EDICIÓN DICIEMBRE 2013

Publicado: diciembre 27, 2013 en Uncategorized

LA CORDILLERA*

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

http://sergioborao2011.blogspot.com/

Al norte de los montes pelados, allí donde la vegetación se adueña de las piedras y cubre los caminos con su suave pero ineludible abrazo, hay un pueblecito. Se trata de una pequeña aldea formada por un rudimentario templo que data de épocas remotas y un puñado de construcciones antiguas, fabricadas toscamente con barro y piedras, que se encuentran dispuestas alrededor de la iglesia. Visto desde el aire, el conjunto pudiera parecer una galaxia de planetas negros sometidos a la atracción de un sol apagado, ya que los muros de la iglesia, de un marrón oscurecido, delatan su edad, la acción del clima siempre húmedo de estas regiones y la falta de cuidados. Frente a la puerta de la antigua capilla se extiende una amplia plazoleta cuyo centro adorna una hermosa fuente de piedra, no menos antigua que los edificios circundantes, de la que no cesa de manar un agua fresca y cristalina. Las construcciones que rodean la plaza son fuertes y austeras, con paredes muy gruesas y enormes chimeneas por las que, en invierno, puede verse surgir un humo denso y oscuro, producto de la combustión de los tarugos de leña, algo húmedos en esas fechas a causa de las heladas y de la nieve que poco a poco va blanqueando los tejados negros y cambiando el aspecto del poblado. Es un pueblecito aislado al que sólo puede accederse por un intrincado camino de algo más de metro y medio de anchura al que los aldeanos denominan pomposa y llanamente “carretera”. “…No, señor. No somos muchos los que vivimos aquí. No más de dos o tres cientos, casi todos tan viejos como yo. Pero no crea que, aun siendo tan pocos, nos conocemos todos. ¡Qué va! Siempre está viniendo gente, como si aquí hubiera algo… Sí, vienen de otras aldeas pobres como la nuestra, de la sierra de abajo. Y también, fíjese, de la ciudad. Sí, sí, como le cuento. Pero siempre vienen del sur”. Invariablemente del sur… Hacia el norte se halla la cordillera.
Nadie sabe qué hay al otro lado. De cuando en cuando, llegan hombres curiosamente ataviados, con largas barbas grises. Van provistos de extraños artefactos con los que parecen medir algo. Después de un par de días disfrutando de la hospitalidad de los aldeanos, famosa en todo el contorno, y trabajando con sus instrumentos que califican como “de alta precisión”, se marchan aparentemente satisfechos, pero unos meses más tarde vienen otros hombres con idéntica apariencia, con similares aparatos, con parecidas maneras y el mismo propósito. Realizan, con igual concentración, con pareja entrega, las ya sabidas mediciones y vuelven a marcharse hacia el sur del que vinieron. En sus rostros se refleja el sabor del éxito. Las investigaciones han debido ser fructíferas. Pero al poco tiempo, un nuevo equipo visita la zona. “… y así desde hace años. Pero, ¿sabe? Algunos se quedan aquí en secreto. Abandonan sus modales, su pedantería y muy pronto se confunden con nosotros. Pero nunca conseguimos enterarnos de nada. No sabemos qué es lo que miran y remiran tantas veces por los aparatos. En el pueblo se dice que igual quieren saber cómo son de altas las montañas. Cuando llegan se les ve ansiosos, preocupados. Se ponen a trabajar como si no hubiera otra cosa en la vida, sin importarles que pueda descargar una tormenta, noche y día, hasta que encuentran o creen que han encontrado algo. A veces se pasan tres o cuatro días sin probar bocado, y eso que nuestras mujeres les llevan algo de comer, ya sabe, somos buena gente. No duermen. Sólo están pendientes de la montaña, como si hubiera ahí algo que nosotros no podemos ver y que es importante. Yo, la verdad, no creo que estén midiendo las montañas. El viejo Colás me dijo una tarde que lo que hacen es mirar a través de ellas para saber qué es lo que hay al otro lado. Debe ser algo muy bonito, digo yo, cuando todos se van tan contentos. Aunque mi hermana dice que son los guisos que preparamos para ellos lo que les pone de tan buen humor. Dice que en la ciudad se come muy mal. Y ella debe saberlo, porque estuvo una vez.” Otros ancianos, más leídos, consideran que se trata de hacer un estudio sobre la composición de la roca que forma la cordillera, para excavar un túnel o abrir un acceso a través de la piedra. Desde tiempo atrás, dicen, corre el rumor de que el gobierno está construyendo una carretera que ha de atravesar la montaña y que pasará muy cerca de la aldea. Pero todo son conjeturas de viejos y rumores de gente desocupada cuya única función parece ser la de sentarse a las puertas de sus hogares, bajo los porches de piedra y tejas negras, viendo pasar los días y las estaciones y entablando largas conversaciones mil veces repetidas con sus vecinos más cercanos o con aquellos que se detienen a descansar un rato de su paseo matutino. Eso en verano, porque durante el invierno no son muchos los que se aventuran a alejarse de sus casas. Los jóvenes, ante la falta de expectativas, se van hacia el Sur o hacia el Este, donde se dice que hay trabajo en la industria y buenos salarios; pero siempre regresan, cansados, viejos y sin riquezas, a su pequeño pedazo de tierra apenas cultivable. A veces, en la madrugada, es posible ver a alguno de los aldeanos con un macuto al hombro dirigiéndose hacia el Norte, hacia la cordillera. Nunca regresan. Jamás envían correspondencia. “… Al principio organizábamos batidas por el bosque, rastreábamos las laderas y las cuevas, buscábamos en el riachuelo, pero nada. Nunca les encontrábamos. Al final, hasta de eso nos cansamos. Ahora ya no buscamos a nadie. Quien se va, sabrá por qué lo hace. Antes nos asustábamos. Ahora ya no se preocupa nadie. Sabemos que no han de volver y por eso nos hemos ido haciendo a la idea de que es algo natural. Los primeros días, su familia los echa de menos, pero muy pronto se acostumbran a la ausencia y todo vuelve a ser como antes…” Desde tiempo inmemorial, estas escenas se vienen repitiendo año tras año como en una secuencia interminable. Siempre con idénticos resultados. En verano, muchos vienen a la aldea para, desde aquí, intentar el ascenso a las escarpadas cumbres de la cordillera. Todos los días llegan automóviles cargados de personas provenientes de los llanos del sur. Todos vienen ligeros de equipaje. Los automóviles, una vez que todos los pasajeros se han apeado, giran en la plaza y parten de nuevo por el camino en dirección a las ciudades del llano, en busca quizá de más intrépidos escaladores. A la mañana siguiente, los aventureros parten hacia la cordillera para no regresar. “… En todas las conversaciones se habla de lo mismo. Nos preguntamos qué puede ser lo que hay al otro lado. ¿Qué es eso que hace que quienes se marchan decidan no volver nunca más? A muchos de nosotros nos gustaría verlo, pero somos demasiado viejos y el ascenso parece bastante difícil. Lo mismo no podíamos subir ni las primeras cuestas, que según se dice son las más tendidas. Aunque, entre nosotros, el viejo Colás, que estudió en la capital cuando era joven, dice que sí, que también nosotros, cuando nos llegue el momento, subiremos a esas montañas y pasaremos al otro lado aunque no seamos tan ágiles y nuestros huesos pesen demasiado.” De momento, el pueblo se está quedando desierto. Los jóvenes se van al valle, a buscarse la vida en las ciudades. Y los viejos a la montaña. La tarde, ahora que se acerca el otoño, apenas logra reunir a media docena de ancianos en torno a la antiquísima fuente de piedra o en las toscas sillas de madera y anea de la taberna. Allí, sentados, van dejando pasar los largos inviernos y las hermosas primaveras mirando por las ventanas y hablando del tiempo y de los forasteros, en espera de lo que el viejo Colás llama el momento definitivo: El momento en que cada uno de ellos, cada uno de nosotros, sentirá la llamada en su interior. Entonces, aunque el día sea frío, aunque nieve y los senderos estén helados, meteremos en una bolsa los recuerdos y partiremos, con las primeras luces del alba y sin una lágrima, hacia las altas cumbres, en busca quizá de otros bosques, de otros valles, de otros barrancos y hondonadas, al otro lado de la Cordillera.
-Sergio Borao Llop, publicó “El alba sin espejos” por el sello eBooks Literatúrame!

https://literaturame.net/libro/el-alba-sin-espejos

LAS MADRES DE ENTONCES*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

Estoy lleno de cosas. Quiero decir de voces de antes que me rondan de cuando había  mucho tiempo, mucho lugar para esa memoria que luego con los años ardería.

Era invierno y todavía oigo el picoteo de la máquina de coser de mi madre, con su ruido de lluvia parejita como si fuera real y cayera sobre el cinc de los techos oxidados de mi casa cuyo borbotear iba a través de una canaleta al aljibe de los primeros tiempos a un tanque de quinientos litros cuando aquél pereciera de un derrumbe por culpa de un hormiguero.

En principio mi madre nos hacía la ropa a todos, hasta que en un tiempo “cosía para afuera”, como ella gustaba decir. Sobre todo luego de hacer un curso de “pantalonera” bajo la dirección de doña Santina Spessot. La acompañaban en su carácter de alumna mis primas mayores: Gladys y Ketis.

De aquel tiempo me queda el recuerdo de aquel costurero de mimbre, cuyo origen y posterior destino desconozco. Ese costurero donde había agujas, hilos, tijeras y un centímetro con su inevitable tiza para marcar los cortes sobre todo recuerdo ese dedal brillante, que tengo en mi escritorio y que siempre me recuerda el poema de José Pedroni, que narra el dedal de su madre (la dulce  mamá Felisa del libro “El nivel y su lágrima”):

“Dedal de mamá Felisa/tantas veces perdido/debajo de viejos muebles/donde cantaban los grillos”  …/“Dedal de mamá Felisa,/siempre colgado de un hilo;/arañita de la noche sobre mis medias de niño”

Puedo escribir que la mamá de Jose Pedroni y la mía, compartían otras cosas además de estos objetos de trabajo. El origen italiano, la propensión al llanto y la hermosura.

No me resulta para nada difícil, mejor dicho me agrada compartir estas y otras cosas ligadas a nuestras vidas. Además de la poesía, también una ética fundida con una estética muy particular y acotada que se presume luego universal.

No nos resulta difícil conjeturar hoy que el trabajo silencioso y nunca reconocido de estas mujeres eran la base muchas veces fundamental de las economías domésticas de aquellos tiempos idos. Pedroni recuerda a su madre, como ”la que nunca dormía”.

Vaya como ejemplo, del mismo libro arriba citado, su poema “Mate” dedicado a Amaro Villanueva del cual reproduzco la parte final:

“Cuanto trigo se ha cortado/cuánta paloma se ha ido/desde aquel mate ofrecido/por aquel ángel nublado./Todavía está sentado/porque no sabe dormir/y yo me quiero morir/Para que su punto avance/y el sueño por fin alcance/y el sueño por fin alcance,/con su mate de zurcir”

Es decir, que aquellas madres (nuestras madres) no sabían dormir, porque luego de trabajar fogoneando todo en la casa y así echando una mano a los hombres en la cosechas, cuando todos dormían, ellas pedaleaban para hacer nacer “aquella lluvia que no existe”, pero que subvenía el vestir de toda la familia.

Los hombres por otro lado, levantaban las cosechas, cortaban leña para las cocinas económicas que también eran surtidos por marlos y  herraban  los caballos o marcaban la hacienda y hasta levantaban esas casas precarias que le hacían pata ancha a los vientos. Pero a veces también descansaban. Con las mujeres no pasaba lo mismo. Ella ayudaban en todas las tareas a los varones, pero el descanso no existía porque en la  edad juvenil tenían hijos, uno tras otros, Mi abuela paterna tuvo seis varones y dos mujeres ayudada por alguna vecina, nunca la revisó un médico ni la asistió siquiera una partera. Entre las mujeres cercanas a su chacra se echaban una mano, porque quien más quien menos tenía la cantidad de hijos que tuvieron mis abuelos. Cuando yo logro recomponer, recordar, memorizar o inventar sobre ese magma querible que me persigue, atento, solo veo sacrificios donde el goce era el trabajo y la diversión no  existía.

Estaba todo aunado como en un estuario donde los barcos estaban siempre dispuestos a partir, o tal vez a pernoctar allí mientras el afecto de aquella gente mayor se prodigaba, se daba en brillar como “la niña que iba de pana azul sobre los campos”, como alude Juan L. Ortíz en ese bello y conocidísimo poema.

Las muchachas de entonces no terminaban la adolescencia si no veían como los partos comenzaban a ensanchar sus cadenas y crecer su pecho con los embarazos que se traducían en hijos en ese paisaje bucólico, no tanto como en principio aparecía, pero sí lo suficiente para que el vuelo de las garzas por el cielo tan azul no fuera una excepción ni un extravío ni una rareza que todo ese mundo primigenio y viril, lo desconociera.

También el cansino andar de aquellas mujeres sufridas, donde hay varias generaciones que pertenecen a mi familia y que nunca nunca le hicieron asco al trabajo, porque cuando yo las recuerdo se me aparecen cantando, con la sonrisa cruzándole esos rostros ingenuos, quemados por el sol, cuando el mundo devenía azul y perfecto.

Tan perfecto,  cuando luego  nunca más sería posible que volviera. Ni con toda la fuerza de nuestros más voluntariosos recuerdos.

Estás en mí*

Esta mañana

pasé frente al espejo

y te hallé en mi mirada

que, húmeda por verte,

te siguió contemplando…

Y sentí que emergías

desde mi propio centro

supe que me escuchabas,

que para encontrarte tan sólo necesito

mirar profundamente en el espejo.

¿Te acordás de las siestas de verano,

de nuestras charlas

-sandía por medio, grande y  generosa –?

Consumíamos zumos y dulzuras

soñábamos proyectos.

Durante tantos años

dejó de haber sandías en mi vida…

¡Cómo dolían…!

Pero hoy pasé frente al espejo,

sonreí sin temores,

con clemencia,

y te hallé en mi mirada,

¡Estás en mí!

en mis costumbres y en mis genes

en mi amor por la paz,

en mi respeto

por la naturaleza,

sus leyes y sus seres,

su belleza.

Por eso

cuando más duela tu ausencia

te buscaré en mi centro

debo lograr que vuelvas

con los brazos abiertos al consuelo.

Pondré sobre la mesa

un par de platos hondos y un espejo

quitaré de mi alma las malezas

y comeremos juntos nuevamente

sandías a la hora de la siesta.

*De María Amelia Schaller  mariameliaschaller@gmail.com

MIRADAS*

Las personas somos muy distintas unas a las otras, pero hay una cosa que compartimos, con la que estamos de acuerdo y que a todos nos gusta hacer: Mirar. Nos gusta contemplar a los demás, lo que hacen, como lo hacen, donde lo hacen.

Una de los espectáculos maravillosos que nos brinda la ciudad es el de las obras. No hay nada tan cautivador como ver una gran obra en ejecución, los grandes agujeros en el suelo, los andamios, los obreros en movimiento, alguno trabajando, las maquinas. ¡Ay, las máquinas! ¡Eso es sublime! ¡Una escavadora haciendo un agujero! ¡Madre mía, que placer!

En eso de los mirones también hay clases: El ocasional que va de paso y se detiene unos minutos, los niños que se quedan embobados y llegan tarde al colegio y los ancianos que no saben que hacer y se distraen con cualquier cosa. Si es una grúa grande y hace sol, mejor.

Yo me encuentro en este último grupo y paso las horas apoyado en la valla de la obra viendo como se mueven los trabajadores y compartiendo algún comentario con los otros jubilados habituales del sol, petanca y plaza.

Hoy estoy especialmente triste. La vida me robó la juventud trabajando en el campo, la adolescencia en la fábrica después del traslado a la ciudad, el tráfico a mi mujer y, sin darme cuenta, me he quedado sólo con mis recuerdos. Hoy las máquinas los están borrando, dejando una gran fosa donde antes estaba mi casa. Ahora si que estoy totalmente solo mientras van desapareciendo ante la mirada aburrida de todo el mundo.

*De Joan Mateu. joan@cimat.es

ATRAVESAR LA MADEJA CRISTALINA DE LA BÍBLICA NOCHE*

Atravesar la madeja cristalina de la bíblica noche

recorrer la sequedad de tu pecho marchito.

Tus huesos con el tiempo despojados

perdieron el aroma brillante de las flores.

Tu redondez fue poblada

por el efluvio solitario de la casa.

Todavía recuerdo,

cuando descubrías en la barba del patio trasero

el nacimiento dolido y puro del arroyo

(los ropajes inclinabas lavándolos en orilla).

Antiguas palabras cantabas

ablandando los pómulos salientes del aire.

Resucitabas los colores del poniente

sus párpados se abrían desatando una llama.

Y en  el substratum humano y delicado

de un alba deshojada de llagas

tu vuelo infante de campana

atravesaba los vespertinos caminos del Sur.

La oración cotidiana y profunda

alcanzaba  el alma de la savia.

Después los nuevos rumbos

bajo los pies atónitos.

En el periplo de los años ocultando

la sumersión noctámbula

(el humo hormigueante de la vigilia).

Tus pasos de nardos desolados

tiemblan hoy sobre mis hombros callados…

Y así los dejas

ansiando palabras de luz.

¿Cómo devolverle la paz tardía

a tus esqueléticas manos, madre?

¿Cómo no querer

que en el relieve de tus párpados vencidos

una ciudad de música se levante

y te viertas hasta mí?

*De Natalia Lara. cpc.larag@hotmail.com

© 2013.TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

LOS SILENCIOS DEL PECADO*

“…Dudo que alguien pueda leer o escuchar tu historia sin que las lagrimas afloren a sus ojos.

Ella ha renovado mis dolores, y la exactitud de cada uno de los detalles que aportas les devuelve toda la violencia pasada…”

(Carta de Eloisa a Abelardo)”…

Amo el “Jardín de las delicias”

El resultado del cruce de dos rectas….

Imprevisibles , inesperados triángulos.

La fuente de la juventud y el huevo.

Oscuridad y sigilo, fecundados. Silencio.

El silencio del inmortal deseo.

La sombra quieta de mi padre.

Las abejas inquietas en el pelo de mi madre.

Amo al silencio. Los ecos del silencio.

De las voces calladas. Antiguas profecías.

De la metamorfosis de una boca.

Del cazador. Cabalgando. Huyendo siempre.

De la manos. Números cardinales. A veces círculos.

De los pies que se van cuando amanece.

El búho y el martín pescador.

Amo los hombres-pez.

Las mujeres desnudas .La tentación.

Los sabores frutales, tan hondos, tan profundos.

Las uvas. El cielo y el infierno.

La bola de cristal craquelada. La inconstancia.

Los álamos. Los jinetes. Los espinos

Los adioses de corcel, patria en el vientre.

Amo la lechuza y la flecha.

Los silencios golpeando mis umbrales.

El abrazo intacto, embriagado, tendido.

Tu fatiga descansada en mi cansado pecho.

El miedo de la lluvia sobre tu piel de jade.

El temor y el milagro y lo dulce y lo amargo.

Las mariposas y los mejillones.

Amo la serpiente.

La serpiente, el verde y el azul profundo.

Los campos rojos y los blancos lirios

Y los ojos, ah, amo los ojos.

Y los muertos que veo en los ojos de los gatos.

Los ojos que han mordido mi nombre.

Los ojos que ven alambiques y matraces.

Los ojos que mueren sin mis ojos.

Los ojos que aman los estanques turbios.

Y los ojos de Delfina e Hipólita.

Buscándose, huyendo en su hondo penar.

Y los ojos de Abelardo y Eloisa.

El ojo azorado del infierno de Rimbaud y Verlaine.

De Baudelaire y Louchette.

De Zorba y Bubulina.

De Medea y el hombre con un pié calzado.

Atados a una lira y una cítara.

Los ojos del vacío que apuestan a la vida.

Los ojos de la trasgresión y el pecado.

Amo, los silencios del pecado, entonces.

*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar

EL JUEGO*

Si hoy el viento viniera

a vaciarme la frente

le diría que aún recuerdo

aquel fragor inicial.

Estábamos presentes en el

estallido formador de universos,

en su matriz, expuestos.

Protagonistas del pulso primero.

Integrando la evolución,

partícipes del portento.

Resabios en la voz del viento

trae cada día en remolinos

de absurdos y esplendores,

la intención de la vida

que surge para decir: yo quiero.

Ella es un presente eterno.

Se canta a sí misma y se celebra

aún en lo que muere, para volver

a ser. Trasmutada su forma

pero no su esencia.

De aquel material primero somos

ardiente y encendido, fecundo,

constante y singular…

Cuando el viento final

deje vacía mi frente

otra chispa saltará de ese

fuego inicial

sobre mi pensamiento ausente.

Y un Dios que no conozco

jugará incansable

el juego circular…

*De Miryam Seia. miryamseia@cablenet.com.ar

Piedra, tijera, papel*

El lenguaje es una piel

Roland Barthes

Delante de un mar desconocido

una mujer con la memoria herida

sangra lo que no recuerda,

Ella frágil, entre las hojas

verdes y las blancas donde pone

su cuerpo para inscribir palabras o

huellas o espera que aparezca

por el hocico húmedo de la lengua

eso de lo que no se sabe;

una piedra

la tijera que desgarra

y las gotas

que desde el borde del

himén forzado

en la cabeza

hacen tatuajes

en el papel …

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

*

de la sorpresa de existir

darnos cuenta a cada vuelo

a cada duelo

de estar ahí

y repactar con la vida

cualquier absurda confianza

de celebrar

de recibirnos

al decir de las crisálidas.

*De Alejandra Alma.

https://www.facebook.com/alejalma

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***

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OTROS CAMPOS DE BELLEZA ARMADA*

Han de llegar otros campos de belleza armada. Perder la respiración en lo alto del camino. Esperar a que vuelva silbar el pájaro del silencio. Hacer un mapa sonámbulo que atraviese los páramos del sueño. Quedarnos en la quietud de la batalla, en ese ardor que deja la guerra. Contar de a pocos las heridas, los denarios, los participios que deja la saliva ardiente cuando se ha subido la cuesta. Han de llegar con sus viejos discos de 45 revoluciones por minutos, sus pancartas a contraluz, a contraluna, sus nanas para dormir al hijo que no van a tener. Campos que ya fueron arrasados por la ventisca, las bombas, los dinosaurios. Ahí vienen los que tuvieron otro nombre, otra leyenda y pasaron de largo como una sombra. Son los que se llevaran a Rimbaud en la mochila, se machacaron la memoria con César Vallejo y dejaron el hálito de una mujer encinta. Vienen de la frontera, del interior, de la selva que ya no es oscura. Se cuidan del asma, de la nostalgia, de los traidores. Vienen a pura luz, a tenor de una palabra que los nombra rumbo al misterio. Vienen con la guitarra, los lugares comunes que hacen la vida y la muerte. Vienen de cimitarra y con las manos chamuscadas. Otros campos de belleza armada para entrar despacio con la vida en ristre nos esperan. Nos esperan.

 

*De Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu

ENTREABRIR UN CIELO SEMEJANTE A LOS MARES DE LA LUNA DONDE GUARDAR EL ECO DE TODOS LOS DESAMPAROS…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FOTO ANTIGUA*

A S.D.C.

Esto fue la jaula

En la que estuvo el pájaro bizambo y desorejado

Que ahora está muerto pero canta

Esta fue la casa

En la que había una jaula

Con un pájaro bizambo y desorejado

Que ahora está muerto y canta

Este es el niño

Que vivía en una casa

Donde tenían una jaula

Con un pájaro bizambo y desorejado

Que ahora está muerto y canta

Yo soy el hombre que abrió la jaula

El que olvidó la casa

El que mató al pájaro y al niño

pero no me atrevo a cantar.

*De Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu

 

ESTOY SOLA CON MIS TRISTES PENSAMIENTOS.*

 

 

I


Quiero descansar.

Pon tu mano sobre mi corazón y no la retires hasta que adviertas que él también duerme.
Luego transfórmate en esencia que se diluya en un rayo de luna y sin ruidos penetra en el universo, desde allí podrás poseerme.

II


Las estrellas fugaces son intentos de libertad que caen al vacío, desfallecen en el silencio que nos habla de fracasos, se adormecen en el infinito sin amas nodrizas ni cobertores tibios.
La libertad perdió su madre el día que abrió sus ojos a la realidad.

III


Me tiendo sobre un páramo de ruidos para invocar los sonidos del silencio.
Me descubro fragmentada, sin rumbo y no escucho mi voz interior porque perdí el camino del reencuentro.
Tal vez duendes maliciosos dibujan su negrura en mis oídos, destruyan el canto de los pájaros, amordacen el violonchelo del mar, conviertan el seseo de la brisa en zumbido despiadado

*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

 

 

 

 

DESVARÍOS DE VIENTO*

 

Dicen que los esquimales tienen cien formas de nombrar la nieve
Ah!!!!! Que abundancia de palabras y yo… que apenas digo durazno… fruto o misterio
y me parecen que son como cien siglos de inventar el cielo esa herrumbre de dios… que nos aleja

que nos acerca.
REYNALDO GARCÍA BLANCO

 

Lo ha buscado más allá de esta vida.
Lo halló en el temblor del agua de los charcos natales.
Un muñeco de palo y una niña.
La soledad del mundo se enreda entre sus pasos.

Cuando la infinitud era un agobio,
El viento, extenuado de tantos desvaríos.
De los guetos. De los villorrios pobres.
De los pasillos tristes.
De las muertes.
De la Historia. Violada. Violentada,
En el hueco fragante de su pelo dormía.
Después, la partida, el adiós… y la espera.

¡Ah, como lo esperaba!
Ni el fragor de la rosa, ni la cruz de rocío.
Ni olor a durazno. Ni la naranja de oro.
Nada, atenuaba el hastío.

La mujer ya no espera. Pero espera la niña.
El viento no es el mismo, sí lo es, la soledad y el desamparo.

No volverá, aunque vuelva.
Sus ímpetus. Su desgarrado amor.
Sus cansancios.
Jamás serán los mismos.
No volverá lo sabe, pero en noches de calma
Agudiza su oído, extiende la jungla de su pelo.
Y aunque muera en la espera, aguarda,
Los locos desvaríos del viento, adormecido.

Mientras tanto. Cruzando el mar.
En el mar infinito.
En las eternas costas.
El viento, muerde la carne tibia de abedules.
Se revuelca en la nieve.
Bebe de la ardiente garganta de una leona.
Es un lobo estepario, sin memoria.
Y cuando la finitud es un agobio.
Siente un leve cosquilleo en el pecho.
Un olor a duraznos.
Y una geografía sin materia. Sin retorno.

*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar

 

 

 

DE TUERCAS Y MOTORES*

 

 

 

*Por Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

El taller del gordo, le decíamos. Todos lo conocían así. El taller y la casa de familia estaban casi lindantes a la nuestra, a no ser por un pequeño predio, con un elemental lavadero de vehículos. Ocupaban la esquina, aunque allí le agregaron en ese tiempo, dos columnas, una pequeña losa, como una visera, y un surtidor de naftas, que nunca tuvo una aplicación muy comercial. No más de un par de veces he visto cargar allí combustibles, a no más que un par de vehículos.
Eran tan pocos los autos y camiones que había entonces en el pueblo, y casi todos de los primeros modelos, hasta incluso la década de 1930. Aquellos de capota de lona y guardabarros acucharados. En la década del cuarenta el mundo estaba en la segunda gran guerra, y recién después del cuarenta y seis se vieron algunos nuevos. Eran escasos, modernos y aerodinámicos en comparación.
Eso trae que mucho trabajo no tendría un taller de entonces; pero también sucedía que había pocos, y los vehículos envejecían rápidamente en aquellos caminos de polvo, o huellones y barrizales, y cada tanto había que reacondicionarlos.
Tampoco el lavadero se ocupó más que alguna vez. Así que nosotros los chicos del vecindario, lo usábamos como patio de juegos, junto a la vereda de gramilla y la calle que de este lado no tenía cuneta, aprovechando que muy de cuando en cuando pasaba alguien.
Un primo de papá, había comprado, un camión “guerrero”, un GM color verde oliva, rezago de la guerra, con tracción en las cuatro ruedas Los días de lluvia, en los que no se permitía transitar para no estropear las calles, pasaba frente a casa transitando por la otra vereda llenas de yuyos, dejando profundas huellas, desgarradas con las tremendas ruedas “pantaneras”, en el barro blando.
Los gitanos, que siempre tenían camiones o autos para vender, rejuntados de partes y modelos, solían venir y ellos mismos trabajaban de mecánicos. Nosotros nos acercábamos curiosos y nos reíamos divertidos, de sus dichos y palabras extrañas.
Un ómnibus de media distancia comenzó parar en la esquina, teniéndola como terminal. Desde allí salía en sus dos o tres viajes semanales al norte de la provincia¸ todos caminos polvorientos y alejados. Nosotros jugábamos, los varones, pateando una pelota de cuero, que solía picar mal, porque la pelota no era del todo redonda, y el suelo y la cuneta, si bien playa, tampoco eran muy parejos. Nuestra práctica era patearla como venga, cuanto más alta o más lejos mejor, siempre que no pasara el tejido de enfrente. Una siesta pateábamos la pelota de ese modo, mientras el ómnibus permanecía ajeno en el centro de “la cancha”, en espera de su partida. En uno de esos piques, voleé la pelota con todas mis fuerzas, alto, alto… La pelota giraba descentrada mientras venía cayendo, y cayó justo para romper el vidrio trasero con un espeluznante crujido y desparramo de vidrios.
Corrimos a refugiarnos, pero mi hermano ya “mayor”, habló con el dueño y todo terminó felizmente.
Yo comencé a ir por las tardes a “ayudarle” al gordo. Lavaba las piezas que desarmaba, le alcanzaba una herramienta, o hacía algún mandado. Esas tardes pasaron a ser muy emocionantes, especialmente por una sobrina que asomaba igual que yo, a los once años; que usaba un prendedor con una margarita en el pelo, y tenía una mirada y una sonrisa que me erizaban la piel… En el barrio había otras chicas con las que éramos también compañeros y vecinos, muy bonitas; pero era ella la que me hacía sentir aquello. Era ella la que me aguardaba para ir a la escuela, esperándome frente a su casa hasta que yo salía, y entonces sentía sus pies de niña alcanzándome, y mirándonos nos sonreíamos, y podría jurar que flotábamos en nubes y estrellas, hasta cerca de la escuela de ella, donde nos separábamos. Al regreso solíamos encontrarnos en la plaza y volvíamos lentamente, flotando…, soñando. Casi no hablábamos, a veces sí, pero nos entendíamos con la mirada. A veces nos demorábamos un momento en un banco de la plaza, contándonos proyectos, o nimiedades; pero antes de llegar a casa nos separábamos. Era tan tímido que no hubiera soportado una pequeña burla de mis hermanos o de mis hermanas, y menos una mención de mi mamá. Después; el tiempo se encargó de desarmarlo todo, pero no pudo borrar ciertas huellas que se graban para siempre.
Así que esas tardes del taller fueron inolvidables.
El gordo, era un ropero, alto y grueso por todas partes. Era grueso su cuerpo, sus brazos, su cuello, su rostro; casi de niño, redondo y oscuro, nariz y orejas pequeñas, cabello muy enrulado y un minúsculo bigote ralo, mínimo, como hecho con un lápiz. Vestía siempre un mameluco, o jardinero azul, y camisa de mangas cortas. Era ceñudo, como de un enojo constante, aunque poco creíble; así hablaba a los gritos, “mandoneando”, o mezclando estentóreas carcajadas. Para mí, entonces, tenía una edad indefinida, era un adulto, y además “era grandote”, podría tener cincuenta, o cuarenta, como mi papá; pero después supe que no, que era muy joven, recién casado y con una beba.
Estaba armando su propio vehículo, mitad auto, mitad camioneta. En aquel entonces tenía el chasis, las ruedas sin guardabarros, el motor, y muy poco más. No tenía asiento y ponía un par de cajones con una manta para ir con su mujer a Reconquista, o hacer alguna compra. Marchaba después de muchos manijazos, ya que le faltaba el motor de arranque; y llenaba el taller de humo, atronando la calle, ya que casi no tenía escape. Salía sólo una o dos veces por semana, pero estaban casi toda la tarde afuera, dejándome alguna pequeña tarea, y Zuni venía a “ayudarme”, pero nosotros sólo sabíamos reírnos divertidos de cualquier ocurrencia. Volaban aquellas horas y de golpe escuchábamos a lo lejos el inconfundible ruido del motor regresando por el fondo de la calle. Espiábamos asomándonos a la esquina, y los veíamos avanzar, como una estrambótica araña de dos cabezas, arrastrando un remolino de polvo blanco y humareda azul, brincando con los barquinazos de la calle…
Una tarde, en que el gordo optó por silbar partecitas de un chamamé, mezclando carcajadas y expresiones de su Goya natal, mientras desarmaba un carburador, de un camión roñoso, modelo del 35, que íbamos a desmantelar para reconstituirlo, incluyendo pintura completa; llegó un criollo en una alta jardinera de dos crujientes y esqueléticas ruedas, casi como el viejo y sufrido caballo blanco, que mostraba sus huesos tanto en el anca como en la cruz.
Ofrecía un motor de arranque “en buenas condiciones”, que vaya a saber de donde lo habría obtenido el hombre, por sólo veinticinco pesos. Era barato. Y el gordo lo necesitaba como el agua para su “chatita”, como él aseguraba que terminaría siendo. Nuevo, ni soñar. Aquella vez todo era usado. Todo tenía valor. Todo se vendía. Un guardabarros de auto, de bicicleta, el volante de una máquina de coser, un destapador de vino, una mecha, un bulón, lo que sea…
-Eso sí, lo podría traer la semana siguiente…,- Porque no lo tenía consigo.
-Está bien…- Dijo el gordo, sin mostrar la impaciencia que sentía…
A la semana cayó el hombre, con la misma jardinera, y milagrosamente con el mismo caballo; y sin decir palabra le mostró la preciada pieza, enterita, bien presentada…El mecánico la acunó casi, la vio perfecta; se le había dado justo…
Pero con toda indiferencia sacó del bolsillo veinte pesos, y pretendió pagarle; pero el hombre puso cara de disgusto…, y frunciendo el cejo le dijo:
-No mi amigo, un trato es un trato; quedamos en veinticinco pesos…
-No; usted está equivocado, quedamos en veinte…
Y así discutieron, para sorpresa del criollo, que no esperaba que le salieran con eso. Que sí, que no…
El tampoco quería perder la operación.
De pronto tuvo la idea salvadora…
-Allí está el chico…- Se refería a mí, por supuesto. –El puede decir cuánto era…
El gordo me miró y ví su cara iluminada. Tenía el árbitro de su lado. El chivo cayó sólo en el lazo, el viejo no pensó en eso…
Pero vi la mirada del viejo. Parecía decirme que confiaba en mí. El no podía concebir que YO pudiera defraudarlo. El parecía saber que era un chico honesto, limpio…; pobre viejo…
Y yo no lo defraudé.
Miré la cara aniñada del gordo, no bajé la vista para nada…, y le dije:
-No, Don Raúl, eran veinticinco pesos…-
El mecánico, se aguantó las ganas de gritar, de zapatear…, y sacó del bolsillo lo que faltaba, y le dio al criollo su plata…
Sé que fue justo, pero todavía me asombra mi actitud de aquella tarde.
Creo que el primer impulso del gordo, habrá sido comerme crudo; luego, seguramente, no se sintió muy orgulloso delante de mí, por su intento. Hasta creo que terminó valorando la actitud del pequeño Quijote.

Epílogo:

Más de veinte años después, cuando comencé a pasar lo domingos en la balsa cruzando el río Paraná, para cubrir la gerencia del banco en Mercedes; me pareció verlo sentado, en cubierta, afuera de la sala de máquinas. Igual. Todo igual…Como si estuviera delante del mismo gordo, de la misma edad de aquellos tiempos
Titubeante, me acerco y sintiéndome descolocado, recordando su apellido, le pregunto:
-Perdón, pero Ud., ¿Podría ser de apellido Lorenzo…?
Levantó su mirada con dudas…
-Si. ¿Por…?
_Y tiene un hermano mayor…,¿De nombre Raúl?
Soltó su clásica risotada…
-¡JA, JA, JA…! ¡Yo soy Raúl!… – ¿Y vos?…
No lo podía creer, ¿Y los más de veinte años… dónde los había dejado?
Le dije quien era. Quiso saber de mi madre, de todos nosotros. Ambos nos reencontramos con un trozo de vida, aquel domingo de sol y de río: y muchas veces nos volvimos a sentar hablando, pero juro que nunca me animé a preguntarse por la Zuni, su pequeña y hermosa sobrina.

 

Con el alma en las manos*

La  caricia  busca una oculta almohada para acunar los sueños, el

regazo perdido, ese oscuro saber vuelto perfume

 

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

 

 

 

Conjuros para que el 2012 se vaya en paz*

 

 

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

* Colocar dos ruedas de bicicleta en las ancas de diciembre y sostenerlo sobre un plano inclinado. Producir una fosforescencia beckettiana sobre los cuatro puntos cardinales y sostener el último esbozo del año sobre la cúspide de los buenos deseos. Luego soltarlo compasivamente. Intentar eso.

* Proteger con la palabra siempre, la palabra nunca y con la palabra nunca, la palabra siempre.

* Poner a reposar, detrás de la luna, las flores y los vicios que no nacieron todavía.

* Encontrar por casualidad la luz mágica del último sol en el último universo.

* Amar de pie durante toda la noche hasta escuchar los latidos de otro corazón en el pecho propio.

* Abrir las ventanas para que entre volando el pez redondo de aletas bordadas con lentejuelas y darle de beber las lágrimas derramadas. Una vez embriagado con el agua de la pena, dejarlo ir al alba, convertido en caballo blanco o recuerdo último.

* Salir de las grandes profundidades del mar o la memoria en puntas de pie, para no pisar el sueño de los peces.

* Prolongar el tiempo juntos.

* Entreabrir un cielo semejante a los mares de la luna donde guardar el eco de todos los desamparos.

* Reconocer las voces demoradas en esa gran distancia que separa las primeras señales de las últimas.

* Sentirse completamente perdido donde se esté perdido; completamente a salvo donde se esté a salvo; completamente agujereado donde se esté agujereado; completamente roídos donde nos estén royendo; completamente iluminados donde nos estén iluminando. * Vaciar de contenido ciertos nombres para abrirles las puertas a otros nombres con nuevos contenidos.

* Darse de beber de orilla a orilla.

* Tener miedo de las grandes palabras, de los chistes geniales, de los condones empastados, de los cuervos que se creen mariposas, de los fulanos que se creen hombres, de los cisnes que se creen sapos, de los sapos que se creen rosas, de las rosas que se creen crisantemos, de las damas de compañía, de los cobradores de impuestos, de los pájaros asombrillados, de los ángeles que vienen a deshora.

* Multiplicar los dones y los panes, los sueños y la paciencia, las elipses de la vía láctea y el color azul de los fantasmas.

* Hacerse puro aliento de pájaro. Puro sexo de dragón. Puro poniente negro. Puro enchastre genital. Hacerse pura memoria, pura nube que se va clavando en el azul inmenso.

* Producir una lluvia de domingo en pleno martes, llevar el sol del martes al domingo, colocar la noche del viernes en el lunes, sacar el amanecer del jueves y subirlo al miércoles, generar un atardecer de sábado infinitesimal que interrumpa el orden de los sucesos.

* Empujar hacia atrás, con movimiento decidido, lo que es de atrás; luego con un ruido futurista y esperanzador dar somera cuenta a la superstición del almanaque y avanzar.

* Desnudar los ojos, ignorar las piedras que lastiman, vivir dos siglos en un minuto sobre un pecho latiente.

* De un salto subir a la popa del navío que nos aguarda.

* Ampararse bajo la magnolia sedosa y crear un lugar de reposo hasta que el año se vaya con todas sus pompas.

 

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-36967-2012-12-22.html

EJERCICIOS DE OLVIDO*

No es para vos que escribo,

es para mi,

solo para mi.

Guardo el candor de suponer

que si me digo mucho

terminaré aceptando,

terminaré aprendiendo.

Me exorcizo de este amor

a través de las palabras,

me resucito a mi antigua

condición de ausente,

de dormida,

de sigilosa sombra,

de borrada.

Me escribo

no para marcarme,

sino para diluirme,

me fragmento,

me desmigo,

vuelco el alma,

la vierto en mis manos

y la acuno

o la sacudo

según juzgue que necesita dormir

o despertarse.

Es para desaparecerme

que escribo,

para no verme,

para usar las manos

como último recurso,

como único ejercicio

de endurecer el alma.

No es para vos,

escribo para mi,

para olvidarte.

*De Alejandra Morales.

INVENTIVA SOCIAL*

Al Lic. Eduardo Francisco Coiro

La sociedad va a reinventarse a sí misma
en la persona y corazón de una niña
de doce o catorce años
al final de un invierno y de una guerra;

va a inventarse otra vez
hombre por hombre
sin miedos entre el hombre y la víbora
entre la araña y el hombre
entre hombre y tiburón
entre el hombre y su vecino
la plantita venenosa arrancada de raíz
y la rosa sin precio en florería

Mujer por mujer
tiene que reinventarse
en la persona o corazón de un niño
al final de un tornado terrible
donde ya casi nada estaba en pie

Y cada uno nacerá de todas las muertes
menos los peores asesinos
Y cada uno habrá aprendido a amar
desde tanto dolor acumulado.

Cada grano de arena será bello
y se enamorará de la luna
y será para siempre correspondido.

y volverán
a reinventarse el silencio
y la risa
la pelota de fútbol sin dueño
el bastidor para bordar las flores
la bicicleta con luces y timbre
la cocinita para hacer postres en cumpleaños
el lápiz para aprender a no tachar

un país sin bandera ni fronteras
un planeta sin bancos de usura
una mesa redonda y un pan

un aire transparente para verse los ojos
y que sea imposible mentir u odiar
Nunca más plazas de toros
nunca más gallos de humana riña
nunca más caza deportiva
polígonos de tiro,
motines trágicos,
panoplias monederos y cadenas

La humanidad que muere para sembrarse
renacerá en sociales inventivas
donde no tenga su interregno el miedo,
donde ya nadie más secuestre niños
asesine a su novia o esposa

la sociedad donde ganan los malos
que se quede con lo que destruyó;
el mundo en su aritmética de guerras
que se muerda su cola de dragón

Que renazcan el niño que no pudo ser niño
la enamorada que no pudo dar a luz
el poeta fusilado por la espalda

Que no vuelvan dineros ni relojes
ni látigos ni bombas de terror

La humanidad que había en tantos versos
y tantas veces cayó pisoteada
que vuelva a ser lo que no pudo ser hasta hoy.

*De Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar

-Febrero 2009

***


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Los números de 2012

Publicado: diciembre 30, 2012 en Uncategorized

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

The new Boeing 787 Dreamliner can carry about 250 passengers. This blog was viewed about 1.000 times in 2012. If it were a Dreamliner, it would take about 4 trips to carry that many people.

Haz click para ver el reporte completo.

-Textos de Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

http://sergioborao2011.blogspot.com/

 

 

RITO*

 

Celebramos nuestro rito cada día adorando a nuestro dios rectangular.
Rendimos culto a una pantalla
o a las fugaces sombras que la habitan.

 

Reímos a la hora de la risa,
lloramos cuando el llanto es la consigna,
nos postramos ante el último profeta
salido de las entrañas de un showtime
y adoramos sin mesura la sublime palabra
de modernos predicadores con corbata
que nos hablan de los muertos convenientes,
de los que son noticia, de aquellos que no mueren
en oscuras callejas o al borde de una idea,
de aquellos que no caen de un andamio
ni llenan sus pulmones de inmundicia
en el oscuro fondo de una fábrica
o en los túneles ciegos de una mina.

 

Pero también esos cadáveres anónimos
que mueren día a día sin violencia
en el turbio corazón de la metrópoli
son una herida en el alma de las nubes.

Yo canto por los muertos que se miran
el rostro cada día en los espejos;
canto sus ojos graves, resignados,
su desencanto crónico, su antiguo
cansancio que no cesa.

Yo canto por los muertos
de los que nadie habla, los anónimos
silenciosos fantasmas ambulantes
que no siembran estelas ni levantan
murmullos a su paso, los que venden
su tiempo en una esquina, los que callan
y dejan que la vida les aplaste
sin un grito ni un gesto ni una lágrima.

Manos

Se miró una vez más las manos. Lo hacía constantemente en los últimos días. Desde lo del tren, las sentía como algo ajeno, algo que en realidad no formaba parte de él pero que estaba ahí, como una especie de entidad parasitaria, un virus que amenazase con propagarse de forma fulminante al resto de su cuerpo, pero que, en cualquier caso, no podía ser exterminado ni aislado. Sólo quedaba entonces una especie de resignada desconfianza y ese gesto ya casi mecánico de contemplar con insistencia sus propias manos como si en realidad fuesen las de un desconocido, y hubiese que estar atento para saber qué hacía con ellas.
No puede negarse que, después de lo ocurrido, las manos habían vuelto a comportarse normalmente, sin apartarse un ápice de su rol establecido. Igual que antes de ese frío día del carbón y los muchachos corriendo, sus manos tocaban, aplaudían, acariciaban, sujetaban, escribían cartas y palmeaban espaldas como siempre habían hecho.
Pero ese día, cuando sus ojos vieron venir a los chicos corriendo (eran rostros de frío, eran cuerpos de hambre, eran manos heridas de miseria, eran piernas enfermas de injusticia, eran ojos de muertos que caminaban, de muertos que corrían en busca de una pequeña brizna de esperanza, encerrada esta vez en ese negro carbón que viajaba silencioso por las vías) las manos obedecieron órdenes que su cerebro no había pronunciado. Con implacable lentitud montaron el arma, apuntaron, hicieron fuego. Cuando el chico cayó al suelo, no hubo remordimiento. No podía haberlo. Él no había hecho nada. Fueron las malditas manos, como gobernadas por alguien que de repente hubiera asumido el control, quienes hicieron todo eso de forma tan eficiente como rutinaria. Por eso ahora se mira tenazmente las manos, como tratando de descubrir algo que sabe imposible. Por eso casi no duerme, temiendo que alguna de estas noches las manos vuelvan a actuar por su cuenta, temiendo que esas manos de otro se deslicen furtivamente por su pecho y sigan subiendo, con infinito sigilo sigan subiendo hasta cerrarse blandamente en torno a su cuello, privándole poco a poco del aire y haciendo que el sueño se transforme en otra cosa aún más nebulosa, quizá un territorio de trenes y muchachos famélicos con ojos de hambre antiguo buscando un poco de carbón para calentarse en ese otro lado del que no se regresa.

Laberinto

En nuestro propio laberinto

podríamos creer que somos dioses.

Pero es una ilusión. Aunque lo hayamos

arduamente creado, tejiendo encrucijadas,

edificando muros y abriendo galerías,

no nos es dado conocer su centro

ni descifrar su nebuloso código

de circulares ecos y vastas soledades.

En nuestro laberinto

apenas somos desorientados minotauros

en espera de un sol o de una espada.

 

 

PASAJERA

–        No me gustan las despedidas – había dicho mi amigo Luis.
Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva… Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que
alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.

Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren – pensé – lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.

Había terminado mi semana. L´ Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: Los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa… Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas…

Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.

Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir)

Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró
impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.

Desde mi asiento, pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. “Esta es – pensé – una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado”.

Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.

Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de Africa y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados… Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día,
sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza.
Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.

Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano.
Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.

Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.

Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos.
No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento.
En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.

Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con
sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.

Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el
revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las
trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de
esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades.
Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.

El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces, fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones, pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.

Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas. El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada
estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro, iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.

En cambio, sólo atiné a decir: “Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa” El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: No me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.

Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad.
Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.

Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado
catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el tránsito engañoso de los trenes.

 

Otredad

Añoro caminar por otras calles
indagar otros rostros, dispersarme;
abrazar otros cuerpos, adaptarme
al ritmo de otras muchedumbres.

No sé si es escapar o renacerse
pero en mis manos hay palomas
que no son de esta plaza

EL TUNEL

Cuando entré en el túnel, (quizá esperaba andrómedas, efluvios, mariposas) la oscuridad me cegó. Con alivio, sin embargo, sentí la frescura y la sombra que me proporcionaron sus húmedas paredes. Afuera, el sol abrasaba la llanura desnuda y las piedras calcinadas del desierto habían lacerado amargamente mis pies descalzos. Ciegamente, tratando con desesperación de alejarme de aquel sol que con tanta fiereza había herido mis carnes, fui internándome en el túnel hasta que las fuerzas me abandonaron y caí exhausto, cerca de una minúscula corriente de agua que, resbalando por la piedra, había formado una especie de regato que fluía con rapidez hacia el interior. Imposible recordar si llegué a mojar mis doloridos pies en el agua fresca antes de quedarme profundamente dormido. Al despertar, noté con asombro que mis heridas habían cicatrizado y el agotamiento había desaparecido, al igual que la sed, pero mis ropas estaban húmedas y esto me hizo sentir algo de frío. Renovado, me incorporé, y buscando a tientas la fría pared del túnel, eché a andar en la misma dirección (creía) en que caminaba antes de mi desfallecimiento.
Cuando entré en el túnel, no me había planteado la posibilidad de tener que hallar más tarde una salida. En aquellos momentos de infinito dolor, lo único que me importaba era encontrar un pronto alivio a mis penosas quemaduras y a las cruentas llagas de mis fatigados pies. De haber podido hacerlo, hubiera cambiado un Universo por unas gotas de agua y un poco de sombra. Ahora, al despertar de mi letargo (pero ¿cuánto duró la inconsciencia? ¿Acaso soy ahora el que fui antes de llegar aquí?) las circunstancias habían cambiado. La humedad me había calado la ropa y también el pelo, por lo que el frío se presentaba como el principal enemigo.
Resultaba entonces de inaplazable urgencia encontrar la salida de aquella cueva que se hallaba sumida en la más cerrada oscuridad. Con gran lentitud, con no menor precaución, fui recorriendo el suelo rocoso, siempre tratando de no alejarme de las paredes. A causa de mi inadaptación al medio en que me veía obligado a desenvolverme, no fue tarea fácil avanzar, a consecuencia, en parte, de la densidad desconocida de aquella negrura que me envolvía.
Algún tiempo después, no obstante, mis ojos fueron acostumbrándose a las tinieblas y pude comenzar a distinguir el borroso perfil de algunas cosas.
No dejé de advertir (confuso, maravillado, esperanzado, quizá algo asustado) otras sombras que se movían a mi alrededor, en distintas direcciones, con mi misma incertidumbre. Supuse que serían otros pobres desgraciados que habían tenido, como yo, la mala fortuna de haberse extraviado en el túnel. Con tristeza, intuí que algunas de esas sombras pertenecían a gentes que había frecuentado antes, en el exterior, pero ¿cómo reconocerlos ahora, inmersos en la oscuridad? ¿cómo ser reconocido por ellos, aun cuando hubiésemos podido ser buenos camaradas?
Al principio, no pensé que pudiera tratarse de un túnel tan largo, pero el tiempo iba transcurriendo y el final no aparecía ante mis ojos, ni siquiera una insignificante señal que pudiera inducirme a concebir la menor esperanza. La sorpresa inicial fue dejando paso a un periodo de incredulidad y, más tarde, a una violenta desesperación que no admitía frenos. En aquel tiempo fantasmal, fui asombrado testigo de mis propios gritos resonando por todo el ámbito del tenebroso túnel, multiplicándose contra las paredes, perdiéndose en las bóvedas invisibles. Tampoco era infrecuente sorprenderme golpeando los negros muros de piedra fría, o simplemente apoyado en ellos,
llorando con amargo rencor mi desventura. Después se apoderó de mi ánimo una testaruda impotencia que me arrastró a la concienzuda inacción. Pasé mucho tiempo sentado en medio del túnel, acurrucado en mí mismo, convocando secuencias del pasado, sintiendo cómo el frío penetraba en mis huesos, dejándome morir sin esforzarme lo más mínimo por evitar o atenuar el previsible desenlace. Hubo sombras a las que conocí en esa época de horas terribles y atormentadas, sombras con las que llegó a unirme el doloroso
lazo del irreparable extravío en la oscuridad. Pero sabía que tales amistades habían de ser, por fuerza, efímeras, ya que nunca seríamos capaces de reconocernos en el exterior (si en verdad ese concepto era aún posible) y cuyos caminos, por tanto, habían de seguir siendo ajenos a mi propio caminar derrotado (pero entonces, a pesar de todo, todavía estaba convencido de poder encontrar, algún día, una salida). Vino luego un tiempo de silencio en el que pude sustraerme a la profunda depresión que me embargaba. Me vi entonces abocado a la resignación más absoluta. Y seguí caminando, sin fe, con indiferencia, en busca de alguna luz que me indicase el final del túnel, luz que, por otra parte, no esperaba hallar. En esa época, solía añorar las violentas embestidas del sol y la furia cortante de los agudos guijarros y
el asfixiante calor, porque ya el frío había penetrado hasta las más hondas profundidades de mi entraña. Pensé no ser sino una de aquellas pequeñas gotas de agua que resbalaban por las paredes, produciendo a veces destellos que semejaban una rendija de luz. Entonces, todos nos lanzábamos hacia allí para descubrir que no se trataba más que de eso: agua fluyendo de las hendeduras de la roca y burlándose, una vez más, de todos nosotros y de nuestros absurdos sueños de libertad. Porque éramos muchos los que vagábamos por el túnel en busca de esa hipotética salida en la que nadie creía realmente. Algunos habían vuelto sobre sus pasos tratando de encontrar el lugar por el que habían entrado, mas todos fracasaron en el intento (o quizá no, ¿cómo saberlo?). Al cabo de un tiempo, volvían a vagar junto a los otros, tan desorientados como cada uno de nosotros. Un hombre viejo (una sombra de voz apagada y caminar lento) me dijo en una ocasión que lo más importante era, precisamente, no desorientarse, seguir siempre una misma dirección. Basándose en la tesis de que “no hay túnel que no tenga, al menos, dos extremos”, sostenía que alejándose siempre del que se utilizó para entrar, por fuerza ha de llegarse al otro. Aunque no se sabía de nadie que lo hubiese conseguido, esta máxima alentó mis pasos por un tiempo. Más tarde, decidí aplicar el conocido teorema que dice que “viajando a mayor velocidad, el tiempo de recorrido es menor” teorema en el que nadie confía en exceso y que, como puede fácilmente comprenderse, no es aplicable en absoluto a nuestra actual condición. Finalmente, cansado por el frío, desanimado por la larga soledad, comprendí que las teorías, aquí en el interior, no tienen el mismo sentido que afuera. ¿Quién puede afirmar que la longitud del túnel es fija, que no varía en función de cada individuo, del punto de entrada? ¿Cómo asegurar que existe una salida, si de todos los que
nos hallamos aquí, no hay uno solo que la haya visto? Podemos asegurar, eso sí, que hay una entrada (o muchas) o que alguna vez la hubo. Quizá ya no exista. Quizá estemos aislados para siempre del mundo exterior. Quizá no seamos sino el sueño de un neurótico. (¡Pero tiene que haber una salida! Todas las voces la niegan. Todas excepto una, la más dulce, la más adorable de todas las voces. Ella me dice que sí, que hay una salida, que acaso esté lejos, que la busquemos juntos. Pero luego, la voz se va apagando hasta convertirse en un susurro que muy pronto deja de oírse y me pregunto si no vendrá de un sueño).
Hace mucho, muchísimo tiempo que me hallo en el túnel. Las sensaciones me han abandonado. Apenas si soy capaz de sentir este frío intensísimo que siempre me acompaña. Mis pies caminan siempre en la misma dirección (aunque ¿cómo saber si esto es cierto? ¿cómo orientarse en medio de la oscuridad, de las sombras que van y vienen, de las voces preñadas de confusión?) pero ya no sé si lo hacen con lentitud o deprisa. Mi cerebro funciona cada vez más despacio y apenas tengo reflejos. Algunas veces,
pienso que si no me hubiera quedado dormido cuando entré en el túnel, si hubiera avanzado con decisión hacia el otro extremo, todo esto no hubiera llegado a suceder jamás, pero los demonios del sueño, sin duda, esperaban su oportunidad y la aprovecharon de la mejor manera, cerrando para siempre todas las entradas y privándome así de la tan necesaria libertad que mi alma reclamaba y aún reclama desde esta implacable prisión de oscuridad. Sé que hubiese podido alcanzar el otro extremo antes de anochecer, pero ahora ya todo es inútil. Un pensamiento confuso borra otro no menos incomprensible.
Debe ser la noche eterna. Paso horas enteras quieto, apoyado en alguna de las paredes, con la vista fija en el vacío, con la mente en blanco y el corazón helado, preguntándome si llegaré a formar parte del túnel, si algún día seré una de las múltiples rocas que obstaculizan el paso. Porque ya no he de salir de aquí, me atormenta, obsesiva, la idea de que pude conseguirlo en otro tiempo si realmente lo hubiese deseado. Ahora sólo queda el tiempo que no se agota, el frío que no cesa. Y la voz que acaricia…

La ciudad

La ciudad es un monstruo de fauces entreabiertas,

feroz depredador de encrucijadas,

mastodonte cruel y apasionado,

despiadado y amante.

La ciudad es un viento de paredes

que forman laberintos de asfalto y decepción.

La ciudad es un gato escabulléndose

tras la negra trinchera de un cubo de basura.

La ciudad es un contrabandista

de luces de colores que incitan a la vida.

La ciudad es tristeza derramada

sobre viejas aceras y adoquines que brillan

al peso inconsistente de la lluvia.

La ciudad, esa máscara doliente.

La ciudad es silencio de unos pasos,

son voces desatadas que atruenan las callejas.

La ciudad es refugio, estercolero,

es un perro sediento y peregrino,

un viejo que medita su cansancio

y un viejo que camina sin caminos;

vendaval y quietud, bares cerrados,

soledad, agonía y esperanza,

noche y día, amor y desengaño.

Hija de los esfuerzos de los hombres,

pervive maternal y milenaria.

Es un ángel perverso de labios anhelantes.

La ciudad…la ciudad es una diosa

posesiva y ansiosa, entregada y cautiva.

Mirar el mar

Mirar el mar

al este el norte el sur

pintarlo en el oeste con el fuego

verdoso de las tardes otoñales

Ver el mar devorando a sus crepúsculos

escuchar sus latidos cada noche

sus canciones de espuma y marejada

memoria de otras noches y otros mares

Pintar el mar sumirse en él desembocarse

ebrios de mar amarse desbocarse

Mirar el mar de mar emborracharse

ser orilla y temblor y acantilado

caer caer caer entre las olas

mirar del mar el mar inolvidable

y no poder cruzarlo para verte…

 

Inventren

Al amigo Coiro, que sueña trenes.

Lo que vemos desde aquí no es más que un modesto edificio de una sola planta, con una puerta de madera y dos ventanas. Se adivina que en otro tiempo estuvo pintado de blanco, pero ahora toda la fachada está repleta de desconchones y lo que parece ser un impreciso conglomerado de restos de pintura, con diversos colores mezclados de forma aleatoria, como lo haría un niño. “Ese estrago no es obra de niños” dice el Gringo. El Gringo era actor. Vino hace casi treinta años a participar en una película, descubrió la melancólica noche de nuestras ciudades y la insondable desnudez de nuestros yermos, y nunca más volvió a su tierra. Desde entonces vaga por ahí con su videocámara y un ansia insaciable de escenas por grabar, de mundos por descubrir y relatar.

Si nos acercáramos un poco más, veríamos que se trata de la oficina ya inútil de un apeadero abandonado, último residuo de un pasado que se nos va marchando lentamente. Un poco más cerca, observamos que la puerta, que alguna vez fue verde y ahora es un mero trozo de madera reseca, ha sido abierta, quizá forzada, y que las ventanas no tienen cristales. Pensamos que acaso alguien se los llevó para venderlos, o que estarán esparcidos por el suelo, fragmentados en miles de pequeñas astillas transparentes que dentro de un rato, cuando el sol esté alto, sembrarán de reflejos el entorno, multiplicando la aridez de este paisaje.

Nuestros pasos, lentos, resuenan sobre la calma del amanecer austral mientras nos vamos aproximando a la caseta. A pocos metros hay un auto, que parece tan abandonado e inútil como todo lo demás. El volante y el cambio de marchas han desaparecido, así como tres de las ruedas. La cuarta está destrozada. También faltan la puerta del conductor y los espejos. Ese auto tiene un no sé qué de animal herido. De bestia moribunda que se ha arrastrado hasta aquí a exhalar su último aliento, al lado de las vías por las que una vez circuló esa especie de hermano mayor: el tren. Pero también las vías han emigrado a otras latitudes. No queda por allí ni un solo hierro. Algunas traviesas de madera, uno que otro tornillo enterrado, la hierba seca marcando el lugar donde antes hubo raíles, como queriendo contar una historia, una vieja balada de destierros y encuentros.

Dentro del inmueble en ruinas hay alguien. Se asoma al acercarnos. Es el Marmota. Le llaman así porque siempre parece estar durmiendo. La realidad es que padece una suerte de insomnio crónico, que le impide dormir durante la noche. Eso hace que se pase el día dando cabezadas. Antes la cosa era diferente: El Marmota trabajó, como todos nosotros, en el ferrocarril. Fueron años dichosos. Uno se pone a contar anécdotas y no termina. Ganamos algo de plata, hicimos buenos amigos, recorrimos este país hermoso, vivimos. Luego todo terminó de repente. La casa donde vivía el Marmota en esa época estaba a unos doscientos metros de las vías. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba pasar el tren de las once, que iba hacia el norte. Media hora más tarde, con bastante puntualidad, podía escuchar, a veces ya desde la tibia región del duermevela, el que venía atravesando la estepa rumbo al sur. Ese era el mejor indicio de que el mundo seguía marchando, de que todo estaba bien. Después -esto ya lo supo todo el país por los diarios o la televisión- esa ruta quedó obsoleta y se suspendió el tráfico. Muchos de nosotros nos quedamos sin trabajo. Aquella primera noche sin trenes, el Marmota permaneció acostado cara al techo durante horas, esperando, sin saberlo, el sonido que había venido escuchando y amando desde que tenía conciencia. El bárbaro silencio no lo dejó dormir. Desde entonces, cada noche no es más que un reflejo borroso de aquélla, la pesadilla de la que no le es posible despertar.

Por eso no es extraño que haya sido el primero en llegar. Nos saluda con un gesto. Nos muestra el interior. Un armario desgajado y un par de sillas raídas, un tablón de anuncios con cuatro o cinco chinchetas oxidadas, un botiquín vacío. También hay un diminuto baño con las paredes desnudas. Habrán aprovechado las baldosas. “No es mucho, la verdad” murmura el Gringo. “Hay que ser cautos” dice alguien. “No sabemos bien de qué va esto. Ya se verá”.

Todavía falta gente, no sabemos cuánta. Nos sentamos afuera, en el suelo, a la sombra. Aún no hace calor, pero es el lugar más agradable para esperar. Fumamos en silencio, con la mirada perdida en un punto inconcreto, cada uno sabrá qué es lo que ve en esa intersección imaginaria.

Un rato más tarde aparecen dos mujeres con un bulto. A lo lejos, parece una especie de alfombra enrollada. Se oye un susurro: “Son ellas”. Caminan despacio, quizá el peso les impide avanzar más aprisa. Dos de los hombres se incorporan, tiran sus cigarrillos al yermo donde antes estaban las vías, y van al encuentro de las mujeres. El tercero sonríe. Hace años que las conoce. Sabe lo que va a pasar, como si ya lo hubiera visto antes, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ver una y otra vez esa misma escena: Se encontrarán a mitad de camino, o un poco más lejos, allí donde un letrero sujeto con alambre al poste inclinado todavía indica el nombre del apeadero, y una flecha mínima, insignificante, señala la dirección a seguir. Después, ellos se ofrecerán a llevar el pesado fardo. Ellas, educada pero firmemente, rechazarán la propuesta. Habrá una breve y acalorada discusión. Luego, ellos regresarán a paso ligero, sin mirar atrás, mientras ellas se van aproximando con lentitud, saludando con la mano de vez en cuando y parándose a descansar un par de veces.

Cuando llegan, apoyan el fardo sobre uno de los muros y saludan a todos. Hay sonrisas y abrazos. Queda olvidado el incidente de unos minutos antes. Somos una misma cosa, las pequeñas contrariedades no deben afectarnos. Tenemos un objetivo, aunque aún no sepamos muy bien cuál es. Así pues, nos saludamos y charlamos durante algunos minutos. En realidad, no sabemos de qué: Lo importante en ese momento es el sonido de las voces, saber que estamos ahí, que hemos regresado del exilio al que nos sometimos, o al que no pudimos escapar.

Luego, todos callamos. En el horizonte ha aparecido el Catalán. A esa distancia parece más pequeño, pero así y todo, no pasa desapercibido. Alguien pregunta “¿Se habrá acordado de traer los cuadernos?”. Es una pregunta retórica. Todos conocemos la extrema seriedad y eficiencia del Catalán. Resulta extraño verle con traje y corbata en un día como hoy y en un lugar como éste. Al caminar, sus pies levantan pequeñas nubes de polvo que se quedan durante un instante posadas sobre el camino terroso y después se desvanecen como fantasmas inexpertos. Trae una maleta en la mano derecha, una maleta pequeña. Nos sorprende un poco reparar ahora en que los demás no hemos traído equipaje. No pensábamos que fuese necesario, y quizá no lo sea, mas el hecho de ver a uno con una maleta nos hace pensar en ello por primera vez desde que iniciamos esta aventura. Entendemos, porque así se nos dijo, que todo empieza en este lugar y en este día, pero nada sabemos de lo que vendrá luego. “¿Y no es siempre así en la vida?” se pregunta uno de nosotros, imposible saber quién.

Ha ido llegando más gente. Unos charlamos, otros permanecemos callados mientras oteamos la lejanía por si vienen más. La mañana va floreciendo. Nadie mencionó una hora concreta; no obstante, algunos empezamos a estar un poco intranquilos. Aunque nadie va a volver sobre sus pasos, eso no lo dudamos. Así que nos ponemos a esperar. Fumamos y charlamos; caminamos y fumamos, alguien canta por lo bajo. El día va transcurriendo. Hay quien piensa que tal vez sería hora de regresar a su casa; sin embargo, aquí nadie se mueve. No sabemos qué, pero en el fondo todos confiamos –o nos dejamos mecer en ese espejismo- en lo que ha de venir, aunque nos sea imposible cifrarlo o definirlo. Escrutamos la inmensa extensión que se extiende en torno; creemos adivinar, a lo lejos, sombras que se mueven, autos que van o vienen, aunque sabemos que no hay ninguna carretera cercana. Llega la primera penumbra del crepúsculo. Tal vez nos preguntamos si en verdad es posible aún esperar algo. Como un ronroneo creciente, la noche se acerca y nada ha sucedido. Sobre el murmullo, se escucha un rasgueo de guitarra, una voz que entona una milonga, otra que le acompaña. Al otro lado, en el yermo, se repiten los ecos nocturnos de los lugares abandonados para siempre. Entre todos estos ruidos tan familiares, se cuela uno nuevo, inexplicable: Si no fuera imposible, diríamos que se ha oído el traqueteo de un tren en la distancia. “Habrá sido un camión” farfulla una voz, aunque le falta convicción. Un rato después, el sonido se repite. Pedimos silencio. En efecto, hay un rumor, lejano aún, pero inequívoco. Esta vez nadie tiene dudas. Al fin y al cabo, somos todos del oficio. “El viento lo habrá traído desde la ciudad” musitamos, tratando de negarnos esa ambigua ilusión que comienza a asentarse en nuestro ánimo. Sin embargo, aguzamos el oído por si nos es dado establecer de dónde viene; escudriñamos el norte y el sur, el este y el oeste, convencidos de la inutilidad de nuestra solícita vigilancia, y al mismo tiempo con la secreta esperanza de ver aquello que deseamos, distante quimera que nos alzó de nuestros lechos y nos condujo hasta este minuto en el que todo va a tener sentido, o a perderlo. El sonido es real y poco a poco aumenta su volumen. Crece entre nosotros un griterío apagado, hay movimientos inquietos, miradas interrogantes, cierta confusión. De pronto alguien grita mientras señala un punto luminoso en el sur: “Allí, allí”. Ya no es sólo el traqueteo remoto. Ahora lo acompaña una luz que se nos va acercando, una luz que viene del Sur. Desconcertados, nos miramos. Nos gustaría ensayar una hipótesis, fijar con unas pocas palabras eso que está sucediendo y que no tiene explicación, mas nadie dice nada. El sonido se va elevando hasta resultar casi insoportable. El círculo de luz también ha aumentado ostensiblemente su tamaño. No puede ser, pensamos. Pero es: Una locomotora antigua, cubierta por la tierra de todos los caminos, erosionada por todas las lluvias que el mundo ha visto, se acerca, poderosa y desafiante, hacia el lugar en que estamos, hacia este apeadero inútil, hacia este yermo desolado, provocando un rechinar, una agria resonancia, fantástica música que escuchamos con el corazón encogido. Con un chillido de frenos viejos, desacostumbrados, se detiene justo al lado de este barracón donde esperamos, arracimados y anhelantes. Vemos al conductor. Le reconocemos. Era cierto, entonces. Una voz se eleva por encima del murmullo general. La voz, resuelta, garabatea en el aire un pensamiento común: “Vamos subiendo. Es la hora”.

¿Adónde irás?

¿Adónde irás, pequeño

ángel mendigo de sol y de silencio?

¿Acaso han de juzgarte las estrellas

por haber merendado sonrisas de oreja a oreja

de simpáticos vendedores a comisión

de sepulcros llameantes metalizados en gris?

¿Quién te buscará entre las paginas amarillentas

de un polvoriento libro de poemas?

¿Qué será de tus juegos infantiles

archivados en la noche de los tiempos?

¿Adónde irás cuando el sol te abandone

y te arrebaten el silencio que te acompaña?

¿Adónde con tu soledad de vampiro?

¿Dónde sepultarán tus trenzas imaginarias

de astronauta abandonado entre las flores?

Tu expresión conspirante de una juventud negada,

la huella imperdonable del trabajo,

el polvo y el sudor y el esfuerzo rutinarios,

la sonrisa triste de tus labios resquebrajados,

¿Adónde irán? ¿Adónde

desesperadamente viejos y cansados

nos conducirás cuando tus manos encallecidas

no puedan ya elevarse sobre nuestras cabezas

y tu voz oscurecida no pueda ser escuchada

ni aun por aquellos escasos oídos que en la tarde

se postraban ante tus vírgenes quimeras

haciendo del espacio un bosque fiero

donde escapar contigo del asfalto?

¿Quién besará tus labios más allá de la noche?

Antes serás demonio sobre el sueño

pero cada despedida es una paletada de tierra

y crepúsculos tormentosos se ciernen amenazantes

sobre nosotros los desesperados

soñadores de galaxias entrelazadas.

DE LA FUERZA DEL NOMBRE

I

El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: “¿Podés escribirme algo sobre Casbas?”. El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: “¿Por qué no?”, pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión.

Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: “¿Te llevo?”. Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. “¿Qué es?”, me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. “Te gustarán”, le digo.

Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca.

Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan). Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.

Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.

II

Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia…). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: “Pero ¿Casbas de España o de Argentina?” digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido, y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.

Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: “¿Acaso quieres tomarme el pelo?”. Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. “¡Poeta!” dice él. “¡Poeta!” repite. “No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza”. Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: “Ahora lo veremos”. Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.

Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, “¡qué linda era!”, exclama. Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo. La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren… Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: “…yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes. En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria… Nuestra patria” se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. “Y, entonces, de pronto, llegué aquí” dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. “De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora. Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces”.

No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.

Pájaro en una tormenta

Ese día, ese primer día de la naciente primavera

la embriagadora música amaneció sobre los montes.

La risa azul que irradiaba el firmamento

reverdecía las laderas y ensalzaba

los contrastes verdirrojos de los prados.

Ese día florecieron los años de destierro

reconstruyendo la antigua cúpula dorada

con columnas de esperanza y miradores

que se abrían sobre el valle de la dicha.

Así, ciego, con la daga de tu nombre entre mis labios,

creí haber escapado a las fauces del destino,

pero hoy las sombras cenicientas de twin peaks

nuevamente han descendido sobre mí

y no hay una hondonada sin fisuras

donde poder respirar un minuto de sosiego.

¿Qué despiadada venganza de los dioses

me condena al arbitrio de las nubes

inquietantes, plomizas, que me cubren?

¿Qué oscuro designio ha desencadenado

el furor del vendaval sobre mis alas rotas?

Dondequiera que el atardecer me lleve

la faz del firmamento está cerrada.

Un granizo triste azota las esquinas

de esta ciudad vencida, saqueada y moribunda

donde hasta los perros vagabundos se estremecen

cuando sus ojos caen en la oquedad del cielo

tapiado por un muro de silencio perpetuo.

No hay luna que brille en esta noche aciaga

y hasta el bosque resuena con un murmullo de amenaza

que confunde la vigilia de los búhos

y acalla las canciones de los árboles

como una divinidad incontestable.

Los ángeles blanden un estandarte de inclemencia

y el horror se va extendiendo en los zaguanes

como un torrente negro que va desdibujando

las huellas que dejaron nuestros pasos

en la alfombra de asfalto, en las baldosas

blanquinegras que adornan el recuerdo.

Todo es una sombra impenetrable,

todo un trueno aterrador que nunca cesa,

un relámpago atroz que incendia la cordura.

Y entre el caos volar, volar toda la noche,

toda la infinita noche atravesar los cielos

sabiendo que las tormentas nunca cesan

y que el amanecer es tan sólo una utopía

urdida con los frágiles cristales

del evasivo espejo que jamás se detiene.

 

Ayer fuimos arena de desiertos lunares

Ayer fuimos arena de desiertos lunares,

fuimos bosque que espera los rumores del viento.

Luego nació la era en que se abren las flores,

llegó la primavera con su vértigo eterno.

Fuimos la avena que germina, la naciente alborada,

el tallo que se eleva en busca de la aurora.

Como ángeles indómitos abrimos

nuestra piel al aullido de las olas.

Ciegos, nos embarcamos con rumbo a la aventura,

todo el mar era calma, todo el cielo promesa.

Todo en el horizonte azul era un remanso

sin nubes de alquitrán oscureciendo el alba.

Desde distinto puerto nuestras naves zarparon

cargadas de esperanza, de ilusiones repletas.

Se alejó de la costa nuestro sueño dorado,

mar adentro las olas fueron embraveciéndose.

Navegando entre rocas fuimos perdiendo el rumbo.

La fe de las bodegas se nos fue consumiendo.

La resaca nos trajo veladas decepciones.

La noche se acercaba y el mar era un desierto.

Azotes de la espuma de las playas vacías

fueron preñando el cielo de grises nubarrones.

Hoy todo es abordaje y mar bravía,

todo es fiero oleaje, marejada cruel sobrevenida.

Hoy todo es un relámpago violento y desbocado,

todo un trueno incesante de furia y torbellinos.

Anochece a lo lejos y nada es la respuesta.

¡Sin brújula ni estrellas! ¡Con las velas en llamas!

Hoy somos peregrinos en sendas paralelas

(los estrechos caminos de los sueños perdidos)

Hoy somos los jinetes del agrio desencanto,

las aves que perdieron sus alas en el viento.

¡A la deriva, amor, a la deriva!

Pero el alba se acerca y la tempestad cesa,

se aleja el vendaval hacia nuevos naufragios.

Hay un puerto a lo lejos, nuevas naves esperan

nuestro peso de espiga que aspira a ser paloma.

Nuevas naves celestes ajenas a los restos

de los antiguos sueños ahora desmantelados.

Nuevas naves doradas ansiosas de futuro

sin lastres ni equipaje ni rutas prefijadas.

Es hora de partir, de quemar el velamen

de las viejas goletas que al caos nos guiaron.

Es hora de zarpar, nuestro es el horizonte,

nuestra es la claridad que se derrama.

Es hora de zarpar, todo está en calma.

¡Oh, dulce amor entre las dulces olas!

 

***


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AQUELLO ES PARTE DE ESTO…

Publicado: diciembre 30, 2012 en Uncategorized

Santuario*

Hay un lugar sagrado (el corazón humano)

repleto de demonios y arcángeles y vísperas,

repleto de cadáveres y niñas de ojos negros

que invitan a la vida.

Un palpitante santuario carente de sacerdotes.

Un templo misterioso lleno de extraños ritos

que acaso asustarían a los posibles visitantes.

Mas aquí no hay turistas ni peregrinos;

es un lugar callado y solitario

cuyas puertas se entreabren muy raramente

a vientos desconocidos.

Ocurren entonces fenómenos inexplicables,

como la floración y la música

y el vuelo de gorriones y de alondras y musas.

Pero al final de la estación

la puerta termina por cerrarse

con un sordo chasquido

y todo cesa.

Excepto la desconcertante salmodia

que va retumbando por todo el ámbito

de la catedral en llamas.

*de Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

http://sergioborao2011.blogspot.com/

AQUELLO ES PARTE DE ESTO…

ESCARCHA DE LUNA*



“Mientras avanzábamos raudamente, veía que el campo giraba como un enorme disco iluminado bajo la luna llena, plateado por la escarcha…”

Mamá me entregó un bolso con la ropa y otras cosas y me acompañó hasta el portoncito batiente de la entrada.-
El portillo estaba flanqueado por los dos altos y lozanos cipreses, que semejaban un poco, a dos verdes, gigantescas, y estilizadas espigas; que montaban guardia permanente, vigilantes y quietos, rodeados por un florido conjunto de plantas y plantitas del jardincito del frente.- En él resaltaban profusas las enhiestas y copetudas crestas de gallo, de flores verrugosas y aterciopeladas de un furioso color carmín.-
El camión azul deslucido de mi tío estaba en marcha y él aguardaba en el volante a que el motor se calentara.- Yo le di un beso a mamá y corrí dando un rodeo para subir por el otro lado.-
Se terminaba la tarde y comenzó a refrescar de golpe.-
El sol, como un disco gigante color naranja pálido, bajaba sobre la quinta de naranjos que daba al oeste, y el cielo se había pintado del granate al rojo intenso; mientras algunas pequeñas nubes amarillentas y oscurecidas se recortaban con ribetes iridiscentes, como ovejas deformes pastando en un campo en llamas.-
-Mañana va a helar- dijo mamá, despidiéndose, mientras nos poníamos en marcha.-
Me sentí en la gloria.- Un vaho tibio se respiraba dentro de la cabina, emanado por el motor; tenía aromas de aceites cálidos y tan tenues que eran como un perfume metálico, agradable y reconfortante.- Además, iniciar este viaje con mi tío era para mí un sueño.-
Cruzamos el pueblo, el puente y la ciudad vecina, ambas aún con calles de tierra, y salimos a la ruta, también de tierra.-
Enseguida cayó la noche y la oscuridad fue cercándonos.- Los faros del camión iluminaban temblorosamente una porción no muy grande delante y un poco a los costados del camino, bañando escasamente de amarillo una pequeña mancha dentro de la inmensa noche cerrada.-
Mientras, el ronroneo del motor iba quedando atrás con el camino recorrido; dejando a su paso un eco debilitado que rebotaba en los costados irregulares y nos iba persiguiendo junto con la noche.-
Pese a la dicha que sentía, me fui durmiendo sin darme cuenta, acunado por el vibrar suave y parejo, y el regular sonido de la marcha que nos envolvía…
Hicimos así la mitad del camino.-
Me desperté al sentir que el camión disminuía la velocidad hasta casi detenerse y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles al cruzar las vías del tren.- Un poco más allá mi tío se estacionó ante una casa o un tipo de negocio que daba a la calle.- Luego vi que tenía un alero pequeño que sobresalía sobre un surtidor de nafta, de los de aquella vez, altos, con un remate redondo como un caramelo, o una almeja, y una gran palanca con la que bombeaban el combustible.-
Por la puerta abierta y por la ventana salía una larga porción de luz que daba un farol muy potente que se conocía como “sol de noche”; y blanca y luminosa cruzaba la calle y alumbraba la garita del guardabarreras del ferrocarril cerca de la vía.- Sentí voces, y vi pasar gente en la ventana, e incluso algún chico jugando, quizás más adentro.-
Mientras esperaba a mi tío, y terminaba de despertarme, pensaba en esa casa y en esa gente, que en verdad no conocía, ni conocía el lugar, y en realidad tampoco sabía mucho sobre en qué parte del camino estábamos, y hasta pensé que, tal vez habríamos llegado.-
¿Cómo sería la casa de mi tío? A mis escasos nueve años era la primera vez que iba.- Cada tanto mis primos venían a casa, ya que el negocio se proveía con estos viajes que eran frecuentes, y este coincidió justo con la feria escolar de invierno, así yo al fin puede colarme.-
Mi tío volvió y el motor ronroneó de nuevo…
Ahí fue cuando me informé que estábamos a mitad de camino, de modo que enseguida reanudamos la marcha.-
De cuando en cuando él encendía un cigarrillo, lo ponía en la boquilla y fumaba quedamente.- Las caprichosas espiras de humo azul, como danzantes arabescos, alcanzaban a cautivarme antes de desvanecerse en el interior de la cabina.- Cuando terminaba de consumir el cigarrillo, solía mantener la boquilla vacía largo rato entre los labios, y así la sostenía, incorporada y firme, casi todo el tiempo.- Decía que era un buen truco para fumar menos.-
Yo lo veía recortado contra la penumbra exterior, junto con el resto oscuro de la cabina, donde apenas brillaba tenuemente una pequeña luz en el tablero, casi espartano, propio de los modelos de entonces, de antes de- mediados de siglo.- Lo veía pensativo y al mismo tiempo tan sereno, que me cohibía molestarlo o interrumpirlo en sus cavilaciones; hasta que él mismo vio que yo estaba despierto y abrió el fuego con una gran sonrisa, y con un gesto cariñoso soltó el volante y con la mano derecha me revolvió el cabello…
Charlamos larga y despaciosamente, mientras el camión devoraba raudamente buenos tramos del camino.-
En realidad hacía apenas cuatro años que se habían asentado en aquella colonia casi virgen, de grandes campos, montes y bañados.- También otros colonos habían hecho lo mismo por aquel entonces y se formó una población considerable, además les estaba yendo bastante bien a todos, así que mi tío estaba agrandando sus negocios, y aparte de vender y fletear mercaderías y comestibles, vendía insumos para el campo y estaba iniciando el acopio de cereales y ahora también algodón que estaban comenzando a sembrar como una novedad en aquella latitud agrícola.-
Por largos ratos quedábamos en silencio, ensimismados cada uno en sus cosas.- Yo mismo trataba de imaginarme cómo sería todo lo que me esperaba, lo que aún no conocía, e iba quedando cada vez más cerca.-
De reojo veía que mi tío de cuando en cuando tarareaba una canción en voz tan baja que casi no estaba seguro que estuviera cantando.-
Además la soledad de tremendos contornos me intimidaba por momentos.- Ahora cruzábamos cerrados e interminables montes que reconocía a nuestros costados y escondidos arroyos que se reflejaban entre la negrura, y la luz de una luna que nacía frente a nosotros.-
Pero tenía mucha confianza en él, mi tío era también mi padrino y lo veía como a un héroe, un verdadero paladín.- Lo que no estaba al alcance de mi padre, él lo haría accesible, sin dudas, porque sabía que me quería bien.-
Mi padre y él tuvieron suertes diferentes.- Mi padre vino de Italia de niño y la vida lo trató muy duro.- Desde pequeño tuvo que trabajar como único sostén, ya que quedaron huérfanos de padre recién llegados de Europa, y apenas nacidos los hermanitos más chicos.- Mi tío era el más joven y accedió a todo más fácilmente, un poco quizás por ser el menor.-
Estábamos llegando.- Doblamos el último tramo.- Se había alzado la luna, grande y ovalada.- La teníamos ahora a la derecha y me permitía ver los grandes campos que pasaban corriendo, más fuerte acá cerca, y los grupos de árboles y casas más lejanas apenas se iban moviendo.- Parecía que todo girara como en un plato gigantesco, teniendo como eje la luna, mientras bañaba todo con su luz pálida y platinada.-
La casa se me apareció entre una extensa arboleda de variados tamaños, negra a trasluz, donde se recortaban altas grevileas y pinos; y los techos metálicos se reflejaron fríos y blanquecinos por la escarcha recién caída y la luz de la luna.-
Lo demás estaba en tinieblas, pero enseguida hubo linternas y luz en la cocina, y un par de perros alegres que aullaron y corrieron atropelladamente a saludarnos, antes aún que los demás de la casa.-
Así llegué aquella primera vez a aquel lugar, que tanto significaría para mi de ahí en más, especialmente en el transcurso de mi niñez.-

*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

*

“Me prometo disfrutar y acrecentar mis horas sensibles, las de creer en los reinos invisibles que pueden transformar un momento cualquiera en un pequeño cielo. Reyes, Quijotes, arte, la belleza, la verdad, la búsqueda de la justicia. Esos ratos, donde solos, acompañados por pocos, o por multitudes, volvemos a creer en lo que nos dijeron que ya no es esperable: que otra vida y otro mundo son posibles”.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

Arrebatango*

*Guión – Cuento de Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com

La pareja de baile, como desafiándose, ocupa el centro de la escena. Lo hacen en la oscuridad preliminar al espectáculo. Las respiraciones y los murmullos, provenientes de la sala, no los modifica. Durante más de diez años, cimentaron un prestigio y forman parte de la historia del tango danzado.

Una infidelidad de él, ha agotado, para María, la relación personal y profesional. Es el motivo central de su disputa. En la sala, el triángulo se completa con la mujer sentada, sola, en una de las primeras y próximas mesas.

María sabía que la luz le pintaría la cara, en unos instantes. Irguió su cabeza. La ropa negra, le iba como un guante, realzando su figura.

– Juan – dijo quedamente – hoy es mi última función…

– Mañana… después hablamos… no es el momento… le respondió.

– Juan… diez años es tiempo suficiente para bailar y un engaño, lo es para terminar…

– María… la cuenta… cinco… cuatro… tres… dos… uno… luz…

Una puñalada roja se clavó en la cara de María y la música emergió, para envolverlos. La gente los recibió, aplaudiendo sin reservas. La sucesión del color y su relación con los acordes, mostraban los cuerpos fundidos, deslizándose por la pista. Las figuras que ellos le proponían al tango, crecían en erotismo, contradiciendo, en apariencias, la decisión de María. El público, sintió en la sala, la tensión de un hecho inusual, inexplicable, hermoso y final.

En la pausa feroz, cuando ambos quedaron suspendidos en el aire, arqueados y prestos, se murmuran sus diferencias, que crecen, aunque las figuras parecen soldarse, con una sensualidad desmesurada. La danza gana en fuerza y magnetismo. Una quebrada fulminante y ella, casi rozando el piso, con su espalda, sentencia…

– nunca más Juan… nunca más…

Ella se yergue, lentamente, él la toma con fuerza y su mano, en la espalda, parece abarcarla; las piernas pegadas; las pelvis pegadas; el vaivén de sus cuerpos excitados vibrando, irradia a los presentes. La imágen resulta indisoluble. Esa es, también, la conclusión de la mujer de la mesa. Una lágrima solitaria viaja perdiéndose de su mejilla. Las manos sobre sus rodillas, debajo del mantel, aprietan

furias de impotencia. Ignora la decisión de María y se guía por el impacto visual.

Las luces disparan sucesiones ininterrumpidas de tonos crecientes, en tanto ellos giran, casi descontrolados. La gente comienza a levantarse, se pone de acuerdo en el homenaje. Casi toda la sala, menos la mujer que parece esculpida, con los ojos cerrados negándose a la realidad.

Los acordes persiguen a los bailarines. María, sus ojos clavados en los de Juan, al pasar frente a la mesa donde se encuentra la mujer, casi sin inflexiones, señala…

– ahí la tenés… desde ahora seguís con ella…

El, negando hasta con su cuerpo y la ira acumulada que nadie podía advertir, es también inmodificable y velando su amenaza, susurra…

– esta no será la forma de un final… en el peor de los casos será el tuyo…

Ambos, envueltos en la voluptuosidad de la danza, con sus movimientos refutan una ruptura, que sus cuerpos desmienten. Mordió el bandoneón, su última queja y quedaron a horcajadas uno del otro, como poseyéndose, abrazados. La luz desciende hasta desaparecer. El público quiere, sin saber que, llevarse algo de aquella noche mágica y su entusiasmo desborda cualquier previsión.

Ellos, en la penumbra, prolongan la discusión mientras, a su alrededor, los vítores no cesan. Sólo la mujer, enfrascada consigo, no advierte pero si toma una decisión, cuando los bailarines circulan y agradecen, tomados de la cintura, primero y luego de las manos, girando hasta quedar detenidos, deliberadamente elegido por María el momento, ante la mujer. Allí, María decide el anuncio…

– quiero decirles que hoy y aquí fue mi último baile, quise dejarles este arrebatango; he sido feliz…

No pudo proseguir. La mujer erecta levantó un arma y le disparó siete veces, como un rito. La histeria se expandió con la misma velocidad que el entusiasmo anterior. Desde las puertas abiertas del local, por la gente en la confusión, llegaba desde la radio de un taxi estacionado en la puerta, la respuesta de la música, con olor a tango…

–        afuera es noche y llueve tanto.

EL VALOR DEL DUELO COMO POSIBILITADOR DE LA BUSQUEDA DEL DESEO PROPIO

En busca del objeto de deseo perdido*

Más que el placer, es el dolor el factor en torno al cual un sujeto alcanza la dignidad de la identidad. El duelo está en los albores de la constitución subjetiva del ser hablante.

Por Sergio Zabalza*

Es curioso, el sentido común indica que la palabra duelo remite a un final, por lo general asociado a la muerte. Sin embargo, desde la perspectiva psicoanalítica, el duelo está en los albores de la constitución subjetiva del ser hablante: sus consecuencias sellan, determinan y orientan el deseo de una persona, su capacidad de amar y la condición erótica que agita la elección sexual.

Porque más que el placer, es el dolor el factor en torno al cual un sujeto alcanza la dignidad de la identidad. La poesía viene en nuestra ayuda. “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”, es uno de los versos más logrados de la literatura universal ¿Por qué su natural y fluida tonalidad logra tan envolvente empatía?

De lo que se trata es que, con sencillez tan solo aparente, el poeta logra transmitir el rasgo distintivo del deseo humano, a saber:

el objeto sólo se constituye en tanto perdido, se hace único por su ausencia. No otra cosa busca el lactante cuando llora hasta que la madre acude, para luego así despedirla berrido de por medio. En ese ritmo de presencias y ausencias se tramita, tal como dice Freud, “algo impresionante” más allá del principio de placer: el desprendimiento del objeto.

Es notable que para dar cuenta de esta capital articulación entre duelo y deseo que se da cita en el ámbito íntimo y reservado del hogar, Lacan apele a un escenario público y universal: el Hamlet de Shakespeare. En efecto, dice allí que no se trata del deseo por la madre sino del deseo de la madre.

Sutil pero decisiva observación, por cuanto basta que el Otro –en este caso la madre-? no tolere la separación que supone dejar al niño en soledad, para que se desencadenen todo tipo de inhibiciones o catástrofes subjetivas. Una paciente recién separada de su pareja solía venir a mi consultorio con su hija de casi tres años y –mientras le daba la teta-? se quejaba porque la niña no hablaba. No hay necesidad de mucho cavilar para convenir que la nena se hacía cargo de la angustia de la madre. Detrás de los duelos patológicos siempre hay un amor mal avenido o poco generoso. Detrás de los actings adolescentes siempre hay un adulto o autoridad que no sabe o no quiere brindar un lugar.

La conclusión es la siguiente: la tramitación psíquica por la pérdida del objeto se hace en el lugar del Otro, si éste no colabora no hay duelo posible. Por eso Hamlet enloquece al constatar que su madre no hace un espacio, una escansión o un intervalo para tramitar la muerte del marido, que también era el padre de su hijo.

De esta manera, el duelo constituye una perspectiva privilegiada para visualizar los efectos de la división subjetiva que el lenguaje impone al ser hablante. Tomemos por caso ese paciente de Freud, torturado de dolor porque su padre, muerto recientemente, se le aparecía en sueños y le dirigía la palabra sin saber que ya había fallecido

Dice Freud: “El padre estaba de nuevo con vida y hablaba con él como solía. Pero él se sentía en extremo adolorido por el hecho de que el padre estuviese muerto, sólo que no sabía”.

Cabe preguntarse en esta escena cuál es la raíz del dolor psíquico que trae la producción onírica: ¿se trata del sufrimiento por este padre que muere o más bien la problemática reside en que él (el padre: el Otro, en este caso) no lo sabía? Porque si el autor del sueño es el soñante –en este caso, el hijo–, entonces se trata del lugar del Otro en el sujeto mismo.

Por otra parte, contra toda lógica que se ampare en el sentido común, Fiesta y Duelo son vocablos distantes tan solo en apariencia. El primero remite a una celebración, una ocasión de dicha y derroche. Por el contrario, el segundo evoca el dolor de una pérdida –junto con su correspondiente saga de culpa y tristeza– aunque, también, la constatación de una confrontación grave y definitiva.

Quizás nos sirva de guía recordar que el uso lingüístico marca que los pactos se celebran. De hecho, la antropología revela que la institución de la fiesta consiste en el reconocimiento de una deuda con un orden superior. Así lo atestiguaba la ceremonia del potlash con que algunas etnias del Norte de América sacrificaban una parte de sus bienes a manera de ofrenda a sus dioses.

Pero además, toda la experiencia clínica nos indica que dicha y dolor están indisolublemente ligados entre sí. Basta recordar las imágenes de Tierra de Sombras, aquella película de Richard Attenborough cuyo protagonista no toleraba que, durante los momentos de dicha, su amada hablara de la enfermedad terminal que la acechaba.

“Aquello es parte de esto”, era el sabio y oportuno comentario de la mujer, como si ese límite fuera condición para la dicha que los embargaba en esos momentos.

*Psicoanalista. Hospital Alvarez, Buenos Aires.

 

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-37026-2012-12-27.html

LA VUELTA DEL LIDER*

Mi viejo tenía un quiosco frente a la estación de trenes. Era un quiosco construido de material, revocado y bien cubierto. Vendía, en ese entonces –1958-, un poco de todo: galletitas, girasol suelto con la medida de la latita de picadillos: llena 0.20 ctvs., culo de la lata: 0.10 ctvs., vino, cerveza, diarios, sandwiches, caramelos …
El loco Díaz, personaje de ese Ceres, guarda del ferrocarril, se acercaba siempre a conversar o a pasar la tarde con mi viejo. Y lo ayudaba sin espera de compensaciones: era así.
La estación de Ceres, una de las grandes en el ramal del Mitre, era parada obligada de los trenes de pasajeros, sobre todo de los rápidos como la Estrella del Norte. Este venía de Tucumán y llegaba a Buenos Aires. Algo remoto y desconocido para mi y para muchos. Buenos Aires era una quimera, una caja de Pandora, una utopía, lo desconocido, el desafío, todo junto así se sentía.
Pero el Loco vivía en Ceres. Y no tenía pensado irse. Era su lugar. Su gente. Su trabajo. El mote de Loco no se lo había ganado gratuitamente. No. Era ingenioso y desopilante en sus acciones. Imagine: Argentina 1958, Perón, Madrid, Puerta de Hierro, represiones, fusilamientos en basurales, golpe militar fresquito en la conciencia de la gente. Y el Loco que le dice a mi padre: déme todos los diarios viejos, don Vicente. Tiene una pila ahí. Démelos a todos. Se los voy a sacar de encima.
Mi padre se los da. Ingenuamente. Como a quien le hace una gauchada. A la hora, parada de la Estrella del Norte. Los rostros cetrinos del altiplano bajaban por diez minutos. Se proveían de algunas cosas para otro trayecto del viaje. Mi padre los atendía en el quiosco. A veces, cuando podía desde mi altura, lo ayudaba. Eran como las 22 o 23 hs. y el Loco que sube al tren: ¡Diario! ¡Diario!, gritaba. ¡Volvió Perón! Noticia extra ¡Volvió Perón!.
Se lo sacaban de las manos a los diarios. ¡La vuelta de Perón!. Era un anhelo, un deseo enorme que no entraba en la geografía del país y este Loco diciendo que había vuelto. Los peones golondrinas, pasajeros obligados del tren, querían la primicia para sí. Vendió todos los diarios.
Se bajó corriendo del vagón, ya sin diarios en la mano. El tren daba su último pitazo y se iba. No daba tiempo. Queda para la imaginación saber los rostros, los puños en alto, las puteadas, las risas, el desengaño.
El Loco le dijo a mi viejo: Los vendí a todos. Yo le pago los quilos por diario viejo, el resto es para mí.
Y se fue a dormir.

*de Oscar Angel Agú . oscarcachoagu@yahoo.com.ar

EL VEREDICTO*

−¡Póngase en pie el acusado!

Scrooge se levanta con torpeza.

−Ebenezer Scrooge, la ciudad de Londres le acusa de los siguientes delitos: avaricia en primer grado y falta de caridad, también en primer grado. Se declara usted culpable o inocente.

−Inocente, señoría.

−Se inicia la vista. Proceda señor fiscal.

−Con la venia señoría, que suba al estrado el espíritu de la Navidad Presente.

El testigo alza una antorcha brillante derramando luz sobre la sala. Lleva un manto verde y sobre la cabeza una corona de acebo.

El alguacil sostiene la Biblia.

−Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

−Sí, lo juro.

El fiscal empieza las preguntas.

−Espíritu de la Navidad Presente, ¿qué relación tuvo con el acusado?

−Le mostré cómo celebraban el día de Navidad distintas familias.

−Ahora me gustaría que prestase atención a los datos que tengo sobre la Navidad en la casa de Mr. Cratchit.

El espíritu asiente.

−Empezaré con la señora Cratchit. Su vestido, una bata con remiendos, con cintas de colores que no valdrían más de seis peniques. El traje del señor Cratchit muy zurcido, aunque limpio. Martha llegó tarde porque era aprendiz de modista y tenía que trabajar muchas horas seguidas. Tiny Tim llevaba una muleta pequeña y los miembros sostenidos por un aparato metálico. Los hermanos pequeños le ayudaron a sentarse. Todos colaboraron en algo. Peter preparó las patatas hervidas, Belinda puso la mesa, y los dos pequeños, con ayuda de Peter, fueron a por el pavo. Se lo comieron hasta dejar los huesos. El pavo les abrió el apetito; era demasiado pequeño para tantas personas con hambre atrasada. La madre fue a la cocina, a por el pudding. La familia estaba expectante. Aunque no era muy grande, lo ensalzaron. Después se reunieron alrededor de la lumbre. Brindaron con el ponche que el padre había hecho, deseándose Felices Pascuas. Estuvieron

hablando. El padre comentó a Peter que tenía en perspectiva un trabajo para él, cinco chelines y seis peniques semanales. Espíritu de la Navidad Presente, ¿vio el acusado lo que he descrito?

−Sí.

−¿Se mencionó en algún momento al acusado?

−Mr. Cratchit alzó su vaso para brindar por él porque les había procurado la cena. La señora Cratchit no quiso beber a la salud de un hombre, según ella dijo, tan odioso, tan avaro, duro e insensible, como Mr. Scrooge, pero su esposo la convenció y todos brindaron por él.

El espectro va envejeciendo, sus cabellos son grises. El fiscal advierte el cambio pero no dice nada y sigue con sus preguntas.

−¿Por qué la señora Cratchit no quiso en un principio beber a la salud del jefe de su marido?

−Le hacía culpable de su pobreza, el sueldo de Mr. Cratchit era muy bajo.

Murmullos acallados por el golpe seco del mazo y por las palabras «silencio en la sala» del señor juez.

−No tengo más preguntas, señoría.

Toma la palabra el abogado defensor.

−Espíritu de la Navidad Presente, en ese viaje también visitaron la casa del sobrino del señor Scrooge. ¿Es verdad que el sobrino dijo que su tío era un individuo cómico, desagradable, y que ellos se beneficiarían de su riqueza?

−Sí.

−Sin embargo, el señor Scrooge no se enfadó al oír aquello, ¿no es así?

−Así es.

−¿Puede relatarnos cómo continuó la fiesta?

−Empezaron otro juego, el sobrino de Mr. Scrooge pensaba una cosa y los demás tenían que adivinarlo, haciendo preguntas que solo se pudieran contestar con un «sí» o un «no». El sobrino pensó en un animal desagradable, salvaje, que unas veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba.

−¿Qué animal?

−El señor Scrooge.

−No tengo más preguntas, señoría.

−Se suspende la sesión durante dos horas −dice el juez−, se reanudará a las cinco.

Cinco de la tarde. El fiscal llama a su segundo testigo, el señor Cratchit.

−Señor Cratchit, ¿qué relación tenía con Mr. Scrooge?

−Era su empleado.

−¿Puede decirnos lo que hizo el señor Scrooge el mismo día del entierro de su socio el señor Marley?

−Unos señores fueron a verle y pasaron la tarde discutiendo.

−Señores del jurado −indica el fiscal−, ¿qué clase de persona está en condiciones de hacer negocios el día del entierro de un amigo?

−Protesto señoría −dice el abogado defensor−, al hacer ese comentario el fiscal presupone que el acusado estuvo negociando, cuando no está demostrado que fuera así.

−Se acepta −dice el juez−, que el comentario no conste en acta.

−¿Es verdad que el pasado 24 de diciembre entraron dos hombres recaudando fondos para los pobres y el acusado no contribuyó a la causa?

−Sí.

−Cuando uno de los recaudadores comentó a Mr. Scrooge que los pobres dijeron que preferían morirse a entrar en los centros de acogida estatales, al acusado le pareció que morirse era lo mejor que podían hacer porque de esa manera disminuiría el exceso de población. ¿No es cierto, señor Cratchit?

−Sí.

El fiscal se acerca a su mesa y coge un papel que muestra al juez. El juez lo aprueba.

−Mr. Cratchit, escuche con atención lo siguiente: «A todos los idiotas que van con el “¡Felices Pascuas!” en los labios los cocería en su propia sustancia y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón. ¡Eso es!». ¿Me puede decir, señor Cratchit, quién dijo esas palabras

−Mr. Srooge.

−No tengo más preguntas, señoría.

Una figura oscura se aproxima al estrado con paso lento, grave. Un manto negro le oculta cabeza, cara y cuerpo, dejando visible una de sus manos extendidas. Es el espíritu de la Navidad Futura, testigo de la defensa.

−Espíritu de la Navidad Futura −dice el abogado defensor−, ¿le pidió Mr. Scrooge que le guiara porque quería ser un hombre diferente y cambiar de vida?

Movimiento de la túnica negra. El espectro inclina la cabeza asintiendo.

−¿Reconoció Mr. Scroogre que su avaricia y dureza de corazón no le hicieron ningún bien, que honraría la Navidad durante todo el año, y que nunca iba a olvidar las lecciones de los tres espíritus?

Contracción del manto negro. El espectro asiente.

−No tengo más preguntas, señoría.

Último día del juicio. El fiscal se dirige al jurado. Comienza su alegato.

−Señores del jurado, hoy es un día importante porque al juzgar al señor Scrooge no sólo se juzga a una persona inmisericorde y avara, sino que al mismo tiempo se está juzgando a personas como él. El acusado ha demostrado ser culpable de todos los cargos que se le imputan. Desde las primeras hojas del cuento empieza a delinquir. El mismo día del entierro de su único amigo, el señor Marley, sí, el mismo día del entierro, en vez de estar apenado por su muerte, hace un buen negocio. Mr. Scrooge, un hombre avaro, cruel; un ser miserable, codicioso, sin sentimientos. Un hombre que no se conmovió por nada ni por nadie; ni por su empleado el señor Cratchit, ni por su sobrino, ni por los niños pobres que pedían en la calle. Tanta pobreza a su alrededor y él, preocupado por tener más y más. En sus manos está, señores del jurado, encerrarle para siempre o dejar libre a un hombre tan dañino y peligroso en una sociedad como la nuestra. Sé que tomarán la decisión adecuada.

El abogado defensor se acerca al jurado.

−Señores del jurado, qué bien hablamos de piedad, comprensión, tolerancia, pero que poco piadosos, comprensivos y tolerantes somos con los demás. Al juzgar al señor Scrooge debemos ser indulgentes, ahondar en su pasado, en las causas que le llevaron a ser lo que fue. Si no era generoso con él mismo, cómo lo iba a ser con los demás. Él era el que más sufría; no fue capaz de querer a nadie porque no se tenía el mínimo aprecio. No podemos sentir odio hacia él sino pena. Su sobrino pensó que los defectos de su tío llevaban su propio castigo. Sin embargo, ¿fue Mr. Scrooge el único culpable de su coraza? ¿Intentó alguien acercarse a él, atisbar ese abismo que se agrandaba y le consumía, impidiéndole ser libre? Porque si alguno de ustedes piensa que lo era, se equivocan; sus pensamientos, sus ideas, estaban encadenados con grilletes a una enseñanza austera, rígida, cruel. ¿Tuvo el señor Scrooge la culpa de que no le hubieran mostrado cariño ni amor en su entorno familiar? No, creo que no, y ahora es el momento en que se puede hacer justicia. Él ya nos demostró que había cambiado al final del cuento. Sé que aquí se le juzga por su vida anterior, pero agradecería que considerasen su arrepentimiento y rectificación de conducta. Sé que ustedes serán justos.

Han pasado cinco horas. Entran en la sala el señor Scrooge, su abogado y el fiscal. Luego, los miembros del jurado.

−En pie −dice el alguacil.

Todos se ponen de pie. Entra el juez.

−¡Siéntense! ¿Tienen ya el veredicto?

−Sí, señoría.

−¡Póngase en pie el acusado!

Scrooge se levanta despacio. Sus piernas tiemblan. Se agarra con fuerza a la mesa retorciendo unas manos ya viejas.

−Señores del jurado, consideran a Ebenezer Scrooge:

¿Inocente o Culpable?

*De Eva María Medina Moreno relojesmuertos@gmail.com

SOLO POR HOY:

Trabaja lo necesario.

… Ríe más.

Pierde tu tiempo con amigos.

Acaricia a tu mascota.

Come disfrutando.

Bebe un vaso de vino.

Usa tu bici.

Riega tu planta preferida.

Haz el amor.

Disfruta de un paseo.

Hace ese llamado telefónico.

Escucha tu música en silencio.

Baila.

Vive como si fuese el último día.

Y ama. Ama hasta el agotamiento.

*De Cacho Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar

Diciembre 2012

***


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VOLVER*

 

Flecha ceniza desvelada. Mordedura. Aletear de palabras.

Diosa, insecto, paloma apuñalada.

Humo de huesos. Nardos. Rezos apócrifos.

Árbol casa. Piedra pan. Sed barro. Látigo sollozo

“Sufrir por lo que odias”

Quizás  este sea el karma de este oficio mío:

Volver. Pacientemente. Beber, gastadas travesías.

Volver, redimida.  Almendro, pedernal, esquiva flor de hiedra.

Valle dormido,  laderas,  luna roja.

Que me llegue su lumbre.

Que me bese en las sienes un cardenal de seda.

Que en mi árbol seco florezca una paloma muerta.
”Perder por lo que amas”

Volver: Eco apasionado de un clavel herido.

Que mi pecho sea isla descanso  llanto  niño.

Que el arroyo descifre mis angulares piedras.

Que el invierno no doblegue las cinco hojas de mi pena.

Que el hueco de tu  mano sea  mi casa.

Que la lluvia no fragmente mi reloj  arena

Montar en pelo el potro del relámpago.

“Querer y no obtener lo que deseas”

 

 

*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar

 (*)Entre comillas, palabras de Buda

 

 

 

 

 

UNA LLUVIA DE INFINITO CAE SOBRE LOS SUEÑOS…

 

 

 

 

 

 

GALERIA*

*De Jorge Isaías. Jisaias46@yahoo.com.ar

 

 

LALO REYES

Me dicen que murió

que lo mataron

¿Pero es eso posible?

Si ayer corría

con nosotros

cazando mariposas,

jugando al fútbol,

robando frutas de

las quintas.

Estaba siempre alerta,

como gallito de pelea.

 

RICARDITO SPINA

 

Pequeño y moreno

lo recuerdo

silbando entre aquellos

hinojales altos,

mientras buscaba

nidos de pájaros

en los paraísos tristes

que yo perdí

en la infancia.

 

 

TOTO MÍGUEZ

 

Delgado y ágil

trepó más alto

y más rápido

todos los árboles

del barrio.

Me enseñó a matar

pájaros, a usar una gomera.

Hoy nos vemos poco

de vez en cuando

un café humeante

o un asado nos reúne

en las mesas del Club.

 

 

CHAJA CORREA

Nos criamos juntos

juntos hicimos

la primaria entera.

Mientras íbamos

hacia la escuela

alborotábamos pájaros

a cascotazo limpio.

Hicimos también

todas las travesuras

juntos, menos una.

 

 

CHORCHI LOPEZ

 

Era el más rápido

en todas las carreras

y la huida al robar las frutas de las quintas.

También el que se fue

más rápido.

Tengo en mis retinas

su cara redonda

su flequillo al viento

y su fácil agilidad

para treparse los tejidos

y advertir al dueño

del hurto

cuando ya tenía

la fruta en el bolsillo

 

 

HECTOR DOMINGO

 

Su jopito rubio

la simpatía pronta

de sus ojos pequeños

y la eterna sonrisa

lo hacían evidentemente

envidiado

entre los varones del curso.

Pero fabulaba mucho

y el colmo fue cuando

nos dijo, que desde su casa

se veían las manadas

de tigres azules.

 

 

 

EL MARLERITO MANSILLA

 

Cuando quiero

recordarlo

sólo retengo

su melena

sobre la frente

tirándose entre los palos

defendiendo el arco

“Jazminero” del barrio.

Luego viene

la niebla

y la ceniza

porque se fue

pronto del pueblo

y temprano de la vida.

 

 

JUSTITO PEZZINO

 

Menudo, con el pelo

corto y el flequillo

sobre la frente,

la picardía inocente

en sus ojos verdes.

Lo veo en esa tarde

en que convirtió

un gol, cuando ganamos

cómodos y lo vimos

gritarlo brazo en alto.

Mucho antes

lo vi cruzar

aquella calle ancha

y solitaria del pueblo

con una granada

partida en una mano

 

 

ÑANGÁ GÓMEZ

 

Con ansiedad

lo esperábamos

porque él tenía

una pequeña

pelota de cuero.

Era nervioso

y flaco y jugaba

en la defensa

se enojaba siempre

y en lugar de decir

“salí de aquí”,

decía “ñangá de acá”.

Muy chico

se nos fue del pueblo.

¿Adónde andará

el “Ñangá”

con su mal genio

y sus canillas flacas?

 

 

ANGEL BALQUINTA

Le decíamos Angelito

o “cabezón”

y no sabíamos

por qué siendo

un boquense confeso

andaba siempre

con una casaca de Bánfield.

 

 

ROBERTO ESCUDERO

De chico fue un travieso

defensor de “El Jazmín”

su equipo

-como el de casi todos-

El Racing Club

de Avellaneda.

De grande

es un implacable

memorioso y un entusiasta

descubridor

de quirquinchenses

dando vueltas por el mundo

 

 

 

PILI MÍGUEZ

 

Era el más pequeño

de aquella barrita

antigua y desflecada.

Subió el árbol

más alto

hurtó la fruta

más jugosa

y clavó en un ángulo

aquella pelota de trapo

con la zurda descalza.

*”Galeria” poemas de Jorge Isaías.

 

 

*

Duermo con vista a  un pedacito de cielo, una lluvia de infinito cae sobre los sueños. Me abrigo en el arte efímero de los pequeños momentos. Entre el infinito y el instante, fluye la vida.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

 

 

SABIDURÍA*

Edipo se acercó a la Esfinge.
La Esfinge era hermosa y distante.

Simétrico rostro de mujer, bellísimo busto, grácil cuerpo sedente de animal de presa. Patas delanteras extendidas, laxas; patas traseras prontas al salto. Siempre vigilante, siempre en quietud. Ni dormida ni en movimiento, su calma era la de quien demuestra soberanía controlando el músculo y el erizarse de los cabellos.
Frágil solidez de quien no puede darse ni al reposo ni a la furia. Pero desde aquí lo vemos; no vio esto Edipo en la mujer animal. Le fue dado el temor y la admiración frente a lo terrible. Y le fue dada, también, la paralizante atracción que halla su sujeto en quien ha de destruirnos.
La Esfinge proferiría su enigma, su pregunta afilada, certera, aguda; su pregunta que condenaría la falta de entendimiento con la ganada muerte.
Edipo lo sabía. Había realizado su jornada para el lívido momento en que el enigma definiese su suerte. Y ahora aguardaba. Por un instante miró el cielo por si fuese última visión, dibujó con ternura la silueta de un árbol en su memoria.
Los ojos de la Esfinge eran espejos de cristal de roca.
Edipo recibió el peso del temor a la propia ignorancia, le tembló el pecho frente a la belleza exacta de ese ser maravilloso de contornos perfectos. La imaginó invulnerable, casi aceptó como inevitable y lógica, acaso necesaria, la desaparición de su contingente persona frente a la evidente solidez de la criatura.
Este inabarcable ser semejaba conocer los secretos del universo. Su calma merecía ser producto de su seguridad.
Y la Esfinge ejerció la veladura del silencio para mentir sabiduría.
La Esfinge, inmóvil como los dioses frente a la agitación de los hombres, ocultó su ignorancia con la lejanía de una máscara hueca, la arrogancia de una pose estatuaria. Su silencio no era otra cosa que un
oscuro despojo, un muro que protegía la nada. Mostraba sólo lo pasible de causar admiración, ocultaba el vacío del centro.
La Esfinge nada sabía, nada comprendía, y era, como nosotros, hábil para la destrucción pero negada para el acto generoso de crear.
Su majestad no le permitía dudas o inaceptables cuestionamientos.
Estaba condenada a las sentencias y a la brevedad. Si no hablaba, no se advertiría su carencia. No mostraría la cera en la grieta del mármol, no permitiría cercanías que pudieran propiciar el hallazgo de la imperfección.
La belleza exacta no se arriesga a mostrar el perfil opuesto, curvar el cuello, producir modificaciones en la obra conclusa. La ignorancia no es capaz de quitarse el velo que cubre su desnudez.
Edipo, que viendo a la Esfinge veía los ropajes del hierático desprecio; Edipo, quien siendo un hombre se sentía ínfimo frente a un oráculo certero; Edipo, engañado por la Esfinge, la creyó sabia e infalible.
Antes de que la desmesurada voz declamase el acertijo, se daba ya por muerto.
Se alegraba, quizás, de su cercana desaparición. Engañado por la aparente esfericidad del monstruo, deseó que su persona imperfecta no manchase la pureza del ser fabuloso.
Pensó que sería un honor alimentar al prodigio. Se resignó a su destino, acaso lo satisfizo que el hilo de su vida fuese cortado por un adversario de tamaña dignidad.
Otro instante se demoró la Esfinge en plantear el acertijo. Sabía que la teatralidad le era necesaria para no desmoronarse. La ejercía con impecable oficio.
Con voz de Sibila, de Oráculo, con voz de Ídolo de bronce y pedrería la Esfinge desplegó las palabras que serían su derrota.
No era el enigma un cofre inviolable. Edipo halló la llave. Con íntima desazón Edipo halló la llave. Con alivio también, pero con desazón Edipo desató el nudo de palabras.
Y se alejó luego de contemplar cómo se despeñaba la Esfinge desde lo alto de la Acrópolis. Pensó “no he de despeñarme yo por una falla, no he de morir por orgullo ni ceder a la tentación de la soberbia, y no he de confiar ingenuamente en la sabiduría de las estatuas”.

Lo olvidó luego, como a todos los alumbramientos que nos proponemos tallar en la memoria.

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

*

Quiero darte lo mejor de mí

Quiero entregarte mi regalo

Pero no puedo ser lo que tú

Puedes o quieres ser

Solo te doy la libertad

Y quizás te enojes

No es tan difícil invadir

y eso es lo que no quiero

quiero que solo sepas

cual es tu verdad

y no es la indiferencia

quiero que comprendas

que no es tan fácil olvidar

lo que son solamente

tus ilusiones

quizás mañana

puedas comprender

que no deseo ser tu sombra

solo tus propios anhelos

y que puedas

entender que tu vida

tiene un camino propio

y no quiero entorpecer

con mis obsesiones

tu destino

solo quiero que puedas conquistar

liviano tus opiniones

y no quiero ser la causa

de tu decepciones

ya verás que en algo tengo acierto

y en tus manos estará el intento

no puedo brindarte

lo que aun no sabes

pasara el tiempo

donde puedas comprender

lo mucho que te quiero.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

 

 

 

2013*

 

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

20

Fue un beso colosal, una infiltración erótica, una lenta invasión morena. Ni siquiera se trató de un beso de despedida, un beso para dejar atrás el año. Tampoco un beso de bienvenida descorchado con ebriedad al paso de la cuenta regresiva. Se trató de una embriaguez inenarrable, de una niebla penetrando otra niebla, de un cuchillo desgarrando un espacio circular hecho a imagen y semejanza de la luna.

El segundo beso se quedó en la garganta. Bloqueó el aire. Crujían las arterias y el flujo sanguíneo se detenía para llegar al origen de todos los orígenes. Castigo maravilloso de no latir, no latir, no latir, hasta que la primera partícula de oxígeno comenzó la resurrección y el pecho se descontroló en una supervivencia erótica.

El tercer beso no podría haber sido más hondo ni más orientado a la pulverización de los malos recuerdos.

El cuarto beso arrancó el chirrido adherido a todas las cosas.

El quinto beso liberó las palabras enjauladas.

El sexto beso vino desde abajo, encendido y terso como una manzana, sin detenerse una sola vez a tomar aliento.

En el séptimo beso, los labios brotaron en jardines obscenos y recorrieron la extensión silenciosa, llena de oquedades movedizas, hasta perderse en la sombra.

El octavo beso llegó con su llave maestra. Rotó la lengua en la cerradura y se abrieron los portales. Toda la noche rotó la lengua. Huyó y regresó toda la noche por la misma puerta.

El noveno beso no quiso saber otra cosa más que de ese clamor, ese resplandor en la noche, ese errar hasta no hallarse en ningún otro sitio en que no estuviese perdido.

Los pequeños pájaros nacidos del décimo beso, se abrevaron en las aguas donde brotó la flor de la maravilla, capaz de calentar su voz suplicante.

El decimoprimer beso sólo buscó un lugar propicio para vivir y multiplicarse.

En el decimosegundo beso, la noche era toda blanca y la luna toda negra. Un muñeco de marlo, enloquecido, golpeaba las puertas redondas del universo; las luces del nuevo año se apagaban y se encendían; dos golondrinas apenas movían la cabeza escuchando la noche nueva.

El decimotercer beso se hizo doble y hermoso como un misterio.

El decimocuarto, sobrepasó el desamparo.

El decimoquinto, se llenó de acasos y desórdenes, hasta desnudar la desnudez, hasta aclararse y completarse, hasta dar por cierto que habría riesgos de seguir perdiéndose en su propia compulsión succionadora; hasta derrumbar los puentes falsos y erigir los puentes verdaderos.

El reflujo del decimosexto beso trajo consigo el fulgir untuoso, lava de un volcán erupcionado desde el silencio, encajes, jabalinas, dulce, taladro, lengua.

El decimonoveno beso se vio recompensado con creces, no sólo por sí mismo sino también por las correspondencias y los delirios.

Durante mucho tiempo el vigésimo beso fue el único destello de luz que hubo en ese dormitorio donde ni aire, ni miedo, ni tiempo había.

13

Trece veces los pies pisaron la nervadura de la noche sin hablar, sin recorrer palabras quejumbrosas. Pisaron la nervadura de la noche y nada más.

Trece aguijones dulces salieron de la penumbra, todos con afán de inyectar opacidad o sueños sobre las frentes cargadas de piedras.

Trece movimientos hicieron las trece hojas de papel negro pegadas en la pared con saliva y tela de araña.

Y los recorridos. Trece recorridos a veces a caballo. A veces, sobrevolando con un ala. A veces, en chino mandarín. A veces en picada. A veces siempre. A veces nunca. A veces.

Trece lluvias llegaron desde el fondo del tiempo y se derramaron en el fondo de la memoria.

Y la arena. Trece granos de arena construyeron trece desiertos inmensos, uno gobernado por la viviente incertidumbre; otro fresco y oscuro como la sombra de un árbol; otro cubierto por tu rostro; otro iluminado por una estrella colgada con hilo sisal en el vano de la puerta; otro amarillo como una lejana noche sin recuerdo; otro soñador y apacible, libre de violencias secretas; otro iluminado por fósforos y significados incomprendidos; otro habitado por trece murciélagos dorados; otro libre de escenas repetidas; otro lleno de libros; otro con toboganes que llegan hasta la luna; otro recorrido por un automóvil negro; otro donde se han abolido las cárceles y las cirugías plásticas pero abunda el aroma de los pinos.

Trece veces corrió el toro por el jardín, pisoteando las fresias y las cuatro patas se le llenaron de cuatro aromas, de cuatro colores, de cuatro suavidades y un rumor.

Trece veces corrió la mujer con un corazón en cada mano sobre un fondo amarillo de montaña. Dos hilitos de sangre caían desde la luna. Dos lágrimas de Dios rodaban por la ladera. Dos mitades de naranja derramaban la sed. Dos uvas moscatel embriagaban el viento. Dos bocas abiertas nombraban las cosas y un silencio nuevo se hamacaba fuertemente.

Y la luna. Trece veces la luna nos cubrió la piel con ese fulgor dichoso.

Trece recuerdos se encendieron debajo de la ceniza natal.

Trece lilas soltaron por su perfume por única vez, en medio de todas las veces.

Y los segundos. Trece segundos duraron toda la vida.

Y los deseos. Trece deseos se prodigaron a lo largo de la noche. A ninguno le faltó su perfume sexual y su ternura.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-37049-2012-12-29.html

 

 

Lo mejor de mi vida tal vez se haya quedado*

Lo mejor de mi vida tal vez se haya quedado

abandonado en alguna encrucijada

o al otro lado del cristal mojado

tras el que contemplé las marejadas y la noche,

y por qué no decirlo, las inmutables estaciones

que me fueron alejando de otras tardes más cálidas.

Hubo un tiempo de caminos anchos,

de colinas suaves que ocultaban fuentes,

de jóvenes aves y ardillas veloces

y de sal y de pan y de plácidos campos

preñados de fértiles terrones y labradores.

Hubo un tiempo de límpidas aguas,

de frondosos bosques y playas morenas,

de silentes cráteres orlados de espuma.

Pero en la noche del invierno treintaycinco,

todos esos mis ángeles me fueron vomitados en el rostro

y pude comprobar que la senda se había ido estrechando

hasta límites intolerables.

Supe entonces que mis pasos borraban el camino,

que ya no era posible detenerse

ni mirar hacia atrás, que no había regreso,

que legiones de arpías me empujaban riendo

y que un loco empuñaba mis recuerdos.

Entonces, tras la lluvia, se apagó una ventana.

 

*de Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

http://sergioborao2011.blogspot.com/

***


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Publicado: septiembre 25, 2012 en Uncategorized

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“Lo único que queda por hacer es precisamente eso: cualquier cosa, hacer una cosa detrás de otra, sin interés ni sentido, como si otro (o mejor otros, un amo para cada acto) le pagara a uno para hacerlas y uno se limitara a cumplir en la mejor forma posible, despreocupado del resultado final de lo que hace. Una cosa y otra cosa, ajenas, sin que importe que salgan bien o mal, sin que importe qué quieren decir. Siempre fue así; es mejor que tocar madera o hacerse bendecir; cuando la desgracia se entera de que es inútil, empieza a secarse, se desprende y cae”.

Juan Carlos Onetti

Literatura es pregunta. ¿A quién pregunta la obra literaria? ¿A la lengua natal? ¿Al lenguaje en general? ¿A las palabras en particular? ¿Qué clase de interrogación? ¿Quién debe contestar?
Lo desconocido hace reír, supone Bataille. Perder la seguridad produce alegría. O una máscara de la alegría.
¿Quién se ríe cuando reímos?
¿El lenguaje y sus tropiezos?
El lenguaje pertenece a una cara, fingidamente la del Orden, y alude a ese referente del que habla confusamente en una novela o un poema. Confusamente porque la palabra es tan equívoca como el Sujeto. Confusamente porque la palabra es manipulada por distintos sujetos del Sujeto, sus contradictorias creencias, valores, deseos, finalidades, fantasías, mitos, miedos, fobias, influencias.
Es interesante preguntarse por la voz narrativa, la tercera persona. Se busca cierta neutralidad: habla alguien de “ella” o “él”. ¿Quién lo hace? Marguerite Duras dice: “una palabra agujero, horadada en su centro con un agujero, con ese agujero en que habrían tenido que enterrarse todas las demás palabras”.
Vayamos despacio. ¿Qué es una palabra agujero? Una palabra que nombra (de no nombrar no sería una palabra) un hueco. Una palabra sin referente. O con referente múltiple. ¿Qué significa, por ejemplo “araña” en un contexto literario? ¿El arácnido que segrega el hilo sedoso? ¿El simbolismo del tejido concéntrico? ¿La imagen de Dios? ¿Aracnea, la caricatura de la divinidad, la que rivaliza con lo trascendente? ¿La imagen siniestra de lo femenino? ¿La casa endeble del Corán? ¿La epifanía lunar donde es dueña de su destino, lo teje y lo conoce, detenta los secretos de lo pasado y lo por venir? ¿La inestabilidad o lo frágil? ¿Lo sucio, lo repugnante? ¿O simplemente el hueco, “cualquier cosa”, como diría Onetti?
Siguiendo a Onetti “entonces la desgracia empieza a secarse, se desprende y cae”. A partir de “Cualquier cosa”: de la gratuidad. ¿Produce risa? ¿La risa es la “dicha”? ¿La palabra finalmente “dicha” pronunciada? ¿La que hace reír?
El vocablo “araña” en un texto literario es cada una de esas cosas, todas a la vez, porque para cada uno de los sujetos dormidos o despiertos en el Sujeto, “re-presenta” todas y cada una de esas posibilidades (y muchas otras, claro está), aunque en el contexto parezca señalar una de las acepciones o simbolismos. Por tanto es nada, al ser todo.
El otro agujero es sin duda el Sujeto Escritor y su confusión de voces, la alusión a hechos de su vida, diferentes contextos en los que aparecieron sus contenidos referenciales. Y volviendo al texto de Onetti escrito en El astillero ( libro que sin duda remite a El castillo de Kafka) hay algo casi insoportable en ese “cualquier cosa” y el agregado “como si otro ( o mejor otros, un amo para cada acto) le pagara a uno para hacerlas”. Esos amos infinitos de actos infinitos pagan a uno para “cualquier cosa” literaria. La literatura es esa cosa indefinida hecha por varios que profana y perturba, es decir, que es sacrílega (viene de la Legión de espíritus) y produce un malestar que está al costado del placer. Más allá está el infierno astillado (el astillero derruido) o el castillo de la imposible trascendencia: requiere un acto único, una plenitud de sentido. Blanchot habla de un Castillo Neutro. Esa neutralidad desde la que podría escribirse la obra de arte (“cualquier cosa” de Onetti, es decir lo despojado de la cadena de sujetos sujetos al Sujeto , si se me permite el juego de palabras) aquella voz narrativa vaciada que se parece al silencio y a la muerte.
Si toda obra remite a lo incesante de otras, si el héroe obtiene su unidad como el Quijote por intentar la copia de los libros y resultar patético, esto es así porque no hay modelos de unidad sino voces múltiples de un sujeto que a su vez remite a voces múltiples de otras obras y así ad infinitum.
Esta es la extrañeza del territorio literario. “Pienso verdades de noche, cuando él no está y cuando encendemos velas a los santos y a los muertos. Pero en la glorieta siempre pienso mentiras”. Un espacio en permanente cambio que remite a otros espacios anteriores y a la vez mira hacia espacios fantaseados por la miradas de la Mirada. Personajes ambivalentes que remiten a ambivalencias anteriores, y ambivalencias de los sujetos del Sujeto. Un conflicto, una guerra entre variadas posiciones, que remiten a conflictos de libros pasados y que anticipan los por venir. ¿Y cuál es el resultado final de estos actos onettianos, apilados de cualquier forma por los amos superpuestos? Un libro que cumpla su función de desorden y pretenda reunir lo que no tiene reunión para que un crítico con un orden aparente realice una nueva obra literaria que hable desenmascaradamente de otras obras y enmascaradamente de un único Sujeto que puede llamarse Shakespeare, Cervantes o Dios. Sólo Dios remitirá a la Unidad posible. Salvo que se le atribuya ser autor de las Escrituras y se lo considere literato.
Pero la gracia será reunión.
Si es gracia es gratuita. O no es gracia.

( De mi ensayo “La voz múltiple”, Ruinas Circulares, 2012)

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

¿ESCUCHASTE MI LLAMADO?

MUJERES EN LA CAMA*

*Por Alejandra Zina. alejandra.zina@gmail.com

Frida solo leía las Selecciones del Reader´s Digest.
Tirada en la cama
leía

esas revistas chiquitas y planetarias
aptas para todo público, para toda nación.

Frida solo leía las Selecciones del Reader´s Digest.
Hasta que desempolvó un cuaderno de hojas amarillas.
Un cuaderno en rumano que la ayudaría a recordar
/la lengua
que con tantos años
acá
había olvidado.

Frida apiló las revistas planetarias en su mesa de luz
y leyó en rumano
tirada en la cama, con las piernas extendidas
y dos almohadas en su espalda.

No es la cama el mejor lugar para recordar
la lengua de una mamá que ya no está?

CLARIDAD*

“Hoy es siempre todavía”  – Antonio Machado

Clarita hace muñecas.  Las fabrica con trapos de colores, rellenas de algodón.
Tienen piernas largas como de bailarina y el pelo rojo o amarillo, hecho de lana trenzada.
La conozco desde que nació, cuando yo hacía mi residencia en el Hospital Maciel, antes de recibirme de médica.
Clarita cumplió dieciséis años la semana pasada y vive en el Cantegril* del Cementerio del Norte, con su madre y dos hermanos menores.  El padre desapareció hace tiempo, y el hijo mayor, que debe andar por los 19 o algo así, se hizo policía y lo mandaron al interior.  La última vez que pregunté por él,  supe que estaba en Tacuarembó y que les escribía regularmente; también les mandaba dinero de vez en cuando.
No sé si conocen el barrio; yo vivía por ahí, a unas quince cuadras subiendo por Ramón Márquez.  La Gruta de Lourdes, que está justo a la entrada del cementerio, al costado de la capilla, era en ese entonces un lugar de peregrinación popular.  Yo solía visitarla con mi madre, cada año, mientras vivió.  Comprábamos flores y las dejábamos en el altar de la Virgen, donde encendíamos una o dos velas; a mamá nunca le faltaban problemas que encomendarle, propios o ajenos.
En esa época yo trabajaba, además, en un dispensario móvil que circulaba por esa zona y otras marginales para cumplir con el programa de vacunación, atender consultas urgentes, enseñar primeros auxilios…
En una palabra, para tratar de compensar tanta carencia, al menos con respecto a la salud.  La verdad es que no hay médicos suficientes, o los que hay, no están para atender a los pobres.
En el dispensario conocí a la madre de Clarita, que en esa época estaba embarazada de ella y no llevaba aquel trance nada bien. No sólo era demasiado joven: tenía ya una criatura, estaba débil y además,
aunque todavía vivía con el marido, las palizas que él le daba se le veían por todos lados.  La pobre mujer decía lo mismo, más o menos, que todas las víctimas de violencia: que la culpa la tenía el alcohol,
que su esposo la quería y le había prometido que ésa era definitivamente “la última vez”. Mentira: nunca hay última vez para la violencia, a no ser que te maten.

Clarita nació en el Maciel, sana pero sin piernas.

Era una beba muy buena, muy tranquila.  Yo la visitaba seguido en la sala de recién nacidos; estaba medio obsesionada con la chiquita.
Imagínense qué  tragedia venir al mundo con semejante deformidad  y, para colmo, en una familia tan complicada y tan pobre.  La madre la adoraba; era conmovedor ver la ternura con que abrazaba a esa
criaturita que a mí me dolía tanto: me parecía que estaba rota, como sin terminar.  Un ser humano a medias, no sé si me explico.
La madre sí la quería.  En cambio, el padre lo único que hacía era llorar cuando iba a verlas.
Las muñecas de Clarita se ríen con los ojos cerrados o abiertos, las cejas dibujadas con un medio círculo o en forma de techo a dos aguas; se ve que están felices.  Porque se ríen, pero además porque bailan,
sacudiendo alegremente sus piernas tan largas de trapo.
Después que nació ella, sus padres siguieron viviendo juntos un par de años más.  Yo estaba bien enterada por mi trabajo en el dispensario; la madre la traía a la nena para que la revisara y le diera todas las vacunas.  Ella vivía para esa hija, aunque se sentía cada vez más aislada dentro del barrio: los vecinos parecían creer que era contagiosa la deformidad de Clarita y eran pocos los que todavía se
acercaban con intenciones de ayudar.

Ya saben, no hay contagio peor que el de la ignorancia, ni peor peste que la superstición.

Como sea, la nena creció y después que nacieron los dos hermanos menores, normales y sanos, fueron éstos, desde muy chicos, los que me la traían para que la revisara.  Después, lo de costumbre: el padre
se hizo humo.

El Cantegril del Cementerio del Norte creció, enorme, e invadió la zona como una plaga para la que todavía no hay veneno.  Yo decidí mudarme más cerca del hospital.  También dejé de trabajar en los
dispensarios, aunque seguí en contacto con algunos de los vecinos del barrio; venían a tomarse la presión conmigo, o a pedirme algún medicamento de los que siempre tengo reserva, muestras gratis, ya
saben, que me traen los visitadores médicos.
Por unos años me perdí de vista, pero una tarde, al llegar a casa como
a las seis, me tropecé con la madre de Clarita: andaba pidiendo botellas, cajas de cartón, o lo que fuera que no necesitara.  No la reconocí al principio, sobre todo porque con ella había unos muchachos
mal entrazados que me distrajeron.  Yo no me asusto así nomás, créanme, pero en los tiempos que corren, es mejor ser precavida.
¡Qué emoción cuando vi quién era…! La invité a pasar, pero no quiso.
Me presentó a los hijos, esos dos grandotes que venían con ella, y me contó que Clarita estaba bien, que se las había arreglado para hacer los primeros años de escuela, que andaba en una silla de ruedas que
heredó de una vecina vieja, otra inválida que yo también había atendido.
Sigue siendo tan buena, tan linda, se ocupa de todo en la casa.  Es mi razón de vivir, dijo.  Se le llenaron los ojos de lágrimas y yo me di vuelta para disimular, con la excusa de ir a buscarle lo que me había
pedido.  No sé qué le habré dado,  pero se lo llevó como si fuera un tesoro.  Y después se fueron, ella arriba del carro y los hijos empujando.
Lloré sin parar un buen rato.  Fue ahí que me decidí a visitarla.
Clarita, que ya es adolescente, ¿se los dije, no?, hace estas muñecas maravillosas que iluminan como soles, que  calientan y embellecen los rincones de su casa.   Es una muchacha preciosa, o lo parece cuando
uno le mira esos ojos brillantes o escucha la voz límpida con que te va contando los detalles de su mínima vida, como si fueran un lujo que ella pone a tu disposición.
Mientras tomábamos mate, en la cocina que de tan limpia no alcanza a ser triste, me contó que ahora su proyecto es vender muñecas en la feria.  Las últimas que hizo tienen cintas de seda de color alrededor
de las piernas, cofias con lunares y blusas con puntillas.  Y hasta faldas de bailarina, hechas de tul blanco, rosa o celeste.
Clarita tiene la ilusión de terminar la escuela, dice que le gustaría ser maestra artesana.  Con lo que gane en la feria, piensa comprar otra silla para poder ir y venir del nuevo colegio, ése que inauguraron del otro lado del Cementerio del Norte.  Quiere ser independiente, dice.  (Si la hubieran escuchado, como yo, no le tendrían lástima.)
Al despedirme, le prometí ir a visitar el puesto de la feria donde exhibirán sus muñecas largas y felices.  Y la abracé, con la esperanza de que me transmitiera, no sé cómo, la alegría misteriosa, la
felicidad suprema con que sabe moverse en este mundo, sin haber aprendido nunca a caminar en él.

                                      
*De Martha Valiente. puertopegaso@gmail.com
* Cantegril: “villa miseria” de la República Oriental del Uruguay

¿Escuchaste? *

 
Miraba la luna
y fue tu cara la que brilló
Miraba el lago
y tu mano fue la que se asomó
Miraba el cielo
y tus ojos entonces titilaron
Miraba el futuro
y  tu nombre fue el que susurré
¿ Escuchaste
mi llamado?

*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

CON LA SANDÍA EN LA CABEZA*

    Hay gente a la que no le hace mella lo que se piense o diga en presencia o por los detrases, gente que no responde a un código de vestimenta, gente que tiene la libertad de usar boinas o sombreros, chalecos extemporáneos, colores fuera de catálogo, botines de la tatarabuela o pulóveres con cuatrocientas noventa y nueve lavadas y remiendos.
     Hay quienes se dan la libertad de saludar con grandes abrazos que dejan a sus víctimas con sonrisas confusas y los bracitos pegados al cuerpo. Gentes que se pasean contraviniendo los códigos del ridículo de su generación, verdaderos subversivos del buen gusto, personas raras.
     Hay quien estaría perfecto en una fotografía del siglo pasado, en una filmación de la época del mayo francés o un video que se capture de aquí a cinco años, que para la moda es la eternidad y un día.
     Son personas molestas para presentaciones de familia, y las sonrisas burlonas acompañan o suceden su presencia. Se hacen irreflexivamente o con toda intención juzgamientos de carácter, creencias políticas y sanidad mental a partir del atuendo más o menos correspondiente con lo que la época, edad y condición social indican como correcto y necesario.
     Ahora bien, por qué entregarse al escarnio. Alguno lo hará conscientemente por mantener una postura, vistiendo en el cuerpo su no pertenencia a lo establecido; otros por esnobismo, otros porque simplemente no se dan cuenta y se ponen lo que les resulta más cómodo o simpático.
     Molestan. Causan un malestar pues rompen la perfecta monotonía que asegura que todos estamos en la sintonía de lo aceptable. El rojo combina con los neutros, las rayas jamás jamás con los lunares, y aros largos nunca para los cuellos cortos.
     Y lo que refiere a la indumentaria se traslada por declinación a las actitudes y las palabras. Como por necesidad, como si fuese natural y el orden universal indicase el largo de las faldas.
     No es algo simple escamotearse al juego de lo aceptable, el más estrambótico de los seres verá en alguien más lo ridículo, señalará desdeñosamente un moñito tonto, un collar ostentoso. El más libre de los sujetos despreciará gazmoñerías ajenas, comportamientos objetables.
     Hay una línea entre lo excéntrico y la afrenta voluntaria. Vivimos en sociedad, lo que hacemos públicamente puede escandalizar o ser realmente desagradable. Hay situaciones, lugares, momentos en los que alguna cosa puede ser una falta de respeto. Pero quién y con qué manual en la mano puede marcarla con aerosol en la cancha.
     Como esa línea inexistente no se ve pero se siente, muchos decidimos sacarnos la sandía de la cabeza con la que gozosamente paseábamos resguardándonos del sol, nos pusimos los zapatitos que están en las vidrieras y nos fuimos resignando a componernos en el espejo que nos coloca el resto de la humanidad al salir de casa. Lo hicimos con el deseo de no ser una molestia para los amigos y familiares, para que no nos miren mucho los transeúntes, es decir, para volvernos invisibles.
     Y desde el momento en que vestimos la ropa adecuada, empezamos a emitir por declive ciertas opiniones, nos permeabilizamos a ciertas creencias, por urbanidad enrollamos alguna bandera y quemamos unos cuantos libros. Es la vida ¿o no? Uno envejece, una se adapta, uno se convierte en ese que antes le causaba risa o pena.
     Claro que me dirás, querido amigo, que tus lentes para leer y tu camisa blanca no te quitan fervor por la utopía. Me asegurarás que la sandía no es el mejor sombrero, que tu libertad no depende de la tela de bambula que se perdió en el pasado. Y posiblemente sea cierto.
     Los nietos no desean una abuela fantoche, los hijos se horrorizan de un padre que llama la atención. El adolescente lleno de piercings y tatuajes detesta a la ridícula profesora de falda acampanada.
     A nosotros (a nosotros, sólo a nosotros) la libertad. 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com    

*

de lejos vienen los recuerdos
una casa grande
padres abuelos hermanos
y la confusión
siempre la confusión

caminando mi desamparo
las órdenes incomprensibles
las prohibiciones y cerrojos
caían como lobos de presa
tuve la orfandad de saberme inocente
mi pequeñez cabía entre los dedos
la soledad dibujaba en mi cintura
signos incomprensibles y quietos
como muertos desordenados
y solos para siempre
entonces crecí para adentro
no había opción
las palabras dolían como peces voraces
acomodaban espacios de silencio
y ese permiso para vivir
dibujando mis ojos ciegos

la infancia

*De alba estrella gutiérrez. alba.estrella@gmail.com

*

dió seis vueltas
hasta acomodar sus bordes,
hasta hacer coincidir su espacio
con ese cartón que duerme
en tu puerta,

mansos,
húmedos los ojos
animal con memoria
lamió las manos
que ya habían abandonado la caricia,
lamió una por una las letras de tu nombre
olfateó tu recuerdo.

y se durmió en tus orillas
como otras tantas noches frías
este corazón perro

 
*De Alejandra Morales.
    

***

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