.

Cierra la cabina del peaje. Esa ruta al norte o al sur se abre en largas distancias, en enormes desconocimientos. Se va a buscar su auto después de saludar a la gente de oficina. Ella cumplió con su rito semanal, la hora que dedica a su voluntariado de seducción y fantasía en la ruta. Se da cuenta que olvido el cartel de la ventanilla pero no vuelve por él. Todavía se puede leer en la ventanilla lateral
-ahora a oscuras- de la cabina nº5: Autopistas de Luna a Sol.
UD. esta siendo atendido por Neumann Nicole.

*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

El muerto inolvidable*
 
Se llama Mereco mi muerto inolvidable. Para mí su viejo Ford nunca termina de desbarrancarse de una quebrada puntana, bajo una suave garúa que no amaina ni siquiera cuando vamos con mi padre rumbo a su velorio. ¿Cómo puede ser que Mereco esté muerto si hace cuarenta años que yo lo llevo en mí, flaco y alto como un farol de la plaza?
Cuando mi padre se descuida me acerco al ataúd que está más alto que mi cabeza y un comedido me levanta para que lo vea ahí, orondo, machucado y con la corbata planchada. La novia entra, llora un rato y se va, inclinada sobre otra mujer más vieja. Hay tipos que le fuman en la cara, toman copas y otro que entra al living repartiendo pésames prepotentes y se desmaya en los brazos de la madre.
Después vinieron otros muertos considerables, pero ninguno como él. Recuerdo a un colorado que me convidaba pochoclo en el colegio y lo agarró un camión a la salida. También a un insider de los Infantiles Evita que nunca largaba la pelota y se quedó pegado a un cable de luz. Pero aquellos muertos no eran drama porque nosotros, los otros, nunca nos íbamos a morir. Al menos eso me dijo mi padre mientras caminábamos por la vereda, a lo largo de la acequia, cubiertos por un paraguas deshilachado. Casi nunca llovía en aquel desierto pero en esos días de comienzos del peronismo se levantó el chorrillero, empezó a lloviznar y Mereco no pudo dominar el furioso descapotable negro en el que yo aprendí a manejar.
Por mi culpa mi padre estaba resentido con él y sólo de verlo muerto podía perdonarle aquel día en que lo llevaron preso. Salimos del velorio por un corredor y cruzamos un terreno baldío para llegar al depósito de la comisaría. El Ford A estaba en la puerta, aplastado como una chapita de cerveza. Mi padre iba consolando a otra novia que tenía el finado y ya no se acordaba de mí. Pegado a la pared para que no me viera el vigilante, me acerqué al amasijo de fierros y alcancé a ver el volante de madera lustrada. Seguía reluciente y entero entre las chapas aplastadas. También estaba intacta la plaqueta del tablero con el velocímetro y el medidor de nafta. Marcaba en millas, me acuerdo, y cuando íbamos a ver a su otra novia, Mereco lo levantaba a sesenta o más por el camino de tierra. Nadie sabía nada. Mi padre creía que yo me quedaba en la escuela y la novia de Mereco estaba convencida de que íbamos a buscar a mi padre que controlaba el agua en las piletas del regimiento. Entonces llegábamos a un caserío viejo que el coronel Manuel Dorrego había tomado y defendido no sé cuántas veces y Mereco me dejaba solo con el Ford A debajo de una higuera frondosa. Ésa era mi fiesta en los días en que Mereco no estaba muerto y el Ford seguía intacto. me sentaba en su asiento, estiraba las piernas hasta tocar los pedales y el que iba a mi lado era Fangio anunciándome curvas y terraplenes.
Mereco no es un muerto triste. Tiene como veinticinco años y todavía lo veo así ahora que yo tengo el doble y he recorrido más rutas que él. Antes del incidente que lo enemistó con mi viejo, solía venir a casa a tomar mate y dar consejos. “Hágame caso, doble siempre golpeando el volante, don José”, le decía a mi padre como si mi padre tuviera un coche con el que doblar. “En el culebreo suelte el volante hasta que se acomode solo”, insistía. “Es un farabute”, comentaba mi viejo mientras lo miraba alejarse con el parabrisas bajo y las antiparras puestas.
Nunca tuvieron un mango ni Mereco ni mi padre. Por las tardes, a la salida de la escuela, yo corría hasta la juguetería para mirar un avión en la vidriera. Era un bimotor de lata con el escudo argentino pintado en las alas. Mi madre me había dicho que nunca podría comprármelo, que no alcanzaba el sueldo de Obras Sanitarias y que por eso mi padre iba a cortar entradas al cine. Al menos podíamos ver todas las películas que queríamos. Pero en casi todas mostraban aviones y yo no me consolaba con recortarlos de las láminas del Billiken.
Una tarde entré a robarlo. Por la única foto que me queda de ese tiempo supongo que llevaría guardapolvo tableado, un echarpe de San Lorenzo y la cartera en la que pensaba esconder el avión. En el negocio había un par de mujeres mirando muñecas y el dueño me relojeó enseguida. Era un pelado del Partido Conservador que recién se había hecho peronista y tenía en la pared una foto del general a caballo. Busqué con la mirada por los estantes mientras las mujeres se iban y de pronto me quedé a solas con el tipo. Ahí me di cuenta de que estaba perdido. No había robado nada pero igual me sentía un ladrón. Me puse colorado y las piernas me temblaban de miedo. El pelado dio la vuelta al mostrador y me dio una cachetada sonora, justiciera. Nos quedamos en silencio, como esperando que el sol se oscureciera. ¿Qué hacer si ya no podía robarle el juguete? ¿Cómo esconder aquella humillación? Me volví y salí corriendo. Mi viejo estaba esperándome en la esquina con la bicicleta de la repartición. Tenía el pucho entre los labios y sonrió al verme llegar. “¿Qué te pasa?”, me preguntó mientras yo subía al caño de la bici. Le contesté que me había retado la maestra, pero no me creyó. “¿No me querés decir nada, no?”, dijo y yo asentí. Hicimos el camino a casa callados, corridos por el viento.
Una tarde, mientras iba en el Ford con Mereco, no pude aguantarme y le conté. Se levantó las antiparras y como único comentario me guiño un ojo. Dos o tres días más tarde vino a casa con el plano de un nuevo carburador que quería ponerle al coche. Traía una botella de tinto y el avión envuelto en una bolsa de papel. “Lo encontré tirado en la plaza”, me dijo y cambió de conversación. Mi padre se olió algo raro y a cada rato levantaba la vista del plano para vigilarnos las miradas. No sé por qué tuve miedo de que el pelado viniera a tocar el timbre y me abofeteara de nuevo.
Pero el pelado no vino y Mereco desapareció por un tiempo. Fue por esos días cuando a mi padre lo comisionaron para hacer una inspección en Villa Mercedes y me llevó con él en el micro. Un pariente del gobernador tenía una instalación clandestina para regar una quinta de duraznos, o algo así. Recuerdo que no bien llegamos el jefe del distrito le dijo a mi padre que no se metiera porque lo iban a correr a tiros. “¡Pero si la gente no tiene agua para tomar, cómo no me voy a meter!”, contestó mi viejo y volvimos a la pensión. No me acuerdo de qué me habló esa noche a solas en el comedor de los viajantes, pero creo que evocaba sus días del Otto Krause y a una mujer que había perdido durante la revolución del año 30.
Todo aquello me vuelve ahora envuelto en sombras. Nebulosos me parecen el subcomisario y el vigilante que vinieron a la mañana a quitarme el avión y a echarnos de Villa Mercedes antes de que mi padre pudiera hacer la inspección. Tenían un pedido de captura en San Luís y nos empujaron de mala manera hasta la terminal donde esperaba un policía de uniforme flamante. Hicimos el viaje de regreso en el último asiento custodiados por el vigilante y la gente nos miraba feo. En la terminal mi padre me preguntó por lo bajo si yo era cómplice de Mereco. Le dije que sí pero me ordenó que no dijera nada, que no nombrara a nadie.
No era la primera vez que nos llevaban a una comisaría y mi padre se defendió bastante bien. Negó que yo hubiera robado el avión y responsabilizó al comisario de interferir la acción de otro agente del Estado en cumplimiento del deber. Era hábil con los discursos mi viejo. Enseguida sacaba a relucir a los próceres que todavía estaban frescos y si seguía la resistencia también lo sacaba al general que tanto detestaba. A mí me llevaron a casa, donde encontré a mi madre llorando. Al rato Mereco cayó en el Ford y nos dijo que lo acompañáramos, que iba a entregarse.
Cuando llegamos, mi padre ya se había confesado culpable y en la guardia se armó una trifulca bárbara porque Mereco también quería ser el ladrón y mi viejo gritaba que a él sólo le asistía el derecho de robar un juguete para su hijo. Como ninguno de los dos tenía plata para pagarlo, mi avión fue a parar a un cajón lleno de cachiporras y cartucheras. Al amanecer llegó el jefe de Obras Sanitarias y nos largaron a todos. Mi padre se negó a subir al descapotable de Mereco y le dijo que si aparecía otra vez por casa le iba a romper la cara. Fue la última vez que lo vimos antes del velorio. Se calzó las antiparras, saludó con un brazo en alto y ahí va todavía, a noventa y capota baja, subiendo la quebrada con aquel Ford en el que hace tanto tiempo yo aprendí a manejar.
 
 
*De Osvaldo Soriano.
“Cuentos de los años felices”. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, edición de 1993.

*
Queridas amigas, queridos amigos:

El próximo domingo 8 de octubre del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor argentino Rubén Carrasco. Las poesías que leeremos pertenecen a Jeannette Clariond (México) y la música de fondo será de Mario Guacarán (Venezuela); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio http://www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
http://www.euroyage.com
Schießstattstr. 44  A-5020 Salzburg  AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

HASTA 15 de Octubre del 2006….

2º CONCURSO DE FOTOGRAFÍA ECOLÓGICA XICóATL “ESTRELLA ERRANTE”

Importante: A los interesados en participar en el Concurso, les rogamos no realizar solamente a última hora su(s) envío(s), debido a las limitaciones de capacidad de nuestro buzón electrónico. En caso de que su mail sea rechazado en nuestro buzón principal, envíe su participación a la dirección: euroyage@yahoo.de

 
BASES DEL CONCURSO:
 
– TEMAS: las temáticas del concurso son tres:
      a) Fotografía artística sobre un tema ecológico,
      b) Problemas ecológicos,
      c) Soluciones a problemas ecológicos.
 
– FOTOS: para cada tema se pueden enviar un máximo de 5 fotografías digitales, en color y/o blanco y negro, peso máximo de cada foto 500 KB, en formato jpg, bmp o gif.
 
– ANEXOS: La(s) foto(s) deberá(n) acompañarse de dos ficheros Word:
1) Un fichero titulado “pseudónimo+descripción” que contenga un texto resumido que describa el mensaje de la(s) foto(s), el problema o la solución planteado (máx. 1 página, tamaño DIN A4), y el pseudónimo del concursante.
2) Un fichero titulado “pseudónimo+datos” que contenga los datos del concursante: nombre y apellido, pseudónimo utilizado, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum (ev. foto).
 
– FECHA LIMITE PARA EL ENVÍO DE LOS TRABAJOS: 15 de Octubre del 2006.
 
– Los resultados se anunciarán en el No 79 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante” (Abril/Junio/2007, edición digital [www.euroyage.com] e impresa).
 
PREMIOS:
 
– Se otorgarán en total 7 premios: CUATRO PREMIOS de 200 Euros para problemas y/o soluciones, y TRES PREMIOS de 200 Euros para fotografía artística, además de la publicación en el Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”.
– Menciones de Honor y publicación de los trabajos destacados.
 
Envíos a: euroyage@utanet.at

Importante: A los interesados en participar en el Concurso, les rogamos no realizar solamente a última hora su(s) envío(s), debido a las limitaciones de capacidad de nuestro buzón electrónico. En caso de que su mail sea rechazado en nuestro buzón principal, envíe su participación a la dirección  euroyage@yahoo.de

 

Ejercicios de escritura

Para el 16 de octubre.

INVENTREN
Un viaje literario por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Próxima estación: J.R.R.Tolkien (ex 12 de agosto)

Enviar colaboraciones a: inventivasocial@yahoo.com.ar

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.
El mecanismo es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial@yahoo.com.ar

***

Invitación al Club de socios de InventivaSocial

-Reciba TODAS las ediciones de Inventiva Social en su casilla de correo.
La cuota anual del club de socios es de 36 pesos en Argentina o 10 Euros en el exterior.

Servicios exclusivos para socios lectores y escritores:

-Acompañamiento en la escritura con tema propio o ejercicios de escritura.
-La publicación virtual en Inventiva Social de antologías con sus trabajos.
-Publicación virtual de obras o textos extensos (libros ya editados) en inventiva.

Un abrazo enorme y sigan acompañando esta hermosa experiencia.

*Eduardo Francisco Coiro inventivasocial@hotmail.com

InventivaSocial
“Un invento argentino que se utiliza para escribir”
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial@yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Inventiva Social publica colaboraciones bajo un  principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión los escritos que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas, solo verificar que un autor con nombre Y/o seudonimo , y una dirección personal de mail nos envia un trabajo.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con la cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura

¿ Otras preguntas o consultas? escribi a inventivasocial@yahoo.com.ar

Si Ud. no es suscriptor y ha recibido esta única edición por gentileza lea esto:
si no desea recibir ningun envio futuro de gentileza puede enviar un mail en blanco son asunto: REMOVER a  inventivasocial@yahoo.com.ar

Aclaración importante: si ha recibido una edición RE-ENVIADA por una dirección de correo ajena al newsletter, no solicite la baja a Inventiva Social, sino a la dirección de correo de quien le ha realizado un envio no deseado. Tenga presente que este es un medio que se edita para suscriptores, por lo tanto no realizamos envios masivos ni comerciales de ningún tipo.

edición octubre

Publicado: octubre 11, 2006 en EDICIÓN MENSUAL DE INVENTIVA

INVENTIVASocial

Plaza virtual de escritura

Edición OCTUBRE 2006

Para recibir esta edición gratuita como boletín despachado por Yahoo, enviar un mail en blanco a :

inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar

 

 

 

MALDICIÓN DE NIÑO*

El pequeño camión verde con capota de lona blanca, comenzó a fallar y marchaba de cuando en cuando, a los tirones, tosiendo, protestando, y mermaba su ya escasa velocidad; aunque por momentos se recuperaba, y por un largo trecho volvía a andar raudamente. En lo mejor, el ronroneo rumoroso se
interrumpía, y volvía la angustia amenazante de quedarnos en el camino, faltándonos todavía la mitad del regreso a casa.
Aquella mañana fleteamos una carga de muebles, enseres y demás pertenencias de una humilde mudanza, hasta la localidad de Romang, no más distante de cincuenta kilómetros, pero que el modesto transporte requería bastante más de una hora de buena marcha.
Era debido a que en aquel tiempo, estábamos en 1948, ya tenía sus buenos veinte años en sus espaldas, pero sobre todo por lo precaria de su ingeniería. Parecía haber sido montado con partes adaptadas, aunque en los orígenes, esos vehículos aún no habían evolucionado lo suficiente; eran pequeños, el motor de cuatro cilindros era el mismo de los autos de calle, y su capacidad de carga era más bien moderada.
Aparte de la capota de lona, tenía amplios guardabarros negros, salientes y acucharados, típicos de las primeras décadas del siglo veinte. Creo que sólo las ruedas eran más reforzadas y rollizas que los autos, y tampoco tenía duales, como ya eran comunes en los camiones más nuevos. Eso lo convertía, en un módico transporte de corta distancia, especial para acarreos y fletes locales, donde tampoco la velocidad era importante.
Era frecuente que lo manejara mi hermano mayor, que ya tenía trece años, y lo acompañara yo, que ya andaba por los ocho; siempre claro, que no fuera en los días ni horarios de clase. A veces en los tramos firmes y llanos, (todos los caminos de entonces en la región, eran de tierra), mi hermano se tentaba, y lo iba acelerando más y más, hasta “pisarlo a fondo”, y eso hacía que el velocímetro; temblando, avanzara lenta y penosamente hasta los setenta, e incluso setenta y dos kilómetros por hora. Nadie en su sano
juicio, ni él, se hubiera animado a mantener por mucho rato esa velocidad, ya que todo amenazaba desintegrarse, empezando por el tren delantero y la dirección, que requería toda la fuerza del conductor para mantenerlo en el camino, así como el trepidante motor que parecía zumbar y bufar al
borde del colapso.
Pero tenía fama de guapo, ya que a ese modelo precisamente, lo conocían como “Chevrolet 4, El Campeón”. También tenía sus particularidades, como el sistema de alimentación de combustible, conocido domo “Steward”, que aspiraba del tanque por vacío de los cilindros, y luego llegaba al carburador por gravedad. Requería un blindaje seguro en todas sus conexiones, para que no hubiera filtraciones de aire. Si esto pasaba, el combustible no llegaba al alimentador y el flujo se interrumpía. El motor podía, como decía papá: “hacernos renegar”, e incluso dejarnos en el camino, como amenazaba en esta ocasión.
Tras normalizarse un momento, volvió a fallar,  hasta que finalmente, al llegar al principio de la gran arboleda, que bordeaba y cubría el camino, con añosas y gigantescas “tipas,” por varios kilómetros a la altura del paraje de “La Lola”, el camión dijo; ¡basta! Y tras dos o tres tironeos y sacudidas del motor, se detuvo apagándose, mientras por impulso, y poca eficacia en los frenos, el camión continuó unos cuantos metros antes de detenerse.
Después, todo quedó en el  profundo silencio, y la quietud de la siesta del aquel incipiente verano, nos hizo sentir en la mayor soledad e impotencia.
Sólo podía percibirse el arrullo del flamear de la brisa entre las hojas, el aislado arrumaco de alguna paloma en la altísima fronda del boulevard, el apagado roce y el crujido de una rama podrida, que caía y rebotaba sordamente contra el suelo.
Mi hermano y yo descendimos teniendo adelante el frondoso e infinito túnel sombreado, y a nuestras espaldas el camino ya recorrido, ancho y polvoriento, donde el sol daba de lleno, haciendo reverberar el
horizonte y formando algo más cercano, la ilusión de un lago somero de aguas plateadas y temblorosas, como un espejismo. Sobre el campo cercano que se mostraba verdoso y parduzco, por la madurez del girasol temprano, una pareja de “teros” cacareaba amenazante, volando en extensos círculos, ora bajo, ora algo más alto, temerosos y alertas, ante los extraños recién llegados.
Levantamos el “capó”, la cubierta del motor, sabiendo que era el bendito tanque de vacío, que estaba chupando aire en el sistema. Probamos a tocar y mover los caños de cobre, ajustando las tuercas y sobre todo rezando para que vuelva arrancar, y aunque tironeando, nos llevara lentamente a casa. Aún
no habíamos almorzado, y esto se sumaba a nuestra angustia. Probamos a darle arranque, una y otra vez. Nada. Teníamos un par de herramientas para estas emergencias; una pinza, un destornillador, una llave “pico loro”, alguna de boca, un martillo y casi nada más.
Podía ser el flotante, o la junta de la tapa del tanque; pero era poco conveniente tocar eso, porque podía deteriorarse la junta y empeorar las cosas. Nos quedaba lo que sería lo más probable, revisar las
conexiones.
Mucho no podía hacerse. Lo que casi siempre resultaba era hacer un engaste con hilo de algodón, como una junta entre los terminales y las tuercas que los ajustan. Era una tarea difícil, nunca conseguíamos sellarlos totalmente.
Cuando el vehículo era nuevo, seguramente funcionaba de maravillas; pero desgastado, aflojadas las conexiones por las fuertes vibraciones propias, sin el mantenimiento correcto, esto se convertía en un martirio. A veces se solucionaba, y más adelante fallaba todo de nuevo.
En ese trance, había que reconocer que éramos insuficientes, ¡Qué falta nos haría la ayuda de una persona mayor! En aquellos tiempos, quienes transitaban las rutas, necesariamente eran capaces de solucionar casi todos los inconvenientes, los mecánicos, y los de otra índole. Pero todo era soledad, en aquella aciaga siesta veraniega.

En eso en el horizonte se dibujó un pequeño bulto, que poco a poco fue agrandándose. Mi hermano respiró con alivio. Todo el mundo se paraba a auxiliar a quién sufriera un percance, y estuviera a la vera del camino, detenido y requiriendo ayuda. Era un código sagrado.
Del bulto lejano fue surgiendo un auto, que venía a buen ritmo, trayendo detrás una remolineante nube de polvo, pero no daba señales de detenerse. Mi hermano se corrió más al centro del camino, y ambos hacíamos señas para que se detenga. El auto tuvo que abrirse un poco para esquivar a mi hermano, pero no mermó siquiera la marcha, y pasó sin mirarnos; pensamos que estaría verdaderamente apurado, para no brindarnos la más mínima atención.
Pensar que un momento antes nos creíamos salvados. Ahora mirábamos en silencio como el auto; una rural último modelo, con costados lujosos de cedro lustrado, seguía alejándose, insensible, indiferente.
Mi hermano en su impotencia le lanzó una maldición. Con toda la bronca, como quién tuviera el poder para clamar venganza. Levantó su pequeño puño cargado de nefasta energía.
-¡Hijo de tu madre! ¡Ojalá se te reviente una cubierta!…- y luego en voz más baja, fue agregando aún más condiciones.-¡y que no tengas rueda de auxilio, o esté pinchada!.-, y otras cosas por el estilo.
El fuerte “¡Plooof” nos llegó seguido por el eco de los troncos de las plantas. El auto zigzagueó un instante y se detuvo algo atravesado en el camino. La nube de polvo se fue desvaneciendo. Pudimos ver desde nuestra ubicación, que la rueda delantera izquierda estaba ahora en llanta.
El conductor trabajó arduamente, pero tenía dificultades con el piso algo blando del boulevard, y al parecer no conseguía afirmar el “gato”para levantar el auto.-
Mi hermano saltaba de contento, no entendía cómo había sucedido, pero se sentía ampliamente “resarcido”, y pateaba el suelo riéndose mefistofélicamente, quizás en el fondo, tenía “poderes ocultos”.
Un buen rato después conseguimos que nuestro “Steward” funcionara, y el motor arrancó lo suficientemente bien como para proseguir viaje.

Cuando pasamos al lado del lujoso automóvil último modelo, ambos contuvimos apenas las ganas de soltar, una estruendosa carcajada.

*de Celso H. Agretti. celsoagr@arnet.com.ar
Avellaneda (Santa Fe). 12 sept. 2006

 

 

 

 

Radiante universo*

En mis sueños viajo
en una nube rosada
y mis ojos descubren
la belleza del crepúsculo.
El perfume del cielo
penetra en mis cabellos
y el viento los despeina
con su risa alocada.
La alegría de la primavera
llega hasta mi alma
y se aleja serena
por un camino florido.
Muere la bella tarde
y el esplendor de un hechizo
se derrama en mi rostro
como un halo de luz.
Las maravillas galopan
en el radiante universo
y brilla intensamente mi vida
cuando respira su aliento.

*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar

 

 

CABEZA Y TIEMPO*

     El busto estuvo siempre sobre la mesita del living, una de esas cosas invisibles por exceso de permanencia, por desaparición de los sentidos a fuerza de repetición. Como el olor de la propia casa, única confluencia de rastros olfativos que nos está negada porque se halla ya incorporada de tal modo que desaparece, así el pequeño busto de mármol era un objeto transparente.
     Años de pasar por la habitación sin reparar en la esculturita, blanquecina presencia cotidiana dentro del paisaje visual.
     Justo ahora se le ocurre mirarla. Extiende la mano y la sensación del peso, la frescura de la piedra calza guante y zapato, dedo por dedo talón arco justo en las palmas. Hecho para ser observado de cerca, se revela a su mirada como una foto polaroid que corporiza una presencia de espíritu y
mediúmnicamente invoca un fantasma.
     Es una cabeza masculina y esa es la primera sorpresa, porque los bustos suelen ser retratos de mujeres más o menos lánguidas, con esa belleza anodina de las muchachas que parecen abstraídas en sus pensamientos, pero en las que se adivina un definitivo no pensar, se adivina la pose tentadora de
la reflexión imitada rasgo por rasgo frente silenciosa ojos perdidos en una lejanía romántica labios quietos casi serios casi a punto de sonreír, una más bien nada, como conviene a una jovencita.
     Pero es una cabeza masculina. Un hombre que la mira a los ojos con atención, minuciosamente cincelado cada pequeño detalle, con los rasgos firmes de quien no condesciende al engaño y se atreve a sostener con solvencia el puente sólido y perturbador de los ojos en los ojos.
     Por un rato no puede hacer otra cosa que mirar los ojos que la miran.
Siente que hay en dejar vagar la atención por el resto del rostro como una claudicación, un apartarse perturbado. Siente que cortar el puente es un reconocimiento de vergüenza, una especie de demostración de debilidad. El hombre la mira a los ojos, ella no puede apartar la mirada. Se dice que es
gracioso, pero no tiene ganas de sonreír.
     Con aceptación de derrota aparta entonces la vista y descubre las finas líneas de arrugas en la frente, las cejas de arco perfecto recorriendo con firmeza el contorno de las órbitas, los labios cerrados. Hay en la expresión del hombre callado y quieto una seguridad sin fisuras. Atento y cerrado en sí mismo, bloque de material pero de conciencia, único e indiviso apariencia peso color rasgos unívocos. Exceso de yo en ese hombre que confortablemente es él y no aparenta ni finje, que es él y no otro, tal como debe ser tal como fue creado desde siempre desde toda la eternidad, que si un vago
escultor no lo hubiese tallado cincelado extraído de la piedra, otro lo hubiese hecho, pues se demuestra en la forma el grado de necesariedad. Y en la palma de su mano, en la palma de su mano.
     ¿Quién eres tú?, pregunta sin mover los labios ella que lo sostiene en la palma de la mano, ella que es sostenida desde la palma por esa pieza monolítica de maravilla. ¿Quién eres tú?, sabiendo que es solamente una escultura en su mano, una cabeza de mármol negada al habla negada a la palabra negada a la vida, esta vida que transcurre y modifica y hace crecer pero las más de las veces descompone, derrota, finalmente destruye y acaba y despedaza y desperdiga y finaliza.
     Esos ojos esa boca que no puede responder la contemplan desde la eternidad. Desde la inmovilidad del tiempo quieto fija el hombre la mirada en sus ojos. Desde siempre pero en este instante la mira. Y ella sabe ahora, siempre lo supo pero ahora sabe que va a morir, que habrá mañanas y tardes y noches acumuladas pero que va a morir, que su rostro y su cuerpo se derretirán en torno a los huesos, que su carne está construida con la fragilidad de lo perecedero y no de piedra inmutable. Este hombre que la
observa se lo dice con tranquilidad, sin dramatismo sin exceso de desesperación. Con tranquilidad se lo comunica silenciosamente. Y la mira.
     Deposita suavemente el busto en la mesita.
     Se sienta en una silla.
     Volverá a tomarlo en sus manos una que otra vez, cada tanto. Rehuirá los ojos cincelados y olvidará la cabeza tiempo y quietud y espacio estanco durante largas temporadas. Pero estará ahí, segura como segura es la propia muerte, algunas veces como amenaza, otras como promesa, las más como simple
clausura si es que existe alguna clausura que pueda relacionarse de alguna forma con la simplicidad.

     ¿Quién eres tú?, dirá silenciosamente. ¿Quién eres tú?

                                                                  

 *de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

MUY LEJOS*

Muy lejos:
de donde sale el sol,
en espera de azahares,
con la lluvia sobre mi ser,
y mi mar de ensueños.
Muy lejos:
donde nadie me ve,
sola en mi ansiedad,
crece mi luz,
desde hace ya tiempo.
Muy lejos:
Donde tengo zonas prohibidas
de mi sangrante viña,
voy llenando los barriles
del silencio en calma.
Muy lejos:
donde un bello relámpago
enciende el tiempo de amar,
allí brotan mis lágrimas
de tanto extrañar amando.

 

*de Xenia Mora. xeniamora@ciudad.com.ar


 

*

De lo loco me gusta tu cordura

De tu espectro, la imprudencia y la ternura

De lo incierto de tus pasos, la mesura

De la duda de tus labios, su dulzura
De tu imagen a tu adentro, la espesura
De la magia de tu verso, su blancura
De tu miedo y tu dolor, la investidura
De tus ansias, el inicio y la censura
De lo frágil de tu acero, el temblor de su armadura
De lo fugaz de tu lazo, la marca que en mi perdura

 

 

Fuga…* 

Se escapa el egoísmo de los dosy se hace sumamintiéndole al espejoque guarda la locura 

Ambigua, la cordurase culpa y se disculpa,se calma y se devora la dulzura 

Se fuga… 

Le miento a mi prisay me invento un tiempo 

Mis días te nieganMe mienten mis sueños 

Se culpa la incordurapor su ambigua mesuraMe roba la calma y  

se fuga… 

dejándome el dulzor de la locura

 

*poemas de Doris Leila Srayh   dorisleilasrayh_3@hotmail.com


 

En la ruta*

En el peaje de la ruta que une Buenos Aires con Rosario, ella ya empieza a sentir el agobio de este trabajo a la hora de haber tomado su puesto. El peso del automatismo en un puesto laboral cualquiera se hace sentir casi de inmediato. Su mano izquierda entra y sale de la ventana. Ella puede verse una y otra vez abriendo la palma de la mano para recibir monedas o haciendo pinza con el pulgar y el índice para tomar un billete.  Luego viene imprimir el ticket, dar el cambio, y ese sentir un roce azaroso con manos anónimas en su piel cuando se recibe el dinero y se da vuelto. Sopla entonces el último beso del día al chofer del Flecha Bus.Algunos pasajeros llegan a ver en el aire como desde el contorno de sus labios ese beso se hace visible en un estallido de brillos y estrellas fugaces que se disipan en el parabrisas del ómnibus. Así, de forma tan efímera y tan eterna, ese beso se clava en el iris del chofer dejando estelas de vuelo mágico como el que dejan las hadas de Disney.

Cierra la cabina del peaje. Esa ruta al norte o al sur se abre en largas distancias, en enormes desconocimientos. Se va a buscar su auto después de saludar a la gente de oficina. Ella cumplió con su rito semanal, la hora que dedica a su voluntariado de seducción y fantasía en la ruta. Se da cuenta que olvido el cartel de la ventanilla pero no vuelve por él. Todavía se puede leer en la ventanilla lateral

-ahora a oscuras- de la cabina nº5: Autopistas de Luna a Sol.

UD. esta siendo atendido por Neumann Nicole.

*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

El muerto inolvidable*
 
Se llama Mereco mi muerto inolvidable. Para mí su viejo Ford nunca termina de desbarrancarse de una quebrada puntana, bajo una suave garúa que no amaina ni siquiera cuando vamos con mi padre rumbo a su velorio. ¿Cómo puede ser que Mereco esté muerto si hace cuarenta años que yo lo llevo en mí, flaco y alto como un farol de la plaza?
Cuando mi padre se descuida me acerco al ataúd que está más alto que mi cabeza y un comedido me levanta para que lo vea ahí, orondo, machucado y con la corbata planchada. La novia entra, llora un rato y se va, inclinada sobre otra mujer más vieja. Hay tipos que le fuman en la cara, toman copas y otro que entra al living repartiendo pésames prepotentes y se desmaya en los brazos de la madre.
Después vinieron otros muertos considerables, pero ninguno como él. Recuerdo a un colorado que me convidaba pochoclo en el colegio y lo agarró un camión a la salida. También a un insider de los Infantiles Evita que nunca largaba la pelota y se quedó pegado a un cable de luz. Pero aquellos muertos no eran drama porque nosotros, los otros, nunca nos íbamos a morir. Al menos eso me dijo mi padre mientras caminábamos por la vereda, a lo largo de la acequia, cubiertos por un paraguas deshilachado. Casi nunca llovía en aquel desierto pero en esos días de comienzos del peronismo se levantó el chorrillero, empezó a lloviznar y Mereco no pudo dominar el furioso descapotable negro en el que yo aprendí a manejar.
Por mi culpa mi padre estaba resentido con él y sólo de verlo muerto podía perdonarle aquel día en que lo llevaron preso. Salimos del velorio por un corredor y cruzamos un terreno baldío para llegar al depósito de la comisaría. El Ford A estaba en la puerta, aplastado como una chapita de cerveza. Mi padre iba consolando a otra novia que tenía el finado y ya no se acordaba de mí. Pegado a la pared para que no me viera el vigilante, me acerqué al amasijo de fierros y alcancé a ver el volante de madera lustrada. Seguía reluciente y entero entre las chapas aplastadas. También estaba intacta la plaqueta del tablero con el velocímetro y el medidor de nafta. Marcaba en millas, me acuerdo, y cuando íbamos a ver a su otra novia, Mereco lo levantaba a sesenta o más por el camino de tierra. Nadie sabía nada. Mi padre creía que yo me quedaba en la escuela y la novia de Mereco estaba convencida de que íbamos a buscar a mi padre que controlaba el agua en las piletas del regimiento. Entonces llegábamos a un caserío viejo que el coronel Manuel Dorrego había tomado y defendido no sé cuántas veces y Mereco me dejaba solo con el Ford A debajo de una higuera frondosa. Ésa era mi fiesta en los días en que Mereco no estaba muerto y el Ford seguía intacto. me sentaba en su asiento, estiraba las piernas hasta tocar los pedales y el que iba a mi lado era Fangio anunciándome curvas y terraplenes.
Mereco no es un muerto triste. Tiene como veinticinco años y todavía lo veo así ahora que yo tengo el doble y he recorrido más rutas que él. Antes del incidente que lo enemistó con mi viejo, solía venir a casa a tomar mate y dar consejos. “Hágame caso, doble siempre golpeando el volante, don José”, le decía a mi padre como si mi padre tuviera un coche con el que doblar. “En el culebreo suelte el volante hasta que se acomode solo”, insistía. “Es un farabute”, comentaba mi viejo mientras lo miraba alejarse con el parabrisas bajo y las antiparras puestas.
Nunca tuvieron un mango ni Mereco ni mi padre. Por las tardes, a la salida de la escuela, yo corría hasta la juguetería para mirar un avión en la vidriera. Era un bimotor de lata con el escudo argentino pintado en las alas. Mi madre me había dicho que nunca podría comprármelo, que no alcanzaba el sueldo de Obras Sanitarias y que por eso mi padre iba a cortar entradas al cine. Al menos podíamos ver todas las películas que queríamos. Pero en casi todas mostraban aviones y yo no me consolaba con recortarlos de las láminas del Billiken.
Una tarde entré a robarlo. Por la única foto que me queda de ese tiempo supongo que llevaría guardapolvo tableado, un echarpe de San Lorenzo y la cartera en la que pensaba esconder el avión. En el negocio había un par de mujeres mirando muñecas y el dueño me relojeó enseguida. Era un pelado del Partido Conservador que recién se había hecho peronista y tenía en la pared una foto del general a caballo. Busqué con la mirada por los estantes mientras las mujeres se iban y de pronto me quedé a solas con el tipo. Ahí me di cuenta de que estaba perdido. No había robado nada pero igual me sentía un ladrón. Me puse colorado y las piernas me temblaban de miedo. El pelado dio la vuelta al mostrador y me dio una cachetada sonora, justiciera. Nos quedamos en silencio, como esperando que el sol se oscureciera. ¿Qué hacer si ya no podía robarle el juguete? ¿Cómo esconder aquella humillación? Me volví y salí corriendo. Mi viejo estaba esperándome en la esquina con la bicicleta de la repartición. Tenía el pucho entre los labios y sonrió al verme llegar. “¿Qué te pasa?”, me preguntó mientras yo subía al caño de la bici. Le contesté que me había retado la maestra, pero no me creyó. “¿No me querés decir nada, no?”, dijo y yo asentí. Hicimos el camino a casa callados, corridos por el viento.
Una tarde, mientras iba en el Ford con Mereco, no pude aguantarme y le conté. Se levantó las antiparras y como único comentario me guiño un ojo. Dos o tres días más tarde vino a casa con el plano de un nuevo carburador que quería ponerle al coche. Traía una botella de tinto y el avión envuelto en una bolsa de papel. “Lo encontré tirado en la plaza”, me dijo y cambió de conversación. Mi padre se olió algo raro y a cada rato levantaba la vista del plano para vigilarnos las miradas. No sé por qué tuve miedo de que el pelado viniera a tocar el timbre y me abofeteara de nuevo.
Pero el pelado no vino y Mereco desapareció por un tiempo. Fue por esos días cuando a mi padre lo comisionaron para hacer una inspección en Villa Mercedes y me llevó con él en el micro. Un pariente del gobernador tenía una instalación clandestina para regar una quinta de duraznos, o algo así. Recuerdo que no bien llegamos el jefe del distrito le dijo a mi padre que no se metiera porque lo iban a correr a tiros. “¡Pero si la gente no tiene agua para tomar, cómo no me voy a meter!”, contestó mi viejo y volvimos a la pensión. No me acuerdo de qué me habló esa noche a solas en el comedor de los viajantes, pero creo que evocaba sus días del Otto Krause y a una mujer que había perdido durante la revolución del año 30.
Todo aquello me vuelve ahora envuelto en sombras. Nebulosos me parecen el subcomisario y el vigilante que vinieron a la mañana a quitarme el avión y a echarnos de Villa Mercedes antes de que mi padre pudiera hacer la inspección. Tenían un pedido de captura en San Luís y nos empujaron de mala manera hasta la terminal donde esperaba un policía de uniforme flamante. Hicimos el viaje de regreso en el último asiento custodiados por el vigilante y la gente nos miraba feo. En la terminal mi padre me preguntó por lo bajo si yo era cómplice de Mereco. Le dije que sí pero me ordenó que no dijera nada, que no nombrara a nadie.
No era la primera vez que nos llevaban a una comisaría y mi padre se defendió bastante bien. Negó que yo hubiera robado el avión y responsabilizó al comisario de interferir la acción de otro agente del Estado en cumplimiento del deber. Era hábil con los discursos mi viejo. Enseguida sacaba a relucir a los próceres que todavía estaban frescos y si seguía la resistencia también lo sacaba al general que tanto detestaba. A mí me llevaron a casa, donde encontré a mi madre llorando. Al rato Mereco cayó en el Ford y nos dijo que lo acompañáramos, que iba a entregarse.
Cuando llegamos, mi padre ya se había confesado culpable y en la guardia se armó una trifulca bárbara porque Mereco también quería ser el ladrón y mi viejo gritaba que a él sólo le asistía el derecho de robar un juguete para su hijo. Como ninguno de los dos tenía plata para pagarlo, mi avión fue a parar a un cajón lleno de cachiporras y cartucheras. Al amanecer llegó el jefe de Obras Sanitarias y nos largaron a todos. Mi padre se negó a subir al descapotable de Mereco y le dijo que si aparecía otra vez por casa le iba a romper la cara. Fue la última vez que lo vimos antes del velorio. Se calzó las antiparras, saludó con un brazo en alto y ahí va todavía, a noventa y capota baja, subiendo la quebrada con aquel Ford en el que hace tanto tiempo yo aprendí a manejar.
 
 
*De Osvaldo Soriano.
“Cuentos de los años felices”. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, edición de 1993. 

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El próximo domingo 8 de octubre del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor argentino Rubén Carrasco. Las poesías que leeremos pertenecen a Jeannette Clariond (México) y la música de fondo será de Mario Guacarán (Venezuela); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio http://www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream)

!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
http://www.euroyage.com
Schießstattstr. 44  A-5020 Salzburg  AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

HASTA 15 de Octubre del 2006….

 

2º CONCURSO DE FOTOGRAFÍA ECOLÓGICA XICóATL “ESTRELLA ERRANTE”

Importante: A los interesados en participar en el Concurso, les rogamos no realizar solamente a última hora su(s) envío(s), debido a las limitaciones de capacidad de nuestro buzón electrónico. En caso de que su mail sea rechazado en nuestro buzón principal, envíe su participación a la dirección: euroyage@yahoo.de 


 
BASES DEL CONCURSO:
 
– TEMAS: las temáticas del concurso son tres:
      a) Fotografía artística sobre un tema ecológico,
      b) Problemas ecológicos,
      c) Soluciones a problemas ecológicos.
 
– FOTOS: para cada tema se pueden enviar un máximo de 5 fotografías digitales, en color y/o blanco y negro, peso máximo de cada foto 500 KB, en formato jpg, bmp o gif.
 
– ANEXOS: La(s) foto(s) deberá(n) acompañarse de dos ficheros Word:
1) Un fichero titulado “pseudónimo+descripción” que contenga un texto resumido que describa el mensaje de la(s) foto(s), el problema o la solución planteado (máx. 1 página, tamaño DIN A4), y el pseudónimo del concursante.
2) Un fichero titulado “pseudónimo+datos” que contenga los datos del concursante: nombre y apellido, pseudónimo utilizado, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum (ev. foto).
 
– FECHA LIMITE PARA EL ENVÍO DE LOS TRABAJOS: 15 de Octubre del 2006.
 
– Los resultados se anunciarán en el No 79 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante” (Abril/Junio/2007, edición digital [www.euroyage.com] e impresa).
 
PREMIOS:
 
– Se otorgarán en total 7 premios: CUATRO PREMIOS de 200 Euros para problemas y/o soluciones, y TRES PREMIOS de 200 Euros para fotografía artística, además de la publicación en el Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”.
– Menciones de Honor y publicación de los trabajos destacados.
 
Envíos a:
euroyage@utanet.at

Importante: A los interesados en participar en el Concurso, les rogamos no realizar solamente a última hora su(s) envío(s), debido a las limitaciones de capacidad de nuestro buzón electrónico. En caso de que su mail sea rechazado en nuestro buzón principal, envíe su participación a la dirección  euroyage@yahoo.de

 

Ejercicios de escritura

Para el 16 de octubre.

INVENTREN

Un viaje literario por vías y estaciones abandonadas de Argentina.

Próxima estación: J.R.R.Tolkien (ex 12 de agosto)

 

Enviar colaboraciones a: inventivasocial@yahoo.com.ar

 

*

 

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.

El mecanismo es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

Enviar los escritos al correo: inventivasocial@yahoo.com.ar

***

Invitación al Club de socios de InventivaSocial

-Reciba TODAS las ediciones de Inventiva Social en su casilla de correo.

La cuota anual del club de socios es de 36 pesos en Argentina o 10 Euros en el exterior.

Servicios exclusivos para socios lectores y escritores:

-Acompañamiento en la escritura con tema propio o ejercicios de escritura.

-La publicación virtual en Inventiva Social de antologías con sus trabajos.

-Publicación virtual de obras o textos extensos (libros ya editados) en inventiva.

Un abrazo enorme y sigan acompañando esta hermosa experiencia.

 

*Eduardo Francisco Coiro inventivasocial@hotmail.com

InventivaSocial

“Un invento argentino que se utiliza para escribir”

Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial@yahoo.com.ar

-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-

Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Inventiva Social publica colaboraciones bajo un  principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión los escritos que cada autor desea compartir.

Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas, solo verificar que un autor con nombre Y/o seudonimo , y una dirección personal de mail nos envia un trabajo.

Respuesta a preguntas frecuentes

 

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con la cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura

¿ Otras preguntas o consultas? escribi a inventivasocial@yahoo.com.ar 

 

Si Ud. no es suscriptor y ha recibido esta única edición por gentileza lea esto:

si no desea recibir ningun envio futuro de gentileza puede enviar un mail en blanco son asunto: REMOVER a  inventivasocial@yahoo.com.ar

Aclaración importante: si ha recibido una edición RE-ENVIADA por una dirección de correo ajena al newsletter, no solicite la baja a Inventiva Social, sino a la dirección de correo de quien le ha realizado un envio no deseado. Tenga presente que este es un medio que se edita para suscriptores, por lo tanto no realizamos envios masivos ni comerciales de ningún tipo.